LINK
Me pareció escuchar pisadas a nuestra espalda. Sin embargo, cuando me di la vuelta, el camino estaba desierto. Supuse que habría sido solo la Espada Maestra. Seguía oyendo su voz, que me alertaba en susurros. Había vuelto a oírla de pronto, con mayor fuerza que nunca. Y daba gracias por que se hubiera apagado poco a poco. Había olvidado lo que era sentir el dolor del espíritu en mi cabeza.
Sentí un escalofrío y me volví de nuevo, pero seguía sin haber nadie observándonos desde los arbustos. Maldije en voz baja mientras intentaba mantener la calma. Todavía me dolía la cabeza después de haber oído la voz de la espada. Diosas, había sido horrible. Pero eso no era lo peor de todo.
Zelda debió escucharme porque alzó la mirada con una pizca de preocupación. ¿Cómo demonios iba a ocultarle aquello?
—¿Estás seguro de que todo va bien? —me preguntó con suavidad—. ¿Quieres volver? Si te encuentras mal, podemos tomarnos el día libre.
Había encontrado un campo repleto de Princesas de la Calma mientras buscaba leña aquella mañana. Eran las favoritas de Zelda y ella se entusiasmaba cada vez que las veía cuando viajábamos. Había querido traerla para que las viera con sus propios ojos. Y ahora lo estaba estropeando todo.
—Estoy bien —le dije. Me arrodillé a su lado e ignoré su mirada cautelosa—. No están nada mal —añadí, señalando sus dibujos.
Ella vaciló un momento antes de responder.
—Me alegro de que te gusten. Si no tengo la piedra sheikah, tendré que arreglármelas de otra forma.
Había dibujado Princesas de la Calma. No era ningún experto, pero no lo hacía nada mal. Escuché un sonido extraño detrás de nosotros. Cuando me di la vuelta, no vi nada. De nuevo. Zelda suspiró.
—Te lo preguntaré una última vez —me dijo, mirándome a los ojos. En su voz no había nada amenazante. Solo preocupación—. ¿Qué te pasa? Sabes que lo entenderé, Link.
Vacilé por unos momentos. Algo me gritaba que debía contárselo. Debía contarle lo ocurrido con la espada y lo que había visto. Lo que había creído ver. Pero entonces pensé en las consecuencias que eso traería. Ella parecía feliz con los progresos que estábamos haciendo en la aldea. Se merecía poder sonreír y no tener que preocuparse por un peligro que la persiguiera nunca más. Ya había sufrido lo suficiente.
—Tuve una pesadilla —respondí al final, y me odié a mí mismo por hacerlo—. De esas que son horribles. Supongo que todavía la tengo en la memoria.
Era un mentiroso pésimo, y por lo tanto sabía que Zelda no iba a creérselo. De hecho, me miró con los ojos entornados.
—No te sentí dando vueltas anoche —repuso.
—Eso es porque intentaba no despertarte.
Se me quedó mirando durante un largo rato. Tenía la sensación de que podía leerme el pensamiento, y eso no me gustaba.
—Está bien —murmuró al final. Recogió su cuaderno del suelo—. Si te pasa algo más, ¿me lo contarás?
Asentí con la cabeza y ella resumió su tarea. La observé dibujar durante un rato. Hacía pruebas y, cuando no le gustaban, murmuraba cosas para sí misma y empezaba de nuevo. Me hubiera gustado ayudarla o divertirme con ella, pero estaba demasiado alerta. Tenía que concentrarme en los ruidos y en controlar el temblor de las manos. Ella ya sospechaba, pero no quería que supiera la verdad. No por el momento, al menos.
Suspiró al cabo de una hora, cerró su cuaderno y acarició los pétalos de una Princesa de la Calma cercana.
—Me alegra mucho que hayan podido sobrevivir —dijo en voz baja—. Es una flor maravillosa. Podríamos plantar algunas en casa.
—¿Sobrevivirían?
—Esa es la idea. Hace cien años, probamos ciertos métodos. Estoy segura de que alguno funcionará ahora también.
No respondí, y Zelda decidió volver al campamento después de eso. Permanecí detrás de ella durante el camino. A medida que nos acercábamos a la aldea, los ruegos de la espada se hacían más insistentes. Aunque, en el fondo, no sonaban como ruegos. Eran advertencias. Advertencias de que algo iba mal, muy mal. Y no tenía que decírmelo para que yo supiera el motivo.
Examiné nuestros alrededores con atención cuando estuvimos dentro del campamento. Todo el mundo me resultaba sospechoso. Había sheikah que llevaban la cara medio cubierta. Había hylianos que bajaban la mirada cuando pasamos junto a ellos. Sin embargo, quien estaba buscando no desviaría la mirada al vernos, de eso estaba seguro. Y, a menos que se hubiera teñido el pelo y hubiera encontrado una forma de que sus ojos fueran rojos, tampoco era un sheikah con la cara medio cubierta.
Miraba con más sospecha todavía a quienes se paraban a saludarnos. Sobre todo saludaban a Zelda; le hacían preguntas y ella mantenía la conversación. Yo estaba muy distraído para participar. Tanto que ni siquiera sabían de lo que estaban hablando. Solo podía buscar pelo rojo, cualquier tipo de arma escondida. Cualquier pista para acabar con aquello de una vez por todas.
—¿A dónde vamos? —le pregunté a Zelda mientras echaba a andar de nuevo. No iba hacia nuestra tienda. Me hubiera gustado encerrarme allí durante todo el día con ella. Así estaríamos solos, sin sospechosos y sin un posible asesino a nuestro alrededor. Allí estaríamos a salvo por el momento.
—Hay una reunión con Karud, ¿recuerdas? —me dijo—. Íbamos a hablar de...
—Onaona, lo sé —mascullé. Los hylianos de Onaona también estaban en peligro. ¿Y si a la asesina se le ocurría vengarse de ellos o seguir con su tortura? Ella estaba loca, y lo más peligroso de los locos era que se trataban de gente impredecible.
—Espero resolver este asunto de una vez por todas —replicó Zelda—. Te recuerdo que esto es culpa tuya.
—¿Culpa mía?
—Tú tuviste la brillante idea de ofrecerles quedarse aquí. Ahora estamos lidiando con las consecuencias.
—Ofrecérselo era lo justo, Zelda —murmuré—. Lo mínimo que podíamos hacer. Al menos había que intentarlo.
—Lo sé —susurró ella, cogiendo mi mano. Me sorprendió verla sonreír—. Y por eso eres mi favorito. Pero no quita que tengamos que negociar. Y que tú tengas que estar presente.
—Será un honor —dije con una mueca. Zelda rio, y su risa llenó mis oídos y, por un momento, me hizo olvidar la voz da la Espada Maestra. Pero luego su risa se perdió en el viento y aquel sonido agudo y estridente regresó.
Lo ignoré como pude mientras entrábamos en la tienda donde se celebraban las reuniones. Allí estaban Karud y varios antiguos habitantes de la aldea Onaona, incluida Namab, la madre de Resik. Me saludó con una sonrisa al verme entrar y yo intenté devolverle el gesto —sin éxito, a juzgar por su expresión preocupada—. Lo bueno era que al menos allí dentro no había ningún asesino. La voz de la espada sonaba más lejana, casi ahogada. Y, por el momento, me fiaba de ella. Tal vez estaba sufriendo cambios extraños últimamente, pero algo que nunca fallaba era su forma de detectar malicia. Estaba seguro de que, si la desenvainaba, estaría emitiendo un débil brillo.
—Toma, cielo —dijo Karud, tendiéndome una jarra de algo frío—. Te hace falta. Estás un poco pálido.
—¿Tiene... tiene...?
—No, por desgracia para ti. No le he puesto nada esta vez. Tenemos que estar sobrios para esta reunión; no puedes empezar a soltar estupideces ahora. Es solo fruta.
