N/A: Holaa, pues aquí llego con el capítulo III: Hermione y Draco comienzan a trabajar juntos. La verdad es que este capítulo me ha causado bastantes dolores de cabeza, lo he reescrito un par de veces porque no me convencía mucho. Al principio era narrado desde el punto de vista de Draco y de Hermione, pero he descartado la idea y finalmente sólo veremos lo que piensa ella.

Muchísimas gracias a todas las personas que leéis esta historia, especialmente a aquellas que dedicáis un poco de vuestro tiempo a dejarme un review, me hace mucha ilusión recibirlos. El siguiente capítulo está a medias, trataré de seguir actualizando los viernes.

Sin más ¡a leer!


Lo que esconde tu interior


III

Dormía feliz y plácidamente, sin pesadillas que perturbasen su sueño –algo que ocurría con escasa frecuencia desde la guerra–, cuando un persistente tintineo la despertó. Adormilada, abrió un solo ojo, tratando de localizar el origen del molesto sonido; entonces lo vio: un elfo doméstico se afanaba en una bandeja plateada sobre un pequeño carrito. «¿Qué diablos hacía un elfo doméstico en su habitación?»

De pronto, recordó todos los acontecimientos de la tarde anterior y cayó en la cuenta de que se trataba de Toppy, el elfo de Malfoy. Echó un breve vistazo al pequeño reloj de pulsera que adornaba su muñeca: eran las cinco y media de la mañana.

–Pero ¿qué narices…?

–Ah, señorita Granger –Toppy se dirigió a Hermione en cuanto notó que ella estaba despierta– Toppy espera que haya usted dormido bien. El amo Malfoy ha ordenado a Toppy que le sirviera el desayuno a la señorita en su habitación.

Hermione se fijó en el contenido del carrito de Toppy: había zumo, té, café, leche, huevos y tostadas. Todo presentaba un aspecto muy apetitoso.

–¿Malfoy quiere que desayune a las cinco de la mañana? – se negaba a llamarlo "Amo", aun cuando fuera únicamente en presencia del elfo. «Por encima de mi cadáver».

–Son las cinco y media señorita; el amo desea que se reúna con él a las seis en su estudio, le gusta comenzar a trabajar temprano.

«Voy a matarlo». Seguro que era mentira, que Malfoy habitualmente se quedaba en la cama hasta bien avanzada la mañana y únicamente hacía aquello para fastidiarla. Bien, si aquello era lo que pretendía, no iba a salirse con la suya; desayunaría, bajaría a su estudio y pondría su mejor cara, como si levantarse de madrugada fuese algo que hiciera prácticamente todos los días.

Se acercó al carrito y, tomando la bandeja, tal vez demasiado bruscamente –después de todo, Toppy no tenía la culpa de lo imbécil que era su "amo"–, se dispuso a desayunar. Al primer mordisco a su tostada, dorada, crujiente y cubierta por mermelada de arándanos, no pudo menos que admitirlo: estaba deliciosa. «Al menos no ha ordenado que me sirvan pienso para desayunar».

Cuando, tras probar cinco variedades de mermeladas distintas, por fin estuvo saciada, se dirigió al vestidor; era probable que Millie hubiera dispuesto algo que pudiera ponerse durante el día, tan solo esperaba que no fuera alguna de las sofisticadas e incómodas prendas que solían llevar las mujeres sangrepura. Una vez más, la elfina no la decepcionó: en el armario, de una veintena de perchas, colgaban otros tantos pantalones vaqueros cuidadosamente ordenados en una gama de colores que iba del negro al azul pastel. En la parte inferior del armario, encontró perfectamente dobladas varias pilas de camisetas básicas y jerseys de colores neutros: negros, grises y blancos «¿cómo había logrado Millie hacerse con tantas prendas muggles y, además, había adivinado cuáles eran sus favoritas?».

