Cosmos Congelado

Capítulo 16

El Hielo Entre sus Dedos

Advertencia! Escenas sexuales más adelante. Salten este capítulo si no es lo suyo.

ooooooooooOOOOOOOOOOoooooooooooo

Son aproximadamente las tres de la mañana, apenas hace dos horas se fueron a descansar, pero el nerviosismo tiene a la Reina de las Nieves en duermevela. Lo que ocurrió, o casi ocurre, hace un par de horas, no le permite dormir, entre emocionada y frustrada por las sensaciones, por el hambre hasta ahora desconocida para ella, que este hombre ha despertado. ¿Debería de ceder a sus deseos? ¿Debería escuchar la voz de su conciencia, que sospechosamente suena como la voz de su padre? ¿Debería sentirse culpable en desear a Degel como lo hace? La albina suspira con frustración, sus pensamientos girando sobre el mismo tormento una y otra vez.

Anna parecía estar muy segura cuando me aconsejó…

Elsa sonríe. Bien podría justificarse con el permiso de su hermana, sin embargo… ¿Realmente quiere justificarse? ¡Ya es una mujer! ¿¡Por qué habría de pedir permiso para hacer algo que desea tanto!?

Pero no se trata de comprar un juguete, o de emprender un viaje… ¡Dios mío Elsa! ¡Estamos hablando de sexo!

El pensamiento la sonroja, y sin quererlo, se abraza a sí misma, sus dedos buscando las zonas donde Degel la tocó hace unos momentos, donde existían espacios en su vestido, que el caballero con tanta celeridad había logrado evaporar. No puede negar que cada vez que la toca, aunque sólo sea un roce, hace que desee probar más, la orilla a casi rogarle que no se detenga. ¿Qué hubiera pasado si ella le hubiera permitido que desapareciera el resto del vestido? El puro pensamiento la hace estremecer y sonreír como una tonta a la vez.

Sabe que debe descansar, que tiene que dormir para poder estar en sus cinco sentidos y poder pelear contra lo que se les viene de frente, pero… Pero…

Pero estuvimos tan cerca…

Con un travieso dedo, toca la base de su propio seno, ahí donde los dedos de Degel estuvieron a un milímetro de acariciar, y frustrada, se tapa la cara con ambas manos, mientras gruñe suavemente. ¿Qué es lo que la detiene? ¿Por qué no se permite a sí misma disfrutar de lo que la vida le está ofreciendo en bandeja de plata? ¿Quién podría reprocharle el dejarse llevar por su corazón, por primera vez en la vida? ¿No se lo merece, no ha entregado ya demasiado de sí? Un profundo suspiro se escapa de sus labios, sus pensamientos aún girando sobre la misma situación, cuando un ruido inesperado la sobresalta. Asustada, Elsa se endereza en la cama, su poder listo para ser utilizado, sus ojos buscando enemigos en el movimiento suave de las sombras que produce la luz de la moribunda fogata, mientras sus oídos se agudizan para tratar de localizar el origen del sonido. En absoluto silencio, busca la silueta de Bruni, tratando de encontrar a su mejor y más fiel aliado, pero éste se encuentra ausente, aparentemente en una de sus habituales caminatas noctámbulas.

-Vaya guardián nocturno… - Elsa sonríe tiernamente al pensar en su travieso amigo, cuando escucha que el sonido se produce nuevamente, sobresaltándola y permitiéndole darse cuenta que la localización no es otra que la cama de Degel. Preocupada, de inmediato acude a su lado, para encontrarlo inquieto en su sueño, su cuerpo produciendo vapor durante el choque de la alta temperatura corporal con la temperatura cercana al punto de congelación del ambiente.

-¡Degel, despierta!

Pero al contacto la reina albina retira la mano de inmediato. La fiebre es alta, las heridas están tomando un enfermizo rubor: es evidente que está empeorando, y ante el desconocimiento de cualquier asunto médico, Elsa se siente más inútil e impotente que nunca.

-Oh, Mary… ¿por qué no estás aquí cuando te necesito?

El hombre sigue retozando dolorosamente en su lecho, aparentemente abrumado por una pesadilla que lo atormenta, por lo que Elsa decide actuar de inmediato con lo poco que sabe hacer, y se sienta al lado de él, en el espacio que deja en la congelada cama, para después poner su mano sobre el pecho de Degel, exactamente sobre el corazón, como hiciera con Kardia, concentrando su poder en ese punto, y tratando de sentir los latidos como le sucediera con el peliazul. El frío contacto provoca un estremecimiento en el joven, y éste finalmente abre los ojos.

-¿E-Elsa…?

La albina le sonríe suavemente, tratando de darle ánimos, pero sin perder la concentración.

-Tranquilo, todo va a estar bien.

Él trata de incorporarse, pero ella presiona su pecho, evitando que complete el movimiento. Realmente no tiene que presionar mucho, ya que el pobre intento de levantarse provoca dolor en las heridas del enfermo, y Degel de inmediato se recuesta.

