LINK

Todavía recordaba la primera vez que me había enfrentado a un centaleón.

Había sido en Akkala, mientras intentábamos contener una horda de monstruos que provenía del Centro de Hyrule. Tenía solo quince años por aquel entonces, y apenas podía sostener la Espada Maestra. Era demasiado pesada y consumía demasiada energía. Tampoco tenía mucha experiencia con los centaleones, y sabíamos que el líder de aquel grupo de monstruos era un centaleón particularmente fuerte.

Yo me tropecé con él, por supuesto. Mis órdenes no habían sido matar al centaleón; había soldados con mucha más experiencia que yo en ese terreno. Pero lo vi en medio de un bosque, lejos de la batalla. Había tenido la opción de huir. El monstruo no me había visto a mí. Sin embargo, con solo pensar en dejarlo allí, campando a sus anchas, algo se me revolvía en el estómago. Así que había decidido mandarlo todo al infierno y enfrentarme a él de una vez por todas. Solo, sin ayuda. No había sabido qué esperar ni cómo demonios iba a acabar con el centaleón, pero lo hice de todas formas, pese al agarre torpe que aún tenía en la Espada Maestra. Solo tuve unos pocos rasguños después, y aquella fue la segunda vez que tuve que lidiar con una nariz rota.

Sentí algo similar cuando le pedí a Zelda que se casara conmigo. Por supuesto, ella estaba muy, muy lejos de parecerse a un centaleón y no iba a matarme pero, cuando vi sus ojos llenos de lágrimas, me pregunté si me habría precipitado. Si iba a hacerme daño por haberme adelantado demasiado.

—¿Zelda? —le dije. Ella no dijo nada. Se limitó a mirarme con los ojos humedecidos—. ¿He... hecho algo mal? Así no funciona, ¿verdad? —Se le escapó un sonido estrangulado. Contuve una mueca. Sabía que era torpe pero ¿tan mal lo había hecho?—. Oh, Zelda. Lo siento. Si no quieres...

—Cerebro de moblin —dijo.

—¿Qué...?

Ella ahogó mis palabras con un beso que me pilló desprevenido. Llevaba casi una semana sin sentirla tan cerca. Mientras navegaba entre el dolor, varios días atrás, había llegado a pensar más de una vez que no volvería a probar el sabor de sus labios jamás. Me di cuenta de que ahora sabía a pastel de manzana. Habría sido una verdadera pena perderme eso.

Tiré de ella para tenerla más cerca, pero entonces sentí un dolor agudo en las heridas y se me escapó un quejido. Zelda maldijo, se apartó unos dedos y volvió a besarme, esa vez con más cuidado.

—Aún no me has respondido —murmuré cuando ella se separó.

—No seas tonto.

—¿Eso es un sí?

—Claro que es un sí. ¿Qué otra cosa iba a decirte?

Enterró el rostro en mi hombro. Me pareció que estaba temblando o que tal vez estaba diciendo algo, pero apenas podía oírla. Me sentía como si me hubieran dado ese veneno para dormir otra vez. Los pensamientos se volvían más lentos, menos coherentes, como si uno estuviera ahogándose poco a poco. Miré a Zelda y debía tener cara de idiota porque ella sonrió entre lágrimas.

—¿Link?

—¿Qué?

—Respira —me recordó. Luego me dio unos golpecitos en el pecho.

—Estoy respirando —repliqué, aunque justo después inspiré hondo—. ¿Por qué lloras?

Zelda sorbió por la nariz y se secó una lágrima. Cuando volvió a mirarme, tenía las mejillas encendidas.

—Soy muy sensible en el fondo, por si no te habías dado cuenta. Y no son lágrimas de tristeza. Son... son de felicidad. Porque soy feliz, Link. —Se detuvo, como si la hubiera sorprendido decirlo en voz alta. Sin embargo, un momento después me mostró una sonrisa radiante y se hundió en mi hombro otra vez—. Soy muy feliz, ¿lo sabías?

La estreché con toda la fuerza que podía sin hacerme daño.

—Me lo imaginaba.

Ninguno dijo nada por un largo, largo rato. No recordaba cuándo había visto a Zelda por primera vez, pero sí recordaba haberla visto en el castillo, cuando aún no me habían armado caballero siquiera. Incluso entonces me había parecido que brillaba por sí misma. Era muy distinta a la Zelda de después del Cataclismo. Antes, ella parecía triste aunque sonriera. Sus ojos no refulgían de la misma manera. Hasta olía de forma distinta.

Y ahora, cien años después, era feliz a mi lado. E iba a casarse conmigo.

—Casémonos hoy mismo —dijo de pronto.

—¿Hoy? —reí—. Si voy a casarme contigo quiero poder andar, Zelda. Quiero llegar allí por mi propio pie.

—Ya lo sé —replicó con una mueca—. Estaba comprobando que fueras un hombre sensato.

—Soy muy sensato. —Ella arrugó la nariz—. Espera un poco más.

—Esperaré todo lo que haga falta —dijo. Me besó una última vez y luego se puso en pie con una energía envidiable—. Eso no significa que no vaya a torturarte con todo lo que hay que hacer.

Empecé a sentir punzadas molestas en las heridas, así que le pedí que me ayudara a tumbarme sobre los cojines otra vez. Ella fue hasta una esquina de la tienda y, cuando regresó, tenía papel de carta y una pluma entre las manos.

—Necesitamos la bendición de alguien. Es la tradición. —Su sonrisa decayó un poco, aunque no llegó a desaparecer—. Estaba pensando en pedírselo a Impa. No tenemos a... a nadie más.

El corazón se me encogió y me moví para hacerle un hueco a mi lado. Ella vaciló un instante, aunque acabó entre mis brazos otra vez.

—Vas a tener que escribirla tú —me dijo tras unos instantes en silencio.

—¿Por qué yo?

—Tú me has pedido matrimonio, Linky. —Maldije en voz baja, y Zelda rio—. Dime lo que quieres que ponga. Yo lo escribiré.

—¿Y si se niega? ¿No nos casaremos nunca?

—¿Cómo iba a negarse? Nos aprecia a los dos, Link. Y, si se niega, pediremos la bendición de Karud. O no se la pediremos a nadie. Tampoco es tan importante.

Contuve otro gruñido. Lo único bueno de aquello era la distracción que suponía hablar con Zelda y estar pensando en algo que no fuera el dolor.

Me di cuenta de que ella me estaba mirando, a la espera, así que carraspeé y elegí mis palabras con cuidado.

—Impa...

—Querida Impa.

—No. Solo Impa —insistí. Ella puso los ojos en blanco, pero me aseguré de que hubiera escrito solamente Impa—. Voy a casarme con Zelda. Danos tu bendición o te prometo que la secuestraré y la llevaré muy, muy lejos de Hyrule. Responde con premura.

Zelda me miró con la nariz arrugada.

—Déjalo. Ya hago yo todo el trabajo.

Ignoró mis protestas y siguió escribiendo en el papel. Odiaba el silencio. El dolor crecía y crecía. La curandera decía que las heridas no iban a infectarse pero, Diosas, dolían tanto que cualquiera habría pensado que estaban sangrando otra vez. Y la mano mala me palpitaba. Iba a tener cicatrices muy feas después de todo aquello.

Zelda me entregó la carta al cabo de un rato. Decía lo mismo que yo le había pedido que escribiera aunque, por supuesto, todo era mucho más elegante.

—«Responde con premura» —leí en voz alta. La miré con una sonrisa—. Eso te ha gustado.

Soltó un bufido.

—Has utilizado las palabras acertadas. Eso es todo.

Me habría encantado responderle, pero en lugar de eso se me escapó un gruñido. Zelda me miró con preocupación.

—Tómate algo, Link —me sugirió—. Te ayudará con el dolor.

Puso su mano sobre las vendas. Empezó a brillar y sentí una pizca de alivio, aunque el dolor seguía estando ahí, enterrado en alguna parte no muy profunda.

—Acabo de pedirte matrimonio —mascullé—. No voy a tomarme ese veneno ahora.

—No es un veneno —repuso ella sin perder la paciencia—. Y no podremos casarnos si tú te mueres antes, ¿lo sabías?

—No voy a morirme.

—Hazme caso —susurró, y sentí sus manos en mi pelo—. Una última vez, Link. Luego no tendrás que volver a tomártelo si no quieres.

Asentí con un gruñido. Mientras ella iba a buscar la poción, puse una mano sobre las vendas. No sentí la sangre caliente entre los dedos. Aún recordaba cómo era tener un cuchillo dentro. A veces creía tenerlo en el cuerpo todavía. Pero luego echaba un vistazo a las vendas y podía respirar con normalidad otra vez.

Aunque lo de respirar también era difícil. Al principio el dolor había sido tal que tomar aire era un infierno. Sentía el cuerpo entero ardiendo. Y no era una sensación agradable. Pero debía reconocer que los ungüentos de la curandera habían funcionado. Recordaba vagamente cómo se había ocupado de mí aquella noche horrible. Sus manos se habían movido de forma experta, y en ningún momento había perdido la seguridad en lo que estaba haciendo. Había pensado que estaría en buenas manos con ella.

