Cosmos Congelado
Capítulo 22
Dioses en el Hielo
Advertencia: escenas de violencia de género adelante. Salta el capítulo si esto no es lo tuyo.
oooooooooOOOOOOOOOoooooooooooo
Asmita se encuentra a los pies del manzanar del palacio, la paternal sombra protegiéndolo de los rayos del sol de mediodía, aunque el calor solar no es algo que incomode al caballero más cercano a dios. Estoico, completamente inmóvil, el Santo Dorado de Virgo se mantiene sentado sobre el suave pasto, ambas piernas cruzadas en posición de loto, ojos cerrados, manos sobre las rodillas con pulgar e índice encontrados, con una posición tan relajada, que pareciera que su espíritu no habita su cuerpo, hasta que una voz, y una súbita luminiscencia, lo hacen respingar.
-Asmita. ¡Asmita!
El caballero dorado sonríe cálidamente ante el apremiante llamado, y sin abrir los ojos, levanta la barbilla, para recibir al nuevo visitante.
-Estoy para servirte, Atena.
Atena se muestra ante él como una aparición etérea, como si fuera una densa neblina con forma de mujer, pero la sonrisa que le dedica, así como los ojos llenos de amor, son perfectamente visibles para su cosmos.
-¿Sigues buscando el sol?
La sonrisa se ensancha.
-Siempre he de buscarlo, Sasha, aunque estoy consciente de que quizá no lo encuentre en varias vidas, y ese siempre será mi pecado y mi sufrimiento. Pero pareciera que, en esta vida, al menos he encontrado un pequeño rayo de esperanza, un hilo luminoso, un rastro de ese maravilloso sol.
Atena asiente, comprensiva, mientras se sienta frente a él, ambas piernas cruzadas al frente, maravillándolo de que su forma etérea conserve algo de materia, pues provoca una pequeña inclinación del pasto debajo de ella, mientras su reluciente vestido blanco se expande a su alrededor, creando una ilusión de un lago luminoso sobre el cálido césped. La sonrisa infantil en ese hermoso rostro adolescente ilumina aún más el alma del joven caballero.
-¿Ah, sí? ¿En dónde lo has encontrado?
Asmita niega con la cabeza, aún sin perder la sonrisa, complacido de tenerla tan cerca.
-No dije que lo hubiera encontrado, no realmente. Sólo pude percibir su aroma, que inunda el cuerpo de la reina de Arendelle, y pareciera surgir de un lugar cerca, y, a la vez, muy apartado de aquí.
Atena, en una actitud infantil que hace que el Santo Dorado amplíe su sonrisa, coloca ambos codos sobre sus rodillas y ambas palmas sobre sus mejillas, una enorme y dulce sonrisa iluminando su ya de por sí hermoso rostro, mientras grandes ojos violeta se abren llenos de emoción, y Asmita recuerda que, aún cuando ya tiene el peso del mundo sobre sus hombros, la dulce adolescente apenas está saliendo de la tierna infancia.
-Y dime, Asmita, ¿Piensas ir a buscar ese sol? ¿Me dejarías acompañarte como cuando acompañé a Kardia fuera del Santuario?
La emoción de la adolescente deidad le arranca una pequeña risa al Santo, quien lamenta tener que volverse a negar.
-Me da la impresión de que no es algo que pueda encontrar si lo busco, Sasha. Tengo la certeza de que deberé esperar a que se manifieste ante mí por deseo propio, si es que me corresponde hallar ese sol en esta vida. Por lo que lamento que no puedo ofrecerte esa pequeña aventura.
Atena se endereza sobre sí misma, mientras la ilusión se borra de su rostro, y hasta empieza a formarse un pequeño puchero en su tierno mentón.
-Qué mal… ¿Y eso te entristece?
Asmita baja la cabeza, como si reflejando el sentimiento que le acaban de señalar.
-Sí, y aunque parece que no tanto como a ti, definitivamente me entristece, porque significa que tampoco en esta vida alcanzaré el Nirvana.
Atena asiente, encantada de la clarividencia de su Santo Dorado, y a la vez entristecida por su alma desolada. Y, por supuesto, por la pérdida de la oportunidad de una nueva aventura. Sin embargo, al siguiente segundo la adolescente se torna seria, y Asmita de pronto tiene la sensación de que su rostro ha dado un salto de varios años: un salto desde la tierna niña a la mujer responsable de la supervivencia del mundo entero.
-Te agradezco que compartas tu corazón conmigo, Asmita. Créeme que valoro estos momentos contigo. Es por eso que lamento hacerte esto: si me permites sacarte de tus contemplaciones, hay algo que quisiera compartirte. Algo de suma importancia.
Sin más preámbulos y sin esperar la aceptación del caballero, la joven diosa se inclina hacia él para hablarle al oído, a pesar de que no hay nadie alrededor, a pesar de que no hay forma de que los escucharan, pero lo que le transmite, hace que el caballero por fin abra los ojos, lleno de estupor, incredulidad y preocupación.
ooooOOOOOOooooooo
Degel se acerca al campamento de los espectros lo más lenta y silenciosamente posible, logrando identificar a los cautivos, aproximadamente treinta Northuldras, quienes están atados firmemente a estacas clavadas en el piso, en grupos de tres o cuatro por cada estaca, rodeados por el grupo de espectros que bromean y platican y gritan entre sí palabras altisonantes, caminando despreocupadamente entre los pies de los presos. Para indignación del caballero, se da cuenta de que los prisioneros, en su mayoría, son mujeres y niños, con algunos hombres de edad avanzada y extraordinariamente uno que otro hombre joven. Quizá sus guerreros salieron a cazar… ¿o a algo más?
¡Cobardes! Degel aprieta los puños, lleno de indignación, especialmente al ver cómo los espectros, de forma altanera, gritan improperios y empujan o patean a sus víctimas. Los atacaron sabiendo que se encontraban indefensos. Aunque el Santo de Atena sabe a la perfección que ni su grupo completo de guerreros podría haber hecho algo para protegerlos, para impedir este secuestro, de todos modos siente la sangre hirviendo por el ataque con tal alevosía.
Mientras sus ojos evalúan la cantidad y distribución de prisioneros Northuldra, así como de enemigos, Degel identifica al joven rubio y de ojos azules que Elsa reconociera como Kristoff, el prometido de la reina Anna y futuro rey consorte. Observándolo con mayor detalle, Degel nota que es más o menos de su edad, pero vestido con la ropa típica Northuldra. Obviamente un chico mestizo. A pesar de sus intentos de permanecer estoico, el caballero no puede evitar que su rostro se ilumine con una amplia sonrisa.
¡Vaya misión de rescate! ¡Se me presenta en bandeja de plata la perfecta oportunidad de congraciarme con la hermana de Elsa!
Degel se alegra ante su inesperada buena suerte, aceptando abiertamente para sí mismo que había estado preocupado por que llegara el momento de regresar a Arendelle, especialmente de tener que ver a la reina Anna a los ojos, después de haber roto su promesa con ella.
Después de haber intimado con su virginal hermana.
Si rescato a su prometido, seguro será más fácil que acepte nuestra nueva situación. O al menos más difícil que ordene que me corten la cabeza...
