Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

La historia es mía

.

Capítulo 11: Simplemente irresistible

Abro los ojos con pereza, me siento completamente extasiada y por primera vez en mi vida relajada, tanto así, que me siento liviana, como si estuviese recostada entre esponjosas nubes de algodón. ¿El causante de esta maravillosa e irreal sensación? Edward dios del sexo Cullen, alias Miembro-Man o mi sexy chico de Ipanema, que aún por increíble que parezca, duerme sobre mi cama como Dios lo trajo al mundo.

Me acuesto de lado y reacomodo mi cabeza en la almohada para contemplar semejante espectáculo. Edward realmente es un hombre de otro mundo… Si no tuviera las huellas de sus apasionadas caricias por toda mi piel o aquel escozor en mi parte más íntima, estoy segura que creería que el hombre que está recostado a mi lado no es nada más que producto de mí alocada imaginación.

Mis ojos viajan por su cuerpo sin ningún reparo. Sonrío como idiota porque, ¡por Dios que es hermoso el desgraciado! Parece un ángel caído del cielo, uno que arrancó de las auras celestiales para irse al mismo infierno; Lucifer para ser más precisa, ya que la abrasadora calentura que posee no puede provenir de ningún otro lugar. Realmente, no lo deberían dejar salir a pasear. ¡Es más! ¡Hasta lo deberían multar! Que semejante y demoniaca belleza ande provocando infartos en plena calle, debería ser ilegal.

Se me escapan un par de carcajadas por culpa de mis deschavetadas ocurrencias. Tapo mi boca con una mano para intentar acallarlas, no quiero despertar a Edward, pero juro que apenas puedo contenerlas ya que la tontería de las multas, ha llevado mi mente a imaginarme enfundada en un sexy y azul marino uniforme, golpeando amenazante un garrote policiaco en mi mano y con un sonrisa diabólica estampada en mis labios…

«Señor Cullen, queda usted arrestado, por ser tan tentador y comestible. No tiene derecho a juicio, ya que ha cometido terribles crímenes contra la humanidad, aquello de andar provocando infartos en la calle y a plena luz del día, merece la pena capital. Aunque esta vez, gracias a una intervención calenturientamente divina, seremos indulgentes. Su condena será follarse a la agente Swan, mañana, tarde y noche…, por todo lo que le resta de vida».

Punto. Simple y claro. Caso cerrado.

«Follar», ¡Jesús! ¡Cómo folla este hombre! Parece un insaciable animal en celo.

Mis ojos dejan de admirar su masculino rostro —en el que comienza a aparecer una leve sombra de vello que lo hace verse aún más sexy— y viaja por aquel cuerpo del pecado hasta detenerse en «esa» parte de su anatomía que descansa semi-erecta en dirección a su cadera izquierda, o sea hacia mí.

«¿Será que aparte de ser malditamente bien dotado, además posee un detector de vaginas?», de nuevo estoy a punto de estallar en carcajadas. «Detector de vaginas», esas estupideces solo se me ocurren a mí. Si hasta imagino la cabeza de su pene, como la punta de la antena que capta las calenturientas vibraciones…

«Bip, bip, bip, detectando la vagina de Isabella Swan, bip, bip, bip»

Edward me toma por sorpresa al girarse en mi dirección —como si fuera capaz de adivinar mis chifladas fantasías— y me agarra de la cintura para acercarme posesivamente a su cuerpo. Él sigue durmiendo y mientras una de sus largas piernas y tonificado brazo son mis carceleros, disfruto de sentir cada centímetro de su irreal anatomía ceñida a la mía. Mi cabeza y manos descansan en su pecho, estamos tan pegados que hasta puedo oír los acompasados latidos de su fuerte corazón; tan pegados que la parte más importante de su cuerpo, descansa en mi vientre bajo.

