Eliza usa lentes desde los cinco años. Desde muy chiquita le costaba seguir instrucciones, sus padres pensaban que sólo era distraída o rebelde. Se preocuparon una mañana, que la niña estaba jugando cerca de un roca en un Parque Nacional de Brasil a y había una Coralillo justo a lado suyo. Marianne llegó corriendo a alzar a la niña y Nigel reubicó al animal con cuidado lejos de la casa rodante. Ya le habían enseñado para entonces a diferenciar un animal venenoso de uno inofensivo, y les sorprendió que no la viera.

Ese día estaban a dos horas del pueblo más cercano y la llevaron al oftalmólogo: la sentaron en una silla que le quedaba bastante grande y le pidieron que pusiera su barbilla en un aparato que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Eliza siempre fue una niña muy curiosa y no sintió miedo en lo absoluto, más bien curiosidad. Le enseñaron un par de dibujos y tuvo que decir en voz alta qué eran y de qué color.

- ¡Casa!

- ¡Muy bien, manzanita!

Los siguientes dibujos eran más pequeños.

- Árbol- el objeto señalado era una flor.

-Hmm. No exactamente. Siguiente- sus padres se miraron preocupados.

Eliza se sintió triste por fallar y dudó en los siguientes ejercicios. Un rato después el doctor la llevó a una habitación con muchos juguetes y una señorita con uniforme blanco la estaba esperando.

- ¿Entonces qué tiene, doctor? -preguntó Nigel.

- Miopía, en realidad es bastante común. Le haremos unos lentes y estará bien.

- Pero qué significa eso. ¿Por qué le pasa esto tan pequeña? – Marianne tragó saliva y arrugó las cejas.

- La miopía se debe a que sus corneas están un poco más grandes de lo normal. Puede ser por genética o factores ambientales.

- ¿Ósea que nosotros se lo heredamos? - Nigel preguntó tranquilo.

- ¿Usan lentes? - el médico vio directamente a Marianne.

- Sí, pero empecé a necesitarlos hasta que estaba en la universidad, no antes- Nigel tocó el hombro de su esposa para tranquilizarla.

- No es nada grave. solo debe llevarlos, sus lentes a todos lados y cuidar que no se le rompan. Cuando esté más grande podrían mandar a hacerle lentes de contacto o incluso operarla.

- ¡¿Operarla?! Dijo que no era grave.

-No es obligatorio, tal vez ella lo pida por comodidad.

Eliza escogió sus lentes entre decenas de opciones: había cuadrados, redondos, de pasta gruesa y transparentes; algunos tenían calcomanías de caricaturas. Fue una experiencia en realidad divertida.

Básicamente no podía ver más allá de su nariz. Todo parecía desenfocado.

Cada seis meses, sin importar en qué país estuvieran, pasaban al oculista a checar si su miopía aumentó. Además le ponían unas gotas en los ojos para dilatarle la pupila y revisar su retina. Ese procedimiento hacía que le lastimara la luz y no podía salir a la calle sin lentes oscuros y gorra. Debbie disfrutaba eso, pues era una de las pocas oportunidades para visitar la ciudad y así tener contacto con otras personas, con otros adolescentes, más que nada.

Era la clase de Química Orgánica, el tema era Aldehídos y cetonas. Toby estaba sentado a lado suyo con nada más que un lápiz y un cuaderno que probablemente llevaba tres semestres usando y que sorpresivamente aún le quedaban hojas.

Eliza empezó a ver… mal, no podía explicarlo con palabras. Era como cuando están viendo la tele y le dan un trancazo, se riega la tinta y la imagen se distorsiona. Los colores se volvieron demasiado brillantes, aunque cerrara los ojos. Se mareó de leer el pizarrón y no podía distinguir la cara de Toby.

- ¿Estas bien?

- Sí...- fijó la vista en su cuaderno y se quedó en silencio.

El profesor siguió hablando durante los cuarenta minutos de clase que quedaban. Eliza no podía agacharse porque pensaría que estaba durmiendo y la correría del salón, no alcanzó a tomar notas ese día ni retuvo nada del tema.

Terminando la clase caminó lentamente al baño, entró al cubículo más lejos de la puerta, se puso en cuclillas y vomitó.

Toby trató de llamarla desde la puerta, pero no obtuvo respuesta. Sabía que se vería muy mal si entraba al baño de mujeres.

- ¿Qué pasa? - su amiga de cabello verde llegó.

- Creo que Eliza se siente mal. ¿Podrías entrar por favor?

Ary se asomó en la puerta del baño.

La pelirroja estaba sentada junto al lavamanos con la cabeza entre las piernas en silencio.

La acompañaron a su casa, cerró las cortinas, apagó su celular y se durmió. Cuando despertó la cabeza le dolía como si tuviera un martillo adentro del cráneo.

-Manzanita, creo que lo más responsable es que vayas al doctor- su padre le había llamado dos veces ya -. Igual tu cita ya estaba programada para dentro de un mes, sólo vamos a adelantarla.

- Pero… tengo clases, y no puedo ir sola.

- Tus profes entenderán si te ausentas por unas horas. Lechuguita ¿podrías hacernos un favor?

- Sí papá, yo la llevo mañana.

Debbie estaba sentada en la sala de espera con una revista sobre el regazo.

Su retina está rasgada. Debemos operarla ya, antes de que se siga abriendo.

- ¿Operarme?

-Imagínate que tu retina es como este trapo de tela y tu cornea es este globo. Tu cornea ha crecido tanto que la retina se ha ido estirando hasta romperse - el médico tenía una manera de expresarse coloquial, hizo a su paciente sentir cómoda y un poco menos asustada-. Te la sellaremos, como cuando le ponen un parche a tu pantalón.

- ¿Me va a doler?

- Probablemente. Te recetaremos medicamentos.

Debbie la acompañó a la sala de espera y la ayudó a sentarse. Llamó a sus padres para ponerlos al tanto de la situación.

- Te haremos los estudios y te programamos. No te preocupes, he hecho este procedimiento muchas veces.

La cirugía laser duró minutos, y salió caminando. Pero horas después le dolía mucho la cabeza, sentía la necesidad de sacudirse para aliviar esa sensación, pero no podía con sus heridas tan recientes. Aparecieron en su campo visual unos gusanitos transparentes. El médico le dijo que era consecuencia de la cirugía y que eventualmente se acostumbraría a verlos.


¿Quién va a hacer una maestría y está aterrada? ¡Esta muchacha! Dos años haciendo lo que me encanta, pero hasta que entre a clases estoy preguntándome si de verdad me gusta mi tema de tesis, si seré tan lista como mis compis. El síndrome del impostor me respira en el cuello, Marce.