Los personajes pertenece a Stephenie Meyer
La historia es mía
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Capítulo 12: La nota
Después de unos minutos me levanto de la cama a regañadientes, ya que no puedo abrir la puerta desnuda.
¡Dios, no hay parte del cuerpo que no me duela!, es como si ayer hubiese levantado pesas. Me tiritan todos los músculos de los pies a la cabeza, y aún me parece como si tuviese a Edward metido entre las piernas. Qué decir del dolor de la parte interna de mis muslos y mi intimidad; bueno, eso es otra cosa...
Camino con lentitud hacia el baño, cuando entro me observo unos momentos al espejo, soy un completo desastre. Mi pelo parece un almiar, tengo marcas de succionadores besos por todo el cuello, una mordida en uno de mis hombros, mis labios y pezones sensibles y enrojecidos; sin embargo, a pesar de eso, tengo una sonrisa de bien cogida que seguro se puede ver hasta la luna.
Peino el nido de pájaros que es mi cabello, me hago una coleta alta y salgo del baño para ponerme un vestido, más tarde me bañaré, ya que mis movimientos son tan lentos como si estuviese pisando huevos y con mi suerte, lo más probable que la comida justo llegue cuando esté en la ducha. Además, quiero disfrutar un poco más del aroma de Edward impregnado en mi piel.
En la habitación no hay vestigios de nuestra noche de pasión, excepto la cama desordenada, al parecer mi febril amante es un caballero, mi malograda vestimenta está prolijamente doblada encima del sillón del tocador. Sonrío al recordar cómo arrancó mi vestido.
«Endemoniado hombre sexy», pienso cuando unos tímidos golpes en la puerta de entrada me ponen alerta y mi estómago gruñe, como si supiera que estos anuncian el desayuno.
Abro la puerta y juro que mis ojos saltan de sus cuencas, porque lo que tengo frente a mí no es mi esperada merienda, sino más bien algo fuera de este mundo. Es un ramo de enormes y preciosas rosas rojas, ¡tantas que ni siquiera las puedo cuantificar! Absolutamente, son más de cien.
—¿La señorita, Isabella Swan? —pregunta una esforzada voz masculina, de la cual veo solo los brazos que sostienen los múltiples tallos.
—Sí…—susurro, mi boca cae hasta el piso y el corazón me late enloquecido.
«¡Esto debe ser un error!».
Lo veo sujetar el ramo con un brazo y sacar un recibo de uno de los bolsillos traseros de su pantalón, el cual me extiende con su mano temblorosa junto a un lápiz.
—Firme aquí, por favor…—me pide casi el borde del colapso.
«¿Esto es real? ¿Rosas? ¿Para mí? ¡¿Dónde mierda está la cámara escondida?!».
Tomo el papel aún algo aturdida, lo firmo confirmando que efectivamente ahí está escrito mi nombre y lo pongo en su mano, ya que el pobre individuo no ve ni una mísera cosa. Una vez que lo guarda, me extiende el ramo. Inspiro profundo sacando fuerzas, las que le hacen falta a mis desgastados músculos, esperando que de algo me sirvieran las clases de Taekwondo.
«¡Vamos! ¿No hablarás en serio? Las clases de Taekwondo las tomaste hace dos años, ¡dos años! Cuando se te ocurrió que el protagonista de tu libro tenía que ser un entrenador sexy y sudado, y como le estuviste mirando el equipo todo el tiempo, ¡no aprendiste, nada! ¡Nada!», me alerta como siempre la voz de mi conciencia. Indiscutiblemente, callo de inmediato a la muy entrometida, por ser tan negativa y sonrío como una pervertida al recordar a Xande; aunque la verdad es que la polla de mi chico de Ipanema, no tiene comparación.
—¿Señorita? —Me llama el pobre hombre al ver que no recibo mi opulento regalo.
—Sí, sí, perdón.
Otra vez inspiro profundo y hago un mental «Om», juntando mis pulgares con los dedos del corazón, imaginariamente me arremango los puños, cojo las rosas, pero gracias a mis calamitosos antecedentes, no puede ser de otra maldita forma; incapaz de aguantar el peso, ¡he caído en cámara lenta, como un maldita estatua sobre el ramo! Por supuesto, que también paré las patas.
—¡Ay! —Me quejo por mis múltiples dolores y por culpa de las abominables espinas que hacen un corte en mi barbilla.
