Voldemort todavía tardó una semana en comunicarles a sus mortífagos la misión de la que Sirius habló a Bellatrix. Eso se unió a que Narcissa volvía a estar intratable porque Draco tampoco iba a acudir por las vacaciones de Pascua. Y quedaba el tercer frente: el marido que amenazaba con hundir su reputación si le era infiel pero que no quería divorciarse. Bellatrix no sabía quién la desesperaba más.
La mañana en que se prepararon para el asalto a la Madriguera, Bellatrix pensó que si moría en esa ocasión, al menos se libraría de varios problemas. Ese pensamiento la ilusionó ligeramente. También otro que quería ocultarse: iba a volver a ver a su traidor favorito. Quizá si se quitaban rápido lo de secuestrar a Potter les quedaba tiempo para…
—Recordad… Dejadme el chico a mí —siseó Voldemort devolviendo a Bellatrix a la realidad.
Era una misión importante porque el Señor Oscuro iba a formar parte de ella. La bruja lo conocía y sabía que aparecería el último (para ahorrarse trabajo o por mayor teatralidad, no lo tenía claro), pero aun así siempre era mejor que los acompañara, más garantías de éxito. Él era capaz de volar sin escoba —tal era su conocimiento de la magia—, por tanto sería su forma de desplazamiento. A Bellatrix le había enseñado cómo hacerlo, pero necesitaría más práctica para hacer así un viaje largo. Era muy buena con la escoba, así que supuso que iría con una.
Tras las verjas de la mansión los esperaban una pareja de thestrals y dos caballos abraxan. Voldemort invocó también dos escobas y dos capas de vuelo automático. Salvo las capas —que debían volar solas llevando a su portador pero solían fallar— a Bellatrix le valía cualquiera de los otros tres sistemas. Prefería la escoba, claro, pero si le tocaba uno de los bichos voladores, le parecería bien.
—Lucius, Dolohov.
En cuanto Voldemort mencionó sus nombres, las escobas se acercaron a ellos. Montaron y partieron de inmediato hacia su destino. Los thestrals fueron para Rodolphus y Rabastan, a Crabbe y Goyle les tocaron las capas y cuando los abraxan se aproximaron a los hermanos Carrow, Bellatrix ladeó la cabeza confundida. ¿Cómo iba a ir ella?
—Vamos, primita, no tengo toda la tarde.
—¡Ni de broma! —exclamó Bellatrix.
Sirius acababa de aparecer en una enorme moto oscura. Por innegablemente sexy que fuese la imagen (aunque lo hubiese negado incluso bajo tortura), Bellatrix no pensaba formar parte de ella. Tuvo claro que el propio Sirius se lo había sugerido a Voldemort para fastidiarla. Tras el habitual cruce de insultos, se dio cuenta de que solo quedaban ellos y el Señor Oscuro, que los contemplaba con rostro inexpresivo.
—Voy con mi propia escoba —decidió Bellatrix al momento.
—No. Debemos viajar de formas diferentes para asegurarnos de que alguno llega en caso de imprevistos —sentenció Voldemort.
—Puedo aparecerme cerca y andar el camino que sea —casi suplicó Bellatrix mirando a su maestro.
—Eso sería como una hora andando —la informó Voldemort—. No llegarías a tiempo y el castigo sería el mismo que en caso de fracaso.
Bellatrix chasqueó la lengua con fastidio buscando otra solución. Podía volar sin escoba; si su maestro lo hacía, ella podía también. «No tantos kilómetros y sin preparación previa» tuvo que reconocerse internamente.
—Sabía que te daría miedo… El valor nunca estuvo entre tus virtudes —murmuró Sirius burlón—. Aunque claro, ¿qué virtudes tienes tú? —se preguntó pensativo— Alcoholizarte sin desmayarte, esa te la concedo… También quizá…
Para que se callara, viendo que no había otra solución y dispuesta a vengarse, Bellatrix se subió en el terrorífico chisme muggle. Claro que le daba miedo, ¡¿a quién en su sano juicio no le daría miedo eso?! No quería una muerte ridícula, vulgar.
—Vas a tener que agarrarte —comentó su primo que parecía estar disfrutando enormemente.
—Me voy a agarrar a tu cuello hasta que dejes de respirar —gruñó ella pasando los brazos por su cintura casi sin tocarlo y por supuesto con la varita en ristre.
De reojo le pareció observar que el Señor Oscuro los observaba entretenido. Al final iba a tener en común con Dumbledore la pasión por el cotilleo…
Cuando Sirius arrancó, la bruja tuvo que contener un grito de horror. Esa cosa iba muy rápido, mucho más que el mejor modelo de escoba. Le costó unos minutos lograr que su corazón desacelerara y comprender que había posibilidades de sobrevivir. Debía de ser un transporte para tontos porque su primo lo controlaba muy bien.
