Cosmos Congelado
Capítulo 11
Sudor Frío
-¡Kai! ¿Dónde estás, Kai?
El hombre sale de una de las veinte puertas del pasillo, observándose agitado, siendo más que evidente que ha recorrido una buena distancia a toda velocidad por atender a su señora.
- Estoy aquí, su Majestad, a su disposición.
Anna le sonríe al verlo, aunque de inmediato retoma su gesto serio.
- Por favor reúne al Consejo y dile a Matías que lo necesito a él presente, junto con los comandantes de todos los batallones de Arendelle, incluyendo la escuadra montada, y si quieres, hasta la marina arendelliana. Los quiero a todos reunidos en la sala del trono. Tenemos decisiones urgentes que tomar.
Kai se inclina ante ella, presto para obedecer, aunque al enderezarse titubea.
-Su Majestad, ¿a qué hora los quiere reunidos?
-En este momento, por supuesto.
Kai tartamudea un poco.
-¿En… en este momento? Su Majestad...
-¡Ningún pero, Kai! Necesitamos organizar los planes para ayudar a mi pueblo: hay que reparar los muros, atender heridos y recuperar las casas dañadas, además de evaluar los daños en los cultivos. ¡Necesito a los hombres más leales al reino para ponerlos al servicio del pueblo!
-Pero… pero su Majestad, para eso necesitamos más bien a los ministros, ¿cuál es el motivo de que los generales nos acompañen en esta reunión?
Anna se detiene para ver a su hombre de más confianza a los ojos.
-Porque el ejército arendelliano va a ayudar con esa labor, Kai.
El hombre duda por un momento.
-No creo que al general Matías le agrade la idea. Ya sabe lo que él piensa: el soldado debe en todo momento entrenar, "si no está entrenando, no está haciendo su labor."
Pero la joven y altiva mujer sólo le sonríe traviesamente.
-Lo sé, por eso los necesito en la reunión del Consejo. Y también al resto de los generales. Quiero escuchar su opinión al respecto.
Kai se inclina en señal de obediencia, pero de pronto, vuelve a titubear.
-Umh… su Majestad… no creo que realmente sea necesario hablar con ellos de eso. El general Leif, en cuanto regresó del campo de batalla, dispersó a su tropa para ayudar con las reparaciones de los muros de la torre. El general Harald, que regresó con usted, está atendiendo a los heridos, y el general Stigr… bueno él… se reportó que los hombres que llaman "espectros" atacaron las aldeas más alejadas de Arendelle, destruyendo sus casas y… el general Stigr estaba con su familia, en su casa de campo, y fue herido durante su intento por defenderlos.
Anna siente cómo la furia, sumada a una gran tristeza y preocupación, bajan por su espalda como agua helada.
-Entonces… entonces sí hubo heridos más allá de los muros…
Kai asiente.
-Sí, su Majestad, la guardia arendelliana continúa evaluando los estragos que no presenciamos aquí, continúa trayendo heridos de las aldeas más alejadas. Las que se encuentran más hacia el sur.
Anna suspira, apesadumbrada.
-¿Han encontrado muertos?
Kai baja la cabeza.
-No en Arendelle, su Majestad. Pero sí en algunas de las aldeas atacadas. En su mayoría granjeros que, al igual que el general Stigr, querían defender su hogar.
Anna baja la cabeza en señal de respeto, justo como Kai.
-Con más razón es importante reunirlos, Kai, de inmediato.
-Su Majestad…
La joven reina gruñe de frustración y de pesar, aunque en lo profundo se siente orgullosa por el actuar compasivo de sus generales.
-Entiendo que protestes, Kai. Y aunque me alegra y reconforta que ellos mismos hayan acudido sin necesidad de una orden, el ministro Magne me ha informado que sus apoyos son dispersos y sin organización, ese es el motivo por los que los quiero reunidos.
Su consejero más leal sonríe cansadamente y se inclina en obediencia.
-Como usted ordene, su Majestad. Se lo haré saber tan pronto estén todos reunidos.
La joven le regresa la sonrisa cansada, aún así llena de agradecimiento.
-Eso me agradaría, Kai.
Una vez que el hombre se retira, Anna suspira, sintiendo todo el peso del mundo sobre sus hombros, pero sacude la cabeza y se anima a sí misma a continuar su camino. No tiene tiempo para sentirse mal. Arendelle necesita a su reina.
El castillo que alguna vez fue tranquilo, se encuentra lleno de actividad e histeria, mientras Anna reinicia su caminata a toda la velocidad que le dan sus cortas piernas, entre pasillo y pasillo, coordinando la reparación de la torre, asegurándose que sea adecuada la atención de los heridos víctimas del derrumbe (algunos de ellos se encuentran de gravedad, pero afortunadamente nadie ha muerto), dando órdenes a diestra y siniestra para ocupar a todo mundo, para asegurarse de que todos se encuentren ayudando, y con eso, disminuir la ansiedad y las preguntas de la causa del ataque. Ni siquiera ella lo sabe bien.
Pero sabe quién sí sabe.
Determinada a encontrar respuestas, Anna se dirige a la alcoba de su hermana, cuando es alcanzada por un alto caballero rubio.
-Su Majestad, perdone la intromisión, pero, ¿me permitiría ayudar al personal de alguna manera?
Anna apenas puede reprimir que el disgusto se refleje en su rostro cuando se topa con Sísifo.
-Creo que sus compañeros y usted ya han hecho mucho, señor Caballero. Preferiría que ahora nos permitieran hacer el resto a nosotros. - Sabe que no es justo para él, pues fueron Degel y Kardia los verdaderos causantes de tanto atropello, pero no puede reprimirse. Alguien tiene que pagar por su indignación.
El tono cortante es esperable después de todo lo que ha ocurrido, pero aún así, el rubio caballero se exaspera. ¿No puede entender esta reina que sus Santos de Atena hicieron todo lo posible por protegerlos?