Mientras continúa analizando el lugar, y el esperanzador cambio de sus circunstancias, los ojos verdes de pronto se topan con los de Yelana, quien al observarlo, retira rápidamente la mirada, de la manera más discreta posible para evitar que lo descubran, al mismo tiempo que un espectro camina frente a ella, pasando por encima de sus pies y aparentemente sin notar su desliz.
Mujer inteligente. Él ni siquiera necesitó pedirle que fuera cuidadosa.
Degel voltea a ver más allá del campamento, buscando con la mirada a sus otros dos compañeros, pero aún no logra vislumbrar la melena rubia de Elsa, ni el brillo metálico de la armadura de Deuteros.
Qué extraño. Se están tardando demasiado.
Sin darle muchas vueltas, Degel encoge los hombros, decidiendo que quizá sea mejor así, pues Elsa no se pondría en peligro y Deuteros no provocaría la hecatombe que acostumbra crear al enfrentarse sin miramientos a sus enemigos, sin importarle si pone en riesgo la vida de los civiles que se encuentren en el campo de batalla, en este caso, los Northuldra secuestrados en el lugar, y mucho menos prestará cuidado en no arriesgar la integridad de Elsa. De ser posible, Deuteros es aún más caótico que Kardia.
No deseando retrasar su actuar más de lo debido, Degel pone la palma de la mano en el suelo, provocando que se formen hilillos de hielo desde la punta de sus dedos, los cuales reptan discretamente a través del pasto, congelándolo a su paso y dirigiéndose hacia los Northuldra, evitando milagrosamente congelar los pies de los espectros que deambulan alrededor de sus presas. Yelana, con la profunda integración que su alma tiene con la naturaleza que la rodea, se da cuenta de la acción del caballero, del poder que sigilosamente se dirige hacia ellos, y lo busca con la mirada; Degel levanta un dedo y lo pone frente a sus labios, gesto universal de silencio, y la mujer asiente discretamente, mientras inclina la cabeza como en señal de agotamiento, pero Degel puede ver sus labios moviéndose y a Juffe, el hombre Northuldra segundo al mando, y quien se encuentra atado a ella, moverse levemente, atento a las indicaciones de la mujer, acción imitada a la perfección por un tercer anciano atado a ellos, cuyo nombre Degel no puede recordar.
El Santo Dorado no puede estar más complacido.
Tratando de preparar todo antes de que lleguen sus compañeros, el Caballero Dorado de Acuario produce más hilillos de escarcha, las hileras saliendo de la punta de cada uno de sus dedos, los cuales, lenta y silenciosamente, reptan sobre las estacas, evitando a los captores, y envuelven las ataduras de los Northuldra, despertando a más de uno. Degel se ha dado cuenta cuán inteligente es esta raza, o al menos cuán acostumbrados están de trabajar con los elementos, puesto que ninguno de ellos hace aspavientos al percibir su ayuda, y en cambio, buscan la manera de ocultar la escarcha que congela las cuerdas, algunas de ellas ya partiéndose entre sus muñecas. Los captores continúan caminando alrededor, aparentemente sin darse cuenta de lo que ocurre a sus pies. Después de un par de minutos, en los que Degel logra mantener sus acciones escondidas de los enemigos, la mayoría de los cautivos Northuldra tiene ya sus ataduras congeladas y en proceso de resquebrajarse, cuando un pequeño remolino se forma alrededor de la muñeca de Degel, y el caballero de inmediato reconoce al espíritu del viento, susurrando mientras trata de entender.
-¿Gale? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás con Elsa?
Como si respondiendo a su pregunta, aparece Bruni frente a él, una discreta llama formándose en su lomo, mientras enormes ojos llenos de angustia se fijan en los ojos violeta del Santo de Acuario, al mismo tiempo que el espíritu del fuego se monta sobre el dorso de su mano, quemando su piel.
-¡Argh! ¡Bruni! ¡Pensé que ya nos llevábamos mejor! – Pero Bruni no parece cambiar su mirada, y la forma en que sus ojos se fijan a los de él, de pronto hace pensar a Degel que está tratando de comunicarse con él, y su pecho se siente oprimido por una súbita angustia. – habla conmigo Bruni, ¿dónde está Elsa? – Pareciera que se le iluminara la mirada al pequeño espíritu en el momento en que el hombre menciona al Quinto Elemento, por lo que la angustia de Degel se incrementa. – ¿Dónde está, Bruni? ¿Dónde está Elsa? Llévame con ella.
De forma inmediata Bruni se lanza desde su puño al suelo, y sale corriendo al costado del claro donde se encuentran secuestrados los Northuldra. Degel voltea a ver el grupo, dudoso, pues es su misión rescatarlos, pero rescatar a su amante apremia. Nunca podría vivir consigo mismo si algo le llegara a pasar a Elsa y él hubiera podido evitarlo. Mientras se retira lo más silenciosamente posible, su mirada captura la angustiada de Yelana, quien parece haber visto su intercambio con el inquieto espíritu, y también presenta una máscara de zozobra. Degel se siente culpable por dejarlos en esas circunstancias, pero está convencido de que debe salvar a Elsa primero, por lo que hace un gesto de disculpa hacia la matriarca Northuldra, pero es como si Yelana interpretara la ansiedad de Bruni y también adivinara que Elsa se encuentra en peligro, por lo que, con un movimiento de cabeza, lo apremia a continuar. Degel asiente, eternamente agradecido con esta impresionante mujer, y se promete a sí mismo que regresará por ellos.
Una vez que sale del claro y entra a la porción más frondosa del bosque, el caballero finalmente puede enderezarse para correr a toda velocidad, sin miedo a ser detectado.
-¡Vamos, Bruni! ¡Muéstrame dónde se encuentra Elsa!
El pequeño espíritu lanza un lengüetazo al frente, como si asintiendo ante la orden, y acelera su carrera, seguido muy de cerca por el caballero dorado de Acuario. Sin embargo, apenas unos metros después de iniciar su desenfrenada carrera, Degel es detenido de forma súbita por un potente y sorpresivo golpe directo en el peto que lo manda varios metros hacia atrás, estrellándolo contra los árboles, a los cuales parte a la mitad. Sin embargo, en esta ocasión sí cuenta con la protección de su armadura, por lo que se recupera rápido del ataque.
-¿Quién anda ahí? ¡Muéstrate de inmediato!
Ni tardo ni perezoso, una enorme figura cae frente a él: un espectro al menos un metro más alto que él, portando la imponente armadura negra característica de las Estrellas Celestes de Hades, aunque en esta ocasión no tan ancho como sus previos compañeros, se cierne sobre su persona, mientras una sonora carcajada escapa del enorme pecho.
-¡Jajajajaja! ¿Pensaste que podrías escapar, caballero de Atena? Mejor piénsalo de nuevo, pues yo, Gordon de Minotauro, Estrella Celeste de la Prisión, me encargaré de tomar tu vida.
Degel se yergue cuan alto es, a pesar de lo cual le impone la altura del enorme espectro, quien se burla de su tamaño.
¡Por Atena! ¿Es que acaso los espectros no dejan de crecer?
El espectro interpreta de forma adecuada la mirada de incredulidad del caballero de Atena, por lo que aprovecha para burlarse un poco más de él.
