A la mañana siguiente, la primera en despertar temprano fue Elsa. Usualmente con los deberes y mandados solía ser la menor de ambas, pero ahora que estaba ella, cubrirá su turno como la buena hermana que era.

Al no quedar nada para el onomástico de la menor, tenía que ver los preparativos como años anteriores lo había hecho. ¿Lo bueno? que ahora no había gripe que la detuviera, aunque debía admitir, que el cambio de habitacion a mitad de la noche no siempre le ayudaba del todo, así que debía aprovechar mientras pudiera.

Se acicaló como es debido, dándose una ducha y armando con su magia una camisola blanca. En ese calor, era MUY necesario. Se recogió el cabello en una desordenada coleta y emprendió camino, apuntando mentalmente cada quehacer.

— Quehacer real, invitaciones, banquete y una taza de chocolate frío porque sino no funciono. ¡Oh! y el pastel, de chocolate y del fuerte. Con un toque de licor porque si no Anna no se lo come. — Negó, al tiempo que se percataba haber hablado nuevamente en monólogo, exteriorizando sus pensamientos.

Rara costumbre en ella pero necesaria al final.

Justo cuando estaba a nada de llegar al despacho para empezar con la jornada, el calor la inundó. No, definitivamente no podía empezar su mañana sin tener ese bendito chocolate antes. Se volvería loca. Retomó la dirección hacia la cocina, y, al entrar, el aroma a montaña, establo, y paja la inundó. Hizo una mueca, esperando encontrarse a su cuñado, pero no lo halló. Se extrañó, hasta que unos pasos alejándose con prisa le indicaron el motivo.

Negó nuevamente. De seguro era este saliendo a prisas. Tan reciente, que el aroma había quedado impregnado en el ambiente.

Mientras se servía su ansiado chocolate frío, agregó un último pero importante apunte a su lista.

— Y mandar a bañar a Kristoff, este hombre es capaz de asistir como cualquier cosa. — articuló, chocolate en mano y sentándose en una de las sillas del comedor de la cocina. A los pocos minutos, vislumbró a su hermana en el marco de la puerta. Esta tenía los mechones alborotados y una cara de pocos amigos.

— ¿Y ahora? ¿Qué haces despierta tan temprano? — Elsa se extrañó.

— Soy la reina. — dijo Anna, sentándose frente a ella —. No lo odio, pero esta es la peor parte. — y bufó.

— ¿El quehacer?

— ¡Levantarme temprano! — Anna hizo berrinche —. ¿Por qué tengo que levantarme temprano? — ahora soltaba un puchero —. Oh, claro, tengo que…

— Reunirte con el consejero, armar el plan mensual de la producción en Arendelle, y firmar el documento para subirle el sueldo a los granjeros, lo cual, creo es un hermoso gesto de tu parte. Lo que me sorprende es lo del afrodisiaco. ¿En serio lo apuntaste? ¿Tan mal estás con Kristoff?

— ¡Elsa! — A Anna se le subieron los colores al rostro.

— ¿Qué?

— No se supone que supieras eso, ¡Es privado!

— No lo apuntes junto a tus quehaceres reales entonces.

—¿Y tú porque lees mis quehaceres?

— Perdón por querer ayudar a mi pobre hermana estresada. — aclaró Elsa, y a Anna le brillaron los ojos, emocionada.

— Awwwwn ¿En serio harías eso por mi? — A Anna no le cabía la sonrisa de la emoción.

— Sí, ¿Te sirvo o no? — Elsa hizo un gesto con sus manos, pidiendo implícitamente la super taza de su hermana, aún vacía.

— Sí, por favor. — Anna se la entregó y, mientras esta hacía todo el quehacer - incluido enfriarlo - la menor no dudo en abrazarla por la espalda y acotar, contenta:

— Te amo mucho, eres la mejor hermana del mundo. — Anna besó su hombro —. Cualquier cosa que necesites solo dimelo.

