Nota aclaratoria: durante su infancia, Edward fluye entre los extremos del género, cambiando su nombre y aspecto exterior. En la adolescencia comienza a haber un espacio gris no binario entre esos dos extremos en el que también está cómodo. Aclaro aquí el uso del lenguaje para evitarme dar explicaciones en comentarios o recibir correcciones: no solo se usa el neutro cuando Ted lo pide en ese tiempo en el que no está cómodo en los extremos, sino que desde niño es costumbre que lo usen a su alrededor cuando hablan de la persona más allá del género.
Parte 1: Primavera de 2008
Harry llegó a casa tres días antes de su boda y se encontró algo raro en esos días: silencio.
El salón estaba a oscuras y recogido, la puerta de la habitación de Cassie abierta y la cama vacía. La única luz era en la cocina. Allí, sentado a la mesa con una carta en la mano estaba su prometido.
— ¿Draco?
El rubio lo miró. Su cara estaba gris, descompuesta.
— ¿Qué ocurre? ¿Y Cassie?
— Con Fleur.
Se sentó junto a él y tomó la mano que tenía libre.
— ¿Qué pasa?
— Van a liberar a mi padre. Mañana. Yo...
Lo abrazó con fuerza, porque Draco temblaba como una hoja. Ni tan siquiera cuando tuvo que salir corriendo a Francia para despedirse de su madre, a los pocos meses de establecerse como pareja, lo había visto tan descompuesto.
— La carta es suya —murmuró Draco contra su hombro—. Me reprocha no haber cuidado mejor de mi madre y me exige que acuda a la mansión para ponerle al día de las cuentas.
— No tienes que ir, cariño. Mándale los documentos con una lechuza y que le den.
Draco negó, aún contra su hombro.
— Tengo que ir, hay muchas cosas que...
— Te acompañaré en ese caso.
— La boda...
Harry lo abrazó con más fuerza. Sabía cuánta ilusión habían puesto Cassie y Draco en esa boda, la idea de que Lucius Malfoy fuera a cargarse eso le llenaba de rabia.
— ¿Quieres demorarla?
Draco se separó de él de golpe, con gesto indignado.
— ¡No!
— Es mucho para asumir ahora, puedo entender...
— No voy a permitir que Lucius me amargue el día, Harry —le dijo, indignado, agarrado a su camisa—. Me voy a casar contigo dentro de tres días y después iré a llevarle lo que quiere.
— ¿Estás seguro? —inquirió Harry, sujetándole la cara con las dos manos.
— Completamente.
— Te acompañaré de cualquier manera —aseguró con terquedad.
Vio perfectamente que Draco estaba a punto de decir que no era necesario, pero no le dio la opción de hablar y volvió a abrazarlo con fuerza.
— Dame el gusto de mirar a tu padre a la cara y decirle que eres mi marido —prosiguió, con una pequeña sonrisa cruel.
— Estás loco —respondió Draco con otra sonrisa y negó con la cabeza.
— Por ti, Draco. —Le acarició la cara— No dejaré que vuelva a hacerte daño.
Draco se alejó un poco, aunque sin perder contacto con la mano morena, y, después de mirarle con intensidad, le besó.
— Te quiero, Harry. Vayamos a por Cassie para cenar y hablar de la boda hasta aburrirte.
Harry rio, se puso de pie y le tendió la mano. Pero entonces un pensamiento se cruzó por su cabeza.
— Vas a ser el padre de Cassie, Draco. ¿Eso en qué lugar le deja respecto al legado Malfoy?
Su prometido se puso de pie frente a él, con el ceño fruncido y la mandíbula trabada.
— No lo quiero cerca de Cassie. No es nada suyo.
— ¿Le has dicho algo al ir a dejarla a casa de Bill? —interrogó Harry, cogiéndole de la mano para salir de la cocina camino del flu del salón.
==o0o==
Draco lo sintió perfectamente: las protecciones puestas a prueba por una magia muy familiar. Dejó de mirarse al espejo y se giró hacia su padrino de boda, que le observaba en silencio a unos metros.
— Está aquí.
Blaise abrió los ojos, sorprendido, pero no se detuvo a discutir con Draco, salió de la habitación y atravesó el pasillo para tocar la puerta de enfrente.
— ¿Te puedo robar a Ronald un momento, Harry?
El otro novio se giró hacia él y luego miró a su padrino.
— ¿Qué pasa, Blaise?
— Tú no te preocupes, nosotros nos hacemos cargo.
Salieron de la habitación, caminando hombro con hombro como en los tiempos en los que eran compañeros de patrulla, a pesar de ir vestidos con túnicas de gala.
— ¿Sabes que con eso has conseguido que se preocupe, verdad? —comentó Ron.
