HAGEN II
El calor era muy intenso, el rojo incandescente proveniente de los espesos ríos de lava se reflejaba en las paredes rocosas. Hagen se encontraba entrenando, como era su costumbre en ese lugar. Debía darse prisa, el día siguiente sería sin duda un día diferente y largo, lo esperaba con ansias. Aún debía planear una serie de cosas. Si bien quería que todo fuera perfecto, no deseaba que se viera forzado o sobremeditado, pues al final, Freya y él eran muy cercanos y no hacía falta tanta formalidad dada su relación cotidiana.
Lanzó un último golpe contra una estalactita y esta cayó de lleno en la lava.
Cuando esto ocurrió Hagen percibió el eco de algunos pasos que se aproximaban dentro de la caverna. No era usual que alguien, además de él, entrara en ese lugar.
No sentía un cosmos agresivo. Eso era una buena señal, pero aun así debía estar alerta. Dirigió entonces su mirada justo hacia la entrada, expectante, hasta que efectivamente percibió la sombra de la persona que estaba por entrar. No parecía que buscara andar con sigilo, más bien como si esperara encontrarse ahí con él, frente a frente.
Finalmente se presentó. Se trataba de un muchacho al que Hagen ubicaba de algunas situaciones específicas, sobre todo porque sostenía alguna clase de relación amistosa con Sigmund. Sólo había conversado con él en ocasiones. Se trataba de un joven proveniente de una buena familia, de renombre casi similar al de su casa. Recordaba haberlo visto junto con su hermana en distintos momentos, hasta que le llegó el rumor de que se habían ido al extranjero.
Sus cabellos rojizos lucían más incandescentes con el reflejo del magma hirviente.
-¿Qué te trae por aquí Surt? ¿Hace mucho tiempo que no te veía? – señaló Hagen en tanto aquel hombre se le aproximó más.
-Hola Hagen, tanto tiempo sin verte. – dijo el pelirrojo acerándose lentamente al sitio donde estaba el dios guerrero de Merak.- Siempre me pregunté lo que se sentiría entrar a esta caverna. Supe que este lugar era tu preferido para entrenar y decidí venir a verlo con mis propios ojos. En verdad es increíble que exista un lugar así en Asgard. Hasta hace poco yo supe de su existencia.
-Es verdad, este lugar ha sido mi preferido para tomar mis entrenamientos, aunque cuando no tengo suficiente tiempo también lo hago en los campos del Valhalla.
-Justamente esa es una de las razones que me traen aquí. ¿Me preguntaba si en algún momento podría acompañar tu entrenamiento? Sólo que preferí preguntártelo cuando estuvieras en este lugar y no en el palacio. Me interesaría de verdad poder entrenar aquí.
De hecho, Hagen notó que Surt no tenía dificultad en moverse y mantenerse dentro de la caverna, no se le veía agitado, cosa que era por demás extraña. Era bien sabido que para cualquier asgardiano común, la sensación térmica del lugar sería muy difícil, por no decir imposible de soportar. Pero él estaba ahí, sin inmutarse e incluso sosteniendo el intento de una conversación en tono amigable.
-Entrenar ¿Conmigo? - El rubio guardó silencio un momento. Nunca había entrenado en ese lugar con compañía. En Valhalla, solo lo hacía con Siegfried y únicamente en algunas ocasiones. -Por supuesto. – Le contestó.
-Excelente Hagen, la próxima vez que sepa que andas por aquí no dudaré en acudir. -Pausó brevemente su conversación, al tiempo que enredaba el mechón de cabello que se tejía en una pequeña trenza entre los dedos de su mano izquierda. – Por cierto, durante mi ausencia, supe que tuviste una pelea en este lugar.
El guerrero de Merak Beta abrió sus orbes celestes y levantó inconscientemente una de sus cejas en señal de extrañeza. Era obvio que se refería a la lucha que había tenido con Hyoga en el magma. Sólo observó a Surt sin decir nada. El pelirrojo por su parte dio unos pasos para recargarse en una de las rocas que estaban cercanas y se cruzó de brazos.
