Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

La historia es mía y está registrada en Safe Creative.

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Canción del capítulo

Cupido María Rita

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Capítulo 4: Cupido

Día: Dos.

Hora: Cinco de la tarde.

Bloqueador solar: Kilos.

Jugo de coco: Uno.

Piñas coladas: Dos.

Caipiriñas: Cuatro.

Miembro perfecto: Cero.

Después del aterrador mástil, que ayer amenazó atravesarme de la proa hasta la popa, he decidido acotar mi búsqueda a solo miembros caucásicos. No es que sea racista y está bien lo admito, lo quiero grande, pero es que el tamaño del pene que poseía ese hombre, definitivamente no era de Dios. No, señor.

Hoy mi exploración de los distintos tamaños del miembro masculino no ha sido infructuosa, pero aun quiero encontrar el perfecto tal y como lo imagino. Vamos, sé que el aparato en cuestión, no es precisamente lindo, pero juro con solemnidad que algunos de los que coticé por internet, me parecieron bastante bellos: tamaño ideal, piel tersa y degustable desde el glande hasta la base.

«¡Diablos!», ya me estoy babeando de solo imaginarlo.

A decir verdad y para ser honesta, creo que comienzo a convertirme en una pervertida sin remedio o estoy obsesionada con el tema. Tantos miembros he mirado por la red —para convencerme de que no estoy loca o siendo prejuiciosa, con el atrofiado pedazo de carne que apenas cuelga entre las piernas de Jacob—, que terminó provocando un inevitable aumento de mis ansias.

En mi defensa debo decir, que estaba desesperada por encontrar una respuesta para mi mala fortuna, además que toda esa exploración me sirvió de genial inspiración, para poder imaginar a todos esos amantes calientes y sexys, como lo son los protagonistas de mis libros. Como el mismo que ahora, busco yo.

Quizá deba escribir esta misma historia, con seguridad se convierte en un Best Seller mundial: «La condenada a la mini polla». Suelto una carcajada para el horrible y patético nombre con que la he bautizado. Es evidente que el alcohol no me deja pensar bien y a esta altura, en vez de encontrar un viaje directo al paraíso del sexo duro y descarnado, encontraré uno directo, pero hasta alcohólicos anónimos.

Me pongo de pie, lo mejor es que despeje mi cabeza con un refrescante baño. Quito mi sombrero, los lentes de sol, me hago una coleta alta mientras comienzo a caminar hacia el océano y, cuando estoy a punto de llegar a la orilla lo veo…, y el mundo se tiene para mí.

Juro por todos los benditos dioses del Olimpo, que es la perfección hecha realidad emergiendo de dentro del mar, si hasta me parece que el cielo se abre y un rayo de sol lo ilumina, junto con los querubines entonando fanfarrias de adoración, para anunciar su gloriosa aparición.

Ahí está el miembro perfecto, el que ha nacido hecho para mí. Grande, largo, del grosor justo, apuntando hacia las dos, enfundado en un pequeño y delgado traje de baño de lycra blanco, que se pega por completo a su anatomía, dándome una vista más que privilegiada de toda su extensión.

«¡Madre santa de todos los cielos!», cuando esté erecto y duro entre mis piernas, será un manjar de los dioses. ¡Sí, señor! Es tan malditamente excelso, que estoy a punto de caer de rodillas y comenzar a recitar alabanzas al cielo, para dar gracias al dios sol.

Con la boca abierta y con los ojos clavados en su majestuosa longitud, babeándome literalmente, poco a poco se me acerca, pero lo pierdo de vista cuando una ola revienta con fuerza y me empapa de los pies a la cabeza.

Una aterciopelada y descarada carcajada, se burla de mi humillada humanidad, abro los ojos y lo miro enfurruñada, quiero reprocharle qué diablos es tan gracioso, pero por primera vez, me quedo sin palabras…

«¡Jesús! ¿Cuándo morí y me fui al cielo?».

El espécimen masculino, más guapo que he visto en mi lamentable vida, es el poseedor de la ardiente lanza creada para pecar. Recorro su cuerpo sin ningún reparo y aprieto mis piernas, y esta vez no es de terror, sino de la más pura y carnal excitación. Lo imagino poseyéndome como un animal.

La palabra hermoso, queda corta para describir a este dios…

Rostro anguloso y varonil del cual destacan unos penetrantes ojos verdes, enmarcados por unas cejas doradas y pobladas, pestañas espesas e imposiblemente largas, su nariz recta y unos labios húmedos y llenos, que te invitan a comértelo a besos y algo más.

El cuerpo es de otro mundo…

Delgado, de musculatura fuerte y fibrosa —sin llegar a la exageración—, hombros anchos, clavículas sobresalientes, el pecho y abdomen tonificado. Pequeñas gotas de agua salada recorren su torso hasta llegar a… ¡Dios mío! Tiene marcada la «v» de la victoria, esa que indica el camino a la gloria. ¡Y qué gloria tiene este hombre!