— Lucius está aquí.
Ron apretó los labios y los puños.
— ¿Dónde?
— Fuera de las protecciones, Draco le ha sentido intentando entrar.
El pelirrojo gruñó junto a él.
— Hay que avisar a Pansy y Ginny para que controlen a Cassie. Harry fue muy específico sobre eso.
— Lo sé. Hay que ir a hacerlo en persona, un Patronus asustaría a la gente.
— Yo iré. Pero no te enfrentes a ese hombre tú solo, espérame —le contestó, sujetándole el brazo un momento para mirarle a los ojos.
Con una mínima sonrisa, Blaise se inclinó hacia él, le besó ligeramente y luego lo despidió con un pequeño empujón. Tres minutos después, Ron estaba de vuelta... acompañado de sus hermanos.
— ¿El escuadrón Weasley al completo? —se burló mientras salían al jardín delantero.
— Intenta evitar su afán de proteger a la familia.
— No se me ocurriría. —Negó con la cabeza, divertido— Ahí está.
A unos metros de la valla delantera de la casa Tonks, Lucius Malfoy tenía la varita en la mano y miraba hacia la fachada con cara de concentración. A pesar de los lujosos ropajes, tenía un aspecto enfermizo, el pelo lacio y más blanco que rubio y profundas ojeras.
— Señor Malfoy —se dirigió hacia él Blaise con voz calmada.
— Zabini —saludó, su gesto cambiando de casi cordial al ver al amigo de su hijo a desdeñoso al ver a los seis pelirrojos tras él.
— Esto es innecesario, señor, es el día de su hijo —continuó Blaise.
— Al que no he sido invitado, por supuesto. ¿Por qué no puedo estar presente en la boda de mi hijo?
— Estoy seguro de que conoce los motivos, señor Malfoy —intervino Ron— y como le ha dicho, Blaise, esto es innecesario.
La cara de desprecio de Lucius al mirar a Ron hizo que Blaise apretara los puños y diera un paso hacia delante, pero la gran mano de Charlie le detuvo.
— Dudo bastante que los aurores vean bien que alguien que acaba de salir de Azkaban esté buscando problemas en un evento privado —le informó Bill—. Empezando por los dos aquí presentes. ¿Nos va a poner usted en la tesitura de denunciarle el día de la boda de su hijo? demuestre que le importa algo Draco marchándose.
— Tú no sabes nada de mí y de mi hijo, Weasley —le contestó Lucius con altivez.
— Conozco a su hijo, es parte de mi familia y por lo visto me importa mucho más que a usted. Para todos nosotros él es importante y no tendremos ningún problema en protegerle hoy. ¿Quiere usted que lleguemos a las varitas? Excelente, pero recuerde que estamos muy motivados y no somos precisamente torpes en lo nuestro.
Los demás Weasley asintieron como uno solo.
— Ron, Blaise, entrad, os estarán esperando para la ceremonia —dijo George con dureza, un tono que Blaise nunca había escuchado de su cuñado.
Blaise se giró lo suficiente como para ver los rostros de todos los hermanos. Incluso Percy se mostraba serio y amenazador al lado de Ginevra, que sujetaba la varita con la misma fuerza con la que apretaba la mandíbula.
— Vamos, Ron —murmuró, sujetando a su novio del brazo.
Pero Ron no se movió. Se quedó mirando a Lucius con el gesto más fiero que Blaise le había visto en mucho tiempo.
— No te merecías salir. Mantente lejos de ellos, Lucius.
Y solo entonces tomó la mano de Blaise, haciendo que en la cara de Malfoy apareciera una desagradable sonrisa.
— ¿Qué ha pasado? —le preguntó Harry cuando se encontró con él en el jardín trasero mientras Blaise iba al encuentro de Draco dentro de la casa.
— Todo está bien —trató de tranquilizarlo, aunque él se notaba el corazón a tope.
Harry le miró con una ceja en alto, ese gesto tan Black que hasta Cassie hacía a veces.
— ¿Por eso faltan aquí todos tus hermanos?
Ron suspiró y jugueteó con la manga de la túnica.
— Se van a hacer cargo, confía en ellos.
— Confío en ellos, en el que no confío es en Lucius.
El padrino fue a responder, pero Pansy acudió a su encuentro, con Cassie agarrada a su mano.
— Tenemos que empezar —les murmuró, nerviosa— ¿dónde están los demás?
— Vendrán enseguida —respondió antes de agacharse para ponerse a la altura de su sobrina— Oye Cass, habéis hecho un gran trabajo decorando esto. Y estas guapísima hoy.
— Tío Ron, no me vas a distraer. No podemos empezar si no estamos todos, tienes que decirles que vengan —exigió la niña, tirando de la pechera de su túnica.