Asentí despacio y tomé asiento. Zelda hizo lo mismo a mi lado y aceptó su bebida. Di un sorbito y agradecí el frescor al instante. Al menos me aclararía un poco las ideas. Zelda me observaba con preocupación, pero yo fingí que no me estaba dando cuenta. No quería que se distrajera de la reunión con temas menos importantes. Entre los que estaba yo, por ejemplo.
Karud carraspeó y todos callaron al instante. Habló en voz alta y clara, aunque no lo hacía tan bien como Zelda. La voz de Zelda tenía algo que te envolvía y no permitía que dejaras de prestarle atención hasta que hubiera terminado de hablar.
—Acabemos por esto de una vez por todas —suspiró Karud—. Puede que la aldea no se ajuste a todas vuestras necesidades, pero sigue siendo una gran oportunidad. Además, no está tan lejos del mar. Necluda no es tan enorme.
—Son varias horas a pie hasta el mar —dijo Faln, de Onaona—. Y tendríamos que recuperar todos nuestros utensilios para pescar. Además, aquí tampoco tenemos barcos ni...
—Es una simple opción —dijo Karud. Reconocí el tono irritado que usaba conmigo en ocasiones, cuando le llevaba la contraria—. Por supuesto, habrá que ajustarse a ella. Las cosas se resuelven con tiempo y esfuerzo.
—Te recuerdo que ninguno de nosotros quiso estar en esta situación —replicó Namab. Me sorprendió verla enfadada. Me había parecido una mujer incapaz de sentir enfado por nadie. A mí me había perdonado por lo de su hijo.
—Os estamos ofreciendo una solución —intervino Zelda, porque Karud empezaba a alterarse—. Al menos tendréis un hogar propio, si no queréis regresar a Onaona.
—Me entran escalofríos solo de pensarlo —murmuró Namab. Luego pareció recobrar la compostura—. Os agradecemos la oferta, pero no todo puede resolverse de la noche a la mañana. Necesitamos tener la seguridad de que vamos a recibir ayuda una vez la aldea esté terminada. No podemos quedarnos desamparados.
—Nadie va a quedarse desamparado. No mientras yo pueda impedirlo —le prometió Zelda con firmeza—. Decidme lo que necesitáis y haremos lo posible por concedéroslo.
Karud suspiró de nuevo, pero sacó sus notas y se preparó para apuntar todo lo que Zelda decía.
Escuchaba a medias lo que decían. Namab y Faln nombraron cada problema y Zelda negociaba soluciones para cada uno de ellos. Al final, parecieron estar de acuerdo en concederles el material para construir botes y utensilios de pesca, caballos para hacer el viaje hasta la costa y rupias para subsistir mientras intentaban levantar de nuevo el negocio de la pesca. Zelda también tendría que correr la voz sobre la existencia de la aldea y considerar la compra de sus productos, cuando estuvieran disponibles.
—Tal vez podríais encontrar algún mercader que esté dispuesto a vender el pescado por todo Hyrule —murmuraba Faln—. Eso nos sería verdaderamente útil.
Dejé de escuchar en aquel punto, así que no supe si los demás estaban de acuerdo o negociaban un poco más.
En cambio, escuché el murmullo distante de la espada. Parecía casi una canción. Incluso cuando el espíritu gritaba de agonía por la malicia, todos los sonidos parecían rítmicos, melodiosos. Era extraño, aunque desde luego no era lo más extraño que había visto nunca.
Observé la entrada y salida de la tienda. Podía distinguir las sombras de quienes pasaban frente a la lona. Casi esperaba que la asesina entrara de pronto con un cuchillo en la mano y acabara con los habitantes de Onaona y con Zelda. Y yo habría fallado de nuevo entonces. No creía ser capaz de volver a levantarme si algo así ocurría. Solo de pensarlo sentía un dolor agudo en el pecho.
Me obligué a mantener la calma. El espíritu de la espada estaba más tranquilo. No había ningún peligro cerca, al menos por el momento. Si lo hubiera, ella ya me habría avisado.
En el fondo, deseaba que solo fueran imaginaciones mías. Que la asesina siguiera en las celdas del desierto, donde debía estar. Allí no nos haría daño y no podría llegar hasta nosotros. Diosas, cuánto lo deseaba. Aquellos últimos meses siendo libre, sin preocuparme por ningún peligro, habían sido maravillosos. Pero todo había sido demasiado fácil. Y las amenazas de la asesina hacia Zelda todavía estaban frescas en mi memoria. Ella había llorado al contármelo.
Aún estaban ultimando los detalles, pero decidí irme de la reunión antes. Zelda me miró con preocupación, pero yo forcé una sonrisa y le di un beso en la mejilla. Le dije que me iba a la tienda y le pedí que me diera las cartas recién llegadas, y luego salí de allí sin ofrecer más explicaciones.
La voz de la espada se hizo más clara allí. Una advertencia. Al instante me arrepentí de haber dejado a Zelda sola, pero sabría si algo estaba ocurriendo. La espada me avisaría, como siempre hacía.
Cuando llegué a la tienda, tomé asiento junto a la mesa y encendí una vela. Decidí empezar por la de Riju. Si algo había ocurrido con la asesina, ella debía saberlo.
Descubrí que había dos cartas. La primera era la más larga. Hablaba de las mejoras en el desierto y en la Ciudadela Gerudo; recibían más visitas, más rupias, y habían decidido expandir el comercio por el resto de Hyrule. También estaban empezando un proyecto de reconstrucción de los caminos del desierto y de varias ruinas repartidas por Gerudo. Habían enviado un grupo de gerudo a nuestro campamento para ayudar, y deberían llegar pronto.
Todo eran buenas noticias y podía imaginarme lo feliz que estaría Zelda al leer aquella carta. Sin embargo, abrí la segunda con manos temblorosas, temiendo lo que leería. Seguía estando escrita en la caligrafía de Riju, así que no me cabía ninguna duda.
«No sé hasta qué manos llegará esta carta —decía—, pero debéis saberlo. Ella ha escapado. Sucedió hace unas semanas, ni siquiera sabemos cómo. Estamos intentando encontrarla. Es peligrosa y está por ahí, campando a sus anchas. Tened cuidado.»
Era corto y simple, pero aun así sentí que todo daba vueltas cuando acabé de leer. Contemplé la carta por un largo rato. Era incapaz de sentir otra cosa aparte de confusión y algo frío, muy frío. Y de pronto estaba de pie, con la carta aún en la mano. La doblé de nuevo y la metí en mi bolsa de viaje mientras la voz de la espada resonaba en mi cabeza. Escondí la carta en lo más profundo de la bolsa. Zelda no podía verla. Si la viera, se hundiría más que yo.
Ahora no tenía ninguna duda. La asesina había escapado y estaba en el campamento. La Espada Maestra nunca fallaba en eso. Estaba en nuestro campamento, esperando el momento oportuno para provocar una catástrofe.
Pero no lo haría. Acabaría con todo aquello antes de que ocurriera algo. Llevábamos demasiado tiempo huyendo. Estaba agotado y estaba asustado, y era todo lo que podía hacer. Si tenía que matarla, lo haría. Y luego todo volvería a la normalidad sin que nadie hubiera sufrido. La encontraría. La encontraría y la mataría de una vez por todas. Era nuestra última opción; el camino que ella había decidido seguir.
No leí la carta de Impa ni la de Sidon, pero sí le escribí a la anciana sheikah. Escribí un mensaje simple, escueto, similar al de Riju. Luego lo guardé en mi bolsa de viaje también. Se lo entregaría a los mensajeros más tarde. Siempre se quedaban unos días en el campamento.
Estaba terminando de guardarlo todo cuando Zelda entró en la tienda. Disimulé sacando una manzana. Tendría que fingir y ser convincente. Ella ya sospechaba, pero esperaba poder mantenerla al margen por unos pocos días más, como mínimo. Hasta que la asesina se decidiera a aparecer.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté. Ella aceptó la manzana que le tendía sin apenas pensar en lo que hacía. Lo notaba en su expresión distante.
