Cosmos Congelado
Capítulo 14
Sol de Medianoche
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Caminando por delante de las dos reinas de Arendelle, Degel sale a través de la pequeña puerta de caoba, la que da directamente al fiordo desde la base del castillo, ávido por empezar el viaje que se han trazado. Sin embargo, resistiéndose a la ansiedad inicial que siempre lo embarga cada que empieza una misión, él es ante todo un caballero, por lo que reprime su impulso de partir y espera un poco más, mientras se aleja silenciosamente de la entrada, tratando de darle espacio a las dos hermanas, quienes, paradas en la escalinata de piedra, se despiden con el corazón lleno de angustia: al mismo tiempo que delicados dedos se entrelazan, las dos jóvenes se arrancan promesas la una a la otra: de tener cuidado, de salir adelante, de volver a estar juntas como siempre, sanas y salvas.
Mientras una de ellas parte a una aventura, la otra se queda a enfrentar a un poderoso ejército, y saben bien que ambas se enfrentan a peligros más allá de sus capacidades.
Degel desvía la mirada, pues puede entender bien sus sentimientos. Ambas se están haciendo promesas que, están enteramente conscientes, no tienen la certeza de poder cumplir. Pero ambos corazones necesitan desesperadamente escuchar esas palabras de aliento y buenos deseos: serán el ancla al que se sujetarán en estos próximos días, lo que les dará fortaleza para seguir. Y él las deja tener al menos eso.
El hombre baja aún más escaleras para no escuchar su conversación, buscando ser respetuoso de su intimidad, del cariño que existe entre ellas, y voltea a ver el cielo multicolor que ilumina las aguas tranquilas del fiordo.
Son las diez de la noche ya, y sin embargo, a este nivel tan cercano al casco polar, no es del todo raro que el sol apenas comience a rozar el borde del horizonte. De hecho, desde que llegó a Arendelle, los sentidos de Degel de inmediato se empaparon del olor del cielo, bañado en el aroma a los témpanos de hielo, a días soleados sin fin, a soles de medianoche que lo tienen en un estado contemplativo, donde por días enteros puede disfrutar de los colores del crepúsculo, entre anaranjado y lavanda, entre tonos rosados combinados con las largas sombras que los cuerpos dibujan sobre la tierra.
Degel, parado de frente al sol, inhala profundamente mientras cierra los ojos, y por un momento regresa a su infancia en Bluegard, cuando era feliz entre sus amigos y el mundo se veía sencillo y prometedor, a pesar de las carencias habituales que se sufren en esas tierras cubiertas por hielo eterno.
Cuando él soñaba con ser un Caballero de Atena.
Al exhalar, su pecho es atravesado por el dolor de sus heridas aún sanando, regresándolo súbita y violentamente al presente aciago, pero él resiste con la sonrisa en el rostro, la cual se amplía al sentir unos finos y helados dedos entrelazándose con los suyos.
-Puedo ver que tu mente está perdida en mundos lejanos… ¿Dónde estás…?
Él abre los ojos lentamente, permitiendo que su cerebro sea invadido por la belleza sublime de la joven albina, deseando de todo corazón que la imagen amada de plateados cabellos y prístino vestido blanco, ahora iluminados con el tinte anaranjado del sol muriendo, quede grabada a fuego en su mente.
-No me abandones… - de los rojos y tentadores labios emerge la tierna súplica.
La mirada de Degel se endulza aún más, pues, aunque la sonrisa cándida de la joven quiere traducir las palabras como una inocente broma, sabe que existe sincera angustia detrás de tan casta plegaria. Tratando de tranquilizarla, él guía la delicada mano a sus labios, besando los dedos con adoración.
-Siempre estaré contigo. Si no en cuerpo, sí en espíritu.
Elsa hace un delicado mohín ante su respuesta.
-Sabes que eso no me tranquiliza.
-Pero sabes que es la verdad. Ni la muerte podrá separarme de ti.