-Jejejeje… ¿Impresionado, caballero? Lamento decir que no siento lo mismo: creo que cada vez hacen a los caballeros de Atena más chaparritos. – El espectro se inclina amenazadoramente hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en los violeta del contrincante, mientras choca un puño contra el otro para hacer énfasis, haciendo que el poderoso golpe resuene por todo el lugar. - Será divertido jugar contigo.
Por su parte, el Santo Dorado de Acuario no se deja amedrentar y endurece su mirada para confrontar al espectro.
-Al contrario. Es decepcionante ver que el ejército de Hades compensa con altura y anchura lo que carece de poder y habilidad.
El espectro gruñe ante el escarnio y tira un potente puñetazo hacia el caballero, quien lo esquiva hábilmente. Sin embargo, aún así se sorprende del enorme cráter que ha dejado en el suelo ante el golpe.
-Por ese insulto, caballero, tendrás que sufrir más tiempo de lo que había planeado para ti, y déjame te aseguro que lo disfrutaré.
Degel se prepara para atacar, cuando, viendo de reojo a su alrededor, nota que seis espectros lo rodean: no tiene duda que son los que se encontraban vigilando a los Northuldra. Los guerreros oscuros muy seguramente escucharon la conmoción tan cerca de su campamento y corrieron a apoyar. O bien, Degel se ha encontrado con el comandante de estos, y él les ha traído aquí como refuerzo. Como sea, Degel reza con todo su ser que ninguno se haya quedado con los aldeanos, y que en consecuencia estos aprovechen su ausencia para escapar, ahora que sus amarres se encuentran congelados. Sus pensamientos son rotos de forma forzada cuando la Estrella Celeste frente a él da un paso adelante de forma amenazadora.
Tan pronto recupera la atención del Santo Dorado, Gordon le sonríe sarcásticamente.
-Veo que estás preocupado, amigo. Y no es para menos. Creo que te tocaron las cartas malas, caballero, cuando te tocó enfrentarte conmigo. – El enorme guerrero de nuevo choca entre sí sus puños, mostrándose amenazador, mientras sus compinches ríen de su intento de chiste. - Espero que estés preparado para morir.
Degel sonríe, retador, mientras se endereza altivo y habla con una voz llena de orgullo y determinación.
-Creo que hablas mucho más de lo que puedes masticar. Estás en un tremendo error si crees que un puñado de cobardes espectros pueden derrotar a un Santo Dorado de Atena. Yo me encargaré de demostrarles su error.
El hombretón levanta una ceja y se carcajea burlonamente ante las palabras del caballero, sus compañeros espectros de nuevo haciendo eco de su burla.
-¿Realmente crees que tú solo podrás derrotarnos? ¡Já! Sí que los caballeros de Atena están demasiado perdidos. No hay forma que uno solo de ustedes pueda derrotar a uno de nosotros, y mucho menos a varios.
Antes de que el caballero pueda responder el reto, una llamarada azul sale disparada de los pies de Degel, golpeando la sapuris del espectro gigante, y aunque sólo lo hace tambalear, el ataque logra crear una nube de humo que lo envuelve completamente.
-¿Bruni? – El pequeño espectro se posa sobre la mano del caballero, ansioso, encendido con fuego púrpura, y dando lengüetazos desesperado, evidentemente presionándolo para que deje a esos bandidos y lo siga de nuevo. Pero Degel niega con la cabeza.
-No, Bruni, no puedo ir contigo. Tengo que vencer a estos espectros, de otra manera matarán a los Northuldra en represalia, y ni tú ni yo podemos cargar con eso en la conciencia. – Bruni vuelve a gruñir y a girar sobre su eje, apremiándolo para correr a salvar a Elsa, pero Degel, a pesar de que él mismo hace eco de la angustia del pequeño espíritu, vuelve a negar. – No, amigo. Agradezco la intención de ayudarme, pero además de que no podrías lograr mucho, tienes una misión aún más grande: debes de encontrar a Elsa de inmediato, ayudarla, salvarla en mi lugar. Aguanta lo más posible protegiéndola, que yo iré de inmediato con ustedes en cuanto termine.
Como respuesta, Bruni da un lengüetazo a su ojo, como si deseándole suerte, y brinca de la palma amiga para salir disparado entre los pies de los espectros, quienes brincan de un lado a otro haciendo todo lo posible por pisarlo. Pero Degel no piensa permitirlo, y con un poderoso Polvo de Diamantes congela a tres de los oscuros enemigos, permitiendo que la salamandra corra sin retraso en búsqueda de la albina, mientras ominosos pensamientos enturbian la mente del peliverde.
Sálvala, Bruni. Ve por ella y sálvala. Espero que aún estemos a tiempo.
Gordon finalmente se libera de la densa nube de humo, enfurecido.
-¡No pensé que los Santos de Atena fueran tan cobardes como para utilizar trucos baratos, pero no creas ni por un momento que esos trucos lograrán detenerme! ¡No podrás escapar de nosotros!
Degel se pone en posición de ataque, concentrando todo su ser en derrotar a este contrincante.
-No es mi intención escapar, espectro, al contrario, me encargaré de detenerte aquí mismo.
-¿Ah, sí? – Gordon se carcajea de la altivez del joven peliverde, y acto seguido se cruza de brazos y se sienta en el césped, mirándolo retadoramente. – Pensándolo bien, no estás a mi altura, caballero, dejaré que mis subordinados se encarguen de ti.
Una ceja de corte dividido se levanta, incrédulo, pero antes de que el hombre pueda protestar, uno de los tres espectros que aún rodean a Degel da un paso al frente, inclinándose a nivel de la cintura.
-¡No lo defraudaré, mi señor Gordon!
Pero Degel hace una mueca de desdén.
-Siendo así, será mejor que vengan todos a la vez, aunque ni siquiera así tendrán una oportunidad conmigo.
El espectro gruñe de furia y voltea a ver a sus compañeros, quienes asienten, y luego regresa una mirada torva al caballero.
-¡Tú lo pediste, Santo de Atena! – sin darle tiempo a más, dos espectros saltan sobre Degel, quien, con un giro de la muñeca, produce un magnífico Polvo de Diamantes que congela a los tres hasta la médula, sus cuerpos cayendo al suelo y destrozándose por completo ante el impacto. Degel se endereza, una sonrisa de suficiencia en el rostro.
-Se los advertí, es una lástima que no quisieran escucharme.
Sin embargo, sus instintos le gritan una advertencia y el hombre brinca hacia atrás, logrando apenas evitar el tremendo golpe de Gordon, quien deja otro cráter en el lugar que ocupara. Una vez que la Estrella Celeste regresa a su posición, Degel le dirige una mirada llena de furia.
-¡Maldito cobarde! ¡Permitiste que tus subordinados me atacaran para usarlos como carne de cañón, y atacarme mientras estaba distraído! ¿Que acaso no tienes honor?
Haciendo caso omiso de la acusación que el Santo de Atena le ha dirigido, Gordon se endereza parcialmente, su mirada penetrante fija en el caballero frente a él, mientras una sonrisa extraña ilumina su rostro.
