ZELDA

—Hace tiempo que no hablábamos. No sé si me habrás echado en falta, aunque seguro que te habrás preguntado dónde estaba después de tantos años hablándote sin parar. Lo cierto es que te odio, ¿lo sabías? Te odio un poco. Es un alivio admitirlo por fin. Aun así, espero que me escuches esta vez.

»Esta vez, te pido que me des fuerzas para lo que está por venir. Tengo que sacarlas de algún sitio. Y, por favor, protégenos. Creo que ya hemos sufrido bastante. Es todo lo que...

Escuché pasos acercándose a mi espalda y me detuve de golpe. Por un instante tuve miedo, aunque luego me recordé que no existía ningún motivo para estar asustada. Estar furiosa era mil veces mejor. Ya ni siquiera me quedaban lágrimas por derramar.

—¿Zelda? —dijo una voz—. ¿Princesa?

Me giré y vi a Shak. Estaba pálido incluso para ser un sheikah, y me observaba con temor, como si fuera algo sobrenatural. Nada de eso me afectó, sin embargo. Me imaginaba el mal aspecto que debía tener. Y el poder era como una tormenta que soplaba y tronaba con fuerza. No podía apaciguarlo y apenas era capaz de mantenerlo bajo control. Si desataba la luz provocaría una catástrofe y lo último que quería era hacer daño a inocentes.

—No soy una princesa —le dije. Habría sonreído, pero por primera vez en muchos, muchos años, ni siquiera encontré fuerzas para fingir una sonrisa.

—Lo sé —murmuró él—. Yo... Me preguntaba si...

—¿Es la hora?

Shak pareció aliviado. Asintió con la cabeza y yo me di la vuelta de nuevo. La sacerdotisa tenía una pequeña estatua de la Diosa Hylia, apenas del tamaño de mi mano. La había dejado en una tienda vacía y muchos acudían allí para rezar. Era lo más parecido que teníamos a un templo; en la aldea no habíamos construido una efigie de la diosa todavía.

Le dirigí una última mirada a la estatua antes de ponerme en pie. Me acerqué a Shak, pero el retrocedió unos cuantos pasos.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Estáis... Brilláis, princesa.

Miré mis manos y descubrí que brillaban. Con fuerza, además. Maldije para mis adentros, aunque hacer eso frente a la diosa podría considerarse blasfemia. No obstante, acababa de decirle que la odiaba, y no había una blasfemia peor que aquella.

Intenté controlar el poder y empujarlo al rincón en el que siempre estaba. No lo necesitaba por el momento. No quería ni imaginar el revuelo que causaría verme brillar en el campamento. Probablemente nadie volvería a mirarme de la misma forma. Todos se dirigirían a mí como Shak ahora; aterrorizados por que fuera a hacerles daño o por que fuera un ser superior. Y me gustaba demasiado el afecto sincero del grupo. No quería que eso cambiara.

Por primera vez en varios meses, tuve que forcejear con el poder. Sin embargo, obedeció. Siempre obedecía.

—¿Sigo brillando? —le pregunté a Shak para asegurarme. Había mirado mis manos y me habían parecido manos normales.

Él me observaba boquiabierto. Carraspeé para llamar su atención y pareció recobrar la compostura.

—No, princesa —respondió, sacudiendo la cabeza—. Estáis... Parecéis normal, princesa.

—Zelda.

—Zelda —asintió Shak.

Examiné mis manos una última vez antes de salir de la tienda. Me sorprendió ver que ya era casi mediodía. Había regresado al campamento después de la medianoche y luego había estado yendo de un lado a otro hasta que llegó la mañana. Debía haber pasado varias horas frente a la estatua de la Diosa Hylia. Había perdido la noción del tiempo.

Aquello me provocó una familiaridad amarga. Solía ocurrirme lo mismo cuando rezaba ante las efigies hacía cien años. Supuse que había costumbres que el tiempo no podía borrar.

Recorrí el campamento con Shak. Ignoré todas las miradas y susurros y mantuve la vista clavada en la tienda a la que nos dirigíamos. La voz se había corrido muy rápido. Nadie nos había visto llegar del bosque porque eso había sido cuando aún era noche cerrada, pero todos sabían que la curandera había estado ocupándose de alguien. Que alguien se había hecho daño. De alguna forma incomprensible, se habían enterado de que Link estaba involucrado. Y, Link si estaba involucrado, yo también debía estarlo. Por supuesto, todos sabían que lo sucedido había sido grave; estábamos custodiando a alguien en una tienda vacía.

Tendría que dar explicaciones. Pero no podía ocuparme de eso por el momento. Me gustaba pensar que lo tenía todo bajo control. Era mi mentira favorita. Pero, en realidad, lo único que tenía claro eran mis intenciones de ver a la asesina.

Karud estaba preocupado, pero le había dado órdenes claras de que siguiera con el trabajo habitual como si nada hubiera ocurrido. Más tarde tendría una explicación.

Diosas, tampoco sabía qué iba a decirle a él.

—¿Princesa? —musitó Shak cuando llegamos frente a la tienda.

—Zelda —repetí muy despacio—. Me llamo Zelda y no soy ninguna princesa. No volveré a repetirlo.

El rostro del sheikah perdió color. Sentí arrepentimiento por un breve instante, pero no pensaba disculparme. Estaba agotada de ofrecer disculpas a todo el mundo.

—¿Zelda? —dijo Shak con voz temblorosa—. ¿Puedo pediros... pedirte... un favor?

—¿Qué favor?

Él se aclaró la garganta. Me resultaba extraño verlo así. Solía hablar con todo el mundo sin reparos. No sabía si sentirme halagada u ofendida

—Déjame matarla —me pidió en tono suplicante—. No cargues tú con esa culpa. Hazle todo lo que quieras, pero déjame a mí matarla.

Por un instante no comprendí a lo que se refería. Sin embargo, cuando sus palabras cobraron sentido por fin, me descubrí frunciendo el ceño.

—¿Quieres matarla?

—No —admitió—. Nunca he querido matar a nadie. Pero a veces es necesario.

—Esa mujer me ha hecho daño a mí, a inocentes y a quienes quiero. Créeme, tengo motivos suficientes para estrangularla con mis propias manos. —Y tampoco me faltaban ganas, aunque eso no se lo dije. Creería que había perdido la cabeza y me tendría aún más miedo si lo decía.

—Lo sé. Y Diosas, te entiendo. Pero déjame matarla a mí. Seré rápido y estoy acostumbrado.

Vacilé un momento antes de ver la sinceridad en sus ojos. De verdad estaba dispuesto a hacerlo. Incluso distinguí una pizca de determinación en su mirada. Acabé asintiendo y él pareció aliviado.

—Me dejarás hablar a mí —le dije—. Y no intervendrás hasta que yo lo diga.

—Por supuesto —asintió él.

Inspiré hondo y entré en la tienda sin pensármelo dos veces. Porque, si lo pensaba dos veces, me arrepentiría. Y no podía permitírmelo.

El hedor a malicia fue lo primero que noté. En cualquier otro momento, eso me habría hecho flaquear. Habría hecho que se me llenaran los ojos de lágrimas y que recordara la tortura por la que había pasado. Sin embargo, solo sentí un odio profundo cuando me llegó el olor. Le dije a Shak que cerrara la lona de la tienda. Habíamos dejado a unos goron confundidos guardando la tienda, aunque sabía que la asesina no intentaría escapar. Estaba demasiado débil para eso. E iba desarmada, además.

