Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
La historia es mía.
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Canción del capítulo
Ver o mar — João Erbetta feat Leando Lima
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Capítulo 13: Coisa mais linda
—Abra suas pernas, menina…¹
—No…—lloriqueo.
—Abre las piernas, Bella —Edward ordena, en un tono que no da lugar a réplicas. Definitivamente, él quiere que pierda la conciencia.
—Edward, por favor…—suplico una vez más—. Me dolerá…
—Prometo que seré delicado, te lo haré muy lento y suave…—intenta convencerme una vez más, usando esa sexy sonrisa destroza bragas que me permite ver, todos sus blancos y relucientes dientes. Sus ojos brillan divertidos, está fascinado de ver el terror en los míos.
Maldito, con esa sonrisa es imposible decir que no.
—Está bien…—accedo mordiéndome el labio inferior, nerviosa por la anticipación. Abro mis piernas con temor, esto sí que va a doler.
Con delicadeza, Edward se posiciona entre mis muslos.
—Abri-las mais linda², si no lo haces, no podré hacerlo bien y si te duele después no te quejes —con sus grandes manos intenta separar un poco más mis piernas, pero me resisto, estoy segura que me va a doler como los mil demonios—. Bella, esto absurdo. Con todo lo que te he hecho entre ayer y hoy, ¿no confías en mí?
—Edward…—imploro, mirando su duro instrumento.
—No tengas miedo, esto lo he hecho muchas veces y jamás he recibido quejas. Solo felicitaciones por mi destreza…—acaricia mi mejilla con su dedo pulgar.
«Engreído», aun así, no me queda más que rendirme y acceder a lo que me ordena. Su aterciopelada y educada voz, son un maldito hechizo para todos mis sentidos.
Edward se acerca con cuidado y con lentitud comienza su labor, hasta que…
—¡Ay! —Me quejo echándome hacia atrás, mis ojos están llenos de lágrimas.
—Te duele, porque no te quedas quieta —explica, intentando mantener la seriedad del asunto, pero la verdad es que está entretenido, ya que una sonrisa casi inexistente eleva las comisuras de sus labios.
Yo no le veo ninguna gracia, así que le doy una mirada asesina, no sé porque simplemente lo deja. Cuando veo que su mano vuelve al ataque, le doy un manotazo, lo que provoca que Edward estalle en carcajadas.
—Pareces una niña pequeña —me acusa, tocando la punta de mi nariz con el dedo índice.
—Y tú, un siniestro y mal doctor, que disfruta de hacer sufrir a sus pacientes —contesto enfurruñada, me cruzo de brazos y balanceo mis piernas. Esta situación es de lo más ridícula.
Edward ríe completamente extasiado, su masculina risa retumba contra las paredes del enorme y pulcro baño, donde me encuentro sentada —voluntariamente obligada— sobre el mueble del lavado, solo con mis bragas puestas y los pies colgando, lo que me hace sentir más pequeña de lo que ya soy; no tuve oportunidad de vestirme o más bien él no me la dio, una vez que nuestro satisfactorio encuentro sexual terminó.
¡Ni siquiera pude recuperarme de los ardores del alucinante orgasmo! Cuando mi posesivo Miembro-Man, jugando aún su papel de Xande, desanudó la venda que cubría mis ojos y me tomó del cabello de la nunca para atrapar mis labios en un beso voraz, pero al soltarme para dejarme respirar, sus preciosos ojos se abrieron enormes e inquisidores, sobre la herida que me hice por la mañana con las espinas; rasguño que acarició de forma etérea, con la yema de sus largos dedos.
Inmediatamente y sin preguntar, me puso las bragas y sentó en el banco del piano, luego tomó su bóxer del piso y desapareció unos segundos por una puerta que no había visto, al volver venía con la ropa interior puesta y cargando su maletín de doctor. Cuando llegó hasta a mí, me tomó en brazos como si fuera un Koala y nos llevó escaleras arriba hacia la segunda planta, por la que avanzamos por un largo pasillo hasta una puerta de doble hoja, que de inmediato supuse era su habitación, y de la que apenas pude echar un vistazo, porque en un abrir y cerrar de ojos estaba sentada en el mueble del lavado.
