-¡Silencio todos! - Aquella mujer que lo había recibido, se encontraba acomodando a los omegas en fila en la entrada del palacio - Ahora todos ustedes pertenecen al gran sultán Pines, líder de nuestro poderoso imperio. Su deber a partir de ahora es servir a este imperio como se les exija.
A pesar de no tener cadenas que los sometieran, los omegas que lo habían acompañado en su viaje, lloriqueaban y susurraban clemencia mientras mantenían sus cabezas bajas y con sus manos aferradas entre sí. Pero todos eran callados por la misma mujer, que tenía un aura dominante ante la insistencia de la calma ante todos los nuevos individuos en el palacio.
El Cipher, quien se encontraba al, final de la fila, se mantenía callado, observando todo con la mirada en alto, sonriente en lo que podía, pues le habían puesto una nueva mordaza en su boca. Movió ligeramente su mandíbula, tragando con dificultad la poca saliva que se había generado en su boca y degustando el ferroso sabor de la sangre que había quedado en paladar, al morder uno de los guardias que lo había sacado bruscamente de su jaula. No permitiría que, por ser Omega, lo tratarían como una basura. Río en lo bajo ante el recuerdo de la cara de odio del guardia hacia su persona.
No pudo evitar ver a aquella mujer con petulancia: cabello negro, largo y ondulado, de baja estatura pero ligeramente más alto que él, morena, muy curvada y semi-robusta. Al Cipher le intrigaba que una Beta pudiera tener tanto control en un lugar como ese, sofisticado, grande, con mucho personal de por medio y muchos guardias que la obedecían firmemente, algunos inclusive alfas.
-Su raza es lo peor - Masculló la pelinegra frotándose sus sienes con fastidio. Al parecer tenía dificultades para calmar a la histérica multitud de omegas. - Cuando menos tengo un resiliente- Su mirada se posó en el rubio, quien se divertía ante los comentarios de la joven y su desesperación al no tener el control de la situación.
La hilarante sonrisa del extranjero, la contagió, y suspiró retomando la cordura. Colocó su mano en rostro, cubriendo su tenue sonrisa, cerró los ojos, y se relajó. De pronto, un aroma fresco y floral a lavanda comenzó a inundar el ambiente.
Los gimoteos de los omegas comenzaron a cesar, y levantaron sus miradas olfateando el aire, buscando al responsable de la suave fragancia que los estaba tranquilizando. William y los demás omegas se sorprendieron al notar como aquella relajante esencia provenía de la "Beta" que les estaba sermoneando. Al escuchar el profundo silencio que se había formado, abrió sus orbes y observó las miradas encismadas en ella. Su carcajada los hizo salir de su confusión.
-Muy bien pequeñas perras, ahora que tengo su atención, me presento- habló la heterocroma con una voz gutural - Soy Sarabi, y yo soy la institutriz de este harem. Yo mando aquí. -cruzó sus brazos y caminó lentamente frente a la línea formada de omegas, observándoles de pies a cabeza - Aquí solo hay una regla importante que todos, sin excepción, deben acatar: Siempre deben obedecer a los rangos superiores. Aquí no nos regimos con nuestra casta, ni mucho menos el sexo, el que sean omegas no los hacen menos, el ser mujeres no las hace menos, pero su actual rango es igual al de los esclavos. El agua, el alimento, su vestir y su estancia se gana en este palacio. El poder se gana en este palacio. Y ustedes deben ganárselo.
Las palabras de la pelinegra retumbaron en la cabeza del Cipher
El poder se gana
-El único poder que no puede subestimarse, es el de nuestro benevolente Sultán Pines. Nuestro monarca y salvador. - Ante las últimas palabras, William rodó los ojos para sí mismo. La joven continuo, ignorando los breves murmullos que se habían formado y comenzó a revisar dientes y ojos de los omegas en la fila, sacando a unos cuantos de la fila con suavidad y apartándolos del resto - Siempre que lo escuchen, lo vean, o solo sientan su presencia, deben reverenciarse con respeto hacia él. No le hablen a menos que se los pida, no le miren a menos que se los pida, y por supuesto, no se atrevan a liberar sus estúpidas feromonas con él. Eso no funcionará y solo lo molestarán, y a menos que quieran su cabeza separada de su cuello, no lo hagan.