Los adultos sonrieron, porque el gesto de su cara era clavado al de Draco cuando se ponía exigente.
— Mira, nena, ahí vienen los pelirrojos —exclamó Pansy, apretando la manita que sujetaba—. Ya estamos todos, vamos a avisar a Draco de que podemos empezar la fiesta.
Harry y Ron se giraron para ver a sus hermanos avanzar con tranquilidad hacia ellos.
— Parece que ha ido bien —murmuró Ron, relajándose.
— ¿No tenía que confíar en ellos? —preguntó a su lado Harry en el mismo tono.
— Bueno, yo tampoco me fío de Lucius, la verdad.
Bill se acercó hasta ellos, sonriente. Abrazó a Harry y le dijo algo en susurros que hizo que el novio se relajara y estuviera más tranquilo cuando empezó a sonar la música y apareció Draco en la puerta de la casa.
A Ron se le calentó el corazón al ver el rostro de su mejor amigo cambiar conforme Blaise y Draco se acercaban hacia ellos. Luego se centró en Blaise y se dio cuenta de que tenía la misma cara de boba felicidad.
Hubo un "ohhh" generalizado cuando Draco llegó a la altura de Harry, besó su mejilla y tomó su mano para ir juntos en busca de Cassie, vestida a juego con ellos, el cabello rubio peinado en suaves bucles y los ojos verdes destacando en la carita delgada.
La niña estuvo sujeta a la mano de sus padres, con la mirada seria fija en la oficiante. Era inevitable que fuera el centro de atención de los invitados, la familia y amigos cercanos que la habían visto crecer y la habían visto acoger todos los cambios en su vida con tal naturalidad que en la escuela primaria ya todo el mundo sabía que cuando volviera en setiembre sería Cassiopea Potter.
==o0o==
En el tiempo que llevaban juntos, Harry había desarrollado, además de un amor incondicional, una admiración sin límites por la forma en la que Draco manejaba el dejarse ver en público. Recibía desprecios, malas caras e incluso insultos, pero nunca jamas respondía a las provocaciones, se limitaba a colocarse una máscara de neutralidad y seguir con lo que estuviera haciendo.
Esa mañana, dos días después de su boda, vio perfectamente a Draco colocarse esa máscara unos pasos antes de la verja de la mansión Malfoy.
— Sigo pensando que debería ir solo, Harry —le dijo con voz seca y gesto huraño, un recordatorio del Draco de su último año de escuela.
— Y yo que estamos juntos en esto, Draco. Da gracias de que he convencido a Blaise y Ron para que no vinieran.
— Aún no me has dicho cómo se libraron de Lucius el día de la boda —respondió, echando a andar hacia la verja sin mirarle.
— No sueltan prenda. Supongo que nos enteraremos ahora.
Draco tomó aire y lo soltó lentamente mientras apoyaba la mano en el metal de la puerta. Tras un pequeño crack, comenzó a abrirse, rechinando y protestando como si se resistiera, un mal presagio respecto a la hostilidad que iban a encontrarse.
Si en algún momento Harry había pensado que para su marido aquello tenía un punto de nostalgia, de volver al hogar, lo descartó rápidamente al verlo caminar por el sendero de gravilla que llevaba a la puerta de la que había sido su casa.
Quiso estirar la mano y sujetar la suya para confortarlo, pero se retuvo. Lo conocía, sabía que parte de su máscara era una actitud fría y distante, así que en ese momento necesitaba apoyo pero a distancia. Necesitaba que él también se mostrara firme y hostil, algo que no era difícil con lo que le estaba generando en el cuerpo acercarse a esa casa.
La cara del elfo que estaba en la puerta se iluminó un momento al ver a Draco. Pero rápidamente, Harry se dio cuenta de que la criatura apretaba los puños y se mordía las mejillas por dentro y entendió que se estaba castigando.
— El señor les espera en el estudio —les indicó con aspereza mientras cerraba la puerta.
Harry observó el rostro de su marido, que seguía con la mirada al elfo que desaparecía pasillo abajo. No cabía duda de que le resultaba triste el recibimiento después de tantos años lejos de la casa de su infancia. Estaba claro que los elfos habían recibido instrucciones de ser hostiles, porque los dos que se cruzaron de camino al estudio, en el primer piso, se limitaron a darle la espalda a su antiguo señorito, ni un mínimo saludo.
— Puedes esperar abajo si quieres, Harry —murmuró Draco, ya con la mano en el picaporte.
— Abre esa puerta, señor Potter, y acabemos con esto de una vez —le contestó Harry en el mismo tono, dándole un pequeño apretón en el brazo.