-Mis más sinceras disculpas por los problemas causados por mis compañeros, Su Majestad, pero si me permitiera solicitar…
Anna se voltea súbitamente, más furiosa que lo que jamás se había sentido antes, incluso preocupada de llegar a perder la compostura.
-¿Acaso quiere abusar más de nuestra hospitalidad? ¡¿No fue suficiente con los problemas que tuvimos que pasar mis soldados y yo por ese maldito muro de hielo?! - El santo dorado apenas alcanza a frenar, evitando colisionar con la alterada reina. - Iba a rescatar a mi hermana, ¡tenía un ejército listo para eso! ¡y me impidieron el paso! Y ahora, por culpa de ustedes, Elsa está herida. ¿Cómo puede pedir que acepte eso, que perdone eso? ¡¿Cómo se atreven a pedir más de mí?! – Anna respira profundo ante el exabrupto, notando que los sirvientes que pasan a su lado dan varios pasos atrás, evidentemente asustados ante tan inusual acción. Anna les sonríe forzadamente mientras firma un documento que le trae uno de sus pajes.
Sísifo definitivamente no esperaba esos reclamos. Es la primera vez que alguien se encuentra tan enojado por ser protegido. Aún así, trata de ser diplomático.
-Entiendo su frustración, su Majestad, y le aseguro que, tan pronto mis compañeros tengan algo de fuerzas para viajar, nos retiraremos para evitar que sufran más peligro. Tampoco debe preocuparse por su hermana, estará segura y bien protegida en el Santuario de Atenas.
Ante la noticia, Anna le lanza al hombre su mirada más amenazadora.
-Ni siquiera se atreva a sugerir que se llevará a mi hermana. ¡Esta es su tierra, y yo soy su única familia, no permitiré que la aleje de nosotros!
Bueno, esa reacción sí que la esperaba.
-Entiendo eso, pero el ejército de Hades tiene sus ojos puestos en ella, llevarla al Santuario, donde se encuentran Atena y todos los caballeros dorados, es la única manera en que podremos protegerla de forma eficaz. De otra manera ya ha visto el resultado, llegará un momento en que nosotros tres no seremos suficientes.
Pero la joven planta un pie, determinada a no ceder. No en esto.
-Ella es mi hermana, caballero, lo único que tengo en esta vida, y además, la misión de ella es cuidar estas tierras, por lo que de parte de ella tampoco existe la posibilidad de que se ausente. Sea como sea, jamás permitiré que salga de aquí, no hay nadie mejor que nosotros para protegerla.
Sísifo tampoco se mueve ni un centímetro.
-Si la aleja de nosotros, las consecuencias serán peores, no hay ejército que la pueda proteger de Hades mejor que el nuestro. Debe entender que estará más segura si está a nuestro lado.
Anna resopla y da la vuelta para seguir caminando, minimizando la aseveración del hombre de cabellos dorados, mientras aprovecha la distracción que un paje le proporciona, al tener que escoger entre dos tipos de sábanas que donarán a los hospitales habilitados para atender a los heridos. Sísifo, después de respirar profundamente, se obliga a sí mismo a seguirla, mientras la reina continúa dando órdenes y al mismo tiempo discutiendo con el caballero, algo que no deja de impresionar al santo de Atena. Había oído de la habilidad de las mujeres de hacer varias cosas a la vez, pero nunca lo había visto en acción.
-¡He dicho que no pueden alejar a mi hermana de mí! ¡Eso jamás lo permitiré! Ella siempre estará más segura a mi lado que en cualquier otro lugar.
-Reina Anna, aunque me alegra ver el gran cariño que le tiene a su hermana, y la confianza que se tiene a sí misma, debe entender que está hablando de poderes que van mucho más allá de su imaginación. Estamos peleando contra dioses que tienen conformado un ejército muy poderoso.
-De acuerdo con Degel, mi hermana también es una diosa.
-Que carece de un ejército entrenado. No hay manera de que ella sola gane, ni siquiera que pueda protegerse a sí misma, mucho menos sus pequeñas tierras.
Una peligrosa vena amenaza por reventarse en la sien de la reina, mientras siente su cara encendiéndose de ira.
-Se ve que usted confía demasiado en sus habilidades, mi señor. Pero no debería verme así. Yo también confío en mis propias capacidades. Verá, a pesar de no tener poderes, ya he sido capaz de salvarla dos veces.
El joven caballero busca la manera de ser conciliador, haciendo todo su esfuerzo en no perder la paciencia.
-Y la admiro por eso. Pero la supervivencia de su hermana aparentemente es un punto clave para la supervivencia del mundo entero. No puedo dejarlo en manos de una jovencita inocente y sin poder como usted. – Tan pronto las palabras dejan su boca, Sísifo se da cuenta del tremendo error que acaba de cometer.
Y en efecto, al escucharlo, Anna se detiene de nuevo bruscamente, sus ojos encendidos de furia al fijarlos en el rostro de la mano derecha del Patriarca.
-¡¿Cómo se atreve, señor?! ¡Si no se retracta ahora mismo, les pediré entonces, a usted y a sus compañeros, que de inmediato abandonen mi castillo y a Arendelle, para no regresar jamás! Elsa está bajo mi cuidado, ¡no permitiré que la separen de mi lado, y mucho menos que le hagan más daño!
Pero, a pesar de saber que ha cometido un error, Sísifo no se amedrenta, afrontando las consecuencias, pero siguiendo con el hilo de ese pensamiento. Después de todo, la seguridad del mundo parece estar en las manos de la hermosa albina.
-Su Majestad, con todo el respeto que se merece, la reina Elsa es un elemento clave en esta Guerra Santa, por lo que, el que se vaya con nosotros, o que se quede en su tierra, es decisión que sólo está entre dioses y guerreros sagrados. Los reyes comunes no pueden interferir en los designios divinos.
