Aclaración: El arco de verano está terminado, así que espero actualizar hasta terminarlo bien.


Las lluvias de verano solían ser impredecibles. La radio podía decir una cosa, pero la madre naturaleza otra, y por norma general esta última mandaba a su antojo.

La lluvia, sin embargo, le ayudaba a hacer los trabajos más limpios. No le importaba si terminaba más empapado que al salir de una ducha, pues el abrigo que una tormenta como aquella le ofrecía no podía ni debía desperdiciarse por nadie que compartiera su oficio.

No se debía hacer gran esfuerzo tampoco. Era como pescar, aguardando pacientemente el momento correcto.

Al caminar por la calle, al acercarse para tomar un carro, incluso apenas saliendo del edificio, la lluvia y los truenos cubrían y limpiaban el crimen de una forma que ningún humano mortal podría hacerlo.

Así, pues, cuando aquel hombre regordete y calvo se aproximó con prisas hacia su carruaje, Félix corrió hasta su encuentro, como si se tratara de un cualquiera que iba a buscar refugio del clima bajo el techado del edificio que el sujeto estaba abandonando.

Con rapidez extrajo su revolver y disparó hasta tres veces la espalda del mayor. Este cayó desplomado sin decir nada. Los caballos del carro saltaron de pánico, pero el cochero lo atribuyó al trueno que había rugido con especial intensidad en ese momento.

Y Félix no pudo sentirse más bendecido por que así fuera.

Huyó con prisas hacia un callejón alejado de la escena, dónde se encontró con Queen Bee, quien le esperaba bajo un pequeño paraguas de color negro, al lado de un coche negro cerrado.

Ella le extendió la mano libre y él le entregó el revolver utilizado.

—¿Murió?

—Sí. Conseguí acertar dos tiros antes de que cayera al suelo. El tercero le dió en la cabeza.

Félix y Bee tenían que estarse gritando prácticamente para poder entenderse el uno al otro.

La menor asintió.

—Bien hecho —esto lo tuvo que adivinar Félix por las sílabas que compusieron los labios de la rubia. Bee se acercó al carro y extrajo de él un par de bolsas de plástico blanco, llenas de comestibles. —Procura darte prisa para llegar a casa.

—¿No me puedes acercar?

Ella le miró con circunstancias. Al final, rodó los ojos.

—Llegaste al mercado a pie y te fuiste a pie, será raro si alguien te ve bajando de un carro cerca del edificio cuando apenas conoces a nadie.

Él lo sabía. Solo quiso hacerle una broma.

Tomó sus bolsas y lamentó no haber considerado una sombrilla dentro de su coartada. La lluvia no mostraba intenciones aparentes de dar tregua.

—Vete ya, la policía no debe tardar en llegar.


Había una distancia considerable entre su apartamento y el sitio donde se encontraba, pero afortunadamente los balcones de varios edificios en su trayecto ayudaron a no mojarse tanto como imaginó en un principio. De puro milagro, también, sus bolsas con la compra aguantaron hasta romperse justo en la entrada del residencial.

Su vecina, Anarka, pasaba por ahí con una sombrilla y claro que se ofreció a ayudar al pobre Félix con ello.

Raro. En otro momento habría pasado de largo, y no es porque la señora Anarka fuese una mala persona, sino porque apenas se relacionaba con los vecinos hasta que empezó a llevarse bien con Bridgette. Quizá por ello, todos los demás vecinos también empezaban a mostrarse más amables con él.

—Toma un baño caliente de inmediato. Vas a enfermar. ¿Cómo se te ocurre salir sin sombrilla con este clima tan loco?

Fueron las palabras que tan amablemente profirió aquella mujer cuando lo despidió en la puerta de su apartamento. Y aunque le supo a regaño, no pudo sentirse con más suerte de habérsela encontrado. Ahora tenía una coartada completa en caso de necesitarla.

Lo que sí necesitaba en ese momento, era la ducha.

El pasillo hasta el comedor quedó empapado por completo. La mesa también, tras colocar los comestibles empaquetados encima de ella; lo que no lo estaba directamente terminó en la basura.

Félix se deshizo de su ropa y la colocó sobre el fregadero para que escurriera, mientras se bañaba.

Al salir, se sintió más relajado.

Afuera la lluvia seguía cayendo, pero con menor intensidad. Y entonces una idea se alojó en su mente: ¿Bridgette habría ido a la escena? ¿Se habría llevado su sombrilla? ¿O se habrá empapado tanto como él mientras hacía el peritaje?

Resultaba curioso verlo tendido en el sofá, con ropa para dormir a fin de mantenerse un poco abrigado, mientras pensaba en una detective haciendo berrinche bajo la lluvia y al lado de un cadáver.

