Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

La historia es mía.

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Capítulo 7: ¿Agente Swan o agente Smart?

Así que aquí estoy ahora, en el balcón de mi suite, lugar que me brinda una vista más que privilegiada de la playa y su extensa costanera.

¡Estoy casi eufórica en mi papel de espía súper secreto! Me imagino ataviada en un sensual y diminuto traje estilo militar, adherido a mi cuerpo como una segunda piel, cual Tomb Raider. De mi cinto, en vez de municiones, cuelgan poderosas y variadas armas sexuales: Látigos, sogas, fustas, hasta las famosas bolas chinas, adornan una de mis caderas. Lista para lucha, hasta con pintura de guerra, lista para mi chico de Ipanema.

Los binoculares parecen una extensión de mi cuerpo, no los separo de mi rostro ni por un segundo, no puedo darme el lujo de perder detalle. Mis ojos están puestos en miles de partes a la vez; en la gente que alegre camina por el paseo costero, el mar, las reposeras donde ayer su perfecta humanidad se recostó a tomar el sol. A tientas acerco el jugo de coco a mis labios, cien por ciento concentrada en mi vital misión.

El espionaje debería ser mi segunda profesión, comienzo a encontrarle una oculta fascinación.

Los detalles que la gente me proporciona son geniales, aunque si lo pienso mejor, es bastante mezquino de mi parte calificar de esa forma su inocente donación, ya que no dudaré en plasmar en mi nueva novela cada uno de los jugosos pormenores: Caricias furtivas, peligrosas, besos robados, mujeres y hombres engañando con descaro a sus parejas…

—…pollas de grandioso tamaño…—murmuro lo que aparece frente a mis ojos—. ¡Mierda! —maldigo dejando caer los binoculares al piso al darme cuenta de mi estúpida distracción.

Con la adrenalina corriendo por cada fibra de mí ser, los recojo y frenética busco el mismo punto, suplicando no haberlo perdido por estar abstraída balbuceando tonterías. Respiro cuando detrás de los negros lentes aparece su:

Alocado cabello.

Impresionante mirada.

Sonrisa destroza bragas.

Torso y abdomen de infarto.

Y finalmente, la gloriosa longitud enfundada en ese insulto de tela que gustosa arrancaría con los dientes.

El perfecto miembro trota por la orilla de la playa con todos los músculos en tensión, bronceados y sudados para mí. En definitiva es una especie en extinción, pocas veces en la vida tienes la posibilidad de ver tal divinidad en acción.

Su ardiente lanza poco a poco se acerca a mí, la veo tan cerca que hasta me da la impresión que si estiro la mano la podré tocar y, de solo pensarlo, los dedos me llegan a picar. Me relamo los labios de puro deleite y juro en un pacto silencioso y de sangre, que no me iré de Brasil sin que ese enorme miembro me haya atravesado en dos sin contemplación.

Pacto que en un suspiro se ve amenazado por dos zorras.

¡Perdón! Dos mujeres, plásticas y oxigenadas, vestidas con un retazo de tela —al parecer es un bikini— que cierta parte de su cuerpo se lo traga; sí, aquella que está por donde la espalda pierde el nombre.

Él se detiene, las saluda sonriente y besa cada una de sus mejillas, mientras ellas le rodean el cuello con sus huesudos tentáculos. Observo como intercambian un par de palabras y de pronto sucede algo que si me lo cuentan no lo creería, pero para mí mala fortuna lo estoy viendo. Prometo que mi boca ha caído al suelo y mis ojos han saltado de sus cuencas, cual dibujo animado.

La zorra número uno, la más alta, ni tonta ni perezosa, sin importarle dónde demonios está o la cantidad de gente que hay a esta hora de la tarde en la playa, sin ningún pudor, se quita la parte de arriba del bikini para mostrarle —o más bien ofrecerle— a mi hombre sus siliconadas y enormes tetas.

