N/A: Bueno, pues aquí os traigo un nuevo capítulo. Es más bien un monólogo interno de Hermione, no hay mucha acción ni interacciones con Draco, pero creo que es un "capítulo de transición" necesario para conocer saber qué es lo que opina de su situación y cuáles son sus motivaciones para actuar como lo hace.
Mil gracias a to que me habéis dejado review, me hacen mucha ilusión y me ayudan a mejorar y saber qué opináis; gracias también a quiénes han dedicado unos minutitos de su tiempo para leer mi historia. (Mención especial a MrsDarfoy por la portada y sus super consejos ortográficos).
Y nada más, que espero que estéis bien. A leer!
Lo que esconde tu interior
II
La cabeza de Hermione daba vueltas mientras seguía a Toppy por el pasillo. Teniendo en cuenta su dudoso sentido del humor, era muy probable que el cuarto que Malfoy hubiera destinado para ella fuese poco más que una pocilga, una manera poco sutil de recordarle el lugar que, según él, le correspondía en el mundo mágico. Por ello, no es de extrañar que se le escapara una exclamación de asombro cuando el elfo abrió la puerta de la que sería su habitación: probablemente era mayor que su apartamento entero y estaba decorada en tonos azul pastel con detalles plateados. Sobre la cómoda, en un jarrón de cristal, unas orquídeas blancas perfumaban toda la estancia, que estaba presidida por una inmensa cama con dosel; en la amplia chimenea, ardía un fuego acogedor. Temiendo ensuciar algo, antes de entrar se quitó los zapatos mojados y, tan pronto hundió los pies descalzos en el mullido enmoquetado, de un tono azul pálido, emitió un gemido de placer.
Toppy, que correteaba de un lado a otro poniendo en orden los cojines de la gigantesca cama y alisando las inexistentes arrugas de la colcha, tardó en percatarse de que Hermione seguía quieta en el umbral.
–Vamos señorita Granger, adelante –la animó a entrar–. En la puerta de la derecha tiene usted el servicio, por si quiere refrescarse. Enseguida vendrá Millie, que le proporcionará ropa para dormir y le preparará un baño caliente.
Hermione no necesitó preguntar quién demonios era Millie porque, en ese preciso instante, se escuchó un nuevo plop y una elfina vestida con un mono azul de fontanero se materializó frente a ella. La elfina chasqueó los dedos y sobre la cama apareció un montón de toallas de un blanco impoluto junto con un pijama de seda negra. Toppy se despidió con una pomposa reverencia y sólo entonces, Hermione se permitió el lujo de desplomarse sobre la butaca más cercana; llevaba poco más de una hora en aquella casa y tener que lidiar con Malfoy ya la había dejado exhausta.
–Señorita Granger, Millie le preparará un baño ahora mismo. Mientras tanto, póngase cómoda y relájese. En ocasiones, tratar con el amo Malfoy puede resultar agotador.
Malfoy. En poco tiempo, casi toda su vida había pasado a girar en torno a él, su eterno némesis: viviría en su casa, trabajaría con él e incluso, para consternación de Hermione, era atendida por sus propios elfos domésticos. Aquello la condujo hacia otro hilo de pensamientos: los elfos de Malfoy, aunque vestidos de forma estrafalaria, parecían felices y bien cuidados, todo indicaba que eran elfos libres –debían serlo porque, en cualquier caso, habiéndosele confiscado todas sus propiedades, era poco probable que el Ministerio le hubieran permitido conservarlos–, pero entonces, ¿qué hacían allí? Tal vez habían permanecido junto a Malfoy por algún irracional sentido de la lealtad que sólo los elfos domésticos poseían. Decidió que más adelante le preguntaría a Millie, quien parecía mucho más locuaz y amigable que Toppy.
Como si fuera capaz de leer sus pensamientos, la elfina salió del cuarto de baño y le indicó que, cuando lo deseara, el baño estaba listo. Se levantó, sonriendo con algo de culpabilidad; no podía creer que hubiera aceptado recurrir a Millie para algo tan sencillo como preparar un baño sin replicar que podía hacerlo ella misma; no obstante, presentía que la elfina se disgustaría mucho si la hubiera despedido sin más y Hermione no se hallaba con fuerzas para hablarle sobre la nueva ley de Promoción y Desarrollo de Carreras Profesionales para Criaturas Mágicas Especialmente Vulnerables.
–Señorita Granger, si desea cualquier cosa más, sólo tiene que pedírmelo. –Millie le dedicó una sonrisa deslumbrante y entonces a Hermione se le ocurrió una idea.
