ZELDA
Había dejado de llover unos días atrás. Ahora el sol brillaba con fuerza, y me había visto obligada a llevar el vestido más fino que tenía.
Aún quedaba algo de barro, ya casi seco. Tuve cuidado de no pisarlo, pese a todo. Odiaba ensuciarme las botas y dejar manchas por todas partes. La hierba estaba más verde que de costumbre, y me pregunté si las Princesas de la Calma en las afueras del campamento tendrían mejor aspecto. Llevaba mucho tiempo sin visitarlas. Tal vez habrían florecido más.
Esquivé otro charco de barro mientras avanzaba hacia la aldea. Cargaba con varios montones de madera. El último carro procedente del Poblado Orni había traído más madera. Y no tenía mal aspecto, para mi sorpresa. Había creído que no tendríamos tanta suerte, teniendo en cuenta el comportamiento del patriarca.
—Esto es diferente al desierto —dijo Ralisha, que me ayudaba a llevar madera. Era de las gerudo más jóvenes en el campamento—. No he visto nunca tantos árboles juntos.
La miré con una sonrisa. Hablaba con un fuerte acento gerudo. Supuse que no había practicado demasiado el hyliano, aunque todas lo conocían. El comercio en el desierto dependía en gran parte de los hylianos.
—Es imposible que en el desierto crezcan tantos árboles —repuse—. Espero que tanto tú como las demás os estéis adaptando bien.
—No te lo imaginas —dijo ella con una carcajada—. Nadie quiere volver a Gerudo. Y hay shiok por todas partes.
Habían estado muy entusiasmadas últimamente. En los días que había llovido y no se pudo trabajar, ellas se habían interesado por los hombres del campamento. Se habían acercado a ellos como si fueran animales exóticos, aunque a ellos no les había importado mucho, o al menos yo tenía esa sensación. Habían celebrado juntos varias noches seguidas, hasta que Karud decidió poner orden y las lluvias terminaron.
Un hombre de Onaona sonrió a la mujer cuando pasamos junto a él. Aparté la mirada al instante y seguí avanzando, pero alcancé a oír sus susurros ahogados. Lo que decían era casi inteligible, así que me adelanté unos pasos.
Le tendí la madera a Karad, que estaba al frente de la construcción en la zona este de la aldea. Luego volví en mis pasos hasta los carros, aún cargados de madera. La mujer gerudo que me había acompañado no estaba por ninguna parte, de modo que contuve un suspiro mientras sujetaba la madera con firmeza entre los brazos. Karud me encontró mientras hacía el camino de vuelta a la aldea.
—Esto está terriblemente vacío, ¿no crees? —me dijo. Me ayudó con la madera y yo se lo agradecí en silencio.
—No es para tanto. Solo son una docena. Ni siquiera es la mitad del campamento.
Era cierto que había menos tiendas, aunque tampoco era una ausencia notable. Karid había partido con un grupo de voluntarios hacia los Picos Gemelos unos días atrás. Iban a reconstruir uno de los puentes maltrechos de la región de Necluda. La mayoría de los que habían querido irse con él eran zora, y supuse que sería lo mejor. Menos problemas para nosotros.
—Hablas como Link —murmuró Karud—. Eres tan insensible como él a veces.
Hice una mueca.
—Link no es insensible —repuse—. Y no estoy hablando como él.
—Claro que te pones de su parte —resopló Karud—. No lo ves con los mismos ojos.
Esquivé un charco de barro, aunque Karud no hizo lo mismo. Acabó chapoteando y salpicando gotas en la falda de mi vestido. Le dirigí una mirada furibunda, pero él no pareció inmutarse de haber pisado el barro siquiera, aunque tuviera las botas sucias ya.
—Creía que os llevabais bien —dije.
—Nos llevamos bien. Incluso creo que lo echaré de menos cuando se vaya contigo y el resto. No será lo mismo sin vosotros.
Link y yo ya teníamos nuestro grupo de voluntarios. Íbamos a seguir adecuando los caminos mientras que Karud permanecería en la aldea, ocupándose de su construcción con un grupo más grande. Estábamos esperando a que Link terminara de curarse.
—Él y yo vamos a hacer un viaje —le dije—. Así que habrá que posponer la partida unas semanas más.
Karud se detuvo en seco. Vi que tenía el ceño fruncido, y había aprendido que eso nunca era buena señal.
—¿Cuántas semanas exactamente? —quiso saber él.
—Al menos tres más —respondí con sorprendente firmeza—. Este viaje es importante. Muy importante. Además, tenemos que resolver unos asuntos en Kakariko antes de regresar. La señora Impa ha exigido nuestra presencia cuanto antes.
Era una verdad a medias, pero a Karud debió resultarle convincente porque soltó un largo suspiro.
—Sé que eres joven, Zelda. Los dos lo sois. Pero cuando os miro veo sabiduría. Un proyecto como este requiere tiempo y un sentido del deber resistente, cielo. No podéis huir en cuanto se os presenta la ocasión.
Aquello me hizo enfadar, pero permanecí muy serena, como una de esas estatuas de la Diosa Hylia. ¿Era así como nos veía realmente Karud? ¿Creía que estábamos huyendo?
—Te aseguro que nadie aquí entiende el deber tan bien como yo —dije—. No he conocido otra cosa. Así que no hables del deber conmigo.
Había sonado más brusca de lo que pretendía, y solo me di cuenta cuando vi la expresión alarmada de Karud. Habría dicho más, pero no quería revelar secretos que debían permanecer enterrados por el bien de todos.
—No quería ofenderte —dijo él muy despacio—. Pero me gustaría saber a dónde vais.
—A Kakariko. Y... y también... —Me detuve, pensativa. Link no había querido decírmelo. Sin importar lo mucho que insistiera, él solo había confesado que sería una sorpresa. Me pregunté entonces si aquel viaje no sería más que una distracción. No podíamos permitirnos algo así, especialmente cuando aún teníamos mucho, mucho trabajo por hacer—. Debemos resolver asuntos importantes fuera de Necluda.
—¿Fuera de Necluda?
Parecía escéptico. No lo culpaba. Me había inventado aquello sobre la marcha. Link había estado reuniendo provisiones, y tenía la sensación de que aquel no sería un viaje corto, dada la cantidad de suministros que ya había acumulado.
—No muy lejos de aquí. Te lo contaré cuando tenga más detalles.
Karud estudió mi rostro por un rato antes de suspirar.
—Si ese viaje es tan importante como dices, vale la pena hacerlo. Pero no olvidéis que os necesitamos aquí. A los dos.
Él siguió avanzando, aunque yo me mantuve quieta por unos instantes. Hyrule me necesitaba. Y aquel era un peso que aceptaba de buena gana. No tenía que sacrificar mi vida por Hyrule en esa ocasión. Mi única tarea era guiarlos. Y aquel propósito era más que suficiente.
—Es un gran honor recibir un cumplido tuyo —reí tras quedar a su altura.
—Considérate afortunada —replicó Karud, devolviéndome la sonrisa.
Estuve toda la mañana descargando madera y llevándola a la aldea. Recibí algo de ayuda, aunque seguía siendo un trabajo largo y tedioso. Cuando llegó la hora de comer, estaba agotada y, por supuesto, hambrienta. Regresé a la tienda arrastrando los pies, pero no vi a Link por ninguna parte. Me cambié el vestido salpicado de barro y me trencé el pelo de nuevo. Sabía que Link había estado cocinando por el olor que desprendía nuestra cacerola en el exterior. Y las Diosas sabían cuánto deseaba devorarlo todo como si no hubiera comido en días —de una forma muy poco propia de una dama pero mucho más propia de Link—. Sin embargo, me obligué a aguantar un poco más. No había visto a Link desde que salí de la cama aquella mañana.
No fue difícil encontrarlo. No lo había visto fuera, de modo que debía estar con los caballos. Y no me equivocaba; estaba cepillando la crin de un caballo moteado cuando me acerqué con sigilo. Él murmuraba palabras con suavidad.
—... bestia salvaje —estaba diciendo. Pasó el cepillo por la crin clara del animal—. Si se te ocurre darme otra coz, tendré que...
—¿Te ha dado una coz? —pregunté preocupada, mandando el sigilo al infierno.
Él dio un respingo y se giró para mirarme. Todavía sostenía el cepillo en una mano.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó.
No parecía estar sintiendo dolor alguno, y en su túnica no había señales de golpes, sangre o coces.
—Acabo de llegar.
El caballo bufó para llamar la atención de Link, y él sonrió. Me quedé allí plantada unos instante, viéndolo sonreír mientras se ocupaba del animal. Sus ojos siempre brillaban cuando sonreía. Esa expresión estoica que tan cuidadosamente solía construir se derretía como la cera de una vela, por muy pequeña que fuera la sonrisa. Y por supuesto que no había memorizado todos los tipos de sonrisa que su rostro ofrecía. Eso sería muy raro, incluso si el sujeto de aquel análisis era mi propio esposo, ¿verdad?