— De hecho…

— ¿Si? — Anna aún la tenía abrazada por la espalda, contacto que se rompió cuando Elsa se giró y le entregó su taza ya llena. La rubia se quedó en silencio y se mordió el labio, como cuando estaba apunto de cometer una travesura. Anna volvió a preguntar.

— ¿Qué pasa Els? — preguntó Anna, extrañada.

— Es que, bueno, ya sabes que yo siempre planeo tu onomástico, y estaba pensando que quizá…. no sé… — titubeó, y después continuó —. Tal vez sea una buena ocasión para incluirla, ¿no crees? — prosiguió, nerviosa —. no es que no lo hayas hecho antes, de hecho creo que eres una excelente hermana por eso, pero…

— Elsa no divagues, tu no divagas, yo lo hago.

Entonces, Elsa tomó aire y soltó de golpe:

— Solo quiero que Honey esté ese día, es mi pareja y no quiero dejarla, ¿puedes, puedes, puedes? — pidió Elsa, poniendo sus ojos de cachorrito.

— Sabía que tanta amabilidad tenía un precio. — objetó Anna, dolida.

— No hay ningún precio, eres mi hermana y te he ayudado siempre, lo sabes.

— ¿Ahora me echas en cara?

— ¿Qué? ¡No! — Elsa estaba cada vez más nerviosa. —. Es una petición simple, si no deseas entonces…

— ¿Y qué clase de hermana sería yo? ¿Es tu noviecita, no? Pues ya, no quiero verte mal ese día.

— Tampoco te pongas así…

— ¿Ponerme como? Si no les he puesto trabas desde que la presentaste, hasta tu sola pregunta me ofende. No soy tan mala, Elsa.

— Lo sé… pero es tu día y…

— Ya, gracias por la consideración.

— Hey, vamos… cambia esa cara. — Elsa le robó un pico, luego otro y otro más —. Te amo, ¿si?

— Ayúdame con todos los quehaceres hasta mi onomástico y te creo. — Anna se dejó hacer, aunque reticente —. Esto de ser reina me está consumiendo.

— ¿No voy a hacer eso acaso?

— Todos, incluyendo el afrodisiaco, he estado tan metida y estresada que no quiero pensar en nada. Necesito salir del castillo y regresar renovada y lista para tener una noche de pasión con mi marido, que mucha falta me hace.

— Ok, cuenta con ello.

— y Elsa.

— ¿Si?

— Son solo dos gotas. — Anna advirtió —. No más, no menos. Está en el segundo cajón de mi habitación. A la derecha.

— Comprendido, tú relájate, que yo me encargo de todo. — soltó la rubia, contenta. La menor le robó un último beso antes de salir junto a su chocolate, dejando a la rubia sola. Si… no es como si fuera la primera vez que llevara a cabo tal cargo. Tendría que retomar sus viejos tiempos de monarca, claro que sí.

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El día dio su curso, y, lo que para Elsa resultó ser tarea sencilla en su momento, no lo fue, ya que, además de la carga mental y las reuniones, su hermana había resultado ser muy desordenada para ciertas cosas, por no decir para todo. Elsa se quería morir. La tarea estaba resultando más difícil de lo que esperaba.

— No, no, no y ¡no! — La rubia buscaba por cielo mar y tierra un file de documentos, mismos que se habían extraviado en todo ese mar de papeleos.

— ¿Qué pasa, Elsa? — Olaf le había hecho compañía en lo que quedaba del día. Este se hallaba sentado frente a ella e intentaba hacerse el intelectual entendiendo lo que la mayor hacía, comprendiendo poco o nada.

— ¿Tú qué crees, Olaf? — Elsa estaba exasperada —. Mi hermana resultó ser un caos como reina. Mañana tengo que presentar un documento muy importante al consejero y no lo encuentro.

— ¿De qué es el documento?

— Es el plan mensual que siempre se presenta. Tengo que hacer un resumen y no hallo los anteriores. No se donde rayos lo dejó mi hermana — y bufo —. ¿Sabes que? Está bien. Yo lo hago.