Las palabras comprimen el pecho de la Reina de las Nieves, pero sabe que no podrá obtener mejor respuesta. Afortunadamente, no es necesario seguir el hilo de la ominosa conversación, pues Degel levanta la mirada al notar la silueta de Anna esperándole, a unos pasos de ellos, obviamente respetuosa también de la evidente conexión que ellos tienen. Degel le sonríe en agradecimiento, y da unos pasos para acercarse a ella. La joven reina, con angustia en el rostro, le toma una mano.
-Se que no he sido la mejor anfitriona, pero…
Degel le levanta una delicada mano, mientras se inclina para besarle los nudillos, cortando de tajo sus palabras de disculpa.
-No pude haber tenido mejor anfitriona. Antes bien, le pido una disculpa por la intromisión, y por los problemas que le hemos causado. Espero de todo corazón encuentre los motivos para perdonarme, pero a la vez, también le suplico cuide de mis dos hermanos. – Degel se endereza, una sonrisa divertida en los labios. – Sísifo es difícil por su temperamento serio, mientras Kardia lo es por su personalidad demasiado abierta…
Anna desvía un poco los ojos, divertida.
-Sip, lo he notado.
Degel ríe por lo bajo ante la respuesta, pero continúa su petición como si no lo hubieran interrumpido.
-Pero le aseguro, su Majestad, que sus corazones están puestos en el lugar correcto. No debe dudar de la lealtad y el honor de ellos. Darán hasta su vida por protegerla a usted y a su gente, igual que yo a Elsa.
La joven reina le dirige una mirada a su hermana, apenas evitando que las lágrimas se le escapen de su control, para luego dirigir esa mirada de súplica al peliverde.
-Degel, prométeme por tu alma que la regresarás sana y salva.
El Santo de Acuario se vuelve a inclinar frente a la joven.
-Por mi vida que así será, su Majestad. Elsa regresará a salvo, y regresaremos a tiempo para proteger su reino.
Elsa, nerviosa ante las promesas que su hermana está arrancando del caballero, finalmente decide intervenir. Tomando la delicada mano entre las suyas, atrae la atención de la joven reina hacia ella.
-Ya casi es la hora, hermana. Realmente no quisiera dejarte, pero Degel y yo debemos de partir antes de que alguien note nuestras sombras y tú debes de regresar al castillo. El frío arrecia. No quisiera que te diera una neumonía cuando yo no estoy para cuidarte.
Anna asiente, comprendiendo su urgencia, pero resistente en dejar partir a su única familia hacia las profundidades de una aventura peligrosa. Suspirando, la reina de Arendelle abraza fuertemente a la primogénita de su reino, una última vez, y tan pronto se separan, Anna le toma las mejillas a la albina con ambas palmas.
-Te amo, hermana. Estaré rezando todos los días por tu regreso a casa.
Elsa posa su frente sobre la de su hermana menor, y cierra los ojos elevando una plegaria.
-Yo también te amo. Te prometo que regresaré a ti.
Sin más palabras, el Quinto Elemento le besa la frente a la reina de Arendelle, para darse la vuelta y tomar la mano del Santo Dorado, guiándolo hacia el fiordo. Después de unos segundos de verlos caminar, Anna da la vuelta y se dirige hacia la entrada del castillo, obligándose a sí misma a no voltear la mirada.
Elsa estará bien. Debo tener fe en que ella regresará a salvo.
Por su parte, los dos enamorados caminan mano a mano hacia las orillas del fiordo, en dirección al norte, aprehensivos, pero a la vez emocionados de iniciar su nueva aventura totalmente solos.
-¿Cómo están tus heridas, Degel? ¿Estás seguro de poder hacer el viaje?
-No preguntes por mí, amor mío, mejor dime cómo está tu brazo.
La joven levanta el brazo que aún tiene la férula de hielo, para mostrarle en las perfectas condiciones en las que se encuentra.
-Mucho mejor, tengo la esperanza de que en unas horas podré quitarme esto. Ya prácticamente no me duele.
Degel, aún preocupado, decide darle un voto de confianza a su testaruda diosa.
-No tienes idea cuánto me alegra escuchar eso.
Una delicada ceja se levanta.
-¿De verdad no vas a opinar nada más?
Degel sonríe irónicamente al notar el sarcasmo no tan escondido tras la adorada voz de la joven a su lado.
-¿Algo así como "deberías de usarlo por más tiempo"?