Zelda regresó con el frasco. Tomó asiento junto a la cama, aunque no regresó a mi lado, como me habría gustado. Contemplé el líquido blanquecino y espeso y lo maldije entre dientes. Luego tomé un trago y se lo devolví a Zelda. Podía parecer que no tenía sabor, pero en realidad sí sabía a algo. Había un ligero atisbo a hierbas, aunque estaba tan bien oculto que no podía reconocer cuáles eran. Y me dormía antes de poder distinguirlas, de todas formas.

—Odio esto —murmuré. Sabía que tenía poco tiempo antes de que el veneno empezara a surtir efecto—. Ojalá pudiéramos casarnos ya.

Ella sonrió y siguió acariciándome el pelo.

—Lo sé, Link. Lo sé.

—¿No vas a reprocharme nada?

—No —respondió Zelda—. Veo que te arrepientes. No voy a ser injusta.

Empecé a notar los primeros efectos de la poción. También odiaba aquello. Todo se volvía pesado, la vista se nublaba y los pensamientos se tornaban lentos, letárgicos.

—Ojalá pudieras curar con el poder —murmuré, arrastrando ya las palabras.

—Todo sería más fácil así, ¿verdad? —la escuché decir, aunque su voz sonaba lejana.

Asentí, o eso quise pensar. El dolor había desaparecido también. Era lo único bueno de aquel veneno; no sentía nada de nada. Solo paz y tranquilidad, y todo el sufrimiento quedaba muy, muy atrás.

Soñé con la espada. No era raro que soñara con la espada aquellos últimos días. El mismo sueño se había repetido con frecuencia desde que hablé con ella, unas noches atrás.

Siempre empezaba en el Bosque Kolog, aunque parecía distinto. Las hojas de los árboles no filtraban la luz del sol ni se mecían en el viento. Había menos maleza, menos arbustos, y los árboles no eran tan frondosos. Había niebla alrededor de mis pies y, cada vez que parpadeaba, el bosque entero temblaba como la llama de una vela. Como si no estuviera del todo ahí.

No podía moverme, pero podía ver todo lo que necesitaba ver. Estaba oscuro, así que alguien había encendido antorchas. Distinguí el pedestal de la espada. La propia espada se encontraba allí también. No estaba en mi posesión. Escuchaba murmullos a mi espalda, de modo que suponía que había un grupo en el bosque. Eso era raro.

Pero lo más importante era el hombre frente al pedestal. No podía verle la cara y tampoco sabía quién era. Sin embargo, sabía que no era yo ni nadie a quien conociera. Y el sueño siempre terminaba con aquel hombre sacando la espada del pedestal y con toda la energía que eso desataba.

Me desperté con un gemido. Todavía sentía el poder de la espada recorriéndome de arriba abajo, pero desapareció muy rápido. En cambio, la vista se me nubló e intenté recordar lo que había ocurrido. Era de las peores partes de tomar una poción para dormir. Tenía unos efectos secundarios horribles. Nunca me acostumbraría.

Maldije aquel veneno en voz baja. Todavía arrastraba las palabras. Al menos el dolor había disminuido.

Vi los rayos del sol a través de la tienda. Debía haber dormido todo el día. Gruñí de nuevo. Cuánto deseaba salir de aquella tienda y comprobar por mí mismo cómo avanzaba la reconstrucción. Seguro que habían dado pasos importantes durante aquellos días. Zelda me informaba cuando le preguntaba, pero sabía que ella estaba distraída. Aún trabajaba por las noches, mientras me hacía compañía, pero en el fondo estaba más preocupada por mí que por otros asuntos más importantes, como el futuro de Hyrule. Odiaba que yo se lo estuviera impidiendo por haber sido imprudente. Me había merecido todos aquellos insultos por su parte.

Ella dormía en el suelo. Sentí una punzada en el pecho, aunque no fue por las heridas esa vez. Zelda no tenía por qué estar allí. Diosas, acababa de prometerme con ella. No tendríamos que haber pasado la noche separados.

Al menos parecía poder conciliar el sueño. En el fondo sabía que estaba casi tan acostumbrada a dormir en el suelo como yo, pero seguía sin merecérselo.

Se despertó un rato más tarde. Cuando le pregunté si le dolía algo por haber dormido en el suelo, ella negó con la cabeza, y me pareció sincera. Sobre todo porque justo después me mostró una sonrisa radiante, me llamó futuro esposo y me besó. Y eso me dejó sin palabras. Fue a buscar el desayuno tras dirigirme otra sonrisa.

Ishi llegó poco después del desayuno. Desenrolló las vendas que ya había usado y examinó las heridas de cuchillo. No eran muy bonitas, pero tampoco eran lo peor que había visto nunca. Bien era cierto que las Diosas sabían cuánto dolía, pero estaba fuera de peligro. La piel alrededor de la zona herida no estaba enrojecida, y eso significaba que no había infección. Estaba curándose bien. Me aplicó un ungüento que desprendía un fuerte olor a hierbas y luego cubrió las heridas con vendajes recién hervidos. Zelda salió a hablar con Karud y otros constructores mientras Ishi trabajaba en mi mano herida.

—Habéis tenido suerte, Maestro Link —dijo sin alzar la vista de lo que estaba haciendo—. Esos bandidos podrían haberos hecho algo mucho peor.

Zelda me había dicho que solo Artyb y Shak conocían la verdad. Que los demás creían que unos bandidos me habían atacado en el bosque. Me pregunté por qué no les habría contado la verdad a los sheikah. Ellos sabían de nuestra situación. Me pregunté también si Ishi sospecharía la verdad y solo estaba fingiendo.

—¿Tú crees? —dije entre dientes mientras ella aplicaba el ungüento. Quemaba como la mismísima malicia.

—Claro que sí. Habéis sobrevivido. Hay otros que ni siquiera habrían vivido para contarlo. Pero seguro que no tenían nada que hacer contra vos. Sois el mejor del reino, al fin y al cabo.

Hice una mueca, y no fue solo por el dolor de la mano. Había estado a punto de matar a la asesina. Había visto venir el cuchillo, pero no había visto venir la forma en que la asesina usaba la malicia para defenderse. Y, por supuesto, no había visto venir a Zelda. Todo aquello había hecho que las cosas fueran colina abajo.

—Bueno —murmuré—, me hicieron esto.

Señalé las heridas y ella sonrió.

—Y vos habéis sobrevivido. Sois fuerte.

Miré la espada, que estaba en silencio en un rincón de la tienda, y luego suspiré.

—¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí?

—Diez días —respondió la curandera—. Como mínimo. Si para entonces los tejidos de dentro se han curado, podréis volver a andar. No antes.

Cerré los ojos con un gruñido. Iban a ser unos diez días muy largos.

—¿Podré montar a caballo? —le pregunté.

—Claro que sí. Pero empezad despacio.

Echaba de menos a los caballos. Solía encargarme de ellos cada día. A veces iba a los establos con Zelda y ella les hacía trenzas en la crin. Me pregunté si ellos me echarían de menos a mí también. Supuse que Viento sí lo hacía. Cuando viajábamos solos no le gustaba que lo dejara en una posta durante mucho tiempo.

Ishi se marchó poco después, así que esperé a que Zelda regresara. Tal vez, si me tomaba el veneno, dormiría durante aquellos diez días y, cuando me despertara, ya estaría curado. Pero teníamos que hacer preparativos para la boda. Nuestra boda, me recordé. Quizás Zelda querría una ceremonia como las de los reyes de antaño. Si ella quería que fuera así, yo lo aceptaría sin quejarme, pero prefería algo rápido, discreto, donde no hubiera nadie salvo nosotros dos y una sacerdotisa que lo oficiara.

Estaba pensando en eso cuando alguien apartó la lona de la tienda. Había creído que sería Zelda, pero entonces distinguí la figura de Artyb y me quedé muy quieto.

—¿Vengo en mal momento? —preguntó tras detenerse junto a la entrada. Debía haber puesto una cara muy rara, porque me miraba con preocupación.

—No —respondí. Luego carraspeé—. Sabía que vendrías. Karud me lo dijo.

En realidad lo había olvidado, pero Artyb no tenía por qué saberlo. Él tomó asiento en la silla que solía ocupar Zelda. Miró a su alrededor, como si esperara encontrar algo de interés en nuestra tienda. Zelda la había dejado algo desordenada; varios de sus vestidos habían quedado olvidados en los rincones. Debía haberlos estado mirando el día anterior. Comprendí con una pizca de incredulidad que había estado buscando el vestido más indicado para cuando nos casáramos. Tal vez ella nunca lo admitiría, pero se preocupaba por cosas así.

—Vuestra tienda es más grande que la mía —observó Artyb.