—Mejor de lo esperado —respondió Zelda mientras comía—. Se mostraron más amables al final. Bueno, tú lo viste. Tampoco ocurrió mucho más después de que te fueras.
Asentí mientras me obligaba a comer también. Sentía que estaba al borde de vomitar el desayuno y la bebida de frutas de Karud, pero Zelda no podía darse cuenta. De lo contrario pensaría que estaba enfermo y no me dejaría salir de la cama. Y necesitaba estar fuera de la tienda para enfrentarme a la asesina.
—¿De dónde vas a sacar tantos caballos? —quise saber.
—De Kakariko, a lo mejor. —Me miró con una sonrisa inocente—. O tal vez tú podrías domarlos. Se te dan bien los caballos.
—¿Yo? ¿Domar docenas de caballos?
—Solo unos pocos, Link. Es por una causa justa, como tú mismo has dicho. Y hay que hacer sacrificios.
—Lo pensaré —murmuré. Ella sonrió todavía más y me odié por estar mintiéndole. No me la merecía.
—Eres el mejor —susurró y me dio un beso en la mejilla. Cuando se separó, miró las cartas con ojo crítico—. ¿Las has leído?
Sacudí la cabeza.
—Solo la de Riju. Te gustará, ya lo verás.
Me miró con una ceja alzada, pero la animé a que leyera la carta. Ella tomó asiento y, mientras leía, yo alternaba entre Zelda y la entrada de la tienda. La distancia no era muy grande; podía llegar muy deprisa corriendo si alguien entraba. Intenté concentrarme en eso, pero no podía evitar fijarme en como el rostro de Zelda se iluminaba mientras leía. Cuando terminó, se volvió para mirarme con los ojos brillantes.
—Pensaba que se habían arrepentido —dijo—. Oh, ahora me siento culpable. —Se puso en pie para estar a mi altura. Aún sujetaba la carta entre las manos—. A veces me resulta difícil creer que esto esté funcionando de verdad —me confesó en voz baja.
—A mí no —repliqué—. Desde el principio sabía que esto iba a funcionar.
—Tú y tu eterna sabiduría —rio ella—. ¿Y cómo demonios podías saber eso?
—Por que tú estás al frente de todo. Siempre consigues lo que quieres.
Zelda rio de nuevo, pero entonces bajó la vista hacia el suelo. Eché un último vistazo a la entrada de la tienda, pero allí no había ninguna sombra. Ni siquiera se oía nada.
—Todo está yendo tan rápido —suspiró ella—. Me preocupa que las cosas estén cambiando demasiado deprisa. —Me miró otra vez—. ¿No sientes como si algo malo fuera a ocurrir? Las cosas han ido bien durante mucho tiempo.
Oh, no tenía ni idea. Tenía la certeza de que algo malo iba a ocurrir. Sabía que mi mentira no le resultaría creíble ahora.
—Todo irá bien —le dije—. Me aseguraré de que no pase nada malo. —Le di unos golpecitos a la Espada Maestra, junto a mi cintura—. Tengo una espada aterradora, ¿recuerdas?
Tomó mi rostro entre sus manos. Estaban frías, y me sorprendió sentirla temblar.
—La espada... No has vuelto a oírla, ¿verdad?
Cerré los ojos, porque si la miraba diría la verdad. Y no podía hacerle eso. No ahora.
—No.
—Si vuelves a oírla, ¿me lo dirás?
Vacilé por un instante. Y, como sabía que las palabras me fallarían, me limité a asentir con la cabeza. Zelda no volvió a sacar el tema ni me hizo más preguntas.
Leímos las cartas de Impa y Sidon. Impa nos felicitaba por los avances que estábamos haciendo y decía que el puente de Kakariko estaba siendo todo un éxito. Recibían más viajeros en Kakariko porque los caminos eran más seguros. Sidon también alababa nuestro progreso y, similar a las gerudo, explicaba que estaban haciendo avances en Lanayru. Arreglaban caminos y ruinas, y Sidon animaba a su pueblo a viajar.
Después de leer las cartas y contestar a cada una de ellas, Zelda y yo salimos de la tienda para ayudar con la reconstrucción. Cogí su mano y la atraje en mi dirección, pero ella no se lo tomó como un gesto extraño. Me mantuve alerta mientras avanzábamos por al campamento, hacia las ruinas de la aldea. Sospechaba de cualquier mirada que permaneciera demasiado tiempo sobre nosotros. Especialmente sobre Zelda. Pero no vi pelo rojo por ninguna parte.
La asesina podía estar en cualquier rincón. Habíamos cometido un error dejando a tanta gente entrar sin control alguno. Sin saber sus verdaderas intenciones. No le habría resultado difícil averiguar dónde estábamos ni tampoco cómo colarse en el campamento. ¿Atacaría durante la noche? Sería el mejor momento; todo el mundo acababa agotado después de un día de trabajo. Solo tendría que entrar en nuestra tienda. Nadie la vería, porque nadie montaba guardia. Por fortuna, yo sí pensaba hacerlo.
Seguimos las instrucciones de Kara para construir una casa. Karaden y Karader también estaban allí, y al poco rato se unieron Shak y un orni de plumas oscuras llamado Tenli. Shak parecía llevarse bien con los orni. Supuse que eran tan arrogantes como él. También hablaba con los sheikah. En realidad, Shak hablaba con todo el mundo.
Me habría gustado conocer mejor a Tenli, pero no podía concentrarme en la conversación, por mucho que quisiera. La espada palpitaba con urgencia y no podía dejar de buscar a la asesina con la mirada. Tenía que encontrarla. Tenía que acabar con aquello de una vez por todas, antes de que la situación fuera a peor.
Aquella noche, dejé la Espada Maestra muy cerca. No tener contacto con ella ayudaba. Disminuía el dolor de cabeza y el sonido de su voz llena de agonía. Pero seguía estando ahí, avisándome de que no bajara la guardia. Zelda permanecía ajena a todo, cepillándose el pelo en un rincón de la tienda. Estaba a solo unos pocos pasos de mí, pero la sentía extrañamente lejana.
—Karud cree que ya somos suficientes para dividirnos en varios grupos —anunció de pronto.
Alcé la vista de la espada de golpe.
—¿Qué? —solté como un idiota—. ¿Por qué no me lo ha contado a mí también?
Zelda sonrió y se sentó a mi lado, sobre las mantas. El pelo le brillaba y caía por sus hombros como una cortina perfecta. Nada me apetecía más que enterrar la nariz allí para comprobar si olía tan bien como yo creía, pero tenía que vigilar la entrada de la tienda.
—No hubo ninguna reunión ni nada de eso —me dijo—. Me lo contó antes de volver. Seguro que, si te hubiera visto, te lo habría dicho a ti también.
Solté un gruñido. No estaba molesto, en realidad. Pero las pulsaciones de la Espada Maestra conseguían irritarme.
—¿Estás celoso, Linky? —bromeó ella, dándome un leve codazo en las costillas—. Te recuerdo que yo no estoy nada celosa por esos regalitos que recibes cada día de tus amigas.
Se me escapó otro gruñido, y en esa ocasión sí estaba molesto. La madre de Resik me traía pastel de manzana con regularidad porque al parecer había descubierto que era mi favorito. Otras chicas del campamento se habían animado a traerme pastel de manzana también, entre otros tipos de pastel, como si fuera una propuesta de matrimonio.
—No son mis amigas. Ni siquiera sé cómo se llaman —mascullé—. Les he dicho que no quiero nada, tú ya lo sabes. Diosas, voy a acabar odiando el pastel de manzana.
—¿Solo el de manzana?
—Fue el que lo empezó todo.
Zelda rio. Me permití concentrarme solo en su risa por un breve instante antes de regresar a la realidad.
—Pobrecito Linky. Tiene dulces admiradoras que le traen comida aún más dulce. Qué vida tan miserable debe llevar...
—No son admiradoras —repuse—. Seguro que están riéndose de mí.
