Cosmos congelado 3.

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Aún la oscuridad cubre la aldea cuando Elsa y Degel finalmente regresan a una fogata apagada. Los dos caminan tranquilamente, sus cuerpos de forma inconsciente muy cerca uno del otro; se encuentran tan perdidos en su conversación que no se percatan de esa inusual cercanía, y mientras, emocionados, planean el viaje al castillo de Arendelle y los lugares que los caballeros tendrían que visitar para seguir con su investigación, cuando súbitamente, de una de las carpas más cercanas a ellos, se abre una entrada y surge una silueta alta, iluminada a la luz de la luna, la cual se acerca, tambaleante, a los dos jóvenes, mientras su garganta emite sonidos guturales. El caballero de inmediato se coloca frente a la albina, listo para protegerla, pero Elsa, abriendo los ojos enormes de la sorpresa, reconoce al hombre… y su estado.

"¿Kardia? ¿Por que estas…?"

Pero no puede terminar la frase, cuando su mirada recorre el cuerpo del hombre hasta darse cuenta que este carece por completo de ropa, su esbelto pero muy bien formado cuerpo dibujado con la luz plateada de la luna, y la ex reina se encuentra que no puede retirar los ojos de él, especialmente de un órgano que ella jamás en su vida había visto… ubicado en la entrepierna del hombre y que, evidentemente, se encuentra más que despierto y listo para la acción.

Inconscientemente, la albina voltea a ver el cuerpo del peliverde, de pronto imaginándose si el hombre frente a ella tendría la misma fisionomía que su compañero. La imagen conjurada es lo que la saca de su estupor y la joven por fin logra cerrar los ojos, dando media vuelta para evitar que su mirada se perdiera de nuevo en la vista de algo muy probablemente prohibido.

"¡Demonios Kardia!" Degel reacciona lo más rápido posible, se quita la camisola y cubre a su amigo lo mejor que puede, pero al contacto con la piel retira sus manos de inmediato. "¡Por Atena! ¡Estas ardiendo en fiebre! ¿Por que no me dijiste antes?"

"¡Ah! ¡Degel, sí eres tú!"

"¡Dioses, y estás ebrio!" Degel se cubre la nariz al notar la pestilencia. "¿Que rayos hiciste ahora?"

"Por Atena llevo mucho rato buscándote…" trata de responder el aludido, "pero no te encontraba y… una amable señorita vio que… me sentía muy mal y… se ofreció a ayudarme…"

"Me imagino." Degel gruñe, al ver la sombra de una mujer dirigiéndose a ellos y notar que se estaba cubriendo con una manta… y por discretos atisbos a través de la tela se da cuenta que ella tampoco tiene ropa. No fue muy difícil para el hombre llegar a la conclusión de la historia.

"Degel me… me siento mal…"

No bien terminó de hablar, el peliazul vació todo el contenido de su estómago en las botas de su compañero, quien cierra los ojos para contener la ira… y no terminar arrojando a dicho compañero por los aires.

"No se que le paso…" la mujer finalmente los alcanzó, cubriendo el cuerpo de Kardia con una segunda manta… y haciendo malabares con la suya para no descubrir su propio cuerpo. "Estábamos muy bien, pensé que su fiebre era por… bueno…"

Degel gruñe de nuevo. "Si, está bien. No quiero detalles. Solo llévame a un lugar donde pueda tratarlo, si no hago algo pronto puede morir en el estado en que se encuentra."

"Claro, en-en la tienda lo puedes atender sin n-ningún problema."

El hombre guía a su amigo de regreso al lugar, olvidándose por completo de la rubia que hasta hace unos momentos lo había estado acompañando. Elsa se había aventurado a voltear a ver la escena cuando escuchó la voz de la mujer, no muy segura de si debería acercarse, pero cuando los dos hombres desaparecen detrás de la puerta, finalmente se atreve a hablar con la joven que los había ayudado.

"Honeymaren…"

La chica seguía viendo hacia la tienda, cubriéndose el cuerpo con la manta, evidentemente tan preocupada que no escuchó su nombre.

"¿Honeymaren?" Elsa repite la pregunta. "¿Te… te encuentras bien?"