—Nunca he estado en la tuya.

—No te pierdes mucho —repuso él, encogiéndose de hombros. Luego me miró por primera vez y, Diosas, sí que se parecía a mi hermana, y no solo en los ojos—. ¿Estás mejor?

—No me estoy muriendo. Eso no está mal.

Artyb sonrió, aunque su sonrisa desapareció muy rápido. Me descubrí deseando que volviera a sonreír, solo para que me trajera más recuerdos de mi hermana.

—No te atrevas a morirte —dijo—. Sigues siendo joven. Todavía te queda mucho por vivir.

Fui a responder, pero me di cuenta de que solo estábamos perdiendo el tiempo. Ambos sabíamos el asunto que de verdad nos importaba. Y, por mucho miedo que me diera, debía empezar yo. Me senté sobre las mantas con esfuerzo y sentí una pizca de satisfacción al haber sido capaz de hacerlo sin ayuda.

—¿Quién eres? —le pregunté, mirándolo a los ojos.

—Buena pregunta —sonrió él, aunque no dijo nada más.

—Tú sabes quién soy yo. Lo justo es que yo también sepa quién eres tú.

Artyb tosió y me sostuvo la mirada.

—Nunca te he mentido en nada, por mucho que quisiera a veces —respondió él—. Eres un chico listo. Tú ya sabes quién soy.

—No eres mi padre —empecé con lentitud. Elegía cada palabra con cuidado.

—¿Tu padre? Diosas, claro que no soy tu padre.

La idea debió parecerle divertida porque soltó unas risotadas para sí mismo. Yo seguí pensando.

—No eres mi hermano.

—Por supuesto que no lo soy.

Contemplé sus ojos tan parecidos a los de mi hermana, y luego maldije entre dientes. Las Diosas podían ser crueles a veces, abriendo heridas que ya habían cicatrizado con el tiempo.

—Eres el hijo de mi hermana, ¿a que sí?

Artyb me mostró una sonrisa amplia y fue entonces cuando más se pareció a mi hermana.

—Algunos dirían que soy tu sobrino y que tú eres mi tío, pero ese es el concepto, sí.

No podía decir que estuviera sorprendido. Pero sí estaba abrumado. Hacía tiempo que no me sentía así, y no lo había echado de menos. Los pensamientos iban demasiado deprisa y se mezclaban unos con otros, así que no sabía qué decir, y mucho menos sabía qué pensar. Por una parte estaba enfadado. Enfadado conmigo mismo, con aquel hombre y con las mismísimas deidades por haberlo vuelto todo tan injusto. Y, por otra parte, una que había enterrado muchos años atrás, estaba aterrado. Siempre que regresaba a casa hacía cien años, la parte que todavía se comportaba como un niño asustado luchaba por salir a la luz. No estaba asustado de mi familia, sino de lo que yo pudiera decir. Me daba miedo hablar demasiado, sobre todo por mi padre. Nunca había querido que él supiera lo mucho que odiaba la posición que tenía.

—¿Quieres que me marche? —dijo Artyb de pronto—. Sé que es mucho que asimilar, pero te merecías saberlo. Puedo dejarte solo si quieres.

—No —le dije—. Quédate. Yo... estaba pensando.

Artyb se relajó de nuevo. De repente tuve ganas de disculparme, de suplicarle que me perdonara, tanto él como su madre. Parto Artyb habló antes de que yo tuviera tiempo.

—Mi madre me habló de ti desde que era niño —dijo—. Crecí en Hatelia, en la antigua casa de tu padre. Ella nunca dijo nada malo de ti, Link. Decía que eras valiente y que nunca te habías rendido. Me contaba historias porque creo que la ayudaba a soportar la pérdida. Cuando fui lo suficientemente mayor para entender el Gran Cataclismo, me dijo que tú habías dado tu vida por el reino. Me dijo que estabas en la Meseta de los Albores, curándote. Me pidió que fuera algún día y que, cuando volviera a casa, le dijera si te había visto.

—Por eso intentaste subir tantas veces —murmuré, comprendiendo, aunque lo había sospechado desde el día en que Artyb lo había contado alrededor del fuego.

—Intentaba ayudar a mi madre. Y tenía curiosidad por verte con mis propios ojos también. Mi madre solía decir que me parecía más a ti que a ella.

—¿Y... mi padre? —pregunté en voz baja. Su rostro se ensombreció y al instante me arrepentí de haber preguntado nada. A veces la ignorancia era mucho mejor.

—Tu padre... De niño no quería mirarme. Recuerdo que pasaba días enteros fuera de casa. Más tarde entendí que no quería verme porque me parecía a ti. Diosas, pocas veces he visto a un hombre tan hundido en el dolor como tu padre, Link. Y he conocido a muchos hombres. Dejó la espada y se hizo herrero. Una vez le pedí que me enseñara a usar la espada y se enfadó tanto que recuerdo haberme encerrado en los establos durante casi un día entero porque le tenía miedo. Mi madre acabó encontrándome, gracias a las Diosas.

Recordaba muy bien cómo era mi padre cuando se enfadaba. No lo hacía muy a menudo, pese a lo mucho que ambos discutíamos, pero podía dar verdadero miedo. Una vez, durante una de sus largas ausencias, mi hermana volvió a casa llorando, con el labio partido. Ella no tenía muchos amigos y unos chicos de la aldea habían decidido meterse con ella. Me dio el nombre de quien la había golpeado entre lágrimas, y esa fue la primera vez que estuve tan enfadado con alguien que no fuera mi padre.

La había ayudado a calmarse. Le había curado el labio y luego permanecí a su lado hasta que se durmió. Y, aquella misma noche, fui en busca del idiota que le había hecho daño. Era de mi edad, pero lo había pillado con la guardia baja, solo. Le asesté un puñetazo con todas mis fuerzas, y aún recordaba muy bien la satisfacción al oír como su nariz crujía.

Sus padres habían montado un escándalo, como era de esperar. Incluso habían enviado una carta para mi padre al castillo. Y, cuando él volvió, estaba muy enfadado. Nunca llegó a golpearme, pero ese día me hizo daño con sus palabras. Daba miedo cuando se enfadaba; era robusto y mucho más alto de lo que yo sería jamás. Y siempre sabía dónde estaban las grietas en la armadura, como buen soldado.

—Tú nunca estás aquí —le había dicho con los ojos llenos de lágrimas—. Siempre estás fuera. Hoy te importa, pero mañana te marcharás otra vez y dejará de importarte.

Aquella misma noche, mi hermana se había hecho un ovillo a mi lado, bajo las mantas, y me había mirado a los ojos.

—Tú también te marcharás, ¿verdad? —me había susurrado.

—No. Nunca —le prometí, aunque fue una mentira.

Aquello había sido poco antes de la Espada Maestra. Había acabado yéndome también, como todos los demás. No por primera vez, deseé poder verlos a los dos de nuevo.

—Tu padre no hablaba de ti —prosiguió Artyb—. Se marchaba siempre que oía a alguien haciéndolo. Me enseñó todo lo que sé de herrería, porque mi madre tampoco quería que aprendiera a usar la espada. Cuando yo tenía once años, él ya estaba viejo. Y aun así cogió un caballo una noche y se marchó a Kakariko. Los sheikah lo trajeron de vuelta, y ya puedes imaginarte el revuelo que eso causó en la aldea. Nos dijeron que había exigido ver a la señora Impa para pedirle explicaciones y que le dijeran qué habían hecho contigo. Poco después de eso cogió las fiebres, y ya sabes lo que pasa cuando eso ocurre. —Puso una mano sobre mi hombro—. La última vez que lo vi, estaba hablando de ti, Link. Te llamaba y te pedía que lo perdonaras.

Sentí un ramalazo de dolor agudo, como si me hubieran hundido un cuchillo otra vez. Sin embargo, el dolor no provenía de mis heridas. Había sabido que él estaba muerto, pero ahora que tenía los detalles, deseaba poder olvidarlos. Y muy pocas veces había deseado olvidar.

Artyb estaba esperando una respuesta, pero yo no podía dársela. No sabía ni por dónde empezar. Así que carraspeé y me obligué a hablar.

—¿Y mi hermana? —pregunté. Y luego, estúpidamente, aferrándome a la esperanza aun sabiendo que me haría daño, añadí—: ¿Sigue viva?

Artyb vaciló un instante y luego negó con la cabeza. Yo ya lo había sabido, igual que había sabido que mi padre estaba muerto, pero a pesar de ello el dolor fue abrumador. Pensaba que lo había dejado atrás hacía mucho tiempo, pero había estado equivocado.

—Tuvo una vida feliz, Link —me dijo él—. Vivió muchos años. Cuando tu padre murió, ella decidió marcharse de Hatelia y vender la casa, aunque nadie quiso comprarla. Se hizo curandera en la posta que regentaba mi padre. Pero te juro que tuvo una vida feliz. No te olvidó, ni siquiera en sus últimos días.