—Te sorprenderías si supieras la verdad —murmuró ella. Luego añadió, en voz más baja—: Que sepas que yo ya odio el pastel de manzana por culpa de esas chicas.
La miré, boquiabierto, aunque ella tenía la vista clavada en las mantas.
—Estás celosa —le dije—. Por Hylia, tú estás celosa.
—No he dicho eso en ningún momento.
—Vamos, Zelda —resoplé—. Hiciste pastel de manzana una vez. Te salió bien. Esperaba que me enseñaras a hacerlo cuando estuviéramos en casa.
—Tú ya sabes hacerlo —dijo con el ceño fruncido.
—No tan bien como tú.
Ella puso los ojos en blanco. Eché otro vistazo a la entrada, pero allí no se movía nada. La espada no me hablaba con más urgencia. Acerqué a Zelda a mí, como si así pudiera protegerla de todo.
—Pídeme matrimonio y me pensaré lo del pastel —masculló Zelda.
En cualquier otro momento, me habría reído. Pero estaba demasiado asustado para reírme, así que solo sonreí.
—¿Esa es la única solución?
—Tu única solución, sí.
—Entonces no habrá pastel en una temporada —suspiré. Ella torció el gesto a mi lado, aunque sabía que estaba esforzándose por ocultar su dececpión—. Zelda —le susurré—, te lo pediré antes de que cambie la luna. Lo juro por mi espada y por... por lo que tú quieras. Lo juro.
Me miró con los ojos muy abiertos. Ambos sabíamos que el próximo cambio de luna sería dentro de una semana y tres días. Tiempo suficiente para deshacerme de la asesina. Sentí un escalofrío al pensar en ella de esa forma. Odiaba matar. Pero si debía hacerlo, lo haría.
—¿De verdad?
—Acabo de jurártelo.
Para entonces seríamos libres por fin. Ningún peligro perseguiría a Zelda. Ella sonrió con timidez.
—Bien. Estupendo.
Estaba entusiasmada. Entusiasmada de verdad. Diosas, no debería haberla hecho esperar tanto. Había sido un idiota. Podríamos haber estado casados ya.
—Puedo pedir que no me den más pasteles, si quieres.
—No —respondió ella—. No estoy celosa. Por Hylia, crees que no te conozco. Hacen falta más cosas que un pastel para ganarse el corazón de ser Link de Hatelia. Además, los pasteles no están nada mal.
—¿Estás segura?
Sonrió ampliamente y asintió. Luego me besó. Estaba de mejor humor por lo del matrimonio, pero eso me entusiasmaba a mí también. En ocasiones me resultaba difícil de creer que una mujer como Zelda quisiera contraer matrimonio conmigo y unirse a mí de esa forma. Pero, cuando recordaba la manera en que me miraba en ocasiones, cuando creía que yo no me daba cuenta, todo cobraba sentido. Estaba tan condenada como yo.
Aquella noche permanecí despierto, con Zelda muy cerca de mí. La Espada Maestra estaba justo a mi lado. Me sobresaltaba con cualquier ruido, incluso por el silbido del viento al azotar la lona de la tienda. Por suerte, no desperté a Zelda.
Después del amanecer, me separé de Zelda con cuidado y la arropé con las mantas. Odiaba dejarla allí sola, pero no iba a alejarme de la tienda. Me puse las botas y la túnica y sujeté la vaina de la Espada Maestra a mi cinturón. Luego salí de la tienda de puntillas.
Hacía frío aquella mañana, así que cerré la tienda rápidamente para que Zelda no lo sintiera. Las brumas del amanecer se arremolinaban a mis pies y el cielo tenía un brillo gris. Los constructores de Karud ya estaban fuera, y me saludaron con energía al verme frente a la tienda. Me cubrí con la capucha y, tras asegurarme de que no hubiera nadie más observándome, fui hacia los caballos. No se encontraban muy lejos de nuestra tienda. Solo estaban a unos pocos pasos. Podía vigilar la tienda de cerca y entrar corriendo si hacía falta. Por el momento, la espada solo susurraba.
Les di de comer y de beber a los caballos que habían venido con los carros. Por último, me acerqué a Viento y Calabaza. Les di de comer a ambos también.
—Buena chica —le susurré a Calabaza. Tenía trencitas en la crin, supuse que por obra de Zelda. Había intentado enseñarme, pero había sido en vano. Tenía los dedos demasiado torpes para trenzar nada—. Te quedan bien —le dije, pasando una mano por las trenzas.
Viento bufó sobre mi pelo. Hice una mueca y aparté su hocico con cuidado. Luego me sacudí el pelo.
—Sabes que odio que hagas eso. Sobre todo en mi pelo —mascullé. Él se me quedó mirando con sus ojos oscuros. Observé la tienda durante un rato mientras acariciaba las trenzas en la crin de Viento—. Si Zelda tiene que irse contigo a algún sitio —susurré, mirando al animal a los ojos—, la llevarás lo más rápido que puedas. Nada de cocear y encabritarse.
Viento parecía profesarle bastante afecto a Zelda. No creía que fuera a hacerle nada. Pero ella solo había montado en Viento sin mí unas pocas veces, y a Viento no le gustaba la gente nueva. Era desconfiado. Pero Zelda le gustaba.
—Hazlo por mí —concluí en voz baja. Luego me separé de Viento para darle de beber. Sin embargo, de pronto escuché un leve sonido a mi espalda.
Desenvainé la espada y me di la vuelta al instante, esperando cualquier cosa. Me preparé para salir corriendo hacia nuestra tienda.
Pero solo vi a Artyb, que me miraba con los ojos llenos de temor y una especie de veneración mientras examinaba la espada de cerca.
—Baja eso, chico. Ni siquiera voy armado.
—Un herrero debería ir armado.
Él soltó una carcajada, aunque luego tosió. Envainé la espada tras mirar hacia la tienda de nuevo. No había nadie alrededor.
—Soy herrero en mi tiempo libre —dijo—. El resto del tiempo puedo ser cualquier cosa.
—Ya veo —gruñí mientras le daba de beber a Viento.
—Tú no eres muy distinto.
Lo miré por encima de mi hombro con el ceño fruncido. Él sonrió. Recordé las miles de sonrisas que le había visto a mi hermana y sentí como la cabeza me empezaba a doler de nuevo.
—Todo el que te vea diría que eres un guerrero. Pero creo que eres mucho más que eso.
—¿Ah, sí?
—Te gustan los caballos —dijo. Se acercó a Viento, que ya lo miraba con desconfianza—. Te he visto negociar con Karud, y él es muy testarudo. Tu amiga y tú sois los únicos que han logrado hacerlo cambiar de idea desde que lo conozco. Me imagino también que has visto mundo, ¿no?
No respondí. Artyb dio otro paso hacia Viento y entonces el animal empezó a cocear. Me apresuré a agarrarlo por las riendas porque no quería que aquel anciano muriera de una coz, fuera familia mía o no, pero Artyb me sorprendió adelantándose. Sujetó las riendas con firmeza y miró al caballo a los ojos. Luego empezó a susurrarle, con una mano sobre su hocico. No pude oírlo todo, pero sabía que eran palabras dulces, palabras gentiles. No serían muy distintas a las que yo mismo utilizaba.
Permanecí en silencio, mirándolos, hasta que Viento empezó a calmarse por fin. Entonces Artyb metió una mano en las alforjas sin mi permiso y sacó una manzana. Viento la aceptó y eso hizo que la irritación despertara de nuevo.
—No eres el único con buena mano para los caballos —dijo, sonriendo. ¿Por qué no podía dejar de sonreír?—. Tuve muchos mientras viajaba. Nunca les ponía nombre, ¿sabes? Me parecía una estupidez. Así que mis caballos nunca siguieron esa norma tonta.
—Bueno —mascullé mientras recuperaba las riendas y cerraba las alforjas de Viento—, nadie toca a mi caballo sin mi permiso. Esa es mi norma tonta.
—Es inevitable que alguien toque a tu caballo —repuso Artyb. Parecía divertido, aunque yo no me estaba divirtiendo en absoluto—. Tu amiga Zelda puede tocarlo.