No sé qué es lo que me posee, pero inexplicablemente crecen en mí unos irrefrenables celos; sentimiento que jamás he experimentado, ni siquiera con Mister Maní.

«¡Maldita zorra plástica de mierda! ¡El chico de Ipanema es mío! ¡Mío!», quiero gritarle en su cara y luego estrangularla por ser una ofrecida.

Lo único que calma —en algo—, mis crecientes y cada vez peores delirios es que él observa sus pechos sin prestarles mayor atención y luego, negando con la cabeza continúa su camino en dirección al paseo marítimo.

¿Por qué habrá reaccionado de esa forma? ¿Por qué no les habrá prestado atención? ¿Será que esto es el pan de cada día para mi sexy y hermoso hombre? ¡Dios mío! Y si es así… ¿Qué oportunidad tendré yo, que soy más bien flacucha?

«¿Y si es gay? —Pienso con terror—. ¡Imposible!», niego de inmediato, todo en él exuda erotismo y masculinidad. ¡Qué pérdida sería para la humanidad!

Mis diatribas van y vienen cuando mi conciencia en esta ocasión, en vez de joderme la vida me advierte con febril decisión:

«¡Deja de pensar estupideces, idiota! ¡¿Qué no ves que el maravilloso miembro se escapa de nuestras garras nuevamente?! ¡Qué diablos te importan esas zorras! ¿Nos quieres matar cuasi virgen? ¿Es eso? ¡Es eso!».

Y sí que tiene razón…

Ahí está Miembro-Man, en el aparcadero de bicicletas de la playa apunto de montarse en una y desaparecer de mi vista.

«¡Ay, por todos los cielos! No puedo permitir que se arranque».

Dejo todo tirado y salgo a buscarlo a toda velocidad, con suerte recuerdo llevar mi bolso y cierro la puerta de mi habitación de un portazo. Corro por los pasillos hasta las escaleras, ya no hay tiempo de tomar el ascensor. Siento que mi corazón truena en mis oídos mientras ruego en mi interior: «Que alcance a encontrarlo, por favor».

Como una desquiciada atravieso las transparentes puertas del hotel y corro a todo lo que dan mis piernas, esquivando lo mejor posible a cuanta cosa y persona se interpone en mi trayecto entre miles de «¡perdón!», «¡disculpe!» y «¡fuera de mi camino!», hasta que lo veo, ya montado en la bicicleta y con lentitud comienza a alejarse de mí.

«¡Ay! ¡No, no, no, no, no! —Pienso aterrorizada—. ¿Ahora qué hago?».

Justo frente a mis ojos pasa la solución…

—¡Oye, niño! ¡Espera! ¿Cuánto quieres por tu bicicleta? —Me atravieso frente a él con las manos en alto, arriesgándome a morir atropellada debido a mi irreflexiva determinación y sin observar con detalle, el objeto deseado en cuestión.

El niño me mira sin comprender una soberana palabra y yo ante mi desesperación, saco de mi bolso unos billetes, los pongo en sus manos y a tirones lo bajo de la bicicleta. Como una loca me monto en ella y me pongo a pedalear para alcanzar a mí hombre, que ya me lleva bastante ventaja.

Cinco minutos después…

¿No podía conseguir una bici más pequeña que esta? No, definitivamente, no.

—Perfecto —mascullo con esfuerzo, sintiéndome una verdadera idiota.

Lejos ha quedado mi alucinación de hace minutos atrás cuando me creí el agente secreto Ethan Hunt o la sexy Lara Croft, ahora más bien en esta ridiculez, comienzo a sentirme como Maxwell Smart; quizá si hubiese tenido algo del ingenio de su compañera 99, no estaría intentando pedalear encima de esta porquería.

Es patético.

Mientras intento guiarla, las rodillas rozan mis brazos, siento que estoy conduciendo una bicicleta de circo y, si a eso le sumamos que me es casi imposible concentrarme con la vista privilegiada que tengo de su trasero y de su sudada espalda, gracias a una intervención divina no me he estrellado contra un árbol o un poste de luz. Esta no ha sido una brillante idea, pero tampoco tuve otra opción.

