Cosmos Congelado
Capítulo 21
Esculturas de Hielo
Anna inspira profundamente tratando de darse valor. Nunca ha dudado, ni titubeado, cuando se trata de recibir heraldos de otras tierras. Ni siquiera se ha amedrentado ante la visita de hombres mucho mayores y mucho más inteligentes que ella, que tratan de intimidarla o controlarla de alguna manera. Su espíritu rebelde y determinado no le permite dar un paso atrás ante tales patanes. Además, en el poco tiempo que su hermana estuvo de regente, fue testigo directo y silencioso de las envidias, las manipulaciones y las intimidaciones a las que Elsa era sujeta, y se enorgullecía sobremanera el ver cómo hábilmente su hermana lograba superar todos esos retos, de forma a veces diplomática, a veces más enérgica, pero siempre obteniendo los mejores resultados posibles para su reino, y fueron enseñanzas que ella, en cuanto entró a la regencia, tomó partido de inmediato, encontrándose que le era muy fácil, que su habilidad con la palabra, sumados a su picardía y su arrojo, ponían en bandeja de plata el trato de estos hombres difíciles, pues aunque muchos no toleraban ser ninguneados por una mujer, ella sabía como relajar la situación, para después irse por otra vía y al final lograr su objetivo, o bien, al menos no empeorar la situación.
Esta vez, en cambio, no se sentía tan segura.
A través de la puerta entreabierta que da a la sala principal, y de ahí al trono, la joven reina puede tener pequeños atisbos a las visitas que aguardan por ella, y la vista que le entregan la ha puesto muy agitada: nueve hombres jóvenes, tan jóvenes como ella, o incluso más, platican entre ellos, algunos animados, otros más bien serios, pero todos de anchos hombros y estrechas cinturas, de brazos poderosos y piernas bien torneadas, de playeras delgadas que se pegan a exquisitos torsos. Y los rostros… ¡oh, Dios! Anna siente que su respiración se corta un momento al ver las guapuras que le han traído. Algunos de ellos con rostros suaves y bellos, otros de formas más bien varoniles, le quitan el aliento de solo verlos. ¿¡Y ella sola tiene que recibirlos a todos!? Nunca había estado rodeada de tantos y tan deliciosos manjares.
De verdad que esta Atena es una afortunada…
-Su Majestad.
Anna se sobresalta y lanza un gritito cuando Kai le habla a sus espaldas. Respirando profundo, trata de tranquilizarse.
-¿S-sí, Kai?
-Estamos listos para recibirlos. ¿O requiere de un poco más de tiempo?
-N-no, no. Estoy bien. Es hora de enfrentarlo. - La joven inspira de nuevo, y se recompone, ambas manos descansando al frente, su mirada fija y su barbilla elevada, tratando de dar su más altiva pose. Ya lista, sólo asiente al hombre, quien le responde con un gesto de la cabeza y abre la puerta, anunciándola a viva voz.
-Su Majestad, la reina Anna de Arendelle.
Sin pensar en lo que está haciendo, y permitiendo que su cuerpo la guíe en este movimiento tan protocolario que ha repetido mil veces, Anna fija su mirada al frente, al trono, tratando de evitar voltear a los lados, sus pies caminando seguros, mientras los santos de Atena forman una fila india para dejarla pasar, inclinándose respetuosamente conforme ella alcanza su nivel. Pero, a pesar de sus buenas intenciones, Anna de vez en cuando se permite pequeños atisbos a cada uno.
Este tiene un cuerpo muy bello… ¡Que brazos tan musculosos tiene este otro! ¡Vaya! ¡Que sedosa cabellera rubia! Ooohh… este está muy guapo… ¡Mira las manos tan grandes que tiene este otro! Me imagino lo que sabe hacer con ellas…
Por más que intenta, no puede evitar sentir el rubor en sus mejillas profundizándose conforme sus pensamientos se vuelven más descriptivos y… perturbadores. Sorprendida por el grado de imaginación que puede tener, Anna cubre sus mejillas con ambas palmas, mientras el calor que siente se hace cada vez más insoportable.
¿Qué me pasa? ¿Que me está pasando?
Sintiéndose avergonzada de sí misma a niveles que no conocía, la estocada final llega en sus últimos pasos de la improvisada fila de bellos dioses. Kardia, el último de la línea, le sonríe de manera sugerente, mientras la varonil mirada lentamente viaja por el cuerpo de ella, apreciando la perfección de sus formas resaltadas por del vestido, para finalmente regresar la mirada y guiñarle el ojo con mucha complicidad.
Con tanta emoción imposible de tolerar, Anna de pronto siente cómo líquido tibio sale de su nariz. Sin poder evitar la necesidad, la joven reina toca el borde de su labio superior, para encontrar que el líquido es de un intenso rojo brillante.
-Su Majestad… ¿está sangrando de la nariz? - La varonil voz la hace pegar de nuevo un pequeño gritito: Kardia se ha enderezado y, aún portando la sonrisa traviesa, le ofrece un pañuelo que la reina le arrebata para de pronto salir corriendo al frente, desesperada por alejarse de estos hombres tan atractivos y tratar de salvar algo de su dignidad.
Aunque es consciente de que ya no le queda mucho por salvar.
¡Que humillación, Dios mío! ¡Que humillación!
Una vez que llega al trono, antes de dar la vuelta presiona con fuerza ambas fosas nasales, deseando de todo corazón que la tierra se la trague en ese momento. Seguramente Arendelle puede vivir sin una reina, ¿o no?
-Su Majestad. ¿Se siente bien? - Gerda, solícita, se acerca a ella, ofreciendo un segundo pañuelo, ya que el reciente se encuentra empapado de sangre.
-S-sí… sí, nana. No te preocupes.
-Debe de ser la preocupación y el estrés, mi niña. Respire profundo y verá que se sentirá mejor. - La vieja nana da un paso más hacia ella, hablándole al oído. -Si usted gusta, puedo pedirle a alguno de estos muchachos que la acompañe a su dormitorio.
-¡Gerda! - sus oídos no pueden creer lo que han escuchado, principalmente porque desea decir que sí. Pero la nana sólo le sonríe traviesamente.
