Aclaración: Esta historia no quiero llenarla de spoilers... solo diré que es de una canción ~


Salir por víveres era tan fastidioso como inevitable. El cuerpo necesitaba combustible para seguir funcionando, pero cocinar era algo que escapaba casi por completo de sus competencias de tal suerte que compraba lo mínimo y necesario para hacer cosas sencillas, y lo demás era comida recalentada. Así que su nutrición era algo para considerar a parte.

Ocasionalmente se daba el lujo de comer en algún local decente, pero prefería evitar hacerlo. Con el dinero sobrante que le daban tenía planeado hacer otras cosas.

En esta ocasión, solo cargaba dos bolsas entre sus manos de camino de vuelta al edificio de apartamentos donde vivía. Podía verlo a la distancia y agradecía tener el mercado cerca. Él y muchos otros en el edificio, aunque luego escuchara que la renta encarecía injustamente por eso.

—Demonios...

Escuchó la maldición a poca distancia y luego sintió como algo golpeaba su bota. Una naranja.

—Por Levia santa...

Y ahí estaba de nuevo la maldición, proveniente de una mujer. Una muy irritada, adivinó.

Alzó la mirada y pudo comprender por qué tanto enfado. Delante de ella, una chica de cabello azabache batallaba con sus bolsas de despensa, teniendo encima más de las que cualquiera podría soportar, y aún así lo intentaba.

Tardó en reconocerla. Hace poco la había visto, cierto, pero Félix no solía olvidar rostros tan fácil.

Delante de él tenía a la detective Dupain-Cheng.

—Vaya golpe de suerte —se dijo. Así de rápidamente fue a ayudarla. —Disculpe, ¿me permite?

A priori la chica no pareció reconocerlo. Mejor para él, de hecho, pero sí se lo quedó contemplando un rato hasta que una manzana más rodando fuera de su bolsa la devolvió a la realidad.

—Levia bendita... —bramó entre dientes.

Félix le ayudó rápidamente a atrapar la fruta y la regresó a la bolsa. También, sin hacer mucha ceremonia, cargó unas cuantas más sin mucho problema. Aunque, claro, pesaban lo suyo.

—Gracias...

—¿A dónde se dirige, señorita?

Si no lo había reconocido, no le daría pistas para que terminara de hacerlo. Pero menuda detective estaba hecha.

—En el edificio dos. Lo siento, pero vivo en el tercer piso, ¿podrías ayudarme hasta ahí?

Qué linda coincidencia.

—Vivo en el mismo edificio, pero un piso más abajo.

Eso pareció sorprender a Bridgette.

—¡Oh! ¡Qué conveniente! Entonces cuento con tu ayuda —una reverencia le regaló y lideró la marcha.

Agradecía que no se pusiera a platicar el resto del camino, pues no tenía idea de cómo seguir una conversación de cualquier modo. Parte de las desventajas de ser un asesino solitario, sus habilidades sociales eran casi nula.

Hablar con Queen Bee no contaba en lo absoluto.


Menos mal le había permitido pasar a su departamento a dejar sus cosas primero. Nada más hacer el esfuerzo de cargarlo todo por las escaleras le estaba prometiendo un dolor en los brazos al día siguiente.

Y aunque lo suyo fuera relativamente poco en comparación a la compra de su inesperada vecina, lo cierto es que le quitaba espacio para sujetar mejor lo demás. Y la diferencia se sintió hasta llegar a la puerta de Bridgette.

—Hasta aquí está bien, puedo meter lo demás por mi cuenta. Muchas gracias.

Félix decidió no argumentar al respecto. Bajó las cosas sobre el pasillo y se hizo tronar los huesos de la espalda.

Eso pareció divertir a la azabache, pues una dulce risa salió de ella. Aunque él no le encontraba lo gracioso.

—Parece que tienes los huesos de un abuelo, vecino.

Y mucho menos le gustaba que se rieran en su cara. Con esta, ya iban dos veces.

¿Cómo se podía ser tan risueña en esta vida? Parecía una lunática así.

—¿Ya comiste? Puedo prepararte algo por haberme ayudado.

—Yo, este...

—Venga. Vamos. —Escuchó los seguros de la puerta hacerse a un lado y después el rechinido de la misma al abatirse. —Es lo mínimo que puedo hacer. Compré muchas cosas y sin ti habría demorado horas, por no decir que seguramente perdía la mitad de mi despensa en el camino.

Eso no quería ponerlo a discusión.

Bridgette entró primero y desapareció en el interior al doblar el pequeño pasillo de su apartamento. Desde su posición, apenas podía divisar la mesa del comedor y un par de muebles de la sala. Y entonces comprendió la oportunidad que tenía delante.