El mensajero, que ahora puedo ver y no es más que un niño imberbe, me ayuda a ponerme de pie intentando de muy mala manera contener sus carcajadas. Le doy una mirada asesina, pues yo no veo el chiste y que dé gracias a Dios, que al menos contengo mi lengua, porque me ayudó y lo salvó el servicio de habitación, que ha hecho acto de aparición.
—Nossa! —exclama Helena, la mucama que me ha atendido todos estos días, cuando ve la cantidad de rosas tiradas en el piso —momento que aprovecha el chico de las flores para escabullirse hacia el ascensor—, deja el carro con mi desayuno en el pasillo, para ayudarme a levantarlas y dejarlas arriba de la cama—. Olha que beleza¹ —suspira con una enorme sonrisa y sale de la habitación.
Busco entre los pétalos —aún no muy convencida, que esto no es más que una broma—, la tarjeta que revelará a quién se le ocurrió semejante locura.
«¿Y sin son de Jacob? —Pienso aterrorizada de que me haya encontrado—. ¡Imposible!», niego con vehemencia, porque aunque si así fuese, el atrofiado maní es un monumental tacaño, a menos que Mike…
Chasqueo la lengua al recordar que lo tengo que llamar. Maldito Michael Newton, si él ha sido el soplón, ya se las verá conmigo por ser una vieja alcahuete, lo despediré en un abrir y cerrar de ojos. Si me ha traicionado las pagará y caro, me importa muy poco que el impotente de Jacob sea su amigo, su lealtad es conmigo.
Una a una voy pasando las rosas hasta que encuentro la nota. Con el corazón latiéndome a mil por hora, de los nervios que me provoca descubrir el misterio de su dueño, la saco del sobre y de inmediato me quedo sin aliento al ver la letra:
«Las vi y no pude evitar recordarte. Fuerte, decidida y peligrosa como una espina. Y a la vez, hermosa y delicada como el pétalo de una rosa».
E. C
¿Por qué cuando necesito a alguien a mi lado para que me pellizque, no hay un condenado ser humano? Me siento en la cama consternada. ¿Por qué Edward me ha dedicado estas palabras?
Veo entrar a Helena desbordando alegría, junto con mi desayuno, ahora trae tres jarrones de cristal, me entrega un algodón con alcohol para que contenga la sangre de mi barbilla —que por culpa de la impresión ni siquiera reparé en ella— y luego canturreando, comienza a separar las rosas en grupos.
La ayudo en estado catatónico porque nadie ha tenido esta delicadeza conmigo y porque además, la última persona que pasó por mi mente como el artífice de semejante iniciativa, fue el hombre que me tomó como un animal salvaje hace tan solo algunas horas.
Una vez que están listos los coloco en lugares estratégicos, me siento en la cama para contemplarlos y suspiro, sin entender muy bien por qué diablos lo hago.
—Debe tener loco a ese hombre —comenta Helena sumándose a mis suspiros, está tan emocionada por semejante regalo, que creo que lo ha hecho más veces que yo.
Yo solo me encojo de hombros, porque no sé qué decir, cada gesto de Edward me desconcierta por completo; como la nota en portugués. ¿Cuál será su afán si la de las rosas está en inglés? Con anhelo, pero también con algo de desconfianza la tomo de la mesa de noche y aprovechando la presencia de la cincuentona mujer, decido develar el secreto.
—Helena, ¿puede leer esto para mí, por favor? —Le pregunto con mi mejor sonrisa y se la extiendo.
—¡Claro! —acepta desbordando amabilidad, pero apenas lee, frunce el ceño y me mira furiosa—. Suja! Indecente!² —Se lleva la mano al pecho y se va cerrando la puerta de un portazo.
«¿Qué diablos le picó? ¿Qué cosa tan mala habrá escrito mi chico de Ipanema, con esa linda letra de caballero? —Especulo sin comprender la reacción de Helena—. Aunque al doctor Cullen, le gusta jugar…», y la clara imagen de Edward con esa sonrisa sinvergüenza, parado fuera del ascensor de su consulta viene a mi mente. «¿Qué suciedades escribiste, Miembro-Man?», miro la nota como si fuese kryptonita.
—¡Y dice que yo estoy loca! —Sonrío encantada de seguirle el juego; más tarde me preocuparé de averiguar qué dice la nota, si es que el condenado internet decide no volver.