Su voz se rompió, y decidí no insistir más. Ella había sido su madre, al fin y al cabo. Debía dolerle tanto como a mí, si no más. Y no quería traerle malos recuerdos.

—Lo siento mucho, muchacho —dijo él de pronto—. Tal vez no debería haberte dicho todo esto, pero pensé que querrías saberlo. Te merecías saberlo. Siento mucho si he...

—No —dije, interrumpiéndolo, e incluso a mí me sorprendió la firmeza con la que hablaba—. Gracias por contármelo. Yo... Diosas, duele, no voy a mentir. Pero yo ya sabía que estaban... que se habían ido. Esto solo me da algo de paz. Al menos sé qué les ocurrió.

Y no estaba mintiendo. Por encima del dolor y la pérdida, había paz. Sus fantasmas no me seguirían para siempre, sin encontrar un lugar de descanso en mi cabeza. Si pudiera, los traería de vuelta, pero sabía que eso era imposible. Así que me conformaba con saber la verdad. Miré a Artyb y me alegró pensar que quedaba algo de mi hermana en el mundo todavía.

—Siempre me pregunté cómo serías en realidad —dijo él, sonriendo un poco—. La idea que tenía de quién eras me parecía tan imposible de alcanzar que me decepcionarías si te conociera, o eso recuerdo pensar. Pero no sé cómo demonios te las has arreglado para sorprenderme todavía más.

Tosió cuando terminó de hablar y esperé a que se le pasara antes de responder.

—¿Sabías quién era desde el principio?

Artyb rio.

—Claro que sí. Te llamabas Link, tenías una espada espléndida y un parecido asombroso con mi madre y con mi abuelo. Además, tenías una amiga llamada Zelda que viajaba contigo, hablaba como una noble y quería reconstruir Hyrule. Me lo pusiste muy fácil, chico.

Sonreí a medias.

—Podrías habérmelo contado todo antes —dije, aunque no estaba intentando reprocharle nada—. Te habría escuchado.

—No confiabas en mí —repuso él—. Y tampoco quería asustarte. Así que decidí esperar al momento adecuado.

—¿Por qué viajabas tanto? —quise saber.

—Conocía a mucha gente. Es lo que tiene vivir en una de las postas más importantes. Mi madre siempre decía que debía ver mundo. Que no me quedara en la posta o en Hatelia para siempre. Así que un día decidí salir.

—¿Para buscarme?

—Era una de las ideas principales, sí. —De pronto algo cambió en sus ojos. No eran lágrimas, aunque era algo parecido—. Es un verdadero milagro tenerte aquí después de tantos años.

Me abrazó de pronto. Llevaba mucho tiempo sin abrazar a nadie que no fuera Zelda, así que aquello fue extraño. Acabé devolviéndole el gesto y cerré los ojos con fuerza. Las heridas protestaron un poco, pero decidí ignorarlo por el momento. Nunca había pensado que abrazaría a alguien de mi familia otra vez.

—Soy tu tío —musité—. Esto no debería ser así. Debería ser al revés.

Él me miró, divertido, y luego tosió otra vez. Pero la sonrisa no desapareció.

—Oh, muchacho, dímelo a mí. Me siento como tu maldito abuelo. Eres muy joven todavía. Cualquiera diría que apenas eres un niño, pero cada vez que te miro me doy cuenta de que no es así.

Le devolví la sonrisa con facilidad, para mi sorpresa. No obstante, luego dudé unos instantes, mirándolo a los ojos.

—Te estás muriendo, ¿verdad? —le pregunté en voz baja, pensando en sus toses.

Su sonrisa se tornó triste y él se reclinó en la silla con un suspiro.

—Cuando me enteré de que estaba enfermo, decidí que las aventuras ya no eran lo mío. Casi nadie lo sabe. Odio que me miren con pena, y por eso no lo cuento cuando me preguntan por mis viajes. Pero no te preocupes. Aún me quedan unos cuantos años.

Quise abrazarlo otra vez porque era extrañamente reconfortante, pero me contuve. Por un lado, maldije a las Diosas por ser tan crueles, una vez más. Descubría que tenía familia viva pero también que se lo llevarían en unos años. Sin embargo, no quise pensar en el futuro. El presente era mucho mejor.

—Puedes quedarte con la casa de Hatelia —le dije—. No tiene por qué ser mía. Yo...

—Ni en sueños. Esa casa es tuya, y supongo que también de Zelda. Y me alegra que sea así. No podría tener mejores dueños. Yo tenía mi casa en la Meseta de los Albores pero, bueno, la he mandado al infierno.

—¿Dónde vivirás?

—Siempre he viajado de un lado a otro. Por ahora no necesito una casa. Este campamento es hogar suficiente. Si algún día necesito una casa, te avisaré.

Asentí despacio. En el fondo, no me apetecía vender la casa de Hatelia. La habíamos hecho nuestra, tanto Zelda como yo.

—Debería irme ya —dijo Artyb después de estar un rato en silencio—. Sé que necesitas descansar. Zelda me contó lo que de verdad ha ocurrido, por si no lo sabías.

—Voy a casarme con ella —le dije sin pensar.

Artyb sonrió ampliamente.

—Os lo merecéis los dos. No dejes marchar a esa jovencita, mocoso. Y cuida bien de ella.

Se puso en pie y avanzó hacia la salida, aunque había algo que todavía me molestaba.

—Espera —le dije. Él se detuvo y me miró con curiosidad. Yo carraspeé—. ¿Cómo era tu padre?

Artyb parpadeó, incrédulo, y luego rio.

—No te preocupes por él. Era un buen hombre. Siempre fue bueno con mi madre. Incluso te admiraba casi tanto como yo.

Asentí despacio.

—Bien —murmuré. Ella había sido solo una niña cuando la vi por última vez, así que nunca me la había imaginado con un hombre a su lado, mucho menos con un hijo. Pero no había elegido a ningún idiota, por lo que parecía.

Artyb se despidió. Me dijo que tenía algo que darme, aunque no quiso decirme de qué se trataba. Así que no insistí demasiado. Lo sabría con el tiempo.

Estuve solo durante casi dos horas más. Me alegraba que Zelda estuviera fuera. Sabía que no le gustaba estar encerrada, e incluso me había parecido algo más pálida que de costumbre, aunque tal vez fuera solo cosa mía. Le vendría bien salir de la tienda. Yo solo llevaba unos días allí y ya echaba de menos la luz del sol.

Cuando ella regresó, tenía una sonrisa radiante en el rostro. No la veía tan feliz desde hacía varias semanas. Se quitó la capa y se detuvo a mi lado, pero no quiso decirme qué había ocurrido. Examinó las vendas y me sentí aliviado al ver que no tenían manchas rojas.

—La visita ha ido bien, por lo que veo —dijo al terminar de revisar mis heridas.

Ni siquiera me sorprendió que lo supiera.

—No ha ido mal —murmuré—. Duele, pero me alegro de saber qué les ocurrió. Al menos pudieron encontrar algo de paz. Y supongo que eso está bien.

Ella sonrió.

—A veces me pregunto si ser tan fuerte es una bendición o una maldición.

—Las dos. Probablemente.

Soltó un largo suspiro, y me preocupó haberla molestado de alguna forma. Tal vez hablar de mi familia le había recordado a su familia también, y eso la entristecía. Sin embargo, un momento después recuperó la alegría de antes.

—Para tu información, le he enviado la carta a Impa. Incluso he pedido a los mensajeros que vayan un poco más rápido. Les he pagado más. Espero que no te importe.

—Mi dinero ya es tuyo.

—Bien —dijo ella—. La respuesta de Impa no debería tardar. Al menos yo no me he olvidado de enviar mi carta.

Había un ligero tono de reproche en su voz. Fruncí el ceño, intentando recordar qué podía haber hecho mal y, cuando lo comprendí, se me escapó un gruñido.

—Leíste la carta que le escribí a Impa, ¿verdad? —Ella asintió, y gruñí de nuevo—. Olvidé mandársela.

—Doy gracias por que lo olvidaras. Si la hubieras enviado, la propia Impa se habría presentado aquí mismo.

Hice una mueca.

—Lo siento, Zelda.

—Ya hemos hablado de esto —murmuró, y no parecía enfadada—. Así que hablemos de otras cosas —añadió con timidez.

—¿Qué tipo de cosas? —quise saber. Cogí su mano, que se retorcía con nerviosismo en su regazo.

Ella abrió la boca, aunque luego volvió a cerrarla. Le brillaban los ojos. Sabía de qué quería hablar y, cuando vi como se ruborizaba, sentí que yo enrojecía también, como si fuera contagioso. Zelda se decidió a hablar por fin, y lo hizo a trompicones, tan deprisa que apenas podía entenderla.

—He hablado con la sacerdotisa. Dicen que pueden oficiar bodas, así que considero que es la opción más rápida y sensata. No tendríamos que desplazarnos del campamento, y esa es otra gran ventaja. Además, ella está dispuesta a casarnos. Y, mientras hablábamos, se me ocurrió una idea. La considero una brillante, así que espero que la apruebes también.