No perdía nada con intentarlo. Y si se hacia su amigo o cuando menos se mostraba como un buen vecino, podría comprobar si ella tenía la Espada Venom o no en su poder.

Decidió no tardar más y cogió las bolsas de a pocos para irlas depositando sobre la mesa del comedor. Si intentaba cargar todo al mismo tiempo, no atravesaría la estrecha entrada ni a empujones.

—Por cierto, ¿cómo te llamas, vecino?

Bridgette salió de una de las dos habitaciones que componían el apartamento, casi similar al suyo, en cuanto a distribución y tamaño. La chica se había cambiado rápidamente de ropa y desvistió las botas de sus pies para ir más cómoda por su piso.

Félix debía admitir que era cuando menos simpática.

—Me llamo Félix. Un gusto.

Ella sonrió.

—Yo soy Bridgette, ¡un gusto! Y bienvenido a mi humilde morada, Félix.

Y tanto. Ser detective debía tener lo suyo, después de todo, pues cuando menos estaba viendo que la contraria vivía más cómoda que él.

Aunque, cualquier cosa superaba su mesa de centro, un alfombrado simplón, alacena apenas ocupada y sin barnizar, mesa de madera al descubierto junto a dos sillas igual de peladas, y qué decir de su propia habitación. Todo lo contrario a ella, que parecía gustarle que las cosas armonizaran entre sí.

Y tras esa inspección previa, concluyó que la espada que la acreditaba como líder de brigada no estaba a la vista. Por lo que solo quedaban dos habitaciones más por investigar, pero a su debido tiempo.

—¿Algo sencillo te parece bien?

—Eh... sí. Por favor, si hay algo en lo que pueda ayudar, dígame.

Bridgette asintió y le tomó la palabra.

Quizá debió haber guardado silencio, pero todo resultó bien al final. Al menos tenía buena mano y pulso para picar y pelar cosas.


La comida pasó sin mucha novedad, y luego de eso, aceptó una taza de café por la tarde. Después de ayudarle a limpiar la mesa y guardar las compras, claro.

Bridgette era increíblemente parlanchina por naturaleza, y apenas necesitaba responder algo para que ella pudiera seguir la conversación. A veces lo abrumaba, sin embargo, sus temas eran interesantes.

En ningún momento tocó el tema de su trabajo.

De hecho, nada en su casa apuntaba a que ella fuese alguna clase de detective. O policía.

Más parecía el sitio de descanso de una joven soltera que simplemente disfrutaba de la vida a su modo.

—¿Y bien, Félix?

Apenas había probado su taza mientras Bridgette iba terminando su segunda ronda.

—¿No te gusta el café? ¿O prefieres té?

En realidad, sí que prefería el té. Le ayudaba a controlar la ocasional ansiedad que lo abrumaba por las noches. Sin embargo, no quiso ser grosero y bebió un poco más de su taza.

—Está perfecto, gracias.

—Si tú lo dices, —la chica no pareció muy convencida, pero tampoco argumentó nada al respecto. —Y dime, ¿hace cuánto vives aquí? Suelo hablar casi con todos los del edificio pero creo que no me había topado contigo hasta ahora.

—Me mudé el año pasado. Suelo pasar días enteros fuera de mi departamento, así que se queda vacío casi siempre.

Mentira no era, del todo.

—Imagino que es por trabajo, ¿por eso te mudaste aquí y sales mucho?

—Algo así. Muchas reuniones y encargos en el sitio donde trabajo.

De nuevo, no estaba mintiendo... mucho.

Pero es que no podía decirle que era un asesino a sueldo, trabajando para una especie de mafia criminal.

—Ya veo. ¿Y te gusta lo que haces?

Félix se encogió de hombros.

—No me desagrada, creo.

Por no decir que ya estaba más que acostumbrado.

No le estaba dirigiendo la mirada, onde habría dado cuenta de que Bridgette lo veía con cierto interés. Uno imposible de descifrar a simple vista, y ese fue su primer error.

Quizá había pecado por primera vez de inocente. Aunque, poco podía culparse, la azabache no parecía a priori alguien con muchas luces.

Quizá un poco de soberbia se alojó en su mente después de años en activo sin consecuencias.

Félix en verdad estaba seguro en sus acciones. Creía en serio estar en control de la situación. Y la sonrisa entretenida que le dirigía su interlocutora no hacía más que darle la razón.

Pero él era todo menos entretenido.

Su rostro serio combinaba bastante bien con el resto de su fisonomía. Alto, esbelto, de cabellos rubios pulcramente ordenados y con un decente sentido de la moda. Aunque lo principal en su oficio debía ser pasar inadvertido, también creía que el mejor escondite era estar a la vista de todos. Y los colores blancos, negros y grises apagados que componían la mayor parte de su vestimenta no iban a ser un impedimento en lo absoluto para verse bien en la calle.

