Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Una luna sin miel" de Christina Lauren, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 15
Quería quedarme en Maui. Quería quedarme en la cama con Edward por semanas y escuchar el océano mientras dormía. Pero, de todos modos, en cuanto estoy de vuelta en mi apartamento quiero besar cada mueble y tocar cada cosa que me hizo falta en estos diez días. El sofá nunca se vio tan tentador. Mi televisor es mucho mejor que el de la suite. Mi cama es suave, y no puedo esperar a que oscurezca para entregarme al impulso de zambullirme entre los cojines. Amo mi casa, para mí no hay nada como estar aquí.
Ese sentimiento dura solo media hora porque, luego de desempacar, abro el refrigerador y me doy cuenta de que está vacío, entonces, si quiero comer, tendré que ordenar comida chatarra o vestirme y salir.
Me estiro en el medio de la sala de estar sobre la alfombra de piel sintética y gruño mirando al techo. Si hubiese ido a lo de Edward, podría haberle pedido a él que fuera a buscar comida.
Suena el timbre. Lo ignoro porque, si fuera mi familia, directamente entraría, y nueve de cada diez veces es Jack, mi vecino, un cincuentón que presta demasiada atención a mis movimientos. Pero vuelve a sonar, y unos segundos después golpean. Jack no toca dos veces, y jamás golpea.
Me incorporo, espío por la mirilla y puedo distinguir una quijada cincelada y un cuello largo y musculoso. Extrañaba ese cuello. ¡Edward! Mi corazón reacciona (saltando a mi garganta) antes que mi cerebro, entonces, cuando abro la puerta sonriendo, me toma un momento darme cuenta de que estoy en ropa interior.
Edward sonríe, baja los ojos y pone la misma mueca seductora que yo le dedico a la bolsa que lleva consigo.
—Me extrañaste —le digo mientras tomo la comida china que trae.
—No llevas pantalones.
—Deberías acostumbrarte. Me comporté en el hotel, pero el noventa y nueve por ciento del tiempo que paso en casa estoy en ropa interior.
Alza una ceja e inclina la cabeza hacia el pasillo que cree que lleva a mi dormitorio. Lo entiendo: si esto fuera una película, estaríamos estampados contra la pared avanzando con torpeza y pasión por el pasillo hasta la cama porque no podríamos resistir haber pasado uno hora separados, pero la verdad es que el encuentro del aeropuerto fue demasiado estresante, muero de hambre y la comida huele increíble.
—Pollo al ajo primero, sexo después.
Algo se agita en mi interior (no suelo ser tan cursi) cuando sonríe por las ganas con las que le arrebato comida que trajo. Besa mi frente y se gira para buscar cubiertos. Con facilidad encuentra palillos chinos. Estamos parados en la cocina, comiendo pollo directo de la caja. Algo se despierta en mi interior porque estaba contenta de estar en casa, pero ahora estoy mareada. Me siento más cómoda con él que sin él y eso sucedió tan rápido que es difícil de procesar.
—Mi refrigerador estaba vacío —me dice—. Asumí que el tuyo también y solo era cuestión de tiempo para que golpearas mi puerta llorando de soledad.
—Sí, se oye como algo que yo haría —digo con la boca llena de fideos.
—Tan necesitada —coincide entre risas.
Lo miro ocuparse del bife mongol y tomarse unos segundos de silencio para que pueda disfrutar del rostro que tanto extrañé durante la última hora.
—Me gusta que hayas venido sin avisar —comento.
—Qué bueno. —Mastica y traga—. Estaba casi seguro de que te gustaría, pero había un veinte por ciento de posibilidades de que me dijeras "Lárgate de mi apartamento, necesito un baño de inmersión".
—Oh, sin duda necesito un baño de inmersión.
—Pero luego de la comida y el sexo.
—Exacto —asiento.
—Husmearé tu apartamento mientras tanto. No me gustan los baños.
Me hace reír.
—¿Crees que esto es más fácil porque solíamos odiarnos? — pregunto. Se encoge de hombros y busca en la caja un trozo enorme de carne—. Solo llevamos una semana y ya estoy comiendo en ropa interior frente a ti.
—Bueno, pero te vi en el vestido de dama de honor. Las cosas solo pueden mejorar partiendo de ahí.
—Me retracto —digo—. Sigo odiándote.
—Sí, claro. —Se acerca y besa mi nariz.