Se me escapó una risotada y ella enrojeció un poco más. La animé a continuar. Zelda se aclaró la garganta.

—Después de varios años de observación y análisis de tu comportamiento, he llegado a la conclusión de que no aprecias ser observado por una gran multitud. Y da la casualidad de que yo comparto esa idea. Así que he pensado que quizá lo mejor sería que estuviéramos los dos solos. Y la sacerdotisa, por supuesto. Para mayor comodidad de ambos. Todos ganamos, ¿entiendes?

—¿Quieres que no haya nadie cuando nos casemos? —le pregunté antes de que ella pudiera continuar, porque había hablado tan rápido que temía haberme perdido algo—. ¿Que estemos solo tú y yo?

—Directo al grano —musitó ella. Inspiró hondo y me miró a los ojos—. ¿Qué te parece? No sé si tú querías algo distinto. Podemos ponernos de acuerdo si ese es el caso.

—No hará falta ningún acuerdo —le dije—. Quería que fuera así, Zelda. Solo tú y yo.

—¿De verdad? —Asentí, y ella enterró el rostro entre las manos—. Diosas, soy patética. Ni siquiera yo sé qué estaba diciendo antes. Me perdí, pero tú seguías escuchando, así que seguí soltando tonterías.

—Me gusta escucharte —repuse, encogiéndome de hombros.

—Me he dado cuenta —suspiró ella. Luego me miró de nuevo—. Así que está decidido, ¿no? No habrá ninguna celebración pomposa. Seremos tú y yo.

—Con eso basta.

Me besó, y justo entonces percibí lo frío que había estado sintiéndome después de hablar con Artyb. Ella siempre aliviaba el dolor. No lo hacía desaparecer porque nadie podía hacer que el dolor desapareciera por arte de magia, pero Zelda sabía cómo ayudar. Conocía el sufrimiento mejor que nadie, por desgracia, y sabía lidiar con él. Pero yo la ayudaba con sus pesadillas y ella me animaba cuando estaba de malhumor, y así estaba seguro de que, con el tiempo, el dolor se haría cada vez más insignificante, hasta convertirse en una cicatriz. O en un manzano nacido de la semilla de una manzana podrida. Me pregunté entonces si algo podría brotar de una manzana podrida.

—Estoy encerrado aquí dentro —le dije—. Así que me gustaría que me contaras lo que pasa fuera.

—Podríamos tener las reuniones aquí —sugirió ella, aunque sabía que solo bromeaba—. Así no te perderías ni un solo detalle.

—Te recuerdo que yo soy quien hace tu cena normalmente, Zelly. Y la seguiré haciendo en cuanto salga de aquí.

Ella rio, aunque debió de sentir algo de pena por mí, porque no siguió bromeando.

—Han llegado las gerudo —dijo—. Son un grupo pequeño, pero sabes cómo son las gerudo. Quieren empezar a trabajar. Están... entusiasmadas. Es la primera vez que salen del desierto, así que puedes imaginarte lo jóvenes que son.

—Espero que nadie les hable de mí —murmuré—. Tendríamos Shiok y Shiak aparte de pastel de manzana.

—Oh, saben que estás aquí. Aunque están interesadas en todos los hombres del campamento, a decir verdad. Y todo el mundo está interesado en ellas. Antes vi a una gerudo al lado de una mujer hyliana y me di cuenta de lo diminutas que somos en comparación con ellas.

—Seguro que todo el mundo está muy entusiasmado.

—Ni te lo imaginas. —Sonreí, y ella me apartó el pelo de la frente—. Todavía preguntan por ti. Tú también les has robado el corazón, Linky. Hoy ese niño del campamento se ha acercado a mí a punto de llorar porque había oído que te habían hecho daño.

Me sorprendí a mí mismo sintiendo ganas de llorar también, pero me contuve.

—Llévale pastel de manzana y dile que es de mi parte —le pedí a Zelda. Ella puso los ojos en blanco.

—Su madre se daría cuenta de que no lo has hecho tú, Link.

Solté un gruñido, dándole la razón.

—¿Y la aldea?

—Va muy bien —respondió Zelda con los ojos brillantes—. Estamos construyendo varias casas y ya hay planos para los sistemas de agua subterráneos. Esa será la parte más difícil. Pero si todo sigue yendo bien, lo haremos funcionar. Y, ¿sabes qué? Nadie ha vuelto a pelearse. Los zora y los sheikah se respetan, los goron animan al resto y algunos orni no son tan orgullosos cuando los conoces mejor. Y, bueno, el grupo de Artyb ha ayudado algo en eso.

—Todos son mayorcitos ya —murmuré—. Han entendido lo que están haciendo.

Zelda parpadeó.

—Suenas como un sheikah.

—Lo sé —gemí con una mueca.

Ella soltó unas risitas. Luego guardó silencio, pensativa, y no quise interrumpirla.

—Es una pena que vayamos a separarnos dentro de poco. Todo el mundo empezaba a parecer tan unido... Más que el Hyrule de hace cien años, incluso.

Había un atisbo de orgullo en su voz. Sabía que eso era lo que había estado intentando conseguir con todas sus fuerzas. Unificar Hyrule. No bajo una bandera o una corona. Solo bajo un propósito compartido. Y, si los líderes tenían más interés aún en la reconstrucción, Zelda debía estar lográndolo por fin. Deseé poder salir de la cama para verlo con mis propios ojos. Llevaba cien años sin ver a todos los pueblos de Hyrule en un mismo sitio.

Ishi me cambió las vendas después del atardecer y luego Zelda y yo compartimos algo de pastel de manzana. Solo recordaba haber tomado sopa caliente y agua durante los últimos días, así que aquel fue un buen cambio. Uno que me puso de buen humor.

Las heridas dolían pero, aquella noche, pude soportarlo. Zelda me mantuvo distraído y yo le conté todo lo que me había dicho Artyb. Pareció sorprendida cuando le conté que era el hijo de mi hermana, aunque a ella se le hubiera ocurrido aquella idea antes que a mí. Ella me entendía cuando le hablaba del dolor que sentía, aunque también entendía la paz. Odiaba hablar de aquello, pero Zelda escuchaba, no presionaba y lo entendía. Lo entendía de verdad.

Los días siguientes fueron muy similares. Zelda iba y venía, cada vez más ocupada. Siempre pasaba unas cuantas horas a mi lado durante el día, y me mantenía al tanto de todo lo que ocurría. Esperaba la carta de Impa con creciente nerviosismo, y eso me puso nervioso a mí también. Y lo peor era que el mensaje estaba firmado con mi nombre, pese a que Zelda lo hubiera manipulado a su favor.

Las heridas también empezaron a mejorar. Era un proceso más lento de lo que me habría gustado, pero al menos no tenía que tomarme el veneno para dormir. Podía moverme sin miedo a desangrarme, aunque la curandera insistía en que no podía salir de la cama todavía.

Llegó el décimo día y, sin importar lo mucho que le dijera a todo el mundo que el dolor era perfectamente soportable, siguieron sin permitirme salir. Les aseguré que no haría nada peligroso; me limitaría a sentarme junto a la tienda para tomar un poco de aire fresco. Pero Zelda me miró con una ceja alzada y convenció a la curandera de que me dejara allí unos días más.

Cuando Ishi se fue, miré a Zelda con mala cara. En el fondo sabía que ella solo estaba siendo sensata por el bien de ambos, pero eso no disminuía la irritación.

—Lo siento —me dijo ella—. Créeme, Link. Yo soy la primera que quiere volver a verte andar con libertad y montar a caballo y todo eso, pero también quiero que te cures. Tú harías lo mismo si estuvieras en mi lugar.

—Estoy bien —mascullé.

—Y por ello doy gracias a las Diosas. Pero sabes que podrías estar mejor.

Clavé la vista en el techo y no dije nada. No estaba enfadado con ella porque enfadarse con Zelda era casi imposible, pero sí estaba de malhumor. Por estar recluido allí durante días. Me sentía como si estuviera encerrado en Kakariko otra vez, igual que hacía más de un año.

—No seas terco —rio ella—. Se supone que esa soy yo, no tú.

Seguí sin decir nada. Zelda suspiró y sacó una carta de su zurrón. La miré de reojo y el corazón se me detuvo al ver el ojo sheikah en el sello.

—No la he leído —murmuró—. Quería que lo hiciéramos juntos. Es lo justo. Pero si no te apetece, podemos...

Ella se interrumpió cuando yo maldije entre dientes.

—Seguro que mi cabeza tendrá un precio a partir de ahora —mascullé con una mueca.

Zelda abrió la carta con una amplia sonrisa, aunque podía ver como sus manos temblaban ligeramente. Me miró, indecisa.

—¿Listo?

