COSMOS CONGELADO

Capítulo 19

El Fuego de la Pasión

A/N: escenas un poco sexosas más adelante, si no es lo tuyo, te recomiendo que lo saltes. ¡Para aquellos pervertidos como yo, bienvenidos! ¡Espero les guste!

oooooooooOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooo

Anna se levanta con muy pobre intención, más por obligación que por verdadero deseo, pero sabe que permanecer en la cama una hora extra no le aportará ningún beneficio, al contrario, la inactividad la pondrá más ansiosa. Así que, después de una hora de haber despertado, a pesar de que aún no ha amanecido, la Reina de Arendelle finalmente abandona el calor de su cama para vagar como un espectro dentro de su castillo. A pesar de la plática que sostuviera con el santo de Escorpión, su corazón continúa contraído por la angustia, por el miedo por su hermana, y por ella misma y sus súbditos, ante el inminente ataque de seres mucho más poderosos que ellos. Pues, si tiene que creer a todo lo que estos hombres le dicen, será una batalla que ella no podrá pelear tan fácilmente.

Envuelta en su preciado chal Northuldra, se dirige a la torre norte, deseando ver al menos el atisbo de una luz que le pueda indicar que su hermana está bien. Sabe que es imposible, sabe que es demasiada distancia la que las separa, pero ¿cuándo ha sido ella lógica, en lo relativo a los deseos de su corazón?

Sin embargo, una vez que atraviesa la puerta de la torre, se queda completamente pasmada ante la vista que se le ofrece.

Kardia se encuentra descalzo y cubierto sólo con sus pantalones ligeros, su atlético torso descubierto completamente, lo que permite que la reina tenga una privilegiada vista de esos perfectos músculos, sin un gramo de grasa, que se mueven en pasmosa sincronía con los cambios de posición del hombre, el cual ejecuta una danza extraña, entre baile y ataque, entre defensa y exhibición, algo que Anna jamás había visto en toda su vida, pero que no le resulta desagradable, pues al contrario, en sus movimientos, aparentemente bien estudiados y coordinados, se exhibe una belleza única y ceremoniosa, como si estuviera orando con todo su cuerpo, a la vez que amenazando a un enemigo invisible. Una fina capa de sudor cubre la piel del peliazul, y de su boca entreabierta se forma un denso vaho cada vez que exhala con fuerza, como si la actividad fuera de trabajo, ¡pero se ve tan fácil! Los músculos del varonil pecho y brazos se contraen y relajan en una sincronía perfecta con el resto, y Anna se sonroja al darse cuenta que su mirada ha estado fija en él todo el momento. Pero no puede evitarlo, pues se imagina ser rodeada por tan poderosos brazos, se puede imaginar esos dedos largos y vigorosos acariciándola… Kristoff es bello, muy bello, pero al ser de un país norteño, su musculoso cuerpo está rodeado por algunos kilos de grasa, y definitivamente no refleja tal belleza, tanta perfección, como la figura de este extranjero. ¿Son así todos los caballeros de Atena? ¿Es la belleza un requisito para ser parte de su séquito? Si es así, como reina, ¿no podría ella poseer un séquito similar?

Por favor… dime que es posible…

-¡Oh! ¡Su Majestad!

Anna se sobresalta al escuchar la voz varonil que la saca de sus pensamientos, y cuando sus ojos se topan con los azules del joven caballero, siente de inmediato cómo la temperatura de su cuerpo se eleva ante el inminente sonrojo, que no hace más que incrementarse cuando ve la sonrisa de suficiencia del Santo de Escorpión.

-P-perdóname… yo… iba… quería ver si habían regresado…

El hombre sonríe aún más al adivinar atinadamente el motivo de su turbación.

-Sí, te entiendo. De hecho, yo también, por eso estoy aquí desde hace rato para ver si ya regresaban.

Ante la confesión, Anna parpadea, sorprendida

-¿No… no podías dormir, preocupado por ellos?

-Obvio que tampoco podía dormir, y es obvio que estoy angustiado por ellos. ¿Qué tiene eso de sorprendente? Te recuerdo que Degel es mi hermano, y, como tú, estoy nervioso por su bienestar. Pensé que habíamos hablado de eso ayer.

Anna se sonroja ante sus palabras.