Mi humor cambia. Tantas veces pasé de estar inquieta a enojada en su presencia; pero ahora paso de feliz a excitada. Apoya la comida en la encimera y me toma el rostro.
—Acabo de darme cuenta de que compartimos comida de una caja y no te horrorizaste —susurro cuando ya está muy cerca. Me besa las mejillas, la quijada, el cuello.
—Te dije que no me importa compartir. Es —beso— solo — beso— los —beso— bufés. Y. Tenía. Razón.
—Estaré por siempre agradecida de que seas tan rarito.
—Esa fue la mejor luna de miel de mi vida —asiente mientras besa mi quijada.
Alejo su boca de la mía y me monto sobre él. Aliviada de que haya anticipado que iba a tener que atajarme.
—Por allí —indico con el mentón el camino hacia el dormitorio.
Cualquiera pensaría que cuando Edward y yo descubrimos que vivimos a pocas calles de distancia encontraríamos algún modo de alternar entre un apartamento y otro por las noches. Se equivocan.
Claramente soy muy mala para llegar a un acuerdo, porque desde el miércoles a la noche (cuando regresamos del hotel) hasta el lunes a la mañana (cuando comienzo mi nuevo trabajo) Edward ha dormido siempre en mi casa.
Solo deja aquí un cepillo de dientes, pero aprende que tengo que apagar cuatro veces la alarma antes de levantarme para ir al gimnasio, que no uso mi cuchara favorita para algo tan trivial como revolver el café, que mi familia puede aparecer en el momento más inoportuno y que necesito que ponga música mientras uso el baño.
Porque soy una dama, claro.
Pero con esta confianza viene también el vértigo por la rapidez con la que avanza todo. Para cuando nos acercamos a las dos semanas de relación (que, en la magnitud de la vida, no es nada) se siente como si Edward hubiera sido mi novio desde que lo conocí en la feria estatal hace dos años.
Las cosas son fáciles, divertidas y no requieren esfuerzo. Las relaciones nuevas no suelen ser así: suelen ser estresantes, agotadoras y llenas de incertidumbre.
La mañana antes de comenzar a trabajar en Hamilton Biotecnología no es el momento para tener una crisis existencial sobre si las cosas están avanzando demasiado rápido con mi nuevo novio, pero mi cerebro no recibe el mensaje.
Uso un traje nuevo, tacones lindos pero cómodos y llevo el cabello alisado con secador. Miro a Edward que está sentado en la pequeña mesa del comedor.
—No dijiste nada de cómo me veo hoy.
—Lo dije con los ojos cuando saliste del dormitorio, pero no estabas mirando. —Muerde el pan tostado y sigue hablando con la boca llena—. Te ves hermosa, profesional e inteligente. —Hace una pausa para tragar y agrega—. Pero también me gustaba tu versión indigente de la isla.
—¿Crees que estamos yendo muy rápido? —Unto mantequilla en mi pan tostado y hago ruido al bajar el cuchillo.
—Probablemente. —Edward bebe el café y sus ojos verdes se concentran en el teléfono. No lo desconcierta la pregunta.
—¿Te preocupa?
—No.
—¿Ni un poco?
—¿Quieres que hoy me quede en mi apartamento? —dice mientras me mira.
—Por Dios, no —digo con un impulso instintivo. Sonríe presumido y baja la mirada—. ¿Pero quizá? ¿Deberías?
—No creo que haya reglas.
—¡Auch! —grito de dolor cuando tomo un gran sorbo de café, que está hirviendo. Lo miro fijamente, está tranquilo, como siempre y vuelve a concentrarse en la aplicación del Washington Post—. ¿Por qué no tienes ni un poco de miedo?
—Porque no comienzo un nuevo trabajo hoy ni tengo que encontrar motivos para explicar por qué eso me estresa. —Baja su teléfono y cruza los brazos sobre la mesa—. Te irá muy bien, ¿sabes?
Gruño. No estoy tan convencida. Pero Edward tiene más intuición de la que suelo reconocerle.
—Podríamos salir a tomar algo con Nya y Dane más tarde — sugiere—. Ya sabes, para festejar tu primer día, para asegurarnos de que todos estén bien con esta situación. Siento que te estuve acaparando.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—¡Ser tan emocionalmente estable!
—¿De acuerdo? —Hace una pausa y sonríe.