Pero al infierno con todo. Aquella era una de esas sonrisas que lo hacían parecer más joven de lo que era en realidad, como si de pronto fuera un muchacho de quince años otra vez. No solía verlas muy a menudo.
—En el fondo me quieres —susurró él mientras cepillaba al caballo—. Sí, claro que me quieres. —Se volvió en mi dirección y yo me acerqué unos pasos—. No llegó a darme ninguna coz —me dijo—. Puedo ser rápido, Zelly.
Sentí como el alivio me recorría. Estaba siendo ridícula. Alguien se habría dado cuenta de que Link había recibido una coz. Ni siquiera seguiría en los establos.
—Lo sé —suspiré. Pasé una mano por el suave pelaje del caballo—. Creo que me estoy convirtiendo en ti.
—¿En mí? —bufó él—. ¿Por qué?
—Me preocupo tanto como tú —respondí, encogiéndome de hombros.
Él rozó el hocico del caballo con cuidado. Siguió cepillando.
—No es raro después de todo lo que ha pasado —dijo a media voz—. Yo también estaría preocupado, si fuera tú.
—Ten cuidado —le dije en un susurro. Él estaba más fuerte, pero aun así no quería que volviera a hacerse daño.
—Siempre lo tengo —repuso. Cuando le dirigí una mirada plana, él suspiró y miró al caballo—. Lo he llamado Barro.
—¿Por qué demonios llamarías así a un caballo? —reí—. Ni siquiera es del color del barro.
Link se encogió de hombros y señaló sus botas llenas de barro, como si eso explicara las cosas. Estaban en peor estado que las de Karud.
—No pienso dejarte entrar así a nuestra tienda —le advertí.
Link soltó el cepillo y se acercó más a mí. Olía a caballo, a paja y a las hierbas que la curandera utilizaba en sus ungüentos. Yo no debía oler mucho mejor, así que no me quejé. Permití que rodeara mi cintura con sus brazos.
—Puedo hacerte cambiar de opinión —dijo.
—¿Ah, sí?
Decidí no mirarlo a los ojos, porque sabía que entonces cedería por completo. En cambio miré sus botas llenas de sucio barro seco. Me imaginé lo mal que quedarían esas manchas en el suelo limpio de nuestra tienda.
—He hecho ese guiso que tanto te gusta —susurró—. Especialmente para ti. ¿Qué tal suena eso?
El estómago me dio varios vuelcos violentos, pero fueron de los buenos. De esos que te hacían pensar que estabas volando. Lo miré a los ojos por fin, incapaz de seguir conteniéndome, y lo besé. Me sostuvo con firmeza, como siempre hacía. Link se parecía a uno de esos pilares que estábamos construyendo en la aldea, especialmente conmigo. Resistente cuando ni siquiera yo misma podía tenerme en pie, cálido y familiar. No sabía qué había hecho para merecérmelo.
Acabó dejando sus botas fuera de la tienda, y me prometió que las limpiaría más tarde. Lo observé mientras comía con más voracidad que yo. Y eso que estaba hambrienta.
—¿A dónde iremos? —le pregunté con cautela.
Él dejó de comer. Vi como abría y cerraba en un puño la mano herida. Me di cuenta entonces de que no llevaba la Espada Maestra encima. Cuando lo besé junto a los caballos, tampoco sentí el bulto frío de la vaina bajo los brazos. Link iba desarmado. Ni siquiera llevaba los protectores de los brazos. Lo había visto así muy pocas veces, y solía ser por las noches. Incluso entonces dejaba la espada muy cerca. Ahora no veía la Espada Maestra por ninguna parte.
Ver a Link sin armas encima era tan desconcertante como ver tarta de fruta sin fruta. Él debió darse cuenta de por qué lo estaba mirando, y vi como se hacía un poco más pequeño en su sitio.
—Es una sorpresa —murmuró sin mirarme—. Ya te lo he dicho.
—Y yo le he dicho a Karud que vamos a Kakariko, aunque también que tenemos que hacer otro viaje importante. Y, por supuesto, él quiso saber más detalles. Yo no pude dárselos porque no sé nada de nada, así que piensa que estamos huyendo del deber, y no me gustaría que...
Me interrumpí cuando escuché un gruñido. Él enterró el rostro entre las manos.
—Ahora piensa mal de ti. —Maldijo entre dientes—. Y es culpa mía.
—He hablado con él, Link —le aseguré—. Karud nos conoce. En el fondo sabe que no huiríamos. Y así me lo ha dicho. Así que no tienes nada de lo que preocuparte.
Vi como inspiraba hondo. Alzó la vista, y me sorprendió lo joven que parecía. Tal vez era solo la sombra de la duda en sus ojos, pero el acero había desaparecido por completo de su expresión. Tenía aspecto del chico de casi veinte años que realmente era, como si se hubiera quitado un peso de los hombros al haber apartado la espada. No habíamos vuelto a hablar de devolverla, pero en ese momento me pregunté si habría entrado en razón.
—No puedo decirte adónde vamos —suspiró—. Es una sorpresa. Pero hablaré con Karud. Pensaré en algo que decirle.
Comí un poco más del guiso antes de que se enfriara. Decidí que me gustaba Link sin la espada. Parecía más inseguro que de costumbre y de vez en cuando lanzaba miradas furtivas hacia la entrada de la tienda o flexionaba los dedos de la mano de la espada. Pero sentí algo de esperanza al pensar que tal vez sus heridas más profundas estaban cicatrizando por fin.
—Espero que sea una buena sorpresa —dije.
Link hizo una mueca. Eso nunca era un buen augurio.
—Depende de cómo lo mires.
—¿Qué significa eso? —pregunté con una ceja alzada.
Él dudó un instante y luego sacudió la cabeza.
—Confía en mí. Soy tu esposo, Zelly. No dejaré que nada te pase.
Miré su mano herida y luego su abdomen, cubierto por la túnica. Aún llevaba vendas, por si acaso, aunque estaba curándose bien. Sabía que estaba a salvo con Link, pero también sabía que él era de carne y hueso. Era impulsivo y podía llegar a ser imprudente si nadie le paraba los pies. Lo sucedido solo era una prueba de que, sin importar la bendición de las Diosas, él podía cometer errores, incluso en el terreno que más dominaba.
—Confío ciegamente en ti —le dije—. Solo espero que lo tengas en cuenta.
Me mostró una sonrisa amplia, y allí terminó la conversación.
Link insistió en que nos marcháramos lo antes posible. Así que, cuatro días después, anunciamos nuestra corta partida. Había estado esforzándome más de la cuenta para dejar todo el papeleo bien atado en nuestra ausencia. Enviamos una carta a Kakariko avisando de que llegaríamos en una semana y media. Luego empezaron las despedidas.
Aquella misma noche, gran parte del campamento se sentó alrededor de una enorme hoguera. Para mi sorpresa, nadie bebió Shiok y Shiak, pese a su reciente aumento en popularidad. Quienes sí bebían tenían jarras de cerveza basta. A las gerudo no les gustaba, pero ellas no ofrecieron Shiok y Shiak.
—¿Por qué os vais? —preguntó un orni.
—La señora Impa tiene asuntos que tratar con nosotros en Kakariko. —"Y yo con ella", añadí para mis adentros—. Tampoco nos iremos durante tanto tiempo. Serán solo tres semanas.
—Se os echará en falta —dijo un hombre de Onaona.
—¿A quién le llevaré pastel de manzana? —suspiró alguien entre el grupo.
—Puedo dejaros algo de pastel para el viaje —dijo la madre de ese niño con el que Link solía pasar tiempo—. Tendréis que comerlo rápido porque se seca tras unos días, pero servirá.
—No será necesario —le aseguré a la mujer con una sonrisa amable.
Algunos se interesaron por el estado de Link. Él empezó bien, aunque al cabo de un rato ya respondía con evasivas. Se le daba mejor hablar en público, pero supuse que no estaba de humor aquella noche, así que lo ayudé un poco.
—Shiok y tú volveréis, ¿verdad? —dijo Ralisha con su fuerte acento gerudo. Tendría que preguntarle si deseaba aprender más hyliano.
—Claro que sí —le aseguré—. Será un viaje corto. De hecho, gran parte de nuestras pertenencias seguirán aquí. Incluso nuestra tienda seguirá en el mismo sitio. Así podréis chantajearnos si decidimos no volver jamás.
Ellos rieron. La conversación pronto se volvió más fácil, con temas más ligeros que tratar, y lo agradecí en silencio.
Nos quedamos un último día en el campamento. Link me ayudó a hacer mi bolsa, y después llenamos las alforjas con todos los suministros para el viaje. Al terminar, Link dijo que volvería enseguida, aunque no me dio más explicaciones. Vi como se metía en la tienda de Artyb y sonreí para mis adentros, sintiendo curiosidad. Llevaba varios días yendo allí, siempre antes del mediodía. Sabía que se traían algo entre manos, aunque no quise preguntar. Probablemente Link diría que era solo una sorpresa.