-Tienes fiebre de nuevo, y tus heridas no están sanando. Déjame ayudarte.

El joven suspira, apesadumbrado y frustrado, mientras posa una mano sobre la de ella, eternamente agradecido.

-Me da mucha pena contigo, Elsa, sólo estoy siendo una carga para ti y tu familia.

-No digas eso, no eres una carga para nadie. Has hecho mucho por mí.

Pero él niega con la cabeza. Sabe que sus acciones no son suficientes, y menos en el estado en que se encuentra ahora.

-Te juro por mi diosa que esto es algo extraordinario. Habitualmente los Caballeros de Atena, especialmente los Caballeros Dorados, tenemos un proceso de sanación mucho más rápido y completo, es parte de nuestras habilidades incrementadas por la explosión de nuestros cosmos. Pero… en esta ocasión, es como si la enfermedad me estuviera ganando, como si un cosmos ajeno al mío estuviera replegando o dificultando ese poder…

-No tienes que justificarte conmigo.

Él se inclina ligeramente hacia adelante, con los ojos casi rogándole a la albina que acepte sus palabras.

-Debes creerme. El que yo me encuentre así, debilitado ante tal herida, no es normal.

Acercando su rostro más al del caballero, Elsa le posa un delicado dedo sobre los labios, efectivamente acallando todas sus dudas y preocupaciones.

-Te creo.

La de por sí suave voz surge como un susurro que estremece al hombre, cuya mirada se queda fija en los rojos labios y, sin saberlo, las pupilas violeta brillan con una intensidad tal, que provocan en ella un reflejo similar. La joven albina, dudosa al principio, reemplaza su dedo con sus propios labios, empezando con un beso dulce, suave y tierno. Pero la angustia y a la vez el enojo de ambos contra sus enemigos, contra su situación en general, convierten ese gesto tierno en algo más profundo, llevándolos a un torrente de emociones que no saben, ni quieren, controlar.

Después de unos segundos de apasionado beso, que los tiene a ambos jadeantes, la joven, sin querer romper la intensidad de las caricias, sin querer pensar en las consecuencias, se deja llevar por el deseo y termina el beso para pasar una pierna alrededor de él, sentándose a horcajadas sobre su cintura, mientras sus ojos azules están fijos en los violeta de él, como si lo retara a impedírselo, y la forma en que él la mira, la manera en que el varonil rostro se llena de un gesto de adoración, mientras grandes y callosas manos le acarician las piernas y la cintura, la abruman de forma indescriptible. Las heladas palmas de ella se posan sobre los bien definidos músculos de él, y Elsa no puede evitar hacer la comparación con el cuerpo de Kardia. Recordar lo que ella viera en aquel momento…

Amplios y endurecidos músculos se contraen ante su contacto, mientras el hombre cierra los ojos y jadea ligeramente, cediendo ante cada suave roce, dócil ante las caricias de ella, cual si fuera un débil cachorro necesitado de su protección, y ese pensamiento la hace sonreír. Allí, sentada sobre el abdomen de un varón tan fuerte, tan perfecto, sometido indudablemente ante su contacto y el más mínimo de sus deseos, hacen sentir a Elsa como la mujer más poderosa del planeta. Sin titubear, las frías manos de ella crean amplios círculos sobre los duros músculos del abdomen y el pecho de Degel, aprovechando la acción para hacer que su poder exhale con fuerza desde la punta de los dedos hasta el cuerpo varonil, buscando ayudar con la fiebre, a la vez de excitarlo; Degel se estremece y deja escapar un gemido ante el contacto, y cierra los ojos de nuevo, tratando de contener el vendaval de emociones que lo invaden, para después clavar la mirada en los ojos de ella, en medio de la fiebre encontrando a su diosa de carne y hueso cerniéndose sobre él, con una mirada tal, que sólo alcanza a sonreír. Elsa le sonríe de vuelta, y se inclina sobre el hombre para besarlo de nuevo, inadvertidamente clavando su pelvis en la de él y ocasionando un gemido involuntario que ella interpreta mal.

-¡Lo siento! ¿Te he lastimado?

Sudando frío, aún con el dolor a cuestas, pero a la vez enormemente agradecido por el placentero contacto, la sonrisa de Degel se amplía aún más.

-Tú puedes hacer de mí lo que quieras. ¿Dime, estoy soñando?

Elsa sonríe y lo besa suave y lentamente, mientras su cuerpo se amolda al de él, tratando de generar frío desde cada poro de su piel, parcialmente inconsciente de que está generando otro tipo de calor, en el momento en que sus caderas se ajustan a las del hombre debajo de ella, acunando con su vientre el órgano viril que empieza a despertar.

-¿Tú crees que estás soñando?

Finalmente él sonríe bajo los labios de ella, mientras sus manos recorren el cuerpo perfecto de su diosa nórdica, evaporando la tela del vestido en el trayecto. Esta vez ella recibe el poder de ese contacto con un suspiro de placer. Los ojos violeta, vidriosos por la fiebre y el deseo, se clavan en los hermosos azules de ella.