Y por eso estoy en este reluciente baño, confeccionado de cerámicas blancas y grandes espejos, en una consulta particular con el doctor Cullen.
—No le veo el chiste y tampoco el caso —insisto—. No será la primera y tampoco la última vez que me quede una cicatriz en la piel, por culpa de mi involuntaria torpeza —me encojo de hombros.
—Pero ahora estás conmigo y yo no permitiré que quede una fea marca, en tu hermoso rostro —su mirada se vuelve cálida y de nuevo la sonrisa torcida aparece en sus labios, para deslumbrarme como una polilla que ve al sol. Me ha dejado sin palabras.
Edward continúa curando mi barbilla, quién sabe con qué cosa. Cuando termina, con mucho cuidado me aplica un ungüento, que me hace dar un respingo y me arde hasta las lágrimas.
—Tranquila —dice con voz queda y sopla despacito para ayudar a aplacar el escozor y la verdad, no sé si es el tenue aire el que me calma el dolor o su tierno gesto que emboba mi razón—. Listo —anuncia acariciando mi cabello y deja un casto beso en mis labios—. ¿Viste que no fue tan terrible?
Pestañeo aún más deslumbrada que antes y sacudo mi cabeza para salir de mi estado de estupidez.
«¡Maldito hombre! ¿Por qué se comporta así de tierno?», además de haber arruinado mis planes de venganza, ya no entiendo absolutamente nada. Quería decirle tantas cosas, sobre todo unas cuantas por la famosa nota, pero en vez de eso abro la boca como pez fuera del agua y no me sale una bendita palabra; el oportuno que sí habla dejándome en vergüenza es mi estómago, que ruge como si no comiera hace años.
—¿Hambre después de tanto ejercicio, señorita Swan? —pregunta gozando de mis desgracias, la sonrisa roba alientos otra vez en su boca.
—Un poco…—acepto, roja como un tomate.
—Excelente, una cena afrodisiaca, será una instancia más que perfecta para comenzar a conocernos…—me toma de la cintura y me baja del lavado.
—¿Afrodisiaca? —pregunto tomando la mano que me ofrece y salimos del baño.
—Por supuesto, no pensarás que te dejaré vestir, ¿verdad? —Clava sus felinas esmeraldas en mí y me mira sin una gota de castidad de los pies a la cabeza.
—Eh… ¿no?
—No —contesta con una seguridad deslumbrante, de esa que no admite un no por respuesta y tan rápido como me trajo hasta aquí, me lleva en dirección a la cocina, otra vez sin dejarme observar prácticamente nada más que su gran cama, vestida con ropajes tan pulcros como toda la casa.
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Edward abre y cierra las alacenas, juntando los ingredientes necesarios para cocinar algo que no puedo identificar, mientras lo observo en silencio sin perderle movimiento, sentada en uno de los altos taburetes que rodean la isla que está emplazada en el centro de la moderna y negra cocina.
Es un espacio rectangular, tres murallas cubiertas de muebles bajos y aéreos, de cubiertas negras y puertas cristalinas, hay un refrigerador de puertas dobles de espejo y está completamente equipada de artilugios de gastronomía, que estoy segura que yo jamás ocuparé en la vida. El muro que no lleva gabinetes aéreos, tiene una gran ventana que da a un patio pequeño a un costado de la casa.
El espectáculo es digno de admirar, mi chico de Ipanema revoloteando de aquí para allá, al igual que un experimentado chef, nada más ni nada menos que llevando un bóxer negro, acompañado de su alborotado cabello, unos sexys lunares repartidos en su espalda —que me dan ganas de morderlos— y pies descalzos.
«¡Oh, por Dios!», no había reparado en lo grande que tiene los pies. ¿Será cierto aquello que dicen que el tamaño del pene va en relación directamente proporcional al tamaño del pie? Porque al menos la teoría de las manos, está descartada por completo. Jacob tiene unas tremendas manazas y la verruga que tiene entremedio de las piernas, hay que mirarla con una lupa tan grande, como las que ocupan los telescopios para estudiar la Vía Láctea. Definitivamente, mi pícara abuelita Marie tenía toda la razón y antes de haberme casado con Jacob, le debería haber hecho «esa» importante pregunta, aquella que bien me enseñó y yo por tonta ignoré: ¿Cuánto calzas? Así, me hubiese evitado años y años de mal sexo.