Su lado maniático y organizador salió, mismo que creyó olvidado hace mucho. Siguió buscando, exasperándose cada vez más no hallar nada, hasta que tocaron a la puerta.

— ¿Majestad? — Era Gerda.

— ¿Si? — Elsa ni siquiera la miraba. Estaba concentrada.

— ¿Desea que le traiga la cena? ¿o va a esperar a su hermana y su cuñado? No tardan en llegar.

— ¿La que? — Entonces, el cerebro de Elsa hizo click. Su mente procesó la última palabra y recordó todo de golpe.

Cena. Noche. Afrodisiaco.

Mierda.

La rubia finalmente levantó la mirada y respiro, lento y pausado, tratando de calmar su creciente ansiedad por no hallar el documento, y por no haber tenido el tiempo suficiente para cumplir con tan banal petición. Estaba por negarse, pero su fiel amigo, como si le leyera la mente, propuso:

— Haz lo que tengas que hacer, yo te ayudo, Elsa. — Olaf soltó aquello con las mejores intenciones —. No debe ser tan difícil, apenas encuentre lo que buscas te lo haré saber, ¿Qué dices?

Elsa, al escucharlo, sintió derretirse por completo, dejando de lado un segundo su faceta maniática y controladora. Negó y articuló:

— No lo sé, cariño, es importante..

— ¿Qué es lo peor que puede pasar? Solo no lo encuentro y ya. Tu, al contrario, ganas tiempo y cenas, lo cual creo que es más importante.

Fue entonces que la rubia se dio cuenta que, quiza y solo quiza, Olaf tenía razón. Nada perdía con darle esa oportunidad al muñequito de nieve. Sus palabras de preocupación la conmovieron tanto, que logró convencerse, aunque fuese por pocos segundos.

— Está bien, cariño, gracias. — soltó Elsa, amorosa, sin mucha fe en el fondo. Pero la intención era lo que contaba, según ella. Se levantó de su asiento y le respondió a la mayor, dejando sus lentes de monarca. —. Iré a cenar, Gerda, ve alistando todo.

— Como ordene, majestad. — la mayor asintió y salió del recinto.

Elsa, por su parte, se dio su merecido estirón y, antes de salir, le dio un último beso en la frente a Olaf, articulando:

—Gracias por tu detalle, cariño, regreso en un momento.

— De nada, Elsa.

Sin más, la mayor salió de la estancia, sintiendo el delicioso aroma de postre recorrer sus fosas nasales, cosa que aplacó por pocos segundos su preocupación por el documento. Después, recordó su principal objetivo. El motivo adicional por el que había salido además de cenar. Bufó, no podía creer que estuviera empleando su tiempo en hacer algo tan mundano como eso.

"Tranquila, Elsa, es por tu hermana. Casi es su onomástico. Se buena, se buena".

Se repitió mentalmente, direccionando su silueta a la habitación matrimonial de su hermana. Al entrar, recordó sus palabras, "segundo cajón a la derecha", y así mismo lo hizo. Encontró un pequeño frasco no tan llamativo que contenía un líquido, unas cuantas pastillas para dormir, y, más al fondo, otros documentos, documentos que, si no se equivocaba, eran también pertenecientes al tema del reinado. ¿Era en serio? No, no… ya no quería estresarse. Agarró la botellita, y, con las mismas, salió.

Al llegar al comedor, halló a las muchachas de la servidumbre y a Gerda que dirigía los platos a servir esa noche. Miro la gran mesa del palacio y notó todo vacío, incluida las copas y un vino con el corcho a medio abrir. Supo, entonces, que debía de actuar en ese momento.

Cogió las tres copas con sigilo y vertió el vino seguido del líquido, con cuidado. Lo vertió…. hasta que en el proceso recordó que eran solo dos gotas.

— ¡Mierda! no, no, no, no. — Quiso detener su mano, pero ya era muy tarde. Su mente le había jugado una mala pasada, y casi la mitad de la botella yacía en esa copa. Ni modo, había cosas más importantes en que pensar.