-Me refiero a que quizá se sienta indispuesta, y prefiera descansar. - Pero el guiño que le dedica la mujer definitivamente implica otra cosa. Para su fortuna, después de su consejo en tan mal momento, Gerda sólo se inclina y la deja ser, alejándose con los pañuelos sucios. Una vez sentada en su trono, y más recompuesta, Anna le dirige una mirada a Sísifo, invitándolo a proceder, y este respira profundo para después acercarse a ella.
-Su Majestad, durante la noche, y bajo autorización del Santuario, logramos contactar a varios santos de Atena para que nos apoyen en la protección de esta ciudad. Desafortunadamente, la cantidad de santos cercanos a esta localización es poca, por lo que sólo nueve lograron llegar a tiempo a nuestro destino. Sin embargo, el que sean pocos no significa que no sean suficientes, ya que afortunadamente en su mayoría son santos dorados, cuyo poder supera en creces al ejército de Hades. Permítame presentarle a cada uno. - Sísifo se gira un poco, dirigiendo su mirada hacia sus compañeros, un destello de orgullo iluminando sus ojos dorados mientras señala al caballero dorado parado a un lado de él. - El más cercano a nuestras tierras era Dhoko, el Santo Dorado de Libra, único portador de armas entre los caballeros de Atena, y uno de los hombres más poderosos dentro del Santuario.
De entre el grupo sale un joven de piel bronceada y bellos ojos negros que se inclina ante ella y le sonríe con dulzura y sencillez, su ademán, así como el aura de complicidad y amistad que de él emanan, hacen que Anna decida casi de inmediato que le gusta este caballero. La joven inclina la cabeza en señal de saludo.
-Es un placer conocerla, bella reina.
-Un gusto que se encuentre aquí, señor Dhoko. Bienvenido a Arendelle.
Dhoko le sonríe más ampliamente ante tan cálida bienvenida.
-Había escuchado lo hermosa que es, pero no lo benevolente. Sus palabras me llenan de alegría.
El caballero inclina de nuevo la cabeza, agradecido, y Anna le sonríe de vuelta.
-El siguiente caballero en arribar, - continúa Sísifo, mientras Dhoko le da paso a su siguiente compañero, - es El Cid, Santo Dorado de Capricornio, uno de los caballeros más mortales del Santuario.
Frente a ella se coloca un caballero de físico impresionante, y no por que este sea prominente o algo así, pues más bien es de complexión delgada, sino que, a través de su playera, que pareciera estar pegada a su cuerpo como una segunda piel, se vislumbran músculos bien formados, delineados con divina perfección, cual si el caballero fuera una estatua viviente, su cuerpo dibujado con un detalle tal que es inconcebible en un ser vivo. Anna no cree haber imaginado nunca un cuerpo tan perfecto. Los ojos negros del joven, fijos en ella, transmiten una fuerza descomunal, una concentración increíble, que la hacen estremecer.
-Mi espada y mi poder están a su servicio, bella reina. - El caballero se inclina ante ella, y Anna emite un sonido parecido a un ´mucho gusto´… pero no está tan segura, pues su voz parece haber huido de su garganta. Sin notar su desliz, Sísifo continúa con las presentaciones.
-Venido de un poco más lejos, ha llegado Shion, Santo Dorado de Aries, uno de los hombres más sabios y peligrosos del Santuario, y alumno directo de nuestro Patriarca actual.
Anna abre más los ojos ante el hombre de larga y alborotada melena color pistache, impresionada por los finos rasgos del caballero frente a él, mientras el santo de Atena se inclina y le regala una sonrisa muy parecida a la de Dhoko por su sencillez y honestidad, pero que a la vez le transmite paz y seguridad.
-Estoy para servirle, reina mía.
Anna le sonríe tímidamente, y levanta un poco la mano, para después carraspear e inclinar la cabeza, de pronto consciente de que se empieza a comportar como una adolescente hormonal en vez de una reina por derecho propio.
-Agradezco su apoyo, caballero.
Shion asiente, así como Sísifo, quien continúa con las presentaciones.
-El siguiente, y uno de los primeros en acudir a nuestro llamado, es Asmita, Santo Dorado de Virgo, del cual se dice es el hombre más cercano a Dios.
Si Anna aún podía esconder lo impresionada que estaba, ahora definitivamente se encuentra superada por esa emoción. Frente a ella se materializa uno de los hombres más hermosos que haya visto jamás, su rostro de finas facciones enmarcado por una larga cabellera rubia, la estremecen de sobremanera, lamentándose únicamente que no pueda ver sus ojos, los cuales se encuentran cerrados.
-Estoy aquí para apoyarla, su Majestad. Y para proteger a la diosa de estas tierras, tan pronto arribe.
Anna abre la boca para hablar, pero sin poder evitarlo, esta emite un sonido que más bien parece un chillido. Apenada, se cubre de inmediato la boca, mientras siente cómo su cuerpo se torna totalmente rojo de la pena. ¿Acaso puede humillarse a sí misma aún más? Carraspeando de nuevo, la joven reina hace un segundo intento por hablar.
-Gracias… mi… mi hermana está pronta para llegar, y seguro le encantará verlos… ¡digo! Estará complacida de recibirlos.
Asmita sonríe de lado, divertido, y asiente, para luego caminar hacia un lado y permitir el paso al siguiente caballero. Anna no se da cuenta que los otros hombres abren los ojos como platos ante tal gesto, mientras Sísifo carraspea, tratando de recuperarse de la sorpresa, al igual que sus compañeros, de ver algún grado de emoción en el usualmente estoico caballero.
-Ehem… el último Santo Dorado en acudir a nuestro llamado, es Regulus, Santo Dorado de Leo.
Anna de nuevo es sorprendida, no sólo por la belleza del caballero, sino principalmente por su juventud, pues pareciera que el hombre que se para frente a ella no debería ser llamado hombre aún: está segura que el chico no sobrepasa los 15 años.
¿U-un niño… tienen a un niño combatiendo?
Su sorpresa hace sonreír al santo de Sagitario, quien ya se esperaba su reacción.
-No piense menos de mi hermano por su juventud, su Majestad, pues el chico es un niño prodigio, ascendido al nivel de Santo Dorado por méritos propios.