Miro sus pies caminar por la brillante y limpia baldosa negra, como una verdadera tonta, hasta puedo agregar que los tiene bastante lindos para ser tan enormes y en comparación con los de Jacob, que eran oscuros, con durezas, callos y los dedos peludos; ¡pensar que yo lo defendía diciendo que tenía pie de atleta!
«¡Qué idiota!».
—¿Cuánto calzas, Edward? —Sale de mi estúpida boca, mandado por mi estúpido cerebro que al parecer hoy tiene voluntad propia o tanto sexo, ha logrado que no hagan sinapsis las dendritas. Al menos ahora, la sinvergüenza de Marie estará orgullosa de su nieta, aplaudiéndome desde alguna parte del cielo; aunque a mí se me enrojezcan hasta las orejas.
Edward, que sostiene una de las puertas del refrigerador, gira su cuerpo para mirarme, niega con la cabeza, suelta una risita y vuelve su atención dentro de la nevera, desde donde saca una botella de vino blanco, luego toma dos copas de uno de los armarios y se ubica enfrentándome por el otro lado de la isla. Abre una cajonera de dónde saca un sacacorchos de dos tiempos y con movimientos elegantes, comienza a girarlo para proceder a descorchar el vino. Vierte el dorado y brillante líquido en ambas copas, se acerca a mí con pasos acompasados y como todo un caballero, me extiende una de ellas.
—Once y medio —contesta chocando su copa con la mía—, y no puedo creer que creas en eso. Es un mito, ¿lo sabías? —pero la verdad es que no le presto atención, ya que después de escuchar el tremendo número y de nuevo darle la razón a Marie, pensando que el diablo sabe más por viejo que por diablo, mis ojos viajan de su bien dotado miembro a sus pies y viceversa; más de una vez, debo agregar.
Edward solo sonríe y juro que veo su miembro palpitar juguetón, saludándome desde dentro de su prisión.
—Prueba el vino, Isabella…—ordena con ese tono jodidamente suave, sexy y a la vez mandón, el cual es imposible de objetar, ya que me derrite y viaja directo a mi intimidad.
«¡Por todos los cielos!», ¿cómo diablos logra excitarme con solo acariciar las sílabas de Isabella de la forma caliente en que lo hace?
Tomo un sorbo de vino, intentando despejarme. Está delicioso, helado y reconfortante, tiene un toque seco, a madera y frutas. Luego Edward me besa, coquetea con mis labios como si los estuviera degustando, su cálida lengua también con sabor a vino y a él, acaricia la mía explorándola a conciencia, danza con ella, como si me estuviese haciendo el amor. Se le escapa un gemido de placer y lentamente termina el beso, cuando ya me ha robado la razón y también la respiración.
—Sabes delicioso. A vino y a Bella…—deja la copa en la isla, vuelve a los diversos alimentos que ha sacado del refrigerador y de las alacenas, y con ellos comienza a cocinar.
Ni una palabra sale de mi boca y, aunque me pica la lengua por preguntar tantas cosas, no puedo. De pronto me siento muy cohibida, lo que es absurdo después de todo lo que este hombre me ha hecho, pero es que conocerlo es una situación por completo distinta, así que lo observo en silencio. De cuando en cuando me mira de reojo, mientras troza los alimentos sobre una tabla de madera con la habilidad de un experto; asumo que su habilidad la ha adquirido de tanto usar el bisturí.
—¿Cocinas Bella? —pregunta de pronto, al tiempo que con destreza corta un champiñón.
Una vez seccionado, con el mismo cuchillo lo echa hacia un lado y comienza con otro.
—¿Yo? —pregunto con terror y me rio como una loca—. Bueno, si a cocinar le llamas, el lunes llamar al señor Wong, por un especial de comida china, el martes a Papa John's, el miércoles a la Bella Italia y así puedo continuar con el resto de la lista por toda la semana, entonces sí, aprendí a cocinar lo más bien, marcando el teléfono. Ahora, si quieres que te ayude, lo hago más que encantada, pero debo advertirte que lo más probable es que terminemos en urgencias, contigo intentado pegar uno de mis dedos a una de mis manos.