Puso las copas en bandeja y en orden específico, intentando recordar. O tratar, por lo menos… ahora mismo tenía hambre. Quiso acomodarlas, pero la voz chillona de su mejor amigo la sacó de su concentración específica, despertandola.

— ¡Elsa, mira! — Olaf la jaloneó del vestido.

— ¡Santo, dios, Olaf! — la rubia dio un brinco, por el susto —. ¿Qué pasó? — Elsa giró y sintió como el alma regresó a su cuerpo. Eran los benditos documentos.

— ¿Son estos? — preguntó el muñeco, curioso — Los hallé bajo un compartimiento, estaba muy metido y fue difícil.

— Eres un genio…

— ¿Qué?

— ¡ERES UN GENIO! — Elsa brincó de alegría y lo llenó de besitos en la frente —. Son estos, cariño, ¡Lo lograste! — sin poder evitarlo, hizo un bailecito de victoria, sintiéndose plena al fin. Al terminar, notó que Anna y Kristoff la miraban con la ceja arqueada desde el marco de la puerta, más Anna, quien no dudo en preguntar:

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué celebramos?

— Oh, nada. — "Solo que perdí un documento por tu desorden y ahora mismo te acabo de salvar la vida", pensó, sarcástica —. Ahora mismo tengo hambre, ¿comemos ya?

— Sí, perdona la tardanza. — Anna soltó una risita y apretó la mano de su marido. Kristoff le correspondió el gesto y Elsa rodó los ojos. Volteó para enfocar su mirada en las bebidas y ordenarlas, pero estas ya no estaban. La rubia sintió tragar duro. Abrió los ojos como platos por lo petrificada que se halló al darse cuenta. Estaban en la mesa ya distribuidos.

"Mierda".

Quedó en silencio unos minutos, sin saber qué decir o qué hacer. ¿Cómo rayos no se le ocurrió ponerle al menos una marca para diferenciar la copa que llevaría el afrodisiaco? Muy tarde su reacción. Kristoff ya había tomado asiento y Anna estaba por hacerlo, pero esta se detuvo al ver a la mayor con la mirada en un punto fijo y en silencio.

— ¿Todo en orden, Els? — preguntó Anna, preocupada.

— Sí… supongo que sí. — respondió apenas la rubia, quien ahora tenía una nueva preocupación. ¿Cuál de todas era la maldita copa?

— Estás pálida, parece que hubiera pasado una catástrofe. — Anna la fue llevando a su asiento, ya que la rubia no reaccionaba —. ¿Estás segura?

— Sí…. — "No tienes idea", pensó.

— Bueno. — Aunque extrañada, la pelirroja decidió creerle. Se sentó en su asiento respectivo y quedaron en el siguiente orden:

Anna en la cabecera, Elsa al extremo izquierdo y Kristoff al extremo derecho respectivamente. No les quedó más que esperar por la merienda, misma Gerda fue sirviendo a los pocos minutos, cuidadosa.

Elsa, por su parte, tenía la mirada fija en las copas, intentando sin éxito descifrar cual de todas era. Maldito síndrome de perfección. Hasta la misma cantidad tenían. Ni más, ni menos. Tan perfectamente simétricas y limpias que no halló diferencia.

"Maldición".

El sentimiento de alerta se le incrementó cuando notó que su hermana tomó el vino primero. Mala costumbre que a ese punto era difícil de cambiar en la menor de ambas. Kristoff aún espero, y eso la llenó de más ansiedad.

Miró su copa y evitó tocarla, no, no. No quería cometer un error. En el mejor de los casos, o uno de ellos tenía el afrodisiaco, o no tenían nada. Y así debía de dejarlo.

— ¿Qué tal todo, Els? — Anna la sacó de su ensoñación, empezando de a pocos la merienda —. ¿Te distrajiste mucho? — prosiguió, divertida.

— No tienes idea. — Elsa hizo un ligero mohín —. Me tardé la vida encontrando los documentos anteriores de la producción. Tu organización es MUY peculiar, Anna. — soltó la rubia, sarcástica.

— Oh, sí, jiji. Ya sabes. Cada quien lleva el mando a su manera.