Anduve por la aldea durante un rato, ayudando en todo lo que podía. Me gustaba que nadie supiera quién era en realidad. Y a quienes lo sabían no les importaba. Ni siquiera a los sheikah. Sentía que pertenecía entre ellos. Incluso lo echaría un poco de menos durante el viaje. Pero debía hablar con Impa. Era el momento de contarle lo que había decidido. Ya lo había pospuesto lo suficiente. Y también teníamos que ir adondequiera que Link iba a llevarme.
Link regresó antes de la comida. Seguía sin llevar armas encima, aunque estaba cada vez más inquieto. Lo veía en su postura. Sin embargo, cuando me vio pareció relajarse ligeramente.
Más tarde, el niño del campamento le pidió a Link que pasara tiempo con él. Los observé mientras jugaban sobre la hierba. Siempre que me pillaba mirándolo, Link me sonreía con calidez. Me dije que ya era mayorcita para esas tonterías, pero no podía evitarlo. Lo escuchaba reír desde allí. Tenía el pelo revuelto, pero no parecía importarle.
Me alegraba que el matrimonio no hubiera cambiado nada. Él seguía comportándose como siempre lo había hecho, aunque tal vez era más abierto a demostrar sus afectos en público.
—¿Cuánto tiempo estaréis fuera? —dijo una voz a mi lado.
Di un respingo, aunque me relajé al ver a Artyb.
—Tres semanas —respondí con voz aún temblorosa por el susto.
Él se sentó sobre la hierba con un gruñido.
—Karud me ha puesto al mando en vuestra ausencia. Cuando vuelvas verás lo que es trabajar de verdad, niña.
—No puedo esperar —sonreí.
—Yo también puedo ser diplomático —dijo él—. Una vez, hace muchos años, quisieron ponerme de alcalde en Hatelia.
Lo miré boquiabierta.
—¿Te negaste?
—Claro que sí —respondió como si fuera obvio—. ¿Cómo no iba a negarme? Mis huesos serán viejos, pero sigo teniendo la cabeza tan dura como siempre. No iba a pasar el resto de mis días encerrado en Hatelia otra vez. No pienso pudrirme ahí.
Contemplé a Link de nuevo y suspiré. El niño rio cuando Link le hizo cosquillas.
—A mí no me importaría pudrirme en Hatelia —susurré.
Él soltó una risotada.
—Claro que no te importaría. Te mereces algo de paz. Yo, en cambio, he tenido demasiada paz.
Sabía que eso no era del todo cierto, pero no quise insistir. Artyb no había tenido una vida fácil, a juzgar por lo que Link me había contado. Por supuesto, no era nada comparado con la vida del propio Link. Pero, por Hylia, aquello tampoco era un torneo de quién había sufrido más.
—¿Ese mocoso te trata bien como su esposa? —preguntó Artyb.
—Es tu tío. Y no sé yo si de verdad es un mocoso.
Él rio de nuevo.
—Míralo. Claro que es un mocoso. —Link tenía unas pocas hojas secas en el pelo, y había barro en la punta de su nariz—. Y también es un bocazas, por lo que veo. ¿Te ha contado lo mucho que todo el mundo me llorará cuando me muera dentro de unos años?
Mi sonrisa desapareció, aunque la suya permaneció en su rostro. No lo conocía lo suficiente, pero sabía que Link nunca sonreía cuando estaba enfadado. No significaba mucho porque seguían siendo hombres distintos, pero tampoco quería que se llevara una mala impresión de mí.
—Yo... Siento mucho si...
—Bobadas —masculló él, restándole importancia con un gesto—. No me importa que te lo haya contado. Yo mismo te lo habría dicho si no hubiera sabido que Link lo haría primero. Confío en ti, niña.
Sentía una ola de alivio, aunque me esforcé por guardar la compostura.
—Si hay algo que podamos hacer por ti, dímelo —le pedí—. Cualquier cosa.
Su sonrisa se hizo más amplia y me dio unos golpecitos en la mano.
—Empieza por ser feliz y por hacerlo feliz a él también —dijo, señalando a Link con la cabeza. Llevaba al niño de Onaona en brazos—. Y luego podríais volver al campamento sanos y salvos en tres semanas. La voz de Karud me da dolor de cabeza. Estoy muy viejo para soportarlo ya.
—Él y yo ya somos felices —le aseguré con una pizca de timidez que me sorprendió incluso a mí—. Y volveremos en tres semanas justas. Ni un día antes ni un día después.
—Bien. Estaré esperando vuestra llegada, en ese caso.
Fui a replicar, pero entonces Link llegó a nuestra altura como un torbellino.
—¡Eres viejo! —exclamó el niño al ver a Artyb. Miró a Link con los ojos muy abiertos—. Nunca he visto a nadie tan viejo.
—Por Hylia —bufó Artyb—. En Onaona había sacos de huesos más decrépitos que yo.
El niño no debió oírlo porque prorrumpió en carcajadas de pronto. Link se lo cargó al hombro como si fuera un saco de heno.
—No deberías llamar viejo a un desconocido —le dijo, aunque en su voz no había ni una pizca de reproche.
Zarandeó un poco al niño, que seguía riendo a carcajadas. Yo le dirigí una mirada de advertencia.
—Ten cuidado, Link —le dije, refiriéndome a sus heridas.
Él puso más empeño en zarandear al niño, como si quisiera demostrarme que se había curado del todo. Ambos sabíamos que eso no era cierto todavía, aunque había mejorado lo suficiente para prescindir de los servicios de la curandera y poder viajar de nuevo.
—Ten cuidado, Link —dijo el niño, jadeante, y tuve la sensación de que me estaba imitando—. Tienes la mano enferma. Y también tienes esto enfermo. —Señaló su propio estómago diminuto, sin importar que estuviera bocabajo—. Mamá dice que te hiciste mucha sangre.
—Oh, que las Diosas me ayuden —suspiró él, sujetando a Resik entre los brazos para poder mirarlo a los ojos—. No sabía que teníamos otro sanador entre nosotros.
Le hizo cosquillas justo después. Artyb soltó un gruñido y se puso en pie con algo de esfuerzo. Se acercó a Link.
—No soporto a los mocosos como este —masculló. Pellizcó al niño en la oreja con cuidado, y él rio—. Ya sabes, jovencito. Mañana a primera hora, antes de que os vayáis.
Link dirigió una mirada cautelosa en mi dirección, aunque asintió y dejó que Artyb se marchara. Estaba a punto de preguntarle de qué demonios estaban hablando cuando el niño se separó de Link para poder mirarlo.
—Mamá dice que te vas.
Él dejó a Resik en el suelo y se agachó hasta estar a su altura.
—¿A dónde vas? ¿Puedo ir contigo?
Link soltó un carcajada.
—No puedes venir conmigo. A tu madre no le haría gracia. Además, voy a hacer cosas muy aburridas con Zelda. Nada que pueda interesarte.
El niño clavó la vista en el suelo.
—¿Cuándo volverás?
—Antes de que te dé tiempo a echarme de menos —respondió Link.
—¿Me llevarás a caballo cuando vuelvas?
—Siempre que quieras. —Le revolvió el pelo y se puso en pie—. Vuelve con tu madre. Creo que ha hecho pastel de frambuesas de Tabanta.
A él se le iluminaron los ojos. Le dio un corto abrazo a Link y luego corrió en dirección al campamento. Él sonrió y me ofreció la mano. Parecía haberse olvidado del peligro invisible que lo acechaba en cada esquina, y no flexionaba los dedos una y otra vez. Acepté su mano y me puse en pie de un salto.
—No te va nada mal con los niños —dije de forma casual mientras caminábamos hacia nuestra tienda. Intentaba mantenerlo distraído para que no recordara la ausencia de sus armas.
Él enrojeció un poco.
—Algunos me odian. Hay uno en Hatelia que siempre escupe cuando me ve pasar. Y es solo un mocoso de ocho años.
Sacudí la cabeza, divertida.
—Seguro que te lo ganarías con solo decir una palabra.
—Yo no estaría tan seguro, Zelly.
Pasamos el resto de la tarde terminando los preparativos. Y, al día siguiente, él me despertó muy temprano, cuando aún estaba amaneciendo. Protesté, naturalmente, pero él me besó la frente y me tendió las ropas de viaje. Salió de la tienda un momento y no se me ocurrió preguntarle a dónde iba. Estaba muy ocupada intentando deshacerme del camisón con dedos torpes.
Me sentía cómoda en mis ropas de viaje. Los pantalones de montar eran flexibles, y había echado de menos estar a lomos de Calabaza. En realidad, había echado de menos viajar, con todo lo que eso conllevaba.
Iba a dejar casi todos mis vestidos en el campamento. Me había llevado unos pocos, solo por si acaso, aunque dudaba que fuera a necesitarlos. También dejaría allí gran parte de mis notas y cuadernos. Solo harían el equipaje más pesado sin servir ningún propósito.
Me cepillé el pelo, aunque incluso después de eso seguía pareciendo igual de enmarañado. Decidí no darle demasiada importancia, sin embargo; nadie me vería. Y quienes iban a verme ya me habían visto en situaciones peores. Probablemente.