Edward me mira divertido, esta vez cortando unas verduras verdes, que jamás he visto.
—Está bien, entendí el mensaje… De todas formas, tengo mejores planes para ti que reparar uno de tus dedos —se muerde el labio con perversión y sus ojos se detienen más de la cuenta en mis pechos—. A mí me relaja —admite comenzando a saltear todas la verduras que ha cortado, más camarones y otros mariscos que no conozco, en un sartén. La pasta ya se está cociendo en una cacerola.
Su racionamiento se me hace de lo más lógico.
—Me imagino que después de estirar tanta piel, sacar grasa y convertir a las mujeres en plástico, cortar cosas reales al final del día, no está nada de mal —suelto sin pensar e inmediatamente tapo mi boca, para que a la estúpida y despectiva, no se le escape nada más.
Edward no pronuncia palabra, continua revolviendo la salsa que ha hecho y que debo decir huele maravillosa. Le baja el fuego, toma un poco con una cuchara y se acerca a mí en silencio poniendo el servicio sobre mis labios para que la pruebe. Hago lo que me pide sin dudar, abro la boca y él delicadamente me alimenta.
—Mmm…—gimo deleitándome con el delicioso sabor y golosa relamo la chuchara—. ¡Está exquisito! —Lo felicito, esperando que no esté molesto por culpa de mi desubicado comentario.
—Ahora, pruébala con vino —ordena tomando un poco más del sartén, la acerca de nuevo a mi boca, atrapo la cuchara con mis labios y luego tomo vino tal como él me lo ha pedido.
¡La combinación es un manjar de los dioses!
—Mmm… —murmuro otra vez, derretida por las sensaciones que la comida me produce.
—Supongo que tienes razón —dice casi tímido, se sienta a mi lado y gira mi taburete para que quedemos frente a frente, mis piernas están entremedio de las suyas—. Realidad y algo de locura, es lo que le hace falta a mi vida —posa sus grandes manos en mis caderas y se acerca a besar fugazmente mis labios, mi mentón y cuello, por el que desciende dejando un camino de húmedos besos, hasta llegar a atrapar con ardiente delicadeza un pezón—. Tan real y natural, como tu hermoso cuerpo —ronronea sobre mi excitada piel, me da una pequeña nalgada y se pone de pie para vigilar la salsa.
De nuevo me ha dejado muda, así que fuerzo a mi mente a despejarse del embotamiento de su juego de seducción.
—Entonces…—dudo unos segundos si debo continuar, pero tomo valor, quiero saber tantas cosas de él y aún no sé nada—. ¿No te gusta ser cirujano plástico?
Él me mira extrañado.
—Claro que me gusta, solo que en algunas ocasiones es un trabajo algo frío y superficial, pero en otras extremadamente gratificante, sobre todo cuando lo hago gratis y son niños. Ver su sonrisa cuando le has brindado esperanza y una nueva vida, es el motor de mi día a día.
—¿Gratis? —pregunto impresionada.
—Sí, trabajo dos veces a la semana de forma voluntaria en el hospital público de Río.
Sus felinos ojos, se vuelven afectuosos y amables, al hacer semejante confesión y a mí se me enternece el corazón de pensar en su noble labor. Siento que amo esta faceta de Edward; al parecer es un hombre bueno y compasivo.
Me quedo observándolo en un cómodo silencio, mientras disfruto del vino y Edward termina de cocinar para nosotros. Cuela los espaguetis, los sirve en platos hondos y baña con la deliciosa salsa, luego los deja frente a nuestros puestos, rellena las copas y se sienta junto a mí, procurando que mis piernas, nuevamente queden entremedio de las suyas
Cuando voy a tomar el tenedor para probar la comida, Edward se adelanta tomándolo por mí, enrolla un poco de pasta en él y lleva el cubierto a mi boca, la cual abro gustosa. Saboreo los alimentos, intentando reconocer los sabores y cada una de las delicadas especias.