Tomo el abrigo y el bolso y me dirijo a la puerta intentando contener una sonrisa porque sé que se está riendo de mí a mis espaldas. Y no me importa.
Recuerdo lo pequeño que es en realidad Hamilton Biotecnología cuando llego a la recepción, donde una mujer llamada Pam trabaja hace treinta y tres años. Kasey, la responsable de recursos humanos con quien tuve la entrevista hace algunos meses, me saluda y me indica que la siga. A la izquierda, está la oficina del equipo de legales, compuesto por tres personas. Por lo que nos dirigimos hacia la derecha y avanzamos por el pasillo hasta un ambiente que aloja a las dos personas que integran el equipo de RRHH.
—El área de investigaciones está del otro lado del patio —dice Kasey—, pero si recuerdas, ¡los chicos de asuntos médicos están en la planta alta!
—¡Correcto! —Me apropio de su tono efusivo y la sigo hasta su oficina.
—Solo tenemos que completar algunos formularios y luego puedes subir para conocer al resto del equipo.
Mi corazón galopa mientras caigo en la cuenta de que volví a la realidad. Estuve en una tierra de fantasía durante las últimas dos semanas, pero la vida real está de vuelta en todo su esplendor. Solo tengo una persona a cargo, pero la última vez que estuve aquí Kasey y el señor Hamilton me dijeron que hay muchas oportunidades para crecer.
—Tendrás capacitaciones gerenciales —dice Kasey mientras rodea su escritorio—. Creo que una va a ser este jueves. Te dará algo de tiempo para acomodarte.
—Genial.
Acaricio mi falda e intento tragarme los nervios mientras abre algunos archivos en su computadora, se inclina para tomar unas carpetas de una gaveta ubicada a mi lado, las abre y toma unos formularios. Veo mi nombre en el encabezado. La ansiedad le deja el lugar a la excitación.
¡Tengo un empleo! Un empleo fijo, seguro, que (seamos honestos) probablemente sea aburrido por momentos, ¡pero pagará las cuentas! Para esto fui a la universidad. Es perfecto.
La felicidad me llena el pecho. Creo que todo estará bien.
Kasey organiza una pila de documentación frente a mí y comienzo a firmar. Lo normal: no voy a vender los secretos de la compañía, no cometeré ningún tipo de acoso, no me drogaré ni tomaré alcohol en las inmediaciones, no mentiré, engañaré o robaré.
Estoy enfocada en la tarea cuando veo la cabeza del señor Hamilton asomarse por la puerta.
—¡Parece que nuestra Isabella regresó al continente!
—Ey, señor Hamilton.
—¿Cómo anda Edward? —pregunta mientras guiña un ojo.
—Eh… muy bien. —Miro a Kasey de reojo.
—¡Isabella acaba de casarse! —aclara—. Nos encontramos en Maui durante su luna de miel.
—¡Oh, por Dios! ¡Creí que tenías un pariente enfermo! — exclama Kasey—. ¡Me alegra mucho haber entendido mal! —Siento que mi estómago se derrite; me olvidé por completo de que en el aeropuerto le había dicho esa estúpida mentira a Kasey. Pero no se da cuenta y sigue—. ¡Deberíamos celebrar!
—¡Pero seguro se sumará al club de matrimonios! —dice, y le hace un gesto de entusiasmo vigoroso al señor Hamilton.
Sé que la señora Hamilton fundó el club, pero, por favor, Kasey, tienes que bajar uno o dos cambios.
—Molly no lo vendió muy bien, pero es un grupo divertido. — El señor Hamilton me guiña un ojo.
Esto está yendo demasiado lejos. Soy tan mala mentirosa que me olvido de las mentiras que dije. Edward y yo no podremos sostener esto mucho tiempo en una compañía tan pequeña. Tengo sentimientos encontrados, pero hay un diminuto halo de alivio por saber que por fin me desharé de esta mentira.
—Estoy segura de que el club de matrimonios es maravilloso. —Hago una pausa. Sé que podría dejarlo ahí, pero acabo de llenar todos esos formularios, y realmente quiero empezar de cero—. Edward y yo no estamos casados. Es una historia graciosa, señor Hamilton, y espero que pueda pasar a explicarle más tarde.
Quería simplificarlo, pero ahora pienso que debería haber elaborado un poco mi versión. Sonó… mal.