Por supuesto que no era en serio. Bridgette era muchas cosas, entre ellas una patosa de cuidado, pero poco profesional sí que no. Así como sabía divertirse, también sabía tomarse las cosas en serio, según fue descubriendo conforme más pasaba el tiempo a su lado.

Y el tiempo que no, lo gastaba pensando en ella sin quererlo. Un rato, al menos, pues se reprendía al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

No le era permitido, fin. Solo debía limitarse a su búsqueda de la Espada Venom mientras completaba los encargos que le mandaban.

También debía avisar a Queen Bee en caso de averiguar algo, pero todo el tiempo que estuvo con Bridgette nada pudo extraer de ella. Apenas decía cosas relacionadas a su familia o su trabajo. Seguía sin decirle que era una detective, pero era especialmente abierta en cuanto a sus pasatiempos preferidos, gustos y disgustos.

Y por esa parte, Bridgette no era muy diferente de cualquier joven común. Claro que tenía ciertas dotes, como con la repostería al ser hija de panaderos pero también sabía dibujar, coser y hasta diseñar. Le gustaba pasar tiempo en los escaparates cuando veía algún conjunto nuevo cubriendo los maniquíes, tanto de dama como caballero.

Sin el uniforme de policía puesto, se volvía alguien más. Una chica capaz de soñar y crear.

¿Por qué alguien como ella tendría la Espada Venom en primer lugar? ¿Por qué era detective si claramente no era su vocación?

¿Por qué no podía quitársela de la cabeza?

Su pecho se calentaba al pensar en ella, en recordar su sonrisa traviesa y sus ojos llenos de vida. Incluso cuando lucía melancólica, no dejaba de verse bonita.

Félix había caído en cuenta de nuevo de a dónde estaba conduciendo sus pensamientos y se frotó con fuerza el rostro a modo de reproche.

Giró el rostro hacia el reloj. Aún no era tarde para hacerse el almuerzo. La lluvia parecía haber disminuido su fuerza un poco más afuera. Su vientre gruñó en protesta y, tras prender la radio, decidió enfocar su atención en la cocina.


La noche se mantuvo fresca y así hasta mañana, durante los primeros rayos del sol. Un agradable frío recorría las calles del distrito, mientras los transeúntes esquivaban los charcos en las aceras y pavimentos. Aquel clima invitaba a cualquiera a mantenerse resguardado en la salvedad de sus cobijas... menos a Félix.

Un estornudo seguido de otro rompieron el silencio del interior del piso. Luego una tos. A continuación sus pies cubiertos por un par de viejas pantuflas lo arrastraron por el frío suelo hasta la cocina. Pero su camino se detuvo por el golpeteo insistente de la puerta, haciéndolo maldecir entre dientes. No quería ver a nadie, aunque ya suponía de quién se estaría tratando.

Primero fue a calmar su sed antes de avanzar con pereza hacia la entrada. Tan solo retiró el seguro y Bridgette se dió la libertad de entrar como si nada.

El rubio tuvo que hacerse a un lado para no ser aplastado por la chica.

—¡Buenos días, Félix! —Su voz se escuchan algo amortiguada.

Al darse vuelta, comprendió por qué: Bridgette llevaba puesto un cubrebocas de color blanco.

—¿Te mojaste ayer? —Preguntó él, yendo a la cocina para servirle un poco de té.

Ni siquiera había desayunado pero decidió no darle importancia a los reclamos que su estómago le hacía, por más evidentes que fueran.

—¿Tú no? La lluvia de anoche fue horrenda. Ni siquiera podía ver más allá de mi nariz —se quejó la menor, jugueteando los ojos por todos lados, cómo si estuviera buscando algo. —Deberías adornar más tu casa.

Félix estornudó con fuerza.

—¿Estás bien?

Tan solo recibió un gruñido en respuesta. Fue a la alacena y extrajo un poco de pan y un bote con mermelada.

—Deja tu eso, yo me encargo.

Con un suave golpe de su cadera, la azabache hizo a un lado al rubio.

Félix no se había visto al espejo, pero cargaba un rostro bastante cansado, con los ojos rojos y los labios resecos. A todas luces, lejos de cualquiera que no lo conociera realmente, había pescado un resfriado.

El muchacho solo quería seguir durmiendo, pero se sentó obediente y expectante en la mesa, mirando como si fuese la cosa más interesante del mundo al pan siendo embarrado de mermelada roja.

—Me sorprende que no estés en cama. Los vecinos te vieron llegar corriendo mientras cargabas bolsas del mercado.

El chico consiguió no sonreír, pero se sintió satisfecho con su coartada bien aplicada.

—Dicen que parecías un gato mojado.

Él suspiró.

—Me preocupé, pero me alegra saber que no estás tan mal como imaginaba.

Ah. Así que por eso estaba ahí.