"A una manera muy desordenada", completó en su mente, enfocándose en comer, saciando su apetito, olvidándose de todo por un momento.

— ¿Y ustedes? — continuó la conversación, casual.

— Ohh… no sabes. — Anna comentó aquello muy emocionada y con ojos de amor, mirando a Kristoff —. Kriss me compro un vestido de encaje rojo. Perfecto para estrenarlo el día de mi cumpleaños, ¿No es lindo? — y continuó —. Por eso estaba tan desaparecido. Trabajo mucho para conseguirlo ¡Es un amor! — y, entonces, le robo un pico a su esposo.

— Que lindo. — gesticulo Elsa, escueta —. Eso explica muchas cosas.

— ¿Verdad que sí?

— Sí.

Entonces, fue el turno del recolector de hablar:

— Detalles son detalles. Es un lindo gesto de tu parte lo que haces, Elsa. — la voz de Kristoff fue conciliadora, tomando el primer sorbo a su copa —. Ayudar a mi esposa con los quehaceres es hermoso. El mejor regalo del mundo de hecho.

— Gracias, es lo que hacen las hermanas, supongo. — Elsa seguía comiendo, y, a medida que lo hacía, tenía la boca cada vez más seca. Moría por darle un sorbo a ese vino. Era su favorito.

"No, Elsa, control", se recriminó.

— Solo hay algo que no entiendo. — cuestionó el recolector, curioso.

— ¿Sí, cielo? — Anna preguntó.

— ¿Han hecho pijamadas o algo por el estilo? He encontrado pertenencias de Elsa en nuestra cama. Y no, no digo que esté mal, pero yo ronco y me da pena, entonces…

— ¿Pijamadas? — Anna tragó en seco y Elsa por poco se atora cuando escuchó la acotación de su cuñado, tosiendo con dificultad. La noticia le había caído tan de golpe, que, aquello que pensó sería un simple mal rato, se convirtió en algo mucho peor. Su rostro se tornó rojo y empezó a toser cada vez con más dificultad, sin poder controlarse.

— ¡Dios, Els! — Anna se preocupó y de inmediato la ayudó, guiándola —. Párate y alza los brazos. — pidió, a lo que Elsa de inmediato hizo caso a su petición, sintiendo de a pocos el alivio —. Eso, eso es… — y, entonces, cuando Anna finalmente la notó un poco más calmada y con la respiración acompasada, le entregó su copa —. Bebe un poco, te hará bien.

Fue entonces cuando Elsa más que por alivio que por otra cosa, bebió el contenido de aquella copa, de golpe; o al menos lo suficiente hasta sentir su malestar desaparecer, olvidándose por completo de su control o lo que hubiese ocasionado su abstinencia. A ese punto, su cuerpo añoraba líquido. Y el haberse atorado había sido la cereza del pastel.

— ¿Mejor? — Anna, volvió a su lugar, aún preocupada.

— Sí… mucho mejor. — Elsa intentaba regular su respiración, manteniendo el rojo en su mejillas por el suceso anterior.

— Me asusté, creí que te perdía.

— Ya, no seas dramática. — gesticuló Elsa, recomponiendose finalmente. Se sentó en su asiento nuevamente y, al caer en cuenta de lo que había hecho, se quiso morir. Había hecho justo lo que no debía. Se maldijo a sí misma, rogando que su copa no haya sido la del afrodisiaco.

Intentó ser positiva, con suerte, este había caído en manos de Anna o de Kristoff, lo cual era perfecto, ya que la noche iba a ser de ellos dos. Estaba bien.

¿No?

Los minutos pasaron mientras esta terminaba su merienda, retomando la conversación con los presentes de manera casual, hasta que, en un determinado momento, sintió calor, y no necesariamente en sus mejillas. La ropa comenzó a estorbarle y esa calentura viajó hasta su parte baja, cambiándole por completo la visión del panorama.

Tenía hambre y no necesariamente de chocolate. Estaba perdida.

Perdidamente cachonda.

"Mierda".