ZELDA

Encontramos las ruinas de una aldea tras varios días de viaje.

No recordaba el nombre de la aldea ni quién había vivido allí hacía cien años, y me descubrí pensando que debería poder acordarme. La culpabilidad amenazó con desatarse de nuevo, pero la mano de Link a mi alrededor lo impidió.

—No es culpa tuya —me susurró, y su voz estaba tranquila, tanto que me transmitió calma a mí también. Me pregunté si podría leer mis pensamientos—. Recuérdalo.

—Lo intento —murmuré. Dejé que él sostuviera una parte de mi peso mientras contemplaba los pilares derruidos y los escombros esparcidos por el suelo. Había sido una aldea pequeña, probablemente con poco más de un centenar de habitantes, y en el centro parecía haber existido una diminuta plaza, a juzgar por la estructura—. Lo bueno es que ahora vamos a reconstruirlo.

Él asintió. Parecía incluso entusiasmado ante la idea de reconstruir. Al principio, cuando empezó la reconstrucción, Link había estado casi indiferente, o esa sensación me había dado a mí. Sin embargo, con el tiempo había ido animándose. Supuse que hacerlo partícipe de las reuniones y dejar que trabajara conmigo habían hecho que se emocionara también.

—Cuando acabemos, este lugar será mejor que antes —me dijo con convicción—. Ya lo verás.

Alcé la vista para mirarlo y sonreí.

—Pareces muy seguro.

—Eso es porque lo estoy. —Sonrió también y me besó en los labios. Luego se separó y tiró de mí con cuidado—. Creo que Karud quería hablar contigo.

Dejé que me guiara hasta el campamento. Habíamos acordado instalarlo a unos cuantos pasos de las ruinas para no estorbar a los constructores. Los goron ya tenían sus tiendas montadas, aunque sospechaba que en realidad no las utilizaban. Pero tenían miedo de ofender a alguien si decían que no las necesitaban, así que seguían conservándolas.

El resto estaba todavía organizándolo todo. Tuvimos cuidado de no tropezar con un hyliano y un sheikah que llevaban una tienda. Me alegraba verlos trabajando juntos. Todo el mundo parecía haber alcanzado una tregua, porque había más paz en el campamento. Los zora habían vuelto a mezclarse con los demás y no les importaba tanto la presencia de los sheikah. La mayoría se reunía alrededor de una hoguera cada noche, después de terminar el trabajo. Solía dormirme con el sonido de sus carcajadas y voces animadas en el exterior.

Link todavía tenía un brazo a mi alrededor. Estaba inusualmente afectuoso, en especial aquellos últimos días. Cuando estaba cerca le gustaba tener contacto conmigo de alguna forma. Tomaba mi mano o me cogía del brazo. Me besaba cada vez que veía una oportunidad. Parecía incluso de mejor humor. Me alegraba verlo así después de todo lo que había ocurrido. Y, por las noches... Si ninguno de los dos se dormía antes de terminar el trabajo, solíamos divertirnos juntos.

Y no iba a mentir; no pensaba quejarme por nada de eso. De hecho, me gustaba. Me pregunté si aquello significaría que él estaba cerca de pedirme la mano. Sentía un revoloteo estúpido siempre que consideraba la posibilidad. Pero no quería que Link viera lo obsesionada que estaba con la idea. Probablemente acabaría espantándolo del todo.

Fue difícil encontrar a Karud entre el ajetreo de la multitud. Link lo divisó junto a los carros y me guió en esa dirección, esquivando a la gente que obstaculizaba el camino.

—Este lugar es una maravilla —dijo al vernos—. El terreno y los alrededores son espléndidos.

—Supongo que estarás contento —repliqué, y no podía reprimir la sonrisa.

—Es perfecto. Tenías razón —añadió, dirigiéndose a Link—. Las cosas mejorarían. Y vaya si han mejorado. ¿Habéis visto estos carros? Son del grupo de Artyb. ¿No os parecen una maravilla?

—Son carros —dijo Link en tono plano. A Karud no le hizo ninguna gracia.

—Tienes una forma muy simple de ver el mundo —le espetó—. Para tu información, llevaba años sin ver unos carros tan magníficos como estos. ¡Años! Con solo tocarlos puedes sentir lo robustos que son.

Link empujó uno de los carros. Apenas se movió. Lo examinó con ojo crítico, como si supiera algo sobre carros. Al final, se limitó a encogerse de hombros.

—Supongo que sí son robustos.

—¿Supones? Oh, cielo, estas cosas no se suponen.

Estuvieron discutiendo durante un rato más. Aunque, en el fondo, no era una discusión real. Link y Karud habían alcanzado una tregua. Suponía que ambos lo habían hecho solo por mí, para que no me viera dividida constantemente. Sin embargo, Link ya no hablaba tan mal de él y no se quejaba cada vez que debíamos reunirnos. A veces Karud se reía con las ocurrencias de Link.

Entrelacé mi mano con la de Link, y él pasó los dedos distraídamente por mis nudillos mientras hablaba con Karud. No creía que llegaran a ser buenos amigos nunca. Ambos eran muy diferentes; Karud era excéntrico y decía todo lo que se le pasaba por la cabeza sin reparos. Y Link desconfiaba de todo el mundo. No tenía muchos amigos cercanos. Pero al menos no se detestaban el uno al otro. Era un comienzo.

Cuando Karud se disculpó para hablar con Goraden y otro goron más joven llamado Reboro, tiré del brazo de Link para seguir avanzando entre la multitud.

—Deberíamos ayudar a organizar todo esto —suspiré mientras observaba el caos.

—Deberíamos mandarlos al infierno, montar nuestra tienda y no salir de ahí en todo el día —repuso Link.

Le asesté un codazo.

—Tenemos que ocuparnos de los demás primero —dije—. Y, luego, podremos ocuparnos de nuestra tienda. Así verán que no nos creemos más importantes que ellos. Que en el nuevo Hyrule todos nos apoyaremos. Es lo que un buen líder haría.

Sentía sus ojos sobre mí pero, cuando alcé la vista, él sonreía. Intentó disfrazarlo con una mueca de fastidio.

—Había encontrado el mejor sitio para montar la tienda —masculló.

—Lo seguiremos teniendo —le aseguré en voz baja—. Nos inventaremos alguna excusa con los caballos. Diremos que necesitan más espacio. Y, como Viento y Calabaza son nuestros, nadie se quejará.

Sacudió la cabeza, divertido.

—¿No decías que querías ser una líder justa?

—Oh, lo estoy siendo.

Inspiré hondo y alcé la voz para poner orden. Sorprendentemente, las voces insistentes murieron al instante y los demás me prestaron atención. No dejé que la sorpresa se entreviera en mi postura, sin embargo, y comencé a distribuir las zonas a cada grupo. Nadie se quejó, ni siquiera los zora. Los había colocado un poco más cerca de los sheikah, aunque seguía habiendo un buen número de tiendas en medio. Iba a depositar mi confianza en ellos una última vez.

Karid y Karad se dividieron para ayudar a montar las tiendas. Los únicos que no necesitaban ayuda eran los goron, que ya habían montado sus tiendas. Uno de ellos, Gorbagel, se unió a nosotros para echar una mano en el campamento de los constructores de la Meseta de los Albores. Link se aferró a mi mano con más fuerza al ver a dónde íbamos y yo lo miré con gesto preocupado. Él fingió no haberse dado cuenta.