—¡Oh, Edward! Esto está muy bueno…—exclamo a punto de tener un orgasmo alimenticio—. Quedas contratado como mi chef particular —sonrío y abro mi boca, invitándolo a que me dé más.
—Ya sabes que puedo ser mucho, pero mucho, más que eso…—me mira con indecente lujuria y deja el tenedor en el plato, para beber un poco de vino.
Siguiéndole el juego, tomo su tenedor, imito sus movimientos y Edward, encantado se deja mimar.
—Por cierto, gracias por la rosas —digo recordando que no le he agradecido—. Están hermosas, las más bellas y grandes que he visto.
Una sonrisa casi tímida se plasma en sus labios y se encoge de hombros para restarle importancia, pero sus ojos viajan a mi mentón, el que acaricia con ternura.
—Fueron las espinas, ¿cierto? —No contesto, solo enrojezco—. Eres una chica bastante loca y arrojada, para poseer tan inevitable torpeza —ríe con descaro—, sobre todo en lo que a trepar árboles respecta…, mono araña…
«¡Oh, demonios! ¿Por qué tiene que recordármelo?», trago pesado, ha llegado el momento que debo disculparme de mis chifladuras.
—Lo siento, Edward… La verdad es que yo no debí…, yo…
—Shh…—me corta, poniendo un dedo en mis labios—. No te disculpes, que he disfrutado, como no lo hacía hace mucho tiempo con tus locuras. Cada una de ellas las he amado y rememorado en cada momento.
—¿Qué? —Frunzo el ceño sin entender, «¿y yo soy la loca? ¿He escuchado bien? ¡¿Las ama?!».
—Además, ya me las he cobrado, después de cómo me trataste nuestra primera noche en el bar… —aprieta los labios intentado contener su risa—. ¿Aún sigues pensado que soy casado? Porque no lo soy y tampoco tengo novia…—aclara con tal seguridad que no dejaba espacio —por el momento— para dudas—. En cambio tú, sí lo eres…—enrolla más espaguetis con el tenedor y otra vez me da de comer.
«¡Maldito!», me ha dado un golpe bajo.
—Lo soy, pero espero más pronto que tarde, ser soltera de nuevo —contesto con gesto altanero—. Gracias a Dios, no me casé con ese idiota por la iglesia.
—¿Ya no lo amas? —«¡Uf!, ¿se puede ser más directo?».
—No, hace mucho tiempo que se murió el amor, si es que alguna vez lo hubo realmente…—decido que es mi turno de darle de comer.
Una sonrisa casi inexistente eleva las comisuras de sus labios y ambos tomamos vino, sin dejar de mirarnos a los ojos.
—¿Cuántos años tienes, Edward? —pregunto cambiando de tema.
—Treinta y dos, ¿y tú?
—Veintiséis —contesto al tiempo que una excelente idea cruza por mi cabeza y la llevo a cabo de inmediato—. Mucho gusto, soy Isabella Marie Swan, mi cumpleaños es el trece de septiembre y estoy casada con un miserable maní, pero viviendo un feliz proceso de divorcio. Estudié periodismo en la universidad de Washington y soy procedente de un pequeño pueblo en el mismo estado, casi llegando a Canadá; Forks, que es el poblado más lluvioso y verde de los Estados Unidos. No tengo hermanos y mis padres, aún están felizmente casados. Charlie, mi padre, es el jefe de policía de Forks y mi mamá, Renée, es la directora del único instituto del perdido pueblo —termino mi discurso extendiéndole mi mano para presentarme formalmente y le sonrío mostrándole todos mis dientes—. ¡Ah, se me olvidaba! Soy virgo y espero algún día tener un hermoso y gruñón Chihuahua, el mismo que no me dejó tener el estúpido de Jacob, al que le compraré hermosa ropa y zapatos, y bautizaré como Peanut³ —Edward estalla en carcajadas al escuchar el nombre—. Nunca es tarde para presentarse —agrego restándole importancia y me encojo de hombros.
—Mucho gusto de conocerla, señorita Swan —saluda Edward tomando mi mano, como siempre seductor—. Bueno, supongo que ahora, me toca a mí.