No quiso explorar las demás puertas del vestidor, faltaba poco para las seis y no estaba de humor para aguantar ninguna reprimenda por parte de Malfoy. Finalmente, se decantó por unos vaqueros azul marino y un jersey beige de cashmere, increíblemente suave. También encontró unas zapatillas deportivas blancas, sencillas y sin adorno alguno. Se hizo un moño apresurado y regresó al dormitorio, donde halló a Toppy esperándola; con el cuerpo muy erguido y en postura solemne, a Hermione le recordó a uno de esos rígidos mayordomos de las películas sobre alta sociedad.

–Toppy, si lo deseas, puedes indicarme el camino al estudio de Malfoy.

–El mismo Toppy la acompañará, señorita Granger. Sígame, si es tan amable.

Tras recorrer una serie de laberínticos pasillos, Toppy se detuvo frente a una puerta decorada con cristales de colores. La abrió en un gesto muy ceremonioso y, con una pomposa reverencia –Hermione no salía de su estupor ante los ampulosos modales del elfo–, anunció:

–El estudio del amo. –El ya característico plop, anunció que Toppy acababa de esfumarse.

Armándose de valor antes de entrar –era inútil retrasar lo inevitable–, Hermione entró en la sala. Malfoy estaba de pie, apoyado sobre su escritorio de caoba. Pese a que había dejado de llover, aún no había amanecido, por lo que la escasa luz de la estancia provenía de la luz verdosa que emitía una lámpara de mesa, dándole a su silueta un aspecto onírico y fantasmal. Al verla entrar, se giró un poco para mirarla de arriba abajo.

–Granger, llegas tarde. –La lámpara extraía reflejos verdes de su pelo y permitía vislumbrar su expresión desdeñosa

Aunque únicamente pasaban dos minutos de la seis, Hermione creyó que no tenía sentido alguno rebatirle aquella afirmación. Afianzada en su resolución de no caer ante sus provocaciones, no le dirigió réplica alguna, pero Malfoy no tenía pensado dejarlo pasar tan fácilmente.

–Mira, peloarbusto, fuiste tú la que te presentaste en mi casa suplicando por mi ayuda. –Otra vez tenía en los labios aquella estúpida sonrisita burlona. Inconscientemente, Hermione se llevó una mano a la cabeza, tratando de aplastar los mechones rebeldes que escapaban del moño–. No me cabe duda de que un cerebrito tan privilegiado como el tuyo entiende que el arte de las pociones requiere una dedicación absoluta, así como precisión y disciplina. Si se te pide que estés aquí a las seis, es para que estés aquí a las seis.

«Estúpido hurón, arrogante y pretencioso»

«No dejes que te afecte»

–Descuida, Malfoy –compuso su mejor expresión compungida–, procuraré estar aquí a las seis en punto.

–No lo procures, hazlo; soy una persona de costumbres, me gusta que la primera luz del alba me encuentre trabajando.

«Por favor ¿acaso existe una frase más presuntuosa y ridícula?» Hermione asintió, mostrando una sonrisa beatífica. «Ojalá te atragantes con uno de los bollos de Millie».

–Bien, a trabajar entonces, Granger.

Malfoy cambió de postura, mostrando una pila de libros sobre el escritorio; Hermione tuvo que reprimir las ganas de abalanzarse sobre ellos: parecían volúmenes antiguos, probablemente tendrían decenas de años y no veía el momento de poder examinarlos.

–He pensado que lo mejor será que investiguemos en el campo teórico antes de pasar a la práctica. He traído algunos ejemplares de la biblioteca que creo que podrían sernos útiles.

Aquellas eran las primeras palabras que escuchaba en boca de Malfoy que parecían tener una pizca de sentido; se acercó un poco más a la mesa.

–Bien, ¿cómo lo hacemos? Repartimos los libros o…

–Sé que te mueres por ponerles la mano encima Granger, pero lo mejor será que primero hagamos un análisis global de la situación.