Se toma unos segundos para procesarlo y mira a Kasey. Luego me mira de nuevo y dice en voz baja:
—De acuerdo, como sea… Bienvenida a Hamilton. —Y se retira.
Quiero estampar la cabeza contra el escritorio y golpearla algunas veces (una docena). Quiero insultar a los gritos por un rato largo. Quiero pararme y perseguirlo por el pasillo. ¿Entenderá la situación cuando se lo explique?
Vuelvo a mirar a Kasey, que me contempla con una mezcla de empatía y confusión. Creo que está comenzando a caer en la cuenta de que no entendió mal lo de mi pariente enfermo. Ahora sabe que eso también fue una mentira.
No es la mejor manera de comenzar en un nuevo trabajo.
Dos horas más tarde, luego de firmar toda la documentación y de conocer al equipo de asuntos médicos (y que todos me cayeran genuinamente bien), Joyce, la asistente del señor Hamilton, me llama a su oficina.
—Supongo que para darte la bienvenida —dice Nate, el gerente de mi área, con alegría. Pero yo sé que no es así.
—Adelante —dice con tono grave el señor Hamilton luego de que golpeo la puerta. Su sonrisa expectante se borra cuando me ve entrar—, Isabella.
—Hola —saludo con voz temblorosa.
No responde y confirma mi asunción de que esta reunión es una oportunidad para que le explique.
—Señor Hamilton. —No me atrevo a llamarlo Charlie aquí—. Respecto de Maui.
Ponte los pantalones y hazte cargo, Isabella.
El señor Hamilton baja su bolígrafo, se quita las gafas y se apoya en la silla. Se ve tan diferente al hombre con el que cené, que estallaba en carcajadas cada vez que Edward hacía un chiste. Estoy segura de que él también está pensando en esa cena: en que Molly adoró a Edward, en que lo invitó al club de matrimonios, en que estaban genuinamente felices por nosotros, mientras que nosotros nos sentamos del otro lado a mentirles en la cara.
Señalo la silla para preguntar sin palabras si puedo sentarme, me indica que lo haga y desliza una pata de las gafas entre sus dientes.
—Mi hermana gemela, Tanya, se casó hace dos semanas —le cuento— con el hermano de Edward, Dane. Sirvieron un bufé de mariscos en la recepción y todos los invitados (excepto Edward y yo) se enfermaron por intoxicación. La toxina ciguatera —agrego, porque es científico y quizá la conoce. Parece que sí porque alza sus cejas tupidas y asiente.
—Ah.
—Mi hermana… gana todo. Rifas, raspaditas —digo y con una sonrisa irónica agrego—, hasta concursos de dibujo.
El bigote del señor Hamilton se tuerce en una sonrisa.
—También ganó la luna de miel, pero las bases y condiciones eran estrictas: era intransferible, no reembolsable y no se podían cambiar las fechas.
—Ya veo.
—Entonces, Edward y yo tomamos sus lugares. —Mi sonrisa tiembla—. Antes de ese viaje, nos odiábamos. O, mejor dicho, yo lo odiaba porque creía que él me odiaba a mí. Como sea, soy una muy mala mentirosa y en verdad odio tener que mentir. Me la pasé a punto de confesarme con cada persona con la que me cruzaba. Cuando la masajista me llamó "señora Cullen" y usted preguntó si me había casado, entré en pánico, porque no quería admitir que no era Tanya. —Jugueteo con un gancho magnético que estaba en su escritorio. No puedo mirarlo—. Pero tampoco quería mentirle a usted. Entonces, solo podía decirle que estaba estafando al hotel para robarme unas vacaciones o decirle que estaba casada.
—Fingir ser tu hermana para conseguir unas vacaciones no parece una mentira tan horrible, Isabella.
—Eso lo entendí más tarde, y me refiero a de forma inmediata. No creo que la masajista me hubiera denunciado, pero en verdad no quería volver a casa. Me desesperé. —Finalmente lo miro. Mis disculpas salen disparadas de mi pecho—. Realmente siento haberle mentido. Lo admiro mucho, admiro que haya fundado esta compañía, hace semanas que siento náuseas. —Hago una pausa y digo—: Creo que haber cenado con ustedes fue el motivo por el que me enamoré de Edward.
—De acuerdo, supongo que me tranquiliza que no haya sido tan fácil para ti mentirme —dice, se inclina hacia adelante y apoya los codos en la mesa—. Y valoro tu valentía al contármelo.