Y, si escapaba, yo la encontraría, dondequiera que se le ocurriera esconderse.

Me arrodillé junto a ella. Tenía un aspecto lamentable, pero eso no me resultó extraño. Lo que sí me sorprendía era que hubiera sobrevivido tanto tiempo. Ella me miró y sonrió. Deseaba con todas mis fuerzas borrarle aquella horrible sonrisa del rostro.

—Me preguntaba cuándo vendrías —dijo. Y Diosas, cuánto odiaba el sonido de su voz.

—Vas a morir hoy.

Había esperado algún tipo de reacción en la asesina o que al menos mostrara una pizca de arrepentimiento. Pero sus ojos brillaban con el resplandor terrible de la malicia, y su sonrisa se hizo aún más amplia.

—Qué sorpresa —murmuró—. Hazlo ya. No estoy precisamente cómoda aquí.

Llevaba ataduras en las manos y en las piernas. Era solo cuerda porque en el campamento no habíamos estado preparados para una situación así y había querido actuar con la máxima discreción posible. Tal vez Artyb podría haberme hecho unos grilletes, pero apenas lo había visto en todo el día.

—Tendrás que esperar un poco más —repliqué, encogiéndome de hombros—. Antes tú y yo vamos a hablar un rato. ¿Qué te parece?

—Espléndido. —Miró hacia Shak, que estaba detrás de mí. Permanecía cerca de la salida de la tienda, por si acaso. Iba armado—. ¿Quién es ese? ¿Tu nuevo perro guardián?

—¿No lo reconoces?

Viasha pareció confundida por un instante, y sentí satisfacción por ver su máscara flaquear al fin. Examinó a Shak con atención.

—¿Tú no eras el amigo de Kogg? ¿Cómo te llamabas...? —Shak fue a responder, pero ella lo interrumpió—. No, no me lo digas. No me importa. Has caído muy bajo. Ser el amigo de Kogg era una cosa, pero convertirte en el asesino a sueldo de esta...

—Cierra la boca. Pensaba darte una muerte rápida, pero se me ocurren mil maneras más dolorosas.

—No me das miedo, princesa.

Le sonreí y me acomodé en el suelo junto a ella.

—Muy bien. En ese caso, espero que no te desagrade mi compañía. Voy a estar aquí un rato.

—En absoluto. Eres más que bienvenida. Te ofrecería una taza de té, pero tengo las manos atadas.

—Es una verdadera pena —suspiré—. ¿Sabes dónde hacían un té maravilloso? En la posta de Akkala, esa que vosotros quemasteis para intentar matarnos. Un fracaso estrepitoso, diría yo.

—No fue nada comparado con tus fracasos más estrepitosos, princesa.

Sentí el poder revolverse de nuevo. No dejé que surgiera al exterior, sin embargo. Debía aguantar un poco más.

—Oh, eso es cierto. Una posta quemada no es lo mismo que regiones enteras calcinadas, lo sé. Pero ¿sabes cuál es la verdadera diferencia entre tú y yo?

—Creo que existen bastantes diferencias entre tú y yo —rio ella.

—Bueno, yo no quemé esas regiones. Tú sí quemaste la posta, a propósito, además. Yo no disfruté con el Gran Cataclismo. Tú sí disfrutaste haciendo daño a inocentes y arrebatándoles sus hogares en Onaona. ¿Y todo para qué? ¿Para traer de vuelta a un dios que solo ha traído destrucción? Yo no ofrezco insultos a la ligera. Por eso, cuando te llamo bastarda degenerada, lo hago porque tengo mis razones.

La sonrisa de Viasha se había vuelto peligrosa. Shak también debió notarlo, porque escuché como daba un paso en mi dirección.

—Hablas muy bien, princesa. Creo que en eso nunca te superaré. Eres capaz de convencer a todo el mundo con esas palabras tan bonitas.

—A todos menos a ti, por supuesto. Tú tienes la verdad absoluta.

—Por fin lo admites.

—Siento decepcionarte, pero si tuvieras la verdad absoluta, yo estaría maniatada, a punto de morir, y tú estarías en mi lugar, a punto de ejecutarme. Pero creo que la realidad es muy diferente, ¿no?

—Oh, ¿tú sí tienes toda la verdad?

—Por supuesto que no. Ni la tengo ni deseo tenerla. —Me detuve un momento, pensativa—. ¿Recuerdas lo que hiciste en Eldin? ¿Cuando tú y tus amigos dejasteis malicia en una mina goron?

Ella rio, aunque aquello no sonó como una carcajada. Se llevó una mano al costado, como si le doliera algo.

—Eso fue muy divertido. Los goron dejan las minas desprotegidas cuando acaban de trabajar. Cualquiera podría entrar y robarles sus preciosos minerales. Dejar al monstruo dentro fue lo más fácil del mundo.

—Y luego, cuando Link acabó con él, provocasteis un derrumbamiento para intentar dejarlo allí encerrado. Queríais libraros de él desde el principio, ¿no?

—Ya te he dicho que siempre ha sido un maldito estorbo —murmuró—. No sabes lo maravilloso que fue clavarle ese puñal en las entrañas. —Cerró los ojos—. Lo recuerdo perfectamente, princesa. Sabía que no iba a poder con él, pero al menos quería hacerlo sangrar por algún lado. Doy gracias a tus Diosas Doradas por que aparecieras justo en el mejor momento.

El poder rugía. Era una sensación extraña. Poco agradable. Hacía tiempo que no se debatía con tanta fuerza. Descubrí que me temblaban las manos, pero no iba a dejar que la asesina lo viera. Viasha abrió mucho los ojos de golpe.

—¿Lo he matado? —me preguntó—. ¿Lo he matado de verdad?

Forcé una sonrisa llena de serenidad.

—No vayas tan deprisa. Primero te recordaré todo lo que le hiciste anoche y luego tendrás tu respuesta. Y será una respuesta muy clara, no te preocupes. ¿Qué te parece?

—Espléndido —respondió ella, y tuve la sensación de que no me había entendido. Aun así, continué sin dudar un instante.

—Primero le abriste las palmas de las manos. —Saqué la daga que me había dado Link y cogí la mano de la asesina. Pasé el filo por sus palmas y la sangre brotó al instante. Sabía que Link solo se había hecho daño en una mano, pero me daba igual. Viasha no lo vio venir, al parecer, porque se le escapó un jadeo de sorpresa antes de que mostrara algo de dolor—. Luego lo quemaste con tu malicia. —Dejé que el poder fluyera con libertad sobre su piel y la malicia empezó a humear—. Por último, lo apuñalaste dos veces. —Hundí la daga dos veces, apuntando bien. Quería hacerlo en la zona exacta donde le había hecho daño a Link.

Me aparté y guardé la daga, sin pararme a pensar en lo que había hecho. Si lo hacía, flaquearía, y tenía que mostrarme firme en aquel momento. Contemplé a la asesina, que intentaba detener la sangre con manos rojas.

—Yo creo que estás muy viva todavía, ¿no?

Ella me miró y me maldijo de docenas de formas diferentes. Hice oídos sordos y hundí las manos entre la sangre. La malicia empezó a humear, pero el poder me envolvía como un abrazo cálido. Me diría cuándo parar. Así que cerré los ojos y confié en él. Solo podía sentir un leve murmullo a mi alrededor; no sabía si Viasha estaba gritando porque era incapaz de oír nada más.

