Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
La historia es mía.
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Capítulo 8: ¡E. C!
Día Cuatro.
Hora: 8 AM.
Ánimo: Por las nubes.
Lugar físico: Fuera de la casa de Miembro-Man.
Sí, aquí estoy ansiosa y emocionada, montada en un maravilloso y rentado Mini Cooper, esperando como la loca acosadora en que me he convertido, a que súper miembro se digne hacer acto de aparición, y salga de una vez por todas del castillo del príncipe sexo.
El día de hoy, le seguiré la pista de temprano.
Ayer después de mi arriesgada, ridícula y dolorosa aventura, llegué al hotel transpirada, rasguñada y agotada de todas las emociones vividas. Así que después de darme un merecido baño, pedir algo de comer y conseguir una nueva bolsa con hielo, esta vez para mi magullado trasero —hielo que de pasada, me ayudaba a bajar la calentura de mis partes nobles que palpitaban impacientes, después de haber visto a ese hombre, como Dios lo trajo al mundo—, comencé a trazar una nueva misión.
Juro que intenté analizar los pros y los contras de diversas situaciones, pero la imagen de esa polla enorme, bamboleante y malditamente comestible, nublaba mi razón. Me imaginaba al Adonis en cuestión, follándome en distintas y tántricas posiciones, febriles alucinaciones, que por supuesto me llevaron a tomar la más descabellada resolución: Continuar con mi plan investigador.
Lo sé, suena la peor decisión. Sería mucho más fácil que le pusiera fin a esta infantil persecución y simplemente como la mujer adulta que soy, me presente ante él con mis calenturientas intensiones, y que pase lo que tenga que pasar… Pero, ¿qué diversión habría en todo eso?
¡Al fin soy libre y muero por divertirme!
Con ese objetivo en mente, hice los arreglos respectivos para hoy y ahora heme aquí, escondida bajo la protectora sombra que me brindan unos enormes árboles, aguardando llena de convicción. Este será el día en que al fin conoceré a ese irreal espécimen masculino y experimentaré del sexo sin contemplación.
¡Sí, señor!
Mis ojos están clavados en el majestuoso portón que bloquea la entrada al paraíso, llevo esperando veinte minutos y me comienzo a inquietar. Creo que la paciencia que necesita esta segunda profesión me va hacer claudicar, cuando veo —como si fuese una señal divina que me ordena continuar— que las puertas se abren, para dejar salir un ostentoso Ferrari Cabriolet de furioso color carmesí. Me agazapo en el asiento, necesito mimetizarme con el interior, así que acomodo el gorro que traigo puesto, hasta que este roza con mis gafas de sol. A penas se me ve la nariz, no puedo ser descubierta en mi acosadora misión.
Mi corazón da dos saltos al descubrir quién es el conductor del flamante deportivo porque ese es, nada más ni nada menos que Miembro-Man.
«¡Dios mío!», solo él puede verse así de guapo a esta hora de la mañana. Sus preciosos ojos están escondidos tras unos anteojos ahumados, que me provoca quitárselos para perderme en su hipnótica mirada y besarlo hasta hacerle perder el aliento, en tanto mis manos se cuelan por aquel cabello húmedo e indomable, que le da un aire del rey de la selva.
Suspiro como una idiota, mientras él mira en ambos sentidos de la calle para cerciorarse que no vengan vehículos, el motor ruge y arranca a toda velocidad internándose en las calles de Río.
Tengo que decir que mi elección del vehículo de hoy, ha estado bastante más acertada que el artefacto del demonio que usé ayer, aunque no el adecuado para igualar al pretencioso Ferrari, ya que aunque intento seguirlo a una distancia prudente, mi tarea es bastante difícil, sobre todo porque al parecer el hermoso conductor es amante de la velocidad y se zarandea por entremedio de los autos cual serpiente, metiéndose por espacios que considero imposibles; de hecho estoy segura que no le he perdido, porque no puede correr el deportivo como deduzco que desea, debido a que hay una gran cantidad de tráfico.
No sé cuántas vueltas hemos dado, ni las calles, ni sus nombres o ¡qué decir del sector! No le pongo atención al paisaje —aunque supongo que estoy en Leblón—, mis cinco sentidos van concentrados en que no se me escape, cuando de pronto, advierto que dobla con rapidez hacia la derecha e ingresa a un estacionamiento subterráneo.