Mi estómago gruñe recordándome que no he probado bocado, así que sentada en la cama, comienzo a disfrutar de mi delicioso desayuno; estoy devorando la segunda tostada cuando el teléfono de la habitación me interrumpe. Me estiro con cuidado para contestar.
—¿Sí? —pregunto dándole otra mordida al pan.
—¡Isabella Marie Black! ¿Te puedes dignar a contestar tu celular? —gruñe un cabreado Mike.
Bufo al escuchar cómo me llamó.
—Mira, Mike Newton. Primero, quiero dejarte bien claro que la próxima vez que me llames Isabella Black te despido y me encargaré, que no vuelvas a trabajar en tu jodida vida en una editorial. Ya quiero ver que le dirás a Jessica, después de eso —amenazo mordaz—. Y segundo: ¿Qué parte de «estoy de vacaciones» no entiendes?
—Y ¿cómo quieres que te llame, si ese es tu nombre? Además, hasta donde yo sé, sigues casada con Jacob.
«Idiota».
—Buscaremos otro —contesto restándole importancia, pensando en que tal vez, puedo dejarlo como Isabella B.— y con respecto a mi estado civil, espero muy pronto que ya no siga así.
—Insistirás con eso… —expresa incrédulo—. Bella, Jake está arrepentido, te ha llamado hasta el cansancio, ya no sé qué más decirle. Él está destruido, Bells.
—Entonces, no le digas nada.
—Bella, por favor…
—Mike —lo corto, no voy a continuar escuchando semejantes estupideces. Si proviene de mi exmarido, para él no habrá ni una pisca de compasión—. No me interesa en lo más mínimo cómo está Jacob, no puedo creer que empatizas con su falso cuento de víctima. Jake lo que tiene herido es su ego y nada más, así que por favor, no me hables más del tema, porque no hay vuelta atrás.
—Está bien —acepta no muy convencido—. Entonces, ¿cuándo piensas volver? —pregunta titubeando.
Rodo los ojos.
—No lo sé.
—Pero…, volverás, ¿verdad?
—Obvio Mike, tengo que firmar los papeles del divorcio, ¿recuerdas? Por lo demás, ¿qué clase de pregunta es esa? Toda mi vida está en Seattle y lo sabes, pero aún no es tiempo de que regrese. También sabes que hace dos años, no tomo vacaciones. ¿Es tan difícil para ti entender eso?
—No es eso, cariño. Es solo que tenemos dos meses para presentar el nuevo bosquejo de tu libro y, si andas distraída y desconectada del mundo, dudo mucho que estés pensando en algo productivo.
Las palabras de Mike hacen eco en mi conciencia y las ideas que ya tenía edificadas, en dos segundos se desvanecen. Mientras me enfoco en el furioso carmesí de mis rosas, unas nuevas, contundentes y vívidas imágenes aparecen en mi memoria. Comienzo a reír a carcajadas.
—¿Qué? ¿Qué es tan divertido, si se puede saber?
—Nada, Mike. Tú…, sólo quédate tranquilo, porque esas ideas brillantes y calenturientas que tanto anhelas, estarán antes de dos meses en tu escritorio —vuelvo a reír.
—¡Oh, por Dios! ¿Cumpliste la promesa que le hiciste a Jake? ¡¿Te follaste a otro hombre?! —chilla como una vieja histérica.
«¡Maldito maní, eres un jodido bocazas! ¡Da gracias que ayer te enterré, desgraciado!».
—Adiós, Mike.
—¡Bella, no…!
Y le corto, dejándolo con la palabra en la boca.
Me levanto de la cama para contemplar el mar, una cálida sensación baila en mi interior. «Sí, será una perfecta y ardiente novela», pienso entusiasmada. Mi mirada se pierde en los matices turquesas y en mi mente, comienzo a escribir una nueva y excitante historia.
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Al medio día, un poco más descansada, pero no del todo recuperada de mis múltiples y placenteros dolores, salgo de la habitación con dos misiones. La primera es encontrar a alguien que me diga qué rayos dice la nota, ya que el maldito internet aun no quiere cooperar y la segunda aplacar la molesta tensión muscular, que no me permitirá disfrutar de Edward y de su prodigioso y bien dotado miembro, en todo su esplendor.