La muerte sonaba algo mejor que estar ahí.
-Ustedes llegaron aquí como esclavos, pero cada quien tendrá su rol en este harem.- Cuando la heterocroma llegó a William, este le siseo con soez. Una sonrisa altanera se formó en el rostro de la fémina y jaló su brazo, sacándolo de la fila con brusquedad y lo miró retadoramente - Si hacen todo lo que se les ordene, este palacio se convertirá en su paraíso. De lo contrario, será un verdadero infierno de lo cual me encargaré de calarles en los huesos.
Los omegas guardaron silencio y bajaron la cabeza ante lo último dicho. Una seña fue suficiente para que los guardias se llevaran a los omegas no seleccionados por Sarabi.
-Que Dalila se encargue de educar a los sirvientes. Yo me encargaré de las concubinas y los cortesanos.
Sarabi les indico seguirle. Entre los largos y confusos castillos del palacio, eran escoltados por varios guardias que los miraban con desdén, mientras que aquellos omegas solo podían hipar asustados ante las fuertes hormonas que se olfateaban en el aire. El rubio estaba aturdido ante las fuertes marcas olfativas a su alrededor, pero no se doblegó. Miro con sumo detalle y trató de recordar cada particularidad que le pudiese indicar una salida de aquel lugar.
La pelinegra los ordeno de nuevo en lo que parecía un baño con muchas tinajas de mármol y bancas de piedra pulida. Tres mujeres que vestía ropas pulcras y ordenadas los esperaban, y recibiendo órdenes en un idioma que no comprendió, la mujer beta se acercó a los omegas con cautela.
-Ustedes han sido seleccionadas para ser parte del Harem del Gran Sultán Pines- les llamó Sarabi mientras tomaba al primer omega de la fila y le indicaba que se sentase en una de las bancas de piedra - Por lo tanto, su salud es muy importante, al igual que su higiene. Las doctoras los revisarán y después tomarán una ducha en estos baños, así que ¡Muévanse!
William observó una de las mujeres de las que se encontraban en el lugar, le abría las piernas al omega que recién tomó asiento y observaba sus zonas íntimas con detenimiento. Definitivamente, no quería eso en él. Forcejeo despacio ante las ataduras en sus muñecas y moviendo un poco su quijada, se quejó por el tenue dolor que les causaba sus limitadores. Todo eso no paso desapercibido ante los ojos de la heterocroma.
La mujer con casta desconocida se acercó a paso lento al rubio, quien al sentir sus intenciones de aproximarse, se posicionó en defensa y gruño con cautela. La pelinegra rio en lo bajo y libero un poco de su fragancia a lavanda, siendo percibido por William, sacudiendo su cabeza en forma de desacuerdo. Cuando estaba lo suficientemente cerca, la mujer tomó sus manos con suavidad y lo miro directamente a los ojos.
-Si te comportas, no serás esclavo para siempre- Le susurro la mujer en su idioma natal, sorprendiendo por completo al omega. Lo jaló discretamente en dirección contraria a la multitud y comenzó a desatar las ataduras en las muñecas ajenas - Edúcate, cierra la boca y compórtate. Si te eligen, si satisfaces al sultán, si le das un hijo, serás su favorito y reinarás el mundo a tu antojo. - La mujer le quito con suavidad la mordaza y el contrario se frotó sus mejillas en señal de cansancio por el objeto, no despego la mirada de los ojos contrarios en ningún momento - ¿Entiendes lo que te digo?
-No quiero eso, No quiero estar aquí - Le respondió en el mismo idioma y en lo bajo.
-Nadie aquí lo ha pedido, pero todos se adaptaron. Sobrevivieron y ahora viven llenos de lujos y comodidades lejos de la guerra ¿No es lo que quieres?
-Ellos asesinaron a quien más quería.
-¿Y no quieres venganza?
El rubio asintió.
-Pues es absorbe el poder que este imperio te ofrece. No puedes ser sultán, pero sí un cortesano, una concubina, o inclusive su esposo. Si te conviertes en su esposo, no habrá quien te detenga y todos aquellos que te humillaron se arrodillarán ante ti.