Me pregunté si debería hablarle de mis sospechas. Sabía lo mucho que lo frustraba no saber de qué conocía a aquel hombre. Lo había visto fruncir el ceño con tanta intensidad cuando Artyb estaba cerca que recordaba haberme preocupado por si estaba sintiendo dolor. No quería confundirlo más, sin embargo. No conocía a nadie más fuerte que él, pero lo único que lo había hecho derrumbarse de verdad había sido la pérdida de su familia. No quería que pasara por eso otra vez. Y tampoco quería traerle malos recuerdos, innecesarios en caso de estar equivocada.

Decidí que lo mejor era esperar. Esperar a averiguar más, a que él indagara más. Y, cuando tuviera una respuesta, yo le hablaría de la mía.

Aunque Artyb no era la única cara conocida allí. El amigo sheikah de Pay —Shak, se llamaba. Antiguo miembro del clan Yiga— también había viajado desde la Meseta de los Albores. Nos saludó con alegría, y a Link no pareció desagradarle encontrarse con él de nuevo. Yo todavía desconfiaba un poco de él, sin embargo. Pero era raro que Link confiara tanto en alguien, de modo que por el momento le daba la razón.

Nos dio la misma explicación que Artyb cuando le preguntamos por qué no había permanecido en la Meseta de los Albores. Me apenaba que lo del Templo del Tiempo no estuviera teniendo éxito. Esperaba que, en el futuro, pudiéramos trabajar todos juntos en un proyecto común. Por una misma causa. No sonaba nada mal.

Shak era el más joven del grupo. Había varias mujeres, y una de ellas había sido sacerdotisa. Sacerdotisa de la Luz, recordé. Según ella, no la querían en el Templo del Tiempo, pero seguía siendo sacerdotisa. Al observarla mejor, me di cuenta de que no poseía la calma extraña y aterradora que el resto de sacerdotisas de su orden. Todavía llevaba la túnica blanca e impoluta.

Había hylianos normales y corrientes, que nos saludaron con gesto amable. El resto debía rondar la edad de Karud, pero seguían siendo fuertes. Lo vi en la forma en que montaban las tiendas sin necesitar ayuda alguna. Ni siquiera de Gorbagel.

Más tarde, cuando todo estaba más tranquilo y todo el mundo estaba acomodado ya, Link y yo nos dispusimos a montar nuestra propia tienda. Habíamos recorrido el campamento antes para asegurarnos de ser los últimos en instalarse. Gorbagel y Shak se ofrecieron a ayudarnos, por suerte.

Gorbagel no entendía del todo cómo montar una tienda, así que Shak y Link estuvieron un rato discutiendo para llegar a un acuerdo. El goron se detuvo a mi lado para observar mientras ellos discutían. Parecía algo perdido, y no lo culpaba.

—No funciona así —decía Shak—. Es imposible. No he visto una tienda con esa forma en mi vida.

—¿Alguna vez has visto una tienda? —gruñó Link mientras extendía la lona. Era tan grande que él parecía diminuto en comparación. Tropezó y estuvo a punto de caer de bruces al suelo.

—He visto muchas. Sobre todo en la Meseta de los Albores.

—¿Estás seguro de que eran tiendas y no casas flotantes?

Shak suspiró pesadamente, pero ayudó a Link a estirar la lona sin que él tuviera que pedírselo.

—¿Todos los hylianos sois igual de testarudos? —masculló.

A Link se le escapó una carcajada. Me apresuré a ayudarlo a sujetar su extremo de la lona para que no volviera a trastabillar por el peso.

—Ser hyliano no te hace testarudo —intervine yo. Le hice señas a Gorbagel para que se acercara—. Igual que ser un sheikah no te hace inteligente.

Link soltó otra risotada y me dio un beso en los labios. Shak nos miraba con irritación, aunque había algo de diversión en el fondo de sus ojos rojizos. Sentí como la desconfianza desaparecía poco a poco.

—Con ella no vas a poder —dijo Link—. Sus insultos son invencibles.

Shak acabó riendo también. No obstante, Gorbagel tenía aspecto preocupado.

—¿Os insultáis entre vosotros? —preguntó, temeroso de la respuesta. Estaba sujetando la lona mientras Link clavaba las estacas.

—Nunca —murmuró mientras trabajaba. Incluso eso sonaba a mentira poco creíble en su voz.

—Constantemente —añadió Shak.

Gorbagel lo miró con horror y me sentí mal por el pobre goron. No estaban acostumbrados a salir de Eldin, y allí no recibían muchas visitas. Habían pensado que todos veían el mundo como ellos.

—¿Qué quiere decir eso? —le preguntó a Shak—. ¿Siempre insultas a los hylianos?

—No siempre —masculló él—. Y, si lo hago, suele no ir en serio. No le hago daño a nadie a menos que tenga una buena razón.

Link lo miró con una ceja alzada, pero no dijo nada más. Gorbagel aún parecía confundido, así que le di unas palmaditas en el brazo robusto. Solo había querido reconfortarlo, aunque él no se inmutó de que lo había rozado siquiera.

Más tarde, cuando el crepúsculo apenas empezaba a caer, alguien hizo sopa de calabaza y empezó a repartirla por todo el campamento. Varios tomaron asiento junto al fuego, pese a que Karud ya había advertido que no habría bebidas. Convencí a Link para que nos quedáramos un rato hablándole de lo bien que olía la sopa. Él gruñía que teníamos que escribir cartas y leerlas también, aunque en realidad no nos había llegado ninguna carta nueva.

—En la Meseta de los Albores no había tanta gente como aquí —dijo uno de los recién llegados. Recordé que se llamaba Brine.

—Solo había hylianos —asintió una mujer que también había llegado de la Meseta de los Albores—. Este lugar es mucho mejor.

—No hay que desmerecer el trabajo allí arriba —intervino Artyb con un tono pacificador que me resultó terriblemente familiar—. Lo que están haciendo tiene mérito. El problema es que han ido demasiado lejos cuando tenían problemas más importantes que resolver justo delante.

Nadie emitió una sola objeción. Los hylianos que habían llegado de la Meseta de los Albores parecían considerar a aquel hombre su líder, pese a que no había habido ninguna confirmación. Muchos de los constructores de Karud lo conocían, y supuse que eso había ayudado a que aquel grupo se instalara tan fácilmente con los demás.

—Seguro que decidieron empezar por el templo por culpa de esas sacerdotisas. En Hatelia ya hablan de ellas. Quieren una estatua gigantesca de la Diosa Hylia para el Templo del Tiempo. Una que alcance la altura del campanario —dijo Karaden, y su hermano asintió como dándole la razón.

—Ellas querían reconstruir el templo —replicó la sacerdotisa. No nos había dicho su nombre—. Yo me negué desde el principio. Sabía que era una mala idea.

Nadie dijo nada después de eso. Me había dado cuenta de la desconfianza con que miraban a la sacerdotisa. No debía haber existido ninguna orden de sacerdotes en un siglo. No las habían necesitado para nada, al fin y al cabo.

Cuando el silencio se tornó incómodo, decidí intervenir. Me aclaré la garganta para llamar la atención del resto.

—¿De qué lo conocéis todos? —pregunté, señalando a Artyb.

Escuché carcajadas y por un momento me preocupó haber hecho una pregunta muy estúpida.