-Entonces he de estar muerto, porque sólo así puede ser que tenga a una diosa en mis brazos.

No le gusta la comparación. A veces piensa que es como atraer el mal augurio, y ese triste pensamiento apaga un poco la llama que la consume.

-Por favor, no digas esas cosas.

Degel sonríe tristemente ante sus palabras, deseando de todo corazón poder asegurarle que estará con ella para siempre.

Pero sabe que no puede.

-Lo siento… trataré de no ponerte triste otra vez con mis impertinencias. - Con dulzura, tratando de animarla, él le acaricia la mejilla, y ella le dedica una suave sonrisa en respuesta, para luego recostar su cabeza en el pecho de él, tratando de suprimir la desazón que las ominosas palabras de él siempre le traen, en esta ocasión provocando, además, que pierda un poco el valor que había crecido ya en su vientre, por lo que, en su lugar, hace un esfuerzo mayor para generar más frío. Degel inspira profundo, agradecido de tenerla a su lado, a la vez también haciendo un esfuerzo por controlar sus deseos, entendiendo que ese no es el momento para dejarse llevar. Pero la fiebre que ahora siente es combinada con otro tipo de fiebre, mientras siente el cuerpo de ella pegado al suyo, y sin poder reprimirse, sus manos temblorosas crean placenteros círculos en la idolatrada espalda, mientras su respiración se agita aún más.

Al principio, Elsa cierra los ojos para disfrutar de la caricia, pero las manos que recorren su columna parecen hechizarla, a la vez que se contagia del temblor del cuerpo del caballero, de su respiración agitada que le nubla el pensamiento, mientras un deseo mayor la hace moverse contra él, así que, en un arrebato de rebeldía y deseo, la joven levanta la cara, encontrándose, en la penumbra, con los cristalinos ojos violeta que la observan llenos de avidez; la emoción es demasiada, su corazón corre a gran velocidad, y finalmente la Reina de las Nieves se deja vencer por sus propios anhelos. Respondiendo al varonil llamado, ella lo besa, esta vez con hambre, mientras las manos callosas de Degel sobre la piel desnuda y helada trazan figuras en su espalda y a los lados de su pecho, sus pulgares acercándose peligrosamente a ambos senos, para después acariciar los hombros y los delgados brazos, en cada toque llevándose consigo la mágica tela, transformada ahora en diminuta y brillante escarcha. El atrevido contacto despierta los sentidos adormilados de la joven ex reina, y provoca que ésta quiera pegarse más a él, mientras instintivamente clava su pelvis con la de su amado de una forma rítmica y sensual, despertando en ambos un deseo intenso de fundirse con el cálido cuerpo en sus brazos.

Azuzado por los movimientos de ella, el hombre comienza a besar su barbilla, para luego viajar hacia su quijada, y Elsa hecha el cuello hacia atrás, dándole perfecto acceso a su ya cálida piel, mientras los labios de él crean húmedos caminos que parecen más bien estar hechos de fuego. Con el contacto de sus palmas, Degel ha liberado de tela toda la piel de la adorada espalda, parte de sus muslos, caderas y sus brazos, cuando finalmente, harta de esperar, ella le toma una de las enormes manos y la guía hacia el centro de uno de sus senos, desapareciendo casi de inmediato la tela que se interpone entre el contacto de ambas pieles. El hombre sonríe sobre la piel de su cuello, maravillado al notar que puede cubrir tan delicado y suave pecho casi completamente con su palma, y entonces se dobla sobre sí mismo, respirando agitadamente, desesperado por probar con los labios el pezón erecto. En el esfuerzo, gira su cuerpo hacia un lado, llevándose consigo a la mujer, la cual dócilmente se deja guiar para quedar debajo de él, mientras los labios anhelantes del caballero se aferran con intenso deseo al apéndice turgente; en un movimiento osado, y azuzado por los gemidos vivos de ella, la mano de él, ahora liberada, sigue su camino hacia abajo, en su recorrido evaporando la tela del vestido y llegando hasta el cálido bajo vientre, al cual libera de su helada prisión de tela mágica, entre gemidos y jadeos de placer que la joven deja escapar.

El santo dorado aún no está convencido de estar despierto, le cuesta trabajo creer que finalmente esté pasando entre ellos, cuando súbitamente un terror profundo, una visión ominosa, le invade el pensamiento, y de pronto, sin previo aviso, una intensa sensación de ahogamiento acompañada de una fuerte opresión en el pecho, le llenan de ansiedad… Degel levanta la cabeza en un rápido movimiento, inhalando profundamente, como si saliera de la superficie del agua después de haber estado mucho tiempo en la profundidad, jadeando desesperado mientras lucha por recuperar el aliento. Después de un par de segundos, un poco más tranquilo y esperando que el evento haya pasado, baja la vista de nuevo, y al encontrar el profundo azul de los ojos de Elsa, con las pupilas dilatadas por ardiente deseo y sin evidencia de que hubiera notado su desliz, el hombre se obliga a tranquilizarse a sí mismo, convencido de que no ha sido más que sus tontos pensamientos negativos y, lleno de adoración hacia la preciosa albina en sus brazos, inclina de nuevo la cabeza para atrapar los turgentes labios, mientras sus dedos exploran ávidamente la delicada y esta vez tibia piel de las partes más sensibles ella, quien se estremece de placer al sentir su ferviente contacto, arqueando su cuerpo para poder sentir más de él.