Era un asesino, no un vagabundo.

Pidió una segunda taza de café, que tomó con algo más de prisa al ver la hora en el reloj de pared.

—¿Te vas ya?

—Es tarde —justificó, a lo que Bridgette asintió.

La anfitriona se puso de pie y le siguió su invitado, aunque la chica tuvo que desviarse hacia un cajón de la alacena de dónde extrajo un pequeño paquete de galletas.

—Compré estas por error y no son de mis preferidas. Por favor acéptalas.

Félix arqueó una ceja, un tanto reacio.

—Considéralo un regalo muy, MUY tardío de bienvenida al edificio.

Si lo ponía así, no iba a ser descortés. Tampoco tenía mucho tiempo para pensar en una objeción medianamente creíble.

Se acercaba la hora en la que Queen Bee solía llegar a su apartamento.

—Muchas gracias.

Intentó sonreír, pero lo más que pudo torcer las mejillas se descompuso en una mueca algo incómoda. Algo que hizo reír suavemente a la azabache.

Era la tercera vez que lo hacía. Sin embargo, era la primera vez que no le molestó oír su risa.

—Pasa buena noche, Félix. Espero poder verte pronto.

Él tan solo asintió.

Tras despedirse, el joven bajó el piso que los separaba y caminó por el pasillo hacia su departamento, cayendo en cuenta que, de hecho, la casa de Bridgette quedaba justo encima de la suya.

Para cierta clase de trabajos, eso era algo muy conveniente.

Para los dos.


Queen Bee demoró una hora más de lo acostumbrado para hacer aparición. Haciendo creer incluso a Félix que ya no iba a llegar, encontrando entonces al rubio con ropa de dormir, algo que lo hizo sentir levemente avergonzado.

—¿Por qué tan tarde? —Quiso saber.

—Ella vive en este edificio, —no estaba preguntando, más bien era una afirmación. —Tengo que ser más cauta a la hora de llegar entonces. No me ha visto llegar en otras ocasiones —hasta dónde sabía, —así que las visitas serán más intermitentes a menos que ordenen una nueva forma de entrega de paquetes y objetivos.

Como usar el correo convencional, ¿no? O al menos fingir ser una cartera convencional, aprovechando su uniforme y haciendo entregas a las horas habituales en lugar de aparecerse tan tarde.

A veces no estaba seguro de su sus jefes supieran lo que hacían. De alguna forma, no los tenían localizados aún y con tantas fallas en su logística.

En tanto ellos pagaran, se recordó, no debía importarle.

—¿Averiguaron algo más de ella?

Bee sacó de su bolso un paquete y dos sobres, mismos que depositó sobre la mesa del comedor.

—Bridgette Dupain-Cheng, veinticuatro años, hija de los panaderos Tom Dupain y Sabine Cheng. Domicilio en el conjunto residencial Elphegort, edificio C vivienda número 156. Soltera, sin compromisos corroborados. Detective de primera clase, líder de segunda brigada del cuerpo especial contra homicidios. Apostada en la iglesia Levín dónde fue bautizada. Graduada con honores de la universidad Francois Dupont. Posible portadora de la Espada Venom.

—¿Alguna otra clase de relación?

—Todo está escrito en este sobre, —respondió Bee señalando el correspondiente. —El otro es de tu siguiente objetivo.

Para ello, destapó la caja blanca, viendo un nuevo diseño de revolver y tres balas.

—La instrucción es que dispares las tres veces sobre el objetivo.

—Con uno bastaría.

Félix sacó el arma de su empaque para inspección. Era ligera, el tambor giraba rápidamente en silencio y tenía el cañón recortado. Si quería aprovechar las balas, debía usarlo a quemarropa.

—Son tus órdenes, Argos.

Significaba que iba a tener que ensuciarse un poco.

Suspiró.

—Como digas, Bee.

Si ya ni había nada más que decir, Félix guardó todo en un cajón oculto bajo su cama.

Bee se puso de pie y por su cuenta abrió la puerta para salir de vuelta a... dónde sea que tuviera que ir ahora.

—Argos.

Félix asomó la cabeza ante el llamado.

—Ten cuidado.

Y la puerta se cerró, dejando confundido al rubio.

Aquella era la primera vez que Queen Bee le decía algo similar. Y eso no fue todo, pues por un segundo, quizá menos, pudo ver un atisbo de genuina preocupación reflejarse en los ojos de su compañera.


Notas finales: Las cosas pueden salir bien o mal para Félix... probablemente salgan mal a partir de ahora.