—Me sorprende que tú no lo conozcas —rio Arret, otro de los hylianos que venían de la meseta.

—Dejadla en paz —dijo el propio Artyb—. Es demasiado joven para saber nada.

Esperé pacientemente a que las risas murieran. A que alguien me lo explicara. En el fondo, no lo había preguntado solo por pura curiosidad. Lo había hecho por Link; sabía que él quería averiguar más sobre aquel hombre. También sabía que él nunca formularía la pregunta por sí mismo. Y ahora escuchaba con atención, encerrado en un silencio sepulcral a mi lado.

—Ya te he hablado de los amigos temerarios que tenía de joven, ¿verdad? —dijo Karel. Yo asentí, y él sonrió—. Él era el maldito líder. El que tenía todas las malas ideas. Se empeñó en ir al castillo tantas veces que acabamos perdiendo la cuenta. Cinco veces intentó escalar la muralla de la Meseta de los Albores. ¡Cinco!

—Nunca lo conseguí.

—Nunca lo consiguió —coreó Karel—. Peregrinó hasta la Fuente de la Sabiduría tres veces y alcanzó el pico más alto de Hebra. Incluso intentó cruzar el Gran Bosque de Hyrule una vez. No sé qué demonios estaba buscando allí, pero llegó bastante lejos.

—Una señal de las Diosas —rio Artyb.

—Corre el rumor de que se infiltró en la Ciudadela Gerudo —prosiguió Karel en voz más baja, y escuché algunas risitas—. Nadie se ha acercado tanto al cráter de la Montaña de la Muerte como él. Recorrió todo Hyrule. Hasta que de repente un día decidió que se habían acabado las emociones fuertes para él.

—¿Por qué? —le pregunté a Artyb. Él sonrió con amabilidad, aunque en el fondo atisbé una pizca de tristeza.

—No voy a contártelo, niña —dijo—. No es por ser misterioso ni nada de eso. El problema está en que contártelo arruinaría la historia.

—Seguramente fue por la edad —me dijo Karel—. Ya no era un jovencito musculoso cuando intentó llegar a la cima de la Meseta de los Albores por última vez. Tampoco sé qué buscaba ahí.

—No era viejo cuando intenté subir por última vez —le espetó Artyb—. Y el motivo... Bueno, el motivo haría la historia aún mejor. Pero tampoco voy a contarlo aquí.

—¿Por qué no?

—No quiero que entréis todos en pánico —respondió, y luego empezó a reírse a carcajadas, como si hubiera contado un chiste muy gracioso.

Karel carraspeó.

—Desde entonces viaja de aldea en aldea. Cuenta historias, ayuda a los que lo necesitan y todo eso. Hasta les cae bien a los orni. —Se oyeron murmullos de asombro—. Hace casi lo mismo que ese bardo orni tan famoso.

—Pero yo no canto.

—Esa es la única diferencia.

—Una vez —intervino Karud, tomando asiento junto a Link— quiso entrar en Construcciones Karud. Mi padre estaba al mando de la compañía en esa época, y él se negó, obviamente. Su nombre está lejos de cumplir nuestras reglas. Era un jovencito muy popular entre las chicas. De joven se parecía mucho a ti —añadió, señalando a Link—. Bajito. La misma nariz, el mismo pelo y la misma peste a caballo y monstruo muerto. Sois clavaditos.

Le dio un leve empujón a Link, pero él no pareció inmutarse. De hecho, estuvo a punto de perder el equilibrio. Sin embargo, se limitó a mirar a Artyb con horror, como si tuviera un espectáculo grotesco delante. Dudaba que estuviera respirando siquiera. Artyb también lo miraba, aunque en sus ojos solo había tristeza y un atisbo de miedo.

Link se puso en pie de pronto y se alejó de allí sin dar una sola explicación. Lo observé alejarse mientras me retorcía las manos bajo la capa.

—¿Qué demonios está haciendo? —masculló Karud.

—Lo has asustado con lo del pelo —dijo Artyb, y todos rieron. En su tono de voz no había nada alegre, sin embargo.

Fui a levantarme también, porque la preocupación se retorcía en mi estómago. La voz de Artyb me detuvo.

—Déjalo marchar, niña. Déjalo solo un rato. —Hizo una pausa y luego añadió—: Su padre hacía lo mismo.

Lo miré boquiabierta, pero de pronto tenía la visión nublada por las lágrimas. Las piernas me temblaban tanto que tuve que sentarme de nuevo.

—¿Zelda, cielo? —murmuró Karud—. ¿Va todo bien?

Se me escapó un sollozo estrangulado y me abracé a mí misma. Sentía la mirada de todo el mundo sobre mí, en medio del silencio incómodo. Yo también estaría incómoda si fuera una de ellos.

—Da gracias —dije con voz temblorosa— por que Link no te haya oído decir eso.

Artyb se me quedó mirando con expresión sombría, pero ninguno de los dos dijo nada más.

—Estáis todos locos —masculló Karud mientras se ponía en pie—. Más que yo. Voy a buscar a alguien que esté cuerdo.

Se alejó en dirección al resto de tiendas. Hubo silencio por unos momentos más, hasta que Karel volvió a hablar para seguir contando historias. Nunca supe si hablaba de Artyb otra vez, porque apenas prestaba atención.

Me descubrí pensando que no tenía ningún motivo para llorar como una tonta. Aquel hombre estaba relacionado con Link de una forma u otra. Eran buenas noticias. Él ya no estaba solo en el mundo; quedaban más miembros de su familia ahí fuera. Y eso era lo mejor que podía ocurrirle.

Pero sabía que Link lo encajaría como un golpe más. Como uno muy doloroso, a decir verdad. Aquello le traería malos recuerdos. Él no solía hablar mucho de su familia, ni siquiera conmigo. Igual que yo casi nunca hablaba de la mía.

Caí en la cuenta de que no podía dejarlo solo. Yo no querría que me dejaran sola si estuviera en su lugar. Y quizá Artyb había conocido al padre de Link, pero yo lo conocía a él. Lo conocía de verdad, y era muy distinto a su padre.

No quería preocuparlo ni que toda su atención cayera sobre mí por verme llorar —eso era lo que Link siempre hacía—, así que me aseguré de haber borrado todos los rastros de lágrimas y de no tener los ojos enrojecidos antes de ponerme en pie. La conversación siguió, por fortuna. Y, en esa ocasión, nadie intentó detenerme.

Sabía que Link no se había encerrado en nuestra tienda. Seguramente había querido tomar el aire. Estar lejos de las miradas de todo el mundo, en un rincón donde hubiera paz y tranquilidad. No andaba muy equivocada.

Lo encontré a las afueras del campamento, en la cima de una pequeña colina. Me acerqué despacio, pisando hojas secas con las botas. Él no se giró para mirarme y tampoco impidió que tomara asiento a su lado. Cuando seguí su mirada, me quedé sin aliento. Desde allí se veía parte de la Llanura de Hyrule. Estaba más cerca de lo que había creído, y parecía extenderse bajo nuestros pies. Estaba en calma, tanto que me produjo escalofríos, pero el brillo del atardecer bañaba la hierba y los arbustos, y era incluso bonito verlo. Más allá, mucho más lejos, divisé el pico de Hebra y, al otro lado, la Montaña de la Muerte.

—Vaya —murmuré—, hay buenas vistas.

—Lo sé.

Bien. No estaba muy hablador.