-¡Ya te lo dije! Estoy seguro de que vi un destello de luz por aquí.

El sonido apagado de las voces extrañas los despierta del trance de forma brusca; Degel brinca desde su posición sobre ella, nunca tan atento como en ese momento, y con un discreto movimiento de la mano apaga completamente la pequeña fogata que habían creado para la noche. Elsa hace lo propio, cubriendo con las manos su cuerpo semidesnudo y empezando a crear la mágica tela para cubrirse, pero su magia genera demasiada luz en medio de esa profunda oscuridad que ha envuelto la cueva, por lo que Degel la toma de la mano, su mirada buscando que ella entienda: el resplandor de la magia de ambos puede delatarlos, ya que Degel se ha dado cuenta que los intrusos aún no han detectado su escondite. Turbada por su semi-desnudez, aún así Elsa asiente, obediente.

-Yo creo que tantos golpes en la cabeza te están haciendo daño, Wimber. No hay nada aquí. ¿O a lo mejor esos monstruos de piedra te asustaron lo suficiente?

La joven abre los ojos de par en par al escuchar la conversación, reconociendo las voces: son los hombres, los espectros, mejor dicho, que ella encontrara y venciera antes de conocer a los Santos de Atena. ¿Qué están haciendo aquí? ¿por que no están prisioneros? Se abraza a sí misma con más fuerza, preocupada de haber sido la causante de que lastimaran aún más a los Gigantes de Piedra. Ahora tiene la certeza de que los que los han encontrado son enemigos.

Con el cuerpo de la joven pegado a su espalda, Degel la siente estremecerse, pero sólo atina a estirar su brazo hacia atrás, sujetándola contra él, pues sus ojos ya han logrado encontrar a los hombres. Caminando hacia ellos, los dos espectros salen de la espesura del bosque que se abre a unos cientos de metros de la cueva; a pesar de que caminan con cierta desazón, es evidente que no pueden verlos.

Aún.

Su trayecto, de seguir sin desviarse, definitivamente los guía a la cueva, cuya profundidad no los protegerá de la vista, y menos con todo lo que Elsa creó. Degel está consciente de que tiene el efecto sorpresa, el cual puede perder si activa la armadura, ya que ésta invariablemente genera una poderosa luz cuya intención es disuadir al enemigo. Pero en este caso, trabaja en su contra, pues alertará a sus contrincantes de su ubicación. Su única oportunidad es aprovechar el factor sorpresa, y despacharlos de un golpe.

Pero no puede volver a combatir sin armadura.

-Maldición… - Degel aprieta los dientes, así como el puño, al enfrentarse ante tremenda disyuntiva, mientras las siluetas de los espectros se acercan cada vez más a su helado escondite.

-Mejor vámonos, Wimber, Rock se va a enojar si lo desviamos de su camino.

-¡Bah! ¡Rock no va a decir nada! Seguro sigue durmiendo en su…

Un intenso destello dorado los ciega por un momento, y de inmediato una ráfaga de Polvo de Diamantes los envuelve, congelando hasta los huesos a uno de ellos, convirtiéndose en una estatua de hielo que después se desmorona en pedazos, mientras el otro, alertado por la luz, logra saltar a un lado, apenas esquivando el golpe. El espectro se gira en el piso para de un brinco levantarse, aliviado por haber esquivado el poderoso ataque, enfurecido al ser tomado por sorpresa, y todavía más al encontrar a su compañero caído.

-¿¡Quién demonios hizo esto!?

En respuesta, Degel se yergue frente al espectro lentamente, su cuerpo cubierto por el majestuoso brillo de la armadura dorada, y, tomando ventaja de que le da la espalda a su enemigo, hace un tremendo esfuerzo para resistir el dolor que el súbito movimiento le ha producido.

-Eres tú quien te has hecho esto a ti mismo, al entrar en este lugar sagrado y tener la mala suerte de toparte conmigo.

Luciendo intimidante en cada movimiento, el Santo de Acuario se gira para confrontar totalmente a su contrincante, pero todo el efecto se pierde cuando los ojos de este se topan con las fracturas evidentes en el pecho y dorso de la armadura, acompañadas de un irregular manchado oscuro que pareciera ser podredumbre en el sagrado metal. Los ojos del espectro se abren como platos para después soltar una sonora carcajada.

-Puede que nos hayas tomado por sorpresa y logrado acabar con mi compañero, pero de este día no pasas, caballero de Atena.