-S-sí, por supuesto… bueno… te dejo continuar en paz. - tratando de ocultar su ofuscación, se da media vuelta para regresar sobre sus pasos, pero él la sujeta de una mano, provocando un leve estremecimiento de parte de la pelirroja. Cuando ella voltea a verlo, interrogante, nota que él está demasiado cerca de ella, y se sobresalta, deseando nada más que salir huyendo de esa situación que le produce tantas emociones, pero la mirada suplicante de él la retiene.

-No te vayas, ahora soy yo quien no quiere estar solo. Quédate, por favor.

Su mente aún atrapada en la vorágine de emociones, Anna sólo asiente ligeramente, y como autómata, consciente de que él la mira, camina delante de él hacia el barandal empedrado, los dos finalmente recargándose en este; Anna se estremece de nuevo al sentir la cercanía de ese hombre perfecto, y a la vez, odia que el caballero se vea tan tranquilo mientras ella vive una tormenta interna, pero no comenta nada, preocupada de que, en vez de palabras, sólo salga de su boca un sonido vergonzoso. Después de unos segundos, los envuelve un silencio que, de cierta forma, los reconforta en su acompañamiento, hasta que Kardia rompe esa quietud.

-Así que tampoco podías dormir.

Anna suspira al ser recordada de su situación actual.

-No, me quedé pensando en tus palabras, en lo que platicamos ayer. Pero dar vueltas en la cama no me ayudaba mucho, por eso he salido a la torre.

Kardia asiente ante tal confesión, pues se siente exactamente igual, y regresa su mirada hacia el horizonte.

-Sí. Yo también buscaba algo que me indicara que están bien, pero de tanto esperar me desesperé, y pensé que hacer un poco de kata me haría bien.

-¿Hacer qué?

-Kata. Son movimientos coordinados que se hacen para fortalecer cuerpo y mente. - Kardia toma sus ropas que había dejado en el barandal mientras le explica, el sudor aún perlando su frente y su pecho. - Por si no lo sabes, Degel es uno de los consejeros más comprometidos del patriarca, por lo que ha viajado por muchos lugares del mundo, en muy distintas misiones, y dentro de algunas misiones diplomáticas que tuvo que realizar fue un viaje a las tierras más allá de las indias, muy hacia el oriente, y quedó fascinado con su cultura, tanto, que siempre busca misiones que le permitan regresar. En un par de ellas me ha tocado acompañarlo, y fue ahí donde me enseñó ese tipo de entrenamiento, lo relajante y a la vez el buen ejercicio que son. Obviamente Degel es mucho mejor que yo en esto, e incluso ha incorporado algunos movimientos que él utiliza para la invocación de su cosmos.

-Wow… eso es muy interesante.

-Sí. Degel es un hombre interesante. Digno de una reina, ¿a que sí?

Anna le dirige una mirada entre incrédula y molesta por el comentario fuera de lugar, pero como ya empieza a notar, el hombre trata de salirse con la suya en todas ocasiones mostrando una sonrisa pícara, como hace actualmente. A pesar de su estado de ánimo, Anna ríe un poco ante tal poder de convencimiento desplegado. Está bien, sólo porque es tan guapo, y realmente no tiene ganas de pelear en estos momentos, lo dejará pasar.

Sólo esta vez.

Recuperando el tono serio, ella se recarga más sobre el andamio, abrazándose a sí misma mientras su mirada se pierde en el oscuro horizonte. Kardia, respetuoso, por un momento más se queda callado. Pero sólo un momento.

-¿Su Majestad?

Anna posa sus manos en el empedrado balcón, y suspira profundamente, pero no le contesta. Después de unos respetuosos segundos de espera, Kardia insiste en romper el silencio.

-Ellos están bien, estoy seguro de eso.

Pero en esos instantes Anna no quiere que le repitan la misma cantaleta. Realmente quiere estar segura, por lo que, contra su sentido común, arremete contra el caballero, dándole voz a sus oscuros pensamientos.

-¿De verdad crees eso? ¿No te preocupa que les haya pasado algo? Por mucho que quisiera negarlo, las heridas de Degel son de cuidado, y cuando se fueron, era bastante obvio para todos que él no estaba bien, además de que Elsa tenía su brazo lastimado… puede haberles atacado algo, o alguien, o él puede haber empeorado, por lo que podrían estar los dos atorados y solos, con tu hermano agonizante y mi hermana muriéndose de la angustia. O pueden haber acabado congelados en las profundidades de Ahtohallan. Ya ha pasado, ¿sabes? O pueden…

Kardia no se lo toma personal, y al contrario, hablando de manera que su voz suene más alto que la de ella, el caballero interrumpe la perorata de la reina, queriendo infundirle valor.