—¿Tienes hambre? —le pregunté. Él solo se encogió de hombros, pero casi podía oír su estómago rugiendo—. Te he guardado esto. —Le mostré un cuenco de sopa de calabaza—. Ya estará frío, pero... Bueno, algo es algo, ¿no?

Aceptó el cuenco que le tendía. Luego se lo quedó mirando con una expresión extraña, aunque no podía descifrarla del todo porque el pelo le caía alrededor del rostro.

—¿Qué ocurre? —quise saber, mirando el cuenco también por encima de su hombro—. ¿Tiene algo raro flotando?

—No es eso —murmuró él. Entonces me miró por primera vez, y me pareció que sus ojos estaban ligeramente húmedos. Debía ser por los rayos del sol que le daban en el rostro—. Gracias, Zelda. Por esto.

Señaló su cuenco de sopa, aunque había más que no estaba diciendo en voz alta. Lo sabía.

—Siempre que quieras que te traiga un cuenco de sopa de calabaza, dímelo. Estaré encantada de traértelo.

Conseguí que se riera con eso. Dejé que comiera en silencio, y luego nos tumbamos sobre la hierba para ver las primera estrellas. Eso también lo hicimos en silencio. No quería obligarlo a hablar; si él no quería decir nada, que no lo dijera. Link funcionaba así, y yo no era nadie para cambiarlo.

—Tiene los ojos de mi hermana —susurró de pronto.

Giré la cabeza para mirarlo, pero él tenía los ojos fijos en el cielo.

—Conoció a tu padre —le confesé en un susurro también—. Lo dijo justo cuando te fuiste.

Él cerró los ojos y suspiró.

—¿Dijo algo más?

—No. Solo eso.

Silencio otra vez.

—No lo entiendo —murmuró al final—. Tiene que ser uno de esos parientes lejanos. Ellos están... están...

—Lo sé —dije, interrumpiéndolo. No quería que lo dijera en voz alta—. Pero si fuera un pariente lejano no os pareceríais tanto, Link.

—Pero no tiene sentido. Mi padre... ¿A lo mejor él tuvo otro hijo? No, era muy mayor para eso...

Sacudí la cabeza.

—Dijiste que tenía los ojos de tu hermana —le recordé con lentitud.

—Tiene sus ojos —murmuró él con una sonrisa triste—. Y se ríe como ella. Sonríe como ella.

Cogí su mano y acaricié las cicatrices de sus nudillos.

—Puede que sea su hijo —le dije en voz baja.

Él abrió los ojos de golpe. Me miró con el ceño fruncido, aunque sabía que lo estaba considerando de verdad.

—Eso es imposible. Yo también lo he pensado, pero los cálculos no cuadran. ¿Verdad?

—Sí que cuadran, Link. Puede haber incluso tres generaciones en un siglo. Cien años es mucho, mucho tiempo.

Maldijo en un susurro.

—Su hijo. Por Hylia, tuvo un hijo.

—No lo sé —dije, intentando mantener la calma—. Tienes que hablar con él. Preguntárselo tú. Puede que haya otra explicación.

Él asintió con la cabeza, aunque dudaba que me hubiera escuchado.

—Un hijo —susurró—. La última vez que la vi tenía diez años.

Se le escapó un sonido extraño, algo entre una carcajada y un sollozo. Lo miré, preocupada, pero él tenía la vista clavada en las estrellas.

—Habla con él —insistí. Agarré su mano con más fuerza—. Hazme caso. La incertidumbre no te ayudará en nada, Link.

Él me miró por fin. Había algo de tristeza en sus ojos, pero eso fue todo lo que vi.

—Lo haré —me dijo—. Te lo prometo.

Asentí, satisfecha con eso. No quería obligarlo a hablar con aquel anciano. No tenía ningún derecho a hacerlo. Sabía que acabaría resolviendo todas sus dudas, pero lo haría cuando él estuviera preparado. Y, después de todo lo que había ocurrido, supuse que sería lo mejor. Se merecía poder tomar sus propias decisiones después de que el destino lo arrastrara consigo y le negara la oportunidad de elegir su camino tantas veces.

—¿Podemos hablar de otra cosa? —me pidió a media voz. La luz de la luna se reflejaba de forma extraña en sus ojos. Brillaban más que de costumbre.

—¿Quieres volver ya? —le pregunté.

—No. Este lugar no está mal. ¿Tú quieres volver?

—Yo tampoco quiero irme todavía.

Hacía algo de frío, pero era soportable. Los sonidos del campamento no llegaban hasta allí, así que había algo de paz. Y el cielo era una maravilla desde allí. Tenía la sensación de que las estrellas se veían mejor que nunca aquella noche.

—¿Echas de menos viajar? —le pregunté para romper el silencio.

—Estamos viajando —replicó él con una ceja alzada.

—Lo sé —murmuré—. Me refería a viajar solos, ¿entiendes? Tú y yo. ¿Lo echas de menos?

Suspiró y miró al cielo de nuevo. Se llevó nuestras manos unidas al pecho y pude distinguir el firme latido de su corazón bajo mis dedos.

—Claro que lo echo de menos —dijo por fin—. Me gusta viajar contigo.

—Oh, gran Héroe de Hyrule, qué honor. No me lo esperaba de vos.

Lo descubrí sonriendo. No se reía, pero al menos estaba sonriendo.

—En realidad, eres la mejor compañera de viaje que he tenido nunca —me confesó, aún sonriendo—. Ojalá hubieras estado ahí cuando viajaba solo. Todo habría sido mucho más fácil. Tienes tus fallos, pero eso solo te hace aún mejor.

Había pensado seguir con la broma, pero al oír la sinceridad en su voz decidí hablar en serio también. O lo más en serio que podía hablarle sin romper a llorar allí mismo.

—Tú tampoco estás nada mal. De hecho, también eres el mejor. Y que conste que he viajado con mucha gente. Sabes cocinar, encuentras los mejores refugios, conoces Hyrule y, lo más importante, tú lo pagas todo.

Conseguí que se riera por fin. Sentí como si un peso invisible hubiera desaparecido de mi pecho al oírlo.

—Cuando estábamos en Hatelia me dieron otras tres mil rupias por minerales.

—¿Solo tres mil?

—Un completo robo.

Reí también. Él seguía sonriendo. Me alegraba poder distraerlo un rato. Sabía que cuando decidiéramos regresar al campamento aquella paz se acabaría de golpe.

—También me gusta esto —dijo—. Reconstruir. No está nada mal.

—Pensé que no te gustaría.

—Pues te equivocabas —murmuró—. Ahora siento que estoy haciendo algo por Hyrule.

—Quieras o no, tú siempre estás haciendo algo por Hyrule.

Se encogió de hombros y abrió la boca para responder, pero entonces soltó una exclamación ahogada y señaló el cielo.

—¿Lo has visto?

—¿El qué?

—Una estrella fugaz.

Abrí mucho los ojos. Me llevé una mano al cinturón, en busca de la piedra sheikah, pero entonces recordé lo mal que funcionaba últimamente. Tenía suerte si la superficie se iluminaba siquiera. La había dejado en mi bolsa de viaje porque verla me entristecía. Aún no lo había hablado con Link.

Bueno, si no tenía la piedra sheikah, tendría que grabar aquel momento en mi propia memoria. No podía ser tan difícil; era lo que todo el mundo hacía.