Comenzamos a avanzar por las calles de Río y en cada parada que hace para cruzar las calles y continuar su camino, ruego porque no descubra que lo sigo y vea lo ridícula que soy. Intento mimetizarme con el paisaje, pero en más de una ocasión, casi me estampo con una palmera para esconder mi acosadora y caricaturesca humanidad, cuando a mi maravilloso hombre se le ocurre mirar hacia atrás.

La verdad creo que no estoy obteniendo buenos resultados, ya que en más de una ocasión, juro que veo atravesar una sonrisa divertida por sus labios.

«¿Me habrá visto?», ruego al cielo y a todos los santos que no.

Luego de unos veinte minutos —estoy sudada como un caballo de carreras y con la lengua afuera—, llegamos a un acomodado sector residencial. Las calles adoquinadas y las verjas son de verdes, elaborados y bien cuidados cercos vivos; los portones de entrada comienzan a tener una distancia bastante considerable uno de otro.

Finalmente mi hermoso Adonis se detiene frente a un impresionante portón, que más parecido a la entrada de una casa, parece la entrada de un castillo, «El castillo del príncipe sexo». Negro, alto y enorme, la parte de arriba ondeada, unas elaboradas rosas se entrelazaban a los barrotes cual enredadera, dándole un efecto irreal, elegante y hermoso.

Toca un moderno intercomunicador que se mimetiza entre los verdosos arbustos y las puertas silenciosas se abren por la mitad, él ingresa y así mismo se cierran, ocultado del mundo su majestuosa divinidad.

«Y ahora, ¿qué?», me pregunto.

Lo he seguido y obtenido nueva información, si asumo que esta es su casa, pero ¿cómo haré para enterarme de algo más si al mirar el portón parece impenetrable? ¿Realmente vivirá aquí? O quizás, ¿trabaja aquí? Y si la chica de la playa, ¿también vive aquí?

¡No, no y no! Niego en rotundo, con mi corazón amenazando con salirse de mi pecho del terror que me provoca esa visión.

Alucinación que me lleva a tomar una nueva y descabellada resolución, pero como que me llamo Isabella Swan, esta tarde no me iré de aquí sin obtener más información; aquella que es de vida o muerte, para cumplir con mi vital misión o más bien, satisfacer mi necesidad de ser cogida por ese Adonis, sin contemplación.

Quiero saberlo todo. Absolutamente. Todo.

Apoyo la bicicleta del infierno en los arbustos, le doy una mirada envenenada y comienzo a evaluar mis posibilidades. El cerco vivo no es tan alto y detrás de su verde y esponjosa figura, en el jardín hay múltiples árboles.

Bien Isabella, de que aquí te vas directo al paraíso o directo a la cárcel para jamás volver a ver la luz del sol, pero arriesgarse es en absoluto necesario y vale mil veces la pena, a seguir estancada en mi aburrida y monótona vida.

Miro a ambos lados de la calle cual delincuente, para cerciorarme de que nadie venga, luego busco un árbol que sea frondoso y sus ramas se acerquen lo más posible al cerco. Vamos que no soy precisamente la señora deporte, además del dolor de culo que me gasto después de haber manejado por cuadras y cuadras aquel condenado aparato, no es como si necesite otro dolor en algún lugar de mi cuerpo.

Como una delirante acosadora comienzo a encaramarme en el cerco, deseando con fervor convertirme en el Hombre Araña y de inmediato, me doy cuenta que comienza a afectarme la televisión. En serio, en menos de tres horas he pasado de ser Ethan Hunt, Lara Croft, El Super Agente 89, ¿al Hombre Araña? Estoy mal, pero muy mal. De seguro la presión del avión afectó de alguna forma mi capacidad de razonar.

Después de varios rasguños en mis piernas y una cantidad considerable de maldiciones, logro alcanzar la rama del árbol que me lleva dentro del paraíso. Equilibrándome lo mejor que puedo, me cambio de una a otra, hasta donde me camufla su follaje y tengo una mejor visión.