Edward cuadra sus hombros, carraspea un poco y comienza:
—Edward Anthony Cullen, treinta y dos años, soltero y estoy de cumpleaños el veinte de Junio, toco el piano desde los tres años y estudié medicina en Harvard. Soy nacido y criado en Londres y hace un año que vivo aquí en Río, antes vivía en Los Ángeles, pero me aburrí de la superficialidad y la frialdad de su ambiente y, aunque aquí es más o menos parecido, al menos es bastante más divertido. Tengo una hermana que está loca y la amo y, aún no puedo entender con lo loca que está, cómo es que es psicóloga. Mis padres también están felizmente casados y ambos son doctores; Carlisle, es cirujano plástico al igual que yo y Esme, mi madre, es ginecóloga. Aunque no creo en los signos del zodiaco, soy géminis —«¡Géminis!», pienso. He ahí, la explicación, para la doble personalidad— y bueno, si hablamos de mascotas, ya conociste a Brutus y a Sansón.
—¡No me hables de tus monstruosos perros! —Me estremezco tan solo recordarlos—. ¡Pude haber muerto! ¡Fuiste malo! —Lo acuso enfurruñándome y cruzándome de brazos.
—Y tú fuiste una loca, pero nunca hubiese permitido que te hicieran daño, sino, no podrías estar aquí… hermosa y perfecta…, desnuda para mí, en mi cocina —con paciencia separa mis brazos, deja un beso mordelón en mis labios y sus manos acarician mis pechos—. Entonces jamás podría haber hecho esto…—su boca llega a acompañar la ardorosa labor de sus largos dedos, su cálida y suave lengua, alterna de uno en uno, para brindarles la debida atención—. Tampoco hacer esto…—agrega inhalando el perfume de mi piel al tiempo que me despoja de mis bragas—. Y menos esto…—hace a un lado los platos y las copas, me apresa de la cintura y levanta para sentarme en el mesón. Con gentileza separa mis piernas, me devora con los ojos y se relame los labios cuando estos, se clavan en donde logra que lo necesite con desesperación.
Edward sonríe al ver que me estremezco y gimo de anticipación, y sin demora como el amante generoso que es, me complace besando mi vientre y desciende por este, dejando un tatuaje de fuego hasta que sus codiciosos labios toman mi centro.
Mi chico de Ipanema ronronea con deleite practicando este cunnilingus magistral, vibraciones que me están llevando al cielo y a enardecer de necesidad.
—Por favor…—suplico intentando decirle que me urge sentirlo dentro de mí, pero mis pies que bajan su bóxer con desespero, son los que finalmente explican mi apremio.
Los ojos de Edward me espían desbordando diversión y lujuria, mientras con su lengua, mima mi intimidad con deliberada lentitud una, dos veces, hasta que la libera depositando un último beso en mi monte de Venus.
—¿Qué quieres, Coisa mais linda⁴? —pregunta con la voz ronca, irguiéndose en toda su altura una vez que se ha posicionado entremedio de mis muslos, sus posesivas manos prendadas en mi trasero.
—A ti… —susurro atrapando la divina humanidad de Edward con mis piernas y brazos—. A ti… —repito derritiéndome de excitación al sentir su duro miembro jugueteando en mi entrada.
—Me tienes… —sentencia y empieza a penetrarme con suave urgencia—. Me tienes…—reitera cuando por fin, está por completo dentro de mí.
«Te tengo…», pienso abrazándome con fuerza a la espalda de Edward, que comienza a tomarme como si en el ello se le fuera la vida, con su mirada radioactiva engarzada en la mía…
Nota de la autora:
1. Abra suas pernas, menina: Abre tus piernas, nena.
2. Abri-las mais linda: Ábrelas más linda.
3. Penuat: Maní.
4. Coisa mais linda: Cosa más linda.
Bueno mis queridas, esperando que el año 2022 sea el fin de mi estancamiento como autora y que la vida se me haga algo más fácil, parto poniéndome al día con la nueva edición de mi querido Chico de Ipanema.
También de todo corazón espero que el 2022 solo les traiga bendiciones.
Continuemos cuidándonos, que el maldito virus aun no nos deja.
Con amor...
Sol.