Inevitablemente, miles de mariposas revoletean en mi interior por culpa de este contacto tan íntimo, casi marital. Mi vista se cuela por dentro nuestro en busca del miembro soñado. Al contemplarlo me parece mentira…

«¡¿Cómo diablos me cupo todo eso dentro?!», muerdo mi labio inferior con lujuria, porque… ¡por Dios cómo cupo y de qué manera cupo!

¡Cómo me hizo pecar este hombre! Si aún puedo evocar sus roncos gemidos, ese ceño fruncido con esa provocativa vena sobresaliendo de su frente en un gesto de carnal placer, mientras me embestía duro y profundo, sin tenerme la más mínima compasión.

Momentos de la noche anterior vienen a mi mente y de solo recordarlos, mi intimidad palpita impaciente…

—No imaginas la vista que tengo desde aquí atrás, Isabella —gruñe, su caliente aliento y labios pegados en mi oído, mientras arremete inclemente contra mí. Sus manos posesivas en mis caderas, le ayudan a intensificar el poderoso y experto movimiento—. Indecente, preciosa, perfecta…

Cierro los ojos y me sostengo como puedo contra los blancos azulejos de la ducha, su ardiente relato junto al delicioso roce, hace que me apriete en torno a él, al vislumbrar qué es lo que ve… Su dura y enorme polla desapareciendo una y otra vez dentro de mi resbaladizo sexo; su vientre bajo golpeando contra mi trasero, que es la banda sonora del erótico acto, al tiempo que el agua tibia baña nuestros cuerpos.

¿Así es como soñabas que te follara?

¡Dios, sí! —gimo a punto de perder la razón.

Edward, Isabella. No lo olvides —advierte con voz ronca, dándome una dura estocada que me hace ver estrellas—. Él que te está jodiendo, no es Dios ¡Di mi nombre! ¡Dilo!

¡Edward! —grito con vehemencia, cuando sus largos dedos acarician mi clítoris, llevándome a alcanzar un espectacular orgasmo, que él acompaña segundos después…

Suspiro, ya ni siquiera puedo recordar cuántas veces cogimos. Sólo tengo la certeza que a la tercera o quizás cuarta vez —ya había perdido la cuenta—, estaba al borde de perder la conciencia.

El brazo de Edward que me tiene presa por la cintura, otra vez me acerca hacia él, como si no quisiera que hubiese un milímetro de aire entre nosotros, suspira y acaricia mi espalda con ternura.

¡Qué bien se siente!

Sus atenciones hacen que por primera vez me sienta bienquerida, aunque también, me descolocan enormemente. Jamás dormí abrasada con Jacob, mucho menos desnudos; y ahora este hombre me sujeta como si en este abraso, casi amoroso, se le fuera la vida.

Su temperamento es tan cambiante que en ciertas partes de la noche creí que estaba intimando con el Señor Hyde¹. Palabras calientes en portugués, actos ardientes y lascivos, para luego escuchar educadas y medidas palabras en aquel acento británico, acompañadas de delicadas caricias…

Los labios de Edward ascienden por mi vientre, dejando un camino de delicados y etéreos besos; sus grandes manos acarician el contorno de mi cuerpo con dulzura, casi con adoración.

Al llegar a mis pechos, atiende a cada uno con su cálida lengua, succiona y los mima con suavidad. Luego prosigue su ardiente y sutil camino hasta llegar a mis labios, en los cuales deja un largo y casto beso.

Con la punta de su nariz roza mi mejilla hasta llegar a mi oído, donde ronronea preguntando con voz queda, casi tierna—: ¿Sabes montar un hombre, mi preciosa chica loca? —Sus penetrantes ojos verdes, como dos esmeraldas, se clavan en los míos, quitándome cualquier oportunidad de desviar la mirada.

No… —musito avergonzada y mis mejillas se tiñen de un furioso carmesí, solo espero que no lo note, solapada por nuestra acalorada acción.

Obviamente no obtengo resultado ya que él, acaricia mi rostro con una de sus grandes manos.

Hermosa… —dice observándome unos segundos y aquella sonrisa torcida, la provoca infartos, se estampa sincera en sus labios.

