Poliandría II El rapto de la reina.

Nijūshi

Sayuri caminaba por las calles de la ciudad luciendo más solitarias que de costumbre. El sonido de sus pasos era lo único que se percibía en los alrededores además del viento. Sintiendo que su corazón se llenaba de inquietud, apresuró su andanza para no permanecer más tiempo fuera.

Había insistido a la emperatriz ausentarse en su viaje al oeste para poder visitar a sus padres. Por desgracia, una sombra de gran tamaño oscureció su camino iluminado por la luna. A pesar de ser la escolta personal de la emperatriz y poseer grandes habilidades combativas, no pudo hacer nada contra un atacante sorpresa que le doblaba el tamaño.

Solo sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo cuando una soga se apretó alrededor de su cuello. El aire comenzaba a faltarle y la presión parecía explotar su cabeza. Pataleó con fuerza e incluso intentó apuñalar al enemigo con su daga, más al final, no hubo remedio. Pasados algunos minutos la fuerza le abandono junto con la conciencia. Durante esa fría noche, en un empedrado solitario quedó el cuerpo de una joven despojada de sus pertenencias para simular un robo.

Akane no sabía las devastadoras noticias que le esperaban de regreso. Por ahora se encontraba en su camino hacia la costa oeste. El carruaje estaba a punto de llegar al poblado mas cercano donde pasarían la noche en una posada, aprovechando que tenía a Konatsu, lo envió antes para buscar al mejor sanador del lugar y así visitarlo una vez se establecieran. De ese modo abandonó su hospedaje tan pronto la comitiva se retiró a dormir.

—Encontré a una comadrona, los rumores dicen que es la mejor de toda la región. Además es una mujer mayor que está perdiendo la vista, no creo que la reconozca.

—Bien hecho —Akane elogió mientras se ponía un cambio de ropa como las aldeanas. Los dos rentaron un par de caballos para llegar a las afueras de la aldea, donde residía la anciana. De forma lenta se movieron llegando bastante tarde a la pequeña choza de paja.

—Buenas noches ¿Hay alguien ahí? —saludó Konatsu merodeando los alrededores. Sin embargo todo estaba tranquilo. —Hola. Señora Fuoka —mientras repetía el grito para ser escuchado, una pequeña voz aguda prorrumpió llena de enojo.

—¡Ah! Por todos los dioses. No soy sorda bruto. Soy anciana y no camino tan rápido maldita sea —seguido de eso, una mujer encorvada y arrugada apareció tras la chozita. Su ceño fruncido la hacia parecer especialmente severa mientras cargaba un atado de leños bastante considerable. —¿Quién demonios va a la casa de otra persona para gritonear en medio de la noche? ¿Quieres morir?

Konatsu estaba a punto de revelar la identidad de Akane en medio de su indignación. Sin embargo, la de cabello azul ni siquiera se molestó por los improperios, solo se acercó tímidamente. —Buenas noches abuela. Soy… soy una forastera que vino en busca de tu ayuda.

—¿Forastera? Bah, esto es incluso peor. ¿En tu casa no te enseñaron a llegar cuando hace luz del día? No tengo tiempo para forasteros. Vuelve mañana.

—Pero, es urgente, mañana debo continuar mi viaje y quisiera algunos consejos para… Para mi bebé. Escuché que usted es una excelente comadrona, por eso quise venir hasta aquí. He viajado desde las fronteras.

—¿Consejos? Si no estás enferma no me hagas perder mi tiempo. Todavía tengo mucha leña que ordenar, así que ven por la mañana o encuentra a otro curandero en tu camino.

—Pero…

—Phe phe phe. Nada de peros niña. Largo.

—Entiendo, por favor, acepte que mi acompañante le eche una mano con su carga de leños para reparar las molestias —ordenó la emperatriz implicando a Konatsu, quien empezó a caminar hacia la aludida.

—No hace falta —. A pesar de que la anciana luchó por empujar a Konatsu, él todavía le arrebató su montículo de madera fácilmente, haciendo imposible obtenerlo de vuelta.

—Dígame ¿Dónde lo pongo?

Resignada, la anciana hizo un ademán para que la siguiera. —Ven acá también niña. No te quedes allá parada —ordenó llena de hastío. La pequeña cabaña era humilde pero ordenada, los diferentes frascos de hierbas y brebajes estaban enfilados incluso en medio de lo que parecía una cocción. —Puedes dejarlos allá, a lado de la fogata.

Konatsu obedeció depositando el bulto antes de regresar a lado de Akane. Ella sonrió comenzando a decir. —Disculpe las molestias señora. Nos retiramos, con permiso.

—¿A dónde demonios vas? Vuelve acá y siéntate en el banco. Ya has hecho un viaje tan lejos de tu casa con tanto esmero, supongo que puedo regalarte algo de mi tiempo.

—No, no señora. No me mal intérprete, pienso pagar por sus servicios.

—No veo que hayas traído nada para pagar —. Ante esas palabras, Konatsu extrajo un saco mediano de mones dorados y los colocó sobre la mesa. Sin embargo, la reacción de la comadrona fue más allá de sus expectativas. —Como dijiste, no eres de aquí. El dinero no me sirve niña, es una molestia cuidarlo. Alguien tan débil como yo no podría proteger algo valioso como esto. Solo pregunta lo que necesites.