Degel resopla irónico ante la amenaza.

-Son unas palabras demasiado pesadas para un solo espectro contra un caballero dorado, pues en unos minutos tendrás el mismo futuro que tu compañero caído.

Degel da un paso amenazador hacia su enemigo, tratando de amedrentarlo, pero en su lugar, y acompañado de una sonrisa burlona, el espectro le señala las heridas.

-Jejeje… ¿ves esa mancha en tu armadura? Es el sitio donde se está quemando el metal, y seguro por dentro tú estás mucho peor. Ese es el efecto del poder de mi señor Aiacos. - La sonrisa se le ensancha, apareciendo un dejo de malicia, cuando el peliverde palidece ante sus palabras. - Fue él, ¿verdad? Quien te infligió esas heridas, mi señor Aiacos. Esa es la marca que él le deja a aquellos que van a morir bajo sus manos. Lo más impresionante de su poder es que ni siquiera necesita estar cerca. El veneno de su fuego te consumirá lenta y dolorosamente.

-Estás demente.

-Y tú estás muerto, caballero de Atena.

El espectro se lanza contra él para asestarle un golpe directo a la cara, y para evitarlo, Degel levanta el brazo, bloqueando fácilmente el golpe con su mano derecha. Sin embargo, es como si el espectro lo estuviera esperando, e incluso predijera sus debilidades, pues, sin caer aún, el espectro llamado Wimber le tira una patada al otro lado, lo más fuerte que puede. Degel de inmediato adivina el ataque, y levanta el brazo contrario, listo para reírse de la inocencia de su enemigo. Pero el movimiento no se completa, y en cambio, el Santo de Atena se encoje levemente cuando un dolor punzante sale de su hombro derecho: el esfuerzo de levantar el brazo a toda velocidad abre de nuevo la herida, provocando dolor intenso. Sin poder bloquear el contacto, la tremenda patada acierta en la mejilla del caballero, lanzándolo varios metros hacia atrás y rompiendo con la espalda un par de árboles en su trayecto.

-Jujuju… ya veo, ya llevas al menos un día después del ataque. – El espectro se yergue, orgulloso. – Lamento decirte, caballero, que si bien, yo de todos modos te iba a derrotar, con las heridas que traes no será siquiera divertido atacarte. – Wimber dobla sus rodillas y se prepara para lanzar su ataque, cuando Degel se endereza y le lanza un Polvo de Diamantes, que lo obliga a brincar al lado, rompiendo el proceso de generar su poder.

-Soy un Santo Dorado de Atena, espectro. No importa qué tan mal herido o moribundo esté. No hay forma que un enclenque como tú, pueda derrotarme.

El guerrero oscuro se levanta del suelo de donde ha rodado, y le dirige la mirada más torva.

-Deberías de dejar de sentirte tan orgulloso. Ya te lo he dicho, derrotándome o no, no hay forma que sobrevivas al día de hoy.

Degel gruñe, no sólo molesto por las palabras, sino porque está consciente que Elsa se encuentra escuchando todo. Esas amenazas definitivamente no ayudarán en nada a la confianza que tiene en él.

-Mentir no va a lograr que sobrevivas, espectro. Si sigues así, tendré que matarte de inmediato.

Wimber encoje de nuevo las rodillas, listo para atacar.

-Inténtalo si puedes, caballero de Atena. Veremos quién está mintiendo: si tú al decirme que me matarás en un instante, o yo al decirte que no sobrevivirás el día de hoy.

Degel levanta su brazo derecho para congelar completamente al espectro, cuando un silbido vago, como el del viento cortándose por un objeto con veloz movimiento, lo hace voltear hacia arriba, solo para encontrarse con un par de enormes puños cerniéndose sobre él.

El caballero trata de girar rápidamente para levantar su escudo, pero el movimiento es demasiado brusco para sus heridas, y ante el súbito dolor, una vez más su brazo se pausa por una fracción de segundo… y es esa fracción de segundo que pierde, la que le hace caer en desgracia. Los dos puños, del tamaño de su pecho cada uno, lo golpean violentamente, aplastándolo contra el piso, solo para elevarse de nuevo y volver a golpear con fuerza, con todo el peso de una roca. En ese último golpe Degel logra ver a su enemigo: un espectro el doble de tamaño de un hombre común, incluso más grande que el que congelaron la primera vez, se encuentra parado sobre él, sus anchos y negros hombros adornados con espeluznantes picos, que lo hacen ver aún más amenazador, especialmente cuando el hombretón se yergue cuan largo es; dos enormes piernas ennegrecidas, tan gruesas como robles y plantadas a cada lado de su costado, le impiden al caballero que huya; Degel aprieta los puños para hacer un último esfuerzo en levantarse, cuando ve caer sobre él las dos enormes manazas, que con fuerza brutal le sacan el aire de los pulmones.

-¡Uff!

-¡Degel! ¡No!