Se separa de mí, poniéndose de rodillas y me extiende una de sus manos a modo de invitación.

Ven…—pide tomando asiento en la cama apoyando su espalda en el respaldo y me guía para me siente a horcajadas encima de él. Apoyo mis manos en sus fuertes hombros.

Toma un preservativo de encima de la mesa de noche —donde finalmente los ha dejado—, se lo pone sin dejar de mirarme a los ojos y luego me toma firme de las caderas.

¿De dónde eres, Isabella Swan? —pregunta meciéndome contra él, para que nuestros sexos se rocen de manera lenta y deliciosa.

Seattle…—gimo sin entender si esa era realmente la pregunta.

Bien…—jadea en mi boca cuando la cabeza de su longitud tienta mi entrada—. Hace años que no voy a Seattle, creo que tendré que hacer una visita…—sus labios coquetean con los míos, succiona el inferior y con suavidad lo suelta.

—¿Por qué? —Mis palabras salen en un tono delirante, de súplica, la fricción me está haciendo perder la razón.

—Para felicitar la estupidez del bueno para nada de tu marido…—gruñe y de un suave movimiento me penetra—, por no enseñarte nada, por dejarte casi virgen, esperando el amante perfecto para ti…

Sus manos se aferran territoriales en mis nalgas, suavemente me alza y luego me baja, enseñándome cómo debo moverme.

—Para que pudiera hacerte perfecta para mí, Isabella…

«¡Oh, madre mía! ¡Qué manera de hablar!», este hombre me quiere matar.

Bella —susurro en su boca, atrapando el ritmo que hábil me enseña.

Mis manos dejan sus hombros para enredarse en su cabello y lo jalo con suavidad, la sensación es abrumadora, el placer que siento es mil veces más arrollador.

—Aún más perfecta… Bella… —pronuncia mi nombre en un ronco gemido, suelta mis nalgas y me toma por la espalda. Con sus palmas abiertas, una puesta en la parte baja y la otra en medio de los omóplatos, me acerca hacia él para dejarnos piel con piel, labios con labios, nariz con nariz—. Perfecta… Mía…

Y ahora…, estar protegida entre sus brazos me produce una inquietante calidez. Esto no es correcto, no debería tenerme abrazada de esta forma, como si yo fuese algo más, ¡cómo si fuésemos algo más! ¡Solo follamos como dos salvajes y nada más! No debo olvidar el motivo por el cuál he viajado a Brasil: Vivir una maravillosa y ardiente aventura, pero ¡cómo la he cumplido!

Jamás, ni en mis más eróticos delirios, imaginé que terminaría teniendo sexo con semejante espécimen y ahora, me parece que no he obtenido lo suficiente; quiero más, necesito mucho más de Edward. Después de mis frustradas persecuciones, al fin he obtenido a mi chico de Ipanema y no estoy preparada para dejarlo ir, por lo menos hasta que él se aburra de mí, y yo suplico por que no sea esta mañana.

A decir verdad, no hablamos mucho, ya que nuestras bocas estuvieron ocupadas en partes bastantes más interesantes que en articular palabras, aunque tampoco era para decir algo semejante como: «Mucho gusto, soy Isabella Swan, frustrada sexual y escritora erótica. Un gusto coger con usted», en pleno candente preludio. Además, después de todas las idioteces que hablé la noche en el bar, sumadas a las otras que hice para conocerlo, Edward tiene más que claro quién soy; bueno, al menos lo básico. Pero yo, poco sé del ardiente hombre que cálidamente me cobija entre sus brazos, aparte que se llama Edward Cullen, es cirujano plástico, al parecer es inglés y calculo que tiene un poco más de treinta años.

No tengo la más mínima idea de cómo lo haré, pero le propondré conocernos, al fin y al cabo, ya casi no me quedan lugares por donde Edward no haya dejado su huella y realmente, me gustaría saber más de él. Después de todo, tampoco podemos pasar follando todo el día, aunque soy una voluntaria más que dispuesta. Sólo espero que acepte, al menos parece que él, también está interesado en todo esto.