Asentí despacio. Tal vez ambos estábamos exagerando, pero lo cierto era que nunca había temido tanto a un trozo de papel. Zelda lo dejó entre los dos para que yo también pudiera leer. Oh, Diosas. Era una carta larga.

«Mi queridísimo Link —decía, y solo con eso sentí una pizca de aprensión—:

Eres un jovencito muy valiente. Siempre lo he sabido, y esto es solo una prueba más de que tienes tus agallas. Igual que Zelda. Se ve a la legua que ella escribió vuestra carta.

No voy a mentir. Cuando supe la naturaleza de vuestros afectos creí que sería una cosa pasajera y que acabaríais en términos amistosos otra vez. Sabía que sería imposible separaros, así que hicierais lo que hicieseis, no tendría que preocuparme. Pero estaba bebiéndome el té una mañana cuando Pay entró y me dio las cartas que habían llegado. Leí la vuestra primero porque siempre os doy prioridad.

Me temo que tendrás que comprarme una taza de té nueva, Link. Una muy bonita. La que tenía antes se me cayó mientras leía vuestra carta.

Sé que los dos sois sensatos y tenéis los pies en la tierra. Así que no os detendré. Bendigo vuestra unión y todo lo demás. Siempre me alegra saber que dos corazones van a unirse a la luz de las Diosas. Cuidad bien el uno del otro.

Espero que podáis visitar Kakariko pronto. Hay varias cosas de las que tenemos que hablar. Id preparando una buena excusa para no haberme invitado a la boda.»

Zelda terminó de leer antes que yo y, cuando alcé la vista de la carta, me encontré con su mirada expectante. Algo burbujeaba en mi estómago. Una cantidad inexplicable de alegría que luchaba por salir. Sonreí tanto que la cara entera empezó a dolerme. Tomé el rostro de Zelda y la besé, tal vez con demasiada fuerza porque a ella se le escapó un sonido estrangulado, aunque luego sentí sus manos en mi pelo y sus labios moviéndose contra los míos.

—En cuanto pueda salir de aquí pienso casarme contigo —le dije.

Ella me devolvió la sonrisa y el corazón me latió más rápido cuando caí en la cuenta de que estaba tan entusiasmada como yo.

Pasaron seis días más. No me quejé y no hice movimientos bruscos. Hice caso a todas las indicaciones de la curandera y me tomé la medicina sheikah que ella me ofreció. Al séptimo día, me dijo que podía salir de allí por fin. Miré a Zelda durante un breve instante y vi la anticipación en sus ojos.

Cuando Ishi se fue, intenté ponerme en pie. Me había dicho que fuera con cuidado y, aun así, me tambaleé ligeramente. Zelda corrió a mi lado y deslizó mi brazo sobre sus hombros.

—Despacio, Link —me recordó.

—Estoy yendo muy despacio.

Me miró con una ceja alzada. Di un paso, y luego otro, y así hasta recorrer la tienda varias veces. Sentí menos dolor de lo que había esperado. Descubrí que no solo había echado de menos la luz del sol, sino que también había echado en falta moverme. No estar limitado a una estúpida cama. Era una maravilla.

Zelda me tendió el pellejo de agua cuando recorrimos la tienda por octava vez. Comprobó que no hubiera sangre en los vendajes y luego tomó mi mano mala con delicadeza.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

Llevaba un vestido verde, aunque no era del mismo tono que sus ojos. Me pregunté si de verdad yo le había comprado esos vestidos. Nunca le había visto aquel. Y cada uno le quedaba mejor. Se había trenzado el pelo, pero algunos mechones se habían escapado. No podía creer que fuera a casarme con ella. Y me encontraba tan bien que contuve el impulso de alzarla en volandas y hacerla girar hasta que ambos estuviéramos sin aliento. Si lo hiciera, ella pensaría que estaba loco. Y no lo estaba. Tal vez solo estaba un poco mareado, pero eso era todo.

—De maravilla —respondí, aunque luego tuve que sentarme porque las piernas me temblaban.

Zelda rio y me apartó el pelo húmedo de la frente. Tenía las manos frías, y eso ayudó. Me sentía como si me hubiera bebido tres botellas enteras de Shiok y Shiak.

—Eres terco como una mula, Link de Hatelia —suspiró—. ¿Qué demonios voy a hacer contigo?

—Casarte. Hoy mismo.

—Ni en sueños. No quiero que te desmayes en medio de nuestra boda. Ni después —añadió en voz baja, y su tono hizo que algo cálido se revolviera por dentro.

—Eso sí sería todo un espectáculo —dije con una risotada.

Accedí a esperar un poco más, aunque los días se me hicieron interminables. Conseguí andar sin marearme con el paso de los días, e incluso Zelda decía que mis heridas tenían mejor aspecto. Empecé a sentirme como yo mismo otra vez, pero no toqué la Espada Maestra. El espíritu permanecía en silencio y ahora por fin lo comprendía. Los sueños se habían acabado hacía unas noches porque le había prometido que la llevaría de vuelta a casa en cuanto pudiera. Pero aquel no era el momento.

Una mañana, mientras buscaba manzanas en la bolsa de viaje, Zelda se arrodilló a mi lado y me abrazó con cuidado. Olía especialmente bien aquel día. Como si se hubiera dado uno de esos baños con aceites dulces. Y su pelo también tenía un brillo distinto.

—¿Qué te parece si lo hacemos hoy? —me susurró al oído—. Esta misma tarde. Incluso he hablado con la sacerdotisa.

Me detuve en seco y la miré con los ojos muy abiertos.

—Sí —farfullé—. Sí. Claro que sí.

Ella me besó en la mejilla y luego tiró de mi brazo. Me puse en pie y dejé que me guiara al exterior. Había esperado que la luz del sol me cegara, pero en cambio me encontré con nubes grises en el cielo. Cuando olisqueé el aire me pareció distinguir un ligero olor a tierra mojada. Sentía las cicatrices rígidas y entumecidas. Llovería. Siempre me sentía más magullado que de costumbre cuando iba a llover.

Por suerte, la mayoría del campamento estaba en la aldea. Había más tiendas que la última vez que lo había visto, y algunas eran diferentes al resto. Coloridas.

—Son de las gerudo —dijo Zelda cuando le pregunté. Iba a decir algo más, pero se interrumpió cuando vio un grupo avanzando en nuestra dirección.

Eran hylianos en su mayoría, aunque también había algunos zora. Me hicieron preguntas y me examinaron con atención, casi con aprensión, como si temieran que fuese a transformarme en monstruo de un momento a otro.

Intenté responder lo mejor que pude, aunque pronto empecé a moverme con nerviosismo. Zelda debió notarlo porque participó más en la conversación, y casi podía oír como buscaba en su cabeza posibles excusas para irnos. Sabía que en el campamento habían estado preocupados, pero lo cierto era que odiaba la atención.

—¡Vamos, todo el mundo a trabajar! —dijo una voz a nuestra espalda—. Ya habrá tiempo para hablar más tarde. ¡Vamos, vamos! ¡Y no me mires así, mocoso imberbe, o te pondré a apartar piedras pesadas durante tres días!

Ellos se despidieron y se apresuraron en dirección a la aldea. Karud suspiró, deteniéndose junto a nosotros.

—Me alegra volver a tenerte aquí, cielo. No ha sido lo mismo sin ti —me dijo, sonriente.

Iba a replicar con un bufido, pero entonces Karud me envolvió en un abrazo. Incluso me levantó unos dedos del suelo, y me pregunté cómo demonios lo había hecho sin que sintiera dolor en las heridas. Le di unas palmaditas en la espalda y él me soltó por fin.

—Ya no vas a morirte, ¿verdad?

—Si tú no me matas antes —mascullé.

Karud resopló. Zelda nos observaba con diversión y de pronto sentí su brazo enroscándose alrededor del mío.

—Link estaba deseando salir —dijo—. No sabes lo mucho que detesta estar encerrado. Creo que si hubiera pasado una semana más, se habría vuelto loco.

La miré con el ceño fruncido. Ella me asestó un codazo.

—Me lo imagino. En Hatelia solían cuchichear sobre ti. Decían que siempre ibas de un lado a otro y que, cuando venías, traías amigos sheikah y ponías tu casa patas arriba.

—Eso no es verdad —murmuré.

—Zelda te ayudará a sentar la cabeza —sonrió él, y contuve un gruñido de molestia—. ¿Ya estáis prometidos?

—La sacerdotisa va a oficiar la boda —dijo Zelda—. Será esta tarde.

La calidez que sentí al oírlo fue tan repentina como el disparo de un guardián. Sería aquella tarde. Y, por lo tanto, aquella misma noche podría decir que ella era mi esposa.

—¿Estáis invitándome? —dijo Karud.

—No hay nadie invitado —repuse.

Karud puso los ojos en blanco.

—Oh, por supuesto. Sois tan aburridos... Podría haber dicho unas palabras en vuestra boda, ¿lo sabíais? Yo conocía a Link casi desde el principio. Desde antes de que se hiciera famoso.