La presión del poder empezó a disminuir al cabo de un rato. Abrí los ojos y aparté las manos. Ella seguía respirando, aunque tenía peor aspecto que antes. Sabía que le quedaba poco tiempo y, pese a que se lo merecía, no quería alargar su sufrimiento. Por ello, me puse en pie y fui hacia Shak.

—Hazlo rápido —le susurré.

Shak asintió, se acercó a Viasha y, aunque no miré, escuché el horrible sonido. Y luego todo se quedó en silencio. Incluso el aire parecía menos pesado, y el olor a malicia había desaparecido del todo. Supuse que Hyrule era libre del Cataclismo por fin, después de más de un siglo.

—Gracias —le dije. Casi me daba miedo hablar—. ¿Podrías encargarte de que se monte una pira para ella? Cuanto antes esté hecho, mejor.

—Por supuesto —respondió él—. Seré discreto, lo juro.

—Gracias —repetí. Dudé un momento antes de coger su mano—. Lo siento, Shak. Me equivoqué contigo al principio. Tú no eres uno de ellos. Siento haberte usado para hacer el trabajo sucio.

Él sonrió y me alegró ver que estaba volviendo a la normalidad. Solía verlo sonreír cuando hablaba con otros en el campamento.

—No me has usado. Yo mismo me ofrecí voluntario.

—Aun así, lo siento. No tendría que haberte metido en esto.

—Yo ya estaba metido solo. Y, créeme, tenía mis razones para querer librarme de ella.

Se giró hacia el cuerpo, aunque yo no logré encontrar las fuerzas necesarias para hacerlo también. Él debió darse cuenta porque me miró de nuevo y sonrió con simpatía.

—Yo me ocuparé de todo. Se hará como me has pedido. Vuelve con los demás; estarás mejor allí.

Dudé un momento y luego le di las gracias y me envolví con la capa. Cuando salí de la tienda, agradecí el aire limpio y fresco. Distaba mucho de ser como el hedor que había estado presente en la tienda. Diosas, el exterior era mucho mejor.

Algunos se me quedaron mirando mientras andaba por el campamento. Me limité a saludarlos con la cabeza, y aunque ellos me devolvían el saludo, percibía la sombra de la duda en sus ojos. Tendría que volver a ganármelos, al parecer. Esperaba que no hubieran visto el brillo dorado de la tienda, al menos.

Karud no tardó en alcanzarme. Tiró de mi brazo para que me detuviera y, cuando me giré, vi que tenía aspecto preocupado. No había sospecha en sus ojos. Solo preocupación sincera.

—Zelda, por Hylia, ¿qué demonios ha pasado?

—Karud...

—Necesito saberlo. Yo...

—Te lo contaré —le prometí—. Pero no aquí en medio.

Sentía que las piernas no podrían sostenerme durante mucho más, de todas formas. Si iba a derrumbarme, prefería que Karud fuera el único testigo. Era mejor que hacer el ridículo frente a todo el campamento.

Karud asintió y me guió entre las tiendas. Tiraba de mi brazo con una delicadeza sorprendente, para ser él. Me llevó hasta su tienda e hizo que tomara asiento. Pese a que el brasero estaba encendido, sentí frío y tuve que arrebujarme en la capa de nuevo. Esperaba no estar enfermando.

—No tienes buen aspecto —dijo Karud—. ¿Quieres una taza de té?

Se me revolvió el estómago con solo oírlo, pero asentí de todas formas. En el fondo, me vendría bien. No había comido ni bebido nada en todo el día y tenía la garganta seca.

Me hundí en la silla mientras Karud preparaba el té. Alguien irrumpió de pronto en la tienda y reconocí la figura de Artyb. Se acercó a mí con una mezcla de alivio y preocupación y murmuró algo para sí mismo.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó.

—Tan bien como puedo estar —respondí, encogiéndome de hombros—. He estado mejor.

Artyb me puso una mano en la frente y frunció el ceño.

—No tienes fiebre —me dijo—. ¿Karud? Haz algo de utilidad por una vez y...

—Estoy haciendo té —masculló Karud a mi espalda—. ¿O prefieres la bebida de frutas del otro día? Aún me queda un poco.

Por su tono más suave, deduje que estaba dirigiéndose a mí.

—El té está bien.

Artyb tomó asiento a mi lado. Se lo agradecí en silencio. Necesitaba algo de compañía. Aunque esa compañía se pareciera mucho a Link y no quisiera pensar en Link por el momento.

Karud me tendió la taza de té y yo la acepté con manos extrañamente temblorosas. ¿Cuándo habían empezado a temblar? Dejé la taza sobre la mesa para que el contenido no se derramara y junté las manos bajo mi capa. El olor del té hizo que se me revolviera el estómago de nuevo.

—¿Y bien? —dijo Karud, rompiendo el silencio.

Artyb soltó una maldición.

—No la presiones, idiota. Solo vas a hacer que sea peor.

—Ella es fuerte. No va a romperse como un jarrón de cristal por una pregunta.

Artyb resopló y se cruzó de brazos. Intenté sonreír con amabilidad para asegurarle que me encontraba bien, pero no fui capaz. Así que solo carraspeé.

—Él tiene razón —le dije a Artyb—. Estoy bien, lo prometo. No me importan las preguntas.

El anciano no pareció muy convencido, aunque no puso ninguna objeción. Karud tampoco habló. Ambos debían haberse puesto de acuerdo para esperar una explicación.

—Link ayudó a las gerudo cuando estuvimos en el desierto e incluso antes de eso —empecé—. Ayudó a acabar con la guarida del clan Yiga hace un año, pero algunos sobrevivieron y lo llevan persiguiendo desde entonces. Una de las asesinas nos encontró y... y al parecer entró en el campamento. Y no sé cómo, se encontraron anoche y, bueno, el resto ya lo sabéis.

Shak me había dicho que Link le había hablado de sus intenciones la noche anterior, durante la cena. Le había contado que iban a encontrarse a medianoche, pero ni Shak ni yo sabíamos cómo demonios se había enterado del momento y el lugar.

—¿El clan Yiga? ¿En el campamento? ¿Hay más? —farfulló Karud. Su rostro había perdido color.

—No os preocupéis. La asesina... Ella era la última que quedaba. Y ahora... Bueno, ahora se ha acabado. Así que el clan Yiga ya no existe por fin. Se ha acabado.

—¿Y cómo es que solo ha quedado ella? —preguntó Artyb con cautela—. ¿Los habéis matado vosotros?

—No. Han muerto solos. Algunos estaban muy débiles por razones que se escapaban de nuestro control.

Karud asintió y se reclinó en la silla. Artyb se mesó la barba con un brillo calculador en los ojos. Él sabía quiénes éramos Link y yo. No tenía por qué ocultarle nada pero, mientras Karud estuviera delante, no tendría otra opción. Además, aquella historia no se alejaba mucho de la realidad. Omitía varios detalles, pero era convincente.

—¿Quién ha matado a esa asesina? ¿Tú?

—No he sido yo. Pero no voy a decir quién ha sido de verdad, así que no insistáis.

Debieron ver que de verdad no quería hablar de ello porque ninguno volvió a insistir.

—¿Y Link? —inquirió Karud—. ¿Él está bien?

Artyb se irguió en su asiento de pronto, pero fingí que no me había dado cuenta.

—Lo vi hace unas horas —respondí con voz temblorosa—. Le han dado algo para el dolor. Para dormir. Ishi dice que si sobrevive a esta noche estará fuera de peligro.

Tomé un sorbito de té para tragar el nudo en la garganta. Hubo silencio por un momento.