Captó una mínima sonrisa justo antes de que volviera a poner gesto neutro y abriera la puerta sin molestarse en llamar. Entraron ambos pisando firme sobre el suelo de madera; el estudio estaba poco iluminado y la chimenea encendida a pesar del calor del verano. Tras el escritorio, Lucius Malfoy los miraba a los dos. Harry sintió perfectamente el sobresalto de Draco al descubrir lo deteriorado físicamente que parecía su padre, tal y como le había descrito Ron.
— Buenos días, Draco —le saludó por fin, ignorando completamente a Harry.
— Te he traído la documentación —fue la respuesta de Draco, acercándose a la mesa y dejando sobre ella una gruesa carpeta.
— ¿Esto es todo? —preguntó Lucius, cogiendo la carpeta con cara de desprecio.
— Esto es un resumen de mi trabajo en los últimos años. Te haré llegar los archivos completos.
— ¿Y para eso necesitabas traer guardaespaldas? Además de incapaz, cobarde.
Harry dio dos pasos hacia Draco, ya abriendo la boca para responder indignado, pero una mirada suya le hizo detenerse y apretar los labios.
— Lucius, —Se apoyó en el escritorio con las dos manos abiertas para mirar a su padre a los ojos— este incapaz ha multiplicado tu patrimonio mientras estabas en prisión. No te debo nada, ni siquiera mi tiempo. Ahí tienes las cuentas, yo ahora voy a subir a mi habitación y a la de madre, a recoger algunas cosas.
Y Draco se dio la vuelta con toda su dignidad para coger a Harry del codo y salir de allí, pero las palabras de Lucius le hicieron detenerse.
— Si realmente hubiera querido entrar a tu boda, tus perros pelirrojos no podrían haberlo evitado —le expuso con veneno, tirando la carpeta sobre la mesa..
— Pero te diste cuenta de que me casaba con un hombre —adivinó Draco sin girarse.
— No reconozco esta unión, es indigna de un Malfoy —siseó Lucius, apoyando los puños en la mesa para inclinarse hacia ellos, beligerante.
En ese momento Draco se giró para volver a mirar a su padre y extendió la mano hacia Harry sin mirar. Por supuesto, su marido se apresuró a cogerla y entrelazar sus dedos con fuerza.
— Yo ya no soy un Malfoy. Dejaste de ser mi padre el día que permitiste al mal entrar a nuestra casa y abocaste a mi madre a la locura. —Draco se detuvo para respirar tres veces antes de seguir hablando, apretando aún más fuerte los dedos de Harry— ¿Crees que no supe cuidarla? Tú —Le señaló con el índice de la mano libre— fuiste el responsable, tú y el encierro en esta casa —Bajó el dedo hacia la madera del suelo—. Y aún así ella gritaba tu nombre cuando se tiró por esa ventana. Te puedes ir al infierno, Lucius, tú, tú apellido y tú maldita herencia.
Harry lo observó, terriblemente orgulloso. Draco miraba a su padre con la barbilla levantada y la respiración entrecortada del que acaba de correr cientos de metros. Frente a él, las pálidas mejillas de Lucius Malfoy estaban coloreadas de ira.
— ¡Fuera de mi casa! —gritó por fin, repitiendo el gesto de su hijo pero para señalar la puerta por la que acababan de entrar— ¡Fuera!
No se lo pensó dos veces y tiró de Draco hacia fuera. El aire en el despacho se había vuelto seco y crujiente por la estática de la magia de los tres, a punto de salirse de control.
Siguió tirando de él sin parar hasta haber atravesado la verja y lo abrazó estrechamente. Cuando Draco volvió a parpadear, estaba en la cocina de su casa.
— ¿Quieres un té, cariño? —le preguntó Harry, aún abrazado a él, frotándole la espalda con las manos abiertas.
— Creo que necesito algo más fuerte.
Una de las cejas morenas se alzó, pero no dijo nada. Lo dejó instalado en la mesa y fue al estudio a coger la botella de brandy muggle que George les había regalado unos meses atrás y todavía no habían descorchado. A la vuelta, casi la deja caer, sobresaltado, porque a la par que entraba en la cocina se apareció allí el mismo elfo que les había abierto la puerta en la mansión.
— Amo Draco —El viejo elfo se inclinó profundamente ante su marido, que lo miraba perplejo.
— Sulvy. ¿Qué haces aquí?
— Sulvy necesita disculparse. Y le trae unas cosas.
Con un chasquido de dedos, varias cajas aparecieron sobre la mesa de la cocina.
— El amo Lucius ha ordenado a los elfos que vaciaran su habitación y lo quemaran todo. Y la de la señora. No quedaban muchas cosas, pero Sulvy ha pensado que era mejor que las tuviera usted.
