Karl Riber giraba como animal enjaulado dentro del refugio donde estaba esperando junto a otros científicos del SDF-3 a que la batalla terminara. La desesperación por pensar que Lizzie estaría enviando a pilotos al frente de batalla le generaba sentimientos encontrados. Todavía no se acostumbraba a relacionar a su Lizzie con un soldado. Durante la batalla llegaron los rumores al refugio a través de una científica que estaba de novia con un teniente que tenía un puesto de controlador de vuelo en puente del SDF-3 que habían coordinado un operativo de rescate en conjunto con pilotos del SDF-2 porque la Almirante Hayes estaba en manos del enemigo.
A Riber se le pusieron los pelos de punta. Revivió en su mente lo doloroso que fue ser capturados por los zentraedi en la base de Marte y cómo ese día que cayó prisionero se arrepintió de haber dejado la Tierra y de no haberse casado con el amor de su vida. No podía ser que ahora Lizzie caiga en manos enemigas. Ni siquiera habían comenzado a tener una relación formal de nuevo. Seguro que al ser una Almirante no la dejarían a su suerte como ocurrió con un puñado de científicos y separatistas del GTU, pensó Riber con resentimiento.
El tiempo que duró la batalla fue interminable para él. Cada tanto recibían actualizaciones de lo que ocurría en el puente del SDF-3. Cuando finalmente se dictaminó el cese al fuego y se habilitó abrir los refugios para retomar las actividades, lo primero que consultó Riber con un Comandante que tenía acceso a lo que ocurría en el puente era si la Almirante Hayes había sido rescatada.
Cuando le confirmaron que todo el personal a bordo del Atlantis que había sido tomado como rehenes por el enemigo estaba regresando, Riber decidió no esperar más. Ya habían pasado casi 20 años. Lisa Hayes debía convertirse en su esposa. Cuando volvieron a los laboratorios, Karl pidió ausentarse por un tema personal y se dirigió directo a la esclusa que conectaba ambas naves. Después de la batalla todavía no se habían conectado las mangas, pero una vez que habilitaron el paso de unión entre ambas naves, el científico se dirigió directamente al puente del SDF-2 para averiguar más datos sobre la Almirante Hayes.
Al llegar le informaron que estaba en observación dentro del Hospital Militar pero que se encontraba en perfectas condiciones dadas las circunstancias. Cuando finalmente logró ubicar la habitación dentro del hospital donde se encontraba Lizzie, entró despacio y se encontró con la mujer que amaba sentada en una cama de hospital, con una bata puesta, y un traje de piloto apoyado sobre una silla. Al frente de ella se ubicaba una doctora que estaba tomando la presión y revisando algunas indicaciones en una pizarra.
–Bueno Almirante, si todo está estable, en una hora le daremos el alta médica y podrá regresar a su vida normal.
–Gracias, doctora. No veo la hora de volver al puente y supervisar como salió todo el operativo.
–Recuerde que no puede hacer ejercicio físico. Las heridas generadas por la explosión fueron bastante profundas y tardarán en cicatrizar. En una hora regreso para volver a controlar su presión. Hasta luego.
La doctora saludo formalmente a la Almirante Hayes, y a la salida, en el pequeño recibidor donde se encontraba el acceso al baño privado de la habitación se topó con un Comandante que había estado observándola.
–Buenas tardes, Comandante. ¿Necesita algo? –dijo la médica algo a la defensiva. No le gustaba que la anden espiando en su trabajo–. Solo familiares directos pueden estar aquí acompañando los pacientes.
La doctora conocía perfectamente a la Almirante de su propia nave, y sabía muy bien quienes eran los familiares directos de la máxima autoridad a bordo.
–Solo quiero ver como se encuentra mi novia.
–¿Su novia?
–Elizabeth Hayes –dijo de manera solemne, Karl Riber.
–¿Karl? ¿Eres tú? –preguntó sorprendida Lisa cuando escuchó las voces provenientes del pequeño hall de entrada a la habitación.
–¿Lo conoce Almirante?
–Si. Es mi…–con algo de duda en su voz continuó–, es mi novio.
–Pase, Comandante. Trate de no alterar a mi paciente que acaba de recuperarse de una gran conmoción a causa de una explosión –dijo la doctora a modo de advertencia antes de retirarse.