-Aunque uno esté lejos, las noticias de las desgracias de Asgard nos llegan pronto. Lamento mucho que hayas tenido que pelear entonces y la derrota que sufriste. Aquel hombre con el que peleaste era un caballero de Athena ¿no es cierto?
Merak le desvió un poco la mirada y dijo en tono serio:
-Sí, se trataba de Cisne, Cisne Hyoga.
-Ya veo. - dijo Surt levantando la mirada con una sonrisa un tanto mordaz. -Todo este tiempo que estuve fuera de Asgard lo destiné a entrenar Hagen. Fui con mi hermana a Siberia, regresé sólo de visita en eventos muy específicos. Pero pasé mucho tiempo en ese otro territorio, tan congelado como estas tierras. Sé que Cisne se entrenó allá, aunque nunca tuve la oportunidad de cruzar mi camino con él.
-¿Así que también te entrenaste en Siberia? Será interesante entonces que te unas a mis entrenamientos. Te esperaré con gusto.- Contestó Merak un tanto altanero.
-Está bien… por lo pronto tengo que irme, debo arreglar aún asuntos con los sirvientes en mi hogar. Hace poco que llegué y aún hay cosas que poner en orden. Hasta pronto Hagen. – El muchacho se puso completamente de pie, le hizo un gesto con la mano para despedirse y salió sin más de la caverna.
Hagen le siguió con su mirada hasta que dejó el lugar. En verdad había sido una visita anormal. Tantos años que había pasado lejos de Asgard y ahora se acercaba a él, así como así. Seguramente tenía alguna relación con el hecho de que Hyoga también se entrenó en Siberia. Pero no encontraba mayor correspondencia. Aunque era inquietante, no sabía con seguridad qué era lo que a aquel muchacho le interesaba de él. De todos modos, no debía tardar ya tanto en esa caverna, ya casi caía la noche y debía regresar a Valhalla.
Tomó únicamente el abrigo color marrón que tenía cerca, el cual solía usar para cubrirse del frío al salir de la cueva caliente, se cubrió con él para evitar alguna clase de choque térmico que pudiera provocarle algún malestar o enfermedad. De ese modo continuó caminando por el bosque de coníferas durante un tiempo hasta lograr divisar la fortificación del palacio. Ahí las primeras antorchas que iluminaban el camino comenzaban a apreciarse al tiempo que las baldosas de piedra azulada y pulida marcaban el sendero.
Al adentrarse en los pasillos del Valhalla se encontró con algunos guardias, aquellos que usualmente usaban sus yelmos ornamentados con grandes cuernos de acero y que vestían bajo el peto pieles de ciervos. Normalmente estos uniformados eran los rasos, pero sin dudas había algunos que despuntaban entre otros. Sobre todo aquellos que llevaban más tiempo en servicio, que ya eran bien conocidos tanto por él como por Siegfried.
Se encontraban conversando, hasta que uno le detuvo:
-Hagen, ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Bien Basilio, justo terminé mi entrenamiento.
-Excelente, se ve que te has puesto más fuerte muchacho, estamos orgullosos de ustedes, siempre.
-No es necesario que me digas eso, nosotros estamos aquí por ustedes, por Hilda y por todo el pueblo de Asgard. – Respondió sonriendo afablemente.
-Es cierto. Por otro lado, quizás deberías platicar con Siegfried, los chicos y yo lo vimos salir muy enfadado del despacho de la señorita Hilda.
- ¿Enfadado? – Merak Beta se mostró ligeramente asombrado. -Veré que puedo hacer al respecto. - Esos soldados, siempre estaban entrometiéndose, seguramente sabían por qué, pero sólo buscaban tener temas en los cuales meter sus narices, - se dijo a sí mismo.
– No se preocupen de más, regresen a sus puestos de vigilancia, por favor. -Les hizo una señal y con ello los soldados se disiparon hacia otros sitios del palacio. Hagen por su parte tenía que adelantarse, ya era casi de noche y deseaba ver a Freya antes de dormir. Tenía que comentarle sobre lo que planeaba para el día siguiente.