—Seguro que se pondrá bien. Ha pasado por cosas mucho peores —dijo Artyb. Yo hice una mueca, pero él miró a Karud—. Has preguntado por el mocoso. ¿Cómo es posible?

Karud maldijo en voz baja.

—Bueno, es alguien importante. Casi tan conocido como tú. No podemos permitirnos perderlo. —Dirigió una mirada cautelosa en mi dirección—. No me refiero a que vaya a morirse ni nada de eso. Era solo...

—Lo sé —susurré—. Ya lo sé.

Hice un esfuerzo por sonreír y tomé otro sorbito de té. Artyb no tenía buena cara, aunque esperaba que no siguiera preocupándose. Yo también tenía fe en que las cosas se solucionaran. Tenían que solucionarse.

Artyb y Karud empezaron a hablar de otros asuntos. Trataron de meterme en la conversación varias veces, pero no me vi capaz de participar. Las Diosas sabían lo que diría si abriera la boca. Así que esperé hasta después de mediodía y luego decidí marcharme.

—Zelda, cielo, aún no te has terminado el té —observó Karud con preocupación.

Me detuve junto a la salida de la tienda.

—Ya está frío. Y..., bueno, no tengo hambre. Pero gracias.

Me fui de allí sin esperar una respuesta. No quería que insistieran porque lo último que me apetecía era discutir. Solo deseaba estar sola un rato, lejos del bullicio y de las tiendas y todo lo demás.

Las piernas me llevaron hasta nuestra tienda. Había gente alrededor, y reconocí a algunas de las chicas que hacían pastel para Link. Apreté los puños, aunque no estaba celosa. Ellas ni siquiera conocían a Link. El problema era que no quería que estuvieran alrededor de nuestra tienda. No ahora.

Por suerte, no tuve que hacer nada. Se marcharon al verme llegar, y yo entré en la tienda sin pararme a mirarlos.

Ishi estaba dentro, hirviendo vendajes nuevos. Apenas había salido de allí desde que la avisamos para que atendiera a Link. Ella sonrió cuando me vio bajo el umbral. Nada más dar un paso hacia el interior, me llegó un fuerte olor a sangre y a hierbas. El estómago se me revolvió de nuevo.

—¿Cómo está? —pregunté en voz baja.

—Bien, por ahora —respondió ella. Hablaba en voz muy alta comparada con la mía—. Su respiración es más regular. El cuchillo no llegó a nada importante, gracias a las Diosas.

Tomé asiento junto a nuestra cama improvisada. Habíamos conseguido más cojines y más mantas, pero seguía siendo muy diferente a nuestra cama en Hatelia. Ojalá estuviéramos allí. Tendríamos más intimidad y él estaría más cómodo. Podría descansar y se curaría mejor de sus heridas.

—¿Se despertará? —susurré. Sabía que mi voz no iba a molestarlo, pero no podía alzarla más.

—He hecho todo lo que estaba en mi mano, Zelda —suspiró Ishi—. Ahora es él quien tiene que luchar un poco. De todas formas, creo que todo irá bien. No se despertará esta noche, pero tal vez mañana sí.

—¿Crees que sobrevivirá?

Ella puso una mano sobre mi hombro.

—Él es fuerte. Esas cicatrices lo demuestran. Si ha sobrevivido a todo eso, esto no es más que un rasguño.

Asentí despacio, aunque aquello no había sonado tranquilizador. No obstante, los sheikah tenían una forma mucho más cruda de ver las cosas, y no pensaba cambiarlo. Ishi dejó las vendas a un lado y, cuando regresó junto a la cama, la detuve.

—¿Te queda algo de esa poción para dormir?

Ella me miró con una pizca de simpatía. Estaba agotada, pero sabía que si cerraba los ojos, solo tendría pesadillas. Del Gran Cataclismo, de sostener a Link entre mis brazos mientras él sangraba y sangraba; de malicia y de cuchillos y de a saber qué más. Y Link no estaría allí para tranquilizarme.

—Es muy fuerte, Zelda. Solo se la doy a unos pocos, sobre todo si están siendo sometidos a un dolor muy intenso. Además, si las medidas no son las justas, podrías ponerte en peligro de verdad. Hay quienes se acostumbran y empiezan a depender de ella por las noches.

—Lo entiendo —murmuré, sintiéndome idiota—. Olvídalo. No la necesito.

—Bien —sonrió ella—. Estaré fuera si necesitas algo. Cuando vayas a marcharte, avísame.

Le di las gracias y ella se marchó de la tienda. Una vez hubo cerrado la lona, miré a Link por primera vez. Estaba pálido, aunque al menos no tenía aspecto de estar sufriendo. Coloqué las mantas mientras escuchaba su respiración trabajosa y veía como su pecho subía y bajaba.

Cogí su mano buena con cuidado. Una parte de mí esperaba despertarlo; él siempre reaccionaba ante cualquier ruido y cualquier roce, incluso ante una caricia como aquella. Pero se mantuvo muy quieto. Comprobé que aún respiraba, por si acaso.

—Lo que te han dado tiene que ser fuerte —murmuré, sonriendo con tristeza. Mi voz tampoco lo despertó—. ¿Quién me ayudará a trabajar esta noche?

No hubo respuesta. Besé el dorso de su mano con suavidad. Sentía sus cicatrices bajo los labios.

—Me prometiste que no te irías —susurré contra su piel—. Me lo prometiste. Tú no rompes tus promesas, ¿recuerdas? Así que no te vayas. Porque, si te vas, yo misma te perseguiré hasta el infierno. Lucha una última vez. Te lo suplico.

Esperé por alguna respuesta como una ilusa. Permanecí un rato allí, con su mano entre las mías, mirándolo. Deseando que hiciera un simple movimiento. Debí perder la noción del tiempo porque, cuando Ishi entró de nuevo, descubrí que el cielo estaba teñido de naranja.

Decidí retirarme entonces. Dejé que Ishi le cambiara las vendas y salí a estirar las piernas fuera de la tienda. Anduve y anduve, alejándome del campamento. No tenía un mapa, pero sabía cómo regresar.

Llegué hasta un río cercano. No lo reconocí, y mucho menos pude recordar su nombre. Me quité las botas y mojé los pies en las orillas del río. Dejé la capa a un lado también para que no se mojara. Sin embargo, lo que vi me dejó sin aliento.

Tenía el vestido manchado de sangre. El precioso vestido gris que Link me había comprado en Hatelia hacía un año. No sabía de quién sería la sangre, pero estaba segura de que no era mía. Solo con pensar en la posibilidad de que fuera sangre de la asesina se me revolvía el estómago.

También tenía rastros de sangre seca en las manos y en los brazos. Incluso en el pelo. El poder empezó a revolverse de nuevo. No pude mantenerlo bajo control porque de pronto todo daba vueltas. Retrocedí varios pasos, lejos del río, y caí de rodillas sobre las piedras de la orilla. Vacié el estómago allí, aunque eso solo me hizo sentir peor. Tenía la respiración agitada y temblaba. Y Diosas, debía limpiarme toda aquella sangre.

Me puse en pie despacio y me tambaleé un poco mientras avanzaba hacia el río. El agua era parecida a la de las fuentes sagradas; fría como la mordida de un cuchillo afilado. Pero no podía pensar en cuchillos. Si lo hacía, vomitaría otra vez.

Cerré los ojos y dejé que el agua me cubriera hasta la cintura. Me estaba frotando los brazos cuando escuché pisadas a mi espalda.