¿Y si esta es la rutina de su vida? ¿Te folla por una noche dejándote completamente extasiada, suplicando por más y luego te deja?

«¡No! —grita la voz de mi conciencia—. Recuerda a las zorras de la playa, ni siquiera les dio la hora».

Y si esas, ¿son de las desechadas?

«Él fue por ti a la discoteca y además, aún no sabemos quién son la mujer y el niño de la playa».

¡Demonios! Eso es muy cierto.

Una respiración profunda en mi cabello y un gruñido, detiene mis cavilaciones sin rumbo y respuesta. Luego, una abrasadora caricia recorre mi columna vertebral, rodea el hueso de mi cadera y baja por mi muslo, lo apresa con suavidad por el interior y lo alza para que envuelva su cadera. Edward ha despertado y mi cuerpo, a causa de sus incipientes toques, se estremece de los pies a la cabeza de la más cruda anticipación.

Su gloriosa polla —ahora más que dispuesta— gracias a la nueva posición, se ha deslizado en un roce dulce y sugerente por mi intimidad. Mis dedos juegan con el vello de su pecho y mi boca busca la suya, que gustosa viene a mí encuentro.

—Buenos días, chica loca —susurra manteniendo el erótico vaivén y besa mi frente.

Los ojos de Edward me miran con una devastadora intensidad que no sé cómo descifrar, solo sé que me hechiza y me ciega de deseo y necesidad. Lo atraigo hacia mí con el brazo que tengo libre y la pierna que lo rodea, nos besamos con pasión, al tiempo que me recuesta con delicadeza sobre mi espalda y se acomoda entre mis piernas.

—Tan húmeda… —ronronea deleitándose de la placentera fricción de nuestros sexos—. Estás tan caliente y tan… ¡Mierda! —farfulla y yo suelto un gemido al sentir como su glande, gracias a nuestro empapado y licencioso juego, se ha deslizado con facilidad dentro de mí.

Edward se queda inmóvil y cierra los ojos con fuerza, supongo que para intentar contener las ganas de continuar por el abrasador camino, porque yo a duras penas puedo hacerlo. Esta nueva intimidad se siente tan bien que simplemente quiero alzar mis caderas, para que me termine de llenar por completo.

—Deliciosa —apoya su frente sobre la mía—. Tan apretada… Si tan solo pudiera…—sus caderas retroceden y vuelven a embestir con tentadora suavidad.

La mirada de Edward es salvaje, reflejo de la mía, necesito que prosiga con esta peligrosa tortura que evalúo si es posible, a la velocidad de la luz. Él es doctor y yo siempre me he cuidado, solo tomaba el resguardo extra del preservativo con el estúpido maní.

—Hazlo —le ordeno abrazándolo con fuerza, rodeo sus caderas con mis piernas y le clavo los talones en el trasero, para hacerle comprender que mi resolución es incuestionable.

Y sin resistirse un segundo más, Edward me brinda el roce de su magnífica polla desnuda dentro de mi cuerpo.

—Isabella… Esto es…, es… —balbucea mirándome a los ojos, sus embestidas son una suave y profunda cadencia—. Te sientes tan bien… —gime ronco, hundiéndose en mí hasta la empuñadura.

Me deshago bajo su cuerpo, gracias al satén caliente de su privilegiada polla, quiero cerrar los ojos, pero me esfuerzo por sostenerle la mirada a mi hermoso chico de Ipanema, que me monta con apasionada suavidad, sumergiéndonos en esta atmósfera de complicadas emociones, en esta intimidad abrumadora que se enraíza dentro de mi ser, gracias a la celestial sensación de unirnos sin una barrera de por medio.

Por largos minutos, somos gemidos y fervor, almas al desnudo entregadas al placer individual y del otro. Edward esconde su rostro en mi cuello, besa y muerde mi piel con abandono, mientras me susurra cariñosas suciedades que me encienden, hasta que no lo puedo aguantar más.