William mordió su labio inferior ante lo dicho. Su corazón le dolía ante el hecho de pensar ese absurdo plan ¿Engañar a su prometido solo por venganza? Era verdad que jamás tuvieron una unión tan íntima como para fundir sus almas en la conexión con "una marca", y le dolía el hecho de que la persona que más amaba murió ante sus ojos sin que pudiera hacer algo al respecto. Ni en un millón de años podría superar el profundo amor que le tenía a Tyrone. Pero a diferencia de su prometido, él estaba vivo, y tenía que hacer que su vida valiera la pena. Que el sacrificio del alfa Tyrone valiera la pena. Tenía que vengarse de esos jenízaros que los atacaron sin piedad.
-Hagamos un trato- Susurró la pelinegra, cortando el silencio entre ambos y llamando la atención de William- Te enseñaré todo lo que debes saber y hacer para alcanzar tus objetivos, pero me deberás ser honesto y obediente hasta que eso pase. Cuando llegues la cima, seré tu fiel sirviente de la misma manera que el amo Pines.
-No puedo confiar en quién siquiera sé su casta. - La sonrisa de la mujer se esbozó en su rostro.
-¿Es la primera vez que conoces a una Delta? No me sorprendería. - El rubio se sobresaltó ante la confesión.
Era difícil, por no decir imposible, que aquella mujer de rasgos muy agraciados fuera una delta. Esa casta se había extinguido miles de generaciones atrás, y por las historias que contaban los antiguos libros, eran humanos con más instintos animales que raciocinio propio. Los pocos que nacían con esa casta por puro capricho de la naturaleza, no alcanzaban la madurez debido a su salvajismo incontrolable, había incluso registros de crías que atacaban a sus propios padres en épocas lunares . Esa mujer no parecía salvaje, era recatada, firme, pragmática y todo lo que se puede decir de una líder innata.
-¿Cómo sé que me dices la verdad? ¿Cómo es que llegaste aquí? ¿De dónde provienes? ¿Cómo sé que puedo confiar en ti? - La curiosidad lo carcomía, y su mente le exigía inquirir más sobre la mujer.
-Demasiadas preguntas para poco tiempo, todo a su momento. Te dejaré pensarlo- Le interrumpió la mujer en un tono neutral, retomando el idioma local y confundiendo al Cipher -Por ahora, continua con tu actitud impávida, pero no hagas nada estúpido. Tienes hasta mañana para reflexionarlo.
De nuevo fue guiado al grupo, donde los demás omegas ya habían pasado por manos de la doctora. Era turno del rubio.
William tragó en seco y se tensó ante la idea de lo que pasaría con aquellas mujeres que lo esperaban en sus respectivos lugares. Miró a la heterocroma con ojos suplicantes, pero la mujer solo negó con la cabeza ante la idea del rubio.
Tenía que hacerlo sí o sí.
-oO◊Oo-
Removió su camisón blanco y su fajín azul con incomodidad, mientras cubría sus partes intimas con sus manos por sobre la tela, un leve rubor en sus mejillas lo abrumaban mientras trataba de controlar sus constérnales pensamientos. Después de la revisión médica humillante de sus partes íntimas y el baño nada privado, se sentía exasperado. Nunca había acomplejado su cuerpo, pues se consideraba un omega atractivo con hormonas deseables para cualquier alfa, pero ahora se sentía igual que un pequeño insecto repudiado.
Se encontraban en una nueva habitación donde se podía ver que estaba dividida en dos niveles. Estaban en la planta baja, donde había mesas de un lado, mientras que del lado contrario se encontraban camas y cómodas vacías para recibirlos.
El harem.
El lugar donde las concubinas y los cortesanos del sultán descansaban. Lugar donde compartiría su vida con los otros omegas destinados a complacer física y sexualmente al Gran sultán del imperio otomano. No se sentía cómodo, para nada cómodo. William empezaba a impacientarse y el poco control que tenía lo estaba perdiendo.
-¡Atención! - Una voz masculina del exterior lo hizo crispar - ¡El Sultán Dipper Pines!
Sarabi se exaltó y ordenando en el idioma de la región a todos a su alrededor, todos se formaron en filas. Los omegas nuevos, a pesar de no entender bien el idioma, se formaron rápidamente e inclinaron su rostro, al igual que lo hicieron los sirvientes que habían dejado sus labores para reverenciar a la entidad desconocida. La heterocroma camino a prisas hacia el rubio, y jalándolo con algo de rudeza, le habló en su idioma indicándole que lo siguiera y no mirará al sultán. A pesar del desacuerdo, el Cipher cumplió con lo ordenado.