-¿Tu… tu hermano? Lo siento… no fue mi intención… - Parece que ya no podría ser más humillada, pero Regulus sale al rescate, negando con la cabeza y dedicándole una enorme sonrisa.
-No se preocupe, su Majestad. Todos los que me ven tienden a pensar lo mismo que usted. Pero deme la oportunidad de demostrarle que soy más poderoso que mi hermano. Estoy a su disposición.
Anna no puede evitarlo y ante sus palabras dichas con tanto ahínco le sonríe cálidamente. Sísifo voltea los ojos ante el comentario impertinente, pero su sonrisa de orgullo no desaparece del todo.
-Estos son todos los caballeros dorados. El resto son Tsubaki de Vela y Lacaille de Popa, Santos de Plata, acompañados de Rusk de Brújula y Douglas de Osa Mayor, Santos de Bronce.
Los cuatro se forman en una fila, para inclinarse ante ella al mismo tiempo y, al unísono, ponerse a su servicio.
-Estamos aquí por órdenes de Atena, orgullosos de poder asistirle, su Majestad.
Anna les sonríe dulcemente, ya recompuesta de tanta sorpresa, mientras pasa su mirada de un caballero a otro.
-Mi corazón y mi pueblo les agradece eternamente este esfuerzo que hacen por nosotros. Por favor, todos ustedes, sean bienvenidos a este pequeño reino, y permítanme agasajarlos con un desayuno bien merecido. - Al escuchar la invitación a la mesa, los jóvenes le regresan una amplia sonrisa, para luego platicar entre ellos, emocionados y agradecidos, mientras Shion, Dhoko, El Cid y Asmita se acercan a Sísifo y a la joven reina, el primero tomando la batuta.
-Le agradecemos su cálido recibimiento, reina mía, pero mientras mis compañeros disfrutan de los deliciosos manjares que su corte nos invita, preferiría que nos pusieran al tanto de la situación imperante.
Anna asiente, encantada de tener tan bellos ejemplares para ella sola.
-Me alegra sobremanera que deseen que nos pongamos en acción de inmediato, entonces permítanme ordeno lo conducente, para que nos lleven de comer en la sala de reuniones. – La joven reina se aleja para darle instrucciones a Kai, mientras Sísifo habla con sus compañeros dorados. Cuando se voltea, la joven aprieta con fuerza los puños mientras hace todo lo posible por contener su emoción.
¡Debo estar soñando! ¡Nunca pensé que sería posible tener un séquito de hombres tan guapos para mí solita…! Ante tal pensamiento, una sonrisa pícara se dibuja en su ruborizado rostro, mientras sus ojos brillan de placer al ver de reojo a los caballeros dorados que se reunirán con ella. ¡Por favor, que nadie me despierte!
Mientras tanto, Sísifo empieza su plan de defensa, inquieto por la batalla que se avecina.
-Aparte de ponerlos al día, también me gustaría que discutiéramos las estrategias que debemos implementar para proteger mejor este lugar.
-¿Estrategia? – Dhoko lo interrumpe. – te encuentras ante la presencia de un buen número de caballeros dorados. ¿Por qué habríamos de realizar estrategias? si el simple hecho de que nos encontremos aquí es fortaleza suficiente para lo que sea que se avecine.
Sísifo lo interrumpe.
-Aunque me alegra que nos tengas tanta confianza, no sabes lo que dices, amigo. Un batallón de espectros de Hades se dirige a estas tierras, muy seguramente con varios de sus generales a la cabeza. No será una batalla fácil aún cuando estemos tantos de nosotros.
Dhoko resopla, minimizando sus palabras.
-Me sorprende que tengas miedo, viejo amigo. No es algo común en ti. Me parece que las batallas previas han hecho mella en tu espíritu, porque yo insisto en que esto es demasiado sencillo.
Sísifo se molesta y lo empuja fuertemente.
-¡Deja de bromear, Dhoko! ¡Esto no es un juego! Tenemos cientos de vidas en nuestras manos. Arendelle caerá si no nos lo tomamos en serio.
Pero Shion interviene.
-Entiendo lo que dices, hermano, pero en tu mensaje, nos mencionaste que era imperante la presencia de la mayor cantidad de caballeros posible, que debíamos apoyar una misión de alta relevancia, y que Degel se encontraba también aquí. Sin embargo, hasta ahorita no sabemos nada de la misión, o lo que hay que proteger, sólo que es una ciudad, y una bastante pequeña, cuya relevancia respecto a la batalla contra Hades aún no logro entender, y hasta el momento Degel no se ha presentado ante nosotros.
Sísifo se cruza de brazos, tratando de minimizar su preocupación.
-Él se dirigió a una segunda misión, está pendiente por regresar.
-Fue directo a Bluegard?
-No, aún no. Parece que encontró una pista de lo que Atena busca en estas tierras, y fue a recabarlo. Esperamos que llegue hoy por la tarde o mañana al amanecer.
Dhoko levanta una gruesa ceja, mientras le dirige una mirada a Kardia, el cual ya se aleja hacia el comedor, riendo y bromeando con Regulus, para descontento de Sísifo.
-Me cuesta trabajo creer que Degel se haya ido sin Kardia, o que éste lo haya permitido. No es algo común entre ellos dos.
Sísifo se encoge de hombros.
-Así como Degel tiene una misión al norte de este reino, Kardia tiene una segunda misión aquí, y así como lo he visto, no es algo que se pueda discutir con él.
-¿Y qué misión sería esa? No me imagino ninguna misión no ordenada por Atena que podría separar a esos dos. – Esta vez es El Cid el que pregunta, para nada convencido de la explicación.
-La de proteger a la reina Anna.
Ante la aseveración de Sísifo, los tres caballeros voltean a ver a la joven reina, quien se encuentra aún distraída, recibiendo informes de un hombre de tez oscura. Sintiendo las miradas de los caballeros sobre ella, la joven voltea a sonreírles, para después recuperar su atención sobre el altivo general.
- ¿Por qué debemos de proteger a una única reina, cuando la vida en el planeta está en riesgo?
Sísifo se encoge de hombros.
-Eso se lo debes de preguntar a Degel. De acuerdo con él, su hermana es de suma importancia para la misión, por lo que no debemos permitir que Arendelle caiga, so pena de que no recibamos el apoyo de ellas.