Si es posible, la cara de la joven se enciende aún más de ira, y la chica abre la boca para protestar con más energía, cuando en eso se abre la puerta del cuarto de Elsa, para permitir el paso de Gerda, quien susurra al oído de la joven reina, sobresaltándola por su súbita aparición. Anna estaba tan concentrada en su lucha verbal, que no se dio cuenta cuando llegaron al cuarto de la reina de las Nieves.
-Su hermana se encuentra descansando, su Majestad, sería mejor no despertarla con estos gritos.
-Demasiado tarde, Gerda, ya estoy despierta. – Elsa, con sus cabellos platinados apenas alborotados por la almohada, y luciendo tan hermosa como siempre a pesar de apenas levantarse de la cama, ha seguido a la ama de llaves, asomándose a la puerta por encima del hombro de su nana, preocupada por el escándalo que escucha. - ¿Qué está pasando, hermana? ¿Por qué tantos gritos afuera de mi cuarto? ¿Qué te orilla a tratar a mis invitados así? – Con su mirada seria fija en la reina de Arendelle, la albina interroga a la joven beligerante, dispuesta a defender a sus nuevos amigos, especialmente después de lo que hicieran Degel y Kardia por ella, y su mente trama ya argumentos para hacer entender la situación a su adorada pero testaruda hermana, hasta que se da cuenta que el caballero dorado súbitamente le da la espalda, mientras carraspea sonoramente, con sus actos haciendo que la rubia caiga en la cuenta de que está vestida únicamente con su camisón escarlata y que, a pesar de tener la pequeña férula que le cubre el hombro, su escote no es precisamente discreto.
-¡Elsa! - Anna se hace consciente también de la ropa íntima y del pronunciado escote, además, puede ver que la brillante seda color vino dibuja de forma exquisita las curvas femeninas de la joven, eso incluye sus suaves pero firmes senos, permitiendo vislumbrar perfectamente la silueta de un par de incitadores pezones erectos por el frío. Una vista de reojo hacia las mejillas enrojecidas del caballero le permiten adivinar que también él comparte esos pensamientos de apreciación. Sin pensarlo mucho, la reina empuja a su hermana hacia atrás, al interior del cuarto. - ¿Qué rayos estás haciendo, Elsa? ¡Entra de inmediato! - Mientras las dos jóvenes se resguardan detrás de la puerta blanca, Gerda reacciona al mismo tiempo e interpone su cuerpo entre el caballero y la entrada.
-Un momento le pido, buen señor. Su alteza estará lista pronto para atenderlo.
-S-sí, sí… entiendo. U-una disculpa por la súbita intromisión. - Carraspeando y muy sonrojado, Sísifo voltea la vista hacia el techo a pesar de estar ya de espaldas, turbado ante la magnífica vista que se le presentó tan inusitadamente; sin embargo, se permite sonreír de forma discreta. No puede negar que, pequeños accidentes así, hacen que la vida valga la pena.
Dentro del cuarto, Elsa reprende a su hermana, mientras se desnuda con la ayuda de la pelirroja, el hermoso camisón de seda recorriendo sus suaves curvas como si acariciándola, para al final caer a los pies de la albina, quien ya está escogiendo de su ajuar un hermoso vestido escarlata oscuro, un tono muy similar a su atrevida bata, pero mucho más discreto, esperando que sea suficiente para hacer olvidar el embarazoso momento.
-¿No piensas ponerte ese vestido, verdad Elsa?
Una delicada ceja se levanta.
-¿De nuevo vas a criticar mi forma de vestir? ¿Ahora qué tienes en contra de este vestido? A mí me encanta, entre otras cosas, porque tú me lo regalaste.
Anna suspira, no pudiendo creer las palabras de la joven.
-Sí, y en efecto te queda precioso, pero es del mismo tono que el de tu camisón.
-Sí, ¿y?
La joven reina agita las manos hacia la puerta, tratando de dar énfasis a sus palabras.
-¡Pues que obviamente vas a provocar que ese hombre de ahí afuera recuerde la deliciosa imagen que le regalaste!
Elsa le sonríe, un poco altiva.
-Al contrario, la intención de este vestido es, precisamente, que olvide mi camisón ya que los dos son del mismo tono de rojo. Así olvidará lo que vio porque sólo recordará este precioso vestido.
Anna se lleva las manos a las caderas, mientras mueve la cabeza en señal de negativa.
-Realmente no sabes nada de hombres, ¿verdad? Ese caballero, cada vez que te vea con el vestido que te quieres poner, recordará, muy seguramente de forma más bien vívida, los insinuantes pezones que le invitaste a ver.
-¡Anna! – la pelirroja de inmediato se cubre los senos.
La pelirroja resopla ante el escándalo de la albina, mientras se cruza de brazos con un aire de suficiencia.
-Ya lo verás, hermana: si insistes en ponerte ese atuendo, ten por seguro que te saldrá el tiro por la culata.
-Deja de decir tonterías y mejor ayúdame a ponerlo, que recuerda que sólo tengo una mano y apenas puedo con mi ropa interior.
Con una sonrisa traviesa dibujada en sus labios, Anna vuelve a negar ante la terca insistencia de la Reina de las Nieves, pero accede y sujeta el vestido para ayudar a la blanca beldad, no pudiendo negar que la tela y el corte son por demás muy bellos.
Mientras la reina de Arendelle está concentrada en la labor, Elsa decide abordar el motivo inicial de su discusión.
-Dime, hermana, ¿por qué quieres correr a mis amigos de esa forma? ¿Acaso no sabes que les debo mucho, como para tratarlos como unos delincuentes? ¿No viste las heridas que recibieron Degel y Kardia por defenderme, y que casi les causa la muerte? Pero, sobre todo, hermana, ¿no estás consciente de que, ante cualquier circunstancia, como reina debes ser más diplomática?
La joven reina la confronta, airada, más que dispuesta a continuar la discusión, mientras le ayuda a pasar el vestido por encima de la platinada cabeza.