Salí de la tienda y me arrebujé en la capa al sentir el frío húmedo del amanecer. La humedad se me pegaba a la piel por mucho abrigo que llevara. Fui en busca de los caballos, y allí vi a Link y a Artyb hablando. No quise interrumpir, así que esperé pacientemente. Link guardó algo en su bolsa de viaje y luego Artyb habló. No pude oírlo, sin embargo. Tuvo que ser algo bueno porque Link sonrió y permitió que Artyb lo abrazara. Me alegraba que ambos hubieran encontrado a un miembro más de su familia.
Karud apareció de pronto, tan ruidoso como siempre.
—¿Pensabas irte sin decirme adiós?
—Claro que no —sonreí—. Sabía que vendrías a despedirte.
Link se acercó a nosotros y Karud nos envolvió a ambos en un abrazo.
—Tened un buen viaje —dijo—. Y habladle bien de mí a esa bruja sheikah.
Link fue a decirle que Impa no era ninguna bruja sheikah, pero yo lo interrumpí antes de que terminara la frase. No quería empezar otra discusión.
—Mantén esto a flote mientras no estamos —dije.
Karud sonrió.
—Confiad en mí. Estará en buenas manos.
Después de eso, fui con Link a buscar a los caballos. Él volvía a estar inquieto, aunque se esforzaba por ocultarlo. Contuve un suspiro mientras cerraba las alforjas de Calabaza. Tendría que hablar con él más tarde.
Nos habíamos despedido de Shak la noche anterior. Link le había dado las gracias por todo lo que había hecho, seguido de mi propio agradecimiento, y él solo se había encogido de hombros, como si no fuera ninguna molestia. En sus ojos no había ni una pizca de arrepentimiento, y eso me preocupó. Las Diosas sabían cuántos horrores había visto aquel hombre para que matar a la asesina por mí no lo afectara en absoluto.
Sujeté las riendas de Calabaza con firmeza, intentando tranquilizarla. Estaba casi tan deseosa por viajar como yo, y tal vez podía sentir mi propia anticipación. Viento se movía todavía más. Según Link, llevaba días así. Lo observé mientras se despedía de los otros caballos. Venían con los carros, y nadie había vuelto a llevárselos. Solo recogían a los más fuertes, así que aquellos eran pequeños, más lentos que Calabaza.
—Solo son tres semanas, Link —le recordé, sonriendo.
—¿Quién cuidará de ellos? —suspiró él mientras rozaba el hocico de una yegua de pelaje oscuro.
—He hablado con Karud. Se encargarán de los caballos. No van a dejarlos desatendidos durante tres semanas.
—Pero nadie cuidará de ellos como yo.
Aquella era la verdad indiscutible, así que no dije nada. Se acercó a Viento, que bufó de forma ruidosa al verlo.
—No estés celoso —murmuró—. Voy a sacarte de aquí. Ya podrás dejar de amenazarme con darme una coz cada vez que vengo.
Se me escapó una risita. Él agarró las riendas de Viento e hizo un gesto para que yo fuera delante. Salimos del campamento sin que nadie más nos viera. Cuando estuvimos en las afueras, subí a lomos de Calabaza. Link me había asegurado que no necesitaba ayuda para montar, así que observé con cautela como ponía un pie en los estribos y tomaba impulso para llegar hasta la silla. Me mostró una sonrisa que parecía gritar te lo dije.
Él tomó la delantera poco después. Me situé a su lado y contemplé como el sol salía de detrás de las montañas. Pese a las lluvias recientes, brillaba con fuerza. Hacía un buen día para viajar.
Cabalgamos durante todo el día. Link no pareció perderse, pese a la ausencia del mapa de la piedra sheikah. No tardé en darme cuenta de que íbamos hacia el norte, aunque tal vez él solo intentaba sacarnos de Necluda lo antes posible.
Acampamos junto al camino. Ya estaba oscureciendo, y cuando Link sacó dura carne en salazón de las alforjas, hice una mueca de disgusto.
—Es lo mejor que pude encontrar, Zelly —dijo él, alzando las manos en señal de rendición—. Y alguien no me dejaba salir a cazar.
—Podrías habérmelo pedido a mí.
Él se encogió de hombros.
—Estabas ocupada. No quería molestarte.
Puse los ojos en blanco. Era demasiado bueno a veces.
—No pienso comerme esa piedra —le dije—. Y tampoco voy a dejar que tú lo hagas.
—Vamos, Zelda —resopló él—. A veces hay que arreglárselas con lo que uno tiene.
Dijo algo más, pero ya no estaba escuchándolo. Todavía no había anochecido del todo, así que podría encontrar algo si me daba prisa. Rebusqué en la bolsa de viaje de Link hasta encontrar su arco.
—¿A dónde crees que vas con eso?
Me detuve en seco y lo miré con una ceja alzada. Él estaba sentado contra una roca, y en la penumbra casi absoluta pude distinguir un brillo de diversión en sus ojos, aunque había algo más. Algo que me costó identificar.
—A buscar tu cena —respondí.
Él sonrió, se puso en pie con un gruñido y me arrebató el arco de las manos con una facilidad insultante. Intenté agarrar su brazo entre protestas, pero él me esquivaba de alguna forma inexplicable. Lo seguí hasta los caballos. Link empezó a rebuscar en las alforjas de Viento, como si hubiera olvidado que yo estaba allí.
—Eres terriblemente frustrante cuando te pones así —protestaba yo—. ¿Qué demonios estás haciendo? Si no quieres que vaya a cazar, solo tienes que...
Cerré la boca de golpe cuando él se dio la vuelta. Sostenía algo envuelto en una tela oscura. Algo de un tamaño considerable. Me lo tendió con lentitud.
—Todo tuyo —murmuró.
Lo miré a los ojos antes de aceptarlo. Desenrollé la tela con cuidado y lo que vi me dejó boquiabierta.
—¿Cómo has...?
Era un arco de madera perfectamente tallada. Ligero y fácil de manejar. Tensé la cuerda con dedos temblorosos, y me di cuenta de que era justo lo que necesitaba.
—Sé que lo necesitabas —dijo él—. No podías usar mi arco todo el tiempo. Te mereces uno propio.
Lo sopesé entre mis manos, incrédula.
—Esto es...
—¿Te gusta? Ayudé a Artyb a hacerlo. Sabe hacer arcos y trabajar con madera.Y no es de la endeble. Es la madera más resistente de todo Hyrule. —Pasó los dedos por la estructura del arco—. Viene de Tabanta.
Miré a Link y, por una vez, me quedé sin palabras. Él sonreía, aunque se movía con cierto nerviosismo.
—Es perfecto —dije estúpidamente, porque en mi cabeza había formas mucho mejores de decírselo. Ninguna le haría justicia, sin embargo—. Yo... No sé qué decir...
—Pues no digas nada. Todavía. —Se dio la vuelta y, cuando volví a tenerlo cara a cara, sostenía un carcaj con flechas entre las manos—. Esto no estaba planeado pero..., bueno, cuando le dije a Artyb que el arco era para ti, se le fue un poco de las manos.
El carcaj era de buen cuero, simple y distinto al de Link. Dentro había varias docenas de flechas. Estaban afiladas —supuse que por obra de Link—, y las plumas eran de color dorado. Así podría distinguirlas de las flechas de Link.
Fui a decir alguna tontería, pero al parecer él no había terminado. Dejé que cogiera el arco y las flechas y que los colocara con cuidado sobre la hierba. Me mostró unos guanteletes parecidos a los suyos, aunque los dedos estaban más protegidos.
—Son de la posta. Me aseguré de que fueran de buena calidad. Debería haberte comprado unos desde el principio, pero ya sabes que tengo mala memoria.
Él me ayudó a ponerme los guanteletes. Se ajustaron a mis dedos perfectamente, como si los hubieran hecho con mis medidas. Luego examinó mis manos cubiertas con ojo crítico.
—Ya no tendrás que preocuparte por tus manos —añadió. Me habría gustado responder, pero las palabras seguían sin salir.
Miré el arco y el carcaj lleno de flechas, que se encontraban sobre la hierba, y sentí como el corazón se me aceleraba. Él tomó mi mano para llamar mi atención de nuevo.
—Creo que este sería un buen momento para que dijeras algo —murmuró con nerviosismo.
Una sonrisa empezó a crecer en mi rostro.
—Me gustaría dar un veredicto más completo, pero lo único que puedo decirte ahora mismo es que si hablo demasiado perderé el control y acabaré gritando de alegría aquí mismo, y eso es bastante indecoroso. Así que estoy intentando guardar la compostura.
Él soltó una carcajada, y yo guardé ese sonido en mi corazón para el resto de la eternidad. No podría olvidarlo ni aunque lo intentara con todas mis fuerzas.
—No hay nadie. Puedes gritar si te apetece.
Sacudí la cabeza y puse una mano sobre su mejilla.
—¿Has hecho todo esto por mí? ¿Sin esperar nada a cambio?
Él frunció el ceño, como si lo hubiera ofendido de alguna manera.