-He aprendido que preocuparme no me ayudará en nada, y que debo de confiar en mi hermano, en sus fortalezas y su inteligencia, porque en este mundo que vivimos, sólo confiando el uno en el otro podremos salir adelante. - El hombre hace una pausa y le regala su mejor sonrisa a la pelirroja, tratando de animarla. - Yo confío en Degel, sé que es un gran caballero, y que regresará con nosotros, trayendo el conocimiento que requerimos y a una Elsa a salvo.

Anna suspira, aún dubitativa.

-Sí… espero que tengas razón. - Pero el tono de su voz no refleja sus palabras, y su mirada continúa siendo una de intensa angustia.

-Me imagino que son muchas las cosas de las cuales preocuparse.

Por un momento, la reina no contesta, no convencida del todo en abrirse a este apuesto caballero, pero de pronto suspira, exhausta. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es con él, ¿con quién? Kristoff está lejos y aún faltan días para que regrese. Y hay tantas cosas que necesita decir, que siente que se asfixia.

-Aún no… estoy muy convencida respecto a desalojar la ciudad. Arendelle ha sido nuestro hogar por muchas generaciones, convencer a la gente de que lo abandone va a ser muy difícil.

Kardia se voltea, su pecho viendo hacia ella, mientras se le acerca más, como si tratando de protegerla, como si apenas reprimiendo el impulso de abrazarla para reconfortarla.

-Piensa que sólo será temporal, en lo que alejamos a los espectros, convéncelos de que regresarán a sus casas, pero que lo más importante es mantener su vida intacta. Aún si algunos pierden sus hogares, todo lo material es recuperable. Pero que pierdan la vida en una batalla que no pueden pelear… Bueno, eso sí que sería lamentable.

-Y qué me dices de los soldados? Ninguno de ellos quiere abandonar su puesto acompañando a la población. No he podido convencerlos de que deben quedarse con la gente, y no en el castillo, en el campo de batalla… - Anna suspira, apesadumbrada. - A ellos mucho menos sé como convencerlos. No soy soldado, no sé cómo puede pensar un hombre así de determinado a entregar su vida.

Esta vez es Kardia quien suspira.

-Pues… no los culpo, ¿sabes? De hecho, los entiendo perfectamente. Si Sasha… eh… Atena, nos ordenara a los Santos retirarnos porque Hades es muy poderoso para cualquiera de nosotros, te puedo apostar mi vida a que ningún caballero se movería de su lugar. Daríamos la vida por protegerla, aún cuando sepamos que estamos destinados a morir. Bueno, creo que eso es lo que pensamos ahora, aunque al principio estábamos más convencidos de que venceríamos. Ahora, estamos dudosos de esa victoria, pero igual de determinados de proteger a Atena aún a costa de nuestras vidas. Igual tus soldados. – Kardia voltea a verla de frente, sus profundos ojos azules atrapando con una mirada intensa los ojos cristalinos de la pelirroja. – Debes entender, Anna, que les estás ordenando que se protejan a sí mismos y huyan, mientras tú, su reina, te quedas aquí, a defender el lugar que ellos deberían estar resguardando. Debe ser un poco confuso para ellos, e injusto, ¿no lo crees? Pedirles que hagan todo lo contrario a lo que juraron hacer.

-¡Pero no estarían huyendo! ¡Estarían protegiendo a los civiles!

-Pero estarían abandonando su puesto. Abandonando a su reina.

Anna suspira de nuevo.

-¿Y qué propones?

-Yo propongo que los dejes ser, que se queden a tu lado, apoyándote, al fin y al cabo, ese es su trabajo. Su honor está de por medio. Y, si nos lo permites, nosotros nos encargaremos de protegerlos a todos. Aunque, claro, eso no garantiza que vayan a salir ilesos. Es una guerra, después de todo, existen altas posibilidades de que alguno de ellos, o más de uno, vayan a morir.

-¿Me pides que les diga que pueden morir?

-Créeme, ellos están preparados para eso, más que para huir.