-No puedo creer que los defiendas a ellos, cuando soy yo la que es de tu familia, y más cuando deberías estar agradecida de que siempre estoy ahí para rescatarte. ¡Es más! ¡Soy yo quien debería estar sumamente enojada contigo por haberme engañado y escapado como lo hiciste!
La joven ex reina no puede creer las palabras que salen de alguien que siempre ha sido comprensiva, dulce y empática, y entonces cae en la cuenta. Anna reacciona así, agresiva y enérgicamente, siempre que siente que la están haciendo a un lado. Elsa suspira, tratando de calmarse, y con su brazo sano abraza fuertemente a su hermana, tratando de que sienta toda la confianza y el amor que le tiene.
-Anna, no hay nadie igual que tú en mi corazón. Eres mi hermana, lo único que me queda, completamente irreemplazable en mi mundo. Nunca, en toda mi existencia, podré pagarte lo mucho que has hecho por mí, porque no sólo salvaste mi vida, sino que además, salvaste mi corazón. Eso no tiene comparación. - Ante las palabras dichas con tanta devoción, la pelirroja le regresa el abrazo con el mismo fervor, sintiendo las lágrimas salir de sus ojos, mientras el estrés y la preocupación terminan haciendo mella en sus emociones.
-Sabes que yo también comparto esos sentimientos, es por eso que tengo miedo, Elsa… miedo de que te pase algo aún más grave… miedo de perderte…
Aprovechando que están abrazadas, Elsa empieza a mecerse, buscando tranquilizarla como cuando eran pequeñas.
-Así como lo dijiste, se miedo es mutuo, porque en mi mente está grabada a fuego la imagen de cuando eras pequeña y era yo quien te lastimaba… de cuando te tuve entre mis brazos, completamente congelada… - Inspirando profundamente para no llorar también, Elsa rompe el abrazo y la mira directo a los ojos. - Pero ya no somos unas niñas, y hemos superado juntas también esos retos, esos terribles miedos. Y ahora el mundo nos ha alcanzado, amenazando nuestra tranquilidad con terrores mayores a los que hemos vivido. Mi preciosa Anna, para mí no hay nada más importante que tú, pero no tienes idea lo mucho que me ha dolido cada ocasión en que veo a Degel y a Kardia ser lastimados, lo mucho que me hiere verlos sangrar por protegerme de aquellos que buscan secuestrarme, pues sé que soy yo la causa de su sufrimiento. Y sabes que ese conocimiento me mata cada vez.
Determinada y altiva, la reina pelirroja se seca las lágrimas con un gesto rabioso.
-No los necesitamos. Yo puedo protegerte mejor, mucho mejor que ellos. Ya lo he hecho.
Pero la albina la toma de la mano, mientras junta su frente con la de su hermana, buscando en ese gesto, su comprensión.
-Nada me da más miedo que imaginarte enfrentándote a monstruos de tal envergadura por protegerme.
-Hermana…
Pero Elsa la silencia rodeando de nuevo sus hombros con el brazo sano, esta vez más suavemente, mientras evoca la pesadilla que acaba de vivir.
-No sabes lo que estuvieron apunto de hacerme los hombres que nos atacaron, hermana, lo que insinuaron que harían, e incluso se burlaban que ese ataque prometido sería poco en comparación con lo que me pasaría una vez que me llevaran con su amo, con ese tal Hades…
-Elsa… - Anna se siente mal al percibir el cuerpo de su hermana estremecerse. Para Elsa, revivir en su mente los dos ataques para hacer entender a la pelirroja se le hace un movimiento muy sucio, pero de alguna manera tiene que lograr que la joven comprenda el peligro tan grande en que se encuentran todos. Inspirando fuertemente, Elsa se separa de su hermana y fija sus ojos azules en los otros, que son tan parecidos a los suyos.
-Algo muy grande está pasando en el mundo, hermana, una guerra que nos supera por mucho, pero que puede terminar afectándonos. Jamás me perdonaría que te pasara algo cuando yo pude haber intervenido.
-¡Es que no me entiendes! Esa es precisamente la sensación que siempre tengo hacia ti, quiero protegerte, y me moriría de saber que pude haber hecho algo…
-Pero ahora no sólo es a mí a quien tienes que proteger. Ya eres una reina, la reina de Arendelle, la heredera de papá. Para ti, tu reino y tus súbditos deben ser más importantes que tu familia. Esa es la promesa que hiciste. Esa es la razón por la cual mi padre me encerró por doce años... y creó un calabozo hecho para contenerme.
-¡¿Qué?! - Anna da un paso hacia atrás ante tal acusación. ¿Que su padre hizo qué? - Estas equivocada…
Elsa baja los ojos con tristeza.
-Si no te has dado cuenta, el calabozo donde me encerró Hans está diseñado para contenerme… o al menos para intentarlo… diseñado desde antes de mi coronación, seguramente por papá para prevenir… lo que al final ocurrió. Él estaba consciente de lo que podía pasar, y como buen soberano, trató de prevenirlo.
Anna no puede creer las palabras que está escuchando, y da otro paso atrás, ofendida y por demás aterrada.
-¡Eso es horrible! ¡Y es una mentira! ¡Seguramente Hans lo dijo para lastimarte, mi padre nunca…!
Unos delicados dedos se posan en los rojos labios, tratando de contener la explosión.
-Por supuesto que lo hizo papá, y debes estar convencida de ello. A pesar de que nos amó con todo su corazón, siempre tuvo un principio en mente: se debe ante sus súbditos primero, y si debía mantenerme encerrada para protegerlos, esa era su obligación. De todos modos, él sabía que no todo estaba perdido, siempre quedaba la esperanza de que tú tomaras su lugar.
-¡Elsa! ¡Eso es una blasfemia hacia papá!
-No hermana. Es la realidad. Tú ya eres una monarca, ya no puedes pensar igual que antes. Tienes que entenderlo a él, y perdonarlo. Yo ya lo hice, porque ya estuve en su lugar. Ya tuve que escoger entre lo que deseo y lo que es correcto.