Akane parpadeó. —No me gustaría consultar sin darle algo a cambio.

—Que fastidio. Ya has movido mis leños adentro. Solo pregunta de una vez.

Para evitar perder el tiempo, la de ojos almendra decidió hablar sobre el tema principal. Empezó por contarle sobre su posible enfermedad y el embarazo, entonces la mujer le indicó recostarse sobre una estera para hacer una revisión de su cuerpo. A pesar de que su vista era bastante limitada a esas alturas de su edad, sus manos callosas eran hábiles para encontrar puntos vitales. Pasado un rato, la anciana nuevamente reaccionó de forma brusca. —¡Esta mocosa tan estúpida! Si viniste hasta aquí solo para montar un espectáculo a tu familia, hubieras conseguido a un charlatán. Tengo medicinas que hacer.

Akane se desconcertó oyendo sus invectivas. —¿Disculpe? ¿Qué espectáculo?

—¿Qué va a ser? Ni siquiera estás embarazada. Mocosa tonta. Tu viaje hasta aquí nos ha hecho perder el tiempo.

La revelación consternó por completo a la emperatriz y a su acompañante. Una sensación de descontrol llegó a sus extremidades cuando perdió la fuerza por algunos segundos. Luego se recuperó tan rápido que apenas pudo modular la fuerza en su agarre. Sujetando a la mujer mayor por los hombros, se agitó. —¿Qué acaba de decir?

—¡Ah! Que brazos tan brutos tienes —se quejó la mayor abofeteando sus manos para que le soltara. Ajustó su kimono otra vez, reiterando. —Te digo que no estás embarazada. El sanador que te dijo eso debe tener paja en la cabeza.

Sus pupilas no podían quedarse quietas, temblando con cierto dolor y alivio. El resto de su cuerpo continuó el trepidar cuando el agua se acumuló en sus lagrimales. No. No era posible. El shock fue demasiado para ella. Ni siquiera cuando regresó a la posada con el resto de la comitiva pudo pegar los párpados una sola vez. Abrumada por las sensaciones que se peleaban en su interior, incluso después de más revisiones el resultado fue el mismo. Ningún niño crecía en su interior.

Por un lado quería alegrarse, sin un bebé de por medio ella misma podía ir a la campaña, por otro, si no estaba en cinta, las expectativas de toda la nación caerían y su desmayo durante el banquete regresaría a ser un mal augurio. Contrariada por las bifurcaciones que desencadenaría esta verdad, sostuvo su cabeza llena de dudas.

En la capital, Safron fue informado sobre la muerte exitosa de Sayuri. Con estridentes carcajadas celebro lleno de expectativa. Miyo se encontraba con él, también festejando la eliminación de ese obstáculo en su camino. Continuó sirviendo el licor de su amado emperador, captando una oración desconcertante.

—Preparen a la señorita Plum para ingresar al Palacio.

—¿Señorita Plum? Su Majestad, pensé que yo sería la única que cuidarla de la emperatriz.

—Mi bella flor. Hay cosas que no podemos dejar al viento. La emperatriz seguramente traerá a otra odalisca para servirla sin importar tu opinión. Lo único que estamos haciendo es prevenirnos colocando un impostor —persuadió acariciando sus cabellos.

Por la mañana, Akane y Shampoo continuaron su viaje rumbo la costa. Todavía sintiéndose confundida, la de cabello azul decidió indagar un poco la situación con la señora del oeste. Pensándolo con mayor detenimiento, se dio cuenta de que las palabras de Sasuke resultaban cada vez menos descabelladas. Quería hacerse con más aliados que enemigos, entonces atraer piezas poderosas se volvería su prioridad.

Conversando toda la mañana, le comentó sobre el puesto de emisaria, observando su reacción. Al principio pareció no darle demasiada importancia al asunto, más, los beneficios que enumeró le abrieron el apetito lo suficiente, apeando sus perspectivas.

A estas alturas decidió que no importaba cuanto se odiaran, el bienestar de todo un país descansaba sobre sus hombros. Por lo tanto, pasados dos días, justo cuando entraban a Kyushu, la eligió para ser su representante, dándole una enorme sorpresa.

Ese mismo día, cerca del amanecer, otro grupo de personas también recibió una noticia avasallante. Una persona encapuchada se escabulló sigilosamente hasta la tierra del exilio donde sin parar, buscó a Ranma Saotome. El hombre que podía cambiar el destino de toda una nación.

Afortunadamente, el encapuchado se encontró con Rouge durante su caza matutina, quien al oir su voz lastimera le ayudó a llegar con el muchacho. En la cabaña de los Saotome, le observaron con recelo hasta que se quitó la capa, revelando un magullado rostro femenino.

—Tú… ¿No eres la escolta personal de la joven emperatriz? —Exclamó Genma. Al ser el integrante que pasó más tiempo entrando al Palacio, naturalmente reconocía los rostros de sus soberanos y sus sirvientes.

La muchacha asintió llena de pena— So… Soy Sayuri —luego, comenzando a llorar se tiró a los pies del joven azabache, implorando —Por favor, por favor Ranma Saotome. Te ruego que salves a su Majestad. Está a punto de ser asesinada.

Continuará…