—Mi amiga Zelda es la única excepción.
Intenté mantenerme ocupado para no mirar a Artyb. Fingí que había algo que arreglar en la silla de Calabaza mientras él me observaba con atención. Zelda me había dicho que hablara con él, y sabía que ella tenía razón. Hablar siempre era lo más sensato. Pero era un completo cobarde y me daba miedo lo que fuera a decirme. Y ahora estaba demasiado distraído para preocuparme por Artyb.
—Creo que me has estado evitando —dijo Artyb de pronto, en un tono más suave.
Aproveché que estaba de espaldas a él para cerrar los ojos por un breve instante. Había esperado no ser tan obvio.
—Eso no es verdad.
—He intentado hablar contigo casi cada día. Siempre te marchas o dices que tienes algo que hacer. Vamos, Link. No te culpo. Lo que ocurrió el otro día...
—Siento lo del otro día —dije, interrumpiéndolo. Me di la vuelta e intenté poner buena cara. Los alrededores de la tienda seguían despejados—. No debería haberme marchado así. Yo...
—Muchacho idiota, sé quién eres. Deja de intentar esquivar todo lo que te digo. A estas alturas, ningún mocoso como tú puede engañarme.
El corazón se me detuvo, aunque la sorpresa duró poco, porque de pronto estaba enfadado. Sabía que no estaba siendo razonable y que aquel anciano no se lo merecía, pero no podía hacer nada por remediarlo.
—Tú no tienes ni idea de quién soy —le dije con lentitud. Me aferraba a Viento como si la vida dependiera de ello.
—Oh, creo que sí. Después de años y años buscándote, es un alivio tenerte aquí por fin.
Sacudí la cabeza.
—Estás loco.
—Sé que tu amiga Zelda es más que una jovencita cualquiera. No es casualidad que se llame Zelda y que quiera reconstruir Hyrule. Tampoco es casualidad que hable como una noble del siglo pasado.
—Déjala en paz —le advertí en voz baja—. Di todo lo que quieras de mí, pero ni se te ocurra hablar de ella.
Artyb se quedó boquiabierto. Tuve la sensación de que se me estaba escapando algo importante.
—Creo que no me estás entendiendo —rio él—. No estoy amenazándote ni amenazando a tu amiga. Que las Diosas me lleven antes de que eso ocurra. Solo quiero que me escuches.
—Estoy escuchándote —murmuré. Zelda me había dicho que escuchara. Que hablara con él, por mucho que me asustara.
Artyb pareció perdido entonces, como si ya no supiera qué decir. Suspiró y dio un paso en mi dirección. No bloqueaba mi visión de la tienda, por suerte.
—No pretendo asustarte —dijo en voz baja—. Pero creo que te mereces saberlo todo. Diosas, te lo mereces más que nadie.
—¿De qué demonios estás hablando? —Empezaba a enfadarme otra vez.
Artyb dudó un instante. Luego puso una mano sobre mi hombro.
—Mañana —empezó—, vendré aquí otra vez, a mediodía. Iremos a mi tienda. No va a ser fácil, así que intenta ir preparado. Voy a contarte cosas que no quieres oír.
—¿Mañana? —repetí, frustrado—. ¿Por qué no hoy?
Él sonrió y sacudió la cabeza.
—¿Tienes prisa, muchacho? Yo he tenido que esperar durante días hasta que tú te dignaras a escucharme. Ahora tendrás que tener tú un poco de paciencia.
—Muchas cosas podrían pasar de hoy a mañana —murmuré—. ¿Y si me muero esta misma noche?
Artyb se detuvo. Supuse que no había esperado que bromeara. O tal vez el chiste no le hubiera resultado gracioso. Sin embargo, de pronto sonrió.
—Intenta no morirte, en ese caso. —Me dio un apretón en el hombro—. Tu padre tenía el mismo sentido del humor pésimo. Casi tan malo como el tuyo.
No dije nada porque no sabía qué decir. Se me pasaron tantas cosas por la cabeza que no pude sacar una idea clara. Todas se mezclaban entre sí. Artyb sonrió con tristeza.
—Mañana a mediodía. Recuérdalo.
Se despidió de Viento y luego se marchó de allí. Observé como se dirigía hacia el grupo de constructores de Karud, que lo saludaron con alegría. Escuchaba sus risotadas desde allí.
Supuse que no tenía sentido pensarlo demasiado. Al día siguiente lo sabría todo. No iba a evitar la conversación con ese hombre; ya lo había pospuesto demasiado. Ahora debía concentrarme en asuntos mucho más importantes.
Lo recogí todo y fui hacia la tienda. Sentí alivio al ver a Zelda, sana y salva sobre las mantas.
—He hablado con Artyb —le dije durante el desayuno.
La expresión de Zelda se iluminó.
—¿De verdad? Por Hylia, te ha llevado semanas. ¿Qué te ha dicho?
—Sabe quiénes somos —le dije en voz baja, aunque no había nadie a nuestro alrededor—. No creo que lo cuente. Quiere hablar conmigo mañana.
—Supongo que era de esperar. Si es familia tuya, tiene que saber quiénes somos. Prométeme que no vas a echarte atrás en el último momento —me pidió con un brillo de advertencia en los ojos—. He intentado mantenerme al margen, Link. Pero si no vas tú solo, tendré que arrastrarte yo misma.
Sonreí a medias.
—No voy a echarme atrás. —Cualquier posibilidad de hacerlo acababa de hacerse pedazos con lo que ella me había dicho, de todas formas.
Más tarde, ella y yo estábamos ayudando en la reconstrucción. Había pocos orni, pero todos aceptaban los trabajos que se les asignaban sin quejarse. Me sorprendía. Los orni tenían fama de ser arrogantes.
A mí siempre me pedían que golpeara algo. En ocasiones me hacían trasladar cosas de un sitio a otro, pero solían ser materiales muy pesados y sabía que no tenía pinta de ser muy robusto. Por ello, golpear era lo más común. Habían descubierto que se me daba bien y lo aprovechaban siempre que podían. A mí no me molestaba. Así trabajaría los brazos. No tenía oportunidad de entrenar, con la Espada Maestra en aquel estado.
De pronto sentí el brazo de alguien sobre mis hombros y estuve a punto de desenvainar. Pero entonces vi a Karud.
—Link, querido, llevas toda la mañana trabajando. ¿No te apetece un descanso?
Miré a Zelda, que no dijo nada. Me encogí de hombros y dejé que Karud me apartara del resto, aunque mantuve a Zelda en mi campo de visión.
—¿A qué huele? —murmuré, olisqueando el aire. Miré a Karud con el ceño fruncido—. ¿Eres tú?
—Efectivamente. ¿Te gusta?
Karud desprendía un olor tan dulce que me entraron ganas de estornudar.
—No —respondí.
Él me miró con los ojos entornados. Esperaba que soltara algún insulto pero, para mi sorpresa, no lo hizo. Supe entonces que estaba buscando algo de mí.
—Le pedí consejo a Zelda. Ella me dio uno de sus aceites, así que es culpa suya.
Lo olisqueé de nuevo, esa vez con más disimulo. Era cierto que desprendía un olor similar al de Zelda cuando volvía de darse un baño y estaba de buen humor, pero ella nunca se ponía una cantidad tan exagerada.
—Ella huele mucho mejor que tú.
Karud se aferró a mi hombro con más fuerza y lo miré con mala cara. Se giró para mirar en dirección a la aldea, que ya no se parecía tanto a un montón de ruinas.
—Mira todo esto. La reconstrucción está avanzando tan deprisa que creo que hemos alcanzado un límite. —Suspiró—. Somos demasiados.
—Somos muchos —puntualicé—. No demasiados.
—Somos demasiados —repitió él, y solté un bufido—. Y creo que ha llegado el momento de dividirnos.
—Lo sé —repliqué—. Zelda me lo dijo ayer.
Karud me miró, sorprendido.