La recámara de la princesa Freya era casi tan amplia y hermosamente decorada como la de Hilda de Polaris. Tenía una cama grande cubierta con finas colchas de tela aterciopelada en tonos purpúreos. Mientras que las cortinas en tonos beige estaban lazadas por cordones de tipo chantilly, rematados con bordados florales en oro rosado. Tenía también una pequeña sala de estar que era el primer lugar al que se ingresaba tras abrir la puerta. Hagen ya había estado en ese lugar desde que eran infantes. Sin embargo, esta ocasión, al llegar a las habitaciones de Freya se detuvo y titubeó un poco en llamar por la puerta. Por alguna razón se sentía nervioso.
Suspiró profundamente y finalmente tocó con el puño cerrado en la puerta de madera.
-Señorita Freya, soy yo, Hagen.
-Dame un segundo. - Se escuchó la voz a lo lejos, unos instantes después, las blancas manos de Freya abrieron la puerta. - Pasa Hagen, discúlpame, a penas estaba preparándome para descansar. Puedes tomar asiento mientras termino, por favor. - Dijo con su semblante amoroso y simpático.
El rubio notó que Freya esta ocasión vestía sólo una ligera bata de seda rosada, la cual dejaba entrever a través de la tela las delicadas curvas de su cuerpo. Seguramente había terminado de asearse y, por la premura, tomó esas prendas para poder recibirle. No obstante, su mente no pudo evitar divagar e imaginarla con deseo, al tiempo que se sentaba y la seguía con los ojos un tanto ruboroso.
-Y bien Hagen, dime ¿qué sucede? – Le dijo ella sentándose a su lado, ya usando prendas diferentes y más adecuadas. Le tomó la mano derecha entre sus suaves manos, entrecerró los ojos y le sonrió.
-Eh, bueno. - Se llevó la otra mano a la cabeza algo apenado, no sabía por dónde comenzar. – Es que, quería ver si mañana tienes un tiempo por la tarde, para poder salir, y comer algo. Hay un lugar en los bosques de Valhalla que creo puede ser cómodo. Es todo, sí, sólo eso…
La chica abrió los ojos como platos y después le sonrió otra vez:
-Claro que sí Hagen, donde sea que me invites, yo voy a querer ir contigo. – Dicho esto le dio un beso en la mejilla y se puso de pie. Se acercó a un tocador y sacó de uno de los cajones un cepillo con cerdas de madera delgadas, con este comenzó a pasarlo por las largas hebras doradas para desenredarlas.
-También…- Merak cambió un poco el semblante. - Hoy me visitó en la caverna de magma Surt. ¿Lo recuerdas? Hace mucho tiempo que no lo veía.
-¿El amigo de Sigmund? Claro que lo recuerdo. Según supe se fue de Asgard con su familia hace ya muchos años, cuando era aún un niño. Sólo lo vi algunas ocasiones más en las que al parecer venía a hacer visitas rápidas. Las pocas veces que lo encontré después, siempre fue acompañado de Sigmund.
-Me dijo que entrenó en Siberia. – Dijo seriamente.- La verdad se me hizo algo extraña la forma en la que me abordó. Me comentó que quiere entrenar en el magma conmigo.
Freya se vio sorprendida. – Es extraño en realidad, si todo este tiempo estuvo en Siberia, quizás Hyoga sepa algo. Si gustas y no te resulta inconveniente, puedo preguntarle. Aunque claro, la respuesta puede tardar.
-No te preocupes señorita Freya, ya tendré tiempo de cuestionarle más en los próximos días. Por ahora prefiero que descanses, nos veremos mañana. -Se levantó del sofá y le hizo una reverencia.
-No tienes que hacer eso Hagen. – Le dijo dulcemente y lo abrazó apoyando su cabeza en el bien formado torso del guerrero. – Nos veremos mañana. -Cerró mientras colocaba uno de sus dedos sobre los labios del muchacho. Él se sonrojó nuevamente y asintió con un gesto, se separó ligeramente de la joven, le sonrió y se giró completamente para después dejar la cálida habitación.
Más adelante, en el mismo andador que conducía hacia las fuentes del Palacio, logró divisar a lo lejos a Siegfried, lucía enfadado, parecía estar peleando.
Tenía que darse prisa.