Anna calla unos segundos, asimilando sus palabras.
-No quiero dejarte ir… me duele tan solo pensar en los peligros que podrías correr… y sin mí para protegerte…
Elsa sonríe tiernamente, mientras le acaricia la mejilla.
-No quiero dejarte yo tampoco. Pero tú y yo juramos proteger a Arendelle, aunque a diferencia tuya, mi promesa se ha tenido que extender, primero hacia el Bosque Encantado, pero ahora, con la llegada de esta Guerra Santa, mi juramento se extiende al resto del mundo. Si estos hombres, si la diosa Atena, a quien ellos claman obedecer, necesitan de mí para salvar este mundo en que tú vives, tú y yo no podemos ser tan egoístas como para negarnos. Ninguna de nosotras dos es tan valiosa como… como la vida de… miles de personas… - la voz de la albina, tan potente y poderosa al inicio de su discurso, de pronto se vuelve trémula, casi un susurro, al darse cuenta de la conclusión a la que ha llegado: ese sentimiento, la determinación incluso hasta de sacrificar su propia vida para salvar al mundo, es lo mismo que deben estar pensando los Santos de Atena cada vez que arriesgan su vida ante cualquier batalla.
Ahora entiende por qué ellos combaten casi sin miedo: porque saben que hay algo más grande que ellos mismos, y que les reclama esa fortaleza. Por alguna extraña razón, siente su pecho henchido de emoción, y se siente aún más cerca de estos hombres dispuestos a sacrificarse por salvar a millones de personas inocentes. Pero a la vez entiende que jamás logrará convencer a Degel de desobedecer a su diosa Atena para salvarse, para quedarse con ella, y la albina posa la mano sobre el pecho, mientras siente cómo se rompe su corazón ante ese conocimiento…
Unos golpes en la puerta la sacan de su introspección.
-¿Sus majestades, podemos hablar ahora?
La voz del caballero la estremece. Es el momento de tomar acción y olvidar los sentimentalismos. Sin decir otra palabra, Elsa planta un beso en la frente de su hermana, para luego sonreírle.
-Tú y este pequeño reino son la razón por la que daría mi vida, nunca lo olvides.
-Hermana…
Pero antes de que la mujer proteste, la albina le guiña el ojo en un ademán juguetón.
-No te preocupes más. Yo me encargaré de ese general malo que te está molestando. Tú siéntate y observa.
Anna ríe por lo bajo ante las palabras de la albina, divertida y agradecida. Antes de que su hermana pequeña diga algo más, la primogénita de Arendelle se levanta hacia la puerta, jalando a la pelirroja con ella, dispuesta a cumplir su palabra.
-Estamos listas, general Sísifo. Ya podemos negociar.
ooooooooooooooOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooo
Después de unas disculpas civiles por ambos bandos, las hermanas llevan al dorado general a una sala de recepción, donde pueden platicar más tranquila y confidencialmente. Sentados los tres en cómodos sillones, Elsa empieza la discusión, tratando de mantener su porte altivo e impenetrable. El porte de una reina.
-Mi hermana me ha puesto al tanto de las sugerencias que usted ha dado respecto a mi seguridad, general Sísifo.
Como respuesta, el rubio inclina la cabeza ante ella.
-Me alegra sobremanera, su Alteza, que podamos conversar respecto a esto, que representa una gran preocupación para el Santuario, pero principalmente, para la misma Atena.
Elsa se inclina también, correspondiendo a su gesto de respeto, pero su porte más bien es rígido, aunque siempre diplomático.
-Agradezco enormemente sus intenciones de protegerme, pero lamento comunicarle que, por mi parte, no tengo ninguna intención de abandonar mis tierras. Como bien ya le dijera mi hermana, yo tengo responsabilidades aquí, no puedo simplemente tomar mis maletas e irme.
-¿Aunque su vida esté en peligro?
Elsa levanta la barbilla, altiva.
- Si mi responsabilidad es estar aquí, ¿por qué habría de ser diferente si mi vida está en peligro?
-Porque su vida está ligada a la supervivencia de la humanidad.
-No tiene la certeza, general. Degel aún no ha logrado dilucidar el motivo por el cual Hades reclama mi presencia.
-Es cierto, y es por eso por lo que debemos resguardarla, al menos mientras Degel encuentra el motivo.
Elsa se recarga un poco más en su asiento, notando la inquietud del poderoso general.
-Más bien, al contrario, ese es el motivo por el cual no deben hacerlo. Prometí a Degel que lo ayudaría en su búsqueda, ¿cómo voy a cumplir esa promesa si usted quiere llevarme a miles de kilómetros lejos de él?
El alto general se impacienta, pero a la vez se sorprende por la diferencia de lucidez entre las dos hermanas, reconociendo que Degel tenía razón respecto a esta mujer: negociar con ella es un asunto difícil.
-El Santo Dorado de Acuario es el caballero más inteligente de los 88, tengo la certeza y la confianza de que puede arreglárselas solo. Lo único importante es usted, y que se encuentre a salvo en nuestro Santuario.
Anna está a punto de levantar la voz, exasperada con el rubio y sus intenciones, pero Elsa le toma el brazo con delicadeza para apaciguarla, mientras continúa manteniendo su voz calmada.
-No es mi intención hablar mal del hombre que amo, general, pero si Degel, con toda su inteligencia, hasta la fecha y aún con nuestra ayuda no ha podido encontrar el motivo por el cual Hades insiste en tenerme, dudo mucho que pueda obtener algún progreso dejándolo solo.
Sísifo se reprime comentar respecto a la exagerada aseveración de amor que hace la joven, y decide insistir.
-Seguramente cambiarán sus circunstancias.
Elsa sonríe burlonamente, logrando que el caballero se ponga rojo del coraje.