Elsa le regresa la sonrisa.
-Exactamente. Empiezo a conocerte, y por lo tanto empiezo a darme cuenta que no es fácil para ti dejar ir algo que te preocupa.
Degel niega con la cabeza, mientras su sonrisa se amplía.
-Por supuesto que me preocupa, me preocupas tú y tu seguridad. ¿Cómo podría ser de otra manera?
-¿Pero?
Degel se encoge de hombros.
-Pero tengo que aprender a confiar en ti, en tu buen juicio. De lo contrario, no regresaremos a salvo ninguno de los dos. Y, aunque mi primera intención es, obviamente, cumplir mi misión, no por eso pienso descuidar tu bienestar.
La sonrisa de Elsa es radiante ante tal explicación, y en respuesta, rodea con sus brazos el poderoso brazo del hombre, mientras recarga su cabeza en el hombro.
-Esa es una de las respuestas más bellas que he escuchado en mi vida.
Aprovechando su posición, Degel le besa los cabellos platinados.
-Me alegra mucho haberte complacido. Ahora por favor, explícame, ¿cuál es el plan? ¿Hacia dónde quieres que vayamos?
Ella sonríe, y de inmediato señala hacia la montaña, dejando ir el adorado y musculoso brazo.
-La entrada del Bosque Encantado está a 10 horas de camino desde aquí, pero si vamos con Nokk, debemos de hacer dos a lo mucho.
-¿No visitarás a los Northuldra?
Elsa niega con la cabeza.
-No… ellos estarán bien, además, pienso que mientras menos gente nos vea, será mejor. Mayor seguridad para nosotros dos si pasamos desapercibidos por todos. Por no mencionar que ahora el campamento lo hicieron a las afueras del Bosque Encantado. Creo que después de tantos años de vivir dentro, prefieren ocupar su periferia. Por si cualquier cosa…
-Entiendo. - Su mirada es solemne ante tal revelación, pero de pronto se vuelve brillante, mientras una sonrisa pícara ilumina su rostro. - ¿Estás segura de querer acampar a solas conmigo?
Elsa le sonríe con altivez, como si retándolo.
-Confío en ti plenamente. Se que no harás nada que no sea digno de tu honor.
Él vuelve a besar sus nudillos con devoción.
-Nunca. Puedes estar completamente segura de eso.
Elsa asiente, agradecida de sus palabras, y sin querer retrasar más lo inevitable, voltea hacia el fiordo, invocando al Nokk, quien se materializa frente a ella, trotando alegremente a su alrededor, mientras Degel, con un poco de reticencia a dejar de ver la hermosa aparición de la doncella frente a su corcel, desvía la mirada hacia el sol, como despidiéndose, para después concentrar su cosmos, creando una neblina suave que envuelve todo el fiordo, el castillo, y el pueblo completo, ocultándolos de miradas indiscretas. Ella levanta la mirada y sonríe, apreciando la creación del caballero.
-¿Satisfecha?
La albina sonríe pícaramente, mientras él se acerca, una mano sobre su breve cintura.
-Si lo quieres saber, te diré que me hubiera salido mejor. Pero cumple su objetivo.
El ríe abiertamente ante tal declaración.
-Estoy totalmente seguro de ello, mi adorada artista, pero mi trabajo es servirte en todo momento, no al revés.
-Pensé que tu trabajo era protegerme.
El hombre encoje los hombros, divertido.
-Sí, bueno, eso lo hago como un hobbie. - La antigua reina de Arendelle ríe, y no hay sonido que el hombre adore más que esa cristalina risa, pero luego fija una penetrante mirada en ella, provocando que los latidos del corazón de la joven se aceleren. Algo reticente a perder el contacto con la delicada cintura, Degel da un paso atrás y retira su mano, la mirada siempre intensa, aún fija en los profundos ojos azules de la albina.