—¿Ah, sí? ¿Y qué opinas?
Me encogí de hombros. Karud pedía mucho mi opinión últimamente y, por extraño que pareciera, no me incomodaba. Ya me había acostumbrado a que quisieran saber lo que pensaba, incluso.
—Si es bueno para Hyrule, supongo que será una buena idea.
—Bien —sonrió él—. Tengo una idea de cómo vamos a dividirnos. Los grupos tienen que están equilibrados, ¿entiendes? Y para eso necesitamos un líder que vaya con ellos. ¿Me sigues?
—Te sigo.
—Espléndido. —Se colocó frente a mí—. Estamos Zelda, tú y yo. Así que...
—¿Me consideras un líder? —le pregunté, sorprendido.
—Por supuesto que sí. No lo haces tan bien como Zelda y como yo, pero tú también eres importante. —Me quedé boquiabierto, pero Karud siguió hablando, sin hacerme caso—. Zelda, tú y yo. Si nos dividimos en tres grupos, Zelda iría con uno, yo iría con otro y tú... tú irías con el último. ¿Qué te parece?
Parpadeé, sin saber qué decir.
—Espero que sea una broma.
La sonrisa de Karud se marchitó un poco.
—Link, cielo...
—Vamos a casarnos —le dije, y Karud cerró la boca de golpe—. No pienso alejarme de ella ahora. Yo voy con Zelda. Envía a Karid o a Karad. Seguro que tienes gente. Además, no sabría liderar yo solo. Así que no cometas el error de enviarme a mí.
Karud emitió un sonido extraño y yo le sonreí con una pizca de simpatía. Había más razones por las que no quería estar lejos de Zelda. Sobre todo ahora. Pero él no tenía por qué saber eso. No era asunto suyo.
—Oh, Link, no lo sabía. Yo...
—No le digas nada a Zelda —le pedí. Ella nos miraba con curiosidad desde el otro lado de la aldea.
—No diré nada. Tienes mi palabra, jovencito.
Asentí, le di las gracias y di la conversación por terminada. Karud no intentó detenerme. Volví al trabajo con Zelda, pero ella no hizo ninguna pregunta.
Por la tarde, Zelda regresó al lugar donde crecían Princesas de la Calma, a las afueras del campamento. Empezó a examinar las flores como si estuvieran ocultando algo. Acabó con las manos y la falda del vestido llenas de tierra, pero no parecía importarle. De pronto, maldijo en voz baja.
—Me he dejado las notas en la tienda —murmuró—. Iré a buscarlas.
Fue a ponerse en pie, pero yo la detuve.
—Iré yo. ¿Están donde siempre?
Zelda sonrió.
—Qué caballeroso, Linky. Están donde siempre.
Asentí y fui de vuelta al campamento. Karaden y Karader estaban cerca del campo de Princesas de la Calma. Zelda no estaría sola. Y prefería que se quedara allí, con amigos, a que fuera sola al campamento, donde se encontraba la asesina. De todas formas, caminé lo más rápido que pude.
Los alrededores de la tienda estaban desiertos. Aun así, el corazón empezó a latirme más deprisa cuando la voz de la espada resonó con fuerza de nuevo. Palpitaba y gritaba de agonía. Cerca, me pareció que decía. Cerca, cerca, cerca.
Sin embargo, cuando examiné nuestros alrededores por enésima vez, no vi nada de nada. Algo frío me recorrió por dentro al pensar que podría estar en nuestra tienda. Lancé una plegaria silenciosa y empecé a sacar la espada de su vaina. Aparté la lona y me asomé, preparado para cualquier cosa, pero en el interior no había nadie. Lo revisé todo, aunque no había muchos lugares donde esconderse. Sin embargo, de pronto algo crujió bajo mi bota. Era un papel amarillento. Tenía algo escrito.
«A medianoche.»
No era la caligrafía de Zelda ni tampoco la mía. No era la de Karud ni la de alguien que conociera. Así que cogí el papel, lo rompí en pedazos y los lancé al brasero. Tenía miedo, pero la ira me guiaba por el momento. Prefería eso al miedo. Aquella noche, todo acabaría. Por fin.
Cogí el cuaderno de Zelda y, cuando salí de la tienda, vi a una figura encapuchada a bastantes pasos de distancia. Tenía forma de mujer. Asintió al verme, y supe al instante quién era. Algo se me congeló por dentro, pero decidí esperar a medianoche. No íbamos a resolverlo todo en plena luz del día. La asesina desapareció entre los arbustos y yo me obligué a respirar. No era tan difícil.
Me descubrí corriendo para volver con Zelda. Sabía que a ella no podía haberle ocurrido nada, pero aun así sentí alivio cuando la vi junto a sus flores.
—¿Por qué has tardado tanto? —dijo, sonriente—. ¿Te has perdido por el camino?
Negué con la cabeza y me senté a su lado. Así no vería cómo me temblaban las piernas.
Permití que siguiera dibujando flores. Más tarde, regresamos al campamento y compartimos una cena junto a Karel, Kara y Karenne. Yo me obligué a comer algo, pero no pude participar en la conversación. Divisé a Shak cerca, entre las tiendas, y decidí que no habría una oportunidad mejor que aquella.
—Vuelvo enseguida —le dije a Zelda, y luego me puse en pie, dejando atrás el cuenco aún medio lleno de la cena.
Fui hacia Shak, que me recibió con una sonrisa.
—Un día duro, ¿eh? Incluso para el poderoso Héroe de Hyrule.
Tiré de él hacia un rincón más apartado. Cuando me volví para mirarlo, Shak tenía el ceño fruncido y un brillo de sospecha en los ojos.
—¿Estás borracho? —me preguntó. Se me escapó una carcajada seca.
—Ojalá lo estuviera.
—Vale. No estás borracho. ¿Qué demonios te pasa?
Lo miré a los ojos y él me sostuvo la mirada. Diosas, estaba haciendo el ridículo. Iba a poner un peso muy grande sobre sus hombros, y sabía muy bien lo frustrante que era eso.
—Necesito que me hagas un favor. Uno horrible. El peor de todos.
—Me estás asustando —dijo él, aunque todavía intentaba parecer alegre. No lo consiguió, pero no se lo tuve en cuenta.
—¿Recuerdas a la asesina que nos perseguía? ¿La del clan Yiga? —Shak asintió y yo tuve que tomar aire antes de continuar—. Se... se ha escapado. Estaba en una prisión, en el desierto, pero se ha escapado. Y ahora está... está aquí.
Su rostro perdió color y por un instante estuve convencido de que iba a derrumbarse allí mismo. Sin embargo, no lo hizo. Miró a nuestro alrededor y, tal vez fueran imaginaciones mías, pero me pareció ver como se estremecía.
—¿Estás seguro? —susurró.
—La he visto. Dos veces. Quiere que nos veamos a medianoche. Creo que voy a matarla.
Shak se pasó una mano por el pelo.
—Diosas, esto es una locura. ¿Zelda lo sabe?
—No. Y quiero que siga siendo así.
—Esto es de locos —repitió—. Déjame ir contigo, Link. Te cubriré. Por si acaso.
—No —respondí. No iba a ponerlo en peligro a él también—. Iré solo. Pero necesito que hagas algo por mí.
—¿El qué? —murmuró, aunque parecía perdido.
—Si esto sale mal o... o si algo me ocurre, cuida de Zelda. Cuéntaselo todo. Y mata a esa asesina por mí.
Me observó con un brillo calculador en los ojos. Muchos sheikah me habían mirado así.
—Nada va a pasarte. Por Hylia, eres prácticamente invencible. Te has enfrentado a cosas mucho peores que esa... esa...
—No soy invencible —le dije en voz baja—. Prométeme que harás eso por mí, por muy improbable que te parezca. Sé que no tengo ningún derecho para pedírtelo, pero no hay nadie más.
Odiaba rogarle y odiaba tener que pedirle aquello, pero era mi única alternativa.
Shak me agarró de la muñeca de pronto. Había determinación en sus ojos.