Elsa, ahora completamente vestida, sale de su escondite, lanzando poderosos rayos de hielo hacia los enemigos que se ciernen sobre el cuerpo del caballero herido, pero no logra ser lo suficientemente veloz y ambos alcanzan a esquivar los golpes.

-¿Quién demonios eres? - pregunta el espectro gigantesco, pero el más pequeño, al verla, recupera su sonrisa maliciosa.

-¡Vaya! Pensé que ya no tendría otra oportunidad contigo, pero parece que nuestro señor Hades ha decidido ser generoso con este humilde espectro. – el hombre camina lentamente hacia ella, como si acechándola. - ¡Rock! ¡Esa es la mujer que nos encerró a Wimber y a mí con los monstruos de piedra!

-¿Ah sí? - El gigantesco hombretón recorre el cuerpo de Elsa de arriba abajo con la mirada, para después soltar una sonora carcajada que hace sonrojar a su compañero. - ¿Esta diminuta mujer te venció, Gregor? ¡Jajajaja! ¡qué gran vergüenza eres para los Espectros!

-¡Oye! ¡No digas esas cosas! ¡Ella tiene fuerza!

-¡Jajaja! ¿esa mujercita? ¡Bah!

Pero Wimber insiste, enojado al ser la burla de su compañero.

-No te dejes engañar, Rock, creo que ella es un caballero de los hielos, así como su compañero ahí caído.

Rock se endereza, ambas manos en la cintura, mientras la vuelve a observar de arriba abajo desdeñosamente.

-¡Jumph! No importa. Ella también morderá el polvo como su compañero, y seguramente lo hará más rápido. Una mujercita débil como ella no representa ningún reto para mí.

Wimber da un paso hacia Elsa, su mirada lasciva recorriéndola.

-¿Y después, me dejarás hacer con ella lo que quiera?

Rock suelta una enorme carcajada.

-¡Por supuesto! ¡Todo lo que quieras!

Enfurecida por las burlas a las que está siendo sujeta, Elsa aprovecha su distracción, y mueve ambas manos, invocando el poder de la tierra y haciendo que de esta salgan dos columnas de roca, que golpean a ambos espectros al mismo tiempo, lanzando varios metros lejos de ella al primero y destrozándose sobre el cuerpo del segundo, el cual, increíblemente, sólo se tambalea ante el poderoso impacto, sacude la cabeza y mira a la mujer con tremenda ira dibujada en sus ojos negros.

-¡Un-un momento! Wimber dijo que tú…

Pero antes de que pueda terminar la frase, el espectro de forma súbita se queda completamente congelado, tanto él como a su compañero caído, de los pies a la cabeza, formando dos témpanos de hielo. Elsa se sobresalta ante el poder, mirándose ambas manos, pues no está consciente del momento en que lanzó el rayo, cuando se da cuenta de un trayecto helado a los pies de los espectros que la lleva desde donde se encuentran sus enemigos hasta un costado de ella… directo al Santo Dorado de Acuario, que lucha por reincorporarse. Elsa de inmediato corre hacia Degel, quien cae de nuevo de rodillas, jadeante, en medio de un pequeño cráter en el suelo que crearon los poderosos golpes del espectro. Cuando finalmente ella llega a su lado, haciendo un enorme esfuerzo, el hombre sonríe, satisfecho ante su hazaña, a pesar de la gran mancha roja que cubre casi la mitad de su cara.

-Oh… Degel…

-Juré que te protegería…

Elsa se arrodilla ante él para estar a su altura, y lo abraza con fuerza, agradecida por el esfuerzo que el hombre está haciendo.

-Sí, Degel… lo juraste…

La albina se voltea para besarlo tierna y prolongadamente, tratando de darle fuerza con ese gesto y fundir su angustia con la de él, cuando en eso, el espectro imponente detrás de ellos se libera de su prisión de hielo, salpicando de pequeños pedazos a la hermosa albina. Pero no es la primera vez que la sorprenden así, por lo que de inmediato invoca a Gale y provoca un fuerte viento que regresa los cristales hacia Rock, con una velocidad que le ocasiona pequeñas heridas en la piel descubierta.

-¡D-Demonios! ¡Gregor tenía razón sobre ti! Pero estás demente al pensar que ustedes dos podrán contra mí. ¡Ahora conocerán el poder de los espectros de Hades! - de un manotazo, el hombretón rompe el ataque y dirige su otro puño hacia la joven. Elsa está preparada, y concentra el poder de fuego que le cede Bruni para un ataque de mayor envergadura. Pero en microsegundos antes de lanzar el ataque, el cuerpo de Degel se coloca frente a ella, protegiéndola de su enemigo, pero a la vez impidiendo que la joven ejecute el poder que tenía ya preparado.

-¡Degel!