Draco parpadeó varias veces, y Harry supo que estaba tratando de evitar las lágrimas delante del elfo.
— Gracias, Sulvy —consiguió articular por fin, con voz a punto de romperse.
El elfo volvió a inclinarse y desapareció con un sutil crack. Harry contempló las cajas sobre la mesa, en silencio.
— Aquí está mi infancia entonces —señaló Draco con la cabeza.
— Entiendo un poco de viajar ligero —le recordó Harry, que al final de la guerra solo tenía un baúl escolar y la herencia de una vieja casa—. ¿Quieres abrirlas?
— No. No ahora mismo al menos. ¿Podemos tomarnos ese coñac en el salón y hablar de nuestro viaje de novios?
— Podemos —respondió Harry, abriendo la marcha con la botella y dos vasos en la mano—. Aún no me has dicho qué ropa tengo que meter en la maleta.
— Yo haré las maletas —comentó Draco, tratando de cambiar a un tono más ligero—. ¿Qué clase de sorpresa sería si no?
==o0o==
Parte 2
Junio 2012
— Tío Harry.
— Dime Vic.
— Tengo una duda de cosas ...
— ¿De cosas del colegio?
— De sexo.
Harry dejó de mirar el pastel que decoraba para mirar a su sobrina de doce años con las cejas enarcadas.
— Quizá esa es una conversación para tener con tus padres, mejor.
La niña negó con la cabeza, frustrada, su largo pelo plateado moviéndose a su alrededor de esa manera tan perfecta de las veelas.
— Ellos no entienden de esto. Es por Ted, tío. Y por Cassie.
— Cariño, sois muy jóvenes, no creo que...
— ¡Qué no es eso! —exclamó indignada la pequeña, golpeando el suelo con el pie— Mamá ya me ha contado todo lo que hay que saber, y ya sé que somos muy jóvenes. En la escuela una niña muy tonta me preguntó si Ted era mi novia o mi novio.
— ¿Y no supiste qué contestar? —contestó Harry después de una pequeña pausa reflexiva.
— Es mi amigue, mi mejor amigue, y esa niña es muy muy tonta. Pero —Victorie se mordió el labio y se echó con elegancia el palo tras los hombros antes de mirar directamente a su tío a los ojos— yo... escuché una conversación que decía que hay palabras para las personas a las que les gustan los chicos y las chicas.
— Y todo lo que no son estrictamente chicos y chicas, sí.
— Como Ted, que a veces no es ni un chico ni una chica.
— ¿Y eso te parece bien? —interrogó él, consciente de que para Victoire los cambios de género de Ted eran algo tan natural como respirar, pero interesado en saber qué opinaba sobre la evolución que estaba viviendo el Edward adolescente.
La niña lo miró con las manos en las caderas, exactamente igual que su abuela Molly cuando les renegaba de niños, y cara de no entender la necesidad de esa pregunta.
— Ted es guay, tío Harry, la persona más genial que conozco, así que claro que me parece bien —acabó por explicarle con impaciencia infantil—. A mí me gusta todo de elle y sigo pensando que nos casaremos cuando seamos mayores. Yo solo... tenía curiosidad por esas palabras. Mamá cree que igual tú sabes más. Porque vas a esas manifestaciones.
Harry rio. Para la familia había sido un pequeño hito que Harry y Draco decidieran ir al Orgullo en Londres con Ted cuando tenía diez años. Desde ese año el grupo había seguido creciendo, los demás adultos queer de su entorno uniéndose poco a poco.
— Bueno, sé un poco de esas cosas y por eso voy a esas manifestaciones. Quizá podamos hablar con tus padres, si quieres, sobre palabras para personas que quieren a otras sin importar su género. Incluso podéis venir con nosotres la próxima vez, es muy divertido.
— ¿Sí? —preguntó la niña, ilusionada por participar en algo que implicara a su mejor amigue y a otros adultos de la familia que eran totalmente geniales a sus ojos, como la tía Ginny y su cresta.
— En cuanto acabe con esto, —Señaló el pastel a medio decorar— iremos a buscarles. ¿Quieres ayudarme?
La niña dio un saltito y se acercó hasta el mostrador para ver la obra de arte en la que trabajaba su tío.
==o0o==
Un par de años después (verano 2014)
— ¿Qué es eso? —preguntó Draco, entrando en la cocina.
Harry se acercó a besarle, con una media sonrisa.
— Eso es el nuevo equipo de audio muggle que regalamos a Cass por su cumpleaños y por fin está estrenando con Victoire.
— Espera, están encerradas en su cuarto con música a todo volumen y ¿estás aquí tan tranquilo?