Una delicada ceja se levanta ante tal acción, sospechosa, hasta que un brillo deslumbrante rodea el cuerpo del hombre, haciéndola dar un paso hacia atrás de la sorpresa, mientras levanta un brazo para cubrirse los ojos de la intensidad de la luz, y a la vez haciendo un esfuerzo por ver: al unísono, las piezas relucientes de la armadura dorada vuelan hacia el cuerpo de él, cubriéndolo y armándolo completamente. A pesar de ya haberlo visto antes vistiendo de dorado, precisamente el primer día que lo conociera, Elsa no puede evitarlo, sus ojos miran maravillados tan magnífico y casi sagrado evento, haciendo que su corazón lata acelerado.
La reluciente armadura lo hace ver más alto, imponente, casi amenazador, su pecho y sus hombros aún más anchos de lo que ella había percibido, con brazos de henchidos músculos rodeados por el resplandor dorado, esos brazos que la han protegido y envuelto ya en varias ocasiones, mientras la capa blanca, prístina como la nieve, lo muestra ante los ojos de la albina con un aire etéreo y celestial, más allá de la realeza, y Elsa no puede evitar pensar que Degel es más que perfecto para desposar a una reina.
Ante los ojos virginales de la joven, el hombre se muestra altivo, varonil, increíblemente poderoso, y completamente atractivo. Él le sonríe orgulloso, obviamente interpretando su mirada de forma correcta, lo que hace que las mejillas de Elsa se llenen de un rubor intenso al ser descubierta en su escrutinio.
Hasta que sus ojos se desvían y caen en dos manchas oscuras sobre el antes prístino metal dorado.
Elsa levanta las manos y toca suavemente los lugares donde la armadura se encuentra manchada de un negro herrumbroso, que acompañan a las dos perforaciones correspondientes a las heridas de Degel, y se entristece al ser muy consciente de que el hombre está lesionado. Pero Degel la toma de las dos manos y se las lleva a los labios, besando suave y prolongadamente los amados y finos dedos. Elsa inspira profundamente ante la caricia que le despierta los sentidos y la hace olvidarse de sí misma por un momento. Después de unos segundos, Degel finalmente retira sus manos y Elsa lo mira con reproche, aunque la sonrisa pícara dibuja sus rojos labios.
-Ya te lo he dicho. Eres un tramposo. Ya sé que me besas de esa forma para salirte con la tuya.
Degel se encoje de hombros ante la acusación.
-Dime, amor mío, ¿da resultado?
Divertido, y sin esperar a que la albina le responda, el hombre le da un suave beso en los labios, uno que Elsa no tiene fuerzas para rechazar, y caballerosamente le sostiene la mano para ayudarla a montar al Espíritu, haciendo después un movimiento con la intención de montar detrás de ella. Para la mala fortuna del Santo Dorado de Acuario, la joven se inclina hacia un lado, impidiendo que se le una.
-No, señor mío, usted no puede montar a conmigo. No es propio.
Él levanta una ceja, de cierta forma divertido ante las palabras.
-Impropio me dice usted, señora mía, pero ojalá que, por propiedad, no me haga correr detrás suyo, más literal que figurado.
La cristalina risa de Elsa invade el fiordo y los oídos del joven, haciendo que el corazón de él lata desenfrenado ante la belleza que se le presenta en frente. Pero antes de contestarle, el Quinto Elemento fija su mirada en la del caballero, entre juguetona y desafiante, las pestañas coquetas, y se inclina desde el caballo para acercar su rostro a él, provocando que unos traviesos cabellos platinados caigan ocultando su rostro, el movimiento tan femenino haciendo que ahora sea él quien se ruborice.
-Que corras detrás de mí suena bastante tentador… - Sin quererlo, o tal vez sí, la voz de Elsa ha bajado varios tonos, haciéndola sonar sensual y provocativa, para después reír de una forma muy femenina mientras se endereza en su asiento, después de darse cuenta que ha congelado al Santo de Atena en su lugar, aunque esto sea sólo figurativamente.
Peleando por recuperar el aliento, Degel va a protestar ante tal injusticia, cuando escucha el trotar de unos cascos, y bajo la densa neblina aparece el corcel de hielo que Elsa le hubiera regalado. Su mirada, al principio decepcionada, finalmente se levanta alegre al ver al maravilloso animal mágico, el cual se acerca a él para saludarlo, mientras Degel le acaricia la escarchada crin.
-Buenos días, Pólux, es un gusto verte de nuevo.
-¿Pólux?