-Así que tú eres el Caballero Dorado que robó el Quinto Elemento…
Degel parpadea rápidamente, de inmediato olvidando su enojo mientras su gesto se llena de incredulidad, sorprendido ante las extrañas palabras de la Estrella Celeste.
-¿Que robé… al Quinto Elemento? ¿De qué demonios estás hablando?
Gordon le apunta acusadoramente con el índice, mientras frunce el entrecejo.
-¡No finjas demencia, caballero! Todos los espectros sabemos que un caballero de los Hielos Eternos robó el Quinto Elemento, y que trata de esconderlo de los ojos de nuestro señor Hades, para empuñar el oricalco y tratar de hacerle daño a nuestro señor. – Gordon vuelve a chocar sus puños amenazadoramente. – He tenido la suerte de ser yo quien te encontrara, pues yo me encargaré de recuperar ese tesoro para que sea transportado al Castillo de Hades, junto con tu cabeza, para presentarlo en bandeja de plata frente a nuestro Señor Oscuro.
Degel se siente completamente sorprendido ante la información que les han proporcionado a los espectros. ¿Realmente piensan que Elsa es un objeto? Aún cuando le preocupa la fuente de su información, y especialmente que no están tan errados respecto al orbe que Elsa acaba de imbuir de su propio poder, de todos modos le tranquiliza caer en la cuenta sobre la perfecta oportunidad que se le ha presentado para desviar el foco de atención de Hades lejos de su amante.
-No sé quién te ha dicho tal cosa, y mucho menos sé de qué me estás hablando, Gordon, pero estás sumamente equivocado.
-¿Niegas acaso que estás en posesión del Quinto Elemento?
Degel parpadea de nuevo ante las palabras que ha escogido el espectro, y el usualmente estoico santo de Atena no puede evitar que una tonta sonrisa ilumine sus facciones, cuando el doble sentido de la oración le recuerda muy gráficamente lo que apenas hace un par de horas Elsa y él hicieran en Ahtohallan.
-Bueno… yo no diría que no la… he poseído…
Gordon se endereza con otro dedo acusador, sonriendo triunfalmente.
-¡Ja! ¡Así que no lo niegas! ¡Tienes entre tus sucias manos al Quinto Elemento!
Degel gruñe, aunque sacude la cabeza para evitar que las imágenes que se han conjurado en su mente lo distraigan de su objetivo, y escoge en su lugar seguir jugando con las palabras para tratar de sacar la máxima información que pueda de este espectro.
-¿Y qué harás si en efecto soy yo el que… el que posee al Quinto Elemento? ¿Qué puedes hacer tú, un espectro sin honor, frente a mí que soy un Santo Dorado de Atena? Ni siquiera sabrías que hacer en el extraordinario caso de que arrebataras el Quinto Elemento de mis manos.
La sonrisa torcida de Gordon se amplía.
-Realmente no necesitas saberlo, pero ya que vas a morir, déjame te digo que no soy yo quien manejará ese poder. Mi trabajo únicamente es llevarlo frente a los Jueces del Inframundo. Ellos se encargarán de transporta el Quinto Elemento y el oricalco con mi señor Hades, sus dones son más que suficientes para contener tales elementos.
Degel le regresa la sonrisa torcida.
– No me preocuparé tanto, entonces. Aiacos huyó de la batalla justo antes de que lo venciéramos, por lo tanto, aún cuando pudieras robarme mi más grande tesoro, no podrás entregarle el Quinto Elemento antes de que el resto de mis compañeros acaben con tu vida, o con la de él.
Pero la sonrisa de Gordon en vez de desaparecer, se amplía, y el hombretón se inclina de nuevo, adoptando una posición de combate.
- Jujuju realmente te equivocas, caballero. ¿Acaso no lo sabes? Mientras hablamos, tres Jueces del Inframundo, junto con sus Estrellas Celestes y cien espectros cada uno, se dirigen a estas tierras para contener ese poder, y como diversión, arrasar los pueblos que se pongan en su camino. – Los ojos de Degel se abren de par en par ante el conteo total del ejército que se cierne sobre Arendelle, muy por arriba de lo que ellos habían calculado. Su evidente sorpresa y angustia provocan que Gordon ría por lo bajo. – Ya lo ves, caballero, yo no tengo nada que hacer con el Quinto Elemento. Mi trabajo meramente es asegurarlo, y encargarme de ti en este momento.
Obligándose a hacer a un lado su preocupación, Degel también toma posición para atacar, gruñendo de furia.
-No pienso permitir que tus sucias manos siquiera rocen el contorno del Quinto Elemento. – no fue realmente su intención el doble sentido que llevan sus palabras, pero sabe que son completamente ciertas: jamás permitirá que el ejército de Hades se acerque a Elsa de nuevo, no mientras él viva.
Lleno de furia y aprehensión ante la información que obtuvo de su enemigo, el caballero le lanza un poderoso Polvo de Diamantes, creando un iceberg el doble del tamaño de Gordon, que congela hasta los huesos a los últimos dos espectros que aún le rodeaban, junto con su comandante, la solides del témpano haciendo que la luz del sol del medio día se rompa en un hermoso arcoíris que enmarca la nueva creación del caballero. Degel sonríe, satisfecho ante su creación.
-Bien, ahora a por Elsa.
Pero tan pronto se endereza, escucha una vibración dentro del témpano de hielo y observa, atónito, como la masa que era el espectro mayor es destruida en diminutos cristales de hielo, y Gordon emerge de su prisión, gritando y riendo a carcajadas, para incredulidad del Santo Dorado de Acuario.
-¡Jajajaja! ¿Creías que podías derrotarme, caballero? Yo soy muy diferente a todos los que has enfrentado hasta ahorita, y ya te lo dije antes, no podrás vencerme, ¡y en cambio, tomaré tu vida!
Sin más preámbulos, el espectro salta dos metros arriba de su cabeza y se lanza de un puñetazo contra Degel, quien levanta su escudo de hielo de forma inmediata, y, plantando los talones fuertemente sobre el suelo, el hombre se prepara para resistir la embestida; sin embargo, en el momento en que el imponente puño hace sonoro contacto con el escudo, los ojos negros de Gordon se fijan en los violetas de Degel, y sonríe sardónicamente.
-Recuerdo haberte dicho que tomaría tu vida, caballero.
Sin poderlo prever, de nuevo se escucha el zumbido y su escudo de hielo se rompe en mil pedazos, el poderoso puño atravesando sus defensas y golpeando directamente su costado dorado. Degel es lanzado hacia atrás con una onda de poder, y apenas logra girar hacia atrás para caer de rodillas, doblándose sobre sí mismo al sentir un intenso dolor que le sugiere un par de costillas rotas, mientras el espectro se carcajea sonoramente.
-¡Oh, caballero de Atena! ¡Es una lástima que te hayas enfrentado a mí, pues de aquí no saldrás vivo!
Degel no se amedrenta y, a pesar del dolor, se levanta inmediatamente, lanzando su siguiente poder de forma automática, sin detenerse a pensar.
-¡Rayo de Polvo de Diamantes!
El poderoso ataque congela al espectro, incluyendo su sardónica risa, así como los árboles alrededor y el suelo a sus pies, hasta varios metros de profundidad, pero casi de inmediato, vuelve a escuchar el zumbido previo, y minúsculos pedazos de hielo salen disparados como navajas por todo alrededor, mientras el caballero escucha la carcajada renacida de su oponente.