Camino por los pasillos del hotel a paso lento, siento que lo hago como un vaquero y para peor, me parece que la gente se da cuenta. Es como si anduviese con un cartel colgado en frente que dijera: «Sí, ayer me follaron duro, muy, pero muy duro». La verdad es que no me importa si lo notan, la sonrisa de oreja a oreja que tengo tatuada en mi cara, vale todos los dolores del mundo y muchos más; siempre y cuando esos dolores, me los provoque Miembro-Man.
Como dicen por ahí: «Lo bailado y lo gozado —en mi caso lo follado—, nadie me lo quita». ¡Y madre mía! ¡Cómo he gozado!
Entro al Spa, le doy mi nombre a la recepcionista y de inmediato me hacen pasar a mi sesión de relajación. Una señora de cabello casi cano, de unos sesenta años y cálida sonrisa, será mi quién me atienda.
Cuarenta minutos más tarde, después de un maravilloso masaje exfoliante, que ha dejado mi piel y mis músculos en perfecto estado, Alma —la masajista—, ha esparcido chocolate derretido por todo mi cuerpo, olor que me tiene embriagada hasta el éxtasis, mientras estoy envuelta en una especie de alusaplast, que me hace parecer un jodido mazapán. Esto es casi, pero casi mejor que pasar la lengua por la piel de dorado terciopelo de mi chico de Ipanema, aunque sería mil veces mejor la combinación de ambas. Me relamo los labios de imaginarlo y sonrío como una loca pervertida.
Una vez que estoy lista, le agradezco a Alma por sus prodigiosas manos y me preparo para lo peor, cuando le pido con resquemor que por favor, traduzca la nota para mí.
El resultado es un millón de veces más desastroso que el anterior.
La señora de amable sonrisa, me mira como si fuera la mismísima esposa de Satanás y se persigna sin parar, caminando hacia atrás.
—Santa Mãe! Desaforada!³ —grita acusándome quién sabe de qué cosa, haciéndome sentir una pécora desvergonzada, deja caer la nota al piso y huye despavorida.
¡Qué espanto! Segunda mujer que tiene la misma reacción. ¡Quizá que cochinada ha escrito Edward en la nota! Porque o sea, sabía que la gente de Brasil era religiosa, pero así tanto lo dudo. De hecho, ¿no se supone que son más liberales?
Muerdo mi labio inferior, tomo mi cartera, recojo la nota y con ella en una de mis manos salgo del Spa, pensando en que necesito imperiosamente una solución. La verdad, después de ver las reacciones de las señoras necesito a alguien joven, de preferencia un hombre, no me puedo arriesgar a que otra fémina se espante.
Con paso decidido me encamino hacia el bar, mi blanco: El chico rubio amigo de Thiago.
Después de saludarlo y presentarme, esta vez con propiedad, procedo a pedirle el favor. Le extiendo el papel con mano temblorosa y cierro un ojo esperando la arremetida, pero sucede todo lo contrario. Primero, abre su boca de la impresión y en seguida, se suelta riendo con fuertes y pícaras carcajadas.
—Ese Edu…—dice entre risas y niega con la cabeza.
—¿Qué? ¿Qué dice? —inquiero enfurruñada, yo no le veo lo jocoso. ¡Hay dos sesentonas señoras enojadas por la famosa nota! Y ahora este niñito, se parte de la risa.
Con sus lágrimas rodando por sus mejillas me llama con la mano, para que me aproxime; cosa que por supuesto hago, apoyando mis manos encima de la barra. Una vez que estamos lo suficientemente cerca, susurra en mi oído:
«Gracias por una noche inolvidable. Me voy y aún parece que tengo tu exquisito sabor en mi lengua, en mis labios. Tan exquisita, que si de mí dependiera, me hubiese quedado para continuar follándote duro; justo como a ti te gusta, mi chica loca y traviesa. Mi polla espera dura e impaciente para poder enterrarme en ti otra vez, te espero en mi casa a las seis. Ya sabes cómo entrar… ;)
Edward
Pd: No te preocupes por Brutus y Sansón… :p»
¿Cuántos aneurismas he tenido desde que llegué aquí? Las palabras resuenan en mi cabeza:
«Tu exquisito sabor…».
«Para continuar follándote duro».
«Mi polla espera dura e impaciente».
«¡Por todos los cielos! ¡Jodido hombre caliente! —¿Cómo con unas simples y sucias palabras, logra que me estremezca de los pies a la cabeza?—. ¡Porque es Miembro-Man!», canturrea la voz de mi conciencia y esta vez, sí que tiene razón.