El árbol al cual he subido da al patio trasero, que es un sueño de decoración minimalista, solo tiene plantas verdes de todo tipo y tamaño, tan verdes como su cuidado prado. Justo en el centro hay una piscina enorme, como antesala a una pulcra terraza de muebles blancos y tras esta, una elegante casa de estilo contemporáneo, subdividida en acristaladas secciones en su primer y segundo piso. No parece la residencia de una familia o donde vivan niños, más bien parece la casa de un soltero, aunque para mi gusto, demasiado grande para una sola persona.

La esperanza crece en mí y comienzo a adorar cada incómodo minuto arriba de este árbol.

De pronto uno de los grandes ventanales que dan a la terraza se abre, mi corazón palpita emocionado y se acelera al borde del infarto, al ver el espécimen humano que ha salido al patio.

«¡Ave maría, purísima, sin pecado concebido! —Me persigno como una vieja remilgada, al mismo tiempo que se humedecen mis bragas—. ¡Maldito hombre! ¿Cómo me hace esto y yo aquí muriendo por cogérmelo?».

Desnudo, así viene el muy condenado y es el mismísimo dios del pecado. Solo así, en cueros, ha salido desde las mismas profundidades del infierno para hacerme arder en llamas, juro que estoy a punto de quemar el árbol de una combustión espontánea. Es tan perfecto que me llega doler la vista y ¡qué decir de su enorme longitud! Es tal cual como la he imaginado: sublime, tersa y malditamente degustable.

Muero por verla erecta.

Se acerca a la piscina —a un compás que hace que su miembro se balancee en perfecta sincronización con el elegante andar de su cuerpo—, para en el borde y de un atlético movimiento, se lanza al agua en un espectacular clavado.

«¡Oh, Dios!», este espectáculo tengo que verlo en primera fila, por nada del mundo me perderé como su masculina y bronceada contextura, es venerada por millones de gotas de agua.

Gateo por la rama para tomar una mejor ubicación.

«Un poco más, tan solo un poco más», pienso a la vez que me muevo con sigilo, no puedo ser descubierta por el culpable de mis estrenadas locuras y todos mis calenturientos delirios…

Me lo imagino embistiéndome, lento, duro, profundo, contra los muros de la piscina, mis piernas rodeando su cintura, mis manos jalando ese extraño y alborotado cabello, el vaivén del agua acariciando nuestros cuerpos.

Lamentablemente, no hay un cielo para mí.

Por calentona, pervertida y andar imaginando escenas eróticas antes que sucedan, termino siendo un Hombre Araña de mierda. Mi mano da un paso en falso y caigo del árbol para darme de lleno en el piso en mí ya, malogrado trasero. Un «ay» sofocado alcanzo a tapar con mis manos.

—Tem alguem aii?¹ —Escucho que pregunta mi hombre.

«¡Oh, por Dios! Que no me vea», ruego con mi corazón latiendo a mil kilómetros por ahora. Estoy aterrorizada, ni siquiera me atrevo a respirar.

«¡Fantástico Isabella! —Sardónica me reprende la voz de mi conciencia—. Ahora prepárate para morir vieja y seca, mil años a la sombra».

«¡No me alientes tanto estúpida!», le respondo a la condenada juiciosa, ¿qué nunca me dejará en paz?

Espero unos segundos donde el único sonido ambiente es el movimiento del agua y luego se escucha su perfecta y sexual voz, aquella que es capaz de derretir los hielos eternos; voz que por un instante, me parece haberla escuchado en otra parte:

—Brutus! Sansão! Ataquem!²

¿Qué? ¿Escuché bien? ¿Qué diablos es Brutus y Sansón? ¿Qué ahora estoy en la película Gladiador? Pero no tengo mucho más qué pensar, aquí frente a mis ojos está la respuesta a mi duda. Dos negros, fieros y amenazantes Rottweilers, están gruñéndome y mostrándome sus filosos colmillos con la baba chorreando hasta el piso.