Si no era porque su rostro ya estaba algo enrojecido debido a la ligera fiebre que acalambraba su cuerpo...

—Envidio tus defensas, entonces —bromeó él. Cada vez solía hacerlo más, sobretodo con ella.

—Deberías. Desde los quince años no he cogido un resfrío que me deje en cama de forma agonizante —presumió ella.

Terminó de hacer los panes y sirvió té para uno. Cosa que dejó interrogante al varón.

—Yo ya desayuné.

—Yo desayuno con galletas de coco en la mesa.

El ataque fue directo. La respuesta, igual. Lengua por fuera asomó la azabache y cruzada de brazos, declaró su negativa a complacer sus deseos.

Él tan solo se rió entre dientes de forma ronca, y empezó a probar bocado.

El silencio se asentó sobre ambos de una forma bastante cómoda. Él comía mientras ella lo miraba distraídamente, o a la sala, o a la cocina. Los pocos vasos, tazas y platos que conformaban su vajilla junto a los cubiertos, la pulcritud de la sala y el comedor, las paredes casi desnudas a excepción de un par de relojes de pared y un calentador cerca del comedor. La mesa de centro y los sillones con blancas sábanas cubriéndolos, y la pequeña radio dispuesta sobre la barra de la cocina.

Dicen que el interior de una casa revela mucho de la personalidad de su habitante, y quizá tenían razón. Pero además de eso, Bridgette se preguntaba si no era porque quizá Félix deseaba ocultar algo.

—¿No sueles recibir muchas visitas, no?

Él no respondió. Ella sabía que no lo haría, pero de todas formas quiso intentarlo.

Aunque Bridgette fuese bastante abierta respecto a sí misma, Félix no podía darse ese mismo lujo por más que quisiera. Pero aparentar normalidad delante de una detective era demasiado problemático.

Si hablaba, podía decir algo que levantara sospechas. Si no lo hacía, de inmediato se volvía alguien sospechoso. Y se le sumaba el peso de que en verdad quería compartir un poco más de él mismo con la joven.

Quizá, si no eran cosas demasiado comprometedoras...

—...

Bee lo colgaría desde un puente.

—Mi familia vive en otro país. Hace mucho tiempo que rompí contacto con ellos.

—Oh...

Bridgette de pronto se mostró más atenta a él, cosa a lo que Félix no tomó importancia.

En sí, lo achacaba al hecho de que era la primera vez que estaba dispuesto a ser el centro de una de sus conversaciones. Quizá, pensando que Bridgette estaba viendo recompensada su confianza al respetar por tanto tiempo su confidencialidad. Si era el caso, se trataba de un gesto adorable el que hacía la azabache.

Pero quizá era la fiebre la que nublaba su juicio parcialmente.

El sabor del peligro, de jugar al gato y al ratón con la detective en ese momento, le supo mejor que la mermelada de su desayuno.

—En resumidas cuentas, mi familia era algo conflictiva, en especial mi padre. Y mi padre pudo ser un imbécil en muchos sentidos, —escupió con rencor, —pero cuando falleció, mi madre quedó desconsolada y no volvió a ser la misma. Lejos de lo que podría esperarse en una situación así, casi todo el resto de mi familia nos dió la espalda tras lo ocurrido y nadie quería hacerse cargo de una pobre y enloquecida viuda. —Ni de él, a quien también lo consideraban alguien problemático. Y razón no les faltaba.

—Lo siento mucho.

Él sonrió con ironía casi como por reflejo. Había escuchado eso tantas veces que prácticamente dejó de tomarle importancia, pero al ver los ojos genuinamente apenados de Bridgette, su sonrisa se esfumó.

—No lo hagas. Fue hace mucho tiempo. Al final convencí a uno de los primos de mi padre para que se hiciera cargo de mi madre y yo salí del país para empezar a ganarme la vida.

—¿Y ella está bien?

Él sabía que no, pero era preferible jugar con la verdad en este punto.

—Un poco. Le mando dinero cada mes a esos familiares para que no le falte nada a mi madre. Espero poder tener pronto un trabajo más estable para traerla conmigo.

Bridgette le sonrió con dulzura, pero él sintió el sabor de su mentira tan amarga como un limón agrio.

—Eres un buen hijo, Félix.

—Intento serlo.

Pero sabe que no lo es en verdad. No lo fue antes y definitivamente ya no lo será.

Ese triste recuerdo lo abraza y entorpece su respiración. No sabe si es por la gripe, pero se obliga a sorberse los mocos mientras se cubre el rostro.

Bridgette lo abrazó gentilmente por la espalda, pasando los brazos por encima de sus hombros.

—Está bien extrañarla... —susurró.

Félix no lloró, aunque moría por hacerlo.


Notas finales: Las cosas pueden salir bien o mal para Félix... probablemente salgan mal a partir de ahora.