Sin dejar de acariciar al caballo, Degel le sonríe con orgullo a la antigua reina de Arendelle.
-Sí, ya sabes, ¿uno de los Dióscuros? Uno de los dioses gemelos.
-¿Y cómo es que no es Cástor?
Degel hace un mohín divertido, recordando la acción.
-Bueno… logré convencer a Kardia de que, debido a que el hielo es eterno, me correspondía por derecho el gemelo inmortal. El hombre se resistió, pero no le quedó de otra que aceptar mi propuesta.
Elsa ríe un poco.
-Como me imagino es el común denominador de tus discusiones con él.
-Si bueno. Yo no tengo la culpa que Kardia no sea precisamente hábil en el antiguo arte de la dialéctica. - Sin esperar una respuesta a lo que está consciente fue una frase más bien egocéntrica, el peliverde monta el caballo helado, más que dispuesto a empezar el viaje. Sin embargo, su mirada de alegría y emoción por iniciar la aventura se oscurece súbitamente cuando tremendas punzadas de dolor le atraviesan los sitios de sus más recientes heridas, haciéndolo trastabillar, casi caer del corcel mágico.
-¿Degel?
La albina nota el traspié del hombre, pero este ríe un poco, mientras se endereza lentamente, haciendo lo posible por desviar su atención y minimizar el hecho.
-¡Por Atena! ¡Yo queriendo verme como todo un caballero dorado, y estoy haciendo el tonto frente a ti, al no saber siquiera montar un caballo propiamente!
El hombre ríe abiertamente, haciendo un gran esfuerzo por ocultar de la escrupulosa mirada de la albina, el dolor que atraviesa su cuerpo, y aunque la joven no se traga el cuento, esta decide no comentar más. Su intenso adiestramiento diplomático, así como su clara inteligencia, le permiten saber cuándo el orgullo de un hombre puede ser gravemente herido ante un comentario sincero.
Ella entiende muy bien cuándo es mejor callar.
-Bien. Es hora de irnos entonces. - Buscando romper el silencio preocupante que los ha envuelto, Elsa espolea a Nokk y lo dirige hacia el norte, queriendo entrar lo más pronto posible al Bosque Encantado: tampoco le agrada la idea de cabalgar toda la noche, sin descanso. El joven caballero la sigue inmediatamente detrás, ambos en silencio y escondidos con la oscuridad de la noche y la intensa neblina a su alrededor, que ni siquiera la luna que ya se levanta puede atravesar, cuando escuchan el galopar de un tercer caballo, acercándose velozmente desde su izquierda. De inmediato Degel toma la delantera, interponiéndose entre la mujer y la posible amenaza.
-¡Atentos! Algo nos sigue.
La neblina es muy densa, apenas les permite ver cinco metros delante de ellos, pero Degel puede percibir que el cuerpo que los acecha va directamente a ellos sin titubeos; el hombre enciende su cosmos, listo para el ataque, cuando reconoce un cosmos que lo tranquiliza, y casi inmediatamente, rompiendo la pared de la neblina frente a ellos, se materializa el cuerpo de Kardia con su adorado caballo de hielo.
-¡Kardia! Y me imagino que es Cástor, ¿no es cierto? ¿Cuándo pensabas presentármelo? - Elsa sonríe al verlos, y adelanta a Nokk para recibirlo, emocionada, pero a la vez confundida. - ¿Qué haces aquí? ¿No habías escogido permanecer con mi hermana? ¿Quién la cuidará ahora?
-Me hace sentir muy halagado, su Majestad, su cálido recibimiento. - Elsa se sonroja al darse cuenta lo efusiva que está siendo, provocando que el joven ría a sus expensas, pero de inmediato corrige. - No se preocupe, sólo los voy a escoltar a la salida de la montaña, después regresaré con la reina.
-No puedo evitar levantar la mano para llamar la atención sobre tu sospechosa cercanía con la reina Anna.
Kardia le dirige una mirada de reproche a Degel, pero éste se mantiene impávido, a pesar de estarse riendo del caballero para sus adentros. Para la sorpresa de ambos, es Elsa quien acude a defender al peliazul.