Me detengo en el frontis de un moderno y cristalino edificio de unos siete pisos. Sobre un par de puertas giratorias, hay unas letras plateadas y elegantes que rezan:
Cullen Plastic Surgery Associates
Medical Corporation
Río-Londres-Los Ángeles-París
¿Qué demonios? ¿Una clínica de cirugía plástica? ¡Una clínica de cirugía plástica!
—¡Oh, por Dios! —exclamo impresionada, llevándome las manos a la boca.
¿Será que él muy pretencioso viene aquí hacerse sus «retoques» y por eso es tan perfecto? Es indudable que sí, ¡si la polla que posee no es de este mundo! Recuerdo la exhibición de ayer por la tarde y aprieto las piernas del placer que me produce, imaginarlo conquistando mi interior con un roce suave, delicioso y maestro.
Necesito dilucidar este misterio, así que haciendo gala de mi irreflexivo actuar de la última semana, no lo pienso dos veces, ingreso al subterráneo y me estaciono a unos cuantos metros del solitario Ferrari; su dueño ha desaparecido.
Bajo del auto y camino por el estacionamiento buscando cómo ingresar al edificio, un cartel colgado del techo me indica la dirección, pero antes no puedo evitar acercarme hasta el descapotable y acariciar su lustrosa carrocería, añorando cada parte, como si fuese aquel hombre que me ha embrujado y dejado al borde de la demencia.
No le ha cerrado el techo, así que puedo oler la estela de un perfume caro y masculino que es para derretirse y tener orgasmos múltiples aquí mismo, imaginando que mientras me toma lento y profundo, va impregnando cada centímetro de mi piel, como un invisible tatuaje hecho del adictivo aroma.
Para mi tristeza, más que admirar y olisquear como enferma su interior, no puedo averiguar nada más, ya que está limpio y ordenado, ni siquiera hay una miserable boleta. La verdad, tampoco me arriesgaré a intentar algo más, mucho menos después de los embrollos en que me metí ayer y, muchísimo menos, en un lugar público.
Ya he aprendido la lección.
Dejo atrás el magnífico vehículo, siguiendo la indicación del letrero, hasta que me topo con un par de elevadores, llamo uno, espero unos pocos segundos hasta que las plateadas puertas se abren, ingreso sin dudarlo y marco la planta baja. Una campanilla anuncia mi parada, desciendo del artefacto y mis ojos se encuentran con un distinguido y pulcro vestíbulo.
La sala es espléndida, brillante e iluminada, gracias a la luz natural que se filtra por los enormes ventanales que adornaban sus murallas; los cristales abarcaban toda su extensión, desde el techo hasta el suelo. El piso está confeccionado de un negra y costosa cerámica, tan resplandeciente como si fuera un espejo; personas caminan de aquí para allá en distintas direcciones, enfermeras, doctores y pacientes.
Inspecciono la estancia con la mirada, no hay rastros de Miembro-Man. Así que asumiendo la premisa, que su divinidad se debe a que prácticamente vive aquí dentro y, suplicando que no sea un maniático adicto al botox, me acerco a la recepción con otra descabellada idea. Aunque quizá, encajaríamos, ya que entre chiflados nos entenderíamos más que bien.
—Buenos días, Cullen Plastic Surgery. Habla Jane, ¿en qué puedo ayudarla?
La recepcionista atiende el teléfono y para mi sorpresa, lo hace con un estirado acento británico, cosa que agradezco; la barrera del idioma, al menos por ahora, no será un problema, sobre todo porque mi portugués es un desastre. Es una chica joven, de unos veintidós años, rubia y tiene unos profundos ojos azules, ella me mira y me dedica una simpática sonrisa. Junto a ella, hay otra mujer haciendo lo propio, es morena, de similar edad y también habla con entonación del Reino Unido.
—No, la doctora Whitlock está de vacaciones… —Jane calla un momento, escuchando a la persona por el otro lado de la línea—. Sí, no hay problema… Está bien, personalmente me preocuparé, de que le llegué su recado. Adiós.
En cuanto corta, centra su atención en mí y me saluda—: Bom dia, eu sou Jane. Eu como posso ajudár-la? —pregunta con amabilidad y sonríe mostrándome una hilera de blancos y cuidados dientes.
—Hola, Buenos días —respondo en inglés, para que dé por hecho que así nos comunicaremos.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarla? —Repite entendiendo el mensaje y manteniendo su sonrisa de aviso publicitario de pasta de dientes.
—¿A mí? —suelto como tonta. Nerviosa muerdo mi labio inferior, al darme cuenta de lo estúpida que he sido, «¡obvio que a ti, idiota! ¡Contesta algo ingenioso, ya!»