Su marido negó con la cabeza aún sonriendo. Lo cogió de la mano y lo arrastró hasta la habitación de su hija. El cartel seguía ahí, aunque había días en los que no aparecía un nombre, solo la purpurina. La puerta estaba entreabierta y a través de ella se veía a las dos adolescentes bailando como locas mientras cantaban con toda la energía de sus pulmones. Vestidas a juego con vestidos iguales, con Cassie llevando el pelo largo y rubio también, maquilladas de un modo que haría que la madre de Victoire les impidiera salir a la calle, la pareja parecía estar disfrutando como loca.
— Son felices —le dijo mientras volvían a la cocina.
— Cariño, tiene dieciséis años. ¿No es un poco mayor para esto?
— ¿Mayor para qué? ¿Para pasarlo bien con su mejor amiga? ¿Te habría parecido mejor que estuvieran teniendo sexo? —cuestionó Harry volviendo a la tabla y el cuchillo con los que preparaba la cena.
— Harry... no me refería a eso —respondió Draco, con tono conciliador.
Harry dejó el cuchillo de nuevo con un suspiro y levantó los ojos, un poco tristes y preocupados, hacia su marido.
— Ella... tenía una mala tarde. La encontré mirándose al espejo en ropa interior, Draco, y no parecía feliz. No sé si fue buena idea darle los diarios.
Tiempo atrás, en la buhardilla habían aparecido varias cajas de cosas de Nymphadora, ropa, algunos libros y recuerdos de la escuela, y sus diarios de niñez y adolescencia.
— Es una adolescente, el espejo es un poco su enemigo; creo que a pesar de tener la capacidad de cambiar su cuerpo a su gusto, no se ve bien con nada y eso le frustra. Seguramente mi prima pasó por cosas similares y leerla puede ayudarle. ¿Por eso está aquí Victoire?
— Pensé que le vendría bien —contestó Harry, con un encogimiento de hombros.
— ¿Crees que necesita ver a Lys?
— No. Al menos aún no, estoy seguro de que lo pedirá si lo necesita. De momento, Victoire y esa música a toda pastilla parecen estar funcionando bien, se han reído a carcajadas mientras se maquillaban la una a la otra.
Draco cogió el cuchillo para seguir picando las verduras, ocupando su puesto delante de la tabla, el sonido de la música de fondo mientras Harry sacaba una olla.
— Ella... la entiende a la perfección —susurró con cariño después de escuchar una serie de carcajadas y susurros.
— Creo que a veces mejor de lo que se entiende a sí misma. Es estupenda.
— Lo es. Pero igualmente no hay que olvidar que son adolescentes. La puerta debe estar abierta.
Harry lo miró con una sonrisilla, la cuchara de madera en el aire.
— ¿Estás preparado para ser el padre de una adolescente, Draco? porque te veo un poco tenso.
— A su edad yo solo pensaba en una cosa —masculló su marido, con la mirada fija en la tabla de cortar.
— ¿En salvar tu vida y la de tu madre?
— Claro. Pero a ratos tenía tiempo para pensar en cómo te verías sin ropa.
— ¿Yo? —preguntó Harry, alzando mucho las cejas.
— Bueno, tú, entre otros. Blaise me dio una charla muy interesante al final de quinto año, pero yo ya me había planteado cosas en cuarto viendo volar a Diggory o a Krum. Yo y la mitad de los tíos no heterosexuales de la escuela seguramente.
— Gustos amplios los tuyos —bromeó Harry.
— No te creas, no comparto vuestro gusto por el cabello pelirrojo —le siguió Draco la broma.
— Eso se lo dejamos a Pansy o a Blaise. ¿Les dices a las chicas que cenamos enseguida? Fleur le ha dado permiso a Vic para quedarse a dormir. Y sí —le tranquilizó antes de que volviera a protestar— en el cuarto de invitados y tengo preparados los hechizos para asegurarnos de que no hay paseos nocturnos.
Día del orgullo, 2027
Harry entró a la cocina aquella mañana estirando la espalda y frotándose los ojos. Cada vez sentía más que no tenía edad para fiestas como esa; pero la víspera había llegado a expresarlo en voz alta cuando iba a acostarse y se había encontrado unas cejas arqueadas y a su marido haciéndole una demostración de que con casi 47 años no podía quejarse de esas cosas.
— Tienes cara de cansado, papá.
Sonrió ampliamente al encontrarse a su hijo sentado a la mesa con una taza de café.
— ¿No trabajas esta mañana?
— Entro de tarde y he pensado en venir a desayunar con vosotros.
Harry revisó brevemente a Edward. Parecía fresco y relajado, a pesar de haber pasado igual que él un día entero de celebración del Orgullo la víspera.
— Si lo hubieras dicho ayer, habría preparado algo especial —le renegó con suavidad mientras se acercaba al armario y sacaba el pan para empezar a tostarlo.