-¡Eres un necio! ¿Acaso no lo has notado? ¡No puedes congelarme! Mi poder, acaparado en estos puños, se basa en vibración de ultra alta frecuencia, que puede romper casi cualquier cosa… hasta tu armadura dorada.
Degel baja la mirada y ve que, en efecto, ahí donde siente sus huesos rotos, se ha formado una cuarteadura en su armadura, y gruñe mientras Gordon se pavonea.
-No te quedará nada de armadura entera una vez que haya terminado contigo, caballero… Y tampoco ningún hueso sano.
Degel aprieta los dientes, encolerizado, sin importarle si ha perdido el control de sus emociones, mientras permite que la temperatura alrededor de ellos baje más allá del punto de congelación del agua.
Gordon voltea a su alrededor, mientras copos de nieve caen del cielo.
-Jujuju… ¿Crees que tus trucos de niño me harán preocuparme? – Su mirada burlona permanece, mientras prepara su siguiente ataque. – Te será mucho más difícil que simplemente mandarme unas bolitas de nieve.
El Santo de Atena levanta ambos puños sobre su cabeza, listo para lanzar su Ejecución Aurora, su más peligrosa técnica, y, seguido del grito de guerra del espectro, los dos guerreros se atacan al unísono, haciendo que sus poderes se encuentren a mitad del camino, provocando una explosión que arrasa con varios árboles a su alrededor. Pero la sonrisa de Gordon se ensancha cuando sus ojos encuentran el sitio donde han colisionado ambos poderes, donde se pueden ver brincando chispas y centellas, cada rayo luminoso peleando por vencer al otro.
-Ya eres mío, caballero. ¡Grand Axe Crusher! – Ante el grito de batalla, el rayo de poder de Gordon incrementa su luz, y el zumbido se vuelve a escuchar, esta vez con más potencia, y como consecuencia, el poder de Gordon toma la forma de una enorme onda de luz, que parte a la mitad la Ejecución Aurora, provocando que se disuelva en minúsculas partículas de escarcha, para que la onda luminosa enemiga se encuentre de lleno contra el pecho del Santo de Acuario, quien sale disparado hacia atrás por la fuerza del impacto. Degel rompe en su camino varios árboles y rocas, hasta que finalmente, a más de cincuenta metros de su oponente, crea un agujero en una gran roca, el zumbido aún invadiendo sus oídos, mientras siente como sangre caliente baña su rostro. A pesar de la distancia, Degel logra escuchar la risa y las burlas de su oponente.
-¡Jajajaja! ¡Estás perdido, caballero! Te conviene más rendirte. ¡No hay forma de que me derrotes!
Sintiéndose mareado, con dificultad para enfocar la mirada, Degel instintivamente se toca el peto, y siente cómo la cuarteadura de la armadura se ha extendido, casi partiendo a la mitad la gema turquesa sobre su pecho. Preocupado, aprieta los puños, fúrico no sólo por el reto, sino principalmente porque este espectro lo está retrasando en su carrera de ir a asegurarse del bienestar de su amada. Algo en su corazón, y en la actitud inicial de Bruni, le dicen que ella necesita su ayuda.
Y de forma urgente.
Gruñendo de dolor, Degel forzadamente se separa de su lecho de roca, sus piernas temblando mientras luchan por mantenerlo en pie, mientras tierra y pequeñas piedras caen sobre su espalda.
Aguanta un poco más, amor mío. De una u otra forma iré en tu ayuda.
ooooooooooOOOOOOOoooooooooooo
Una electricidad helada recorre la espalda de Elsa, mientras la mirada está fija en sus blancas palmas. Tiene las manos sudando frío, sufriendo de un temblor fino bajo el escrutinio incrédulo de sus hermosos ojos azules: Lo ha intentado dos veces ya, pero de los pálidos dedos no sale ni un copo de nieve, no ha podido crear ni siquiera un viento helado. Y no solo eso: con pavor el Quinto Elemento se ha dado cuenta de que no puede sentir a los otros espíritus tan claramente como lo hacía antes.
Bruni no está aquí para prestarle el fuego, y Gale no le acaricia las mejillas para tranquilizarla. No puede sentir el poderoso ardor del corazón de Nokk corriendo por sus venas, ni el poder tranquilizador de los Gigantes de Piedra reforzando su espalda. Es como si le hubieran robado su esencia, como si la hubieran secuestrado del centro de su ser.
Como si ya no fuera el Quinto Elemento.
-Ellos no vendrán a rescatarte. – La voz profunda y terrible la hace temblar, sacándola de su estupor. – Estamos solos tú y yo, Majestad. No hay nadie, absolutamente nadie que pueda venir en tu ayuda.
Los ojos azules de Elsa, abiertos de par en par, se levantan para mirar con terror la enorme silueta que se acerca a ella con pasos lentos y confiados. Deuteros la observa con hambre en la mirada, mientras una enorme sonrisa de anticipación desfigura sus finas facciones. Elsa trata de pasar saliva al ver cómo esos terribles ojos azules vuelven a recorrerla con la mirada. Pero la garganta la tiene tan cerrada por el horror, que casi siente como si se la hubiera raspado sólo con el intento, y su respiración se agita aún más.
-Siempre lo soñé así, su Majestad. – Las palabras de Deuteros son casi un susurro, y detrás de su voz se puede percibir el temblor de la excitación, mientras su aliento ya golpea el rostro de la joven. – Tú y yo, sin interrupciones, sin que nadie pueda interferir con nosotros, y podamos disfrutarnos uno al otro sin reservas.
La respiración de Elsa es tan rápida, que está segura de que caerá desmayada de un momento a otro, incrementando su pánico ante la idea de quedar a merced de este terrible hombre. Temblando de pies a cabeza, la albina se encuentra completamente inmóvil, sintiendo sus piernas de plomo como si le hubieran crecido raíces bajo los pies, mientras su mente grita a toda potencia órdenes que sus músculos se niegan a obedecer.
¡Muévete! ¡Muévete!¡ MUÉVETE!
Pero sus manos no pueden expulsar el viento helado, sus pies ni siquiera son capaces de levantarse del suelo para dar al menos un paso, mucho menos para huir, concentrados como están en mantenerla de pie, en no permitir que colapse del pánico…
-La mujer más hermosa del planeta… - Deuteros respira agitadamente mientras la rodea con sus brazos, despacio, saboreando cada segundo de su terror, degustándose de su evidente indefensión. – …merece estar con el hombre más poderoso del planeta. – Fuertes y musculosos brazos la rodean completamente, pero no de la forma amorosa en que lo hace Degel, sino violenta, cruel, su suave cuerpo apretujado ferozmente contra los músculos duros de su atacante, apenas dejándola respirar; la albina se sobresalta al sentir callosas manos estrujando dolorosamente sus curvas femeninas. - Finalmente vas a ser mía…
Elsa cierra los ojos con fuerza, sin poder evitar que sendas lágrimas de impotencia y desesperación se escapen de sus párpados, mientras las manos ardientes e invasivas de su atacante la mantienen presa, mientras la exploran sin restricción, y la joven lanza una súplica para que alguien, quien sea, llegue a rescatarla.