"¡Oh! ¡Elsa!" La morena finalmente reacciona, tratando de sonreír a su amiga. "Si… no te preocupes por mí. Es solo que él… ¿crees que vaya a estar bien?"

La albina finalmente se acerca a la chica, tomándola de los hombros.

"¿Estas bien? ¿Que fue lo que pasó? ¿Por que estaba Kardia en tu tienda?"

La sonrisa de Honeymaren es brillante y traviesa.

"¿Acaso no es obvio? ¡Fue amor a primera vista!" al decir esto se abraza a si misma y gira sobre su eje, haciendo que la rubia la suelte. Elsa no lo podía creer.

"Entonces… ¿entonces él y… tú…?" En el último giro Honeymaren abre su manta y rodea con ella a la albina.

"¡Claro que sí! Igual que tú y su amigo, ¿no es así? ¿No estaban haciéndolo en el bosque?"

"¡Obvio que no! ¡¿Como me crees capaz?!" Elsa se sonroja intensamente ante la sugerencia.

"¡Oh vamos! ¡No me puedes negar que son maravillosos!" La chica pareciera estar más allá del bien y del mal, pues no parece escuchar razones.

"No te podría decir que estoy de acuerdo…"

La morena ríe a carcajadas y vuelve a girar sobre sí misma, ocasionando que el vuelo de la manta se eleve un poco, sólo para volver a aprisionar a la albina dentro de la manta. "¡No esperes más, Elsa! ¡Fue maravilloso hacerlo con él! El hombre es… es… y tiene unas manos tan tibias… y…"

Elsa le tapa la boca a su amiga, quien continúa riéndose.

"Te creo, no es necesario que me cuentes los detalles." A pesar de la situación, la Reina de las Nieves sonríe, feliz por su amiga. "Pero te vas a congelar aquí afuera. Necesitas entrar en calor."

"Bueno… dudo mucho que pueda regresar a mi tienda… no sólo están dándole tratamiento a Kardia, sino que la mirada de su amigo me da escalofríos… él es muy raro, ¿no crees?"

Elsa sonríe suavemente, deseando corregir los pensamientos erróneos de la morena, pero, siempre prudente, decide guardárselos para sí misma. Ya sólo el tiempo dirá si está equivocada.

"Bueno, si no tienes un lugar en donde dormir, sabes que siempre eres bienvenida en mi tienda, pero por favor ya suéltame, es extremadamente incómodo abrazarte en este estado."

La chica ríe, plantando un sonoro beso en las pálidas mejillas de la ex-reina.

"¡Como siempre, eres mi salvación! ¡Te amo!"

Aún presa del júbilo, y del alcohol, vuelve a estrujar a la albina, quien hace eco de su risa, y logra finalmente soltarse del abrazo, para guiar a su amiga en el camino, la cual se encuentra evidentemente en un estado poco adecuado. De pronto la joven Northuldra voltea la vista de nuevo hacia su carpa.

"¿Crees que Kardia vaya a ponerse mejor? Me siento culpable… todo iba muy bien, estábamos por llegar a tercera base cuando… cuando escuchamos ruidos afuera y el se levantó rápido, casi cayéndose y yo… me espanté mucho… y pensé… ¡oh, Elsa! ¿Crees que yo le haya hecho algo? ¿Quizá en otras tierras es demasiado esfuerzo y yo… yo lo haya llevado hasta su límite?"

La albina abraza a la joven, tratando de reconfortarla.

"Estoy segura que su condición no tiene nada que ver contigo. Pero si te hace sentir mejor, tan pronto te instales en mi tienda iré a ver como está recuperándose. ¿Eso te gustaría?"

Unos relucientes ojos castaños la miran con adoración.

"¿Alguna vez te había dicho que eres la mejor?"

Elsa sonríe, mientras vuelve a guiar los pasos de la ebria joven.

"Un par de veces. Aunque creo que exageras un poco, pero te lo agradezco."

Después de unos pasos más, Honeymaren vuelve a detenerse, con su insistente mirada afligida dirigida a los ojos azules.

"Pero si yo me quedo a dormir en tu tienda, ¿tú donde dormirás?"

"No te preocupes por mí, creo que después de lo que vi hoy, no dormiré en días. De todas formas, el amanecer esta cerca y creo que vi pasar a Yelana…"

La joven se sobresalta al escuchar el nombre de la anciana.