Unos pasos apresurados se escucharon en el pasillo, varias personas de diversas castas pasaron rápidamente sin mirar a los presentes que se inclinaban en signo de respeto. Fue entonces que lo sintió. La misma aura que su enamorado. La misma aura que Tyrone.
A William le fue imposible no levantar la mirada y ver una silueta familiar, vestido con una túnica elegante de color azul con bordados delicados, una faja marrón con símbolos otomanos rodeando su cintura y botas de cuero que retumbaban los pasos firmes del portador. Pero lo que más le sorprendió fue ver una cabellera castaña muy parecida a la de su enamorado, cubierta con un enorme turbante decorado con joyas. El gran parecido que tenía el sultán con su difunta pareja lo tenía esperanzado y levantando su mirada por completo, observaba el hombre alejarse.
Sus hormonas se dispararon y sus sentimientos encontrados le hicieron perder el control por completo, que no se dio cuenta cuando empezó a dejar salir su aroma a vainilla concentrado, por la euforia del momento. El castaño lo notó de inmediato y detuvo su andar. El rubio sonrió levemente y se movió con intenciones de avanzar hacia el impotente ser al que todos temían.
Los presentes en la habitación notaron de inmediato la actitud del rubio y respingaron al comprender en el lío que el nuevo omega estaba causando. Sarabi tomó la muñeca derecha del rubio y jaló con fuerza, reprendiendo la actitud del Cipher y deteniéndolo, fue entonces que el castaño giró su rostro para identificar al causante del aroma penetrante que inundaba sus fosas nasales. Unos orbes castaño oscuro lo miraron con exaspero.
La actitud del castaño no paso desapercibido por el rubio y, recuperando su cordura, regresó a su lugar y agacho su mirada con vergüenza. Detuvo inmediatamente sus hormonas y respiro pesadamente, tratando de despejar sus pensamientos. Ese no era Tyrone, él no haría algo como eso. Mordió su labio inferior con dolor y cerrando los ojos con fuerza, trató de reprimir el llanto inminente que sentía en sus pupilas.
Los pasos se volvieron a escucharse en el sitio, deteniéndose en algún punto que William no ubico. Abrió los ojos viendo como aquellas botas estaban justo delante de él. El castaño le habló en un idioma desconocido, encogiéndose en su punto ante la incertidumbre de una notable pregunta no comprendida.
-Mi señor- Sarabi habló en el idioma natal del rubio- Él es nuevo y viene de los pueblos del norte. Disculpe la insolencia de este omega, mi benevolente señor.
-¿Del norte? -Respondió el sujeto que estaba frente de él, con el mismo lenguaje, causando un respingo al omega dominante.
El masculino, de mayor estatura que la de ambos sirvientes, tomó la muñeca izquierda del Cipher y observó aquel tatuaje que escondía con recelo.
-William- Susurró delineando con sus dedos, aquel triángulo pintado en la piel ajena.
La acción del castaño y la mención de su nombre, le causo al rubio un gran desosiego. No había hecho nada malo, pero se sentía culpable , cegándolo en una ola de incertidumbre. Por nerviosismo olfateó el ambiente encontrándose con un leve aroma al bosque de su hogar: una fresca fragancia similar al de los árboles de pino después de una lluvia mañanera.
Su curiosidad estaba a flor de piel, y sin poder evitarlo, lentamente levanto su mirada, encontrándose con un rostro conocido, pero a la vez diferente, impregnado en una mirada, sería que tenía una pizca de curiosidad. Aquellos ojos chocolates reflejaron su imagen y sin ningún motivo aparente, flaqueo.
Comenzó a sentirse débil, mareado y tambaleo en su lugar, siendo retenido por la mujer delta. Comenzaron a hablarle, pero no lo entendía bien a pesar de ser su idioma, su vista se nubló y por más que intentará retomar su postura, su cuerpo no le respondía, así como su mente daba vueltas, impidiéndole pensar en posibles razones de su actual estado.
Unos cálidos brazos lo recibieron cuando perdió por completo el equilibrio. Cerró sus ojos y chilló en lo bajo con desesperación.
-¡William!- El grito del castaño difuminado a la lejanía, fue lo ultimó que escucho antes de caer en la inconsciencia.