Comienzo a reír como loca, aunque sé que debería estar molesta, pero no puedo hacer más que acompañar a Félix en sus risas. Es un hecho, los aneurismas me han hecho perder el juicio. Pero, así de rápido como comienzo a reír, mis carcajadas se esfuman…
«Te espero en mi casa a las seis. Ya sabes cómo entrar… ;)».
«No te preocupes por Brutus y Sansón…:p».
Y yo que no quería pensar al respecto y él, tiene que venir a recordármelo. «¡Qué vergüenza! ¿Dónde hago el hoyo para enterrar mi cabeza bajo tierra?», lo peor de todo es que al parecer, al muy maldito le parece gracioso. ¿Caritas felices para mi acosadora estupidez humana?
«Agradece tonta que le pareces graciosa y mucho por lo visto, porque si no en este preciso momento, estaríamos vistiendo un glamoroso traje a rayas negras y blancas, con un grillete y una bola de acero enganchado a unos de nuestros tobillos», maldita juiciosa.
—¡Tú! —Lo acuso, cuando me doy cuenta—. ¡Siempre supiste quién me dejó el llavero! ¿Por qué no me lo dijiste?
Félix se encoge de hombros y muy sonriente me contesta—: Usted, no lo preguntó.
Abro la boca para replicar, pero enseguida la cierro, él tiene toda la razón.
Por lo visto a todos les parecen más que graciosas mis desvariadas locuras, están disfrutando de lo lindo a mi costa y la verdad me lo merezco, después de como traté Edward sin ninguna razón justificada, más que mi patética frustración. Suspiro resignada, decidiendo rescatar lo mejor de esta situación, ya que desde otro punto de vista, es algo tierno que al doctor Cullen le parezcan divertidas mis chifladuras. Sonrío como tonta al pensarlo.
Analizando cómo se presentan los hechos, Miembro-Man se ha acoplado a mis fechorías sin chistar, haciendo de las suyas multiplicadas por mil. Entonces, puedo sacar por conclusión que tal como imaginé, mi sexy hombre quiere continuar con el juego. Una sonrisa maquiavélica se dibuja en mis labios, cuando una palabra cruza por mi cabeza: Vendetta.
Esta tarde, tengo una maravillosa cita a las seis; gloriosa cita, a la cual no puedo faltar.
2 horas después…
Hora: 5:30 PM
Vestida: Para matar.
Esposas: Listas.
Venda para los ojos: Lista.
Cuerda para atar los pies: Lista.
Aceite para masajes: Listo
Llaves del castillo del príncipe sexo: Listas.
Miro por última vez en el espejo del ascensor, el insulto de vestido que me he puesto. Es azul, strapless, ceñido a mi cuerpo como segunda piel, tan corto que incluso se puede ver lo que comí el día anterior; mis preciosos stilettos a juego y qué decir de la ropa interior, es divina y una verdadera indecencia. Estoy perfecta. ¿No le gustó a Edward, jugar conmigo? Ahora será mi turno, ya muero por verlo suplicar. Sí, súplicas en portugués… ¡Madre mía! Como me pone caliente que gruña en portugués.
Me monto en mi rentado Mini Cooper y algo nerviosa comienzo a manejar por las calles de Río. Llevo mi objetivo entre ceja y ceja, y lo repito como un mantra: «No le daré tiempo de reaccionar». Sonrío al imaginarlo: Hermoso, con su tremenda longitud erguida y palpitante, y lo mejor de todo, sumiso y rendido a mi merced.
A las seis en punto me detengo frente al celestial portón. Tomo el elegante llavero con mi mano temblando como gelatina y con mi corazón amenazando con salirse de mi pecho, oprimo el único botón del mando con toda la decisión que puedo rescatar y al instante, voilà, las puertas se abren silenciosas para darme la bienvenida al castillo del príncipe sexo; mejor llamado, paraíso.
Con timidez comienzo a avanzar por una elaborada vía pavimentada, va en subida entremedio de una alta arboleda, que se arquea hacia el centro haciendo el efecto de un túnel natural; faroles adornan las laderas, pero no están encendidos, aún es temprano para eso. Los rayos del sol se cuelan por entremedio de las hojas en luminosos ases, que le dan al camino un aspecto irreal y hermoso.