–Esto… Millie, ¿podrías traerme pergamino y tinta? –Tenía que informar cuanto antes al Ministerio de que Malfoy había aceptado la propuesta y explicarle a Kingsley los pormenores de su acuerdo–. ¿Y sería posible enviar una carta mediante una lechuza?
–Por supuesto señorita, nuestro búho real, Burj, está disponible siempre que lo desee.
El hecho de que Malfoy poseyera un búho real, mucho más caro que una lechuza común, representaba un capricho bastante extravagante que evidenciaba su elevado nivel de vida; las pociones debían constituir un negocio más que rentable.
Tras despedirse de Millie, se encaminó al cuarto de baño y toda la sorpresa que había sentido al ver su habitación quedó en nada en cuanto vislumbró su interior. Enteramente recubierto de mármol, era casi tan grande como el Baño de Prefectos de Hogwarts; en el centro, una bañera redonda, en la que fácilmente podrían caber cinco personas, burbujeaba llena de espuma, emanando vapor con olor a lavanda. Hermione no tardó demasiado en deshacerse de su ropa y sumergirse en la bañera. En un intento por evadirse de los acontecimientos del día, cerró los ojos y metió la cabeza bajo el agua; cuando reemergió, notaba la mente más despejada y el cuerpo perezosamente relajado. Apoyó la cabeza en el borde de la bañera y se dedicó a observar distraída cómo las gotas de agua resbalaban por la cicatriz de su antebrazo.
«Sangresucia». Ahora que lo pensaba, era extraño: a pesar de todas las burlas y humillaciones que Malfoy le había dispensado aquella tarde, en ningún momento había proferido el insulto con que en el pasado solía atormentarla. Eso le provocó una pequeña punzada de culpabilidad por las palabras que ella le había dedicado al despedirse; aunque Malfoy se había comportado de forma mezquina, la alusión a su aspecto físico había sido un golpe muy bajo, absolutamente fuera de lugar e impropio de la naturaleza compasiva de Hermione.
En cualquier caso, aquello no hizo más que excitar su curiosidad: ¿qué le habría ocurrido? Tenía muy fresca la imagen de las cicatrices que arruinaban su otrora inmaculada belleza. A pesar de que jamás lo reconocería, ni aun bajo la peor de las torturas, Malfoy siempre le había parecido extraordinariamente atractivo: con su físico esbelto y la inusual armonía de sus rasgos aristocráticos, un pequeño resquicio de frivolidad en el interior de Hermione comprendía que la mitad de chicas de Hogwarts se sintieran atraídas por él y su aire de indolente indiferencia. No era de extrañar que, fuera lo que fuera lo que le hubiera desfigurado el rostro de tal manera, hubiese supuesto un mazazo brutal para su inmenso ego. Y ella se había deleitado echando sal en su herida.
Suspirando exasperada, salió de la bañera. El agua comenzaba a enfriase y aunque podría lanzar un hechizo para entibiarla, se sentía algo molesta: llevaba una irracional cantidad de tiempo pensando en Malfoy. Pese a que su mayor deseo era irse a la cama y dar por terminado el día, debía dejar zanjadas varias cosas antes de dormir: escribir al Ministro informándole del resultado de sus gestiones y contarles a Harry y Ron las últimas novedades; tenía el presentimiento de que esto último iba a resultar especialmente complicado. Aunque el Ministro había rogado discreción absoluta, en su cargo de auror, Harry estaba perfectamente al tanto de la gravedad de la situación y, tras mencionarle por descuido su viaje a Borgoña, se había visto obligada a confesar a Ron la naturaleza de su misión. Cuando el pelirrojo se enteró, se mostró escandalizado por el hecho de que, ante tal catástrofe, al Ministerio se le ocurriera pedir ayuda precisamente a Draco Malfoy. Hermione no tenía ni la menor idea de cómo iba a explicarles que había terminado mudándose a vivir con él.