—¿Zelda? Diosas, ¿qué demonios estás haciendo?

Me di la vuelta y vi a Artyb junto a la orilla del río. Tenía el gesto preocupado.

—Estaba... estaba...

—¿Sabes lo peligroso que es esto? —Me tomó del brazo y me sacó de allí. Yo no opuse resistencia. Los dientes me castañeteaban y temblaba con violencia—. Estás helada. Será un milagro si no enfermas.

Me tendió la capa y me cubrí con ella. Sentía la falda húmeda del vestido alrededor de las piernas. La capa también había estado expuesta al frío del crepúsculo, así que no hizo mucho por que entrara en calor. Artyb recogió mis botas y echó a andar. Me obligó a seguirlo.

—¿A d-dónde...?

—Al campamento. Tendrás que darte prisa si no quieres exponerte aún más al frío.

—N-no pueden v-verme así. Yo...

—Iremos a mi tienda. Nadie te verá llegar; rodearemos el campamento.

Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra. El agarre de Artyb en mi brazo se hizo un poco más gentil, tal vez porque se había dado cuenta de que lo seguiría sin intentar resistirme. Tampoco tenía fuerzas para eso, de todas formas.

Rodeamos las tiendas, tal y como Artyb había dicho. Por suerte, todos estaban cenando junto a la hoguera ya, así que nadie nos vio. Artyb fue a encender el brasero de su tienda. Yo lo detuve de pronto.

—Necesito un... un baño. Por favor.

Odiaba el tono suplicante en mi voz. Él frunció el ceño, pero asintió sin hacer preguntas. Tal vez había visto mi vestido o mis manos, o tal vez aún tenía el rostro lleno de sangre seca. Fuera como fuese, le agradecí su discreción. Lo ayudé a preparar el baño, aunque él hizo casi todo el trabajo. A mí me temblaban demasiado las manos y todavía estaba muerta de frío. Al acabar, Artyb se marchó para darme privacidad. Consiguió algo de ropa limpia de mi tienda y la dejó sobra la mesa, cerca del brasero.

—No estés mucho tiempo ahí dentro —me advirtió.

Me limité a asentir y luego él cerró la lona de la tienda. No perdí el tiempo y empecé a desvestirme. Me quité el vestido empapado casi a la fuerza. El agua estaba caliente y lo agradecí en silencio. Froté con fuerza por todo el cuerpo, hasta que la piel se quedó enrojecida. Pero al menos no había rastro de sangre y malicia. Me lavé el pelo varias veces también; no quería que oliera a sangre.

Una vez estuve seca, me puse el vestido que Artyb había traído. Era el azul, otro de los que Link me había comprado. Estaba cálido después de haber pasado un rato junto al brasero, y no olía a sangre ni a malicia ni a nada de eso. Me puse las botas y la capa, que también estaba seca. Cuando terminé de trenzarme el pelo, salí de la tienda, sintiéndome limpia por fin.

Artyb estaba allí, junto a un fuego. Alzó la vista y me examinó con ojo crítico. Me pregunté si estaría viendo a una líder o a una niña agotada.

—Ven, siéntate. —Señaló el fuego—. ¿Tienes hambre?

Negué con la cabeza y tomé asiento donde él me había indicado. Me calenté las manos junto al fuego y me alegró no ver sangre en ellas. Artyb me tendió un pellejo de agua.

—Bebe —me dijo con suavidad—. Te sentará bien.

Vacilé un instante, pero al final decidí que tenía razón. Tomé un sorbo de agua, uno corto porque no quería correr riesgos, pero a Artyb le pareció suficiente. Por un momento, solo se escuchó el crepitar del fuego.

—Karud ha informado a lo demás de lo que ha pasado —dijo Artyb de pronto.

Di un respingo.

—¿Qué? ¿Qué ha dicho?

—Lo que yo le dije que dijera. Que unos bandidos habían asaltado a Link en el bosque, pero que no había que preocuparse porque ya nos hemos librado de ellos, y Link está fuera de peligro.

—Bien —asentí yo—. Eso suena mucho mejor.

—No íbamos a decirles que un asesino os perseguía —dijo él. Sabía que estaba intentando hacerme reír, pero solo pude hacer una mueca—. Aunque a mí sí me gustaría saber lo que de verdad ocurrió.

Junté las manos bajo la capa.

—Si fueras otro, te diría que no es de tu incumbencia —sonreí.

—Oh, pero tú y yo sabemos que sí es de mi incumbencia —replicó él—. Te vi brillar junto al río, niña. Ya no tengo dudas.

—¿Lo viste? —susurré.

—No tienes que esconderte —me dijo con algo parecido al afecto—. No de mí. Tu secreto está a salvo conmigo.

Había aprendido a ser desconfiada pero, cuando él sonrió, me descubrí a mí misma creyendo sus palabras. No tenía ningún motivo para mentirme.

—Seguro que tienes una historia apasionante que contarme —rio él. Luego tosió.

Subí las rodillas hasta mi pecho y luego me abracé a ellas con un suspiro.

—Es una historia larga, aunque yo no diría que es apasionante —murmuré.

—Bueno, puedo escuchar.

Decidí contarle toda la historia, sin reparos y sin hacer pausas en medio. Empecé contándole los ataques que habíamos sufrido, cómo yo me había negado a creer que alguien quisiera hacernos daño y cómo Link había seguido insistiendo. Le conté lo sucedido en Onaona y lo que había ocurrido hasta llegar al presente.

—Me querían muerta porque, según ellos, yo podría traer de vuelta al Cataclismo. Pero así no funciona, claro. —Suspiré—. Creo que me negaba a creerlo al principio porque odiaba la idea de tener que huir otra vez. Me había pasado toda la vida huyendo y, cuando por fin era libre, tenía que volver a huir. Ahora doy gracias por que Link fuera tan testarudo. De los dos, él es quien siempre mantiene la calma y la cabeza fría. A veces da miedo. Diosas, le debo tanto que no sé por dónde empezar.

Me sorprendió que la vista se me nublara por las lágrimas. No había pensado llorar, pero llevaba todo el día conteniéndome. Era como un río a punto de desbordarse. Y de pronto todo lo que había sucedido aquel día me golpeó con fuerza y no pude seguir aguantando.

—Oh, niña. No puedo ni imaginarme lo mucho que debes haber sufrido —murmuró Artyb. Me ofreció su hombro para llorar, y yo no encontré fuerzas para resistirme.

—Le hice daño —sollocé—. A la asesina. Ella... Pero yo estaba tan enfadada que no... —Él me miró, confundido, y me esforcé por decir cosas coherentes—. Le hice lo que ella le hizo a Link. La apuñalé dos veces y... y la quemé con el poder y todo lo demás. No la maté, pero... Diosas, me arrepiento. Cada vez que lo pienso me entran ganas de vomitar. Cuando me viste en el río estaba intentando limpiarme la sangre. Estaba cubierta de sangre y lo odiaba. Yo...

—Lo entiendo —susurró él. Le agradecí que me interrumpiera—. ¿Y sabes qué creo?

—¿Qué?

—Que ella se lo merecía. Y que arrepentirte esa una buena señal. Significa que no eres un monstruo, Zelda.

Sorbí por la nariz.

—Lo sé. Debes pensar que soy patética. La princesa de las leyendas, la que selló al Cataclismo, llorando frente a tus narices por...

—No seas tonta, niña. Pienso que eres de carne y hueso, y me alegro de que sea así. Llora todo lo que quieras.