Dhoko de nuevo levanta una ceja, pero no comenta al respecto, y en cambio sigue molestando a su compañero.
-¿De verdad no esperaremos a Degel para planear la defensa? Él es nuestro más brillante estratega. ¿Acaso no recuerdas la última vez que quisiste tomar su lugar y arreglar un ataque en conjunto?
Sísifo le dirige una mirada llena de reproche al caballero, pero éste solo se encoge de hombros, divertido. Shion, con una sonrisa en el rostro, trata de ser conciliador.
-Opino que Sísifo tiene razón, a pesar de que Degel no esté aquí, deberíamos de trazar una idea por lo menos, en caso de que no pueda llegar a tiempo al primer día de batalla.
El Cid asiente, como si eso zanjara la discusión, y trata de integrar al grupo a su cuarto compañero, volteando a buscar a aquél que se dice más cercano a Dios.
-¿Tú qué opinas, Asmita? ¿Asmita?
Sin embargo, el interpelado, situado a un par de pasos de ellos, no les presta atención: el hermoso caballero se encuentra en completo silencio, su rostro dirigido hacia la reina, como si la observara sin mirarla.
-¿Asmita?
Sin perder la postura, el caballero habla como para sí, más que para sus compañeros, con una voz solemne.
-Ella huele como el sol… aunque el aroma no viene de ella, estoy seguro. No sé de dónde proviene… pero es un olor… casi pecaminoso… - Asmita casi sonríe de placer ante su nuevo descubrimiento. - Huele como si un rayo de sol se hubiera posado sobre sus hombros, y se negara a dejarla ir…
El Santo Dorado inhala profundo, aún perdido en sus cavilaciones, mientras sus compañeros dorados intercambian miradas de desconcierto ante las expresiones del usualmente estoico caballero.
oooooooooooOOOOOOOOOOOoooooooooo
Abandonando la orilla de Atohallan, ambos amantes cabalgan en la grupa del Espíritu del Agua, Degel abrazando fuertemente a su diosa nórdica, pegándola a su cuerpo, los dos sonriendo con una felicidad y una satisfacción sin límites en sus corazones. Elsa sostiene con fuerza la preciada urna, mientras el sol de mediodía calienta sus agotados cuerpos, haciéndolos olvidar el frío que sintieron no hace mucho, mientras el mar, tan quieto a los pies de Nokk cual si fuera un espejo, refleja la luz del sol como si múltiples diamantes lo iluminaran.
Del otro lado de la orilla, es obvio que Deuteros había tratado de mantenerse ocupado mientras aguardaba su regreso, como muestra de tales intentos se observa una fogata encendida a un lado y un par de conejos asándose; sin embargo dichos regalos actualmente se hallan abandonados, pues el alto y osco caballero se encuentra inmóvil, estoico, manteniéndose sentado en la playa, ambas piernas cruzadas en posición de loto, palmas sobre las rodillas y ojos cerrados, sin permitir que el calor solar le afecte, hasta que siente el cosmos de su compañero acercándose.
¡Ya era hora!
Sin embargo, cuando abre los ojos para verlos en la lejanía, de inmediato nota la postura de ambos: sus cuerpos pegados, las manos de él envolviendo la cintura de ella con demasiada confianza, la espalda de ella relajada sobre su pecho… pero especialmente, la soltura con la que se encuentran los dos a pesar de su cercanía, y la libertad con la que Degel posa sus labios por un prolongado momento sobre el hombro desnudo de Elsa, sin saber que se encuentran bajo el escrutinio del Santo de Atena. Todos esos pequeños detalles provocan que el caballero peliazul frunza el entrecejo al sentir la oleada de celos que hace hervir su sangre, al leer completos el conjunto de datos haciéndole llegar a una única conclusión:
¡Maldito Degel! ¡La hizo suya!
El corazón de Deuteros se acelera ante el nuevo conocimiento, y un gruñido de celos nace desde el centro de su pecho. De celos, y de humillación, de saber que, a pesar de haber perdido a su hermano, ganándose el puesto de Santo de Géminis, sigue siendo el segundo en todo. El segundo incluso en obtener beneficios sobre esta mujer.
Pues si él pudo hacerlo, yo también lo haré. ¿Acaso no soy también un Santo Dorado, la línea más alta entre todos los caballeros de Atena? ¿No soy yo más fuerte que Degel? ¡También tengo derecho a probar esa piel!
Determinado, el hombre se incorpora y carraspea, controlando sus ansias para ocultarlas a su compañero, pues está consciente de que tendrá que actuar a espaldas del Santo de Acuario: Degel nunca lo consentiría, nunca compartiría de forma voluntaria las mieles del cuerpo de Elsa. Deuteros sonríe de lado, mientras su cabeza crea un sinnúmero de posibilidades para quedarse a solas con la albina, ansioso y excitado ya por la idea.
En ningún momento cruzando por su mente que se requiera el consentimiento de la joven.
Una vez que ambos amantes llegan a él, Degel desmonta primero para ayudar a su amada, quien, en cuanto su vista se topa con la torva mirada del gemelo dorado, pierde de inmediato la sonrisa. Aún no ha olvidado las amenazantes palabras del hombre, pero se obliga a sí misma a regresarle una mirada retadora: por ningún motivo permitirá que la amedrente.
Deuteros percibe la mirada de ella, y en respuesta le sonríe con sorna, mientras se dirige al caballero.
-¿Y? ¿se pudo lograr la misión?
-¡Misión cumplida, querido amigo! - Una vez que ayuda caballerosamente a Elsa a bajar, Degel es el primero en adelantarse, señalándole el recipiente que la albina guarda entre sus manos con recelo. - Este es el instrumento que teníamos que recuperar e imbuir del poder de Elsa, en unos días partiremos a Bluegard.
Deuteros se acerca a ellos, su mirada fija en el instrumento dorado, mientras hace un titánico esfuerzo por evitar que sus ojos azules se pierdan en el cuerpo de Elsa.
Con calma… primero tengo que alejarla de su amante.
-Tendríamos que ir de inmediato entonces, amigo. Te acompañaré en lugar de Kardia, para que podamos partir de una vez. – El corazón del caballero ya late a varias revoluciones por minuto, pensando en el puente interdimensional que creará para atrapar a Elsa sola, en un descanso que él y su compañero tengan en el viaje.