—Lo haré —dijo—. Tienes mi palabra.
Supuse que aquello se trataría de algún saludo sheikah. Cuando me soltó, suspiré, incapaz de mirarlo.
—Gracias —murmuré.
—No va a pasarte nada esta noche, Link, ¿me has oído? Ella no tiene ninguna oportunidad contra ti. Ninguna. Así que vas a matarla y luego volverás sin un solo rasguño, como siempre haces.
Sonreí con tristeza.
—Haré lo que pueda. —Shak parecía preocupado, pero no quise oír nada más. No quería estar ahí fuera—. Gracias. Por todo.
—Te lo debo —murmuró él—. Buena suerte. Y recuerda lo que te he dicho.
Asentí despacio y di media vuelta para regresar con Zelda. Ella permanecía ajena a todo y, aunque era lo que había esperado conseguir, me sorprendí sintiéndome terriblemente culpable.
—¿Zelda? —le susurré al oído—. ¿Podemos volver ya?
Me miró con el ceño fruncido.
—Aún es temprano.
—Lo sé. Pero... pero quiero volver.
Ella asintió y se puso en pie. Se despidió del resto del grupo y luego fuimos juntos de vuelta a la tienda.
—¿Qué te pasa? —me preguntó mientras entrábamos.
—Nada —respondí—. Quiero estar contigo.
Zelda se ruborizó, aunque me mostró una amplia sonrisa.
—Bueno, si quieres estar conmigo tendrás que darte un baño primero. Y yo también, por supuesto.
Zelda se empecinó en que yo fuera primero, y lo último que me apetecía era discutir con ella, así que acepté sin apenas poner objeciones. Cuando terminé, esperé a Zelda en la tienda, intentando no pensar en nada. Ella tardó más que yo, aunque regresó antes de lo esperado. Cerró la lona de la tienda y entonces me puse en pie y me detuve a su altura. Le aparté un mechón de pelo húmedo y la besé con delicadeza. Era apenas un roce, comparado con todo lo que habíamos hecho juntos, pero a Zelda debió gustarle porque, cuando me separé de ella unos instantes después, sonreía.
La ayudé a quitarse las botas y luego le desanudé el vestido. Dejé que la ropa cayera al suelo y besé sus hombros desnudos. Me demoré allí; su piel irradiaba calor y olía maravillosamente bien. Ella rio y me tiró del pelo con suavidad.
—No puedo quedarme así, Link. Hace frío.
Me aparté de ella y dejé que se pusiera su vestido para dormir. Sin embargo, no tuve tiempo de hacer nada más, porque Zelda me empujó hasta el montón de paja y mantas al que llamábamos cama y me ayudó a quitarme las botas. Me quitó los guanteletes y los protectores de los brazos con dedos suaves pero firmes.
—¿Qué quería decirte Karud esta mañana? —me preguntó mientras se deshacía de la túnica.
—Me dijo que... —Contuve un estremecimiento cuando sentí sus dedos recorriendo las cicatrices de mi pecho—. Quería que liderara un grupo cuando nos dividiéramos. Yo solo.
Ella se detuvo y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Y...?
—Le dije que no. No pienso separarme de ti. Tampoco quiero liderar yo solo. No sabría qué hacer.
Ella sonrió. Me tendió la camisa que usaba para dormir. Una vez la tuve puesta, ella se acercó un poco más.
—Yo tampoco quiero que te vayas —admitió en voz baja.
—No me iré.
—¿Me lo prometes?
La miré a los ojos. Parecía sincera. Vulnerable. Y sabía que no debía hacer promesas como aquella, pero no era capaz de decírselo. No cuando me miraba de aquella forma.
—Te lo prometo —le dije.
Su sonrisa se hizo más amplia. Me besó y me tumbó sobre las mantas de un empujón. Me sentí frío sin sus labios sobre los míos, así que tiré de ella, que cayó encima de mí entre risitas, y la besé de nuevo. Así olvidaría las advertencias de la espada. Seguían resonando en mi cabeza.
—Voy a llevarte de viaje —susurré contra sus labios—. Mañana mismo.
Ella sonrió.
—¿A dónde?
—Fuera de aquí. Lejos de Hyrule. —Junté su frente con la mía—. Iremos a tierras inexploradas. Tú y yo.
Sabía que aquello sería imposible. Que no podíamos irnos porque Hyrule dependía de nosotros. Tampoco estaba hablando del todo en serio; nunca sería capaz de abandonar Hyrule, por mucho que me apeteciera en ocasiones.
—Sois atrevido, ser Link —murmuró Zelda—. Pero me gusta. Será una aventura.
Sonreí con tristeza y la miré a los ojos. Eran verdes y brillaban bajo la luz de las velas. Ojalá pudiera pasarme el resto de la eternidad mirándola. Seguí la forma de su nariz y de sus mejillas, y tracé la curva de sus labios con un dedo. Ella aún sonreía.
—Estás muy raro últimamente —dijo, y había algo de preocupación en su voz.
—¿Raro? ¿Yo?
Ella alzó una ceja, pero no dijo nada. La atraje más en mi dirección, si eso era posible, y Zelda rio.
—¿Zelda?
—¿Qué?
Tomé aire, pero de pronto era muy difícil. Y encima me temblaba la voz y me temblaban las manos, así que apenas podía sostenerla contra mí. Ella me acariciaba el rostro con tanto amor y tanta ternura que por un instante las palabras se me quedaron atascadas. Ella me quería. Me quería, y estaba a punto de romperle el corazón.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? Y que todo lo que hago es porque te quiero. Nunca he intentado ocultarlo.
Zelda frunció el ceño.
—Oh, Link, claro que lo sé.
—Cuando viajaba solo era como si estuviera caminando en la oscuridad. Y odio estar solo y odio la oscuridad, así que estaba aterrado. Cuando todo terminó, te vi y... y tuve esperanza. Por primera vez la tuve de verdad, Zelda. Y pensé que tal vez tú... Que tal vez ya no estaría solo. Así que gracias. —Sentí un dolor agudo en el pecho y tuve que coger aire antes de seguir—. Por quedarte.
Tomé aire de nuevo, porque de pronto era muy difícil respirar.
—Link —susurró ella—, no tendrás que estar solo nunca más. Te lo prometo.
Fui a responder, pero de ahí solo salió un sonido extraño, ahogado, y la vista se me nubló. Empecé a preocuparme entonces. Tal vez la cena había estado envenenada. Me aferré a Zelda con más fuerza y ella me apartó el pelo del rostro.
—¿Por qué lloras? —me preguntó en voz baja, muy baja.
Parpadeé y sentí algo húmedo en la cara. Lágrimas. Tuve ganas de reírme, aunque no lo hice. Al menos no era veneno.
—No lo sé —respondí. Diosas, estaba haciendo una actuación pésima—. Luego dices que voy de tipo duro.
Ella rio, me secó las pocas lágrimas que habían llegado a caer y me abrazó. La recibí con los brazos abiertos, como siempre había hecho. Me escondí en su hombro, en su aroma maravilloso, e intenté tranquilizarme. Pero su mano en mi pelo me lo ponía muy, muy difícil.
Se acercaba la medianoche. Y ella no podía seguir despierta cuando me fuera.
—Te quiero —le susurré al oído—. Y lo seguiré haciendo. Pase lo que pase.
Ella se durmió con una mano sobre mi corazón. Hacía tiempo que no se dormía así, pero no se lo tuve en cuenta. Probablemente la había asustado con lo que le había dicho.
En aquella ocasión, no perdí la noción del tiempo. Conté las horas que pasaban y, cuando quedaba poco para la medianoche, besé la frente de Zelda y me separé de ella con cuidado. Cuando volviera, le pediría matrimonio. Sería lo primero que haría al verla. Ya la había hecho esperar bastante.