—Pues claro que lo he hecho por ti —me dijo—. La pregunta es qué no haría por ti, Zelly.
Quise agradecérselo, pero las palabras no bastarían. Así que lo besé con dulzura, con todo el amor que fui capaz de reunir, solo para que se hiciera una idea de lo mucho que lo quería.
—Es maravilloso —susurré después—. El mejor regalo que me han hecho nunca.
Lo estrujé contra mí y él no intentó separarse. De hecho, me recibió entre sus brazos.
—Considéralo tu regalo de bodas —dijo.
Reí contra su hombro.
—Yo no te he hecho ningún regalo de bodas.
—Mi regalo de bodas fue que te quedaras mientras me curaba. Sé que soy insoportable cuando pasa algo así. También fue que me perdonaras después de que lo echara todo a perder. Y también es mi regalo de bodas que hoy vengas conmigo de viaje.
—Eso no es lo mismo que esto. —Señalé el arco y los protectores de las manos.
—No digas tonterías. Para mí valen lo mismo.
Negué con la cabeza. Tendría que acostumbrarme a llevar los dedos cubiertos.
—¿Cuánto te ha costado todo esto, Link?
Él soltó un bufido de desdén.
—Solo tuve que pagar por los protectores. Artyb y yo hicimos lo demás, y no quiso que lo pagara. No pienso decirte cuánto costaron los guanteletes.
Tendría que agradecérselo a Artyb cuando regresáramos. Él no era tan generoso como Link, aunque nada de eso me sorprendía.
—¿Por eso te ibas cada mañana? —le pregunté. Link se encogió de hombros, algo avergonzado, y yo lo besé de nuevo—. ¿Cuánto tiempo os llevó todo esto?
—Casi dos semanas.
Habían hecho un trabajo magnífico, especialmente para haber tenido tan poco tiempo. Quise agradecérselo todo por enésima vez, pero él me besó la frente de pronto.
—¿Por qué no lo pruebas todo? Aún no ha oscurecido.
Sentí la llamarada de entusiasmo. Asentí con la cabeza y él me ayudó a ajustarme el carcaj al cinturón. Las flechas estaban cuidadosamente colocadas.
—No tardes mucho —dijo él—. Está oscureciendo. Y tengo hambre, pero nuestra cena aún sigue viva.
Le di un último beso fugaz, recogí el arco y fui hacia un bosque cercano. Debía llevar un buen rato sonriendo como una tonta, porque ya me dolía la cara. Sin embargo, no podía dejar de sonreír, por mucho que quisiera. Avancé con sigilo, rezando por no pisar ninguna hoja seca. Había poca claridad y no había traído ninguna antorcha, así que me guiaba por mis instintos.
Cuando encontré una presa y fui a disparar, descubrí que aquel arco era muy fácil de utilizar. Tal y como yo lo quería; ligero, rápido y con gran alcance.
Regresé al campamento un rato después con un conejo. Link ya había encendido un fuego y tenía la cacerola preparada. Me recibió con una sonrisa y aceptó el conejo. Sabía que estaba a punto de preguntarme cómo había ido, pero yo me adelanté.
—Esto es perfecto —dije, señalando los protectores de las manos—. No me duelen los dedos. No tendré más rozaduras. Funcionan de verdad, Link. Y el arco dispara con la fuerza necesaria y es maravilloso. Oh, Link, gracias. Muchas gracias.
Lo besé de nuevo y él sonrió.
—Te lo mereces, Zelda. Me alegro de que te guste.
Seguí hablando sin parar mientras él preparaba nuestra cena. Sabía que mucho de lo que decía no tenía sentido, pero Link escuchaba de todas formas. Parecía contento. Incluso sonreía mientras cocinaba y escuchaba.
Aquella noche, me costó dormir. Estaba demasiado entusiasmada para quedarme quieta y relajarme. Link estaba igual de inquieto a mi lado. Podía escuchar los rápidos latidos de su corazón, y tenía la respiración acelerada, como si acabara de correr una distancia muy larga. Seguía sin llevar armas encima. De hecho, no las había llevado en todo el día.
Lo miré con preocupación cuando se le escapó un gruñido.
—¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?
El fuego lo iluminaba, y pude ver como respiraba profundamente.
—Estoy bien —mintió él—. Ve a dormir.
No quería hablar de ello. Lo supe por su tono seco, aunque su irritación no iba dirigida hacia mí. Conseguí dormir después de un rato. Sin embargo, al día siguiente, descubrí que él apenas se había movido. Y también que no había dormido en toda la noche. No hice ningún comentario, pese a todo. Me dije que debía tener paciencia.
Seguimos moviéndonos hacia el norte. Aprovechaba cada oportunidad que se me presentaba para utilizar mi nuevo arco. Link solo empeoró a medida que los días pasaban. Seguía sin llevar la espada, aunque a veces lo descubría con una mano en los nudos de las alforjas. Allí estaba su espada. Por un momento estaba convencida de que cedería y sacaría la Espada Maestra, pero siempre acababa apartándose.
Cuando llegó la cuarta noche, decidí intervenir por fin. Lo obligué a tumbarse sobre mi regazo y cogí su mano, que estaba apretada en un puño. Era la mano de la espada, y sentí una punzada dolorosa en el pecho cuando me di cuenta.
—¿Qué es lo que tanto te preocupa? —le pregunté en voz baja, aunque ya me hacía una idea.
Él no respondió al principio. Y no había nada malo en eso. Dejé que el tiempo pasara, hasta que de pronto lo oí.
—¿Y si viene alguien? —susurró—. No tendría nada cerca para defendernos. La última vez que estuve tan lejos de... de algo, fue cuando tenía tres años.
Cerré los ojos. Podía sentir en dolor a través de su voz.
—¿Quieres que te traiga...?
—No —dijo él, abriendo mucho los ojos con horror—. No quiero la espada, Zelda.
Aquello me pareció extraño, pero él no añadió nada más, así que no insistí.
—Estás a salvo —le susurré—. Nadie te hará daño. No hay monstruos, ¿recuerdas? Ya no.
—Lo sé —murmuró él, y eso fue todo.
Link no estaba a mi lado cuando abrí los ojos a la mañana siguiente. Sus cosas seguían allí, sin embargo, de modo que supuse que no podía haber ido muy lejos. Se había llevado a los caballos, y tuve una ligera idea de dónde podía haber ido.
Lo encontré junto a un arroyo cercano. Los caballos bebían cerca de la orilla, y él estaba sentado con los pies en el agua. Me acerqué despacio y tomé asiento a su lado, intentando no asustarlo.
—Hace un buen día —dije. Apenas había nubes en el cielo. Eso era raro.
Él asintió y murmuró algo que no pude entender. Luego guardó silencio de nuevo. Acepté su falta de palabras de buena gana, contenta con el susurro del arroyo y el canto de los pájaros. Dejé mis botas junto a las suyas y hundí los pies en el agua. Estaba fría, pero al menos me ayudaría a sobrellevar mejor el calor del sol. El silencio empezaba a volverse pesado, y él tenía la vista clavada en el arroyo. Estaba decidido a no decir nada. Así que me armé de valor.
—¿Por qué no llevas la Espada Maestra?
Él se tensó de golpe y tomó aire con brusquedad, como si acabara de recibir un golpe. Contuve el aliento y reuní toda mi paciencia porque sabía que esa conversación no sería fácil.
—No puedo —dijo al cabo de un rato.
—¿Por qué no?
—Porque estoy cansado, Zelda —susurró con voz temblorosa, y aun así sus palabras resonaron por encima del murmullo del arroyo—. Cuando cojo una espada es como si intentara sostener una roca. La última vez que intenté empuñar la Espada Maestra, pesaba tanto que se me cayó de las manos.
Pareció avergonzado después de decirlo. Fui a decir algo, pero Link se adelantó, para mi sorpresa. Me di cuenta de que había estado callándose todo aquello durante mucho, mucho tiempo.
—Estoy tan cansado de luchar y fallar y luego tener que volver a levantarme para fallar otra vez —dijo—. Quiero descansar. Tener algo de paz de una vez por todas. Ojalá no tuviera que volver a empuñar una espada nunca más. —Cerró las manos en puños—. Quiero despertarme un día sin tener las manos manchadas de sangre. ¿Crees que eso es mucho pedir?
Me miró por fin y, por primera vez desde que el Cataclismo fue derrotado, me pareció que cargaba con el peso de un siglo entero a sus espaldas.
—Claro que no es mucho pedir —respondí con suavidad—. No vuelvas a tocar un arma si no quieres.
Sonrió con tristeza.
—Entonces sería completamente inútil. Eso es lo único que he conocido. Te enseñan a usar una espada y a entrenar para que te armen caballero, pero nunca te dicen qué les pasa a los soldados retirados.
—Estoy segura de que los soldados retirados tienen vidas muy felices —repuse, cogiendo su mano herida con cuidado. Ya no llevaba vendas, y en su lugar solo vi una cicatriz grande, profunda y fresca—. Y no serías inútil, Link. No voy a dejar que pienses así. No es justo para ti.