De nuevo, se lo agradecí en silencio. No me merecía tanto afecto por su parte. No era más que una desconocida para él. Sin embargo, al cabo de un rato, cuando mis sollozos empezaban a calmarse, sentí que me acariciaba el pelo. Aquello me trajo recuerdos muy enterrados. Ojalá mi padre pudiera haber hecho algo así. Si aquel extraño estaba haciéndolo, no podría haber sido muy difícil para mi propio padre, ¿verdad?

Estuve a punto de romper en sollozos otra vez, pero logré contenerme.

Había pensado que no lograría dormir aquella noche, pero cuando abrí los ojos estaba sobre algo duro y la luz del sol se filtraba por la lona de la tienda. Aparté las mantas y reconocí nuestra tienda. Descubrí que me sentía mucho mejor que el día anterior. Incluso tenía hambre. Cuando me puse en pie, las piernas no me temblaron, y no recordaba haber tenido ninguna pesadilla, para mi sorpresa. Pero entonces recordé a Link y el corazón se me detuvo.

Yo había dormido en el suelo; él seguía en nuestra cama. Me acerqué despacio, temiendo lo que vería. Su pecho subía y bajaba con normalidad y parecía haber ganado más calor en el rostro. Eso era buena señal.

No había comido nada el día anterior, así que me acerqué a la bolsa de viaje de Link. Él siempre tenía algo de comer allí, y no me apetecía salir de la tienda por el momento. Mientras rebuscaba entre los contenidos, me topé con dos papeles cuidadosamente doblados. Comprendí entonces que eran cartas. Algo me decía que no debía leerlas; tal vez eran asuntos de Link. Asuntos en los que yo no tenía por qué meterme. Sin embargo, la curiosidad pudo conmigo y desdoblé uno de los papeles.

Reconocí la caligrafía de Riju. Ni siquiera era una carta muy larga. Avisaba de que la asesina había escapado de su celda en el desierto. Nos pedía cuidado. Dejé la carta en el suelo con el ceño fruncido. No habíamos recibido cartas de Riju hasta hacía unos días. Link debía haberme ocultado aquella parte de su mensaje.

Abrí la otra carta con manos temblorosas. Aquella era la caligrafía de Link. La conocía muy bien. Y sabía que había escrito aquello de forma apresurada, a juzgar por los trazos desiguales.

«Impa:

El clan Yiga está aquí. Están en el campamento. Una de ellas se ha escapado del desierto. Voy a matarla. Si sale mal, cuida de Zelda.»

Y luego firmaba, pero no me hizo falta leer su nombre para saber que aquel mensaje era suyo. Él nunca empezaba sus cartas llamando querido al destinatario. Iba siempre directo al grano y no se paraba a embellecer sus palabras.

Doblé las cartas con más fuerza de la necesaria. Había estado enfadada con él antes, pero aquello solo lo había empeorado. No podía esperar a que abriera los ojos para soltarle todo lo que pensaba. El muy embustero no iba a salir de allí sin haber escuchado lo que tenía que decir.

De pronto la tienda me parecía muy pequeña, así que salí a tomar el aire. Debía ser casi mediodía, a juzgar por la posición del sol. Observé como todos trabajaban durante un rato. Sentía un dolor palpitante en las sienes, como si hubiera pasado mucho tiempo trabajando. Y, como no había tenido suficiente, una mujer hyliana se acercó a mí con un bulto entre las manos.

—E-esto es para vosotros —murmuró. Supe al instante que se trataba de pastel de manzana por el olor—. Espero que Link esté bien.

—Gracias —le dije, pero no le ofrecí más respuesta. Acepté el pastel y ella debió captar el mensaje, porque se marchó de allí rápidamente.

El olor dulce hizo que el estómago me rugiera. No había comido nada el día anterior. Solo había bebido té y agua. Y empezaba a pasarme factura.

Permanecí un rato bajo el umbral, con el pastel aún entre las manos. Algunos me saludaron, pero debía tener cara de pocos amigos porque no se acercaron a hablar conmigo. Di gracias a las Diosas.

Al cabo de un rato, empecé a escuchar movimiento en el interior de la tienda. Me acerqué rápidamente y el pastel estuvo a punto de caérseme de las manos cuando vi a Link intentando sentarse.

—No, jovencito —murmuré—. Me temo que vas a pasar una temporada aquí. Así que no te muevas mucho si no quieres empezar a desangrarte otra vez.

Lo tumbé de nuevo sobre sus cojines y él no opuso resistencia. Gimió, gruñó y luego me miró con los ojos entornados, como si tuviera un rayo de sol frente a su cara.

—¿Zelda? —susurró—. No te han hecho daño, ¿verdad?

—A ti sí.

Él gruñó y cerró los ojos.

—¿Qué demonios me has dado? —dijo entre dientes—. Creo que veo doble.

—Linky, querido —empecé con falsa dulzura—, ¿recuerdas lo que ocurrió hace dos noches?

Él frunció el ceño y por un instante estuve convencida de que había vuelto a dormirse. Pero entonces abrió los ojos de golpe, como si lo hubieran golpeado. Temí que algo fuera mal. No obstante, Link intentó incorporarse de nuevo. Lo sujeté por los hombros con firmeza, aunque también con cuidado para no hacerle daño.

—¿Qué parte de no te muevas no has entendido?

—Tengo que...

—Tienes que quedarte quieto.

—Pero...

—No pienso repetirlo.

Él gimió y se llevó la mano buena a la herida de cuchillo en su abdomen.

—Huele a... a pastel de manzana —suspiró.

¿Se habría dado un golpe en la cabeza? Ishi había dicho que es zona permanecía intacta, pero si empezaba a desvariar sería una mala señal.

—Oh. No estás riéndote. Lo siento —murmuró al cabo de un rato.

—¿Crees que tengo motivos para reírme?

Se me quedó mirando fijamente, como si así pudiera leerme el pensamiento. Le sostuve la mirada, sintiendo como la ira crecía por cada instante que él pasaba en silencio.

—Lo siento, Zelda —susurró al final.

—¿Que lo sientes? ¿Qué demonios sientes exactamente?

—Tendría que habértelo contado. Yo...

—Mírate —dije, interrumpiéndolo—. Mira cómo estás ahora. Podrías haberlo evitado, Link. Tú lo sabías. Pero tomaste la decisión más estúpida de todas.

—Zelda...

—Hace mucho tiempo, acordamos que no nos ocultaríamos nada. Que todo lo que tuviera que decirse se diría. Creo que yo he cumplido con mi parte, pero tú has roto el acuerdo. Varias veces, además. —Suspiré—. ¿Cuál es el problema, Link? ¿Es que no confías en mí?

—Claro que confío en ti —dijo rápidamente. Tenía ese brillo suplicante en los ojos. El que me rogaba que escuchara lo que él no quería decir en voz alta—. No confío más en nadie.

—¿Entonces por qué?

Se pasó la mano mala por el rostro con un largo suspiro. Luego gimió de dolor y dejó la mano sobre las mantas otra vez.

—Supongo que quería protegerte. Pensaba que podría hacerlo todo yo solo. Tú trabajas tanto por la reconstrucción que no quería que tuvieras más preocupaciones.

Lo miré fijamente durante un largo rato. Tenía muchas ganas de abofetearlo. Pero nunca sería capaz de eso, y mucho menos ahora, vulnerable como estaba.

—Eres un completo idiota, un necio impulsivo y un maldito mentiroso cobarde. No tienes una pizca de vergüenza.

Él gimió de nuevo, como si aquello le hubiera dolido.