Degel se sorprende ante sus palabras, titubeando y quedándose sin habla al ser tomado por sorpresa, por lo que le corresponde a Elsa respingar de inmediato ante la propuesta del hombre.
-¡No! ¡Esperen! ¿Qué hay de mi hermana y de Arendelle? ¡No pueden irse sin antes ayudarnos contra ese ejército!
Degel asiente y le toma de la mano para reconfortarla.
-Es cierto, Deuteros. Kardia, Sísifo y la reina Anna nos esperan en Arendelle. Un conjunto de tropas de Hades se dirige a ellos, y hemos de detenerlos.
Pero Deuteros minimiza la información con un movimiento de la mano.
-Pfft, estás loco de pensar que nosotros cuatro podremos hacerlo solos. Lo que mejor nos quedaría es dejar la ciudad y partir de una buena vez antes de que el ejército llegue. Estoy seguro de que los espectros de Hades dejarán la ciudad en paz para perseguirnos hasta Siberia.
Elsa se indigna ante las palabras del hombre, que a sus oídos presentan un dejo de cobardía.
-¡Un momento caballero! Yo los ayudé en su misión. Ahora les toca pagar por esa ayuda. No es justo que salgan huyendo de su deuda ahora que han cosechado el beneficio. No tienes la certeza de que el ejército de Hades los siga hasta Siberia y deje en paz a mi ciudad. Además, lo que propones no fue lo que Sísifo acordó, y como su hermano de armas, tienes que honrar su palabra.
Deuteros, enojado y nervioso de que se le caiga el teatrito, le responde aireado.
-Usted no entiende, su Majestad. ¡Tenemos una misión más importante que cuidar una pequeña ciudad!
Antes de que Elsa pueda protestar, aún más ofuscada, Degel finalmente interviene.
-No hay nada más importante que salvar las vidas de toda una ciudad, Deuteros. Tendremos que aplazar nuestro viaje a Bluegard, primero debemos de proteger Arendelle.
Pero el caballero no cede a la presión.
-Entonces deja que nosotros lo hagamos: no debes de preocuparte por ella, pues yo la acompañaré para que lleguemos a tiempo, y te juro por mi vida que protegeré a su gente, mientras, tú parte de inmediato hacia Bluegard e inicia tu misión. Alguno de nosotros te alcanzará.
Degel por un momento vuelve a titubear, sopesando la propuesta de su compañero, que no le parece tan descabellada. Sin embargo, se siente ansioso de dejar a Elsa tan pronto, aún cuando esté consciente de que es urgente llegar a Bluegard lo más pronto posible, y de que Deuteros sería una poderosa escolta para su amada, incluso mejor que él mismo. Sin embargo, algo en su corazón le dice que todavía no es tiempo de dejarla. En el momento en que sus ojos violeta se cruzan con los azules de la albina, llenos de ansiedad, la duda desaparece de su mente y de inmediato niega con la cabeza.
-Mañana me iré sin falta, pero primero hay que proteger su ciudad. Elsa tiene razón. Ella nos ayudó, ahora necesitamos corresponderle a ella y a su pueblo.
Pero Deuteros no cede ni un momento, no sólo preocupado por perder su oportunidad, sino también angustiado por la misión, que ahora siente como suya.
-¡No seas necio, Degel! ¡Bluegard es más importante que Arendelle! ¡No te quedes y retrases tu misión sólo por una simple mujer!
Degel se pone rojo de rabia ante tales palabras, pero sólo cierra los ojos y exhala, conteniendo sus emociones. No hay provocación que pueda alejarlo de Elsa.
-Entiendo por qué puedes pensar así, pero te aseguro que no sólo es porque ella lo pide. Le di mi palabra que protegería su reino, mucho antes de que llegaran Sísifo y tú. Como Santo de Atena, es mi deber cumplirla, especialmente porque soy el causante de que un ejército de Hades se encuentre a las puertas de su ciudad.
Deuteros se encoge de hombros, minimizando esas palabras.
-No fue tu culpa. Hades ya tenía sus ojos en ella antes de que tú te enteraras.
-Y es ese retraso en saber de sus verdaderas intenciones lo que me señala como culpable. De haberme enterado antes, de haber encontrado la información antes, yo ya hubiera complido mi misión aquí y Hades ya estaría tras de mí en Bluegard, en lugar de llegar a arrasar una ciudad llena de inocentes.
Deuteros gruñe de frustración al no encontrar más argumentos. No solo se está retrasando la misión ordenada por Atena, sino que, además, sus posibilidades de quedarse solo con Elsa se están reduciendo a pasos agigantados. ¡Cómo desearía tener la inteligencia de este hombre, para lograr convencerlo con argumentos creíbles! Ese último pensamiento lo sorprende, pues parece que su envidia por las posesiones de Degel crece sin que se haya dado cuenta. Furtivamente dirige su mirada al cuerpo de la albina, su objeto más deseado, mientras ella posa su mano sobre el pecho de Degel, ambos intercambiando una mirada, como si hablaran entre ellos sin necesidad de palabras. Esa vista lo ofusca aún más, pero, decidido a obtener lo que desea, aún si se requiere que sea paciente, el caballero se obliga a sonreír cálidamente a su compañero, para dirigirle una mirada llena de doble sentido hacia la joven.
-Está bien, Degel, tú eres mucho más inteligente que yo, por lo que, si dices que ese es el camino correcto a transitar, yo te apoyaré. Mientras tanto, déjame te ofrezco una muestra de buena fe: preparé una pequeña caza para que puedan regenerarse, ¡deben de estar hambrientos después de la hazaña que realizaron recién!
Degel se extraña, pero a la vez se tranquiliza un poco al ver que su compañero ha cedido rápidamente, por lo que no se da cuenta de la connotación evidente en su voz. Pero Elsa sí lo hace, pálidas mejillas tornándose de un suave tono rosado, mientras sus ojos no desean nada más que ver caer fulminado al alto caballero.
¡Imposible! ¡Él no puede saber que Degel y yo…!
El simple recuerdo profundiza su rubor, para deleite del peliazul.