–¿Cómo te sientes Lizzie? –preguntó Riber una vez que estuvieron solos.
–Bien. Algo mareada por la explosion. Todavía tengo un zumbido en mis oídos y unas lastimaduras por algunas esquirlas que volaron al momento de la explosion, pero nada de gravedad.
Karl se acercó para tomar ambas manos de Lisa en las suyas. Le besó las manos y parte de sus brazos.
–Karl, estamos en el hospital. ¡Compórtate!
–Lizzie, estuve tan preocupado por ti todo este tiempo cuando me enteré que habías caído prisionera.
–No fui una prisionera. Solo un rehén de intercambio para exigir unas condiciones que no iban a darse. Y además fui la primera en regresar. Estoy bien –dijo intentando calmar a Riber. Él la miraba con extrema preocupación, como si fuera a romperse, pero Lisa era una mujer fuerte y no se dejaba vencer por algo menor como unas pocas heridas inofensivas. Mucho peor fue cuando estuvo en Alaska y aun allí no le pareció que fuera gran cosa sus heridas de ese momento–. No fue gran cosa –dijo luego intentando desdramatizar la situación.
Algo grave hubiera sido estar prisionera en manos de alguien como Dolza nuevamente quien la estrujo con fuerza con sus manos gigantes como si fuera una muñeca de trapo. Lo que había ocurrido hoy parecía un inocente paseo en el parque al lado de lo que había vivido junto a Hunter, Sterling y Dixon muchos años atrás.
–¡Fue algo grave! –dijo algo alterado Karl Riber.
–Karl, tranquilízate. Estoy bien. ¡Mírame! –dijo Lisa tratando de calmarlo.
–Es cierto. Estas bien –dijo Riber envolviendo a Lisa entre sus brazos. Comenzó a besarle el cuello y Lisa se tensó de inmediato. Todavía tenía demasiado reciente el intenso beso que compartió junto a Hunter en el hangar, y no estaba de ánimos para las caricias de Riber o de cualquier otro hombre por el momento.
–Karl, estoy bien –volvió a insistir Lisa para calmarlo–. ¿Qué quieres que haga para que te quedes más tranquilo?
–Quiero que nos casemos.
«¿¡QUE!?», se sorprendió Lisa en silencio. No se esperaba esto por nada del mundo. –¿No crees que es algo apresurado? –dijo con cautela–. Recién estamos reencontrándonos después de tantos años.
–Lizzie, no quiero esperar más. Cuando escuché que estabas en manos enemigas no pude dejar de pensar qué hubiera pasado si nuestro sueño de casarnos y tener seis hijos se hubiera cumplido. No quiero seguir postergándolo. Ya pasaron veinte años. ¡Hagámoslo! Tengamos todos esos hijos que tanto soñamos. Quiero formar una familia contigo, Lizzie. Y lo quiero ya.
Lisa estaba completamente desorientada. Ni siquiera sabía cómo reaccionar frente a semejante declaración de amor. Aunque más que una declaración, parecía un mandato. Necesitaba tiempo para procesar lo que Karl le estaba pidiendo. Para desviar un poco su atención y no tener que contestarle por sí o por no, comenzó a conversar con él. Lisa necesitaba focalizarse en lo que sentía por su ex-novio, y justo ahora no era el momento apropiado.
–Karl, seis hijos es mucho trabajo. Ya tengo dos y te aseguro que no creo querer tener cuatro hijos más. Quizás cuando era joven sí, ¿pero ahora…?
–¡Oh, Lizzie! Con un solo bebé me conformo. Quiero que tengas a mi hijo dentro tuyo –dijo mientras le apoyaba la mano en su vientre.
Lisa se estremeció. Karl siempre bromeaba con ella cuando eran novios apoyándole la mano en su vientre para luego acariciarlo. Decía que estaba practicando para cuando ella quedara embarazada. Los ojos de Lisa se llenaron de lágrimas al recordar con nostalgia ese recuerdo.
–Lizzie…–dijo Karl mientras le pasaba el dedo índice por la mejilla para secarle las lágrimas–, se que lo deseas tanto como yo. Di que sí. No te arrepentirás. Te lo prometo –dijo mientras le apoyaba ambas manos sobre sus mejillas acercándose a Lisa Hayes para besarla.