—Es la verdad.
Sentí una pizca de irritación, aunque sabía que aquel no era el mejor momento para enfadarse con él.
—Escúchame bien —dije con más brusquedad de lo que pretendía. Puse mi mano sobre su mejilla para que me mirara—. No eres inútil. Eres más que una maldita espada, pero vamos a tener problemas si no lo aceptas. Así que hagamos las cosas más fáciles.
—¿Cómo?
—Estos meses no has tenido que usar ninguna espada para ayudar con la reconstrucción. De hecho, no sé dónde estaríamos ahora si no fuera por ti, y eso no tiene nada que ver con tu maldita espada. Así que utiliza esa cabeza tuya tan maravillosa y abre los ojos de una vez.
Él no se apartó. Me miró como miraba una cueva en la que quería montar el campamento. Inseguro, analítico, con sospecha.
—¿No me estás diciendo esto por pena?
—Por supuesto que no. Te lo digo porque es cierto. Además, soy tu esposa. Es mi trabajo decirte estas cosas.
Sonrió un poco, aunque fue algo pequeño, débil.
—No voy a mentir diciendo que será fácil —proseguí—. Sé que encontrar un propósito nuevo es difícil. Pero no estarás solo. Y si algún día te decides a dejar de fingir que tienes las emociones de una piedra, te dejaré llorar sobre mi hombro. Soy una experta en llorar sobre hombros.
Sus ojos se humedecieron, y sentí una punzada de pánico al pensar que me haría caso y rompería a llorar allí mismo. Pero no lo hizo. Se limitó a estrecharme con tanta fuerza que estuvo a punto de dejarme sin aire. Le devolví el abrazo, intentando reconfortarlo.
—Quieres devolver la espada, ¿verdad? —susurré—. Por eso vamos hacia el norte. Vamos al bosque.
Él asintió contra mi hombro.
—No puedo guardarte ningún secreto, ¿a que no?
Me aparté de él y lo miré a los ojos.
—Hace unos meses —empezó en voz baja— me habría dado vergüenza no haber acabado con esa asesina. El hombre que derrotó al mismísimo Cataclismo no es capaz de librarse de una moribunda. Mi padre se habría reído si lo supiera. Pero ahora nada de eso me importa.
—Sabes que no fue así, Link.
—Se me da mejor matar monstruos que hombres —dijo él con una sonrisa triste—. No sé si habría sido capaz de matarla de todas formas. Estaba enfadado, pero a veces eso no es suficiente. Doy gracias por que aparecieras, Zelda.
Una parte muy pequeña de mí se sentía culpable por no haber llegado antes. Por no haberlo detenido desde el principio y por no haber luchado a su lado. Había llegado en el peor momento, y no podía evitar pensar que Link se había distraído al verme y se había hecho daño por mi culpa.
Pero allí estaba, dándome las gracias. Eso me tranquilizó.
—Tenías razón —susurró—. La espada necesita descansar.
Pese a todo, siguió estando inquieto, especialmente por las noches. Le llevaría tiempo acostumbrarse a no tener un arma encima, y eso le decía cuando él se mostraba frustrado.
Llegamos al Gran Bosque de Hyrule al final de aquella semana. Habíamos dejado a los caballos en la posta más cercana. Allí algunos nos habían reconocido, extrañamente, y hablaron en susurros. No me importó en absoluto. Era bueno que las noticias sobre la reconstrucción viajaran.
Link encendió una antorcha y se cubrió con la capucha. Llevaba una bolsa al hombro, y sabía que allí estaba la Espada Maestra.
—No te alejes mucho —dijo—. Es fácil perderse.
Contemplé el bosque que se extendía ante nosotros. Cogí su mano y sonreí.
—Estamos atados, ser Link.
Él soltó un bufido que pareció terriblemente fuera de lugar en aquella zona tan tenebrosa. Dio un paso y yo lo seguí, sintiendo la humedad del bosque atravesándome la piel hasta llegar a mis huesos. Intenté ignorar la densa niebla que se arremolinaba a nuestros pies y me aferré a la mano de Link con más fuerza.
—Estuviste aquí durante el Gran Cataclismo, ¿verdad? —me preguntó él. Su voz sonaba extraña en aquel bosque. Ahogada.
Contuve un escalofrío. Los árboles nos rodeaban por todos los flancos, y las copas eran tan frondosas que ni siquiera podía ver la luz del sol. Me concentré en la luz de la antorcha que Link sujetaba. Además, el propio Link estaba allí, justo a mi lado. Y no necesitaba ir armado para hacerme sentir a salvo.
—Apenas lo recuerdo. A veces ese día es como una pesadilla, ¿sabes? Sin el poder, no habría tenido fuerzas para seguir avanzando, y jamás habría encontrado el camino del bosque sin la Espada Maestra.
—Tuvo que ser horrible —murmuró Link—. No puedo ni imaginármelo.
No quería recordarlo ni hablar de ello, así que intenté sonreír.
—Pero ahora estamos aquí, ¿no?
—Estamos aquí —asintió él, acariciando mis nudillos.
Seguimos avanzando durante un rato. El tiempo no parecía tener sentido allí, pero debían haber pasado unas horas. Empezaba a tener hambre.
—¿Estás seguro de que recuerdas el camino? —le pregunté en voz baja mientras andábamos.
Link caminaba con determinación. Tenía los ojos fijos en el camino invisible frente a nosotros. O quizá Link era el único que podía verlo. Sentí otro escalofrío al ver las ramas bajas y desnudas de algunos árboles. La niebla parecía más espesa a su alrededor. Algunas ramas se enganchaban a mi capa, y me tragaba un grito cada vez que eso sucedía. Sentía como si alguien estuviera agarrándome, y no era nada agradable.
—No me acuerdo de nada —respondió él, y eso hizo que todas mis alarmas saltaran—. Pero oigo a la espada. Sabe cuál es el camino.
Miré la bolsa que él llevaba al hombro. No podía oír la voz del espíritu, pero me fiaba de Link. Si él decía que la oía, era por algo.
Un cuervo graznó de pronto y me sobresalté tanto que Link se sobresaltó también y dio un salto en el suelo.
—¿Qué? ¿Qué has visto?
—El cuervo —dije con voz temblorosa. El corazón me latía con fuerza por el susto.
Él pareció desinflarse y maldijo entre dientes. Miró al cuervo con mala cara. Me disculpé en voz baja, pero Link le restó importancia, así que seguimos avanzando.
Estaba hambrienta y me dolían los pies cuando llegamos al Bosque Kolog. La repentina luz del sol me cegó después de haber estado tantas horas en la penumbra. El bosque era frondoso y todo parecía vivo y verde, no como el tono gris del Bosque Perdido. Aquel lugar era uno de los más extraños de todo Hyrule.
El poder se despertó poco a poco, tal vez percibiendo dónde estaba. Si me esforzaba, podía sentir como el bosque entero respiraba, pero era tan abrumador que decidí ignorarlo. En cambio, me concentré en Link. En su presencia junto a la mía. Él se detuvo y sacó la espada de su bolsa. La sostuvo entre ambas manos y me miró, inseguro por primera vez desde que habíamos llegado. Yo cogí su bolsa y le sonreí, animándolo a continuar.
—Haz lo que debes, Link —le susurré.
Él asintió y soltó mi mano para seguir avanzando. Permanecí cerca de la entrada del bosque. Desde allí podía verlo todo; veía al Gran Árbol Deku, que no había cambiado nada en aquel siglo. Supuse que cien años no eran más que un suspiro para él. Veía también el pedestal vacío de la Espada Maestra. El bosque susurraba a mi alrededor, y contuve un escalofrío.
Link fue hacia el pedestal muy despacio, como si cada paso le resultara doloroso. No me costaba creer que así fuera. Iba a perder la espada para siempre. Perdería su arma, su protección y su compañera. Aquella espada era su destino, después de todo. Debía haber forjado un vínculo muy fuerte con ella después de tantos años. Para bien o para mal, lo había cambiado. Sin aquella espada, Link no sería Link, y probablemente nunca lo habría conocido. Perder la Espada Maestra debía ser como perder un brazo para él.
El acero resonó cuando Link desenvainó la espada. Dejó la vaina sobre la hierba con cuidado y siguió avanzando. Escuché susurros ahogados, parpadeé y la vaina ya no estaba. Debían haber sido los hijos del bosque. Los kolog. Ellos custodiarían la Espada Maestra durante los milenios que pasaran hasta que fuera necesaria otra vez.
Link se detuvo frente al pedestal por fin. Colocó la hoja de la espada a la altura de su rostro y permaneció así un rato. Percibía los susurros de anticipación del bosque, interminables y frenéticos. Link estaba de espaldas a mí, así que no podía descifrar lo que estaba pensando. Pero sí podía ver sus hombros, que se movían al ritmo de su respiración. Estaba seguro de la decisión que había tomado.