—Por supuesto.
Asiente con la cabeza y sonríe; exhalo, y parece que es la primera vez que lo hago en el día. Esta situación me estaba pesando, hacía horas que tenía el estómago revuelto.
—La verdad es que —dice, se coloca los lentes y me mira por encima de ellos— disfrutamos mucho esa cena. A Molly le encantó pasar tiempo con ustedes y adoró a Edward.
—Nosotros también… —sonrío.
—Pero te sentaste enfrente de mí en la mesa y me mentiste.
—Lo sé. Yo… —El miedo me congela la piel.
—No creo que seas una mala persona, Isabella, y honestamente… si las circunstancias fueran otras, creo que me caerías muy bien. — Inhala suave y sacude la cabeza—. Pero es una situación incómoda para mí pensar que estuvimos juntos durante horas y nos trataste como tontos. Es incómodo.
No tengo idea de qué responderle. Mi estómago se siente como un bloque de concreto que se hunde en mi interior.
Desliza una carpeta hacia él y la abre. Mi legajo de recursos humanos.
—Firmaste una cláusula moral en tu contrato de empleo —dice mientras lee los papeles y luego se gira para mirarme—. En verdad lo siento, Isabella, pero dado lo extraño de la situación y mi relación particular con la mentira, tendré que dejarte ir.
—¿En serio me está pasando esto? —Dejo caer mi cabeza en la barra del bar y gruño.
Edward acaricia mi espalda y, con mucha sabiduría, se queda quieto. No hay nada que pueda cambiar este día, ni siquiera los mejores tragos de Twin Cities o la mejor charla motivacional de mi nuevo novio.
—Debería volver a casa —digo—. Con mi suerte, el bar se incendiará y se convertirá en un agujero negro.
—Espera —sonríe mientras me acerca la canasta con maníes y el martini—. Quédate. Te hará bien ver a Nya.
Tiene razón. Luego de retirarme de Hamilton con la cola entre las patas, una parte de mí quería volver a casa y acurrucarme en la cama por una semana y otra parte quería poner a Edward de un lado y a Nya del otro y obligarlos a que me abracen toda la noche.
Y ahora que estoy aquí, en verdad necesito ver cómo mi hermana se enfada e indigna porque me hayan echado en el primer día de trabajo. Aunque no sea justo culpar al señor Hamilton, me haría sentir un millón de veces mejor.
A mis espaldas, Edward se endereza y mira hacia la puerta. Sigo sus ojos. Dane acaba de llegar, pero Nya no está con él. Es extraño, suelen venir en el mismo auto.
—¿Qué hay de nuevo, fiesteros? —exclama mientras atraviesa el salón. Algunas cabezas se giran para mirarlo, justo lo que Dane está buscando.
Ugh. Reprimo la voz sarcástica dentro de mi cabeza.
Edward se para y se dan un abrazo fraternal. Yo agito la mano en un gesto distante. Se desploma en un taburete, pide una IPA, se gira hacia nosotros y sonríe.
—Viejo, están muy bronceados. Me estoy esforzando por no odiarlos.
—Em, sí, supongo. —Edward se mira los brazos como si fueran nuevos.
—Bueno, si te hace sentir mejor —digo y luego imposto un acento—, acaban de despedirme. —Intento, sin éxito, aligerar mi humor, pero Dane me malinterpreta y quiere chocar los cinco.
—¡Claro que sí! —grita Dane con la mano estirada.
No quiero dejar al pobre hombre con la mano colgando, así que choco un dedo contra el centro de su palma y sacudo la cabeza.
—Lo digo de verdad, me despidieron —insisto.
—No es un chiste —agrega por lo bajo Edward.
—Ooh, eso apesta. —Intenta ser empático, pero su boca se frunce en un extraño círculo que hace imposible no pensar en un ano.
Ahora mismo no se está comportando como un idiota, pero su barba cuidada, esas gafas de mentira que no necesita y su moderna camisa rosa me hacen querer arrojarle el martini en la cara.
Pero esa es una reacción muy… Bella, ¿no? ¿Solo hace unos días que estoy en casa y ya estoy malhumorada? Dios.
—Soy tan gruñona —digo en voz alta y Dane se ríe como Es lo que vengo diciendo, pero Edward se acerca.
—Para ser justos, acabas de perder el trabajo —dice despacio y sonríe sombrío a Dane—, claro que estás malhumorada.