"¿Yelana?! ¡¿Donde?! ¡No dejes que me vea así!"

Elsa ríe quedamente, divertida por el brinco de terror de su ebria amiga.

"¿Como crees que lo permitiré? No te preocupes que yo me encargo, la distraeré haciendo el desayuno con ella. Tu ve a mi tienda y escóndete."

Honeymaren la abraza fuertemente, para luego salir corriendo en la dirección indicada.

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Apenas empezaba a amanecer cuando Elsa finalmente se decide a entrar en la pequeña tienda, encontrando el lugar completamente cambiado: había escarcha y algunas estalactitas recorriendo las paredes de piel de reno, con una gruesa capa de nieve pintando todo el piso de blanco y también sobre la pequeña mesa del lugar, además de sentirse la temperatura ambiente muy por debajo del punto de congelación del agua… su cuerpo se estremece ante la sensación de déjâ vu que le deja tal visión, hasta que sus ojos se topan con el Santo Dorado de Acuario, sentado en un pequeño sofá afelpado, muy pegado a la cama donde se encuentra el Santo Dorado de Escorpión, este último durmiendo profundamente, con su cuerpo semidesnudo, apenas cubierto por una frazada en la pelvis, exhalando humo caliente. Elsa se sonroja al recordar imágenes previas, y de inmediato fija sus ojos en los del peliverde, quien, como siempre, la mira silenciosamente con inusitada intensidad. La Reina de las Nieves trata de sentarse en el piso frente a él, en la esquina contraria de la cama, buscando la posición más cómoda que pueda tener pero que le permita ver los ojos color esmeralda del hombre. Degel se encontraba cruzado de piernas, un libro entre sus manos, y una mirada seria en su semblante, pero al momento en que ella se inclina en dirección al piso, él se levanta apresurado, como si apenas se diera cuenta de la acción que ella quería realizar, para galantemente cederle el lugar. Elsa levanta una mano para evitárselo.

"Por favor no es necesario."

"¿Cómo crees que voy a permitir esa falta de atención de mi parte? Insisto. Soy un caballero, y jamás me perdonaría tal descortesía. Menos hacia ti." A pesar de las protestas de la joven, Degel se levanta y la toma de la mano, guiándola para que ambos pasen de lado, tratando de cambiar de lugar, pero descubren que moverse en tan pequeño espacio es más que difícil: ambos pasan pegados uno del otro, lo que provoca que el hombre perciba intensamente el olor a jazmín y rosas de los cabellos de la ex reina, lo que lo hace titubear, mientras las pálidas mejillas de la albina rozan el pecho de Degel, permitiéndole percibir el aroma de la piel del caballero. A corteza de árbol… a lago congelado… Elsa se sonroja y del estupor casi cae de espaldas cuando sus pies tropiezan con el silloncito. Para su suerte, Degel aún tenía su mano atrapada, así que la jala hacia su cuerpo y con la otra mano la toma de la cintura, estabilizándola mejor. Elsa voltea hacia arriba para verlo, sus cuerpos tocándose y sus rostros muy cerca uno del otro, y nota, con cierto placer, que las mejillas de él también están encendidas.

"Estabas… umh… fue una reacción sin pensar… no quería que cayeras…"

"Está bien… Gracias…" apenas logra susurrar la joven. Él solo asiente, deja ir su cintura y la sujeta con la otra mano hasta que ella se siente en el pequeño mueble; acto seguido él toma su lugar en el suelo frente a ella, de piernas cruzadas y con el libro de nuevo en sus manos. Antes de que se instale el silencio incómodo, la albina se decide a cumplir lo prometido.

"Cómo sigue Kardia?"

Degel suspira, claramente agotado. "Mejor. Logré bajar su temperatura por esta vez, pero siempre es más difícil que solo eso, generalmente me toma más de un intento en controlarlo, y, por lo que parece, está subiendo de nuevo. De ahí el ambiente congelado, me ayuda a enfriarlo más rápido."

Elsa sonríe levemente al pasear de nuevo la mirada sobre el lugar lleno de escarcha y nieve.

"Me recuerda a mi cuarto cuando era una niña…"

Degel levanta la ceja, sorprendido.