Aunque habían pasado tres años desde el final de la guerra y sus vidas habían tomado distintos derroteros, Harry, Ron y ella conservaban una sólida amistad. Harry tenía una prometedora carrera como auror y planeaba casarse con Ginny el próximo año, mientras que Ron abandonó la Academia de Aurores al poco de empezar su entrenamiento: había decidido que ya había tenido suficiente de luchas y batallas para el resto de su vida. Poco después, aceptó la propuesta de George y se convirtió en su socio en la tienda de bromas; Hermione le veía sinceramente satisfecho con su vida plácida y sin sobresaltos. En cuanto a ellos, cualquier intento de relación sentimental había terminado incluso antes de empezar: besarse les resultaba demasiado raro, rozando lo incestuoso, y ambos habían concluido que tenían temperamentos completamente incompatibles para funcionar como pareja. Ron adoraba la comodidad y necesitaba una compañera que le proporcionara estabilidad y seguridad en sí mismo; a Hermione, por el contrario, le encantaban los retos y la búsqueda de nuevos desafíos, disfrutaba teniendo un contrincante en sus infinitas disputas verbales, alguien con quien debatir sobre cualquier cosa, que la hiciera sentirse viva. Así que, en realidad, cuando meses después de la Batalla de Hogwarts, Ron anunció que estaba saliendo con Lavender Brown, ella no lo lamentó en lo más mínimo. Tras ser atacada por Fenrir Greyback, Lavender había cambiado mucho y no sólo físicamente; mucho más calmada y dulce, parecía ser exactamente lo que Ron necesitaba, un bálsamo para la tristeza por la muerte de su hermano, alguien que besaba el suelo que él pisaba.
Hermione también escogió su propio camino: una vez hubo terminado su séptimo año en Hogwarts –fue la única del trío que aceptó la propuesta de McGonagall y regresó al colegio para finalizar el curso que la guerra había truncado–, comenzó a trabajar en el Ministerio de Magia.
Aunque se sentía verdaderamente feliz porque sus mejores amigos finalmente hubieran hallado la felicidad que tanto merecían, Hermione no se engañaba a sí misma: una parte de ella no podía evitar sentir una punzada de envidia al contemplarlos. Harry y Ginny; Ron y Lavender; los cuatro parecían haber encontrado a su compañero de viaje, a la persona que les complementaba, al tiempo que ella seguía sola. A veces se sentía realmente idiota por experimentar ganas de llorar cuando cenaba con ellos: alrededor de la mesa siempre había seis sillas; la sexta, que invariablemente siempre quedaba vacía, no hacía más que recordarle su propia soledad. Y lo cierto era que Hermione realmente estaba muy sola: tenía grandes amigos, amigos ferozmente fieles que, estaba segura, darían la vida por ella; a pesar a su fracaso sentimental con Ron, los Weasley seguían tratándola como un miembro más de la familia; no obstante, al acabar el día, agotada tras una interminable jornada en el Ministerio, únicamente Crookshanks la esperaba al volver a casa. Sus padres se habían instalado en Australia definitivamente: tras muchos intentos infructuosos, había sido incapaz de devolverles sus recuerdos y desde San Mungo habían recomendado que, si deseaba que conservaran su salud mental, lo mejor era que dejase las cosas tal y como estaban. Harold y Jean Granger jamás recordarían que habían tenido una hija.
Pronto acabó comprendiendo que el problema estaba en ella: Hermione había tenido algunas citas en aquellos años –nada más allá de una cena y algún beso en el portal–, en las cuales, después de tirarse prácticamente una hora explicando entusiasmada su nuevo proyecto a favor de los derechos de los hombres-lobo o de preguntar a su acompañante si era partidario de la abolición o la regulación del tráfico de pociones narcóticas, notaba que éste componía expresión perpleja o espantada. Ninguno volvía a llamarla para una segunda cita.
Lejos de deprimirse u obsesionarse, adoptó un actitud pragmática frente a ello; había llegado a la conclusión de que, sencillamente, la vida en pareja no estaba hecha para ella; jamás iba a ser capaz de encontrar a nadie que pudiera pasar un fin de semana entero encerrado en casa con ella porque una novela les tenía demasiado absorbidos, alguien a quien le interesara en lo más mínimo la promulgación del Edicto de Emancipación de las Brujas de 1758. Así que, puesto que carecía de vida sentimental, había concentrado todos sus esfuerzos en su carrera profesional. Tras graduarse en Hogwarts, había seguido a su corazón, aceptando un empleo en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas. No estaba muy bien pagado y realmente podía aspirar a un puesto mucho mejor, pero ella anhelaba aquel trabajo y las posibilidades que le brindaría: mejorar las condiciones de miles de seres, hacer leyes que cambiaran sus vidas. Su decisión resultó un fiasco: su jefe, un viejecillo que pasaba más tiempo dormido que despierto, carecía de ambición alguna y se conformaba con acudir al trabajo cada día; todas los propuestas y proyectos que Hermione presentaba eran denegadas sin ni siquiera ser leídas y, aunque pasaba más tiempo en el Ministerio que cualquier otro empleado, tenía la sensación de que, inevitablemente, todos sus esfuerzos estaban destinados a caer en saco roto. Por tanto, no era de extrañar que, en cuanto Dennis Crevey se dio de baja y el Ministro acudió a ella ofreciéndole convertirse en su ayudante, se apresurara a aceptar al instante. Conocía a Shacklebolt desde los tiempos de la Orden del Fénix, sabía que era un hombre justo y honesto y trabajar junto a él podría abrirle muchas puertas dentro del Ministerio.