Otra estrella cruzó el cielo. Dejó una estela brillante a su paso.

—Pide un deseo —dijo Link.

—Tú también.

Divisé otra estrella fugaz y cerré los ojos. Todavía sentía su corazón latiendo bajo el dorso de mi mano. Volví a abrir los ojos cuando percibí la mirada de Link sobre mí.

—¿Qué has pedido? —quiso saber.

—No puedo decírtelo —sonreí—. Las Diosas son las únicas que pueden oír los deseos. Si no, no se cumplen.

—Tú eres una diosa en el fondo. Y voy a casarme contigo, así que eso me convierte en un dios a mí también.

—Cualquier sacerdotisa de hace cien años te habría encerrado en los calabozos por decir una blasfemia así.

—Menos mal que ninguna me ha oído. —Se me escapó una risita y él me miró de nuevo—. Yo he deseado tener cinco hijos y quince nietos y tierras para plantar manzanos. Y tenerte a ti. Y tener paz y tranquilidad.

—Son muchos deseos.

—He visto tres estrellas fugaces —replicó como si fuera la explicación más lógica del mundo. En sus ojos apenas quedaba rastro de la profunda tristeza que había visto un rato antes. Ojalá pudiera verlo así siempre. Se lo merecía—. ¿Qué has pedido tú?

Me encogí de hombros y contemplé el cielo.

—Que todo vaya bien —respondí—. Eso y ser feliz. Y que cierto hombre me pida matrimonio pronto.

Escuché un gruñido.

—Estás obsesionada.

Él estaba obsesionado con tener cinco hijos y quince nietos, pero no lo culpaba. La idea tampoco me resultaba tan desagradable, si lo pensaba bien, pero seguía siendo aterradora.

—Espero que las Diosas escuchen mis deseos —suspiré.

Gruñó de nuevo, pero no dijo nada más. No me ofreció más detalles. Aquello me frustraba ligeramente, a decir verdad. No tendría que haber dejado el asunto del matrimonio en sus manos. Link vacilaba demasiado a veces. Debería haber sido yo quien se lo pidiera; habríamos terminado mucho más rápido de esa forma. Sin embargo, ya había depositado toda mi confianza sobre él. No iba a arrebatárselo ahora. Simplemente no sabía a qué demonios estaba esperando.

Cuando regresamos al campamento un rato después, ya no quedaba casi nadie junto al fuego. Artyb se había marchado también, y supuse que sería lo mejor. Link pareció aliviado, aunque ninguno de los dos volvió a tocar aquel tema en toda la noche.

Al día siguiente, el trabajo empezó desde muy temprano. La mayoría estaba apartando escombros y otros materiales inservibles del terreno sobre el que se iba a construir. Yo tenía una reunión con Karud. Link vendría conmigo porque siempre estaba presente en reuniones como aquella, y a Karud no parecía importarle su compañía tanto como antes. De hecho, escuchaba lo que tenía que decir.

Karid y Karad también estaban en la tienda donde íbamos a reunirnos, aunque eso no me sorprendió. Solían estar allí cuando discutíamos de planos y materiales. Lo que sí me sorprendió fue ver a Artyb en la tienda. Se nos quedó mirando al entrar, pero no hizo ningún comentario sobre lo ocurrido la noche anterior. Link permanecía muy quieto a mi lado, como si se hubiera convertido en una estatua de pronto. Karud tuvo que darse cuenta, porque alternó la mirada entre los tres y luego carraspeó.

—Cuanto antes empecemos antes terminaremos y, por lo tanto, antes podré volver a dormir.

—Tú lo has dicho —gruñó Link mientras tomaba asiento en una silla. El sol acababa de salir y él que había quejado cuando lo desperté. Me había seguido de todas formas, aunque todavía tenía el pelo revuelto y rastros de sueño en los ojos.

—Ninguno de los dos va a dormir —les advertí de forma severa. Yo también odiaba madrugar, pero por la reconstrucción valía la pena—. Después de esto, todos vamos a ponernos a trabajar. Hay que hacer sacrificios si queremos que las cosas salgan adelante.

—Si pudiera brindar, brindaría por eso, jovencita —dijo Artyb. Me mostró una sonrisa educada.

De nuevo, me pregunté qué demonios estaría haciendo allí aquel anciano. Hasta donde yo sabía, nadie lo había invitado.

—Bien —murmuró Karud. Extendió unos planos sobre la mesa en la que Link había dejado marcas con mi daga durante nuestras últimas reuniones—. Después de examinar cuidadosamente la zona, hemos determinado que los daños son considerables.

—No son las peores ruinas que he visto —prosiguió Karid—. Algunos edificios podrán salvarse. A unos pocos solo les hacen falta varios arreglos. De otros solo quedan los cimientos y, en los peores casos, los escombros.

Karid debía rondar la edad de Karud. Era un hombre de corta estatura pero robusto al mismo tiempo, y también era de pocas palabras. Sin embargo, hacía un buen trabajo y parecía tenerme algo de aprecio.

—Hay trabajo por hacer —intervino Karad—. Y me temo que no será fácil.

Asentí despacio y me acerqué más a los planos para examinarlos de cerca.

—La aldea será más pequeña que Hatelia —dijo Karad—. Tendrá un tamaño parecido al de Onaona, quizá un poco más grande. Al menos esa es nuestra estimación. Construiremos edificios, pozos, túneles para el agua y, por supuesto arreglaremos los caminos.

Asentí con la cabeza de nuevo, pensativa. Había algo que se me escapaba. Tenía que haberlo. Miré a Karud en busca de alguna ayuda, pero él estaba ocupado escribiendo en sus propias notas.

—Tenemos materiales suficientes para empezar y seguir por un buen tiempo —dijo—. Si los zora no pierden la generosidad de pronto y la Montaña de la Muerte no entra en erupción y destruye las minas goron, todo debería ir bien.

Hubo silencio por unos instantes. Luego escuché un gruñido.

—Vaya estupidez.

Miré a Link, sorprendida, pero él no me estaba prestando atención. Tenía la vista clavada en Karud, que parecía tan estupefacto como yo.

—¿Quién demonios va a vivir en esa aldea? —preguntó con los ojos entornados.

Karud y sus constructores se miraron, como buscando apoyo.

—Bueno —dijo Karud—, habíamos pensado en animar a los demás a quedarse. Podríamos enviar cartas a todas las regiones.

—Y nadie vendría —replicó Link en tono plano—. Porque todos ellos ya tienen casa.

—Eso no lo sabemos. Tal vez algunos quieran... cambiar. Mudarse a otro lugar. Son cosas que pasan constantemente.

Karid y Karad estaban en silencio. Contemplaban a Link con un brillo de reverencia en los ojos, aunque ellos eran los expertos. Karad era quien más respeto le tenía de los dos; él era muy joven todavía. No debía haber visto tantas cosas como Karid.

—Tienes gente en tu propio campamento que no tiene hogar. No me creo que no se lo hayas propuesto.

Karud palideció y me miró. Yo era la única que se atrevería a hablar; los demás admiraban demasiado a Link y Artyb parecía estar ocupado en observarlo como si fuera una especie exótica de monstruo.

—No habíamos considerado eso —dije con calma. Intenté imitar la voz del propio Link cuando razonaba conmigo—. Estábamos pensando en la construcción de la aldea, no en lo que vendría después.