Contuve una risotada. Zelda forzó una sonrisa.

—Hemos decidido que sea así. Pero gracias por todo lo que has hecho por nosotros.

—Hago solo mi trabajo —dijo Karud, y parecía incluso avergonzado—. Tampoco tenía nada que ponerme para una boda, así que me habéis hecho un favor.

Zelda rio, y luego Karud nos deseó buena suerte y se marchó en dirección a la aldea, dejándonos a solas por fin. Ella cogió mi mano.

—Es casi mediodía —dijo—. ¿Tienes hambre?

Ambos sabíamos que nunca podría negarme a eso, así que asentí. Ella y yo cocinamos juntos y, por suerte, nadie vio como la besaba mientras trabajábamos, y mucho menos como deslizaba mi mano buena bajo sus faldas, aunque nunca llegué a tocar nada indiscreto. Zelda se escurría entre risitas para irritarme.

Después de eso, ella me obligó a darme un baño. Cuando estuve limpio, Zelda me indicó que tomara asiento y empezó a cepillarme el pelo. Lo dejó más decente que de costumbre, aunque sabía que acabaría destrozándolo tarde o temprano.

Observé como Zelda elegía un vestido morado claro que nunca, jamás, le había visto puesto. Y, por Hylia, me dejó con la boca abierta. Me pidió que la ayudara a anudárselo y estuve a punto de romperlo porque sentía los dedos entumecidos. Aquello se ajustaba a su cuerpo de forma maravillosa, como si lo hubieran hecho a medida para ella. Me pregunté, no por primera vez, si todo sería un sueño. El mejor sueño que había tenido jamás. Pero de pronto ella me pellizcó la oreja para llamar mi atención y terminara de anudarle el vestido, y el dolor fue muy vívido.

—Tienes cara de idiota —me dijo mientras se trenzaba el pelo con más cuidado que de costumbre.

—Tendrás que acostumbrarte —murmuré.

Zelda bufó y sacó algo de su bolsa de viaje. Princesas de la Calma. Se dio la vuelta para mirarme y entendí lo que quería sin que tuviera que decírmelo. Ella solo había traído tres flores.

—Es costumbre llevar flores en el pelo en una boda —explicó mientras yo las colocaba cuidadosamente en su pelo—. No sé qué harán las mujeres hylianas ahora, pero antes no podíamos llevar Princesas de la Calma porque estaban en peligro. Ahora es distinto, claro. Así que pensé que sería buena idea. Simbolizan el amor y la pureza y..., bueno, son mis favoritas.

Coloqué la última flor entre dos mechones de su pelo y luego ella se dio la vuelta. Tenía las mejillas encendidas.

—Estás muy apuesto —dijo mientras me arreglaba el pelo por enésima vez.

Solté una risotada.

—Y tú estás radiante, Zelda. Que los demonios me lleven ahora mismo si no soy el hombre más afortunado en todo Hyrule.

Enrojeció aún más, pero en sus ojos había algo que ardía, algo profundo que no tenía nombre. Juntó su frente con la mía y se mantuvo en silencio un rato.

—¿Zelda? —dije, pensando que tal vez estaba arrepintiéndose.

—Estaba esperando a que algún demonio te llevara.

Reí y le ofrecí mi mano buena. Ella la aceptó y se alisó el vestido una última vez antes de salir.

Seguía habiendo nubes en el cielo, pero la luz anaranjada del atardecer se colaba por los huecos entre las nubes. Todo estaba bañado por un dorado muy, muy suave y, pese a estar convencido de que llovería, no hacía un mal día. Faltaban unas pocas horas para el crepúsculo, así que todo el mundo seguía trabajando. Permití que Zelda me guiara hacia las afueras del campamento. No muy lejos, en el espacio entre dos árboles, esperaba la sacerdotisa.

Ella nos examinó con un brillo calculador en los ojos, y Zelda sostuvo mi mano con más fuerza. Al final, sin embargo, nos mostró una diminuta sonrisa.

—¿Podemos dar comienzo? —preguntó.

Zelda y yo nos miramos antes de asentir. La sacerdotisa carraspeó, aunque fue casi imperceptible.

—¿Ambas partes consienten esta unión?

—Sí —dijo Zelda, y yo hice lo mismo a su lado.

—¿Se ha cometido adulterio? ¿Violación? ¿Compartís sangre?

Se nos quedó mirando con una serenidad que daba miedo. Ambos negamos con la cabeza.

—¿Existe algún otro impedimento para celebrar la unión?

—No —dijimos al unísono.

Casi esperaba que alguien apareciera entre los árboles y detuviera todo aquello. Pero nada de eso ocurrió. En cambio, la sacerdotisa sacó tres largas cintas. Una era roja, otra era verde y la última era azul.

—Unid vuestras manos —indicó. Le mostramos nuestras manos unidas. Por suerte, Zelda había cogido mi mano buena—. El rojo simboliza la fuerza —dijo mientras enrollaba la cinta roja alrededor de nuestras muñecas—. La fuerza para superar las adversidades que se presentarán en vuestro camino. —Enrolló la cinta verde en torno a al dorso de nuestras manos—. El verde es la unión. Respetar al otro como una sola carne y un solo corazón. —Ató la cinta azul alrededor de nuestros dedos—. Y el azul es el amor. Amar y atender las necesidades del otro de forma incondicional, en lo bueno y en lo malo.

Ella guardó silencio, y me atreví a alzar la vista para mirar a Zelda. Me mostró una sonrisa amplia y estaba a punto de devolvérsela cuando la sacerdotisa carraspeó. Me indicó los votos que debía recitar.

—Yo, Link de Hatelia, os tomo como esposa —dije— desde este día, hasta el fin de mis días.

Miré a Zelda de nuevo. Ella parecía brillar, aunque su piel no desprendía ningún resplandor dorado ni estaba más cálida sobre mi mano.

—Yo, Zelda Hyrule, os tomo como esposo desde este día, hasta el fin de mis días.

La sacerdotisa se acercó y tocó nuestras manos unidas.

—En nombre de las Diosas Doradas, yo os uno —dijo—. Las deidades sonríen sobre esta unión.

Le sonreí a Zelda, y ella no tardó en tomarme del rostro, aun con las manos unidas. Me besó con urgencia, como si no lo hubiéramos hecho nunca. Tuve cuidado de no estropearle la trenza, aunque ella no fue tan cuidadosa con mi pelo. Pero eso era lo que menos me importaba. Solo existían ella y sus labios moviéndose contra los míos. Rio en medio del beso cuando la hice girar. Sentí las frías gotas de lluvia entonces, aunque tampoco le di importancia a eso. Zelda se separó muy despacio, y estaba a punto de perseguir sus labios cuando ella acarició mi rostro y me obligó a mirarla. Señaló a la sacerdotisa con disimulo.

—Gracias por oficiarlo —dijo. Me abrazó con cuidado de no rozar mis heridas.

—Hay luz en vosotros —dijo, y me pareció ver el atisbo de una sonrisa—. Os deseo mucha felicidad.

Se marchó de allí un momento después, dejándonos a solas. Zelda me besó de nuevo y examinó nuestras manos unidas por las tres cintas.

—No te he hecho daño, ¿verdad? —me preguntó con su mano libre sobre las vendas.

—¿Eso es lo primero que se te ocurre decir?

—No me culpes —resopló ella—. No quiero que te desangres justo ahora.

—No me has hecho daño —le aseguré. No sentía dolor en las heridas.

Zelda sonrió y luego se me quedó mirando en silencio, como si me estuviera viendo por primera vez. Las gotas de lluvia caían a nuestro alrededor, cada vez más insistentes, pero a ella no parecía importarle. Vi como las gotas le caían en el pelo. Seguro que enfermaría si pasaba mucho tiempo fuera, sobre todo con ese vestido. Iba a decírselo, pero ella se adelantó.

—Oh, Link —suspiró—. Nunca he sido tan feliz, ¿lo sabías?

—Serás aún más feliz con una cena caliente.

Ella rio, y su risa era el mejor sonido que había oído nunca. Tiré de nuestras manos unidas y corrimos de vuelta a la tienda. Zelda me advirtió que no fuera muy deprisa, así que corrí más despacio de lo que me habría gustado. La tienda no estaba muy lejos, por suerte, pero ella tiritaba cuando entramos. Le tendí su capa y encendí el brasero. Zelda se sentó a mi lado y nos cubrió a ambos con su capa.

—No hay espacio para los dos —le dije.

—Es mucho mejor así.

Sentí calor en el rostro y me volví para mirarla. Varios mechones de su pelo se habían escapado de su trenza perfecta. Fui a apartárselos de la frente con mi mano mala, pero ella me detuvo.

—Aún no —dijo—. Te recuerdo que estoy hambrienta, querido esposo.

Sonreí y agité nuestras manos unidas.

—No puedo hacer nada así —repuse—. ¿Se puede quitar?

—¿Alguna vez has visto a alguien casado llevando esto?