¡Anna… Degel…! Por favor…
¿Lo dijo en voz alta? ¿O sólo lo pensó? Quizá fue lo primero, pues puede sentir sobre su pecho el retumbar de la risa de Deuteros.
-No hay nadie por aquí, su Majestad, estamos fuera del plano en que se encuentra tu caballero, y mucho menos tu hermana puede llegar por ti. ¿Acaso no lo has entendido? Hemos viajado entre dimensiones, con el único objetivo de estar tú y yo completamente solos. – Los labios de él están sobre su oído, mientras le susurra de forma burlesca.
-¿Entre… dimensiones? Eso… eso es… imposible…
La joven odia su voz tan aterrada, tan débil, que no puede hacer nada por ella más que provocar la burla de su atacante.
-Sí… ¿no te parece maravilloso? Este es el poder de los caballeros de Atena.
Una manaza le estruja con violencia un seno, para luego subir sobre su hombro y sujetarla de los blancos cabellos, tirando violentamente para obligarla a exponer el cuello, arrancándole un involuntario gemido de sorpresa y dolor. Los asquerosos labios besan su quijada, para continuar besando su cuello y hacia abajo, y Elsa sólo puede sollozar, mientras el cuerpo de Deuteros tiembla de deseo sobre el suyo, sintiendo su ardoroso aliento sobre su delicada piel. – Jujuju… nunca había compartido lecho con una reina, ¿será diferente? Dime, hermosa Elsa, ¿sabes diferente a las prostitutas del Santuario? ¿Tu piel sabrá más a miel, que a la sal que siempre pruebo en la piel de ellas? – Como para responder a su propia pregunta, el Santo de Géminis succiona el suave y expuesto hombro de su joven prisionera, para después morderla, desesperado por sentirla, y Elsa de nuevo gime de dolor; haciendo un esfuerzo que sabe fútil, Elsa empuja a Deuteros con ambas manos tratando, sin éxito, de separarse de él. Pero sus esfuerzos sólo lo excitan más, y la enorme mano, la que no sujeta el cabello, aprieta con fervor su redondo trasero, obligándola a pegarse más a él. A sentir sobre su vientre el miembro endurecido.
-N-no…
Elsa empuja de nuevo débilmente, odiándose a sí misma, a su traicionero cuerpo que no puede competir con los poderosos músculos que la tienen prisionera; un gemido lastimero se escapa con su insulso esfuerzo, y esta vez él le permite ser, jugando con su terror mientras sigue su pobre intento, permitiéndole crearse falsas esperanzas cuando la mujer se separa sólo un poco del amplio y musculoso pecho. Pero, antes de que ella se pueda alejar más de unos centímetros, el hombre ríe burlonamente, liberando sus cabellos sólo para tomarla de la quijada con brusquedad, forzándola ahora a exponer sus labios a los anhelantes de él.
-Tan hermosa… - Violentamente Deuteros la besa, lastimándola, obligándola a recibir su lengua. Pero es como si esa intromisión la hiciera recuperar un poco su determinación, sus bríos, porque la joven aprovecha la intrusión para morderlo con fuerza. El hombre grita y la suelta, lo que Elsa aprovecha para separarse más de él. Sin embargo, Deuteros no pierde el tiempo y le propina un tremendo derechazo en la mejilla, haciéndola caer al piso y dejándola mareada. – ¡Maldita…! pero mejor para mí, pues me gusta que las mujeres se resistan. ¡Eso sólo me excita más!
Con esa amenaza, el hombretón se abalanza sobre ella, sujetando el vuelo de su vestido para alzarlo y exponer a su vista la parte superior de las femeninas piernas. Pero es como si el golpe la hubiera despertado de su estupor, del ataque de pánico que le impedía reaccionar, pues en el momento en que siente las manos del hombre explorándola, de inmediato Elsa lo patea en la cara lo más fuerte que puede, y se gira sobre sí misma para levantarse a toda velocidad, sin prestar atención al labio roto y la mejilla amoratada que el golpe le ha dejado.
-¡Maldita…!
Tan pronto la joven se encuentra en dos pies, adelanta ambas manos con violencia, rezando con todo su ser para que su poder regrese a ella. Ni tardo ni perezoso, dos potentes ráfagas de hielo salen disparadas de sus palmas, congelando al caballero, que, sin su armadura sagrada, es envuelto del cuello para abajo. La felicidad de Elsa pareciera no tener fin. Con las manos alzadas frente a ella, en posición de ataque, el cuerpo de la joven albina aún está temblando, pero ya no sabe si de miedo, o de esa rabia intensa que le estruja el corazón al saberse mancillada, al sentir todavía las manos de él asquerosamente recorriendo su cuerpo. Pero sus ojos azules en esta ocasión no miran al Santo con terror, y más bien, con su ceño fruncido, su mirada tiene una poderosa llama de furia y determinación que acompaña a sus labios abiertos, mostrando los dientes cual si fuera una bestia salvaje. Ella ya no es Elsa de Arendelle, no es más la Reina de las Nieves.
Es como si el último golpe de él hubiera despertado la parte violenta y primitiva del Quinto Elemento.
Elsa respira agitadamente mientras disminuye la temperatura a su alrededor, su mirada amenazadora fija en su atacante.
-Pensé que los Santos de Atena eran instruidos en el honor y la humildad, se volvían fuertes para proteger el bien. Ahora veo que Atena deberá llorar por sus sueños no cumplidos, tan pronto le informe sobre las terribles acciones de uno de sus elementos.
Deuteros gruñe, mientras se retuerce intentando liberarse.
-No tienes derecho a decir el nombre de mi diosa, mujer. Eres una simple mortal que no merece mancillar su nombre. – Deuteros se retuerce para liberarse, frustrado e iracundo, pero al ver los ojos retadores de ella, el hombre ríe, burlón. - Pero he de advertirte que no deberías subestimarme: si crees que con este nimio poder puedes detenerme, realmente no sabes con quién te estás enfrentando.
Elsa no se amedrenta ante sus amenazas.
-¿Yo? ¿Sin derecho a decir el nombre de tu diosa? Eres tú quien deberías de sentirte avergonzado de nombrarla con esa boca asquerosa. – El Quinto Elemento se yergue altiva, sin que sus sentidos bajen del todo su estado de alerta. – Te perdonaré la vida esta vez, Santo Dorado, pero no por ti, sino porque eres compañero de Degel. Mi amor por él es la única razón por la que conservarás tu vida, por lo que hoy te debes de considerar un hombre afortunado.
Deuteros, aún peleando por liberarse de su prisión de hielo, le sonríe con una mueca socarrona.
-Me alegra ver que al menos tienes pantalones, pero eso sólo me hace desearte más, Majestad. Deberías estar conmigo y no con Degel. Él no es lo suficientemente fuerte, ni lo suficientemente hombre, para merecer una mujer como tú.
Elsa casi le gruñe por sus palabras.
-Me das pena de ver como menosprecias a alguien que te respeta tanto. Eres sólo una basura, verdaderamente no mereces ser llamado caballero. Y espero que te quede bien grabado esto: jamás estaría con alguien como tú.