"¿De niña? ¿Significa que naciste con tus poderes?"

La albina baja la cabeza, entristecida. "Sí, pero es una larga historia y… no es algo que quiera recordar ahora."

"Entiendo…"

Tratando de aligerar el ambiente, Elsa sonríe señalando el libro que el caballero tiene en las manos.

"Conozco a ese autor danés. A mi papá le gustaba mucho leerlo."

Degel le devuelve la sonrisa, levantando el libro para verlo mejor. "¿Te refieres a Hans Christian Andersen? Te diré que los cuentos no son lo mío, pero en sus historias siempre hay una oscuridad… que me llama mucho la atención. No puedo dejar de leerlo."

"Me pasa lo mismo. Significa que tendré que compartirte mi colección privada, estoy segura que te encantará. Aunque todavía no se cómo entretener a Kardia. En el castillo no hacemos muchas fiestas."

Aunque la rubia le sonríe, Degel suspira, sintiendo el peso de la responsabilidad cayendo sobre él, a pesar de que la intención del comentario era evidentemente lo contrario.

"Elsa… yo… Debes disculpar a mi amigo. No sabe medir las consecuencias de sus actos. Pero te aseguro que, a pesar de todo, tiene un buen corazón. No deberás preocuparte por tu amiga."

"¿Te refieres a Honeymaren?" La joven encoge los hombros, una leve sonrisa dibujando su rostro. "No me preocupa del todo. Es una chica madura y fuerte. Quizá mucho más fuerte que yo. Ella estará bien."

Por un momento se quedan en silencio, la mirada del Santo de Acuario fija en ella, lo que la incomoda de cierta forma, (aunque no de una desagradable) y sin poder evitarlo, los ojos de Elsa voltean de nuevo a ver al hombre inconsciente.

"No quisiera sonar entrometida, pero… ¿que fue lo que le pasó?"

Degel, con esfuerzo, retira sus ojos de la bella figura frente a él y voltea a ver a su amigo, su mirada se vuelve apesadumbrada.

"El corazón de Kardia tiene una… condición especial. Después de esfuerzos intensos comienza a elevar su temperatura, pudiendo llegar al grado de provocarle la muerte si no lo detengo a tiempo."

"¡Dios mío! ¿Y no hay algo que se pueda hacer por el?"

"Sí, para eso estoy yo. Debido a que no es solo fiebre, sino relacionado con su cosmos, solo yo puedo enfriarlo hasta estabilizarlo. Solo mi cosmos es lo suficientemente frío para su condición."

"Entonces debería retirarse de ser un caballero, ¿o no?"

Degel sonríe con tristeza. "Desde que tenía 6 años de edad, él sabía que moriría muy pronto, pero no le importó. Y cuando cumplió 10, tomó la vida con ambas manos, aceptó se le practicara sobre su enfermo corazón una técnica que le salvó la vida, pero que le dejó con esta condicionante; después de eso, decidió dar todo de sí por Atena. Su determinación convenció al patriarca de que debía vivir a toda costa, y por esa razón, en cuanto yo obtuve el conocimiento del hielo, me encomendó su vida, como mi misión principal. Es por eso que el patriarca, desde que éramos adolescentes, me ha mantenido cercano a él. Han sido muy pocas las misiones que hagamos separados, y cada vez que regreso de alguna, siempre lo tengo impaciente esperando a que baje su fiebre. Yo siempre debo estar cerca de él, principalmente cuando las batallas se aproximan."

"¡Pero eso es muy cruel!" Elsa protesta fervientemente. "¡Sólo eras un niño! ¿Por qué responsabilizarte de la vida de alguien más?"

El semblante de él sigue serio. "Somos Caballeros de Atena, Elsa, nuestra vida está dedicada a ella desde edades tan tempranas, nuestro adiestramiento lo requiere."

"Aún así pienso que es mucha crueldad. Desde que nací tengo los poderes de hielo, y a pesar de ser la heredera al trono, mi padre jamás puso responsabilidades sobre mis hombros a tan temprana edad, sino hasta que casi fuera una adulta."

"¿Y qué tan bien le resultó eso?"

Elsa titubea, discretamente ofendida, pero carece de argumentos para negarlo, principalmente después de lo acontecido años atrás. Así que decide regresar al hilo previo de la conversación. No quiere entrar en ese tipo de controversias.