Me encogí de hombros. Zelda empezó a deshacer los nudos poco a poco, como si tuviera que hacer verdaderos esfuerzos para apartar las cintas. Yo no emití una sola queja. Nunca protestaría por sentir sus dedos sobre la piel. Cuando terminó y su mano quedó libre de la mía, sentí un extraño frío en el cuerpo. Sin embargo, tenía tanta hambre como ella, así que me dispuse a prepararlo todo.

A la mañana siguiente, me despertó el lento repiqueteo de la lluvia sobre la lona de la tienda. Me llegó un olor dulce a flores. Comprendí que eran las Princesas de la Calma. Zelda las había dejado encima de la mesa la noche anterior, aunque el aroma permanecía en su pelo todavía. Ella no se había despertado, así que me limité a mirarla mientras escuchaba como la lluvia caía y caía.

Le aparté el pelo del rostro y por un momento estuve convencido de que lo había soñado todo. Solía tener fantasías como aquella, así que no me extrañaría. Pero su piel desnuda era muy real y muy cálida y muy suave, y ni siquiera en mis mejores sueños podía sentirla tan vívidamente como en la realidad. Rocé su mejilla y luego dejé que mis dedos viajaran hasta su hombro. Repetí aquel camino invisible hasta que ella empezó a moverse.

Abrió los ojos y sonrió. Había reflejos dorados en sus ojos, tan bien escondidos entre el verde que serían casi invisibles para cualquiera, pero no para mí. Quise darle los buenos días, pero las palabras no me salían. Por suerte, ella siempre había sido mucho mejor en eso que yo.

—A veces —dijo en voz baja— te miro y pienso que en cualquier momento me despertaré y estaré encerrada con ese monstruo otra vez.

Mi mano se detuvo sobre su mejilla.

—No es ningún sueño —murmuré.

—Lo sé —respondió—. Pero, si estoy soñando, quiero que sepas que eres un sueño maravilloso, Link.

Observé como jugueteaba con un mechón de mi pelo. Mi mano descendió hasta sus brazos desnudos y luego llegó a su mejilla de nuevo.

—Nunca pensé que llegaría a casarme —susurré, incrédulo—. Creía que moriría antes, en alguna batalla. Nunca me importó demasiado hace cien años.

—Mira cuántas cosas han cambiado —suspiró, aunque no parecía triste—. No estoy casada con ningún príncipe, señor o noble estirado. Estoy casada con alguien cien veces mejor que todo eso.

Le besé la punta de la nariz.

—Supongo que Zelda de Hatelia suena muy bien.

—En realidad, tú te llamarías Link Hyrule, porque mi posición está por encima de la tuya. Pero como las cosas han cambiado y yo ya no estoy por encima de nadie, al infierno con todo eso. Además, Link Hyrule suena fatal.

—Gracias a las Diosas —dije con una mueca—. Hyrule no me queda bien.

—No le queda bien a nadie —replicó contra mi hombro. Le acaricié la espalda. Ella estaba cálida por las mantas. El sonido de la lluvia en el exterior se tornó cada vez más irregular hasta desaparecer por fin—. Todo debe de estar embarrado. No creo que nadie vaya a trabajar hoy.

—Quedémonos aquí, Zelda de Hatelia.

—Querido esposo mío, eres terriblemente persuasivo. Creo que me estoy enamorando de ti.

Permanecimos en la tienda casi todo el día. Sentía que podía dormir en paz por primera vez después de un siglo; no había monstruos, nada nos perseguía y ninguno tenía prisa. El día se me pasó muy rápido en compañía de Zelda. Llovió un poco durante la tarde, pero estaba tan ocupado acariciándola y besándola y susurrándole palabras dulces que apenas logré darme cuenta.

Al anochecer, Zelda se cubrió con la capa y se puso las botas. Hice lo mismo aun sabiendo que se llenarían de barro, y luego seguí a Zelda al exterior con la capucha puesta. Ella no había fallado en su previsión; nadie trabajaba. Así que cogió mi mano y me guió hacia la multitud.

Allí me recibieron con una alegría inesperada. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que Hyrule estaba unido. Comprendí que de verdad se habían preocupado por mí. Incluso las gerudo se interesaron por mi estado. Se habían adaptado al grupo con facilidad, aunque no me extrañaba. Eran gerudo. El resto del mundo se adaptaba a ellas.

Nos ofrecieron Shiok y Shiak —al parecer las gerudo se habían traído un barril entero—, pero ambos declinamos. Me contenté con escuchar las conversaciones mientras el sol se ponía. Zelda se dejó caer sobre mi hombro, y yo acariciaba su mano distraídamente. No sabía qué había hecho para merecerme aquello pero, por el momento, tenía todo lo que podía desear.

Alguien tocó mi hombro vacío de pronto. Me sobresalté al ver a Artyb. Por suerte, las conversaciones siguieron.

—Siento interrumpir —susurró—. Me preguntaba si podrías venir conmigo. Seré rápido, lo prometo.

Recordé que me había prometido que me enseñaría algo, así que miré a Zelda, le di un fugaz beso y le dije que volvería pronto. Ella soltó mi mano con cierta reticencia.

Mientras andábamos en dirección a la tienda de Artyb, él pasó un brazo alrededor de mis hombros.

—¿Ya eres un hombre casado?

—¿Quién te lo ha dicho? —mascullé con los ojos entornados.

—Puede que a Karud se le haya escapado —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero no es muy difícil darse cuenta. Tienes esa cara que ponen los jovencitos como tú cuando han pasado una noche espléndida.

Sentí calor en el rostro. Agradecí que la capucha me ocultara. Intenté decirle que lo que hiciera por las noches no era asunto suyo, pero él se adelantó con una risotada.

—No te enfades —dijo—. Me alegro de que te hayas unido a ella. Seguro que encontráis mucha felicidad el uno en el otro.

Murmuré palabras de agradecimiento. Por suerte, llegamos a la tienda antes de que Artyb pudiera decir algo más. El interior era pequeño, pero supuse que al mismo tiempo era lo suficientemente grande para Artyb. Vi sus herramientas sobre una mesa diminuta. También me llegó un ligero olor a hierbas. Artyb maldijo entre dientes y las guardó en una cesta.

—Un curandero me dijo que ayudan con la enfermedad —explicó—. Pero tienen un sabor horrible, así que solo me las tomo cuando me encuentro particularmente mal.

Me bajé la capucha y lo observé mientras rebuscaba entre sus cosas, mascullando para sí mismo. Cuando regresó a mi lado, sostenía algo envuelto en una tela gris. Por la forma supuse que se trataría de un arma. Me la tendió sin mediar palabra. Desenrollé la tela y vi una espada. La cogí por la empuñadura con cuidado y me quedé sin aliento cuando la reconocí. No era tan pesada como la Espada Maestra, aunque tampoco era precisamente ligera. Era larga, y no tendría nada especial a ojos de cualquier otro.

—La espada de tu padre —dijo Artyb—. Él no volvió a usarla después del Gran Cataclismo. De hecho, estuvo a punto de llevarla a su forja para hacer herraduras de caballo con el acero, pero mi madre lo convenció de que no lo hiciera. Así que la guardó en una caja y no salió de allí hasta que él murió.

Pasé una mano por la guarda, por el arañazo que tenía allí el acero. Una garra de moblin había hecho aquello, y mi padre nunca se molestó en arreglarla.

—Tú ya tienes una espada espléndida —prosiguió él—, así que a lo mejor no necesitas esto para nada. Pero era de tu padre y fue de tu abuelo antes de eso. Y seguro que le darás mejor uso que yo, viejo como estoy. Así que quédatela. No la he usado durante estos años.

Era una espada larga, pero no tanto como la Espada Maestra. Y detestaba compararlo todo con la Espada Maestra, pero no podía evitarlo. No sentía lo mismo cuando la empuñaba. Aquella espada sí estaba muerta, fría. Y pronto la Espada Maestra estaría así también. Recordé los sueños que había tenido y los ruegos del espíritu por que la llevara a casa, y tomé una decisión.

—Gracias —le dije—. Creo... creo que voy a necesitarla.

Él me miró con curiosidad, aunque no insistió. Puso una mano sobre mi hombro y me ayudó a envolver la espada de nuevo.

—Vuelve con tu esposa. No quiero seguir entreteniéndote cuando tienes esa cara de sufrimiento.

Sonreí a medias y le di las gracias otra vez, sosteniendo la espada. La dejé en nuestra tienda y me detuve a contemplar la Espada Maestra. No recordaba cómo era estar sin ella. Solo con pensar en separarme de la espada sentía un vacío inexplicable. Y me di cuenta entonces de que no me pertenecía. Ya no.

Más tarde, mientras contemplaba las estrellas con Zelda, le susurré:

—¿Vendrías de aventuras conmigo otra vez?

Ella me miró con curiosidad, pero su sonrisa fue radiante de todas formas.

—Siempre que quieras —respondió.