En el momento en que termina la frase, Deuteros aprovecha y grita a todo pulmón, rompiendo su prisión de hielo y lanzando miles de fragmentos cristalinos por todos lados. Elsa lanza una ráfaga de hielo para evitar que la alcancen los pequeños proyectiles que viajan a toda velocidad, pero cuando retira su protección helada, apenas logra moverse a un lado antes de que Deuteros le aseste un segundo golpe en la cara, el cual pasa rozándole el hombro y crea un pequeño cráter a sus espaldas.
¿Cómo es posible…?
Deuteros de inmediato se levanta para confrontarla, su sonrisa socarrona aún dibujada en el rostro.
-Soy un Santo Dorado, su Majestad, pero no te equivoques pues no soy cualquiera, sino que soy el Santo Dorado de Géminis; aún cuando no porte mi armadura, necesitas bajar mucho más la temperatura para que puedas congelarme. Ni siquiera el Santo Dorado de Acuario ha logrado tal hazaña.
Pero Elsa no se amedrenta y lanza un segundo ataque, obediente ante su recomendación, bajando la temperatura del rayo muy por debajo del punto de congelación. Deuteros lanza un rayo para contraatacarla, destrozando el hielo que se formaba alrededor de su piel, y creando, entre los dos, un puente luminoso entre sus puños. Elsa abre los ojos de par en par, mientras Deuteros se carcajea.
-Ya te lo he dicho! Tienes que bajar aún más la temperatura para que al menos me de frío! – Inmediatamente después de burlarse, el hombre se endereza, adoptando de nuevo una posición de ataque. – Es mi turno, hermosa. Primero te someteré para después poseerte. Y créeme cuando te digo que será todo un placer hacer las dos cosas. – Gritando a todo pulmón, el caballero pega un gran salto hacia ella, dirigiendo un puño luminoso hacia el delicado abdomen. Pero Elsa no ha luchado en vano al lado de su amante por nada. Imitando a la perfección la técnica de Degel, Elsa crea un Escudo de Hielo que detiene efectivamente el poderosísimo golpe. Sin embargo, aún cuando la técnica fue perfecta, la joven no tiene la fuerza física para sostener tal poder, y sale disparada hacia atrás por la inercia del ataque, su espalda chocando estrepitosamente contra el tronco de un árbol, el cual destroza, mientras ella cae de rodillas al suelo. Deuteros se carcajea de nuevo.
-¡He de admitir que me has sorprendido! ¿Imitar las técnicas de un Santo Dorado? Realmente eres admirable. ¿Ahora ves por qué estoy convencido de que debo de poseerte? No hay mejor mujer para mí que tú. Y aunque lo niegues, pronto te darás cuenta de que no hay mejor hombre para ti que yo.
Elsa se levanta lastimosamente, sin embargo, a pesar del dolor, su gesto sigue siendo desafiante.
-¿Quién te crees que eres para decidir si te puedo pertenecer o no? No tengo la más mínima intención de ser tuya, por muchas ideas erróneas que tengas de ti mismo. Para mí, no eres más que un patán incompetente e inseguro que busca someter a quienes puede, para demostrar algo que definitivamente no es.
Deuteros le sonríe de lado, burlonamente.
-¡Ja! Y según tú, ¿qué es exactamente lo que no soy?
Los ojos azules de Elsa se fijan de forma penetrante en los de su contrincante.
-Definitivamente no eres un Santo de Atena, Deuteros, y mucho menos un Santo Dorado.
El rostro del hombre se llena de furia ante las palabras de la mujer, que hacen eco en su memoria torturada.
- ¡Ni se te ocurra volver a decir algo así! ¡Por supuesto que soy un Santo de Atena! ¡Soy el Santo Dorado de Géminis! ¿Me oyes? ¡Me he ganado mi título con sangre! Además, eres una simple mujer, ¿qué podrías saber tú de esas cosas?
Esta vez es Elsa quien le sonríe burlonamente, al darse cuenta que ha tocado una fibra sensible para el caballero.
-Me da la impresión de que has estado tratando de ganarte un lugar que no te pertenece. Después de todo, eso es lo que significa Deuteros en griego, ¿no es así? Nunca dejarás de ser el Segundo.
-¡Aaaarrgghh!
Deuteros no puede pensar coherentemente, sólo siente cómo una rabia envuelve su mirada en rojo intenso, como hace varios años no lo hacía, y se lanza sin pensar sobre la rubia, un puño en alto con toda la intención asesina. Pero Elsa no se amedrenta, e, inclinando ambas rodillas, se prepara para el momento preciso de soltar su ataque, el cual está consciente que debe de ser certero, so pena de que el hombre sí termine arrollándola.
Pero cuando Deuteros está a punto de llegar a su altura, una luz muy intensa los ilumina por un momento, y al siguiente segundo, esta luz golpea al hombre en la espalda, obligándolo a caer de bruces en el suelo, y forzándolo a permanecer en esa posición, como si una enorme mano lo estuviera aplastando. Cuando Elsa finalmente puede ver a través de la luz, se da cuenta que es la silueta de una persona de largos cabellos claros quien se encuentra frente a ella.
-¿A-Atena?
En el momento en que se disipa la luz, la joven se da cuenta de su error, al ver materializado frente a ella uno de los hombres más hermosos que haya visto jamás, de larga cabellera rubia que se extiende más allá de su espalda, y bellos ojos color azul cielo, que no parecen verla a ella, ni siquiera al Santo caído, pues parecieran estar atravesándola, viendo más allá del infinito. Pero lo que más le impresiona a la joven, es la brillante y preciosa armadura dorada que se ciñe al esbelto cuerpo del hombre. Frente a ella se encuentra, evidentemente, un hermano de armas de Degel, un Santo Dorado de Atena.
Deuteros hace un esfuerzo por voltear a verlo, a pesar de que la presión invisible continúa manteniéndolo en su lugar.
-¿A-Asmita… qué… cómo has podido…?
-Olvidas que soy el caballero más cercano a Dios, Deuteros. Ningún poder, ni siquiera de un dios, y mucho menos de uno de mis compañeros, podría limitarme. No hay técnica ni dimensiones que puedan esconderte de mí. O de Atena.
Deuteros abre los ojos como platos ante las palabras de su compañero.
-¿Atena…?
-Así es, bellaco. Atena en persona me ha pedido que venga a darte su advertencia: he de comunicarte que tienes prohibido tocar a esta mujer, es más, prohibido siquiera voltear a verla. Eres completamente indigno de ella, y a partir de ahora, indigno también de nuestra diosa.
Elsa se siente impresionada al ver que esos ojos del color de la inmensidad del océano se encuentran viendo la nada, las facies y la voz del hombre absolutamente tranquilas, impasibles, sin reflejar ninguna emoción… y, sin embargo, hay algo en el tono del caballero que la hace temer, incluso por ella misma.
Por su parte, Deuteros se resiste, e intenta levantarse de nuevo, sin lograr moverse ni un solo centímetro.