—Me lo merezco —susurró.

—Oh, no sabes cuánto. Lo tienes más que merecido. Crees que haces lo que es mejor para ambos. Intentas pensar por los dos y eso es egoísta. No haces lo que es mejor para nadie, Link. Hablamos de esto hace mucho tiempo. Pensaba que los dos habíamos mejorado.

—Tenía miedo —admitió con voz ronca—. Estaba aterrado, Zelda. No sabía qué hacer. Y, cuando no sé qué hacer, yo... Siempre tomo la decisión más estúpida.

—Deberías habérmelo contado. Tendríamos que haber resuelto esto juntos. Tú mismo lo dijiste. Dijiste que arreglaríamos todo lo que viniera, tú y yo.

Cogió mi mano y vi dolor en sus ojos. No debía ser solo por sus heridas.

—Perdóname —susurró—. Yo... Lo siento, Zelda. Lo siento mucho. Te prometo que lo haré mejor.

Clavé la vista en las mantas porque, si lo miraba a los ojos, cedería.

—Ponte en mi lugar —le dije a media voz—. Imagina que yo te ocultara algo así de importante. Que luego me siguieras en mitad de la noche solo para ver como me atraviesan con un cuchillo. —Link se estremeció y yo contuve un escalofrío—. No es una imagen agradable, ¿verdad?

—No —admitió él.

—Ya es la segunda vez que te ocurre algo así. —Tomé aire antes de seguir—. Y te aseguro que no sobreviviré si tengo que volver a presionar en una de tus heridas para que no se te salgan las entrañas. Puede que tú sí sobrevivas, pero yo no lo conseguiré una tercera vez. No soy tan fuerte, Link.

—A mí tampoco me gusta esto —replicó él. Puso la mano buena sobre mi mejilla—. No creo que ninguno de los dos sobreviva si hay una tercera vez.

—En ese caso, procuraremos que esto no vuelva a pasar.

—No pasará. Lo haré mejor, Zelda. Te lo juro por los cinco hijos que todavía no tenemos.

No quería reírme pero, en el fondo, tampoco quería estar enfadada con él. Así que solté una risita.

—Tienes una obsesión con eso.

—Es una obsesión buena. —Cerró los ojos y gruñó—. ¿Y la asesina?

—¿Ahora lo preguntas?

—Empezaste a hablar y no tuve tiempo. No osaría interrumpirte, Zelly.

—Sigo estando enfadada contigo.

—No lo dudo —sonrió él—. ¿Ella sigue viva?

—No —respondí. La sonrisa desapareció de su rostro poco a poco—. Está muerta de una vez por todas. Supongo que se acabó.

—¿Has sido tú? —Sostuvo mi mano con más fuerza. Había olvidado que todavía teníamos las manos unidas.

—Fue Shak. Él quiso matarla. Fue rápido. Ha quemado su cuerpo, por si acaso. También me deshice de la malicia con el poder.

Se hundió más entre las mantas y soltó un largo suspiro.

—Se acabó —murmuró, incrédulo—. Puedo dormir tranquilo por las noches.

Sonreí un poco, aunque no dije nada. Hubo silencio durante un rato. A pesar de todo lo que había ocurrido, me sentí afortunada por que Link siguiera vivo, respirando con normalidad y descansando a mi lado. Se merecía descansar.

—¿Zelda? —susurró sin abrir los ojos.

—¿Qué?

—Siento que tuvieras que pasar por todo eso tú sola. Tendría que haber estado contigo cuando ella murió.

—Y yo siento que tú tuvieras que enfrentarte a ella solo. Aunque fuera decisión tuya —añadí con reproche.

Había sabido que Link me estaba mintiendo desde el principio. Que había cosas que no me estaba contando. Pero decidí ser cuidadosa y no lo presioné. Había sabido también que planeaba algo aquella noche horrible por sus palabras. Diosas, incluso había llorado un poco.

Lo había sentido irse de la cama en mitad de la noche. Me había quitado el camisón de dormir y lo había seguido sin hacer ruido, muy despacio. Él no se había dado cuenta. Siempre había dicho que podía ser sigilosa, al fin y al cabo.

—¿Te duele mucho? —le pregunté al ver su mueca de dolor.

—Duele como el mismísimo infierno —masculló.

Me sorprendió que lo admitiera sin oponer resistencia. Solía esconder su dolor incluso frente a mí. Pero había dicho que lo haría mejor, después de todo.

—Llamaré a Ishi —le dije—. Seguro que tiene algo para el dolor que te ayudará.

—Espera —dijo él, tirando de mi brazo. Me detuve y lo miré con curiosidad. Link titubeó por unos instantes, como si le diera miedo seguir hablando—. ¿Tú todavía quieres...?

—¿Todavía quiero qué?

Él carraspeó y me miró a los ojos.

—¿Todavía quieres que nos casemos?

Se me escapó una risotada muy poco propia de una dama.

—Más te vale pedírmelo pronto —respondí.

Vi como empezaba a sonreír, pero salí de la tienda en busca de la curandera antes de que pudiera decir nada más.

Ishi se apresuró a entrar en la tienda. Revisó el estado de Link, le cambió las vendas y nos dejó un frasquito relleno de un líquido blanquecino que me resultó vagamente familiar.

—Esto me lo daban en Kakariko para dormir —dijo él cuando Ishi se marchó. Sostenía el frasco en su mano buena.

Ishi había dicho que era menos fuerte que la otra poción que le había administrado a Link para dormir. Me había indicado que solo lo dejara tomársela cuando el dolor fuera demasiado intenso.

—¿A mí también me lo daban? —quise saber. No recordaba mucho de los primeros días después de la derrota del Cataclismo.

Link frunció el ceño y pareció dudar.

—Te lo daban a veces —respondió por fin, a media voz—. Cuando te despertabas gritando y todo eso. Solo pasaba al principio, ya sabes.

Asentí despacio. Impa debía haberse asustado al verme histérica después de tener una pesadilla. Incluso Link se asustaba a veces, sobre todo cuando utilizaba el poder sin querer, aunque conseguía tranquilizarme siempre. Era verdaderamente admirable.

Al cabo de un rato, el hambre pudo conmigo y comí algo de pastel de manzana. Intenté ir despacio para no vomitar, pero sabía maravillosamente bien y, de nuevo, no había comido nada el día anterior. Esperaba que Link no se enterase. Entraría en pánico si supiera que no había estado comiendo y que, además, dormía en el suelo. Me observaba comer pastel con un brillo de melancolía en los ojos.

—Huele muy bien —señaló con un suspiro.

—No pienso compartirlo —le espeté—. Además, tú no puedes comer pastel de manzana todavía. Te estás curando.

Soltó un gruñido de molestia.

—¿Aún estás enfadada conmigo?

—Estoy furiosa contigo.

Sonreí ampliamente después de decirlo. Después de todo lo que había ocurrido, ni siquiera yo me creía que estuviera siendo optimista. Sin embargo, ya no había amenazas para nosotros. Link no tendría que poner su vida en peligro por mí otra vez. Ahora solo quedaba reconstruir y curarse.

Pasé todo el día dentro de la tienda. Nadie vino a molestarnos, por suerte. Solo Ishi, pero ella no era una molestia. Estaba haciendo su trabajo y podía ver que se preocupaba por Link de verdad, aunque apenas lo conociera. Empezó a relajarse cuando se dio cuenta de que yo no pensaba marcharme de la tienda y disminuyó el número de visitas, aunque siempre que la veía estaba por los alrededores.