Fue muy rápido. Contuve el aliento cuando Link alzó la espada y la hizo descender. Los susurros solo crecieron, y se oyó un ruido sordo y metálico cuando el acero encajó en el pedestal. Luego una luz azulada y brillante me cegó, y tuve que cubrirme con los brazos cuando la energía rugió como una tormenta.
Al abrir los ojos, todo estaba en silencio. El bosque dormía. El silencio era sobrecogedor y nada se movía. El Árbol Deku emitió un sonido parecido a un murmullo, aunque podría haber sido un suspiro. Fuera lo que fuese, hizo que la tierra temblara bajo mis pies y que el poder se removiera con anticipación. Eso fue todo lo que obtuve del árbol en esa ocasión, sin embargo.
Link seguía junto al pedestal, con una mano alrededor de la empuñadura de la Espada Maestra. Vi que inspiraba hondo y daba media vuelta. Avanzó haca mí con pasos inseguros, casi tambaleantes. Lo rodeé con mis brazos y él me estrechó con fuerza, sin emitir un solo sonido.
—Se acabó —susurré, acariciándole el pelo—. Lo has hecho bien, Link. Te lo prometo. Ya no tendrás que preocuparte por nada.
Él soltó un largo suspiro, pero no dijo nada. Seguí susurrando palabras tranquilizadoras que, pese a mi poca experiencia, surtieron efecto. Se separó de mí al cabo de un rato, y la pérdida en sus ojos me rompió el corazón. Parecía distante, aturdido, como si no supiera qué había hecho.
—Vámonos —dijo con una nota de súplica en la voz.
No miró la espada por última vez. Yo, en cambio, sí lo hice. Me di la vuelta y eché un último vistazo a la Espada Maestra, que emitía un tenue brillo azulado en su pedestal.
Hasta pronto.
Un escalofrío me recorrió, pero me dije que tenía que ser fuerte por Link. Nos alejamos del pedestal de la espada para adentrarnos en el Bosque Perdido. Cogí su mano y me di cuenta de que estaba fría. Lo guié por el bosque, fingiendo que conocía el camino, y él me siguió como un peso muerto. No debía de andar muy desencaminada, pese a todo, porque de pronto estábamos fuera del bosque. Dejé de sentir la humedad y de ver la niebla a mis pies.
Dejamos aquel lugar atrás. Anduve en dirección a la posta, y allí recuperamos a los caballos. Avanzamos sin rumbo durante casi una hora hasta que encontré una cueva lo suficientemente grande para los dos. Le pregunté a Link si debíamos montar el campamento allí, y él se limitó a asentir. Estaba segura de que ni siquiera había escuchado mi pregunta.
Hice que tomara asiento y le tendí una manta. Conseguí encender un fuego, aunque los suyos siempre estaban más vivos. Luego ensarté la carne que había sobrado de la noche anterior y dejé que se tostara lentamente junto a las llamas. Le ofrecí la mitad a Link, pero él murmuró que no tenía hambre y se hizo un ovillo en el suelo, oculto bajo la gruesa manta. No había empezado a comer cuando escuché su respiración rítmica y supe que se había dormido.
Pasó así lo que quedaba de día. Lo despertaba cada pocas horas para que bebiera e intenté que comiera algo, pero solo recibía gruñidos como respuesta. Acabé rindiéndome y dejándolo descansar. Lo necesitaba, de todas formas. Le guardé la cena y salí de la cueva para asegurarme de que los caballos estuvieran bien. Cuando oscureció del todo, me acurruqué en el duro suelo y dejé que las horas pasaran.
A la mañana siguiente, descubrí que él no se había movido. Le hablé del desayuno y de nuevo obtuve gruñidos molestos a modo de respuesta. Le pedí que fuera a ver el amanecer conmigo, y eso tampoco dio resultado.
—Tú odias el amanecer —masculló antes de darse la vuelta para no tener que mirarme.
Sentí una punzada de irritación, pero me obligué a ser paciente. Link había sido paciente conmigo cuando estuve en situaciones parecidas. No me haría daño devolverle el favor.
El sol ya estaba alto en el cielo cuando le sacudí el hombro para despertarlo. Se volvió para mirarme con molestia.
—Creo que Calabaza se ha hecho daño en una pata —le dije.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
Conseguí sacarlo de la cueva con eso. Lo llevé junto a los caballos, satisfecha. Él entornó los ojos al toparse con la luz del sol. Examinó a Calabaza varias veces y luego me miró con un brillo de sospecha.
—¿Dónde se ha hecho daño, Zelda?
—No se ha hecho daño. Era una mentira para que dejaras de ahogarte en tu propia pena.
—No estoy ahogándome en mi propia pena.
—Repite eso mirándome a los ojos. E intenta sonar un poco más convincente.
Me miró con los puños apretados, aunque no dijo nada. Se dejó caer contra un árbol y suspiró. El bosque era visible en la distancia, cubierto de niebla y sombras.
—Lo siento, Zelda —murmuró—. Debería haberte hecho eso caso desde que me dijiste que debía devolver la espada. Fui idiota. Y también estoy siendo idiota ahora.
—A veces —dije— ser idiota es el primer paso hacia un buen cambio. Créeme, tengo experiencia.
Sonrió por primera vez desde salir del bosque.
—La espada me enseñó al próximo.
—¿Al... próximo? —repetí con un estremecimiento. El viento susurró y me agitó el pelo, pero no me moví del sitio. Sabía muy bien a quién se refería Link.
—Es más fuerte que yo. O eso creo. Me habría gustado desearle suerte. La necesitará. Espero que dentro de unos milenios siga habiendo manzanos en Hyrule.
Solté una carcajada y su sonrisa se hizo más amplia. Cogí sus manos y tiré de él para que se pusiera en pie.
—Así que habéis probado vuestro primer soplo de verdadera libertad, ser Link. ¿Cómo os sentís?
—Raro.
—Raro. Interesante forma de definirlo. Me temo que es una palabra muy ambigua. Si pudierais ofrecer más detalles...
—Como si me hubieran cortado una mano —rio él.
—Cuando pensáis en raro, ¿pensáis en cortar manos?
—Cuando pienso en raro pienso en ti, Zelly.
Se me escapó un bufido y lo siguiente que supe fue que él me estrechaba entre sus brazos otra vez. No parecía estar inquieto ni preocupado. Llevaba días sin verlo así.
—Gracias, Zelda —susurró.
—Cada día me pregunto qué sería de ti sin mí.
—Estaría muerto sin ti.
—De nada —murmuré con una mueca.
Su humor mejoró poco a poco después de eso, aunque seguía costándole dormir por las noches. Me había mostrado la espada de su padre, pero luego había vuelto a guardarla a toda prisa, como si le doliera sostenerla. Pese a ello, me alegraba tenerlo de vuelta.
Regresamos a Necluda y sentí una pizca de orgullo al cabalgar por los caminos restaurados y bien señalizados. Los ojos casi se me llenaron de lágrimas cuando cruzamos el puente de Kakariko, pero guardé la compostura. No era tan patética.
Llegamos a Kakariko una semana más tarde. Los sheikah trabajaban en sus huertos. Se nos quedaron mirando al pasar y algunos incluso nos preguntaron por la reconstrucción. Respondimos a todas sus preguntas y luego nos dirigimos a casa de Impa. Se llevaron a Viento y Calabaza a los establos y nos permitieron el paso. Impa nos recibió con una taza de té. Permitió que Pay se sentara junto a nosotros, aunque ella seguía sin mirarnos.
Hubo silencio por un momento. Impa observaba fijamente a Link, y podía percibir su nerviosismo a mi lado.
—¿Y bien? —dijo ella tras tomar un sorbo de té.
Link carraspeó y sacó una bonita taza de té de su bolsa. Tuve que ahogar una risita.
—Siento que la otra se te rompiera —murmuró tras dársela, con la vista fija en sus manos.
—No está mal —dijo Impa mientras examinaba la taza—. Nada mal. —La dejó a un lado y luego nos estudió a ambos con atención. Link estaba tomando un largo sorbo de té, supuse que para calmar sus nervios—. Así que ¿habéis consumado ya el matrimonio?
Se me escapó un sonido agudo y embarazoso, pero nadie lo escuchó porque Link se ahogó con el té y empezó a toser de forma violenta.
—¡A-abuela! —exclamó Pay—. N-no es a-adecuado...
—Oh, niña, ¿qué sabrás tú de lo que es adecuado y lo que no?
Le arrebaté a Link la taza de las manos y le di unos golpecitos en la espalda hasta que dejó de toser. Pay le dio algo de agua. Él bebió como si no hubiera tomado nada en días.
—Gracias —dijo con voz ronca. Tenía lágrimas en los ojos.
Impa lo observaba con diversión.
—Ya me habéis dado respuesta suficiente —rio—. Espero que seas un buen marido. Y tú una buena esposa.
Link gruñó algo. Yo no dije nada.
—¿Dónde está tu espada? —preguntó Impa con curiosidad.
Él dio un respingo y se puso muy rígido.
—La he devuelto —murmuró—. Tú tenías razón, Impa. Otra vez. Ya no era mía.
La expresión de Impa se suavizó.