Una ligera capa de vello cubre su pecho y el camino de la felicidad. Sus brazos son largos y definidos, así como también sus piernas. Su piel parece de terciopelo dorado, de bronceado fascinante, que hace que sus preciosos ojos se asemejen a los de un felino.

Quita el exceso de agua de su dorado cabello sacudiendo la cabeza y pasa una mano de largos dedos para acomodárselo, gesto matador, que hace justo cuando pasa por mi lado. Coqueto me guiña un ojo y sonríe mostrándome todos sus blancos y relucientes dientes. Es la sonrisa más destroza bragas, que he visto en mi vida.

Y aquí estoy yo, con los pies enterrados en la arena, sin poder hablar ni respirar, hiperventilando como un pez fuera del agua, a punto del desmayo o caer de rodillas frente a tal divinidad y suplicar: ¡Fóllame! ¡Hazme lo que quieras, pero fóllame por favor!

«¡Tierra llamando a Isabella Swan! ¡Tierra llamando a la idiota enceguecida de Isabella Swan! ¿Qué haces parada como una jodida estatua? ¡Síguelo ahora que lo has encontrado!».

Vocifera la voz de mi conciencia, clamando mi atención y por supuesto que ella, tiene toda la razón. Necesito salir de mi estado de embotamiento y perseguir a ese hombre que, por todos los medios del mundo, debe ser mío.

Así que a paso presuroso, pero manteniendo una distancia prudente, lo sigo.

Debo añadir que si la vista del frente es el cielo, la de atrás es el mismo infierno. La espalda ancha, esculpida y con cada pisada que da, se le marcaban todos los músculos, la sexy línea de la columna, hoyuelos en la parte lumbar y ¡Dios, el trasero! Una oda podría escribir para ese apetecible culo. Pequeño, redondo y firme, dónde ningún ápice de carne tirita y solo te invita a que le claves las uñas, los dientes y en el mejor de los casos los talones, justo cuando te esté follando duro y profundo.

Camina hasta que llega a una reposera que está a tan solo unos metros más allá de la mía. ¿Dónde estaba yo que no lo vi antes?

«¡Ahogándote en alcohol!», me reprende otra vez mi estúpida conciencia que hoy, está más jodida y juiciosa que nunca.

Con su cuerpo aún húmedo y pequeñas gotas resbalando por su apetecible piel, se recuesta tomar el sol y yo, sin perderlo de vista, voy por mis cosas y me ubico en un lugar estratégico para observarlo mejor. Llamo al adorable chico que trabajaba en el bar de la playa, pero esta vez, le pido jugo de coco; mis sentidos deben estar más despiertos que nunca.

Así que ahora estoy, muy instalada con mis gafas oscuras, mi sombrero de dama y un jugo de coco en la mano, mirando el espectáculo. ¡Y menuda suertuda que soy! Poseo vista en primera fila.

Sus ojos están cerrados y parece disfrutar de los cálidos rayos del sol que acarician su piel. Su cuerpo así como su pelo, se va secando para dar paso del dorado cabello que he visto hace un rato, a uno un poco más claro, alocado como ninguno que haya visto, que le da un aire fiero que lo asemeja al rey de la selva. Su perfecto miembro sigue apuntando hacia las dos, esta vez, en mi dirección.

Muerdo y muerdo las pajillas de mi jugo, mientras dilucido cómo diablos acercarme. ¿Qué decir en mi precario portugués? ¿Con qué excusa aparecer? Quizá, fuerte y violento: «¡Hola, soy Isabella! Quiero felicitarte, tienes la polla más comestible que he visto en la vida. ¿Quieres coger duro?».

O quizás, inocentona: «Ho-hola, soy Isabella. Perdón que te moleste, pero soy nueva aquí y parece que me perdí. Quedé de juntarme con mis amigas en Copacabana y parece que estoy en Ipanema, ¿no? ¿Podrías ayudarme?».

Con una excusa barata: «¡Hola! Perdón que te moleste, pero observé que ocupas el mismo bronceador que yo y a mí, se me acabó. ¿Serías tan amable de convidarme un poco?».

Patéticas. Todas, absolutamente, patéticas. ¡Diablos!, ¿cómo no se me ocurre algo mejor? ¡Soy escritora, por el amor de Dios!, pero ni idea tengo de todo esto. El único maldito novio que he tendido en mi vida, es el imbécil portador del maní.

A todo esto… ¿Entenderá una mísera palabra de lo que hablo el maravilloso chico brasileño? ¡Al diablo! De alguna forma nos tendremos que comunicar.