Haciendo un esfuerzo, Elsa logra detener el impacto de su poder que alcanzaría de lleno el pecho del caballero, y sin poder levantar algún escudo, el poderoso puño golpea la espalda de Degel, el impacto lanzando a ambos con fuerza contra unos árboles. Degel abraza con más fuerza a la albina y se gira sobre sí mismo, para que sea su dorada espalda quien reciba las colisiones contra los troncos, para finalmente ser detenidos contra una enorme roca que se parte a la mitad. Una vez que siente que se ha roto la inercia, el santo de Atena suelta el cuerpo de la albina y deja que su propio cuerpo se recueste, extenuado, sobre la dura roca, mientras tose en accesos repetida e involuntariamente, hasta que las microgotas se tiñen de sangre, y el santo está consciente de que, de sus varias costillas rotas, seguramente alguna ha puncionado un pulmón. El hombre trata de levantarse, pero el dolor es demasiado, sus costillas fracturadas y su cuerpo herido protestan al unísono, evitando que siquiera pueda rodar sobre sí mismo, mientras sus miembros van perdiendo fuerza, dejándolo prisionero de ese lecho de rocas y sangre.

Elsa, aún aturdida por la caída, aún mareada, hace todo su esfuerzo por ubicarse, por tratar de ver con claridad, y poco a poco recupera la orientación y la claridad en la vista, cuando finalmente se da cuenta que se encuentra recostada sobre Degel, y que éste está respirando lastimosamente, mientras accesos de tos que llenan de sangre sus labios y sus mejillas le limitan aún más la respiración, su cuerpo yaciendo lánguido sobre la dura roca.

-¡Degel! – la joven de inmediato se estira para verlo a los ojos, pero los tiene cerrados, mientras el hombre lucha por resistir el impulso tusígeno. – Degel mírame, ¡mírame amor mío!

Haciendo un esfuerzo, el santo de Atena levanta un poco la cabeza, para encontrar los ojos que ama tanto, pero antes de que pueda decir algo para tranquilizarla, un nuevo acceso de tos lo hace moverse a un lado, tratando de evitar que la blanca beldad se bañe en el rojo de su sangre.

Elsa está demasiado angustiada para notar que el espectro ha llegado hasta su altura, y ríe cruelmente.

-Jujuju… pensé que los caballeros de Atena eran más poderosos. Ahora veo que eso sólo eran cuentos para niños. – Rock, mientras ríe, cierra con fuerza su puño para tirarlo hacia atrás, en ademán de prepararse para propinarles uno de sus poderosos golpes.

La joven voltea a verlo con odio en los ojos, lágrimas de furia se escapando de sus párpados, mientras Degel cierra los ojos y los puños, concentrando todo el cosmos en su pecho, preparándose para lanzar la máxima exhalación de cosmos y bajar la temperatura tan cerca como pueda del cero absoluto, y así congelando todo a su alrededor, incluyendo a este espectro… sin embargo, al sentir el suave cuerpo de la albina que se recarga sobre él, buscando protegerlo del ataque, el hombre se estremece de dolor y de frustración.

No puedo… si bajo al cero absoluto, derrotaría al espectro sin duda… pero podría matar a Elsa en el proceso… No… ¡no puedo arriesgarme!

Elsa coloca su cuerpo entre el lesionado de Degel y el amenazante espectro, dispuesta a protegerlo del enemigo, cuando ve que el enorme puño de Rock ya se encuentra sobre ellos, y sólo alcanza a cerrar los ojos, recostada sobre el cuerpo destrozado de su enamorado y sintiéndose impotente de protegerlos a ambos, ya sólo esperando la inminente colisión. Pero después de unos segundos en que el golpe esperado no llega, y aún envuelta entre los brazos del caballero, se aventura a abrir los ojos, encontrándose con el hombre de sedoso cabello azul y brillante armadura dorada frente a ella, interponiéndose entre ellos dos y el enemigo mientras detiene con una mano el golpe, y una sonrisa de alegría se dibuja en su rostro.

-¡Dios mío, Kardia! ¡Has llegado!

Sin embargo, a pesar de la alegría de su recibimiento, el hombre no dice nada, se mantiene inmóvil, sosteniendo el puño enemigo, y es esa inmovilidad lo que le permite a Elsa ver con más detalle, dándose cuenta de que algo no está bien.

La armadura es dorada, como ella la ha visto previamente, pero el patrón parece diferente, parece más… rimbombante alrededor de las piernas y los brazos, más prominentes las hombreras. Y el cabello azul, sigue igual de brillante, pero parece ser más lacio, da la impresión de que han desaparecido los hermosos rizos que caracterizan la larga cabellera de su amigo.

-¿Kardia…?

El caballero resopla sin darse la vuelta, su mirada fija en el enorme puño que sostiene sólo con su palma.

-Ni en un millón de años tendría Kardia el poder que yo ostento.