Lisa estaba abrumada por todo lo acontecido hoy. No podía olvidar ese beso que Rick le dió, y todas las cosas que le dijo. "Puedo incluso ver como vuelves a enamorarte" fueron sus palabras. Vuelves a enamorarte. Esa frase se repetía una y otra vez en la cabeza de Lisa. «¿Habrá querido decirme que no quería que me quedara sola? ¿Estaría dándome luz verde para que comience algo nuevo junto a Karl como lo hizo hace años poniendo a Jack en mi camino casi a propósito, cuando me fui de la Tierra en el SDF-2?», meditaba Lisa sobre las palabras de Hunter.
–Voy a pensarlo –dijo Lisa mientras cerraba sus ojos. Tenía a Karl demasiado cerca. Riber interpretó ese gesto como una invitación para él la besara en los labios, y eso fue exactamente lo que hizo. Quería que a Lizzie no le quedara ninguna duda sobre lo felices que serían si estuvieran viviendo juntos. La besó con ternura pero con un dejo de lujuria.
Mientras se besaban, escucharon un carraspeo y ambos se separaron para ver a un doctor parado en la puerta, observándolos.
–Buenas tardes. Me dejaría unos momentos a solas con mi paciente –dijo el médico con seriedad.
–Por supuesto. Ya estaba por irme –respondió Karl. Luego se acercó a la oreja de Lisa para susurrarle al oído así el doctor no llegaba a escuchar–. Voy a comprarte el mejor anillo de compromiso que encuentre. Digno de una distinguida Sra. Riber.
–Karl –respondió Lisa también en un susurro–, todavía conservo el anillo familiar que me diste cuando acepté casarme contigo hace años –le explicó. No quería que Riber se ponga en gastos si ella aun no estaba del todo segura de la respuesta que iba a darle.
Cuando el científico escuchó que Lizzie aún conservaba el anillo que él le dio, toda su cara se iluminó. Si durante todos estos años lo había conservado, era una señal que debían casarse y finalmente concretar lo que tanto habían postergado por años.
–Póntelo. Quiero que todos sepan que eres mi prometida –le dijo con una sonrisa. Luego la volvió a besar con intensidad, profundizando el beso, explorando toda la boca de Lisa con su lengua, reclamando lo que siempre debió ser suyo en primer lugar–. Te veré luego. Si dices que sí, en una semana serás finalmente la Sra. Riber. No te arrepentirás. Lo prometo –dijo volviendo a besarla rápidamente para la despedida–. Te amo.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a una Lisa Hayes mucho más confundida que antes.
–Vaya, parece que fuí algo inoportuno. ¿Cómo está mi paciente favorita? –dijo John Erickson que la miraba seriamente.
–Ahh –suspiró Lisa–. Confundida –se sinceró frente a su viejo amigo.
–Ya veo. Y ese, ¿quién era? –preguntó intrigado.
–¿Recuerdas que tenía un novio que estaba en Marte?
–¿El idiota? –preguntó algo escéptico el traumatólogo.
Lisa tragó saliva ante el apelativo que usó su amigo para referirse a Karl: –Ese mismo –respondió la Almirante Hayes con franqueza.
–Beth, ¿no me digas que el idiota era ese hombre que te estaba besando recien en mi hospital?
Lisa levantó sus hombros despreocupadamente. No sabía cómo responderle a su pregunta. Claramente era Karl quien la estaba besando. Pero, ¿era un idiota? ¿O era su culpa que Karl hiciera con ella lo que quisiera?
–Realmente no se que hacer con él.
–Déjalo y vuelve conmigo –dijo con sinceridad.
De todas las confusiones que tenía Lisa Hayes en su corazón, solo había una certeza. No quería profundizar nada romántico con John. De "amigos con beneficio" pasó a ser "solo amigos". El doctor le había dado un ultimátum a Lisa después de salir por casi cinco meses sin ninguna definición al respecto de su relación. Él quería formalizar y llamarla "su mujer" frente a todos, pero ella no quería comprometerse. Sus hijas seguían presionando para que ella volviera con Jack, y ella se sincero consigo misma y se dió cuenta que con John solo había buena química que ya existía cuando hacen dupla en algunas fotos cuando ambos trabajaban como modelos en la agencia. A veces promocionaban productos como si fueran una pareja porque el lente del fotógrafo captaba esa tensión que había entre ellos. Pero eso era todo. Algo de tensión sexual y ya. Nada para seguir profundizando y la verdad que Lisa estaba saliendo de una relación demasiado importante que la marcó y no tenía las energías para probar algo que no la convencía tanto.