— Ha sido un plan improvisado. Pero he traído esos bollos de manzana que te gustan. Y los croissants del tío Draco, por supuesto.
— Ese es el chico listo que he criado —intervino Draco con voz pomposa desde la puerta de la cocina.
— Por supuesto, digno hijo de sus padres —imitó el tono Harry, recogiendo el pan.
Draco rio y se acercó a su sobrino, revolviendo su cabello azul al pasar.
— ¿En qué lío te has metido, Edward? —le preguntó mientras colocaba la repostería en dos platos.
— ¿Quién dice que...?
No llegó a completar la frase porque ambos adultos se giraron a mirarle con el mismo gesto de ceja arqueada.
— Vale vale —se rindió, alzando las palmas de las manos—, pero es un lío bueno.
— ¿Hay de esos? —cuestionó Draco, acercándose con la cafetera y la leche.
— Bueno, yo diría que si hay uno de esos, es este. ¿Os sentáis un momento por favor?
Ambos hombres se miraron de ese modo que Ted llevaba percibiendo desde que era un niño, ese que parecía que comunicaba muchas cosas. Harry tomó los platos de la repostería y la jarra con el zumo que acababa de exprimir y se sentó frente a su hijo, con Draco a su lado.
— ¿Estás bien? ¿Va todo bien? —le preguntó un poco ansioso.
— Anoche, en la fiesta, le pedí a Victoire que se casara conmigo.
Observó las caras de sus padres adoptivos. Las cejas de Draco se habían arqueado levemente, Harry parpadeaba como si su cerebro se estuviera reseteando.
— ¿Y esta mañana seguías queriendo casarte con ella? —preguntó por fin Draco.
— He sabido toda mi vida que me casaría con Vic, tío Draco.
— En ese caso —Su tío se levantó para ir a su encuentro y tirar de él a un abrazo— ¡felicidades Edward!
Ted se relajó entre los conocidos brazos y miró a su padre Harry por encima del hombro de Draco. Seguía parpadeando, con una divertida cara de perplejidad.
— ¿Papá?
Harry se puso de pie también y abrió los brazos. Se refugió en ellos como miles de veces en su vida, si había un lugar de confort para Ted eran los brazos de su padre, incluso estando ya cerca de cumplir los treinta.
— Imagino que te dijo que sí. Victoire también ha sabido siempre que se casaría contigo.
— Sí —respondió Ted, liberándose por fin del abrazo con una gran sonrisa y los ojos un poco aguados—. Ella se lo dirá a sus padres esta tarde.
Volvió a ser abrazado, esta vez por los dos hombres, los tres en un apretado nudo que no quería deshacer.
==o0o==
Draco entró en el dormitorio de Ted con una caja entre las manos. La dejó sobre la cama y dejó vagar la mirada por la conocida habitación. Aunque hacía un par de años que su hijo no vivía con ellos, la habitación seguía conservando el encanto abigarrado del niño y adolescente aficionado a los colores brillantes. Y sobre la cama seguía el viejo peluche que le había visto abrazar miles de veces para dormir, igual que sobre la mesilla seguía habiendo una foto de Remus y Tonks y una de Andrómeda.
— ¿Tío? —saludó Ted al entrar y encontrarlo allí parado sobre la descolorida alfombra.
— Te he traído una cosa, si tienes un momento.
Ted miró su reloj de pulsera, el regalo de Harry y Draco por sus diecisiete, siguiendo la tradición Weasley, y Draco aprovechó ese gesto para detenerse a contemplarlo. En sus días felices, como era ese, la metamorfomagia se relajaba y salían a flote sus rasgos reales, los que recordaban a los recién casados de la foto, salvo el pelo turquesa que había sido su insignia los últimos años.
— Aún me quedan un par de horas. ¿Qué es? —preguntó, presa de su curiosidad natural, mientras abría la tapa de la caja.
— Es algo que fue de mi madre y antes de eso de mi abuela, tu bisabuela.
El joven dejó la tapa de la sencilla caja sobre la cama y sacó con cuidado la lujosa prenda, extendiéndola sobre la colcha.
— Es su vestido de boda —le explicó, con voz que delataba emoción, acariciando la tela con la punta de los dedos—. Mi abuela lo heredó de su madre y debería haberlo pasado a la hija mayor, pero por suerte Bellatrix odiaba este color. Andrómeda no pudo usarlo, como sabes, así que acabó en manos de mi madre. Ella adoraba esta prenda, me la enseñó muchas veces. Es una de las pocas cosas que pude recuperar de la casa. Y es para ti.
— ¿Para mí? —cuestionó Ted, impactado.
— Para tu boda.