La voz es demasiado profunda, demasiado seria para pertenecer al Santo Dorado de Escorpión. Tan ensimismada está en la pregunta que quiere salir de sus labios, en esa sensación de desazón que se ha apoderado de ella, que apenas nota como Degel finalmente la suelta, exhausto, a punto de caer bruscamente al suelo, pero ella logra detener la caída y suavemente lo guía hacia abajo, sus ojos aún fijos en la silueta. Cuando el cuerpo de Degel ya se encuentra a salvo en la fría tierra, la albina finalmente se decide a preguntar, pero de pronto ve los negros ojos del espectro frente a ellos abrirse de par en par, un terror profundo llenando sus pupilas.

-T-tú… tú eres…

Antes de que pueda terminar la frase, el nuevo caballero, con la otra mano extendida hacia el espectro, y sin aparentemente mucho esfuerzo, crea una explosión sobre el pecho de su enemigo, haciendo que el hombre desaparezca en medio de una gran luz que por un momento ciega a la joven. Elsa se queda sin palabras durante segundos que parecen eternos, no entendiendo lo que ha ocurrido frente a ella, cuando finalmente el hombre se voltea a verla, y es hasta entonces cuando puede ver la cara del Santo de Atena, a pesar de la penumbra, encontrándose con unos ojos azul profundo, que carecen de la tempestad y la cínica alegría de Kardia, y los cuales se ciernen amenazantes sobre ella. Por puro instinto, Elsa se lanza sobre el maltrecho cuerpo de Degel, tratando de protegerlo a pesar de saber que es seguramente un compañero suyo. Pero por alguna razón, su cuerpo está temblando ante tal mirada, por lo que apunta una palma contra el hombre frente a ella, aún cuando sabe que no tendrá oportunidad de defenderse, y menos de proteger a su amado. Degel, sintiendo el cosmos tan conocido para él, hace un esfuerzo que evidentemente resulta doloroso, y se endereza parcialmente para poder dar la cara a su compañero, mientras susurra unas palabras que parecen ser un nombre.

-Deuteros… ¿quién te ha traído…?

Sin responder la pregunta, los ojos del Santo frente a ambos jóvenes se endurecen aún más, su mirada siempre fija en la albina, y ésta siente cómo un gélido estremecimiento recorre su espalda.

Esto no puede ser bueno.

ooooooooOOOOOOOOOOOOoooooooooooo

A/N: Espero que les esté gustando y que no lo sientan tan apurado. Como ya les he dicho, para mí los Caballeros de Atena, al saber que están muy cerca de la muerte, han de vivir intensamente cada momento. Y me imagino que algo de esa intensidad se tiene que contagiar hacia Elsa.

Dicho esto, permítanme responder a unos fantásticos comentarios:

Respuesta a Oriana Hernández: ¡Me encantó que te encantara mencionarte! ¡Porque vaya que tus palabras llegaron a mí! me inspiraron mucho y me llenaron de alegría. ¡Sigue escribiendo, por favor! A veces la vida de un autor se vuelve un poco solitaria por estos lares, ¡jijiji! No, ya en serio, me hacen muy feliz tus comentarios, sobretodo si son largos. ¡Jajaja vaya desconfianza para con Degel y sus frases fatalistas! La verdad es que así me los imagino: ellos tienen la certeza en su mente de que no van a vivir mucho tiempo, y lo manifiestan con sus palabras. Degel sabe que no puede prometerle amor eterno, pero al menos sí hasta el final de su propia vida, algo difícil de entender para Elsa, especialmente cuando, siendo joven, uno siente que puede vivir eternamente; por eso Elsa a veces le reprocha esas frases tan pesimistas ¡y quien no lo haría! pero lo que ella ve como negatividad, él lo ve como ser realista. ¿O tu que opinas?

Sobre Kardia y Anna… ¡¿a poco no es emocionante pensar que ella tiraría una cana real al aire por alguien como él?! ¡Jajaja! ¡Yo se que yo lo haría! Pero no sé si Anna se atreva. Veremos que ocurre con esos dos… pero no en este capítulo. Este capítulo en particular, es para que Elsa empiece a dejarse llevar, a "dejarlo ir", a dejar de obedecer a todas esas enseñanzas que tiene inculcadas desde su infancia, pues ya no se debe a nadie, ya no le debe nada a nadie… aunque es una lástima que los hayan interrumpido, ¿no crees?

¡Me encantará leer tu trabajo, estoy segura! Por supuesto esperaré el tiempo que tú necesites, y por favor, sigue escribiendo laaaargas contestaciones, a mí me emociona mucho porque siento que realmente estamos teniendo una conversación… y esas largas conversaciones me inspiran mucho. ¡Cuídate y que estés muy bien de salud!

Respuesta a Anabellaurda: Espero que te haya gustado el final de este capítulo, te agradezco mucho que hayas compartido tu idea y que me permitas usarla, aunque lamento decirte que seguramente no te gustará el giro que dará la historia por su presencia, que será mucho, mucho más oscura debido a la intromisión de este bello gemelo. De antemano pido disculpas, pero ojalá aún así sea de tu agrado.

¡Por favor, sigan comentando! ¡De verdad que sus opiniones avivan el fuego de esta historia! Gracias, gracias por tomarse su tiempo en darme una oportunidad.