—Por favor…—suplico lo único que soy capaz de musitar, mis caderas se elevan ansiosas al encuentro de las suyas y mis manos se deslizan por su espalda para clavarse en su trasero.

—Dulce coño goloso, ¿no has tenido suficiente ya? —jadea soltando una ronca risita.

—¡Jamás! —gimo alto, arqueando mi espalda y enterrándole las uñas en sus firmes nalgas.

Edward gruñe y aumenta la potencia de sus embestidas, levanta el rostro para contemplar cómo me derrito en sus brazos.

—Toma mis manos, Isabella —ordena, dándome una certera estocada que me hace poner los ojos en blanco.

Seducida por su experticia en el arte carnal, hago lo que me ordena. Edward entrelaza nuestros dedos, los lleva por sobre nuestras cabezas y su frente cae sobre la mía.

—Eres exquisita, estoy tan cerca…—gime con voz contenida y besa mis labios—. Vente conmigo. Córrete junto a mí, cuando te haga realmente mía, por primera vez…

¡Oh, Dios mío! ¡Qué galante sutileza para decir que me marcará como suya! ¡Qué macho posesivo, me encanta!

Y me encanta tanto, que me rompo… Me rompo en mil pedazos de multicolor éxtasis y tiemblo en los brazos de este apasionado hombre, mientras él me acompaña, dejándome sentir su calor, jadeando mi nombre sobre mis labios.

.

.

El roce de una suave boca sobre la mía suplica por que vuelva a la vida, pero estoy muerta. Oigo una risa masculina y siento un tierno beso en mi frente, luego el casi silencioso cerrar de una puerta. Ahí es cuando mi jodida e inconsciente mente atina a resucitar, abro los ojos de golpe, pero el panorama que encuentro es por lejos devastador…

Estoy sola, completamente sola.

«¡Oh, por Dios! ¡Edward! ¡No se puede ir sin antes hablar con él!», me paro de la cama de un salto, envolviéndome con la sábana en un pobre afán de alcanzarlo, pero todas mis intenciones quedan en eso, solo en intenciones.

—¡Ay! ¡Jodida mierda! —chillo de dolor cuando intento dar un miserable paso y en un acto casi reflejo junto mis piernas, mi intimidad arde como los mil demonios.

«¡Maldita vagina cuasi virgen e inexperta! ¡Camina mierda!», le ordeno, pero la muy maldita no se digna a cooperar y Edward…, Edward ya se ha ido.

Rendida y cuidando de no causarme más dolor del que ya tengo, me siento en la cama, mis ojos comienzan a anegarse de lágrimas, pero no alcanzo a derramar ninguna cuando reparo en algo que no vi por atolondrada: Un elegante y blanco papel con el sello del hotel, descansa al lado de mi almohada. Emocionada lo tomo, evitando dar saltos en el colchón —por razones evidentes— y sonrío como idiota al ver la elegante caligrafía.

«Edward», suspiro mirando la nota y frunzo el ceño, confundida.

¿No se supone que los doctores escriben espantoso? Bueno, al menos el insolente que inventó la famosilla frase «como letra de médico», definitivamente no conocía a Edward o su doctor era una soberana porquería, porque esta letra, esta letra… Vuelvo a suspirar como tonta al ver los intrincados y distinguidos trazos, porque parece letra de época, es como si el Señor Darcy² me hubiese escrito la escueta misiva. Más suspiros escapan de mi pecho.

Claro que la nota tiene un detalle no menor, no entiendo una bendita palabra de ella, ya que está escrita en portugués:

«Obrigado, pela noite inolvidável. Estou saindo, e ainda parece que tenho seu gostoso sabor na minha língua, nos meus lábios. Tão apetitosa, que se fosse por mim, eu ficaria no seu quarto para seguir transando forte; assim como você gosta, minha menina louca e danada. Meu pau esta te esperando, duro e impaciente para preencher em você de novo.