«Sí, puedes ayudarme diciéndome, dónde se metió mi hombre de comestible piel dorada y ojos de ensueño, para encerrarlo en una de las consultas y comenzar a follarlo, sin compasión, en este mismo instante», quiero contestar, sin embargo, fingiendo inocencia, pongo en marcha mi disparatado cometido:
—Eh… Sí…, bueno... Lo que pasa es que… que… —Finjo nerviosismo restregando mis manos—. ¿Existirá la posibilidad que algún doctor, tenga una hora disponible durante la mañana? —Soy toda timidez al hacer la pregunta y continúo—: Con urgencia necesito alguien que me atienda. Mi novio dice que tengo los senos pequeños y me gustaría agrandarlos para complacerlo, si no, temo que me dejará —esta es sin duda, la cosa más patética que ha salido por mi boca en toda mi vida, pero es lo único que se me vino a la cabeza, para obtener un pretexto creíble y poder pasearme por el edificio con libertad. Después de todo en la guerra y en el amor todo se vale y este, es un estado de sitio.
Jane me analiza, mientras intento aguantar mis carcajadas, que amenazan con escapar desvergonzadas. Debe estar pensando que soy una tonta sin cerebro, sin embargo sonríe y niega con la cabeza, imagino que lamentado mi falta de autoestima.
—Siempre lo mismo —contesta al fin en tono solidario y teclea su ordenador con la vista fija en la pantalla—, los hombres nunca están conformes con nada… —guarda silencio, asumo que buscando ayudarme, luego sonríe como si hubiese hecho un gran descubrimiento y dice—: Tal vez el doctor Geran… Un minuto por favor… —levanta el dedo índice para ejemplificar el punto, ya que nos ha interrumpido el teléfono.
Pasa un rato que no la veo articular palabra, pero deduzco que debe ser alguien importante, ya que exuda cierto nerviosismo, se ha acomodado en el asiento dos veces y arregló un mechón que ha caído de su tirante moño, como si el interlocutor pudiera verla. Sus ojos se encuentran con los míos como pidiendo disculpas por la demora, pero creo ver algo más, un brillo que no sé cómo interpretar. Teclea de nuevo quién sabe qué cosa, me mira de reojo y con amabilidad extrema, responde—: Sí, doctor. Ella está…—calla abruptamente y repite—: Sí, doctor… Como usted diga, doctor —cuando cuelga el auricular, suelta una risita y suspira.
—Bien, estás de suerte —retoma nuestra conversación, como si nunca nos hubiesen interrumpido—. Una de las pacientes del doctor Cullen ha cancelado, aunque no te podrá ver hasta las diez. ¿Deseas esperarlo? Y créeme cariño… —prosigue entusiasmada— yo que tú, lo espero… Encontrar una hora libre con el doctor Cullen es un milagro, ¡todas las mujeres en Río, mueren por operarse con él! —De nuevo ríe con esa risilla adolescente, como cuando tienes un enamoramiento por una estrella de cine.
—¡¿Quién, no?! —La secunda la otra recepcionista, uniéndose al chisme—. ¿Lo has visto hace un rato? —Habla de una forma, que me parece que se va derretir en el asiento—. Llegó tan sonriente y ese cabello sexy que traía, como si estuviera recién fo-lla-do —silenciosa modula las sílabas de «follado», por lo que he entendido, sin problemas.
Ambas ríen cómplices y comentan una frase en portugués que por supuesto, con mi precario conocimiento del idioma, no sé descifrar.
—Entonces, ¿lo esperarás? —Jane insiste, volviendo su atención a mí.
—Lo esperaré —acepto sin dudar, ni pensar en las consecuencias del show que estoy montando y preguntándome, ¿qué gracia tendrá el famoso doctor Cullen, que se ríen como bobas? Me encojo de hombros porque ni siquiera me importa, yo solo quiero terminar con este circo, para colarme dentro de la clínica de una vez por todas y localizar a mi sexy Adonis.
Jane ingresa mis datos y pago con mi tarjeta de crédito, al tiempo que ella me da las últimas instrucciones:
—Toma el elevador de la derecha, hasta el séptimo piso. En la recepción de ahí te atenderá Siobhan, que es la secretaria del doctor Cullen y… ¡Ah! No te preocupes por el idioma, ya que he puesto en tu ficha, que necesitas que te atiendan en inglés. Todos los funcionarios de la corporación, somos bilingües —informa con orgullo, entregándome la boleta—. Que te vaya bien.