Por la tarde, Link empezó a quejarse del dolor. Sin embargo, se negaba a tomar la poción para dormir. Decía que podría soportarlo solo. Y yo me limité a coger su mano y esperar, intentando distraerlo.

—Zelda —gimió él—, la espada.

—¿Qué pasa con la espada?

—La necesito.

Dirigí una rápida mirada a la Espada Maestra, que descansaba en un rincón de la tienda. Link no había hablado de ella en todo el día. Volví a mirarlo con el ceño fruncido.

—¿Para qué la quieres?

—La necesito —repitió él.

Suspiré y cogí la espada con ambas manos, porque era muy pesada para mí. La dejé con cuidado sobre el regazo de Link y él pasó los dedos de la mano buena por la vaina. Luego inspiró hondo y la desenfundó con esfuerzo. Cuando empezó a hacer muecas yo me apresuré a ayudarlo para que no se hiciera daño.

La espada emitía un tenue brillo plateado. Yo me sobresalté, pero Link no pareció en absoluto sorprendido. Rodeó la empuñadura con la mano que no estaba herida y la dejó sobre su regazo de nuevo. Cerró los ojos y permaneció así un largo rato. Sopesé la posibilidad de sacudirlo varias veces por si algo malo le había ocurrido, pero el brillo de la espada me transmitía calma. Paz. No había nada que temer. Así que no me entrometí.

Cuando por fin la espada dejó de brillar, él abrió los ojos. No me moví de mi asiento, pero lo examiné con cautela. Él tenía una expresión indescifrable en el rostro. Lo ayudé a envainar la espada y luego la dejé junto a la cama.

—¿La has oído? —le pregunté.

—Sí.

—¿Es algo bueno?

—Tengo que pensármelo.

No añadió nada más. Sabía que no estaba intentando ocultármelo; el problema era que no estaba preparado. Y no iba a presionarlo si ese era el caso.

—¿Me lo contarás?

Link cogió mi mano. Mantenía su mano mala muy quieta y, cuando la movía sin querer, se quejaba por el dolor.

—Te lo contaré —me prometió.

Aquella noche, dio vueltas y más vueltas hasta que por fin me hizo caso y decidió tomar un sorbito de la poción que Ishi nos había traído. Aquello lo ayudó a dormir durante unas horas, y yo también conseguí algo de descanso. Lo que había sucedido con la asesina me parecía una pesadilla muy lejana, una en la que no quería pensar. Y lo prefería así. Si los recuerdos fueran demasiado vívidos, tendría más pesadillas.

Pasaron cuatro días. Nadie salvo Karud vino a visitarnos. Seguían dejando pastel de manzana para Link y para mí, y yo lo agradecía. Apenas salía de la tienda pero, si lo hacía y me preguntaban por Link, decía que todo iba bien. Que estaba curándose. Y no era ninguna mentira; él estaba curándose de verdad. Aún tendría que estar al menos una semana sin salir de la cama, pero Ishi había dicho que podía sentarse y moverse mientras fuera con cuidado.Y yo me aseguraba de que siguiera sus indicaciones.

—He oído que los líderes se están comportando de forma extraña —nos dijo Karud una mañana.

—¿Qué forma extraña? —quise saber yo.

—Se están interesando por lo que estamos haciendo nosotros y por hacer otro tipo de cambios. Juntos, Zelda. Todos juntos.

—Ya estaban interesados en la reconstrucción —repliqué—. Pero me alegra que quieran trabajar juntos.

—Hablan de ti, niña —dijo Karud en voz más baja—. De vosotros dos, en realidad. Os habéis hecho bastante famosos. Estoy seguro de que las cartas no tardarán en llegar. Estad preparados.

Link soltó un gruñido y maldijo entre dientes. Yo forcé una sonrisa.

—Si es por el bien de Hyrule, cualquier cambio es bienvenido. Y tanto Link como yo ayudaremos en todo lo que podamos.

—Link necesita un largo descanso —masculló Link.

Karud sonrió y le dio unos golpecitos en el hombro. Había estado preocupado por Link, aunque dudaba que fuera a admitirlo algún día.

—Es el precio que hay que pagar por ser alguien importante, amigo mío. Muy pocas veces podrás tener un descanso.

Link gruñó otra vez, aunque estaba segura de que él ya sabía todo aquello. Siempre había sido conocido en Hyrule.

—Artyb quiere hablar contigo —añadió Karud—. No quería venir porque no dejáis entrar a nadie, así que me ha dicho que te lo pregunte.

—Dile que venga mañana —dijo Link.

—¿Mañana? ¿Por qué no hoy?

—No es asunto tuyo. Hoy estaré ocupado.

—¿Ocupado? —Karud dirigió una mirada significativa a las vendas que cubrían sus heridas—. ¿Ocupado con qué?

—Podría ocuparme de mis asuntos si te fueras.

—¡Link! —siseé, pero él no me hizo caso.

Al parecer se habían puesto de acuerdo para ver quién aguantaba más sin pestañear. Link lo miraba de forma plana, como si fuera idiota, y Karud pareció confundido durante unos momentos, hasta que se le escapó una exclamación ahogada y sonrió.

—Se lo diré a Artyb —dijo, y luego se puso en pie—. Que tengáis un buen día.

Se marchó de allí a toda prisa y yo miré a Link, buscando explicaciones.

—¿Qué le has hecho? —le pregunté.

—¿Yo? No le he hecho nada.

—Casi se ha ido corriendo.

—A lo mejor se estaba meando encima —murmuró él, encogiéndose de hombros—. Eso no es culpa mía, Zelly.

—Insolente.

Él rio, pero luego se me quedó mirando fijamente, de forma extraña. Cuando el silencio empezó a hacerse pesado, fruncí el ceño.

—¿Algo va mal?

Negó con la cabeza y luego miró hacia la lona. Los rayos de sol se colaban e iluminaban la tienda.

—¿Es por la mañana?

—Sí —respondí con cautela—. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Podrías... asegurarte de que es por la mañana?

Vacilé un instante y luego asentí. Mientras iba hacia la salida de la tienda, me pregunté si se habría golpeado la cabeza. Tal vez aquella poción para dormir tenía algún efecto secundario. Tendría que preguntárselo a Ishi.

—Ni siquiera es mediodía aún —le dije mientras volvía a su lado.

Él inspiró hondo, como si estuviera preparándose para un duelo a muerte, e intentó sentarse sobre las mantas. Me apresuré a ayudarlo.

—Sabes que no puedes hacer movimientos bruscos.

—Al infierno con los movimientos bruscos —gruñó él—. Estoy yendo con cuidado.

Lo tuve a mi altura entonces. Estaba a punto de recordarle que debía tener cuidado cuando me di cuenta de lo nervioso que estaba. Ni siquiera podía mirarme a los ojos durante mucho tiempo.

—¿Link?

Él titubeó.

—Nunca he hecho esto antes —dijo—. No me culpes si sale mal.

Iba a preguntarle de qué demonios estaba hablando, pero entonces Link cogió mis manos y las sostuvo con firmeza.

—Iba a esperar un poco más. Al menos hasta que pudiera moverme. No quería hacerlo así, pero creo que soy tan impaciente como tú.

—¿Link? —repetí estúpidamente, porque no sabía qué más decir.

—Me arrodillaría si pudiera, pero ya sabes que no puedo. Así que tendrá que ser aquí. —Me miró a los ojos por fin—. Zelda Hyrule —dijo—, cásate conmigo.