Estoy muerta y para colmo moriré cuasi virgen…

Ojos negros.

Afilados colmillos.

Baba chorreante.

Postura amenazante.

Pasos parsimoniosos e intimidantes.

Sigo paralizada y sin respirar, intentando que no se mueva un bendito pelo de mi cabeza. No puedo ser descubierta, eso sería mi perdición.

Cerca.

Más cerca.

Cada maldito segundo más cerca…

Tan cerca que juro hasta puedo sentir sus jadeos y alientos golpeando mi rostro. Por un momento me siento como Harry Potter amenazada por Fluffy, aquel monstruoso perro de tres cabezas y ni siquiera tengo la suerte de tener una jodida varita mágica para invocar un Petrificus Totalus. ¡Vamos que el Avada Kedavra es excesivo!, ¡solo quiero petrificarlos, no quiero matarlos! ¿Qué culpa tienen los pobres animales de ser tan feos y parecer salidos de la una película del diablo? Después de todo, yo soy la idiota que se ha caído del árbol.

Un ramalazo de lucidez cruza por mi mente, no puedo morir desmembrada, así que sigilosa gateo hacia atrás, sin perder de vista a mis verdugos.

—Shh… perritos, perritos, perritos, ¿quieren ser mis amiguitos? —susurro intentando probar suerte, como si estuviera tratando con dos adorables chihuahuas.

Lamentablemente de vuelta recibo unos furiosos ladridos que son mi señal para arrancar, pero me doy en la cabeza con el tronco del árbol y tengo que sofocar otro «ay». No lo aguanto un segundo más, invoco a mí interno y patoso Hombre Araña de mierda y, gracias a la adrenalina que me recorre de los pies a la cabeza, trepo el árbol y en el más sorprenderte de los arrojos, atravieso sus ramas cual mono araña y me lanzo en picada hacia el otro lado del cerco, dándome de nuevo en mi malogrado trasero.

—¡Mierda! —exclamo, cuando caigo sentada en el pavimento.

A pesar del dolor que siento, aliviada me dejo caer en la vereda y comienzo a reír como una desequilibrada. ¡Lo he logrado! ¡No me ha descubierto y estoy viva! ¡No me iré presa y he visto el apetecible miembro en vivo! ¡En vivo!

«Pero ahora con el grito que has dado, seguro te irás presa cuando Miembro-Man, te pille tirada como una lunática en plena calle fuera de su casa y te vuelva a echar los perros. ¡Ponte de pie y por tu bien, desaparécete de aquí como Flash!», me alerta mi conciencia, que por cierto, hoy está de lo más cooperativa.

Por supuesto que no tiene más qué decir. Me paro de un salto e ignorando el dolor de mis maltrechas posaderas, comienzo a correr calle abajo, doblo en la esquina a la derecha y desaparezco en dirección al hotel.

Después de todo, ¡ha sido un día más que excitante! ¡Ya sé dónde vive mi comestible hombre y he recreado la vista!

Con la imagen en vivo y a color de aquel miembro de infarto, comienzo a lucubrar un nuevo plan y esta vez nada puede fallar… Nada me impedirá que lo pueda disfrutar.


Nota de Autor:

1. ¿Hay alguien ahí?

2. ¡Brutus, Sansón! ¡Ataquen!


Mis hermosas! Aquí poniéndome el al día con nuestro querido chico de Ipanema.

Espero se estén cuidando en casa (las que puedan) y todos sus familiares se encuentren bien.

Le mando fuerza, paciencia y esperanza, que al fin parece que es lo único que nos queda en tiempos tan difíciles.

Un poco de risa para estos días de cuarentena, con nuestra loca favorita! Pobre Bella, pero ella se busca todo lo que pasa. ¿Qué creen que pensará Edward?

Les dejo amor y no leemos pronto.

Besos.

Sol.