—Gracias —contesto algo aturdida y en verdad agradecida, que haya reparado en aquel importante «detalle», que de todas las mentiras que he dicho, se me estaba escapando.
Queriendo darme un puñetazo por tonta, sigo las instrucciones, cien por ciento comprometida con la farsa, lo importante es que mi plan va avanzando a la perfección, solo me falta deshacerme de la secretaria del mentado doctor, para comenzar mi investigación.
Al bajarme del ascensor una nueva recepción —parecida a la de la planta baja— me da la bienvenida, pero esta es mucho más sobria y elegante. Cuadros abstractos adornan sus muros, presumo que son la silueta de un cuerpo en distintas poses. Repaso la sala con la mirada, no hay rastro de Sioalgo y mucho de menos de Miembro-Man; solo hay dos mujeres plásticas, oxigenadas y extremadamente bronceadas, sentadas en unos negros y mullidos sillones, dispuestos en forma de c.
Impaciente de alargar este embuste, me resigno a esperar a la secretaria de nombre extraño y sentarme junto a las rubias —que leen una revista y no me han dedicado una mirada, cosa que agradezco, porque lo que más necesito en esta misión es pasar desapercibida—; pero cuando doy el primer paso hacia los sillones, aparece una presurosa enfermera, que me toma del brazo y ordena:
—Venga conmigo, el doctor Cullen la espera…
—¿Yo? —rebato sin comprender cómo sabe quién soy—. ¡Pero si mi hora es a las diez!
—Soy Siobhan —me informa, como si con eso me tuviese que conformar y se dedica a guiarme por un pasillo interno.
Como puedo aguanto —en tanto intento seguirle el paso— las espantosas ganas que tengo de mandarla al infierno. Quiero gritarle que me suelte, porque poco me importa quién sea y mucho menos la consulta con el jodido doctor, que lo único que necesito es buscar a mi hombre; pero en un abrir y cerrar de ojos, hemos ingresado a un especie de privado, me está entregando una bata, me indica que me cambie y se va.
¡Diablos! Ya no sé qué estoy haciendo... Sólo sé, que he terminado de perder el juicio, porque en estos enredos, únicamente me meto yo. ¿Qué debo hacer? He llegado hasta aquí obsesionada por averiguar, todo lo que pudiese del chico de Ipanema y ahora, estoy a punto de que un cirujano plástico me vea semidesnuda y ni siquiera estoy interesada, en operarme una maldita cosa.
«El orden de los factores no altera el producto», concluyo, viendo el lado positivo del asunto y comienzo a sacarme la ropa, decidida a zafarme lo más pronto del doctor, aludiendo a que me he arrepentido. Después con mi coartada ejecutada, me largaré a recorrer la clínica con la esperanza que mi bello hombre, por culpa de este imprevisible tras tiempo, aun permanezca en el establecimiento.
Con la bata ya puesta me siento a esperar y me invaden unas ganas irrefrenables de escapar. No veo el punto de someterme a esta estupidez, debería vestirme e irme, pero mi parte racional me llama a la calma, convencida que el esfuerzo no será en vano, necesito deambular por ahí sin llamar la atención y estimo que esta, es la única solución.
La enfermera vuelve por mí y, suplicando salir rauda de este fraude, la sigo en silencio, hasta que entramos a una consulta minimalista, enorme e iluminada.
—Súbase a la camilla, por favor. El doctor en un momento estará con usted —me pide ayudándome con amabilidad, luego se va a ordenar unos papeles, que hay sobre un descomunal escritorio.
Aun sin decir palabra me recuesto, cruzo los tobillos, entrelazo mis manos dejándolas descansar en mi estómago e intentando controlar mi ansiedad, me concentro en el blanquecino techo, sin reparar en detalles como las fotos que hay en una biblioteca y menos en los diplomas que de reojo veo colgados, en la muralla detrás del escritorio. Mi mente está puesta en una sola cosa o mejor dicho, en un maravilloso miembro que me muero por degustar.
Oigo que la puerta se abre y se cierra con suavidad.
—Buenos días…
«¡Madre santa de todos los cielos! ¡Jodida voz sexy que tiene el doctor!», increíblemente tan solo escucharlo, la parte más necesitada de mi cuerpo, palpita suplicando por atención.
—Doctor Cullen, esta es la paciente que se hará una reconstrucción de los labios vaginales —Siobhan, informa en tono profesional—. Tanya Denali.