—Genial. Reconstruyamos una aldea. Luego la dejaremos vacía y nos iremos. Así Hyrule será más bonito. Tendrá decoración.

Me limité a suspirar, aunque Karud parecía molesto.

—No podemos proponerles que se queden aquí —dijo—. Son un grupo numeroso. Tendremos problemas si deciden quedarse aquí y los perdemos.

Distinguí el brillo inconfundible en los ojos de Link. Era casi imperceptible, aunque supe al instante que estaba enfadado.

—¿Cómo demonios puedes ser tan cruel? —le espetó—. Esa gente no tiene hogar. Lo perdieron de la peor forma posible. Están aquí porque no tienen otro lugar adonde ir.

—Como dijo Zelda, a veces hay que hacer sacrificios.

—Vete al infierno —masculló—. Es el revés. Nosotros tenemos que hacer sacrificios, no ellos. Pensaba que estábamos buscando el bien de todo Hyrule, no solo el nuestro.

—Vamos, Karud —intervino Artyb—. Él tiene razón. Admítelo.

—Lo dices porque eres su padre. O su tío o su abuelo. O su hermano. O un amigo de la familia. Alguna de esas tonterías.

Artyb se quedó muy quieto, y Link miró a Karud con tanta frialdad que incluso yo sentí algo de miedo.

—No te vendría mal cerrar la boca —dijo en voz baja, aunque todos lo escuchamos.

—Link... —empecé, poniendo una mano sobre su hombro para tranquilizarlo, pero él me interrumpió con brusquedad.

—Si no se lo decís vosotros, lo haré yo.

Le sostuvo la mirada a Karud. Después de unos instantes de tensión, Karud suspiró pesadamente y se derrumbó sobre una silla.

—Tú ganas, mocoso. Tu buen corazón es vomitivo —masculló—. Diosas, todavía es muy temprano. No quiero ni imaginar cómo estará durante el resto del día. Te espera un día largo, Zelda.

Ignoré su comentario y me acerqué a Link. Él se había encerrado en un silencio hosco, pero dejó que cogiera su mano bajo la mesa.

—Hablaremos con los hylianos de Onaona y dejaremos que ellos decidan —dije. Todos asintieron, incluido Karud. Miré a Karid y a Karad, que seguían incrédulos—. Sigamos.

Karad se aclaró la garganta y le dirigió una última mirada a Link antes de continuar.

—En Construcciones Karud hemos diseñado nuevos estilos de edificios y pensamos implementarlos en la reconstrucción, cuando sea posible. Seguro que habéis visto las casas en Hatelia —añadió, dirigiéndose a mí.

Asentí con la cabeza, recordando las casas coloridas que se encontraban justo al otro lado del puente. Era un gran cambio respecto a los edificios de hacía un siglo, pero no me desagradaba. Hyrule no era el mismo de antes y no tenía por qué engañarme pensando lo contrario.

—Eso es todo por ahora —concluyó Karid.

Les di las gracias y ellos recogieron los planos y se marcharon rápidamente de la tienda. Contuve un suspiro y miré a Artyb.

—No pretendo ser grosera ni nada de eso —empecé, buscando las palabras adecuadas para no molestarlo—, pero no puedo evitar preguntarme qué estás haciendo aquí. No lo digo porque tu presencia me desagrade. De hecho...

—Lo sé, niña —dijo él. Sonrió con amabilidad—. Tendrás que preguntárselo a Karud. Él me ofreció la generosa invitación.

Me dirigí a Karud, esperando una explicación. Para mi sorpresa, él parecía ligeramente avergonzado. Eso era nuevo.

—Zelda, cielo, sé que la idea no te gusta —dijo con dulzura, y empecé a tener un mal presentimiento—. Sabes que Artyb tiene buenas relaciones con el resto de Hyrule. Es muy respetado. Estaba pensando que podríamos usar eso a nuestro favor. Deberíamos...

—No —mascullé, interrumpiéndolo—. Si voy a escuchar esto, tengo que sentarme.

Mientras me sentaba, vi que Karud hacía una mueca.

—Entiéndelo —me dijo—. Si enviáramos cartas hablando de él o si lo enviáramos a hablar de la reconstrucción en otras aldeas, podríamos convencer a muchos más. En unas semanas tendríamos esto hasta arriba y podríamos dividirnos para trabajar más deprisa.

—Te he dicho repetidamente que no pienso utilizar a nadie como si fuera un trozo de carne o un atractivo más.

—No estamos hablando de utilizar a nadie como un trozo de carne. Tendríamos su consentimiento.

—Por última vez —le dije, intentando mantener la calma—. No voy a usar a este hombre, ni a Link ni a ningún otro. Creo que ya he sido muy clara al respecto.

—¿Usarme a mí? —intervino Link con el ceño fruncido.

Agarré su mano con más fuerza. En ese momento deseé tener la capacidad de comunicarme con él a través de la mente, como antes de derrotar al Cataclismo.

—Te lo explicaré luego —le prometí. Después miré a Karud—. No vamos a aprovecharnos de nadie. No está bien. Si vamos a convencer al resto de Hyrule, que sea por nuestros propios medios. No podemos depender de alguien para eso.

Karud se reclinó en la silla y suspiró. Artyb estaba en silencio, aunque me pareció ver una sonrisa asomar en su rostro.

—Hyrule va por buen camino con vosotros —dijo, y la sinceridad en su voz me sorprendió. Miró a Link entonces, y por un instante temí que fuera a llorar allí mismo—. Me alegra tanto que vosotros... Que haya gente así en Hyrule. Es lo que necesitamos.

Karud maldijo en voz baja.

—Estoy de acuerdo con todo eso. —Nos contempló a ambos con el rostro serio—. No penséis que me gusta tomar decisiones así. Pero un líder debe hacer el trabajo sucio por su pueblo a veces. En el fondo, para eso están los líderes.

—En tal caso —repuse con lentitud—, ojalá tuviera mi cuaderno de notas cerca, porque eso es algo que quiero cambiar.

Artyb sonrió, aunque Karud parecía al borde de las lágrimas.

—He viajado durante años. Siempre he tenido esperanza, pero llegué a pensar que no lo vería con mis propios ojos. Pero ahora veo esto y os miro a vosotros. —Artyb rio—. Tened cuidado con el tiempo. El poder corrompe a la mayoría. Y os aseguro que Hyrule no necesita más líderes así.

Tosió al acabar de hablar, aunque no pareció darle importancia. Le asestó un codazo a Karud y él suspiró.

—Oh, por supuesto. Son lo mejor que ha podido ocurrirle a este maldito montón de escombros. Pero yo los veo más como una espada de doble filo —añadió, examinándonos a mí y a Link con atención—. Son una maravilla, pero también son demasiado buenos. Sigo diciendo que, como líder, a veces hay que hacer cosas desagradables. Así funciona.

—Intentaremos evitarlo cuando sea posible —le dije—. Así que, por ahora, todos buscaremos las soluciones más justas.

Miré a Link y él asintió con la cabeza. Artyb seguía sonriendo. Le dio unos golpecitos en la espalda a Karud, que acabó sonriendo también.

—Gracias a las Diosas, Karud. Menos mal que decidiste hacerle caso a esta jovencita. Si no, no la tendríamos aquí, con nosotros.

—La mejor y peor decisión que he tomado nunca —masculló Karud y Artyb rio.