Su plan brillante había terminado empujándola a convivir con Draco Malfoy.
Al regresar al dormitorio perdida en sus pensamientos, cayó en la cuenta, algo abochornada, de que Millie había pensado en todo; entre las prendas que la elfina había dispuesto para ella, también había incluido un conjunto de ropa interior, negra, sencilla y sin adornos. Se vistió sin querer darle más vueltas, deleitándose con la sensación de la seda del pijama contra su piel; probablemente su valor sobrepasaría el de todo su guardarropa al completo. Debía de reconocer que el maldito Malfoy tenía estilo.
En el escritorio halló dispuestos, además de un juego completo de pergamino, tintero, pluma y lacre, un vaso de leche y una bandeja con un gran surtido de pastas y bollitos. Al verlos, se le hizo la boca agua: hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo hambrienta que se encontraba –verdaderamente se estaba encariñando con Millie–. Tras haber devorado una buena cantidad de bollitos, tiernos y rellenos de crema; redactó una carta en la que relataba los últimos acontecimientos de manera bastante concisa.
Una vez hubo remitido la misiva al Ministerio a través de Burj, un búho con el mismo porte arrogante e indiferente que su dueño, se dirigió a la chimenea para cerciorarse de que disponía de conexión a la Red flu. Aquello facilitaría inmensamente las cosas, prefería contar a sus amigos las novedades de palabra antes que hacerlo por escrito –Harry y Ron siempre se quejaban de la excesiva longitud de sus cartas–, aun cuando estaba segura de que le esperaba una buena reprimenda por su parte.
Encontró un cuenco con polvos flu en la repisa de la chimenea; decidida, arrojó un buen puñado, que estalló en un resplandor verdoso. Se le pasó por la cabeza que tal vez a Malfoy no le gustara que empleara su chimenea para comunicarse por la Red flu, pero, si tal fuera el caso, simplemente debería haber desconectado la Red. De cualquier manera, ¿desde cuándo ella había guiado su comportamiento por lo que a Malfoy le molestara o dejase de molestar?
La aparición de dos cabezas flotando en el hueco de la chimenea la sacó de sus reflexiones. Se animó inmediatamente; había olvidado que era viernes por lo que, como todas las semanas, Harry y Ron estarían reunidos tomando copas en Grimmauld Place. Aquello simplificaría infinitamente las cosas: podría contarles las novedades a ambos al mismo tiempo y, sin ninguna duda, el talante conciliador de Harry lograría apaciguar todas las quejas e improperios que, estaba segura, iban a venir por parte de Ron.
–Hola chicos –trató de componer una sonrisa despreocupada.
–¡Hermione! ¿Qué tal te ha ido con el hurón? –El hecho de que Ronald se siguiera refiriendo a Malfoy por su mote del colegio no auguraba nada bueno–. ¿Ya estás de vuelta en casa?
«Allá vamos»
–Eeeeh… no exactamente, veréis chicos, resulta que ha habido un cambio de planes. –«vale, ahí va el eufemismo del siglo». Las cabezas esbozaron idéntica mueca de expectación, provocándole unas repentinas ganas de reír, pero decidió sobreponerse y soltarlo todo de un tirón–. En realidad estoy conectando con vosotros desde Francia, concretamente desde la casa de Malfoy. Voy a vivir aquí una temporada.
–¿QUÉ? –Estaba segura de que, al otro lado de la chimenea, la cara de Ron se había vuelto tan roja como su pelo–. Hermione, sabes que no se te da bien gastar bromas, no tiene ni pizca de gracia.
–Estoy hablando completamente en serio, resulta que la condición de Malfoy para aceptar la propuesta del Ministerio es que sea su ayudante para fabricar la poción. Es un trabajo bastante exigente y por eso es necesario que me mude aquí.
–¿PERO TÚ ESTÁS LOCA O QUÉ NARICES TE PASA?
–Ronald, cálmate. –Harry, que hasta entonces se había mantenido en silencio, se enderezó las gafas, un gesto habitual cuando reflexionaba acerca de un asunto importante–. Hermione, ¿estás segura de lo que haces?
–Completamente –respiró hondo antes de continuar–. Chicos, sé que es una petición absolutamente inusual, pero es cierto que fabricar una poción de esas características implica una cantidad enorme de trabajo y aquí puedo resultar útil investigando.