«¡¿Reconstrucción de los labios vaginales?! ¿Tanya Denali? ¿Yo? No, no, no, no, no», tengo que aclarar este mal entendido en el acto, no vaya a ser que al doctor, se le ocurra sumergirse en territorios peligrosos e inexplorados, aquellos que están reservados para un solo hombre y que a esta altura por culpa de su erótica voz, están vergonzosamente inundados.
Me incorporo en mis codos y digo—: Verá doctor, yo no… —pero la frase se atasca en mi garganta, cuando mis ojos se encuentran con:
Cabello del rey de la selva.
Ojos verdes, estremecedores y felinos.
Sonrisa de infarto.
La combinación completa destroza bragas, vestido de doctor.
Justo en este instante entiendo que hubiese sido mil, ¡qué mil! ¡Infinitas! Infinitas veces mejor, que me hubiese quedado mirando el techo, pero de por vida…
«¡Trágame tierra que aquí muero! ¡Dios mío, ten compasión de mí! —suplico internamente comenzando a hiperventilar, juro que me dará un surmenage—. ¡El jodido doctor Cullen es mi chico de Ipanema! Con razón las recepcionistas sonrieron como idiotas... ¡Respira, Isabella Swan! ¡Recuerda respirar, Bella Swan! ¡Qué vergüenza! ¡Reconstrucción de los labios vaginales! No. No. No.»
—¿Se siente bien? —pregunta con un educado acento británico, se acerca hasta mí y me mira fijamente a los ojos, con una de sus enormes manos toca mi mejilla y ¡Dios!, ¿esto es en serio? ¿Me pregunta, si se siente bien? ¡Se siente como los mismos dioses! Su tacto es cálido y suave como la seda, me enciende de los pies a la cabeza—. ¿Se siente bien? —Insiste, porque la verdadera razón de su pregunta, es porque ve que me estoy poniendo cianótica, pero no puedo contestar, estoy perdida en las preciosas esmeraldas de su mirada, que súbitamente me recuerdan…
Una nefasta noche de copas.
El inconfundible acento.
La seductora voz.
Y al fin puedo unir las piezas…
—A ti… ¿Quién demonios te dio permiso para opinar? ¿Por qué te interesa tanto? Lo más probable es que también tengas un maní, al igual que el idiota de Jake. ¡Sí! ¡Un maní! ¡Todos los hombres son unos cerdos mentirosos! ¡Cerdo!
Con mi corazón palpitando al borde del síncope, frenética examino su blanca bata, sabiendo de antemano lo que descubriré: «Doctor, Edward Cullen».
«E.C —estoy jodida, completamente, jodida—. ¡Maldición, lo he arruinado todo!»
Primero, cuando tuve la «maravillosa» idea de andar haciendo conjeturas falsas, para que inmediatamente después, no encontrar nada mejor que ir a ahogarme en alcohol... Ahí estuvo él, escuchando todas las atrocidades que conté de Jake y de él mismo y, por mi tozudez de no querer mirarlo, jamás me di cuenta que el hombre de mis sueños estaba sentado junto a mí, intentando entablar una conversación.
¡Él me llevó hasta mi cuarto! ¡Él me acostó en mi cama! Y yo…
…yo tengo las llaves de su casa.
«¡Oh, por Dios! ¡Oh, por Dios!», me va a dar un colapso, lo juro, por todos los benditos dioses del Olimpo, que voy a caer muerta y para mal de males, no puedo desconectar su mirada de la mía; su intensidad, parece leer mis más oscuros pensamientos.
No aguanto estar metida en esta situación, ni un jodido momento más; la vergüenza y humillación que siento, me han superado. Con brusquedad aparto su mano, me bajo de un salto de la camilla y arranco de la consulta, cerrando la puerta de un portazo.
Tiemblo de los pies a la cabeza, no sé de minutos o segundos, sólo sé que me visto con rapidez, ya que lo único que necesito es huir y esfumarme del mundo sin más. Una vez lista, corro hasta los elevadores y para mi suerte, justo viene saliendo gente, ingreso e impaciente pincho el subterráneo. Cuando las puertas se cierran, lo último que veo es a Edward Cullen fuera del ascensor, mirándome con ojos divertidos y con una sonrisa ladina adornando sus labios.
¿No habrá sido mucho por hoy? Y ni siquiera es medio día.
¿Quién ha caído desmayada junto con Bella?
Les dejo besos y espero dentro de lo que puedan se estén cuidando en casa.
Sol