— Tío Draco, yo...
Draco cortó la protesta moviendo la cabeza negativamente y mirándolo con intensidad.
— Habría sido tuyo sin la estupidez purista de los Black. Creo que la tía habría hecho lo mismo que estoy haciendo yo ahora mismo. Y que estarás increíble con él, Edward. Es tuyo.
— ¿Pero y si lo estropeo? Ya sabes lo torpe que soy.
— Los vestidos están para usarlos. Me encantaría que lo uses en tu boda, de verdad.
Ted miró fijamente a su padre adoptivo, tanto rato que Draco empezó a preocuparse por si había dicho algo que no debía.
— Póntelo —le exigió por fin al cabo de un largo minuto.
— ¿Disculpa?
— Póntelo. —Ted levantó el vestido con cuidado de la cama y se lo puso delante— Sé que no lo vas a llevar en público, pero tío, tienes cara de haber deseado muchas veces saber cómo sería ponértelo. Además, eso te hará sentirte más cerca de tu madre, como a mi cuando uso las cosas de la mía.
Sorprendido, Draco estiró los brazos para tomar la prenda. Había hablado mucho con Harry en sus principios como pareja acerca de todo lo que habia reprimido su padre cuando era niño, con el tiempo también con sus amigos, pero nunca con Ted. Había jugado mucho a disfrazarse y a maquillarse, eso sí, y animado a su hijo, sea cual fuera su género en ese momento, a ser libre en ese sentido en su adolescencia y juventud.
— Tío Draco... papá —se acercó Edward más a él y le puso la mano en el hombro, el mismo gesto que usaba con él desde que había crecido— te conozco. Yo llevaré ese vestido para ti en mi boda, pero es tuyo, y te mereces usarlo tú. Y guardarlo para el día que mis hijes lo usen.
— Estoy de acuerdo —se escuchó la voz de Harry desde la puerta.
Ambos se giraron a mirarlo y se encontraron a un Harry emocionado, con los ojos un poco húmedos.
— Draco se me ha adelantado —prosiguió, dando un par de pasos hacia ellos— yo también tengo algo para darte.
Le tendió una cajita, que Ted abrió con ojos temblorosos.
— Tus padres no tuvieron anillos de boda, y los de los míos... —levantó la mano para mostrar la alianza de boda que llevaban en el anular desde hacía años— pero Andrómeda me dio para ti su anillo de pedida. Lo dejó junto a esto —le tendió una carta.
Edward cogió la carta y se dejó caer sobre la cama mientras sus padres le daban intimidad, saliendo despacio de la habitación, cogidos de la mano.
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Primavera 2035
Harry abrió los ojos y su primer pensamiento fue: hoy vuelvo a casarme. Se giró en la cama, buscando a Draco para compartir ese pensamiento con él, pero se encontró con vacío y sábanas frías.
Se levantó, estirando la espalda, y cogió la bata al vuelo para ir en busca de Draco. Sus pasos se dirigieron directamente a la cocina, pensando que estaría preparando el desayuno, pero la encontró vacía. Con el ceño fruncido, se paró un momento a pensar antes de dirigir sus pasos al cuarto de invitados, con un pálpito.
Apoyado en el marco de la puerta, observó al hombre de su vida. Draco estaba delante del espejo de cuerpo entero que había en la puerta del armario que usaban para guardar la ropa de invierno. Estaba concentrado, analizándose con una arruga entre las cejas, girando el cuerpo en distintas direcciones, haciendo que los bordados en plata del vestido de su madre brillaran con la luz que entraba por la ventana.
— Sigue quedándote igual de bien que cuando te lo probaste hace dos días, cariño —le dijo por fin, entrando a la habitación.
— Lo sé.
— ¿Pero?
— No hay pero. Necesitaba verme otra vez. Estaba pensando en cuanto ha cambiado la vida desde que se cosió este vestido para mi tatarabuela. Se espantarían tanto mis antepasadas por el uso que le he dado...
Su marido se acercó aún más, hasta abrazarle con cuidado por la cintura y apoyar la barbilla en su hombro para mirar su mutuo reflejo.
— Has hecho de esta prenda una prueba de amor, Draco. Amor a tu madre y amor a Ted. Y hoy, amor a ti mismo y al niño y adolescente que fuiste.
Vio a Draco sonreír con suavidad y poner las manos sobre las que él había posado sobre su cintura, piel morena contra piel pálida.
— Veinticinco años, Harry. Gracias.
— Gracias a ti, por pasarlos conmigo.
Y Draco se giró lo suficiente para que pudiera apreciar de cerca sus pómulos cubiertos de purpurina justo antes de besarle y hacer que su corazón latiera atropellado como la primera vez en su cocina.