-Esa es una apuesta demasiado grande para alguien que no sabe apostar. O al menos jugar Póque*.
-¿Por qué piensa que yo no sé jugar Póque?
La joven se inclina un poco hacia él, sus cristalinos ojos azules viendo fijamente al hombre a través de la cortina de sus espesas pestañas, con una mirada tal, que hace que el legendario Santo de Atena se estremezca.
-Porque puedo leer claramente cada emoción en su rostro: general Sísifo, usted es, para mí, un libro abierto.
Sísifo se estremece nuevamente, pero se obliga a recuperarse y se levanta, haciendo un esfuerzo por no perder la compostura, mientras su rostro se pone aún más rojo.
-Ya lo he dicho, su Alteza, llevarla con nosotros es nuestra última oferta. No puedo ofrecerle más. No podemos quedarnos.
Elsa se endereza de nuevo sobre su asiento, altiva y orgullosa, al saber que ha vencido.
-Lo siento, general, pero lo que usted me está ofreciendo no es lo que Degel me prometió ni lo que yo le prometí a él, no es lo que mi pueblo ni yo necesitamos, y, por lo tanto, no es aceptado.
-Fue Degel quien hiciera esa promesa, no yo.
Elsa inclina la cabeza a un lado, en un gesto por demás inocente, que no esconde que detrás de esa mirada, no hay nada de inocencia.
-Sin embargo, como su general, seguramente se sentirá comprometido a honrar la promesa de su caballero más inteligente.
Sísifo se deja caer sobre el asiento mientras se lleva una mano al rubio cabello, evidentemente frustrado ante las negativas femeninas, y quiere seguir protestando, cuando en eso, Kai interrumpe el diálogo entre los dos, entrando por la puerta entreabierta.
-Sus Majestades, me permito informarles que el Consejo ya se encuentra reunido y listo para recibir a su Majestad Anna.
El rostro de Anna se ilumina con una sonrisa.
-¿El general Stigr pudo acudir?
Kai niega con la cabeza, con tristeza en el semblante.
-No su Majestad, las condiciones del general están empeorando, pero ha mandado a su hijo, el capitán Stigrson, para recibir sus órdenes.
Anna agacha la cabeza, con tristeza y preocupación.
-Entiendo, terminando la reunión, iré a visitarlo. Muchas gracias Kai. – Anna de inmediato se levanta, y le sonríe parcialmente a su hermana, para después dirigirle una mirada dura al general. – El deber me llama. Lamento dejarlos solos, y espero poder aclarar más la situación después, general.
Habiéndose calmado, el alto hombre se incorpora para después inclinarse en señal de respeto.
-Será un honor, su Majestad.
Igualmente, Elsa se levanta.
-Nosotros también nos vamos, Anna, quiero ir a la enfermería para ver cómo están mis invitados.
Anna sólo asiente con la cabeza para despedirse, aunque a regañadientes, en absoluto convencida de dejar ir a su hermana con tan imponente varón, por mucho que sea obvio que Elsa lo está haciendo pedazos, pero sabe que no le queda de otra, así que le da un rápido beso en la mejilla a la albina y acompaña a su paje, no sin antes dar una última advertencia.
-Por favor, antes de que hagas algo házmelo saber. Me debes al menos eso.
-Te lo prometo, ve tranquila que ya no desapareceré más… siempre que no intentes encerrarme en una torre de nuevo…
Anna sonríe un poco apenada, y sin embargo como única respuesta da un guiño. La ausencia de respuesta verbal hace que la albina sonría. Esa niña nunca cambiará. Acto seguido, la mujer voltea a ver al rubio, quien se inclina y, con un gesto de la mano, caballerosamente le cede el paso. Ambos salen de la habitación, caminando uno al lado del otro mientras se dirigen a ver a los dos Santos Dorados heridos.
-Su Alteza, ¿me permite decirle algo?
Elsa se toma un par de segundos en contestar, sopesando la posibilidad, pues ya no quiere seguir con la discusión, pero al final acepta.
-Sí, claro, general. Usted es un invitado aquí, por supuesto puede expresar lo que guste.
-Independientemente de que no logré convencerla de que nos acompañe al Santuario, le agradezco mucho haberme rescatado de su hermana, su Alteza. Se ve que es una gran mujer, pero me tenía muy preocupado por sus amenazas.
Siempre diplomática, Elsa endurece sólo levemente su voz, para no ofenderlo y aún así mostrarse fuerte.
-Debe entender, general, que para ella no hay nada más importante que su reino y la familia, y el día de hoy vio amenazados a los dos sin que ella pudiera hacer nada. Eso por sí solo es desesperante. No la culpo por tratar de retomar el control de alguna manera, aunque hubiera sido descabellada.
El hombre se inclina, respetuoso, ante la sabiduría de la joven mujer.
-Tiene razón. Trataré de ser más considerado.
Cuando llegan a la enfermería, al cuarto que se había designado para los santos heridos, ven a la enfermera forcejeando con la chapa, a lo que se acercan, extrañados.
-¿Mary?
La joven se sobresalta al verlos, pero a la vez se alegra.
-¡Oh! ¡Su Majestad! Lo siento, fui por una palangana con agua porque al señor Kardia se le subió la temperatura otra vez, y cuando regresé… bueno, no logro abrir la puerta, parece que se quedó atascada.
Sísifo se acerca a ayudar, pero es entonces cuando Elsa se percata de que los bordes de la puerta están llenos de escarcha, y un viento helado brota de las rendijas.
-Sísifo… ¿puede sentirlo?
El hombre primero voltea a verla, no entendiendo la pregunta, hasta que logra percibir el cosmos ardiendo detrás de la madera.
-Degel… - con un brazo hace que las dos mujeres den unos pasos hacia atrás, para después arremeter contra la puerta, derrumbándola y destrozando la capa de hielo que la había bloqueado. Ante la vista que se encuentran, los tres se quedan boquiabiertos.