Cuando el corredor termina, se abre ante mí un prado de intenso color verde, cuidado con prolijidad. Al final del césped sobre la pequeña colina, está emplazada la morada del placer: indescifrable, ecléctica, impertérrita y perfecta como su dueño.
Su frontis, rodeado por altas y frondosas palmeras, tiene forma de L, cosa que no notas cuando la miras desde la parte de atrás o quizá, como yo estaba enfocada en figuras más bien cilíndricas que rectangulares, no me di cuenta. Es tan acristalada como su retaguardia y ahora que la puedo ver en vivo y en directo, puedo detallar que los extensos ventanales están separados por delgados muros revestidos en piedra, tan blancas que dan la impresión que son de piedra caliza. Me estaciono justo frente a la puerta de entrada, en un adoquinado camino que rodea la casa, hacia la parte de atrás.
¡Estoy muy nerviosa! Y no tengo explicación del porqué. No es como si me estuviese pasando películas, como que Edward me va asesinar o algo por el estilo.
Miro alrededor, antes de bajar.
No hay rastros del Ferrari y la casa se ve tan tranquila que parece que está vacía. Tampoco hay rastros de esas horribles bestias y aunque Edward, me ha asegurado que no me preocupe de sus «tiernas y adorables» mascotas, si el doctor Cullen alias señor Hyde anda juguetón, no me puedo fiar.
Observo la puerta de entrada. Es de madera y de hoja doble, minimalista, flanqueada por ambos lados por pequeñas ventanas en forma de mosaico. Miro su picaporte para decidir cuál de las llaves del llavero será la que me relevará, algunos misterios del chico de Ipanema. Es antiguo y distinguido, por lo que tomo la llave que me parece más añosa.
Cuelgo mi cartera —llena de mis artilugios de venganza— al hombro, de nuevo reviso mi entorno, me bajo del auto con toda la rapidez que mi torpe humanidad me lo permite y corro en dirección a la puerta. Subo los cuatro escalones de dos en dos suplicando no caerme y, con una habilidad deslumbrante y no conocida para mí, deslizo la llave en la cerradura y gracias a Dios, la suerte está de mi lado, ya que la puerta como por arte de magia se abre y en un santiamén estoy dentro de la casa. La cierro de un portazo, apoyo mi espalda en ella intentando normalizar mi respiración y los latidos de mi corazón, de lo aterrada que estoy de imaginar que esos abominables perros están sueltos y esta vez, termine con una pierna menos. Linda figura, si hasta parece que me veo: bien follada, pero loca y coja.
Inhalo y exhalo una par de veces más y ya estoy lista para mi nueva aventura.
Abro los ojos y comienzo a adentrarme en el mundo de mi irresistible y misterioso hombre; no puedo permitirme perder detalle, todo y nada es información privilegiada e importante. Con pasos trémulos camino por un largo pasillo de lustrosa y vitrificada madera, en ambos costados de este, hay jardines interiores confeccionados de tropicales plantas, se escucha un relajante sonido de agua cayendo, pero no puedo descifrar de dónde proviene.
Cuando llego a su final, titubeo si debo continuar…
—¿Edward? —Lo llamo con voz estrangulada, «¡malditos nervios!».
Nadie contesta.
—¿Edward?
Silencio…, solo el eco de mi voz que retumba en las ventanas. Al parecer, aún no ha llegado a casa.
El final del pasillo se enfrenta con una enorme escalera en forma de caracol e inmediatamente a la derecha, la edificación se abre en una enorme estancia divida en tres secciones con distintos niveles, separando así los ambientes de forma inteligente y simple.
El living que es lo primero con me encuentro, tiene un descomunal sofá en forma de C, de cuero oscuro, casi café moro, decorado con un elegante capitoné en su respaldo, fácilmente caben sentadas unas veinte personas. Una mesa cuadrada de vidrio biselado en el centro, sobre ella un torneado jarrón con un arreglo de rosas rojas y el piso vestido de una alfombra, alba y de pelo largo y suave. Detrás del sofá descansa un mueble de pared a pared, también café moro, confeccionado de divisiones cuadriculadas de distintos tañamos y direcciones, en cada una de ellas hay algún adorno, libros y se divisan algunos marcos de fotos.