—¿Sigues teniendo miedo? —se burló Sirius gritando por encima del viento.
—Tengo mi varita apuntando a tu cuello y tú estás desarmado… ¿Quién debería tener miedo?
Como respuesta, Sirius aceleró (en ningún momento habían ido despacio). Tomó las curvas sin detenerse, saltando los baches de la forma más abrupta posible. Bellatrix comprendió que trataba de molestarla. A ese juego podían jugar los dos. Con la mano izquierda —para no soltar la varita—, serpenteó bajo la capa de viaje de Sirius y la coló bajo su camisa. Le arañó el pecho suavemente y notó como el mago se veía obligado a reducir la velocidad. Estuvieron así un par de kilómetros. Después, la bruja pasó al muslo. Trepó por él lentamente, disfrutando del momento. Hasta que entre dientes, Sirius le exigió que parara.
—No sé a qué te refieres —susurró Bellatrix en su oído.
Por encima del ruido y el viento, el mago solo escuchó un sensual siseo, pero el efecto fue el mismo. Pasaron así todo el viaje, provocándose de las maneras más creativas. Hubo tramos en que la moto alzó el vuelo, pero Bellatrix apenas se dio cuenta, estaba muy entretenida. Sirius fue el que más agradeció alcanzar el destino. Los thestrals con los hermanos Lestrange aterrizaron poco después de ellos.
—Sí que te gusta ir en moto, Black —se burló Rodolphus.
Ocultando la sonrisa, Bellatrix observó el pantalón semiabultado de Sirius y se adelantó a la respuesta de su primo:
—Eso no es nada —le espetó despectiva a su marido.
Rodolphus frunció el ceño, preguntándose si el hecho de que Bellatrix pareciera estar al tanto de las medidas de su primo podía significar algo. «Imposible, se odian» fue la respuesta que debió de darle su cerebro. El asunto quedó ahí porque empezaron a llegar los demás.
Sirius extrajo de su bolsillo un frasco de poción multijugos, introdujo dentro un pelo de un muggle con el que había discutido en un bar y se lo bebió. «Vaya desperdicio» pensó Bellatrix observando como su cabello y estatura se acortaban y su figura tornaba exageradamente musculada. Prefirió ignorar a su primo —ahora irreconocible— y contempló el terreno en aquella noche con luna creciente.
La Madriguera era un edificio entre colinas y campos. Parecía una pocilga de piedra con varios pisos mal añadidos y contaba con un jardín delantero y otro trasero. Al fondo se adivinaba una carretera que lo conectaba con el pueblo más cercano. Las luces lejanas de este y de algunas habitaciones suponían los únicos focos de luz esa noche. En el ambiente flotaban las protecciones mágicas de forma casi palpable.
—Apartaos —ordenó Voldemort apareciendo frente a ellos.
Ejecutó maleficios por espacio de dos minutos. Durante uno de ellos que requería dos varitas, le indicó a Bellatrix que colaborara (asegurándose de que no parecía que le pedía ayuda). Ella lo hizo encantada. Pronto dejaron de sentirse las barreras mágicas.
—Atacad —ordenó simplemente el Señor Oscuro.
Como Bellatrix había previsto, Él no pensaba intervenir hasta el último momento. Quizá, de haberlo hecho, los resultados hubieran sido mejores…
Tuvieron la mala suerte de que esa noche Harry y los Weasley tenían compañía: Hermione Granger pasaba las vacaciones con ellos; Bill y Fleur estaban de visita y Tonks, Lupin, Shacklebolt y Ojoloco se habían quedado a cenar tras una reunión de la Orden. Unidos a la familia pelirroja alcanzaban la superioridad numérica. Perdieron la casa, que ardió en llamas en cuanto respondieron a los ataques, pero eso solo aumentó su rabia. En especial la de Harry, que sabía que él era el motivo del ataque.
—¿Vienes a por mí, bebé Potter? —se burló Bellatrix entre carcajadas cuando Harry le arrojó sin éxito varios conjuros para desarmarla.
Fue a por ella, pero no solo. Su amiga sangre sucia estaba con él. A esa Voldemort no les había prohibido matarla…
—¡Avada kedavra!
—¡Hermione! —chilló Harry con verdadero horror.
Fue tarde, su mejor amiga estaba muerta. Ojoloco corrió la misma suerte cuando acudió a protegerlos y Bellatrix disfrutó y rio a carcajadas. Dejó de reír cuando se dio cuenta de que en el proceso, Lupin había agarrado a Harry y se lo llevaba contra su voluntad. Voldemort apareció entonces. La familia Weasley y quienes quedaban de la Orden agarraron un traslador de emergencia y desaparecieron. Ningún mortífago logró llegar a tiempo para seguirlos.