Estuvimos un buen rato en silencio, escuchando el ajetreo del exterior. Voces, pisadas y herramientas trabajando.

—Karud —intervino Link de pronto—, siento haberme enfadado antes.

La mirada de Karud se suavizó. Se suavizó de verdad. Casi me dejó boquiabierta, aunque conseguí mantener la compostura.

—No te preocupes, muchacho —sonrió él—. Tenías tus motivos para enfadarte. Sé que ver las cosas de esa forma no es para nada justo, pero a veces hay que hacerlo para considerar todas las posibilidades.

—No quería mandarte al infierno.

—No eres el primero ni serás el último que me lo haya dicho. He oído cosas peores. Pero déjame decirte que cuando te enfadas eres completamente aterrador. El propio Cataclismo huiría al verte así.

Ambos hicimos una mueca. Artyb nos observaba con atención y, de nuevo, sentí que aquel hombre sabía más de lo que nos estaba contando. Link sonrió un poco, aunque no dijo nada más. No lo culpaba; había dicho más cosas en aquella reunión que de costumbre.

Dimos la reunión por terminada después de eso. Apenas volvimos a cruzarnos con Artyb en todo el día, y Karud estaba ocupado dirigiendo a sus constructores.

Nosotros estuvimos tan ocupados como el resto. De hecho, cuando empezó a oscurecer y se decidió dar el trabajo por finalizado, me dolían las piernas y los brazos, y sentía las manos en carne viva. Sin embargo, mientras contemplaba las ruinas de la aldea, me descubrí sintiéndome satisfecha. Habíamos hecho un buen trabajo, para ser el primer día.

Volví a la tienda con Link en silencio. No habíamos hablado mucho en todo el día, aunque tampoco habíamos tenido tiempo para ello. Después de una cena rápida, tomamos asiento junto al brasero de la tienda. Todavía nos quedaban varias cosas por sacar de las alforjas, pero estaba demasiado agotada para ocuparme de eso por el momento.

Fui hasta la pila de notas que había dejado en un rincón de la tienda. Allí vi la piedra sheikah. La recogí con tristeza y se la tendí a Link sin mediar palabra. Él la examinó mientras yo me sentaba de nuevo.

—¿Ya no funciona? —me preguntó con suavidad.

—No —respondí. Me sorprendió sentir un nudo en la garganta—. Lleva unos días así. Oh, Link, ahí había... había imágenes. Nuestras. Había al menos una docena de imágenes tuyas. Y el mapa...

—¿Mías? Si no te conociera, diría que estás enamorada, Zelly.

—No tiene gracia —le espeté, y él sonrió a modo de disculpa.

—Lo sé —dijo—. ¿Hay algo que pueda hacer para animarte?

Dejé que me atrajera en su dirección, aunque no quise soltar la piedra sheikah.

—Pídeme matrimonio —mascullé.

—Cualquier cosa menos eso —rio él.

Suspiré, y el silencio se hizo después de eso. Link sostuvo la piedra sheikah por el otro extremo. Me sorprendió distinguir una pizca de tristeza en sus ojos también. Aquel artefacto lo había ayudado a recordar. Una vez fue lo único que llevaba consigo.

—Conseguiremos un mapa nuevo —me dijo en voz baja—. Seguro que Karud tiene alguno de sobra.

—Debería haberla estudiado más a fondo —suspiré—. Tenía tantas funciones... Seguro que no descubrimos ni la mitad. Pero supongo que ya es tarde para eso. —Sujeté la piedra sheikah con más fuerza y me puse en pie—. Se la daré a Prunia cuando volvamos a verla. Tal vez vaya a sernos útil en el futuro.

Dejé la piedra en mi bolsa de viaje. Luego la cerré con firmeza.

Cuando volví con Link, recordé que le había dicho que hablaríamos de lo ocurrido durante la reunión con Karud. Sabía que él no iba recordármelo; tendría que ser yo quien empezara.

—Creo que lo hiciste muy bien hoy —le dije. Él no cambió de expresión, pero tenía que saber a lo que me refería—. Supiste defender una causa justa. Eso es admirable.

Se ruborizó y no fueron imaginaciones mías en esa ocasión.

—Veo a ese niño de Onaona casi todos los días, Zelda. Y cuando pienso en todo lo que ha tenido que ver, yo... Necesitan un hogar. Y nosotros podemos dárselo.

Asentí, sonriendo.

—Se lo diremos —le prometí—. Y sobre lo que le dije a Karud...

—No estoy enfadado —me aseguró rápidamente.

—Lo sé. Pero debería habértelo contado. Karud no me volvió a hablar de eso, así que dejé de darle importancia.

Él se mantuvo en silencio, expectante. De modo que le conté lo ocurrido con Karud hacía unas semanas. Le dije que me había propuesto utilizarlo para atraer más voluntarios y que yo me había negado en rotundo. Al terminar, él guardó silencio por un largo rato, con la vista fija en el brasero. Estuvo así tanto tiempo que empecé a preocuparme, pese a que él había dicho que no estaba enfadado.

—Dime algo —acabé suplicándole.

—Podría funcionar —murmuró—. He viajado. Atraería gente. Yo...

—Ni se te ocurra —le dije—. No voy a usarte, Link. No quiero que ocurra lo mismo que en el Poblado Orni.

Él desvió la mirada.

—Por ti, lo haría —me dijo—. Lo haría sin quejarme. Y no me sentiría como si me estuvieras usando.

Puse una mano sobre su mejilla y lo obligué a mirarme.

—¿Querrías hacerlo? Olvídate de mí por un momento y dime con sinceridad que quieres hacer algo así. Dime que si Karud o cualquier otro te pidiera ir de aldea en aldea hablando de la reconstrucción, tú aceptarías sin pensártelo dos veces.

Abrió la boca, como muy seguro de sí mismo. Pero entonces vaciló y la cerró de nuevo. Le sostuve la mirada durante todo el tiempo, a la espera.

—No —dijo al final. No añadió nada más, pero eso fue todo lo que necesité.

—Tu lugar está aquí —le susurré—. Te dije una vez que nunca te usaría a ti para nada. Que tú nunca entrarías en ningún trato o negociación. Y lo que dije sigue estando en pie, Link.

Él besó la palma de mi mano y asintió en silencio. Pareció extrañamente tranquilo después de haber tenido aquella conversación, y yo también sentí algo de alivio. Me alegraba que hubiéramos resulto ese problema.

Los días siguientes pasaron muy deprisa. Con el tiempo, fui acostumbrándome al ritmo del trabajo en la construcción. Ayudaba en todo lo que podía e intentaba tomarme tiempo para conocer a todo el mundo. Entablé conversación con varios sheikah, que me hablaron de las familias que habían dejado atrás, en Kakariko. Ishi la curandera me contó que era la hija mayor entre varios hermanos, y que sus abuelos y bisabuelos aún vivían. Sel me habló de su padre; era uno de los guardias de Impa. Los goron respondieron todas mis preguntas sobre la Montaña de la Muerte y de lo extraños que éramos para ellos los hylianos. No entendían lo que era la familia como el resto del mundo. Todos ellos se consideraban una misma familia.

Link le devolvió la daga a Mavan de los zora. Él no quiso entablar amistad conmigo, aunque tampoco lo culpaba. Lo habíamos aterrorizado el día en que lo hicimos llamar. Lo único bueno era que no había vuelto a haber ningún incidente entre los zora y los sheikah.