Deuteros, observándola detenidamente, le regala su sonrisa sardónica, interpretando a la perfección que ella se ha dado cuenta lo que él ha adivinado.
-Veo que el sol no ha sido principalmente clemente con usted, su Majestad, la observo muy ruborizada.
¡Oh! ¡Como quisiera plantarle una sonora cachetada! Pero sin pruebas de su felonía…
-N-no… no es nada… seguramente ha sido el esfuerzo de llegar hasta aquí.
-O de lo que hicieron antes de llegar aquí, ¿no es así? – Una sugerente ceja se levanta. Elsa ya no tiene duda, y de inmediato le da la espalda, indignada, dirigiéndose a Degel por encima del hombro.
-Amor mío, creo que iré a buscar un riachuelo para lavarme las manos y poder comer el conejo que tan amablemente Deuteros nos ha preparado. En un momento regreso. – sin mayores preámbulos, la joven albina se aleja de los dos caballeros, ambos mirándola retirarse, con similares ideas los dos, pero distintas tonalidades. Degel se sonroja al pensar el tiempo que pasaron juntos, una acción que no pasa desapercibida al celoso Deuteros, quien carraspea para recuperar la atención del dorado.
-Y entonces, veo que te has recuperado de tus heridas de forma milagrosa. ¿Algo que me quieras contar? ¿Y para qué es ese artilugio? – El peliazul le regresa el orbe a Degel, quien finalmente despierta de su ensoñación, para regañar a su compañero.
-Deberías de dejar de molestarla. Ella es importante para mí, ¿sabes? – Una mirada seria trata de penetrar al caballero dorado. – Deberías de tratar de ser amable con ella sólo por eso, pero además es una diosa. Atena no estará contenta si la haces enojar.
Deuteros se encoje de hombros.
-No es mi culpa que sea tan sensible. Además, ¿qué puede hacerme? ¿Lanzarme una maldición?
-Ella es clave para nuestra misión, Deuteros. Tus actitudes pueden provocar que no nos ayude.
El interpelado señala el orbe en manos de su compañero.
-Ella ya nos ayudó, ¿qué sentido tiene seguir siendo amable?
Una ceja de corte partido se eleva.
-Precisamente para corresponder a esa ayuda, es parte de nuestro honor y de nuestras normas. ¿Acaso no te enseñé lo suficiente?
El hombre se estira cuan largo es, despreocupadamente, para después poner ambas manos por detrás de la nuca.
-Solo digo que no tiene caso seguir esta farsa, si ya obtuviste lo que querías. – Degel se pone rojo como un tomate, deseando de todo corazón que su compañero no se refiera a lo que él supone. Deuteros sólo exhala fuertemente. – Bien, creo que yo también iré a lavarme las manos. Puedes empezar, ya está todo preparado.
Degel se sienta en el piso, su mirada discretamente endurecida.
-Tú y yo esperaremos aquí a que Elsa llegue, después irás a lavarte las manos, si tanto lo deseas. No quiero que vayas a continuar haciéndola enojar con tus comentarios insensibles.
El hombre le dirige una mirada torva.
-¿Qué te hace pensar que voy a ir con ella?
-Te conozco. Sé que no cederás hasta que la hagas que acepte su error frente a ti. Pero te lo advierto, confrontarla de esa manera sólo empeorará la situación de los tres.
-¿Y qué si voy a verla?
Pero la mirada de Degel no se amedrenta ni por un momento.
-Entonces ya sabes lo que te pasará.
Los dos hombres sostienen la mirada por al menos dos minutos, hasta que Deuteros se da cuenta que su compañero no cederá, por lo que se deja caer en la arena, para poder tomar un pedazo de los conejos.
-Pffft… ni quien quiera hacerle caso a tu... – pero antes que pueda terminar la frase, Degel le lanza un pedazo de pierna de conejo a la cara, que el hombre apenas evita, para levantar la voz, indignado, - ¡quise decir a tu mujer! ¡Caramba Degel! ¡Sí que estás muy sensible! Te hace daño juntarte con ella.
Degel suspira, tratando de mantener el control de sus emociones, y usando su voz más tranquilizadora.
-Escúchame un poco, amigo. Atena nos ordenó una misión a cumplir en estos parajes, cualquiera el precio, y Elsa ha sido una gran ayuda para esta misión, por no decir la clave para cumplirla. Tú y yo no somos nadie para cuestionar los designios del destino, pero si esa suerte nos ha traído a ella es por algo. La necesitamos aún. Por favor, no arriesgues mi misión por algo tan nimio como tu orgullo.
Deuteros se queda mirando al mar, pensando sus siguientes palabras. En especial si esas palabras pueden poner en alerta al santo de Acuario sobre sus verdaderas intenciones, y por lo tanto frustrar sus deseos.
-Tienes razón, amigo. Prometo que no picaré más su orgullo, y trataré de respetarla. Puedes estar tranquilo conmigo. Prometí serle fiel a los designios de nuestra diosa Atena, y por mi sangre que es algo que cumpliré hasta el final.
Degel le sonríe, agradecido.
-Entonces comamos juntos, amigo, en lo que ella regresa. Tal vez con un alimento en el estómago les será más fácil tolerarse mutuamente.
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Ha pasado apenas media hora después de que Elsa regresara al campamento improvisado. El ambiente entre los tres es más bien pesado, aunque por lo menos la agresividad de hacía momentos ha disminuido, pero no por la mejoría en las relaciones: Elsa sigue alerta, desconfiada del Santo Dorado de Géminis, pero Deuteros ni siquiera la observa, durante toda la comida se ha mantenido silencioso, pensativo, fingiendo ser más civil hacia ella, mientras trama mil maneras de separarla de Degel.
Por lo menos ese silencio les permite un rato de tranquila degustación.
Degel los observa, también silencioso, pero les permite ser, consciente de que cualquier disrupción puede generar un nuevo estallido de malos tratos entre los dos, por lo que, igual que sus incómodos compañeros de mesa, el Santo Dorado de Acuario decide callar y observar. Una vez de regreso en el castillo, ya habrá oportunidad de mejorar la situación.
Es Elsa la primera en romper con el ambiente.