El cuarto está cubierto de hielo en su totalidad, largas y peligrosas estalactitas colgando del techo, mientras Kardia respira agitadamente en su cama, un humo tibio saliendo de su boca y de su piel descubierta, signos evidentes de fiebre alta, y a la cabecera de su camilla, arrodillado y casi derrumbado en el piso, Degel respira también de forma agitada, su cuerpo temblando, mientras con una mano en el piso apenas logra prevenir su desplome, y con la otra se aferra al brazo de su compañero, casi enterrándole las uñas, en un claro intento por sostenerse.
-¡Degel!
-¡Por Atena!
El hombre y las dos mujeres corren hacia el joven hincado, y mientras Sísifo y la enfermera lo sostienen de un brazo cada quién, tratando de levantarlo, Elsa busca su mirada, su mano libre acariciando las encendidas mejillas. Es evidente que Kardia está ardiendo en fiebre, pero el peliverde no está en mejor situación.
-Degel, ¿puedes escucharme? ¿Qué ha pasado?
-Elsa… no puedo… - su voz es trémula, apenas un susurro, pero una mano temblorosa logra liberarse de la enfermera y posarse sobre el delicado hombro de la antigua reina se Aarendelle, como si quisiera asegurarse de que no es una aparición, mientras su compañero lo ayuda a llegar a su propia camilla. La joven se asusta al sentir la palma ardiente sobre su piel, y acaricia su frente, mientras trata de quitarle los cabellos empapados de sudor.
-Oh, Degel… tú también estás con mucha fiebre… ¿Por qué te levantaste? ¿No puedes, qué? ¿Qué querías hacer?
Unos ojos violeta llenos de angustia y dolor se posan sobre los azul profundo de ella.
-Lo intenté… encendí todo mi cosmos y… no puedo… no puedo controlar la fiebre de Kardia… en estas circunstancias va a morir…
Mientras pone un brazo febril sobre sus propios hombros para ayudar a Degel a caminar, Elsa voltea a ver al peliazul, y puede ver que su pecho se encuentra inflamado, de un tono rojo brillante, mientras el humo de su cuerpo sigue manando libre, y su respiración se entrecorta más, haciéndose más superficial y rápida. Determinada, regresa la mirada hacia el joven de cabellos turquesa.
-Entiendo. No te preocupes. Esta vez lo salvaré yo si me prometes que te quedarás quieto en tu camilla.
El hombre, demasiado agotado para protestar, posa su frente sobre la de ella, como en señal de agradecimiento, y entre Elsa y Sísifo prácticamente lo llevan arrastrando hasta la camilla, mientras los vendajes sobre su torso se deshacen por el esfuerzo. Cuando lo están depositando, Sísifo pone una mano sobre el hombro de la joven.
-Yo me encargo de atenderlo, su Alteza por favor vaya a ayudar a mi otro compañero. Kardia no puede morir aquí.
Elsa asiente y corre a hincarse al lado del Santo de Escorpión. Se impresiona lo caliente que se encuentra su piel, y de inmediato pone su palma sana sobre el pecho desnudo del joven, sintiendo como le quema la mano, pero soporta el dolor, y en cambio hace que su poder corra suavemente sobre el cuerpo de su amigo, empezando por el corazón, percibiendo cómo su poder fluye a través de la sangre del caballero, para distribuirse por todo el cuerpo, hasta la punta de sus enormes dedos. Por un momento, puede verse a sí misma dentro del poderoso cuerpo del joven, puede sentir como si sus propios dedos fueran viajando por las venas, por los músculos de este impresionante caballero, y la sensación la hace estremecer. Durante un instante que pareciera eterno, es como si tuviera sujeto, literalmente, el corazón de Kardia en la palma de su mano.
Con el poder que fluye dentro de él, Elsa puede notar sus músculos relajándose, puede sentir la respiración que se hace más profunda y el corazón tomando un ritmo más normal. Elsa se relaja también, percibiendo a través del lazo mágico que su amigo y salvador se encuentra ya fuera de peligro, pero de pronto se sobresalta cuando una cálida mano se posa sobre la suya, y levanta la mirada, sólo para encontrarse unos profundos ojos azules que la observan con ternura y enorme agradecimiento.
-Mi corazón es tuyo, ahora…
Es lo único que Kardia alcanza a decir, antes de caer en un profundo y esta vez reparador sueño.
Elsa sonríe suavemente ante el último sarcasmo de Kardia. Una vez que se asegura que el hombre se ha quedado dormido, la beldad se levanta del lugar, dispuesta a ayudar al segundo herido, pero en eso se tambalea, sintiéndose mareada, al mismo tiempo que su vista se torna borrosa. Antes de caer desvanecida, un par de poderosas manos la sujetan de los brazos, y ella voltea hacia atrás, para encontrarse con una imponente silueta y una mirada color miel. Sísifo ha acudido en su ayuda, tomándola suave y firmemente de los delgados brazos para impedirle que caiga. Pero ese momento de debilidad que ella le muestra le hace consciente de la fragilidad del cuerpo de la joven, de su tamaño y su delgadez, así como de que ella también se encuentra herida, ese conocimiento haciendo que el poderoso caballero se impresione ante la mujer. ¿Cómo alguien tan delicado, puede poseer tanto poder?
-Le estaremos eternamente agradecidos, su Alteza.
Suavemente para no marearse de nuevo, ella niega con la cabeza, una sonrisa sincera en su rostro.
-No, yo les debo a ellos mucho más. Es lo menos que puedo hacer. Pero aún no he terminado.
Delicadamente, se libera del agarre del caballero para sentarse en la orilla de la camilla donde se encuentra Degel, mientras Mary termina por cambiarle y ajustarle las vendas. Elsa observa con tristeza las ensangrentadas vendas que yacen en el piso, mientras las nuevas empiezan a empaparse del preciado líquido. Degel le toma de la mano para sacarla de su estupor, interpretando correctamente su mirada.