–Pero Hermione, ¡es Malfoy! –La voz de Ron adquirió un tono más agudo de lo normal, temió que la vena que cruzaba su frente fuera a estallar en cualquier momento–. Nada bueno puede venir de él y tú, ¡viviendo en su casa!, ¡compartiendo techo!… ¡podría hacerte cualquier cosa!
–Ronald Weasley, no sé si debería sentirme más ofendida por tu insinuación de que no soy perfectamente capaz de cuidarme por mí misma o porque creas que no pueda defenderme de Draco Malfoy.
Hermione observó satisfecha cómo el pelirrojo tragaba saliva; pareció meditar un momento la siguiente objeción.
–Es una serpiente traicionera, probablemente aproveche para atacarte cuando estés dormida o…
–Ronald por favor, no seas paranoico, sabes que soy una experta realizando hechizos protectores y, en cualquier caso, Malfoy jamás se atrevería a tocarme un solo pelo de la cabeza; sabe que en cuanto lo hiciera, tendría aquí a toda una brigada de aurores internacionales y le encerrarían en una celda de por vida.
Aquello pareció aplacar un poco el arrebato del pelirrojo; no obstante, todavía albergaba bastantes reticencias.
–En cuanto veas algo raro, Hermione, no tienes más que decírnoslo y nos presentaremos allí a darle una buena lección al hurón.
–Ya lo sé. Sé que, pase lo que pase, estaréis allí para protegerme. –No pudo evitar sentir un ramalazo de ternura hacia el fiero instinto protector de sus amigos; pese a que Harry no había hablado mucho, limitándose a escuchar sus explicaciones con gran atención, sólo con mirarle a los ojos sabía que él también estaría dispuesto a remover cielo y tierra para salvarla–. Pero ésta es una misión que he de completar sola, sé que soy capaz de ello y tampoco es tan malo, ¿no? será como uno de esos cursos intensivos de verano para pocionistas amateur.
–Hermione, sólo te pedimos que tengas cuidado ¿vale? –Aunque mostraba una actitud mucho más comedida, Hermione notó que Harry tampoco estaba contento con la idea de ella conviviendo con Malfoy–. Recuerda a Moody: alerta permanente.
El recuerdo del difunto auror le provocó una sonrisa nostálgica.
–Estaré bien, al fin y al cabo se trata de Malfoy, hemos tenido que sufrirle durante un tercio de nuestras vidas y hemos salido ilesos, ¿no? –intentó quitarle un poco de hierro al asunto para eliminar del todo el recelo de sus amigos–, podéis estar seguros de que, a la mínima, le lanzaré un moco-murciélago.
–Hermione, cuídate mucho y, ya sabes, una palabra tuya y me presento allí con todo el cuartel de aurores.
–Tranquilos chicos, todo irá bien –de pronto, se vio invadida por un arranque de sentimentalismo muy impropio de ella: habían crecido, se habían hecho mayores, pero continuaban protegiéndose unos a otros con la misma devoción que cuando eran niños–. Os quiero mucho.
Las últimas palabras de ellos quedaron apagadas por el crepitar de las llamaradas en la chimenea, que brillaron con fuerza antes de apagarse definitivamente.
Un golpeteo en el cristal logró sacarla de su estado de melancólico ensimismamiento; se acercó a la ventana y aún tuvo que luchar contra el viento y la lluvia hasta lograr abrirla lo suficiente para que el majestuoso búho de Malfoy pudiera entrar por ella. Planeó por la habitación y, finalmente, decidió posarse sobre el respaldo de una silla tapizada en terciopelo. El ave miró a su alrededor con aspecto aburrido, como el de un rey que se dignara a visitar a sus súbditos y sólo entonces, Hermione se dio cuenta de que estaba aguardando a que desatara la nota anudada en su pata derecha. Una vez liberado de su carga, Burj, lejos de comportarse como cualquier lechuza común, picoteando en busca de una golosina como premio por haber llevado el correo en una noche tan desapacible, emprendió el vuelo y se perdió en el velo de lluvia. Hermione rasgó el sobre y se apresuró a leer el contenido de la carta. En ella, el Ministro de Magia había escrito una sola frase.
"Haz lo que tengas que hacer"
KS
N/A: Y esto es todo, me encantaría saber qué os ha parecido y qué pensáis de la actitud de Hermione.
En el siguiente capítulo ¡por fin empezará a trabajar con Draco! Trataré de seguir actualizando los viernes, si no es así, procuraré publicar algún adelanto en Facebook.
Buen fin de semana.