—Mi pobre muchacho —suspiró—. Nunca he odiado tanto tener razón como ahora.
Link sonrió con tristeza. Hubo silencio durante un largo rato, hasta que Impa habló de los rumores que le habían llegado sobre bandidos en nuestro campamento. Link tomó un ruidoso sorbo de té. Supuse que tendría que ser yo quien contara la historia, como de costumbre.
Impa le pidió a Link que le enseñara sus heridas. Él desenrolló las vendas para mostrarle las dos heridas de cuchillo. No eran tan grandes ni daban tanto miedo como antes, aunque cualquiera podría imaginarse lo mucho que debían haber dolido.
—Si lo hubiera sabido, habría enviado a mis mejores guardias y a un sanador —dijo Impa—. Pero por lo que veo se han curado bien.
—La curandera del campamento es sheikah —repuse.
—Ya veo. La medicina sheikah es de la mejor de todo Hyrule.
Ambos le dimos la razón en eso. Ayudé a Link a ponerse las vendas y cuando él se puso la túnica otra vez, Pay por fin pudo volver a mirarlo. Contuve un suspiro de resignación.
Link se excusó cuando el silencio empezó a volverse pesado. Me dio un beso casto que parecía gritar buena suerte y luego se marchó. Me habría gustado que se quedara, pero en el fondo sabía que aquel asunto debía resolverlo a solas con Impa. Ella debía pensar lo mismo porque le pidió a Pay que nos dejara también. Pay se marchó a toda prisa.
—Tienes mejor aspecto que la última vez que estuviste aquí —dijo Impa una vez estuvimos solas.
—He estado ocupada —dije yo—. Por eso no he venido antes. Sé que llevas tiempo queriendo hablar conmigo.
—No importa. Me alegra que vuestro proyecto vaya tan bien. Mis exploradores me dicen que ya se habla de vosotros por todo Hyrule. Pay visitó el puente y me dijo que habíais hecho un trabajo espléndido.
Sonreí.
—Ha valido la pena —murmuré.
Impa bebió de su té.
—Supongo que habrás tomado ya una decisión.
Tomé aire. La mirada de Impa era amable. Ella lo aceptaría. Lo comprendería y luego lo aceptaría.
—No supe qué hacer durante un tiempo —empecé. Uní las manos en mi regazo—. Pero luego vi que en realidad Hyrule no necesita ser un reino gobernado por los hylianos. Todos están desperdigados, pero les ha ido bien así. Sé que el trono es mío por derecho de nacimiento, pero el trono ya no existe. Creerán que estoy loca si les pido que me acepten como su reina. De hecho, nunca me aceptarían como su reina. Y lo prefiero así. —Callé un momento y me arriesgué a mirar a Impa—. ¿Te sorprende?
Ella rio.
—En absoluto, niña. Hace un año, tal vez me habría sorprendido, pero ahora lo veo mucho más claro. Es hora de que sigas tu propio camino.
El alivio fue inmenso. Cuando hablé de nuevo, lo hice con más seguridad.
—Eso no significa que no vaya a seguir ayudando a Hyrule —dije—. Tenemos la reconstrucción, aunque también hay otras cosas que mejorar. Tenemos que estar unidos para que esto funcione. Será difícil, pero tenemos todo el tiempo del mundo. Y creo que podríamos empezar por vernos cara a cara
Le hablé de mis planes de que los representantes de cada asentamiento se reunieran para discutir el futuro de Hyrule. Le propuse reunirnos en Kakariko, pero Impa declinó al instante.
—Sería mejor idea hacerlo en vuestro campamento —dijo—. Es un lugar mucho más neutral.
Sonreí al imaginarme lo ansioso que estaría Karud al saberlo. Se lo pasaría en grande haciendo los preparativos. Accedí a eso, con esperanzas renovadas. Tal vez, si había suerte, podríamos formar un gobierno unificado. Así ninguna región se quedaría aislada. Impa le dio el visto bueno, aunque me advirtió que pondrían objeciones.
—Serás la representante de los hylianos. Tú y Link.
—¿Nosotros? Pero el alcalde de Hatelia...
—Oh, no te preocupes por él. Seréis jóvenes, pero os aceptarán a vosotros antes que al alcalde. Tampoco creo que aporte demasiado, y alguien fuerte tiene que representar a los hylianos. Dudo que él quiera asistir.
Asentí, contenta con aquel título. Era uno que podía aceptar. Aun así, el corazón me latía muy deprisa y los pensamientos se entremezclaban.
—Hablaré con el alcalde —dije. Impa resopló pero no puso más objeciones—. ¿Pay vendrá en tu lugar? ¿O podrás asistir?
—No me lo perdería por nada —sonrió la anciana—. Tendrán que llevarme a cuestas, pero esos muchachos tienen espaldas fuertes. Para eso los he entrenado, de todas formas.
Al menos Impa sería un apoyo allí. Decidimos que la reunión se celebraría en dos meses. Era tiempo suficiente para que todos hicieran el viaje hasta Necluda. Luego le di las gracias a Impa —ella me prometió que mandaría cartas a cada región, aparte de las que yo misma enviaría— y me marché con una sonrisa estampada en la cara.
Fui a la posada. Link estaba allí, tallando madera con un cuchillo. Cerré la puerta de nuestra habitación y él se puso en pie de un salto. Lo recibí con un largo beso.
—Ha ido bien —afirmó contra mis labios.
—Ha ido de maravilla —dije, y luego lo besé otra vez.
—¿Soy ahora Su Alteza Real Link de Hatelia, primero de mi nombre, rey de las tierras de Hyrule y los mares que las rodean?
Reí y le aparté el pelo de los ojos. Me alegraba que estuviera más animado.
—Te he hecho representante de los hylianos. Seremos tú y yo.
Él sonrió. Había estado al tanto de mis planes desde el principio, así que no lo sorprendía en absoluto.
—No suena tan bien como ser rey —murmuró—. Pero me conformo.
Pasamos una noche en Kakariko. A Link se le iluminaron los ojos cuando le dije que debíamos volver a Hatelia, y partimos al día siguiente, tras despedirnos de Impa y de Pay. Nos quedaba una semana antes de tener que regresar al campamento. Y, si forzábamos un poco la marcha, llegaríamos antes de la mañana siguiente.
El viaje transcurrió en silencio. Deseaba haberme traído mis notas para apuntar todo lo que se me ocurría, pero tendría que conformarme con lo que llevaba encima.
Me descubrí pensando en mi padre, en su tumba en el Templo del Tiempo. Cuando me pregunté si estaría orgulloso, la respuesta me llegó al instante, como una repentina ráfaga de aire fresco. El algún lugar de mi corazón, sabía que estaba orgulloso. Que sonreía desde el lugar que las Diosas le habían ofrecido. Y eso me dio algo de paz.
Link me sonrió a lomos de Viento. Iba desarmado, pese a llevar la espada de su padre en las alforjas del caballo. Yo le devolví la sonrisa.
Al llegar a Hatelia, lo primero que hicimos fue limpiar. Y luego me deslicé bajo las mantas, y me di cuenta de que no había dormido tan bien desde hacía unos meses. Cuando abrí los ojos el sol ya estaba alto en el cielo y él roncaba suavemente a mi lado. Por primera vez desde que lo conocía, conseguí salir de la cama sin que se despertara.
Cogí papel y pluma y salí al exterior. Hacía un buen día. Uno cálido, como me gustaba. Me senté sobre la hierba y escribí la primera carta. Probablemente luego retocaría algunas cosas, pero solo quería hacer una prueba. Hablaba del motivo de la reunión, de su importancia, del día y del lugar. Y al final firmaba con Zelda de Hatelia.
Dejé la carta en el suelo y me puse en pie para ver mejor lo que nos rodeaba. Si cerraba los ojos y me concentraba, podía escuchar el susurro del pequeño lago que estaba cerca de nuestra casa y el murmullo de la aldea, que ya estaría más que despierta.
Escuché como la puerta se abría y luego sentí unos brazos a mi alrededor. Su presencia era cálida a mi espalda.
—¿Zelda?
—¿Hmmm...?
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Hubo silencio por unos instantes más, y me contenté con sentir su respiración sobre mi piel.
—¿Zelda? —dijo él.
—¿Link?
—He vuelto a romper el tablón del suelo. El que está cerca de las escaleras.
Intenté contenerme con todas mis fuerzas, pero acabé estallando en carcajadas. Me di la vuelta para mirarlo y vi que él sonreía un poco.
—Vas a acabar haciendo que la casa se derrumbe —le dije.
Él rio también. Pensé en todo lo que debía hacer, y por un momento fue abrumador. Más tarde, anotaría todas mis ideas y escribiría las cartas. Más tarde, hablaría con el alcalde de Hatelia y organizaría mis pensamientos.
Pero, por ahora, prepararía el desayuno con Link y lo ayudaría a reparar el suelo de nuestra casa. Y tal vez luego me daría un baño caliente y me pondría el mejor vestido que había traído del campamento. Paso a paso.
Teníamos un largo camino por delante.