-He terminado. Degel, por favor, me urge regresar con mi hermana. – Sin miramientos, la joven se levanta, dirigiendo su mirada azul a Deuteros, el reto evidente en ellos. - Si no tienen inconveniente ninguno de los dos, creo que es hora de regresar.
El hombre, haciendo un esfuerzo por no responder como le gustaría, sólo asiente y se levanta para darle la espalda y recoger sus cosas. No puede permitirse arrebatos inútiles, no si quiere que su plan tenga éxito.
Degel se levanta tan pronto ella lo hace, caballeroso como siempre, pero también previendo un nuevo altercado. Al ver que Deuteros no contraataca, el joven exhala, relajándose un poco, y agradecido porque su compañero le haga caso.
-Entendemos, mi amor, no te preocupes. En unos momentos nos iremos y podrás abrazar a tu hermana.
Elsa mantiene su mirada desconfiada en la espalda de Deuteros por un momento, pero al no ver respuesta, finalmente voltea a ver a su amado, y le sonríe cálidamente.
-Gracias, amor mío. Sí, seguramente estaré más tolerante tan pronto pueda ver que Anna está bien.
Como para zanjar la discusión, la joven le da un rápido beso en los labios al caballero, para dirigir por última vez una mirada al peliazul, quien continúa guardando sus cosas demasiado entretenido, sin dirigirle siquiera una mirada. Una delicada ceja se levanta. ¿Habrá realmente exagerado en sus reacciones? Después de unos segundos, Elsa se encoge de hombros y llama a Nokk, para continuar con su camino.
Tras una hora de cabalgata en silencio, que afortunadamente ya no resulta tan incómodo, de forma súbita el Quinto Elemento se sobresalta, sintiendo una desazón aún más profunda que la de hace rato, como si el bosque le gritara directo a su sangre. Es casi la misma sensación que percibió hace sólo un par de días, cuando conoció a los santos de Atena y a los espectros.
-¡Degel! - Sin titubear, hace que Nokk se detenga, mientras voltea, buscando la mirada del caballero. Para fortuna de ella, el hombre también ha sentido el cambio en el ambiente, un cosmos oscuro que envuelve el cielo.
-Sí, amor mío. Puedo sentirlo. Parece que los espectros de Hades han llegado hasta aquí.
Unos hermosos ojos azules se abren llenos de zozobra.
-¿Tan al norte? ¿Cómo es posible?
-Seguramente te siguen buscando.
-Eso sólo puede significar que nuestro engaño en Arendelle no ha surtido efecto. - Elsa se preocupa por el destino de su hermana, pensando en lo peor.
Degel trata de tranquilizarla.
-O que no han pasado por ahí, y han buscado directo en el Bosque Encantado. La magia que emana de este lugar es muy poderosa, incluso yo he podido percibirla.
Deuteros se acerca a la pareja, también preocupado, mientras observa al este.
-El cosmos oscuro viene de esa dirección. ¿Qué hay hacia allá, su Majestad?
Elsa voltea hacia el lugar que señala el caballero, y suspira, angustiada.
-Sólo el bosque, las porciones más altas y más cercanas a las montañas, habitualmente son los hogares de los gigantes de piedra. Sin embargo, estos los abandonaron a petición mía, después de que los espectros asesinaran a uno de sus hermanos.
Deuteros se torna serio.
-Lamento decir que, dado que está abandonado, no sería extraño que las huestes de Hades la utilicen como su guarida. - Ante este pensamiento, Degel y Deuteros intercambian miradas serias.
-Sí, suena a algo muy plausible.
El peliazul hace un gesto con la cabeza, una sonrisa de anticipación dibujada en su rostro.
-Vamos a investigar, Degel.
El Santo de Acuario asiente, y se dirige a Elsa mientras desmonta de Nokk.
-Amor mío, tú espera aquí. Estoy seguro será que peligroso.
Pero la joven tiene otra idea, por lo que le dirige una mirada furiosa al peliazul.
-No piensen que voy a quedarme aquí esperando. Estas tierras son mías para proteger, así que los acompañaré para defender lo que es mío, les guste o no.
Deuteros voltea los ojos y se dirige a Degel como si ella no estuviera.
-¿Es así de necia habitualmente?
El comentario tan grosero toma por sorpresa a Degel y realmente pone furiosa a Elsa, quien levanta la voz antes de que el hombre pueda contestar.
-¡No me importa de parte de quien venga, caballero! ¡Le prohíbo que se dirija a mí de forma tan desagradable!
Al ver tan furiosa a su amada, Degel de inmediato reacciona e interviene, una mano sobre el hombro de ella.
-Está bien, Elsa. Deuteros no quiso ofenderte, ¿verdad compañero?
El peliverde penetra con una mirada furiosa al santo de Géminis, y este vuelve a voltear los ojos, pero afortunadamente, cede ante la presión.
-Está bien, su Majestad, se me fueron un poco las palabras. Sin embargo, si tanto deseo tiene de exponer su vida inútilmente, y si usted está de acuerdo, vamos a acercarnos a averiguar qué está ocurriendo.
Degel no le permite a Elsa contestar, pues antes de que la mujer abra la boca para reprocharle, el joven azuza a Nokk para dirigirse los tres hacia el lugar donde sintieron la máxima presión, en el camino Deuteros y él activando las armaduras en caso de que en efecto fueran enemigos. Después de unos minutos llegan a las faldas de una enorme montaña, que, aunque tiene muchos relieves en el suelo, resultado de las pisadas continuas de los gigantes de piedra, de estos no encuentran rastro. Con precaución, los tres desmontan de sus corceles y se acercan lo más sigilosamente posible al muro de roca, encontrando un grupo de personas Northuldra sentadas unas al lado de otras, rodeadas por seis espectros, evidentemente amedrentadas, y al frente de ellas un hombre y una mujer. Elsa abre los ojos como platos y se tapa la boca para no gritar. Deuteros capta el movimiento y se voltea hacia ella.
-¿Conocidos tuyos?
-Ella es…
-Yelana, la jefe de los Northuldra, - Degel es el que le contesta a su compañero, - ella nos recibió a Kardia y a mí cuando nos invitaron a su campamento.
-El hombre rubio, - le secunda Elsa, - es Kristoff… ¡oh, Degel! ¡Él es el prometido de mi hermana!