—Me costará acostumbrarme a verlos juntos. —Dane nos mira fijo.
—Apuesto a que sí —digo con doble intención, sosteniéndole la mirada.
—Deben haber conversado mucho en la isla. —Me guiña el ojo —. Considerando todo lo que se odiaban antes —agrega como quien no quiere la cosa.
Me pregunto si Edward está pensando lo mismo que yo: que es muy extraño que diga eso, pero es justo lo que diría alguien que tiene miedo de ser descubierto.
—Sí, conversamos mucho —dice Edward—. Todo está bien ahora.
—No tenías que decirle a Edward que era una malhumorada.
—Eh, tratándose de ti, no es tan loco, tú odias a todos.
Lo último resuena en mi interior, pero creo que es mentira. No puedo pensar en una sola persona que odie ahora. Excepto, quizá, a mí misma, por haberle mentido al señor Hamilton y haberme puesto en este lugar de no saber si podré pagar la renta el próximo mes… otra vez.
Edward apoya su mano sobre la mía, y dice Ignóralo en silencio.
La verdad, discutir con Dane ahora (o en cualquier momento) no vale la pena.
—¿Dónde está Nya? —pregunto. Dane se encoge de hombros y mira hacia la puerta. Está llegando quince minutos tarde. Me desorienta. Mi hermana es la puntual de la pareja; y Dane, que siempre llega tarde, está haciéndole un gesto a la camarera para que le traiga la segunda cerveza.
—¿Este era el trabajo por el que te llamaron en el aeropuerto? —pregunta Dane cuando la chica se va. Asiento con la cabeza—. ¿Y era el empleo de tus sueños?
—No —respondo—. Pero sabía que podría hacerlo bien. —Tomo el palillo y hago girar la aceituna en mi vaso de martini—. ¿Quieres saber la mejor parte? Me despidieron porque nos encontramos a mi nuevo jefe en Maui y le dijimos que estábamos casados.
Dane no puede contener una carcajada que se escapa de su boca.
Pero se da cuenta de que estoy diciendo la verdad.
—Espera, ¿en serio?
—Sí, y a Molly, su esposa, le cayó muy bien Edward y lo invitó a participar del club de matrimonios y todo eso. Creo que el señor Hamilton sintió que no podía confiar en mí sabiendo que fui capaz de mentirle en la cara durante toda una cena. Y no puedo culparlo por eso.
—¿Por qué no le dijiste que estabas usando el viaje de tu hermana y ya? —Sé que quiere seguir riéndose, pero, con sabiduría, se está conteniendo.
—Esa, Dane, es la pregunta del millón. —Silba largo y grave—. Pero, por cierto, podemos hablar de otra cosa —digo—. Por favor.
Con habilidad, Dane cambia el tema a él: su día, lo bien que se siente, que bajó una talla de pantalones, algunas historias entretenidas sobre diarrea explosiva en baños públicos. Parece el Show de Dane.
En el momento en que hace una pausa para meterse unos maníes en la boca, Edward aprovecha para ir al baño. Dane le hace un gesto a la moza para pedir su tercera cerveza. Cuando se va, se dirige hacia mí:
—Es impresionante lo mucho que se parecen Nya y tú — comenta.
—Dicen que somos idénticas. —Tomo el envoltorio de un sorbete y lo enrollo en un espiral apretado, me siento incomoda sentada acá sola con Dane. Lo más extraño es que solía ver el parecido entre Edward y Dane, pero ya no les encuentro similitudes.
¿Es porque ahora conozco a Edward en la intimidad o es porque es una buena persona y su hermano parece estar podrido por dentro?
Me sigue mirando fijamente y eso hace todo más incómodo.
Aunque no hago contacto visual, puedo sentir su mirada en el costado del rostro.
—Apuesto a que Edward te contó de todo.
Y, oh. Un zumbido me atraviesa la cabeza. ¿Se refiere a lo que creo que se refiere?
—¿De su vida? —esquivo.
—De todos, de toda la familia.
Los padres de Edward y Dane son las personas más perfil bajo que conozco (la encarnación de la amabilidad de Minnesota, pero también increíblemente aburridos), así que ambos sabemos que no es muy factible que Edward haya compartido conmigo aventuras de toda la familia. ¿Es mi eterno filtro de escepticismo el que me hace pensar que habla de los viajes de hermanos y de sus novias precompromiso?