Lisa solo sonrió para evitar contestarle a John mientras no podía evitar sonrojarse un poco por el desparpajo con el que planteó la "solución".
–Sabes que eso no va a pasar, John.
–Y qué pasó con el amargado de tu ex que siempre está a punto de acogotarme cada vez que me ve. ¿Tus hijas se cansaron de insistir en que vuelvan juntos?
–No se cansaron. Siguen insistiendo. De hecho no les gusta nada la idea de que esté saliendo con alguien más. Pero ya están más grandes y deben entender –dijo tratando de convencerse más a sí misma como debía enfrentar la situación de su vida amorosa frente a sus hijas.
–¿Y el hombre misterioso que nunca quisiste revelarme su nombre? Por un momento cuando te vi besandote con "el idiota", pense que era tu "enamorado misterioso".
–Por eso estoy confundida.
–¿Por casualidad tu enamorado misterioso es físicamente muy parecido a tu ex-marido? ¿Tan parecidos que hasta parecen hermanos?
Lisa lo miró sorprendida. En qué momento John había conocido a Rick. Y cómo diablos se dio cuenta que Hunter era el misterioso hombre ya que nunca le develó su identidad a su "amigovio".
–Es él, ¿cierto? –dijo intrigado. Lisa seguía callada–. Nunca me dijiste su nombre porque es un hombre casado, ¿no es así?
–No sabía si estaba o no casado. En realidad ni siquiera estaba en esta nave hasta hace algunas semanas. Por eso estoy algo confundida –suspiró algo resignada–. ¿Cuando te diste cuenta que Ana era la indicada? Vivías coqueteando a diestra y siniestra. No solo conmigo, sino con todas las modelos.
–No coqueteaba con todas –se defendió John–. Ellas coqueteaban conmigo. Yo solo les seguía el juego para no ser grosero. Pero nunca me propasé con ninguna de mis compañeras de trabajo. Y contigo Beth, no estaba coqueteando. Realmente quería tener algo serio contigo, pero siempre me ignoraste –contestó con franqueza–. Y con Ana… –se puso a pensar en ella y no pudo evitar sonreir al ver el rostro sonriente de su esposa en su mente–, lo que pasó fue que simplemente me di tiempo de escuchar mi voz interior. Las mujeres despampanantes que estaban a mi alrededor generaban demasiado "ruido" en mi cabeza. Cuando finalmente me calmé, todo decantó a mi alrededor y lo único que quedó fue la sonrisa resplandeciente de Ana que alegraba mi corazón.
–¿Y si mi voz interior me dice que haga algo que no debo hacer? ¿Algo que me da miedo hacer?
–Entonces eres una cobarde, Beth. Con Ana tampoco fue fácil al principio. Ella acaba de terminar un noviazgo de muchos años y no quería saber nada conmigo ni con nadie. Pero le propuse una tregua de dos semanas. Si no lograba enamorarla locamente en ese plazo, podía pedirme que no siga insistiendo más.
–¿Y qué pasó?
–A las tres semanas estábamos conviviendo.
–Suena tan fácil.
–Y lo es.
–No estoy tan segura.
–Porque siempre piensas demasiado, mi querida y adorada Beth. Deja que tus sentimientos te guíen. Y si todo falla, ya sabes –la miro con una sonrisa cómplice–, yo sigo disponible.
«Es cierto. No debo pensarlo tanto. Con Rick no tengo oportunidad alguna. Voy a decirle que sí a Karl. El vivir en dos naves separadas complica la relación con Karl. Necesito estar cerca de él para volver a estar más tiempo juntos y reencontrarme con lo que sentía cuando eramos novios. Si estamos juntos todo el "ruido" va a apagarse. Voy a darme otra oportunidad con él», pensó Lisa mientras le sonría a John por su picaresca ocurrencia.