En el siguiente nivel, está el comedor para doce personas. La mesa también de vidrio biselado y las sillas tapizadas de un pulcro blanco, tan blanco que da la impresión que jamás han sido usadas. Una intrincada lámpara de lágrimas cuelga sobre esta desde el techo. En la última sección, que es la parte pequeña de la L, junto a los ventanales, hay un sublime piano de cola. Como toque final, abstractos cuadros adornan las pocas murallas que hay.
Es una propiedad realmente hermosa, pero a la vez se ve muy fría. «¿Para qué querrá tener una casa tan grande para una sola persona?», comienzo a acumular más dudas sin respuesta.
Sin saber por qué, me siento atraída hacia el magnífico instrumento, así que camino hacia él. Tiene su cubierta cerrada y su lacada, negra y brillante madera invita a ser acariciada, así que simplemente lo hago. Con las yemas de mis dedos repaso sus formas, deleitándome con su suavidad y lo rodeo hasta que estoy en su frente entremedio del piano y su banco. Steinway and Sons figura grabado con dorada letra imprenta, encima de la tapa que protege la teclas.
De pronto tengo unas ganas irrefrenables de escuchar cómo suena. Levanto la tapa preguntándome si es que Edward, con aquellos dedos tan largos que posee, es quién lo toca; casi me parece que lo puedo ver con los ojos cerrados y su ceño fruncido, interpretando clásicas y melancólicas melodías. Acaricio el marfil con premeditada delicadeza, disfrutando de su fría y sedosa textura y a la vez, impresionándome con su dureza y glorioso sonido, cuando me permito con timidez, jugar con una o dos teclas.
Con la sublime idea de Edward tocando para mí, soy tomada por sorpresa.
Silencioso y letal, como una serpiente apunto de atacar, un enorme y tonificado cuerpo se pega al mío, un brazo rodea mi cintura, aprisionándome contra el piano y su anatomía, logrando que con la impresión deje caer mi cartera al piso y apoye las manos en el teclado, provocado un ruido estridente y malsonante.
—¿Te gusta el sonido, Isabella? —pregunta Edward ronroneando en mi oído, balanceando sus caderas hacia delante, para mostrarme su grado de excitación.
Al sentir su enrome miembro, duro como el acero en mi trasero, todas mis terminaciones nerviosas cobran vida; un abrasador fuego avanza por mis venas, hasta llegar a mi parte más íntima, que palpita deseosa e impaciente. No pudo pensar en nada más, me olvido de todo, solo quiero que Edward me tome en este mismo segundo.
Sin detener el vaivén de sus caderas, su mano derecha baja la tapa del piano cubriendo las teclas, luego la apoya en mi espalda inclinándome hacia adelante hasta que mi torso queda apoyado en la cubierta. Toma mi cabello y lo acomoda en mi hombro izquierdo y después con su palma abierta comienza un ardiente camino desde mi cuello, bajando por mi columna vertebral, hasta llegar a una de mis nalgas, la que apresa y masajea un momento con posesividad y continúa su descenso, hasta llegar a la altura del dobladillo de mi vestido. Detiene el fogoso camino para retomarlo de vuelta, pero esta vez, subiendo la tela hasta dejarla enrollada en mi cintura.
Con la misma mano baja mis bragas y estas, se deslizan por mis piernas hasta llegar a mis tobillos. Luego, con su enorme mano rodea el hueso de mi cadera y avanza hacia mi intimidad, para acariciar mi clítoris con sus dedos expertos.
—¡Mierda! Estás tan húmeda…—gruñe al notar mi nivel de excitación, cuando sus dedos se entierran lentamente en mis pliegues—. Me vuelves loco mujer, me tienes loco…
«¡Oh, Dios! ¡Y tú me tienes al borde del orgasmo!».
—Edward… —suplico, solo quiero que me folle de una vez. Pero él se toma el tiempo de jugar.
De la nada deja caer un libro en la cubierta del piano y, al ver esas conocidas esposas engarzadas a una rosa, y leer las letras rojas que rezan en su portada: «Mi instructor de seducción», juro que me quedo sin respiración.
—Nada de Edward —ordena con fiereza—. Esta noche, soy Xande…
Nota del Autor:
1. Nossa! Olha que beleza: ¡Dios! Mira que belleza.
2. Suja! Indecente!: ¡Sucia! ¡Indecente!
3. Santa Mãe! Desaforada!: ¡Santa madre! ¡Sin vergüenza!