Anna regresa su mirada al horizonte, apesadumbrada. No está convencida, aún no cree que sea correcto dejarlos dar la vida de esa manera, aunque sea su deseo. Y luego está el hecho de que su hermana también está corriendo un riesgo mortal. ¿A ella la dejaría morir por proteger Arendelle, si se lo pidiera? ¿Y qué hay de Kristoff? Sabe que él también daría su vida por las dos. ¿Es correcto dejarlo morir porque ese sea su deseo?

La joven reina se agarra los cabellos, desesperada.

-¡AArrrgh! ¡No lo sé! ¡Ya no se que es lo correcto!

Kardia se ríe por lo bajo ante el arranque de la reina, pero luego se torna serio, cuando la ve cubriéndose la cara, angustiada, desesperada. ¿De verdad es una carga tan pesada el liderazgo…? Y aunque se alegra que nunca le han encomendado ese tipo de carga, ahora, frente a ella, desearía de todo corazón poder liberarla de ese peso, aunque fuera por un momento.

Por unos segundos se quedan así los dos, inmóviles, Anna inmersa en su angustia, y Kardia en su deseo por ayudar. Pero él nunca ha sido un hombre que reprima sus deseos, por lo que, antes de que pueda pensarlo bien, rodea el cuerpo de la joven con ambos brazos, olvidándose de que su pecho se encuentra desnudo y sudoroso, y de lo impropio que resulta en esos momentos.

-Lo siento, Anna. Quisiera poder ayudarte, pero sólo puedo decir que lo siento.

Anna se queda petrificada ante el gesto, primero por lo impensable e inesperado, pero también por el contacto de los poderosos músculos con su piel, y sus ojos de nuevo viajan hacia abajo, encontrando los endurecidos brazos. Anna abre la boca para protestar, pero de esta sólo sale un sonido parecido a un chillido, y al darse cuenta que tiene una mano sobre el amplio pecho masculino, la retira como si el contacto le hubiera quemado, no sin antes notar la dureza de este. Con ni siquiera un solo gramo de grasa para ablandarlo, Kardia se presenta ante ella como el hombre más hermoso que haya visto en su joven vida, y el pensamiento no le permite despertar de su estupor.

-¿Estás mejor?

Kardia ha suavizado su voz, sus fuertes brazos aún sujetándola, mientras su rostro se acerca lentamente al de ella, y Anna sólo puede susurrar, como si su conversación fuera un secreto de Estado.

-S-sí… gracias…

Sin poder evitarlo, pues su cuerpo ya no le responde en absoluto, los ojos azules de la pelirroja se fijan en los carnosos labios del hombre, notando cómo se van acercando a ella, e inconscientemente, pasa la punta de su lengua sobre sus propios labios para humedecerlos, más que presta para recibir el contacto.

Kardia no puede recibir una invitación más formal.

Con un movimiento decidido, temeroso de que su consciencia lo detenga, el caballero de Escorpión captura los labios de la hermosa reina, y ambos se estremecen ante el contacto, sintiendo corrientes eléctricas recorriendo sus cuerpos. Inmersa en su angustia, en el miedo por su hermana y por su pueblo, esta intensa sensación la arrastra, y sin querer pensar en nada, Anna tiende los brazos alrededor del cuello del peliazul, besándolo fervientemente, queriendo fundir todos sus sentimientos en esa caricia. Kardia le corresponde con la misma intensidad, poderosos brazos rodeando el delicado cuerpo, y ambos se encuentran respirando agitadamente mientras sus besos los hunden en un mar de emociones. Kardia acaricia la espalda de ella, presionando entre sus homóplatos para provocar que ella se pegue más a él, y sentir aún mejor la suave textura de sus senos sobre el pecho. El joven no puede creerlo, ¡tiene a una reina entre sus brazos! La más hermosa reina que él haya visto jamás.

Anna, por su parte, no quiere pensar, y cuando pensamientos intrusivos de responsabilidad y lealtad tratan de horadar su mente, ella se aferra aún más a los labios del caballero, hambrienta de los besos que le nublan el pensamiento y a la vez enojada consigo misma, sin darse cuenta que de sus hombros cae su adorado chal Northuldra, como si este no deseara ser testigo de lo que está ocurriendo, del tremendo pecado que comete la reina de Arendelle, mientras ella, cegada por el deseo, hunde sus uñas en la espalda de él, incitándolo más, provocando que se le escape un gemido. Kardia, más que obediente, recorre con sus labios la mejilla y oreja de ella, para luego bajar a su cuello, sintiendo la presión de la mano de ella sobre la nuca, para obligarlo a que borre con sus besos los terribles miedos que invaden la mente de la joven.