-No te preocupes, Degel. Sé que Kardia es un caballero y jamás intentará algo con mi hermana. Su corazón ya está con Honeymaren, ¿no es cierto?
Ante la sorpresiva aseveración, Kardia tose, tomado por sorpresa, y entre accesos de tos trata de asegurar a la ex reina.
-Claro… su Majestad… claro… pero… dejemos esas cosas para después. Ahora tenemos que cabalgar en silencio, ya que no deben descubrirnos.
Y tratando de evitar cualquier otro tipo de conversación incómoda, Kardia hace que su corcel helado dé vuelta y dirige su atención hacia la montaña, deseoso de no ser interrogado. Degel y Elsa sólo intercambian una mirada de complicidad para después seguirlo.
El caballero de Acuario despliega su cosmos para que la neblina se haga más densa y más extensa a su alrededor, buscando con esto que el trayecto sea cubierto en su totalidad, pero no tan sospechosamente, mientras ellos siguen en el camino de la montaña, confiados en sus tres corceles mágicos, quienes evitan tranquilamente los numerosos obstáculos que los viajeros apenas pueden distinguir debido a la densidad de la neblina. Después de unos minutos de cabalgata, Kardia se acerca furtivamente a su compañero.
-Hey, Degel, ¿cómo te sientes?
Molesto por el tópico de la conversación, el caballero le lanza una mirada de reproche a su mejor amigo.
-¿No se suponía que tenía que ser un viaje silencioso, para que no nos descubran?
-Bueno… si te pones así de defensivo, entonces tendré que andarme sin rodeos. ¿Cuándo le vas a decir a Elsa que tus heridas no están sanando?
Enojado al ser tomado por sorpresa, Degel empuja a su compañero desde el hombro, haciéndolo tambalearse, para después acercarse a él y poder tener una conversación un poco más íntima.
-¿Quién te dijo tal cosa?
-Sabes que nadie tiene que decirme. Aparte de que te conozco, vi las vendas que te cambiaste aún empapadas de sangre. No aguantarás un viaje así.
El peliverde rechina los dientes al saberse descubierto, aún así trata de razonar con su mejor amigo.
-No puedes quedarte con nosotros. La reina Anna y Arendelle están en peligro. Sísifo no podrá solo.
-Y esa es la única razón por la cual te sigo el juego y no le he dicho a tu bella reina que estás en las peores condiciones para viajar. Sé lo que se avecina para este reino, y tienes razón al decir que no puedo abandonar a Sísifo con eso, por mucho que se lo merezca y por muy poderoso que se sienta. Pero debes entender que, si quieres sobrevivir, tienes que ser extremadamente cauteloso. - El peliazul lanza una significativa mirada hacia adelante, donde apenas se logra ver la silueta de la mujer. - Esa chica se está emocionando contigo, y esperará tu regreso con ansias. Me dijo un pajarito que Elsa empieza seriamente a enamorarse de ti. - Ante tal revelación, los ojos del peliverde se abren como platos, y su mirada cae de nuevo sobre la figura angelical, casi etérea, que se mueve con el vaivén del caballo, agitando suavemente los largos cabellos y la capa de su vestimenta.
-¿Quién…?
Viendo el efecto que sus palabras tienen sobre su compañero, Kardia sonríe, para rematar con sus últimos pensamientos.
-Ya te lo dije, un pajarito. Y uno muy confiable, así que no dudes de su veracidad. No la decepciones, hermano. Tener a alguien como ella esperando tu regreso de la batalla debe ser un aliciente más que poderoso para querer sobrevivir, algo que la mayoría de nosotros no tiene ni tendrá nunca. - Y sonriendo, al ver que el hombre se mantiene sin palabras, la mirada fija en la estética figura, el travieso Santo de Atena se aleja de nuevo para alcanzar a la albina, a quien le sonríe enigmáticamente, mientras ella sólo le levanta una delicada ceja, sospechosa, pero sin saber sobre qué; sabiendo que seguramente se trata de Degel, voltea la mirada hacia atrás, y puede ver los ojos atribulados de su acompañante y protector, pero este no la ve, y más bien pareciera ver más allá de ella, evidentemente perdido en sus pensamientos. Tratando de no preocuparse de más, y prometiéndose que hablará con Degel al respecto después, ella no hace ningún comentario y los tres siguen adelante, ahora sí en silencio.