Lo miro sobre el borde de mi vaso de martini. Tengo sentimientos encontrados. Le prometí a Edward (y a mí misma) que lo dejaría pasar; que Nya es una mujer inteligente y sabe en lo que se está metiendo; que no puedo ser siempre la pesimista aguafiestas.
Le voy a dejar pasar una más. La última.
—Todos tenemos nuestras historias, Dane —le digo con calma —. Edward y tú tienen las suyas, Nya y yo tenemos las nuestras. Todos.
Emboca unos maníes en su boca y me sonríe mientras mastica con la boca abierta, como si fuera más listo que yo. Por más irritante que sea, puedo sentir su alivio. Si fuese cualquier otra persona quien me sonriera así, me sentiría honrada de ganarme su confianza con solo una frase. Pero Dane me hace sentir traidora, como si no estuviera del lado de mi hermana, sino del de su esposo que la engaña.
—Así que te gusta mi hermano… —dice. El tono ronco y tranquilo de su voz me inquieta.
—Supongo que no está mal —bromeo.
—Es un gran tipo —comenta—. Aunque no tan bueno como yo —agrega.
—Claro… —digo forzando una sonrisa boba—. Nadie puede ser tan genial.
Dane le agradece a la camarera cuando trae una nueva cerveza y toma un sorbo de espuma. Me analiza.
—Si alguna vez quieres pasarla bien, avísame.
Mis ojos se clavan en su rostro. Siento cómo la sangre se abalanza en mi cabeza. No hay forma de que lo haya malinterpretado.
—Disculpa, ¿qué?
—Solo una noche de diversión —explica con liviandad, como si no acabara de sugerir engañar a su esposa con su hermana gemela.
Me golpeo el mentón con un dedo mientras siento el calor subir y acumularse en mi cuello.
—¿Sabes? Creo que voy a renunciar enfáticamente a esta oportunidad de acostarme con mi cuñado. —Lucho porque no se me quiebre la voz.
Se encoge de hombros como si no le importara (y así confirma que sus palabras significaban exactamente lo que yo creí), pero luego su mirada se distrae sobre mi hombro. Asumo que Edward está volviendo, porque Dane sonríe y alza la barbilla.
—Sí —comenta mientras Edward se acerca—. Supongo que no está nada mal.
La facilidad con la que retoma la conversación anterior me deja boquiabierta.
—¿Estaban hablando de mí? —pregunta Edward apoyado en el taburete a mis espaldas y presionando su sonrisa contra mi mejilla.
—Sí —responde Dane. En su rostro no hay ni un mínimo gesto de alarma o miedo de que pueda decirle a Edward lo que acaba de suceder. ¿Decirle que todos tenemos nuestras cosas y sugerir que no voy a condenarlo por su pasado lo llevó a creer que no tendría problema con ser su eterna cómplice?
—Oh, Nya llegará una hora tarde —comenta mientras echa una mirada rápida a su teléfono. Me paro abruptamente, como un robot.
—¿Saben qué? No hay problema. No soy la mejor compañía hoy. Arreglamos para otro día, chicos.
Dane asiente tranquilo, pero Edward parece preocupado. Me detiene con una mano.
—Ey, ¿estás bien?
—Sí. —Me paso una mano temblorosa por el pelo y lo rodeo.
Me siento nerviosa y repugnante, como si hubiera sido infiel: a Edward y a mi hermana. Necesito alejarme de Dane para poder respirar—. Solo quiero irme a casa y tirarme un rato. Ya sabes como soy.
Asiente como si supiera, me sonríe con ternura y me deja ir.
Pero siento que soy yo la que no sabe nada. Estoy atónita.
Pero no es totalmente verdad. Algunas cosas sí sé. Por ejemplo, sé que hoy me echaron del trabajo. Y sé que el esposo de mi hermana la engañó y no tiene problema en volver a hacerlo. Con su gemela. Necesito aclarar las ideas para ver cómo le voy a contar todo esto a Nya.
NOTA:
Perdon por haber desaparecido esta semana, un miembro de mi familia fue operado y tuve que ir a ayudar para su recuperación, no tuve tiempo de actualizar.
Hoy solo les traigo esta capitulo porque estoy muy cansada, no podre actualizar mañana y pasado porque me voy a un lugar sin internet, nos vemos la otra semana.