—¡NOOOOOO! —bramó Voldemort colérico por haberlos perdido.
Los mortífagos lo miraron aterrados y él les espetó con rabia:
—Luego me ocupo de vosotros.
Desapareció al punto. Quizá era capaz de rastrear el traslador o tal vez tenía una lista de destinos probables… La cuestión es que se marchó dejando a sus fieles asustados y frustrados.
—Os dije que no teníamos que abrir fuego, debimos hacerlo con más sigilo —se lamentó Lucius.
—Bellatrix es incapaz de hacer nada con sigilo —masculló Rodolphus.
—Anda que tú has sido muy útil dejando que esos críos te aturdieran —le espetó su mujer.
—La que tuvo al crío delante y se le escapó fuiste tú —remarcó Goyle.
Bellatrix apretó los puños con furia al entender cómo iba a desarrollarse aquello: cuando llegase el momento, todos la culparían a ella con la esperanza de librarse del castigo. Le daba igual a ese respecto, estaba segura de que Voldemort los torturaría sin excepciones; pero que fueran tan cobardes y traidores hacía hervir su sangre. De todas maneras, defenderse de esa jauría de perros rabiosos era inútil: o los mataba a todos o solo perdería el tiempo. Por eso no fue ella la que respondió…
—En cuanto llega el momento de actuar, absolutamente todos dais pasitos de tortuga con la varita temblorosa mientras intentáis no orinaros de miedo —comentó Sirius despectivo—. Rogáis a Merlín para que la loca esta empiece a atacar y os abra el camino. Así que mostrad al menos un mínimo de dignidad y cerrad vuestras bocazas, que dais un asco y una lástima insuperables.
Algunos, furiosos, trataron de replicar, pero era completamente cierto. Además, Sirius —como Black y como criminal demente e impredecible— también les daba miedo. El problema de la cobardía… Así que retrocedieron, recuperaron sus medios de transporte y se marcharon lo antes posible. Sirius (que acababa de recobrar su físico) los observó burlón cruzado de brazos. Bellatrix se alejó y se acercó a la casa. Observar el fuego siempre la tranquilizaba.
«Ha tenido que defenderme el estúpido traidor», pensó con rabia, «Soy casi tan patética como ellos». A unos metros de ella, el irregular edificio de piedra se derrumbaba lentamente. El olor del fuego y el crepitar de las llamas la calmó un poco, convirtiendo la rabia en tristeza. Le había fallado a su maestro, otra vez…
—Al menos te has cargado a Ojoloco, ¿no? No has sido inútil del todo.
Aunque hubiese preferido estar sola, Bellatrix no protestó esta vez por la presencia de su primo. También agradeció que no tratara de animarla ni humillarla, simplemente hizo uno de sus comentarios habituales y eso le gustaba porque sabía manejarlo.
—A la sangre sucia también.
—¿A Hermione? —preguntó Sirius sorprendido.
La bruja asintió. Sirius chasqueó la lengua y comentó:
—Harry está perdido sin ella. No llegará muy lejos…
A Bellatrix le dio igual, esa excusa no valdría ante Voldemort. Volvió a perderse en sus mundos de culpa y locura, pero su primo siguió hablando:
—Yo he matado a la veela. He desviado un desmaius de Shackelbolt y le ha dado a ella empujándola al fuego.
Su prima le miró de reojo con curiosidad. O realmente estaba de su parte o tenía unos nervios de acero para comentar así las muertes de sus amigos y aliados… No lo sabía, ya hasta dudaba en ese tema y eso todavía la frustraba más.
Se quedaron unos minutos en silencio, contemplando el fuego, aun sabiendo que debían marcharse antes de que llegasen los aurores. Sirius fue quien primero salió del trance:
—Alegra esa cara, primita, aún queda lo mejor, ¡la vuelta!
Bellatrix no comprendió su entusiasmo hasta que vio que se refería a otro viaje en el hipogrifo ese de acero. No le apetecían más sobresaltos. Murmuró que como Voldemort había quitado las protecciones, bastaría alejarse un par de kilómetros para poder aparecerse.
—De ninguna manera. Soy un caballero, te devuelvo a tu casa sana y salva —comentó burlón sacando las llaves de su bolsillo.
Eso le dio una idea a su prima, que cambió de opinión. Atrapó las llaves con un accio y exclamó: «¡Vale! ¡Pero conduzco yo!». Desoyendo las protestas de Sirius, salió corriendo hasta el lugar donde habían aparcado. Se sentó en la moto y examinó el manillar. Junto a ella, Sirius la miró de brazos cruzados.