Me puse las botas y la túnica y recuperé también los guanteletes y los protectores de los brazos. Cuando terminé, cogí la espada y miré a Zelda por última vez. Aparté la mirada rápidamente, sin embargo; si la observaba durante mucho tiempo, me arrepentiría. Y no podía permitirlo. Así que di media vuelta y salí de la tienda.
La noche era fría. Me cubrí con la capucha y eché a andar, con las hojas secas crujiendo bajo mis pies. No había nadie a mi alrededor y lo único que se oía era el susurro del viento. No obstante, la voz de la espada era insistente, y comprendí entonces que se trataba de la única guía para llegar hasta la asesina. Así que seguí el sonido de su voz, yendo en la dirección que me indicaba.
Me adentré en un bosque. Había ido allí con Resik unas semanas antes, a caballo. No se encontraba muy lejos del campamento. Seguí avanzando hasta un claro y supe que ese era el lugar. La asesina emergió de entre los árboles.
—Llegas tarde —me dijo. Viasha, así se llamaba—. Empezaba a preocuparme. Sabía que podrías llegar tú solito, sin que yo te dijera el lugar.
No respondí. Ella se acercó un poco más. Cojeaba, aunque estaba muy oscuro para que pudiera ver su rostro.
—Estáis haciendo un buen trabajo aquí —dijo—. Yo pensaba que los hylianos erais todos unos cobardes incapaces de hacer nada. Ya veo que estaba equivocada. ¿Tu princesa los ha sobornado bien? ¿Les ha prometido una recompensa si obedecen todas sus órdenes?
Seguí en silencio. Vi que Viasha tenía una espada corta en la cintura y algo que parecía un puñal en el otro lado. No podía estar seguro, sin embargo. La luz de la luna no lo iluminaba lo suficiente.
—Es aburrido si no dices nada. He venido hasta aquí solo para hablar contigo, después de todo.
—¿Por qué no te mueres de una vez por todas? —murmuré, ignorando la voz de la espada.
—Porque yo soy más fuerte —respondió, y luego se encogió de hombros.
Di un paso hacia ella.
—¿Qué es lo que quieres?
—Matar a uno de los dos. Sé que no voy a poder con los dos, así que con uno me basta. Ya ni siquiera tengo preferencia por tu princesa. Sois dos bastardos, tanto ella como tú. Al menos tú eres más controlable. Una sola amenaza de tocarle un pelo a tu amiga y ya estás suplicándome y temblando de miedo.
—¿Por qué hablas tanto? —mascullé.
—Llevo semanas sin hablar con nadie. Creo que me lo merezco. Tendrás que soportarme.
Inspiré hondo y di otro paso.
—Te lo ofrezco una última vez —le dije muy despacio—. Márchate de aquí. Este no es tu lugar. Encuentra un sitio bonito donde morir y púdrete. Al menos estarás en paz. La otra opción es que mueras esta noche.
La asesina rio. Fue un sonido roto, exento de alegría. Prorrumpió en toses justo después. Estaba débil, lo supe al instante. No sería una lucha justa.
—Yo también tengo una oferta para ti —dijo, acercándose más. Tenía el rostro medio oculto, pero pude ver uno de sus ojos bajo la luz de la luna. Era rojo. No del mismo rojo que los ojos de los sheikah; aquel rojo se revolvía y palpitaba. Brillaba por sí mismo. El olor putrefacto a malicia me llegó de pronto y apreté los dientes. La Espada Maestra ya no gritaba de agonía. Ahora me suplicaba que desenvainara, que me deshiciera de la malicia—. Entrégate. Si vienes conmigo, dejaré a tu amiga en paz para siempre. Hay que hacer sacrificios a veces. Y los héroes siempre hacen sacrificios, ¿no es así?
—Hacen sacrificios —asentí yo— cuando no les queda otra opción. Yo sí tengo opciones. Márchate y déjanos en paz. Tú no tienes opciones ya.
Ella retrocedió, murmurando para sí misma y negando con la cabeza. Sacó su espada. Probablemente la había robado de un montón de ruinas.
—Un duelo —dijo—. Tú y yo.
Desenfundé la espada, que emitía un brillo azulado en medio de la penumbra casi absoluta. Me susurró palabras de alivio cuando la sostuve con firmeza. Me alegraba que me hablara de nuevo, aunque en el fondo tenía la horrible sensación de que aquella sería la última vez que lucharía con ella. Lo ignoré por el momento y me concentré en la asesina.
Sujetaba su espada con dedos torpes. Había luchado con ella una vez, y podía ver lo mucho que su estado había empeorado desde entonces. Era injusto que tuviera que matarla cuando ella había cavado ya su propia tumba. No tendría que cargar con esa culpa.
Por un momento, ninguno se movió. Hasta que de pronto ella gritó y se abalanzó sobre mí con la espada en alto. La Espada Maestra brilló con más fuerza cuando el acero chocó, aunque tal vez fueron solo imaginaciones mías. Las espadas chocaron tres veces más, y entonces conseguí desarmarla. Ella se detuvo un momento, jadeante, y retrocedió. Yo no cedí terreno, y esperé a que intentara algo. Cogí su espada y la lancé bien lejos. Se perdió entre los arbustos y la oscuridad.
Ella dudó un instante más. Luego echó a correr en dirección al campamento. La alcancé antes de que hubiera dado dos pasos siquiera y la inmovilicé contra mí. Ella se debatió y, al tenerla cerca, comprendí que estaba llorando.
No sentía nada, para mi sorpresa. No me importaba que quisiera hacerme daño a mí. Pero sabía que había querido ir al campamento en busca de inocentes. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, dejé que la ira hablara por mí.
—Son solo inocentes —siseé contra su oído. Dejé el filo de la espada junto a su cuello e ignoré el hedor a malicia y carne podrida—. Antes de hacerles daño a ellos tendrás que matarme a mí.
Vi como su mano intentaba llegar hasta su cinturón. Tenía un arma escondida allí, como había sospechado. Le doblé la muñeca y el crujido fue aterrador, aunque apenas llegué a escucharlo. La asesina gritó de dolor y se derrumbó en el suelo. Me arrodillé a su lado y pude ver su rostro demacrado por primera vez. La malicia había causado estragos en él, sobre todo en sus ojos, que ya ni siquiera parecían naturales. Tenía la piel sucia.
—Si tienes algo que decir, es el momento.
La Espada Maestra irradiaba calor. Cantaba, y podía sentir su anticipación por acabar con la malicia. Pero me dije que debía esperar un poco más.
—Si yo me muero —susurró en un hilo de voz—, tú vienes conmigo.
Vi el puñal antes de que llegara. Lo detuve a ciegas, y sentí un dolor palpitante en la palma de la mano, donde el filo había mordido la piel, pero me obligué a ignorarlo. Era más fuerte que Viasha y no me costó mucho conseguir que cediera. Estaba a punto de arrebatarle al arma cuando ella enterró los dedos en el brazo con el que sujetaba la Espada Maestra y reconocí la quemadura de la malicia. Cedí un momento, solo un momento, pero eso fue suficiente.
De pronto tenía el puñal clavado en el abdomen. Contuve un estremecimiento. Hacía mucho tiempo que no sentía un dolor tan horrible, pero me obligué a respirar. La Espada Maestra me transmitió calor cuando la recogí de la hierba. La acerqué a la asesina e hice que descendiera.
—¡Link!
Me detuve y vi a Zelda. Corría. ¿Por qué corría?
Lo comprendí de golpe. Tenía un cuchillo clavado en el cuerpo. Si yo la viera a ella con un puñal atravesándola, también correría.
El aire se me escapó de pronto y sentí la sangra cálida entre los dedos. La asesina había sacado el puñal. Quise maldecirla una última vez, pero entonces lo clavó de nuevo. Aún lloraba, aunque me pareció que reía al mismo tiempo.
Escuché un grito y alcé la vista. ¿Había sido Zelda? Ella había empezado a brillar. Sentí paz entonces. Si ella brillaba, todo iría bien. La situación me resultaba familiar, aunque no recordaba por qué.
Hubo un chasquido, luz dorada y luego nada más.