Y hablando de bronceador justo en este mismo instante, el pecado andante que tengo frente a mí, comienza a expandirlo por su tostada piel, con gráciles y felinos movimientos.

Babeo, literalmente babeo, imaginando que son mis manos y mi lengua, las que recorren su dorada piel. Alucino que yo soy el maldito bronceador, que se funde a él como una segunda piel.

«¡Oh, Dios! ¡Qué caliente que estoy!», tanto, que le estoy haciendo una felación a las pajillas, imaginando que devoro su enorme polla sin ningún pudor.

Mira de reojo hacia mi dirección cuando comienza a aplicarse en sus brazos y una sonrisa engreída, atraviesa por sus labios. Me incita como si pudiera leer mis indecentes pensamientos e invita a hacerlos realidad con él.

¿Será que se dio cuenta cómo estoy? ¿Tan obvia soy?

«Isabella Swan, llegó el momento de que tomes valor», dictamino. Me importa un carajo cómo lo haré, pero esta noche tendré a ese apetecible hombre cogiéndome sin ninguna contemplación.

Respiro varias veces para dejar mis nervios de lado, decidida me pongo de pie y camino hacia a él. Solo un par de metros me faltan para llegar, cuando me dedica una abrasadora mirada que me desarma. Mi corazón late esperanzado, al tiempo que mi perfecta burbuja, explota en millones de partículas…

Edu! Meu amor —grita una menuda mujer.

Él de un salto se levanta, la recibe en sus brazos y le besa la frente con ternura.

Pero lo peor, no termina ahí. No, señor.

Junto a la chica, viene un pequeño de unos cinco años, con el mismo color de cabello y ojos que el individuo en cuestión. Él lo toma en sus brazos y le llena el rostro de amorosos besos. El niño en respuesta ríe con melodiosas carcajadas y le pasa los bracitos por el cuello. O sea, más claro y echarle agua: Él maldito, es casado.

«¡Maldición! ¿Por qué diablos me pasa esto?», maldigo internamente y mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas de rabia. Dentro de los cientos de especímenes masculinos que he visto, justo tenía que elegir el que está ocupado.

Me dejo caer en la reposera mortalmente desanimada y a torturarme con la «maravillosa» escena que tengo frente a mis ojos.

Como la familia feliz que son, se van tomados de la mano —con el niño entre medio de los dos— a jugar a la orilla de la playa, con los baldes, rastrillos y palas que trae la chica en un lindo bolso.

Para ellos la tarde es gloriosa, son la familia perfecta.

Mientras construyen un castillo de arena —que por cierto, hasta la jodida construcción les está quedando «perfecta»—, de vez en cuando él, deposita amorosos besos en el tope de sus cabezas y yo, no me puedo sentir más desdichada. Me torturo analizando la suerte que tiene la chica. Imagino las ardientes noches que le debe brindar «mí» hombre, con esa divina longitud que posee entre las piernas y además, se ve que es un encanto de padre.

Jacob jamás quiso tener hijos, aunque a esta altura y después de todo lo que vivimos, es un verdadero alivio. De todas formas, dudo que pueda si quiera anotar un cuarto de gol.

Cuando terminan de hacer el castillo, él toma al niño en sus brazos y juntos se van a bañar.

Mi desilusionado ego no lo resiste más. Por mí que se pierdan en el mar y en su maravilloso mundo, porque lo que yo haré en este mismo instante es perderme en litros y litros de alcohol. Sí, me tomaré miles de Cosmopolitan en honor a Samantha Jones, mejor llamada: La «vieja caliente» de Sex and the city.

¡Ídola! No sé qué estupidez pasó por mi mente cuando se me ocurrió buscar el famoso miembro perfecto, si al final, todos sirven para exactamente lo mismo; Samantha lo sabe muy bien, no son más que un mero instrumento para dar placer.

A partir de mañana, de igual forma lo haré yo.


Buenas noches para todas mis hermosas! ¿Qué les ha parecido el capítulo? Al fin ha aparecido a quien siempre esperamos con ansias y parece que es casado! Pobre Bella, y ella que estaba tan feliz de haber encontrado al fin lo que buscaba. ¿Creen que ha sacado conclusiones apresuradas nuestra adorada loquita?

Espero ansiosa sus teorías y comentarios.

Pasando a otro tema, les debo una disculpa por la demora en publicar, pero octubre y lo que llevamos de noviembre han sido meses horribles para mí. Primero falleció mi papá, y luego la situación por la que está pasando mi país (Chile), me tiene realmente afectada y este último tiempo no me siento con cabeza para nada. En fin hay que ponerle el hombro a la vida, ¿no?

Como siempre, mil gracias por la fidelidad y el apoyo de todos estos años, para las chicas nuevas que recién se integran y me han puesto en sus alertas como autora favorita, y también a mis fic.

Nos leemos pronto.

Besos

SOL.