Pero cuando Kardia hábilmente desabotona el cuello del camisón para descubrir un redondo seno, y cálidos labios atrapan el pezón erecto, el sorpresivo movimiento despierta a Anna de su trance, y ella abre los ojos, empujando al joven hacia atrás, suave pero firmemente, quedando ambos mirándose a los ojos, respirando agitadamente, ella con un suave y blanco seno expuesto al frío de la mañana, él sudando por una razón más que el ejercicio que había hecho, y ambos con los labios rojos e hinchados. Por varios segundos, ninguno de los dos dice nada, no están dispuestos a romper la magia del todo, pero después de un momento, es Kardia quien rompe el ambiente. Aún sin hablar, delicada y tiernamente regresa el seno de ella a su protección bajo la cálida tela, inclinándose para besarlo sobre la ropa, y cuando se yergue, Anna le da un discreto beso en los labios. Él se inclina para exigir más, profundizar el beso, pero ella se hace hacia atrás, le sonríe como disculpa, y se da media vuelta, sin decir nada, dejándolo solo con el aire helado que aún no puede sentir, pues su corazón de caballero ya se encuentra ardiendo.

Esta vez, por una razón muy diferente.

Viéndola partir, Kardia suspira, entre apesadumbrado y excitado, cuando se da cuenta que, a sus pies, se encuentra el chal de las reinas, por lo que se hinca para tomarlo, y se lo lleva a la nariz, aspirando profundamente el aroma de la piel de la joven, y su sonrisa regresa, aunque más amplia que antes.

-Oh, Atena… creo que estoy enamorado.

Mientras tanto, Anna baja corriendo desbocadamente las escaleras, a la misma velocidad que su acelerado corazón. ¿Qué pasó ahí? ¿cómo lo permitió? ¿Qué fue lo que ellos… lo que él…? Instintivamente, voltea a ver su pecho, como si esperando que aún estuviera descubierto… pero sólo queda la tela de enfrente desabotonada, la cual permite que el viento helado enfríe el amplio escote expuesto. Sin embargo, donde él posó sus labios, la hermosa reina claramente puede sentir como si la piel le quemara. Anna frena su carrera y se recarga en la pared de piedra, pensando que, si continúa corriendo, terminará mordiendo el suelo. Pero su mente sigue volando, desenfrenada.

La tuvo entre sus brazos, sus vigorosos brazos, y pudo probar sus labios… realmente es buen besador, como se imaginó que sería… la joven oculta su rostro detrás de ambas manos, mientras ríe y llora a la vez.

-¡Oh! ¡Kristoff! ¡Kristoff, de verdad lo siento tanto…! - Anna se abraza a sí misma, mientras resbala hacia el piso con la espalda recargada en la fría pared, sollozando por las emociones tan encontradas que inundan su ser. Pues ella, dentro de su corazón, sabe la verdad, y es que, aunque ama a Kristoff con ternura, no se arrepiente ni un poco de lo que acaba de hacer, sabe que le gustó demasiado probar al Santo de Escorpión como para arrepentirse, y lo que es peor, sabe que necesita probar más…

-¡Su Majestad! ¿Se encuentra bien?

Anna se sobresalta al escuchar la voz de Kai llamándola desde la base de la escalera, y se levanta mientras se limpia las lágrimas presurosamente.

-Sí Kai, no te preocupes, estoy muy bien, es sólo que… - por un momento duda, ¿qué mentira puede inventar que no la delate? Ella nunca ha sido buena para las mentiras, al menos no de acuerdo con Elsa.

-Oh, su Majestad, ¡de verdad lo siento mucho! - Kai empieza, y Anna se sorprende ante su disculpa. - No debí entrometerme en su expresión de preocupación por la ausencia de su hermana, pero le aseguro que ella estará bien, no debe de dudarlo.

Anna aún no sale de su estupor, y parpadea varias veces, azorada.

-Emh… ¿su Majestad? Es por eso por lo que lloraba, ¿verdad? ¿Por la reina Elsa?

Anna trastabilla sólo un momento antes de seguirle la corriente, aliviada de la interpretación del hombre.

-¡Oh! ¡Sí! ¡Por supuesto, Kai! ¡Estoy muy preocupada por mi hermana! - después de todo, no está tan alejado de la realidad.