-Te agradezco que le salvaras la vida a mi hermano. Si no fuera por ti, los dos estaríamos muertos.
Elsa niega con la cabeza, y se incorpora para ayudar a Mary a obligar al caballero a recostarse.
-No tienes nada que agradecer. Al contrario, estoy feliz de haber podido ayudar.
Completamente dócil ante la atención de las dos mujeres, Degel simplemente se deja hacer, aún respirando agitado por la fiebre, pero más tranquilo al ver a su amigo a salvo. Una vez que se encuentra recostado sobre el mullido camastro, Elsa se sienta a su lado de nuevo, su palma sana sobre el amplio pecho, mientras permite que fluya poder hacia él, bajándole la fiebre de inmediato. Aprovechando su posición, el hombre le acaricia la mejilla con mucha ternura, y ella sujeta su mano para pegarla más.
-No era necesario, amor mío, pero fue impresionante lo que hiciste por Kardia. Ni yo lo hago mejor.
Ella sonríe ante el cumplido, sus ojos fijos en los de él.
-No podías enfriar su corazón porque ya estabas agotado. El esfuerzo ha sido mucho para alguien tan lastimado y desobediente como tú. - Él sonríe parcialmente, pues ya se encuentra distraído con los labios de ella, con su pulgar acariciando el rojo carmesí del turgente labio inferior. La caricia hace estremecer a la joven, y sin pensarlo dos veces, esta se inclina sobre él, buscando tranquilizarlo con un beso, pero antes del deseado contacto, su acompañante carraspea, deteniéndola de forma súbita.
-Y entonces, Degel, ¿cuál es el plan?
Sísifo hace todo lo posible por contener su ira. No sólo enamorarse es un acto prohibido para ellos durante el transcurso de la Guerra Santa, sino que, además, no es el momento para arrumacos, existen cosas que apremian, por lo que deja que su furia sea evidente a través de los ojos. Sin embargo, se sorprende al ver que el joven herido le regresa la misma mirada fúrica.
Con una mano sujetando la delicada mano de la joven, de la que obtiene fortaleza, Degel trata de pensar lo más coherente posible, sin dejarse llevar por la frustración.
-Obtener información, por supuesto. Ahora sé que es lo que buscan aquí y por qué. Pero aún tengo que encontrar el cómo, y sobretodo, cómo proteger este lugar. En la biblioteca aún existen algunos libros que no he revisado…
-¿Información? ¿De qué estás hablando? ¿Acaso te has golpeado la cabeza? - Sísifo le espeta, su voz dura mientras sus ojos ven de reojo las manos entrelazadas de ambos enamorados. - Necesitamos más bien elaborar un plan para repeler el ataque, para irnos pronto. Tú tienes aún una misión pendiente. Mientras permanezcamos en este lugar sólo lo pone en más peligro, y retrasarnos para buscar respuestas en libros antiguos no nos ayudará en nada, en cambio el enemigo nos ganará llegar a Bluegard. Recuerda que esa es tu misión principal.
Degel siente su ira crecer y está por contestar, pero es Elsa quien los interrumpe, su voz llena de determinación. Ha percibido el enojo entre los hombres, pero no permitirá que su amado se altere cuando debe descansar. No mientras ella pueda evitarlo.
-Creo saber cómo ayudarlos, pero por ahora, si me permite, caballero, los enfermos necesitan descansar, las heridas de Degel son delicadas, y definitivamente no han cerrado. Si nos espera afuera, una deliciosa cena le será servida de inmediato.
Sísifo está a punto de protestar, pero la enfermera lo sujeta del antebrazo, mientras lo reprime con una dura mirada.
-Como dijo mi señora, sus compañeros enfermos tienen que descansar, señor. Pero no se preocupe, su Majestad y yo nos haremos cargo de ello.
A regañadientes, el hombre es conducido a la puerta, mientras sus ojos se quedan fijos en la joven, quien ya se inclina sobre el hombre para besarlo tierna pero prolongadamente, y la escena desaparece tras la gruesa capa de madera, protegiendo a la pareja de enamorados de la furiosa mirada del general.
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A/N: Holaaa! ¡Estoy de regreso! ¡Ya los extrañaba! ¿Que les pareció el nuevo capítulo? Una de las cosas que me encantaría leer en los fics, (y, si les soy sincera, realmente espero ver en Frozen 3) es a una Anna como poderosa regente, pero con Elsa dándole consejos y transmitiendo su sabiduría, pues no sólo toda su vida fue entrenada para ser reina, a diferencia de Anna, sino que además, tiene tres años más de experiencia que su hermanita. Es por eso la razón de este capítulo, donde Elsa sienta a su hermana para poder filosofar e inculcar en ella lo que significa ser reina. Espero no haber sido muy aburrida.
*Poque, era el nombre original del póker, o al menos el nombre con el que se conocía durante la Francia del siglo XVII, desde donde se extendió al resto de Europa y de ahí a las Américas. Aunque el juego varía mucho de lo que se conoce actualmente, el principio era el mismo: se tiraban unas cartas, los jugadores apostaban y trataban de engañar al resto de los jugadores. Y si hasta se conoce que la reina Victoria de Inglaterra era muy aficionada al juego, significa que no era un juego extraño para el resto de la realeza europea. Seguramente Elsa al menos sabía jugarlo. Me gustó la idea de provocar a Sísifo de esa manera, jejeje
Por otro lado, siento mucho si los caballeros se la pasan en la enfermería, pero durante las batallas, siempre me incomodaba precisamente eso, que terminaran todos trapeados y maltrechos, y al capítulo siguiente ya estaban bien, como si se curaran solitos, y en cambio, sólo en la OVA de Lucifer los muestran recibiendo atención médica. Eso me encantó, por eso muestro un poquito de lo que debería ser después de cada batalla.
¡Gracias por todos sus fantásticos comentarios! Espero que aún les guste mi historia. Todavía nos falta un poquito más.