Degel también abre más los ojos, azorado.
-Qué hacen tan hacia el norte? Pensé que habías dicho que estarían a las afueras del Bosque Encantado.
-Y habitualmente así es… nunca se aventuran hasta este lugar, no sé que fue lo que pasó.
Degel suspira, meditabundo, pero Deuteros se para al lado de él, sonriendo emocionado.
-Vamos a atacarlos, Degel. Sólo son seis, y ni siquiera son Estrellas Terrestres, no son ni de mediano nivel. Los venceremos de inmediato.
Pero Degel duda.
-Me preocupa que, aún con el factor sorpresa, ellos decidan hacer algo contra sus rehenes, sin que nos den tiempo de actuar. Primero hay que asegurarnos que estas personas estarán a salvo.
Elsa tiene la misma preocupación, pero sabe que tienen que actuar, y pronto, por lo que toma la iniciativa.
-Bueno, ¿qué te parece si yo los libero, o los aíslo en una capa de hielo, y después ustedes actúan?
-Me gusta la idea, - dice Deuteros, - yo iré por la izquierda, para que sea un ataque coordinado en pinza, después de que Elsa nos avise que está lista.
Degel continúa pensativo, sus instintos diciéndole que no deben actuar con tanta celeridad, gritándole que algo simplemente no está bien, pero parece que la idea que están proponiendo no es tan descabellada, además, está consciente de que el tiempo está jugando en su contra.
-De acuerdo, pero Elsa, sólo crearás una pared protectora. No quiero que por nada del mundo te involucres en la batalla. Pueden ser espectros de nivel medio, pero no sabemos si se encuentra alguno de sus comandantes, una Estrella Celeste, y no lo hayamos percibido aún. Ya has experimentado en carne propia el poder de estos.
Elsa pasa saliva con dificultad, al recordar los malos eventos que vivió con Violate y Stand. Pero se obliga a endurecer su mirada.
-Está bien, amor mío, no te preocupes: no me pondré en peligro innecesariamente. Les daré la señal en cuanto esté lista. - Y, dándole un rápido beso en los labios al santo de Acuario, la joven desaparece tras los arbustos, buscando el lugar más cercano a Kristoff y los Northuldra para poder actuar sin peligro.
Degel la observa alejarse, su mirada fija en su hermoso cuerpo, mientras siente una presión en el pecho que no sabe identificar. Y sin darse cuenta que alguien más observa a la albina alejarse con el mismo interés, pero distintas intenciones.
-Me prepararé del otro lado, Degel. Nos vemos en cuanto Elsa esté lista.
-Sí… estoy listo, Deuteros, nos vemos en el centro del pequeño campamento. - Ambos se separan, caminando cada quien por su lado.
Por su parte, mientras camina, la joven ex reina se prepara mentalmente para esta nueva batalla, repasando una y otra vez palabras de aliento para ella misma, recordándose quién es ella, la verdadera envergadura de su poder, la necesidad apremiante de que sea fuerte para ella, para Anna, y para todo Arendelle.
Terminaremos esto pronto. ¡Hermana! ¡Ya casi estoy de regreso para protegerte!
Sin embargo, tan ensimismada se encuentra, que no se da cuenta cuánto ha recorrido, hasta que de forma súbita deja de percibir la vida a su alrededor, eso incluye a los elementos que protegen el bosque. Ya no puede escuchar el murmullo de Gale, ni sentir la tierra vibrante a sus pies. Ya ni siquiera puede escuchar el correr del agua que controla Nokk, a pesar de que sus pies pisan húmeda tierra y un riachuelo pasa a su lado. Es como si el bosque se hubiera vaciado de vida de forma súbita.
Es como si, a pesar de que su vista le dice que sigue en el Bosque Encantado, el resto de sus sentidos, y principalmente el poder que corre por sus venas, le gritaran a viva voz que se encuentra atrapada en una esfera que la aísla del mundo.
-¿Qué está pasando?
-¿Es sorprendente, no es así, su Majestad? Cómo las dimensiones paralelas son tan parecidas entre sí.
Elsa se sobresalta al escuchar la voz varonil en medio de tanto silencio, y se voltea de inmediato a enfrentar al caballero de Géminis, quien la observa con una sonrisa de enorme satisfacción dibujada en el rostro, y una mirada lasciva recorriendo su cuerpo.
-Pero no son todas iguales. - El hombre continúa, sus ojos ahora fijos en los de ella. - Y no todos tienen acceso a ellas.
-Deuteros… ¿qué significa esto?
La lengua del caballero humedece sus labios, y su sonrisa torcida se ensancha.
-Bienvenida a mi dimensión, reina Elsa, a Otra Dimensión, donde estamos tú y yo completamente solos. Donde nadie nos interrumpirá.
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A/N: está chiquitito este capítulo, porque lo que sigue no lo puedo tratar rápido, necesitan leerlo detenidamente porque se va a volver un poco oscuro… Espero puedan perdonarme lo que estoy a punto de hacer.
Les pido una tremenda disculpa también, por el enorme retraso en la actualización de este fic, pero además de que tenía bloqueo de autor, me puse a revisar la historia, y, bajo la inspiración de una fantástica serie de novelas (les recomiendo muchísimo Trono de Cristal), además de festejar que se cumplieran… ¡DOS AÑOS! ¡YA DOS AÑOS! De la publicación de Cosmos Congelado, revisé, mejoré y extendí cada capítulo, en ocasiones duplicando el número de páginas, para profundizar en la historia y entregarles algo mejor. Espero que esta adición les permita perdonarme con más facilidad.
A partir de aquí, les advierto, los capítulos estarán más oscuros, además de que el final se acerca. ¡Pero no se estresen! Aún nos faltan varios capítulos.
Dicho esto, permítanme contestar unos preciosos reviews.
Heidi: Hola! Muchas gracias por comentar! Aquí tienes la continuación!
Pao696: me alegra mucho que te gustara cómo resolví que estuvieran atrapados en Ahtohallan. Que interesante hubiera sido que Anna los rescatara de nuevo, no crees? Pero hay una razón por la cual entró Sasha al rescate, y la verás en el siguiente capítulo. Mientras tanto, espero que este capítulo te guste.