Después de varios minutos, y una vez que están en la cima de la montaña, Kardia finalmente se detiene frente a ellos, para despedirse.
-Bien, hasta aquí llego yo. Mucho éxito en su empresa, a los dos, que Atena los acompañe, hermano.
Degel le responde, agradecido.
-Mucha fortaleza ustedes también. Confiamos en que podrán resguardar el castillo hasta nuestra llegada.
-Confía en nosotros.
Elsa se acerca al caballero, y estira la mano para tocar el hombro del joven, equilibrándose para no caer del caballo.
-Mi confianza es plena en ti, Kardia. Tienes en tus manos lo más valioso que yo poseo. - Después de una pausa, Elsa le aprieta el hombro, como si tratando de reforzar sus intenciones. - Ella es mi vida, Kardia, la única familia que me queda. Si cuidas de su vida, es como si me pagaras por la tuya.
Kardia de inmediato entiende el significado, la profundidad de lo que acaba de escuchar, y asiente, sus ojos fijos en la joven.
-Nunca la defraudaré, su Majestad. - Y sin que Elsa se lo espere, el peliazul la toma de la mano y besa suavemente sus nudillos, para después salir a todo galope en la dirección de donde provenían, desapareciendo en la densidad de la neblina casi inmediatamente.
Elsa se queda viendo un momento más el lugar donde desapareció el Santo de Escorpión, su corazón aún latiendo de angustia ante el enfrentamiento que se les avecina. Latiendo de ansiedad ante el camino que les espera. Después de unos segundos, cierra los ojos y respira profundo, dándose ánimos silenciosamente, convenciéndose a sí misma que su poder será suficiente para protegerlas a ella, a su hermana y a todo Arendelle.
A todo el mundo.
Al voltear la mirada, determinada a seguir adelante, se topa con los ojos violeta de Degel quien la observa embelesado, tratando de transmitirle con la mirada los sentimientos que su corazón anida, y es esa emoción de seguridad y confianza la que le arranca una sonrisa serena, y voltea a ver su brazo.
-Creo que esto ya no será necesario. – y, con un rápido movimiento, casi como un movimiento retador, hace que desaparezca completamente la férula helada, para, sin decir más palabras, azuzar a su corcel para hacer que Nokk levante las patas delanteras y salga a todo galope, tratando de vencer a la noche, el Santo de Acuario sonriendo ante su acción casi rebelde y siguiéndola muy de cerca.
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A/N: okay, lo siento, me pegó un nervio un poco… meloso y poético. Espero no haberlos aburrido mucho, aunque afortunadamente fue un capítulo muy chiquitito, pero además, como que me está gustando toda la miel que derriten estos dos. Ojalá también les guste a ustedes… y no terminen asesinándome después…
Entre otras cosas, annabellaurda, ¡muchas gracias por las porras que me hechas! ¡Aquí tienes tu siguiente capítulo!
Permítanme responder un maravilloso comentario:
Oriana Hernández: ¡Hola! No tienes idea lo feliz que me hizo tu comentario, la verdad empezaba a rendirme con este fic, salvo por el hecho de que me gusta demasiado como para hacerlo. Con tus bellísimas palabras me hiciste sonrojar más de una vez, ¿sabes? y me iluminaste el alma con tu preciosísima opinión, de verdad me alegra saber que te esté gustando, te prometo hacer todo lo posible por no decepcionarte.
Me encanta también que se haya generado química entre Elsa y Degel, la verdad se me hacen tan parecidos que casi al instante me enamoré de este ship, y, si te soy honesta, me encanta también el ship de Anna y Kardia, y aunque se que ella ama a Kristoff, ¡me muero de ganas de que tire una cana real al aire antes de que se case! Jajaja. Pero no, ella es íntegra y no lo haría… ¿o sí? jejeje, veremos después.
Espero que este capítulo haya sido de tu agrado, por otro lado, me encantaría poder leer tus trabajos también. ¿Me puedes dar una pista?
Cuídate mucho por favor, y nos estamos leyendo!
