Calor.
Eso era lo que ahora recorría el cuerpo de la platinada en esos momentos. Eso… y muchas imágenes sexuales con su hermana. ¡Santo dios! que ahora mismo quería llevarsela a la cama y repetir lo de la noche anterior.
¿Culpa? tal vez un poco, porque ahora mismo quería provocarla. Verla retorcerse mientras esta no sabía si jadear o callar frente a su marido. Después de todo, no era la primera vez que callaba frente a él. La única diferencia era que ahora este no estaba dormido, sino que se hallaba a su lado de la mesa viéndola con adoración.
Adoración que luego se convertiría en curiosidad o, ¿Quién sabe? Eso tenía que verlo.
Empezó el juego.
La rubia bajó la mano libre y, por debajo de la mesa, empezó a acariciar la pierna de su hermana. Lento y suavemente. Acción que al inicio solo ocasionó un suspiro en la pelirroja, pero ella quería más. Necesitaba más.
Poco a poco fue subiendo, levantando consigo el vestido de la misma, con obvias intenciones de atender su intimidad. Llegó a su braga y, finalmente, sus dedos tomaron acción, empezando a tocarla por debajo de la misma. Anna, al sentir la intromisión, dio un pequeño brinco y la miró con sorpresa, regalándole un soslayo.
Elsa, en respuesta, le regaló una sonrisa coqueta y continuó, notando como su hermana empezaba a sonrojarse y a contener jadeos, mismos que luego tuvo que esconder aclarándose la garganta en repetidas ocasiones. Elsa aceleró la masturbación y Anna se aferró a la mesa.
— Elsa. — Anna la reprendió, o eso intentó, tratando de sonar casual, aquello estaba resultando tan malditamente bueno que su boca estaba por traicionarla.
— ¿Si, Anna?
— Deja el postre para después, por favor. — le habló en código, pues la ración de pastel de chocolate ya había llegado —. Ya cenaste.
— No quiero. — Elsa comprendió su mensaje entre líneas, pero aun así contesto, divertida —: El pastel esta buenisimo, solo pruebalo — en ese momento, agradeció ser zurda, pues con dicha mano partió un pedazo y lo probó. Anna se estaba muriendo de éxtasis en su sitio.
Cierta mano derecha no estaba dando tregua.
— Estoy a dieta… — se defendió, en vano y apretando los dientes —. Justo ahora no es oportuno.
— ¿Por qué no? — la rubia hizo esa acotación junto con un puchero —. Esta riquisimo, ¿tú qué opinas, Kristoff? — lanzó la incógnita, esperando hallar a su cuñado extrañado o algo por el estilo, pero no…. este se hallaba igual de rojo, misma expresión y disfrutando.
Pero… ¿Como? Si la que estaba en aprietos era su hermana, no él.
Al mirar disimuladamente por lo transparente del mantel, se dio cuenta. Su hermana le estaba dando los mismos cariñitos a su marido en su virilidad, subiendo y bajando la palma de su mano con habilidad. Tan descarada, que aquel miembro sobresalía por completo de aquel avejentado pantalón. Ahora entendía sus palabras.
"Que traviesa me saliste", pensó para sí, mientras sonreía con lujuria. No por algo eran hermanas.
Kristoff, por su parte, se limitó a responder, evitando un gruñido.
— Está delicioso. — dijo, sin poder evitar que el rojo tiñera las mejillas del recolector —. Muy, muy rico…
— ¿Verdad que sí? — obviamente, la rubia fue cuidadosa en su pregunta. No quería que Anna lo malinterpretara. Sabía lo celosa y maniática que era con Kristoff. Este asintió y Elsa fingió no saber nada, enfocándose en la pelirroja. Siguió maniobrando con su mano cuan maestra. Lento al inicio y rápido al final, rozándole el clítoris, masajeando en círculos.
Oh… que sus gestos eran un total poema para la mayor.
— Elsa…
— ¿Si?
— Deja el pastel, te lo suplico... — Anna estaba totalmente roja y tenía los ojos cerrados. Esta quiso disimular, pero su cuerpo a ese punto la estaba traicionando.
— Está muy rico, solo disfruta. — Elsa continuó y, mientras su hermana se dejaba llevar, la curiosidad le ganó y acabó bajando la mirada para ver lo que pasaba por debajo de la mesa. Notó que a medida que esta aceleraba su mano, la menor también lo hacía con el miembro de su marido.
No quiso, no debió. Pero fue inevitable que sus ojos no dieran a parar en el miembro de su cuñado. Culpable o no, aquello le mojó totalmente las bragas. Maldita culpa del afrodisiaco y de tenerlo justo frente a ella.
Tan grande, largo y erecto… que no pudo evitar morderse el labio, deseosa, acelerando las atenciones en su hermana. Aquella visión, solo le aumentó su libido y sus ganas de querer proseguir con su travesura. Sin embargo, debía de ser cautelosa. No quería que Anna la descubriera ni mucho menos. Ahí sí todo el jueguito se acababa. Elsa lo sabía.
Levantó la mirada, y notó lo indescriptible:
Su cuñado la observaba fijamente y con mucha intensidad, dando a notar lo evidente.
Había sido pillada.
Elsa sintió sonrojarse en ese instante, sin saber cómo reaccionar por esos cortos segundos que cruzaron miradas.
¿Qué hacía? No, no podía corresponderle. No estaba bien. No era correcto. No podía hacerle eso a Anna.
A su hermana.
¿O si?