Me di cuenta de que había estado evitando a la sacerdotisa. Ella estaba aislada del resto del grupo. Los hylianos del grupo de Artyb intentaban integrarla en ocasiones, pero muchos la miraban con desconfianza. Y, como sabía lo que era sentirse así, decidí acercarme a ella una mañana.

Estaba recogiendo escombros y madera podrida de una casa en ruinas. Había sido pequeña. Varias paredes seguían en pie, pero gran parte del edificio se había derrumbado.

—¿Puedo ayudarte? —le pregunté con una sonrisa amable.

Ella me miró. Su expresión no dejaba entrever nada.

—Como desees.

La ayudé a apartar piedra caída. Durante un rato, trabajamos en silencio. Hasta que recordé por qué estaba allí y carraspeé, armándome de valor.

—¿Cómo te llamas?

—Las que son como yo no tienen nombre —me dijo—. Lo abandonamos cuando entrenamos en la orden.

—Oh —murmuré. Eso no había sido así hacía un siglo. Las sacerdotisas seguían teniendo nombre—. No lo sabía.

—Pocos lo saben.

No sabía si estaba molesta o no, pero dejé de intentar averiguarlo. No obtendría resultado alguno.

—¿Qué haces aquí? —quise saber.

—Mi presencia ya no es bienvenida en el Templo del Tiempo —dijo sin dejar de trabajar—. Así que decidí probar suerte aquí.

—¿Y por qué ya no eres bienvenida? Si se puede preguntar, claro.

Me pareció que su máscara de indiferencia se agrietaba un poco.

—Tenía otras ideas. No estaba de acuerdo con muchas de sus decisiones. Yo sabía que no deberíamos empezar reconstruyendo el Templo del Tiempo. Cuando les di mi opinión, lo llamaron blasfemia. Y, como he estado extendiendo el mensaje, ya no soy bienvenida entre ellas.

Guardé silencio durante un rato, pensativa. Nunca había oído una cosa así, ni siquiera hacía cien años. Corrían rumores de sacerdotisas más rebeldes y menos devotas, pero eso era distinto.

—¿Ya no eres sacerdotisa?

Me sorprendió verla sonreír. Su sonrisa era tan parecida a las de las estatuas en las fuentes sagradas que me recorrió un escalofrío.

—Mis votos no pueden anularse. Pertenecer a mi orden es de por vida. Lo único que he hecho es alejarme una temporada. —Dejó de sonreír y continuó trabajando—. Tienes un espíritu fuerte, chica. Te llamas Zelda, ¿no? Todos te llaman así en el campamento.

—Es mi verdadero nombre —respondí, sonriendo.

—Ese nombre está muy ligado a las Diosas. Y tú... Siento que las deidades están a tu favor. Pueden ser solo coincidencias del destino, pero tu alma parece tan inquebrantable que podrías tener Su propia bendición.

Mi sonrisa desapareció poco a poco. El poder empezó a despertarse, pero me obligué a mantener la calma. Aquella mujer no tenía forma de saberlo. Era solo una hyliana más, de carne y hueso. Sus únicas sospechas se basaban en que me llamaba Zelda y podía liderar. Solo eso. No tenía por qué saber más que el resto.

—Gracias —conseguí decir. Miraba de reojo mis manos cada pocos instantes, por si empezaban a brillar.

—Soy yo quien da gracias.

Me mostró una sonrisa sincera por fin. La primera que veía por su parte. Conseguí relajarme. Aquella mujer no sabía nada de nada. No quién era yo, ni quién era Link ni lo que podía hacer. Estábamos a salvo.

Aun así, le di la primera excusa que pude encontrar para marcharme. La mujer no me desagradaba, pero me daba miedo perder el control en un arrebato de poder.

—Que las Diosas iluminen tu camino, Zelda —me dijo antes de que diera media vuelta para alejarme.

*

Las semanas se sucedieron rápidamente después de aquello. Durante ese tiempo, llegaron varios grupos más, sobre todo hylianos. No fue necesario utilizar las influencias de Link ni de cualquier otro; la noticia de la reconstrucción estaba extendiéndose por sí sola. Además de hylianos, también había llegado un grupo de orni desde Tabanta. No eran muchos, pero toda ayuda marcaba una diferencia. Tampoco me había esperado mucha ayuda por parte del patriarca orni, de todas formas.

Habíamos hecho avances con la construcción también. Los hylianos de Onaona habían aceptado quedarse en aquella aldea, aunque todavía quedaban asuntos por negociar. Ellos habían vivido de la pesca y, cuando la reconstrucción finalizara, tendrían que arreglárselas para subsistir. No quería dejarlos desamparados, de modo que estábamos haciendo esfuerzos por llegar a un acuerdo.

Aquella mañana, llegaron carros procedentes de Eldin y la región de los zora. Karud los recibió con alegría. También habían llegado cartas para mí. Sidon nos había escrito, al parecer, al igual que la matriarca Riju —su primera carta desde que empezáramos a reconstruir— e Impa. Dejé a Karud descargando el contenido de los carros y me moví por el campamento con cuidado de no chocar con nadie.

Estaba mucho más concurrido aquellos últimos días. El caos era tal que se nos estaba escapando de las manos. Sin embargo, poco a poco encontraríamos el orden de nuevo. Eso quería pensar, al menos.

Llegaba tanta gente de tantos lugares distintos que ya había desistido en lo de aprender los nombres de todo el mundo. Era una tarea prácticamente imposible.

Fui hacia Link que, para mi sorpresa, estaba hablando con dos orni. Al verme se despidió de ellos y se volvió en mi dirección.

—Puedes seguir con tu conversación —le dije con algo de reproche. Él no parecía molesto, sin embargo. Me miraba con una sonrisa radiante. Estaba de mejor humor, pero sabía que no había hablado con Artyb. De hecho, parecía estar evitándolo. Yo me había prometido no presionarlo, así que no iba a entrometerme. Por el momento.

—Lo sé. Pero prefiero tu compañía.

Me besó la punta de la nariz y me quedé sin palabras por un instante. Luego recordé que no me había pedido matrimonio todavía y sentí una pizca de irritación.

—Tenemos cartas nuevas —le dije. Él las examinó con atención.

—¿Riju? —murmuró, sorprendido—. ¿Es ella de verdad?

—Se ha dignado a responder nuestras cartas —asentí yo—. Lo leeremos luego.

Él sonrió, cogió mi mano y echó a andar de pronto.

—Tengo que enseñarte una...

Se interrumpió a sí mismo con un quejido de dolor. Me detuve al instante, preocupada, y vi que tenía una mano alrededor de la empuñadura de la Espada Maestra y la vista fija en el grupo que ayudaba a Karud a descargar el contenido de los carros.

—¿Link? —lo llamé en voz baja, sacudiéndole el brazo—. ¿Qué ocurre?

Él parpadeó y me miró de nuevo, pero sus ojos no tenían el mismo brillo de antes. Seguía aferrándose a la espada y a mi mano. Su agarre era casi doloroso.

—Me pareció ver a alguien —dijo. Luego torció el gesto—. Olvídalo.

Echó a andar de nuevo, y yo lo seguí con cautela. Mientras avanzábamos por el campamento, observé al grupo junto a los carros, pero no vi nada raro allí. En el campamento había mucha gente, de todas formas. Era fácil confundirse. O eso quise pensar.