—Aparta de ahí. Nunca he dejado a nadie conducir mi moto.
—Somos familia, Siriusín, a mí me vas a dejar —respondió sonriendo por primera vez ese día—. ¿Qué palabra digo para que arranque?
Su primo rio entre dientes mientras ella probaba a repetir «Arriba» y otras fórmulas que funcionaban con los aparatos mágicos. Ninguna surgió efecto, pero no se rindió. Cuando empezó a tocar palancas, Sirius se asustó: en medio minuto podía dejar su moto nueva peor que la Madriguera.
—Hay que meter la llave en el contacto.
La bruja era demasiado orgullosa para preguntar qué era el contacto. Falló un par de veces, pero para sorpresa de Sirius lo encontró rápido. No le quedó otra que sentarse tras ella y explicárselo:
—En la mano derecha tienes el acelerador, pero debes usar también tu cuerpo para avanzar o frenar. Ahí en el pie tienes uno de los frenos y…
—Bah, con el acelerador me sirve —le cortó Bellatrix impaciente.
Arrancó a una velocidad que hubiese avergonzado a una snitch. Invirtiendo los roles de la ida, fue Sirius quien tuvo que ahogar un grito y exigirle que redujera. Su prima le ignoró, muy concentrada en su labor. Él tampoco pudo discutir más: tuvo que usar su varita para ir apartando obstáculos y corrigiendo el rumbo. También tenía que indicarle la ruta porque Bellatrix no tenía ni idea. Tuvieron suerte de que a esas horas de la noche hubiera muy poca circulación.
Les costó más de media hora pillarle el truco y aun así la conducción siguió siendo brusca y demasiado rápida. Pero a ninguno de los dos les importaba morir, por eso rieron y disfrutaron del viaje. Sobre todo Sirius, Bellatrix seguía triste por el fracaso de la misión.
—¿Seguro que es por aquí? No me suena nada de esto —murmuró Bellatrix cuando tomaron una carretera secundaria mucho más tranquila.
—¿De verdad quieres volver a casa tan pronto? —preguntó Sirius.
Rodolphus, reproches, mortífagos furiosos y asustados, tristeza, impotencia, rabia… No, todo eso podía esperar, decidió Bellatrix. Le preguntó a su primo a dónde estaban yendo entonces y él solo le indicó que tomara la siguiente salida. Tenía que darle las indicaciones con bastante antelación porque a Bellatrix le costaba acatarlas.
Entraron en un barrio residencial a las afueras de Londres. Las calles se veían humildes, con casas de ladrillo, pequeños comercios de toda la vida y un parque infantil cuyos columpios no parecían muy seguros. Bellatrix contempló la zona con curiosidad mientras Sirius le indicaba que tomase una larga avenida hasta el final.
—Es ahí adelante. Voy a frenar yo porque tú nos matarás a los dos —le advirtió él.
—¿Eso te supondría un problema?
—¿Morir? De normal no, pero ya que hemos llegado hasta aquí, confío en echar al menos un polvo.
Bellatrix rio, satisfecha de que persiguieran el mismo plan.
Habían llegado al último tramo de la calle. Las casas cada vez estaban más espaciadas, ya no había tiendas y al fondo solo se veía una carretera. Había árboles frondosos y farolas ejerciendo de vigías. Se veía un lugar sencillo y tranquilo para vivir.
Aparcaron ante una de las últimas casas, solo tres más la separaban del final del camino. Su aspecto era igual al resto —pequeña, ladrillo oscuro y un jardín delantero—, solo que parecía más descuidada, acaso abandonada a su suerte.
Sirius bajó de la moto. Bellatrix le imitó con curiosidad y volvió a preguntarle dónde estaban.
—Es mi apartamento. Me lo compré a los dieciocho con la herencia del tío Alphard. Pensé en alquilar, pero quería tener algo mío, aunque fuese pequeño. No he vuelto desde el día en que mataron a los Potter.
—¿Por qué aquí?
—Busqué literalmente el barrio más alejado de Grimmauld Place, no quería encontrarme a mi madre haciendo la compra.
Bellatrix rio entre dientes, Walburga jamás se rebajó a semejante tarea vulgar.
Observó como con un complejo conjuro familiar, Sirius abría la puerta. Igual, si no hubiese estado distraída observando el trasero de su primo o si la adrenalina tras la misión y la emoción del viaje no hubiesen nublado sus emociones, hubiese recordado las enseñanzas de Voldemort y hubiese percibido el conjuro de alarma que pesaba sobre esa casa. Pero no sucedió. Sirius entró y ella le siguió sin dudar.