Le echó la culpa al maldito afrodisiaco, al calor, a todos los dioses, a la suerte, pero su cuerpo la traicionó. Su pierna se estiró y su pie dio a parar en el tobillo del recolector, comenzando a otorgarle caricias, mismas que fueron subiendo cuidadosamente, diciéndole todo sin decir nada.
Kristoff, por su parte, solo dio un pequeño respingo y entendió su respuesta, misma que le ocasionó una sonrisa torcida. La situación se estaba tornando interesante. Muy muy interesante…
Ahora mismo tenía la mano de su mujer y la pierna de su cuñada haciendo de las suyas en su parte baja, y él… él tenía que jugarselas para no ser pillado por Anna. Elsa estaba subiendo peligrosamente. La observó de nuevo y su boca cobró vida, sonando tan casual como pudo:
— ¿Está bueno el pastel?
— Sí, aún no lo termino. — respondió Elsa, jugando con su mano y pierna a la par, sintiéndose muy muy mojada, mirándolo de soslayo para no ser descubierta por Anna, quien, ahora, tenía los ojos bien cerrados y arañaba el mantel con descaro —. No falta mucho.
— Acabalo, sería injusto si lo dejas así.
— Tal vez deje un poco, es muy grande para mí.
— ¿Ah, si?
— Sí.
Y fue todo, Anna mandó todo al demonio y se detuvo de golpe . Miró a su hermana con ligero reproche por calentarla tanto y después a su marido. ¿Qué era eso? ¿Molestia? ¿Acaso se había dado cuenta? No… eso no podía ser. Miró por debajo de la mesa, pero solo halló su mano y la mano de Elsa, misma que había sido la culpable de hallarse tan caliente en esos momentos.
Fue entonces que la pelirroja articuló, entre molesta y excitada:
— A ti. — señaló a Kristoff —. Te quiero sin ropa y en la habitación matrimonial — ordenó —. Ahora.
— Y a ti. — Miró a Elsa, tan recta y seria que la rubia se sintió pequeña, cohibida —. Luego tendremos una amena charla sobre ese dichoso pastel de chocolate del que hablaste con mi marido. — Anna se levantó de su asiento, finiquitando todo —. Buenas noches, Elsa.
Sin más, la pareja partió. Con Anna sin siquiera dirigirle la mirada a su hermana y con Kristoff tras su esposa, como perrito obediente, listo para lo que estaba por ocurrir.
Segundos después, Elsa quedó sola y en shock, cayendo en cuenta por momentos de lo que había hecho. ¿Qué mierda había sido eso? ¿Cómo pudo dejarse llevar? ¿Y con Kristoff? ¿Acaso Anna lo habría notado? ¿Y si ya lo sabía y solo quería probarla? Demasiadas preguntas la embargaron, sintiéndose tensa y con el calor aún recorriéndole las venas.
Maldito afrodisiaco.
Ahora la sola mención de la conversación que tendría con su hermana el dia de mañana la tensaba, y no era para menos. Estaba entre la cuerda floja. Entre saber y no saber si esta la había pillado. La ansiedad la embargó de tal manera, que terminó de comerse su ración de torta de chocolate.
Después, ya sin pena, se devoró la ración de su hermana y la de su cuñado, que estaban a medio terminar. En otro momento, aquello no hubiera sido posible. La etiqueta siempre iba primero para ella, sin embargo, la ansiedad la carcomía de tal forma, que no pudo contenerse, por lo que también arrasó con parte del pastel que había en la cocina.
Cuando terminó, fue a por la dichosa botellita de afrodisiaco. Si así se había puesto con la primera mitad, no quería imaginar qué pasaría si se acababa la botella. No, no….
No quería más problemas.
Al tocarla, se dio cuenta que esta no pesaba, al abrirla, se dio cuenta que estaba vacía.
¿Qué había pasado con el resto?
Su mente se imaginó un millón de posibilidades, intentando encontrar la respuesta a su pregunta, recordando. Y no fue hasta que Olaf apareció tras ella, que supo la respuesta:
— ¡Hola, Elsa! ¿Te gustó el pastel? — preguntó Olaf, todo elocuente y contento.
— ¿Dónde está el resto del líquido Olaf? — preguntó Elsa, temiendo lo peor.
— ¿Qué líquido? ¿La esencia de vainilla que dejaste? Tú tranquila, que Gerda le dio un buen uso. Dijo que le daría un buen sabor al pastel, así que se lo di.
Y fue suficiente para que terminara de confirmarse su peor terror, aquel pastel descansaba en su estómago ahora, pero su ansiedad y cachonderia no. Y ahora iba en aumento. Un tick en su ojo apareció, cabreandose. Olaf lo notó, así que preguntó, cauteloso, notando como las paredes se llenaban de hielo rojizo.
— ¿Pasa algo?...
— Retírate, Olaf. — advirtió Elsa.
— ¿Por qué?
— Solo vete.
— ¿Quieres más pastel? Porque te guarde el mio, ya sabes que yo no puedo digerir y...
— ¡Largo! — explotó Elsa.
— Ok, esta bien, esta bien. — fue entonces que Olaf salió de la habitación con rapidez. En tanto, Elsa, empezaba a descargar su frustración lanzando hielo a diestra y siniestra por todo el comedor, furibunda. Cuando creyó haber terminado, volvió a ver a Olaf, mismo pastel en mano y observándola desde el marco de la puerta.
— ¿Por qué sigues aquí?...
— Tiene cereza ¿Estás segura que no quieres?
— ¡OLAF!
— Ok…