"¿Por eso son amigos Kardia y tú? ¿Porque le has salvado la vida varias veces?"

El hombre sonríe por un momento, esta vez con suavidad, mientras se topa de nuevo con la mirada azul de la belleza frente a él, para después regresar la vista hacia su amigo perdido en el mundo de los sueños.

"Ha sido mutuo, ¿sabes? Yo lo he salvado, sí, pero él también me ha salvado a mí incontables ocasiones." Levanta la vista para encontrar los azules ojos de la albina, sus ojos verdes brillando con intensidad. "Soy un mago de la nieve y el hielo, un elemento tan poderoso como aterrador, me imagino ya te habrás dado cuenta." Elsa baja la cabeza, apenada al recordar eventos vergonzosos durante su coronación. "Pero él es mucho mejor en el combate cuerpo a cuerpo. Es más valiente y arrojado que yo. Y gracias a eso le debo más la vida a él que él a mi."

"Supongo que es como Anna." Elsa sonríe tiernamente, recordando a su hermana pequeña. "Puede que yo sea la de los poderes. Pero ella tiene más valor, todo el valor de las dos. Y me ha salvado más veces de las que yo a ella. Es cálida, dulce, mi mejor amiga, y también se toma la vida con mucha intensidad, como si se le fuera a acabar."

La ex reina voltea y le dirige su bella sonrisa a aquel hombre cuyas palabras le hicieron pensar que se encontraba frente a un espíritu afín, que sabía lo que era sufrir.

"Supongo que, para un corazón frío como el nuestro, siempre debes tener a alguien cálido a tu lado, ¿no es así?"

Degel suelta una carcajada ante las palabras de la mujer.

"Dudo mucho que tengas un corazón frío, mi adorada Elsa. Pero supongo te pasa lo mismo que a mí." Degel cambia de posición para estar de rodillas frente a la albina y acercar su cara a la de ella, para después tomarle una mano y aprisionar sus dedos con los fríos de él, mientras sus ojos verdes, intensos, atrapan la mirada azul de ella.

"Todos me acusan de ser un hombre frío, pero te aseguro, su Majestad, que mi corazón arde con el rojo vivo de la pasión." Al decir esto, el hombre se acerca la mano aprisionada de ella y le da un beso suave en los nudillos.

Elsa se sonroja intensamente ante esto, y se levanta lo más rápido que puede, trastabillando mientras pasa a un lado de él, para salir huyendo del lugar con lo que queda de su dignidad.

"Creo… creo que alguien me está hablando. Iré por el desayuno de los dos. No-no te muevas de ahí, yo… no tardo…"

Y con eso salió corriendo, dejando al hombre en silencio. Después de un largo rato, regresa con dos platos de sopa caliente en las manos, sólo para encontrar al peliverde en la misma posición en que lo encontró la primera vez que entró, salvo que en esta ocasión el libro se encuentra abierto pero entre varias hojas, la página evidentemente perdida, y Degel con la cabeza recargada en la piel que la hacía de pared, mientras sus ojos verdes se encuentran cerrados, su gesto no ya de tristeza o preocupación, ni siquiera de la intensidad que la inquieta. Su rostro pareciera estar lleno de paz, y Elsa desea que el agotamiento le regale un descanso sin sueños. El hombre finalmente ha sido vencido por el largo viaje, el combate, la noche en vela y finalmente el despliegue de poder que había requerido para congelar el interior de la carpa y enfriar el corazón de su compañero. Elsa siente ternura ante tal visión y por un momento deja los platos en la pequeña mesita, toma la manta que estaba a los pies del hombre y la extiende envolviendo los anchos hombros, para después salir de la carpa lo más en silencio posible.

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A/N: ¡Aaaayyy Kardia! ¡Ese hombre va a matar a Degel de un coraje… y a mí de la risa! Jajajaja. Dégel es mi favorito de todos los caballeros, ¡pero los encantos de Kardia son irresistibles! ¿Quién está de acuerdo conmigo?

Espero que les esté gustando esta historia.

¡Ah! Antes de que se me olvide, Frozen y Saint Seiya no me pertenecen, hago esto sólo por amor al arte.