Venha na minha casa, as dezoito horas. Você sabe como entrar... ;)».

Edward

Pd: Não se preocupe com Brutus e Sansão :p

Repaso con los dedos las cuidadas palabras intentando entender, pero solo reconozco unas cuantas, como: «noche», «gracias», «chica», «Brutus y Sansón» y «dieciocho», aparte dos caritas pícaras y felices; una me guiña el ojo y la otra me saca la lengua. «¿Qué diablos? ¿No está un poco grande para esto?», no puedo hacer más que reír enternecida, debo reconocer que me parece adorable. Definitivamente, muy Señor Hyde.

¡Un momento! Una luz de alerta se enciende en mi interior gritando: «¡Peligro! ¡Peligro!».

¿Qué tienen que ver con la nota los perros del demonio? ¿Será que me atrapó espiando como una enferma arriba del árbol? «Por tu bien, ni siquiera te contestes, Isabella Swan», me estremezco de sólo recordarlos. Aunque quizás, ahora su espantosa y perruna existencia me cuadra más, o sea: Lucifer = Perros del demonio.

Más claro echarle agua.

Y ahora, ¿cómo haré para descifrar la agraciada caligrafía? Lo más fácil y rápido es que libere de su confinamiento a mi olvidado IPhone, cosa que no me hace mucha gracia, porque prefiero evitar todo lo que voy a encontrar —miles de llamadas perdidas e innumerables mails—, sin embargo es un riesgo que vale la pena correr si soy capaz de ignorarlo, como lo he hecho de manera eficaz todos estos días.

Enciendo el condenado artefacto, decidida a pasar de largo cualquier indicio de mi vida anterior, ingreso la clave del wi-fi del hotel y espero a que se conecte, estoy impaciente por develar el misterio, pero parece que hoy no es mí día con la tecnología, luego de varios intentos, no obtengo más que una señal muerta; aunque de todos modos convengamos que el traductor de google es una porquería.

Resoplo frustrada a la vez que mi estómago gruñe reclamando por alimento, así que llamo al servicio de habitación para pedir un suculento festín —después de tanto placentero ejercicio necesito recobrar fuerzas— y aprovechar de preguntar qué pasa con la señal.

Por supuesto que hoy la suerte no está de mi lado, luego de pedir una larga lista de delicias, me informan que se ha caído el maldito internet y no saben cuándo va a volver.

Sin más qué hacer y confiada en quién traiga el desayuno podrá traducir la nota para mí, despreocupada me tiro en la cama y observo la distinguida caligrafía con una sonrisa tonta en los labios, y me deleito con el masculino olor de Edward que está impregnado por todos lados.


Nota del autor:

1. Señor Hyde: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, a veces titulado simplemente El doctor Jekyll y el señor Hyde, es una novela corta escrita por Robert Louis Stevenson y publicada por primera vez en inglés en 1886, que trata acerca de un abogado, Gabriel John Utterson, que investiga la extraña relación entre su viejo amigo, el Dr. Henry Jekyll, y el misántropo Edward Hyde. El libro es conocido por ser una representación vívida de un trastorno psiquiátrico que hace que una misma persona tenga dos o más identidades o personalidades con características opuestas entre sí.

2. Señor Darcy: Fitzwilliam Darcy es un personaje ficticio creado en 1813 por Jane Austen en la novela Orgullo y prejuicio. Es considerado uno de los principales personajes de la literatura romántica inglesa.

La traducción de la nota en el siguiente capítulo.

Bueno al fin ya estoy aquí pudiendo ponerme al día con mi querido chico de Ipanema! La edición no ha sido fácil, esto de cambiar el orden de algunas cosas, más todo lo malo que le he encontrado ha sido arduo, pero en fin espero que lo hayan disfrutado, porque este capítulo venía con lemmon nuevo!

Como siempre, gracias por la fidelidad y el cariño.

Merce "Tu saltas, yo salto" ILY.

Nos leemos pronto.