-Me imagino, su Majestad. Y de verdad quisiera darle el espacio que necesita. Pero el Consejo la espera para deliberar en un momento. El general Matías despertó exigiendo se reuniera el Consejo, pues aún está resistente en abandonar Arendelle, quiere que todo el ejército se quede aquí, y, como es de esperar, el Consejo, y el mismo general Sísifo, se oponen a ello. Además…

La pausa del consejero real la pone en alerta.

-Además, ¿qué, Kai?

El hombre carraspea, incómodo, conocedor del desagrado de la joven hacia las noticias que está por darle y de su probable reacción.

-Además, necesito informarle que, durante la madrugada, llegaron nueve huéspedes más.

-¿Huéspedes? ¿Quiénes? ¿De dónde?

-Caballeros de Atena, su Majestad. Llegaron en refuerzo para proteger la ciudad, aparentemente atendiendo el llamado del general Sísifo.

-¡¿Nueve caballeros más?! ¿Pero qué es esto, un hotel? Acaso… - pero, aunque quiere seguir protestando, de pronto un pensamiento previo invade su mente.

¿Son así todos los caballeros de Atena? ¿Es la belleza un requisito para ser parte de su séquito?

El eco de sus propios pensamientos interrumpe el hilo de su queja, y se imagina a sí misma rodeada de casi una docena de bellos ejemplares, cuerpos perfectos parecidos a los de Kardia, y no puede evitar que un rubor intenso dibuje sus mejillas. Porque no puede negarlo, incluso el malhumorado Sísifo se ve más que bien con esa camisa que permite definir su amplio pecho, sus bien torneados brazos…

El rubor se profundiza, pero para su suerte, Kai lo interpreta como una expresión de furia intensa, haciéndolo dar un paso hacia atrás.

-Si gusta, su Majestad, le puedo dar un momento más para recomponerse e ir a recibirlos.

Anna apenas lo escucha, pero de lo poco que puede discernir, agradece la enorme inteligencia emocional de su consejero.

-Claro… dame un minuto, y vamos, Kai. Nos necesitan allá…

Satisfecho, el hombre se retira, dejando a la pelirroja haciendo esfuerzos por serenarse, mientras el recuerdo de su reciente encuentro, y nueve potenciales más, la hace estremecer de una emoción intensa hasta entonces no conocida.

como reina, ¿no podría ella poseer un séquito similar?

Parece que el día de hoy se creó para cumplir sus más extraños deseos.

oooooooooooOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooo

Con la respiración agitada, y el cuerpo perlado en sudor, a pesar del frío que los rodea, Elsa se dobla sobre sí misma, cayendo rendida sobre el cuerpo también sudoroso de su amado, mientras se recupera de ese instante de gloria que acaba de vivir. Siente su cuerpo agotado de tantas sensaciones intensas: no puede creer lo que las manos y los labios de Degel le hicieron sentir, ¡es como si hubiera tocado el cielo por un momento! Definitivamente es algo que tienen que repetir, tan pronto como regresen. ¡Y contarle a Anna! ¡Debe de compartir con su hermana este nuevo conocimiento!

Agotada y a la vez satisfecha, Elsa se relaja sobre el cuerpo amado, sintiendo como el hombre también se encuentra agitado, tratando de recuperarse.

Aún íntimamente unidos, Degel la recibe en sus brazos, respirando de forma entrecortada, y acaricia la espalda amada, fascinado con las sensaciones que esta mujer le produce, y la más increíble, la sensación de paz que le ha envuelto después de hacerle el amor. Si pudiera, desearía estar con ella así, por siempre, unidos como un solo ser, para jamás separarse. Por esta mujer, por esta diosa que ahora es suya, desearía poder mandar al diablo a todo el mundo, a su misión, a sus compañeros de armas… a Atena…

Sin poder evitarlo, el hombre suspira profundamente, mientras sus pensamientos se llenan de nubes oscuras. Porque sabe que, para un hombre como él, es imposible poseer tanto. Por supuesto, el cambio de humor no pasa desapercibido ante la albina.

-¿Qué pasa, amor mío? ¿Te he lastimado?

Degel ríe por lo bajo, divertido ante tal pregunta, pues debería ser él quien la formulara.

-No debes preocuparte por mí. ¿Cómo estás tú?