-No… no te creo en absoluto que vengas de parte de Atena, Asmita. E-Elsa no es de nadie aún, por lo que no he cometido pecado alguno… y yo quiero que ella sea mía… ¡merezco que sea mía…! – detrás de su esfuerzo, se puede escuchar la desesperación en su voz. - ¡Todo me fue arrebatado desde pequeños! incluso mi hermano tenía una esposa para sí mismo, otorgada por Atena, antes de traicionar al Santuario. ¿Por qué no puede Atena darme una para mí? Soy un caballero dorado que ha probado su valor. ¿Por qué no he de tener a la mujer que yo quiero? – Deuteros reclama, furioso, sacando en ese momento los años de silencio y negación que aún pesaban sobre él. - Elsa es una mujer completa, del tipo de hembra que puede aspirar a estar con un Santo Dorado. Y yo, como el caballero dorado más poderoso que… ¡Argh! – El caballero se queja como si el peso invisible lo hubiera presionado aún más.
-Te equivocas, Segundo, tu percepción hacia las féminas se encuentra equivocada. Fue un engaño de tu hermano lo que percibiste: él no tenía una esposa para sí, y mucho menos otorgada por Atena: aquella que viste en su alcoba, no era más que su sirvienta, y peor aún, ese hombre te enseñó sólo maldad, pues la pobre mujer siempre estuvo en la alcoba de tu gemelo en contra de su voluntad. Incluso él se equivocaba en esa pretensión, y no hizo nada bueno al enseñártela a ti. Dicho esto, tu apreciación sobre las mujeres, y sobre el mundo, es la primera razón por la cual no tienes derecho alguno para reclamar a esta mujer, ni a ninguna otra, para ti. Haciendo a un lado el hecho de que ella misma te ha rechazado, si tanto deseas saberlo, la razón más poderosa por la cual no puedes reclamar propiedad sobre ella, es que esta mujer es la esposa legítima de Degel. – Una vez que tales palabras salen de la boca del hombre más cercano a Dios, tanto Deuteros como Elsa abren los ojos de par en par en el momento en que la implicación en ellas se registra en sus mentes. Asmita, increíblemente, sonríe un poco ante sus reacciones. – Así es, caballero: la unión de ambos se encuentra bendecida por Atena, directamente por la diosa que has jurado proteger. ¿Te das cuenta ahora de tu sacrilegio?
Elsa ya casi no puede escuchar su conversación, pensamientos y emociones encontradas nublando su mente, y da un paso hacia atrás, mientras se rodea a sí misma con ambos brazos.
¿Es… esposa? ¿Bendecidos…? ¡¿Cómo?!
-¿Esposa? ¡imposible! – Deuteros aún protesta, incrédulo ante las palabras de su compañero de armas. – Eres tú quien está siendo un sacrílego, Asmita. ¡Lo que dices va en contra de las leyes del Santuario!
Asmita no se inmuta con tal aseveración.
-Las leyes del Santuario son las leyes de Atena, por lo que ella puede decidir cuándo romperlas. Y Atena misma ha decidido que este es un buen momento para romper esa ley. Nadie de nosotros puede protestar.
La mente de Deuteros también se encuentra confundida, y lo que es más, infinitamente aterrada, por lo que deja de luchar, temeroso, finalmente colocando su cara sobre el frío suelo, y Asmita asiente, reconociendo su sumisión.
-Regresarás al Santuario tan pronto terminemos la misión aquí, para recibir la ira de Atena de primera mano, y el castigo que corresponde a tus bajas acciones. Pero debes sentirte afortunado, porque estamos en guerra, por lo que Sasha no se puede permitir perder un caballero antes de tiempo. Por lo tanto, no morirás; aun así ha ordenado que, mientras te encuentres en estas tierras, tus labios deberán permanecer sellados de todo sonido, tendrás prohibido hablar, y prohibido levantar la mirada a ver a nadie más a los ojos, excepto al enemigo que se encuentre frente a ti. Excepto a aquél espectro cuya vida debas segar. Esa será parte de tu penitencia, en espera de tu juicio.
Deuteros permanece inmóvil y obediente, ojos cerrados para aceptar su destino.
-Sí, Asmita, me someteré al juicio de Atena, y de nuestro Patriarca.
El Santo Dorado de Virgo asiente, satisfecho, para luego dirigir los ojos a Elsa, quien se sobresalta al percibir su intensa mirada, pues estaba más que segura de que el hombre era ciego. Pero ahora, esos ojos color del cielo parecen ver a través de ella, haciéndola sentir como si la atravesara, como si pudiera leer sin restricciones sus más íntimos pensamientos. Asmita da un paso hacia ella, levantando una mano en señal de invitación, mientras en su rostro se dibuja una suave sonrisa.
-Su Alteza Real Elsa de Arendelle… el Quinto Elemento… Así que tú eras el sol que estaba buscando…
ooooooooooOOOOOOOOOOOooooooooooooo
A/N: Bueno, después de esta laaaarga pausa, espero que les siga gustando. Una disculpa, pero siempre me es muy difícil escribir escenas de ataques sexuales. Pero estoy determinada a hacerlo, a que la gente se haga consciente de lo terribles que son esos ataques, de la forma tan horrorosa que pueden marcar la vida y la psique de una mujer, pues en algún lugar leí que la respuesta de la mente ante esos ataques, es muy similar a la del trauma psicológico que deja una guerra. Así que esta es mi propia forma de protestar ante el incremento de la violencia de género que se vive en mi país. Espero que sea de su agrado, y que no haya sido demasiado desagradable.
También he de aclarar varios puntos: sé que Asmita murió casi al inicio de las batallas, su muerte era necesaria para que Atena y sus caballeros pudieran triunfar. Pero realmente me gustó la idea de darle un giro un poco más personal a su vida, durante la batalla, y la idea de que conociera a Elsa, como la reencarnación de la diosa que creó la vida, se me hizo un poco fuerte, un poco muy iluminador, y por lo tanto, no pude aguantar la tentación. Les pido disculpas a los que siguen a rajatabla el canon, pues ahora sí que me salí de él, y espero no se molesten mucho. También, además de esa "pequeña" libertad literaria, también me di la libertad en alterar el poder de Gordon, en este caso sólo por el puro placer de complicarle la vida a Degel, jejeje.
Por otro lado, quisiera platicarles que reescribí la serie prácticamente en su totalidad, eso sí, sin cambiar los momentos importantes, pero agregando otros que les puedan hacer más agradable la lectura, principalmente aclarando algunos aspectos que a lo mejor eran confusos; espero que se decidan a darse una vuelta, y que les agrade el cambio.
Los dejo mandándoles un enorme abrazo, y deseando de corazón que estén bien, no sin antes mencionar que esto lo escribo sin deseo de lucro, y que Saint Seiya y Frozen les pertenecen a sus respectivos autores.
Ahora, ¡a contestar comentarios!
Annaurda: Muchas gracias por no perder la fe en mí! Me alegra que te gustara el capítulo y me alegra mucho más saber que te hice feliz! Y también, una tremenda disculpa por haberme tardado tanto, pero tenía que mejorar la historia, por lo que me dediqué en cuerpo y alma para agregar escenas que hicieran más fácil el relato, y que agregaran profundidad a cada personaje. Espero haberlo logrado.
También espero que este capítulo no te haya quitado la felicidad, de lo agresivo que es. Espero que te guste el capítulo que viene. Te mando un enorme abrazo!