-Si es mi brazo por el que preguntas de nuevo, te puedo asegurar que está mucho mejor, no te preocupes, ya no me duele en absoluto. Creo que llegar a Ahtohallan me ha mejorado mucho, tanto como a ti.

Degel vuelve a reír por lo bajo.

-No me refería a tu brazo… pero me alegra saber que estás mejor de tu lesión.

Por un momento, la joven titubea, sin entender sus palabras, hasta que un rubor se profundiza en sus mejillas. Elsa se incorpora sólo lo suficiente para poder verlo a los ojos, y su mirada es radiante, lo que tranquiliza al peliverde.

-Me siento más que bien… No sé cómo explicarlo. Sólo sé que sentí por un momento la eternidad.

-¡Vaya! Que palabras tan profundas para describir un orgasmo.

Elsa hace un mohín ante tal respuesta.

-¿Te burlas de mí?

Él vuelve a reír mientras acaricia el cabello de la rubia.

-No, en absoluto, mi amor. Me maravillan las palabras que escogiste, porque creo que ni siquiera yo hubiera podido expresarlo de mejor manera.

Satisfecha ante la explicación, Elsa se inclina de nuevo para besarlo tiernamente, después recarga su cabeza en el amplio pecho, los dos un poco más recuperados, mientras siente las amplias manos acariciándola aún, hasta que Degel decide romper el silencio con una confesión.

-Ahtohallan habló conmigo.

Elsa abre los ojos de inmediato, un tanto sorprendida.

-¿De verdad? ¿Te refieres a lo que mencionaste sobre explicarte tus orígenes?

-Sí, pero además de eso, me dijo que sí existe una respuesta para lo que estoy buscando. Que debo buscar más allá, debo llegar más allá… no sé de qué, para poder encontrarlo.

El corazón de la joven da un vuelco ante tal confesión, y de nuevo busca la mirada de su amado, en esta ocasión, un poco asustada. Degel de inmediato capta su estado de ánimo.

-Tengo la sensación de que sabes exactamente lo que eso significa.

Apesadumbrada, incluso asustada, Elsa lo atraviesa con la mirada, como si queriendo que sienta su angustia.

-Sí. Vaya que lo sé. Es por eso que sé que no puedes hacerlo.

-¿Por qué no?

-Significa que debes entregar tu vida para ese conocimiento.

Degel deja de acariciar a su amada, ahora sí preocupado ante sus palabras y la seriedad de ellas. Pero su mirada no pierde su determinación, y en cambio, observa a la Reina de las Nieves con profunda tristeza. Ella entiende de inmediato.

-¡No! No puedes hacerlo, Degel. ¡No debes hacerlo!

Degel suspira. La reacción de la mujer no lo decepciona, de hecho, casi la esperaba, ahora que tiene la certeza de que se encuentra ante una misión suicida.

-Es mi deber, Elsa, lo que sea necesario para cumplir nuestro objetivo.

-¡Excepto dar tu vida!

-Si es necesario, debo hacerlo.

Ella se yergue más, y está a punto de separarse de él, enojada y asustada, pero Degel se inclina hacia adelante, tomándola de los hombros.

-Te entiendo, mi amor. Yo tampoco quiero abandonarte. Pero es algo que debo obtener.

Testaruda, Elsa endurece la mirada.

-Entonces iré yo en tu lugar.

-Jamás te pediría que hicieras eso por mí.

-¡No voy a dejarte hacerlo!

Degel, ya sentado, suspira ante el arrebato de la joven y trata de razonar con ella. A través de su conexión puede sentirlo, puede sentir cómo se agita el corazón de la albina. Pero no puede echarse para atrás ahora que la respuesta a su búsqueda, y probablemente un poder que equilibre la balanza en esta Guerra Santa, esté tan cerca de sus manos.

-Tengo la sensación de que sabes lo que sucederá, porque ya lo has experimentado. Porque tú misma te has aventurado tan profundo, y te arriesgaste para obtener ese conocimiento, ¿no es así?

Ella desvía la mirada, tratando de levantarse, pero él la empuja hacia abajo, impidiendo que rompa su ya endeble unión, y buscando su mirada.

-Tú obtuviste conocimiento que no debías tener, y ofreciste tu vida a cambio.

-¿Me acusas? - Elsa de nuevo fija la mirada en los ojos de él, enojada, ofendida, reclamando, tratando de manipularlo, con la esperanza de obligarlo a ceder. Pero Degel no es un hombre al que se pueda engañar con facilidad.

-Nunca lo haría, amor mío. Pero si es cierto lo que supongo, significa que tú lograste salir con vida. Lo mismo sucederá conmigo. Ya lo verás.

Elsa insiste, su mirada aún determinada.

-Conmigo fue distinto, el conocimiento no era tan profundo, y obtuve ayuda.

Él la toma de ambas mejillas, obligándola a verlo fijamente a los ojos.

-Yo también tendré ayuda. La tuya. No hay nadie más poderoso que tú alrededor, y estos son tus dominios. Estoy seguro de que Ahtohallan te obedecerá, si le pides que me ayude.

-Yo no estoy tan segura.

-¿Te parece si hacemos la prueba?

Ante tal insinuación, la joven explota.

-¡No seas tonto, Degel! ¡Esto no es un juego! ¡No quiero apostar tu vida!

Pero él no cede ni un centímetro.

-No es mi vida la que apuestas. Es la vida de todo Arendelle, de todo el mundo. Incluyendo la vida de tu hermana.

Ante esas palabras, Elsa abre los ojos de par en par, y trata de liberarse de su agarre, pero él le sujeta ambas mejillas con más fuerza, sus ojos violeta fijos en los azules del Quinto Elemento.

-A partir de ahora eres mía y yo soy tuyo. Tú lo decidiste así al entregarte a mí bajo la cúpula de Ahtohallan. Lo sé, porque yo también decidí ser tuyo para siempre, decidí que daría mi vida felizmente por que tú puedas vivir la tuya sin miedo y sin amenazas, es la promesa que le hice a este témpano tan sagrado para ti, y Ahtohallan aceptó mi promesa; Elsa, ¿no lo entiendes? Estamos en esto los dos, juntos. Mientras nos mantengamos así, no habrá nada que nos detenga. Te lo prometo.

Elsa quiere negarlo todo, decirle que es un estúpido por confiar en promesas así. Por confiar en ella de forma tan ciega. Pero puede entender la necesidad del caballero de terminar su misión, de salvar a todos. Ella misma siente esa necesidad. Y Degel, perceptivo como siempre, interpreta su silencio acertadamente, dando por terminada la conversación con un prolongado beso. Así es como, con pesar en su corazón, la antigua reina de Arendelle acepta a regañadientes seguir adelante en las profundidades de Ahtohallan, sintiéndose derrotada, pues sabe lo que les espera. Degel la rodea con sus brazos, apretándola fuertemente contra su pecho desnudo, tratando de infundirle valor. Está a punto de cumplir su primera misión, pero está consciente de que, quizá, no salga vivo de ella, por lo que eleva una oración que sale desde lo más profundo de su ser.

Mi diosa Atena. Mi amada diosa. Si decides que es mi momento de entregar la vida por salvar este mundo, estoy consciente y la entrego sin arrepentimiento. Sólo te pido, desde el fondo de mi corazón, que protejas a Elsa, que la dejes vivir una larga y plena vida. Es por ella por quien entrego mi alma, en este acto que estamos por hacer.

ooooooooooooOOOOOOOOOOOOOoooooooooooo

A/N: Bien, Anabellaurda, ¡al fin se me hizo que Anna lance una cana al aire por tan bello Kardia! ¡Espero que no lo sientas muy rápido o muy forzado, y que te haga gritar de emoción un rato! Esto es en agradecimiento por el tiempo que me aguantaste. Estaré siempre agradecida.

Por otro lado, Aletuki! Es un honor tenerte de regreso! Espero que este capítulo sea de tu agrado, para ayudarte a gritar por imaginarte más de esos ships extra que me contaste! Y quizá hasta te imagines otros más! Después de todo, Anna es una reina, y como tal, por qué no podría ella crear su propio harem? imagínate! Me encanta que te haya encantado como se va desarrollando la historia, y espero que te guste más lo que viene!

En otras cosas, espero que el ambiente pesimista después de que tuvieran sexo no haya empañado mucho el bello momento que vivieron Elsa y Degel… mucho, pues. Degel trata de ser realista, trata de no darse muchas esperanzas, aunque eso debe romper cruelmente la preciosa esfera de cristal de Elsa. Pero en fin, él quiere proteger su corazón, verdad?

Ojalá les haya gustado el capítulo. Les deseo mucha salud!