Malfoy cruzó el estudio en un par de largas zancadas y se dirigió a una esquina en la que, sostenida por un par de caballetes, reposaba una gran pizarra; chasqueó los dedos y al instante, se encendió una lámpara que arrojaba una potente luz sobre la pizarra.

–Bien, Granger –Hermione bufó ante el tono de superioridad que Malfoy adoptó para dirigirse a ella–: primera lección de Defensa contra las Artes Oscuras, ¿qué ocurre con las maldiciones y sus efectos?

–Que es necesario un contrahechizo para romperlas y revertir sus efectos.

–¡Diez puntos para Gryffindor! –Abandonó su lugar junto a la pizarra y se aproximó a ella lentamente, como una pantera al acecho–. Bien, entonces ¿qué narices hace tu maldito Ministerio recurriendo a mí?, ¿no debería haber movilizado ya a todo el cuartel de aurores en busca de ese contrahechizo? –ahí estaba de nuevo su media sonrisa irónica–. Seguro que el brillante San Potter está impaciente por volver a salvar el mundo.

«Maldito engreído, ¿te crees que a mí me hace especial ilusión tener que trabajar contigo?»

Respiró hondo y se dispuso a explicarle la situación real.

–El problema, es que para poder lanzar el contrahechizo en cuestión, antes debemos conocer de dónde procede la maldición sensorem. Por más que hemos rastreado, no hay un nexo común entre las víctimas: provienen de estratos sociales muy diferentes, con orígenes dispares; no hemos hallado que compartieran ningún enemigo, alguien que les deseara el mal a todas ellas, ni tampoco que hayan estado en contacto con algún objeto potencialmente maldito… –se detuvo al ver la expresión divertida que adornaba la cara de él– ¿Acaso todo esto te resulta gracioso, Malfoy?

–Ahora que lo dices, sí. Hay una maldición que no tenéis ni puta idea de dónde ha salido ni cómo puede ser controlada y acudís a mí para que os salve el día: al malvado mortífago, indigno de seguir formando parte de vuestra idílica comunidad mágica. –Se acercó a ella un poco más; instintivamente, Hermione retrocedió un paso–. Dime, sabelotodo ¿cómo de jodidamente paradójico es eso?

Hermione frunció el ceño, molesta. Por muy crudas y desagradables que fueran sus palabras, era imposible negar que contenían una buena porción de verdad.

–Como sea, Malfoy. El caso es que la investigación no está resultando demasiado… fructífera. –Odiaba admitirlo frente a él: que todas las averiguaciones que había hecho el Ministerio habían resultado inútiles y, por ello, se habían visto obligados a recurrir a él en última instancia–. Dar con el origen exacto y el contrahechizo para una maldición tan desconocida como la sensorem podría requerir de mucho tiempo, años tal vez. Y las víctimas no disponen de ese tiempo: están aumentando en número, sus efectos se agravan, la gente cada vez tiene más miedo y está más desesperada. Necesitamos tiempo; si somos capaces de dar con una poción que anule los efectos de la maldición o, al menos, los mitigue hasta que se logre romperla, podríamos… ofrecer esperanza.

–Una poción de esas características también requiere tiempo, Granger: se debe averiguar qué ingredientes emplear, la combinación exacta de cada uno y ni tan siquiera así puede lograrse una solución perfecta; los efectos podrían no desaparecer del todo y es bastante probable que genere dependencia en el paciente. No estaríamos más que colocando un parche.

–Pero podría servir hasta que los aurores den con el culpable. –Tener que estar en manos de Malfoy para algo así irritaba de sobremanera a Hermione–. Y tú puedes lograr esa poción.

–Ese repentino arranque de fe en mis habilidades me asombra y me halaga a partes iguales, Granger. –Se cruzó de brazos, la expresión petulante no abandonaba su rostro.

–No te lo creas tanto, hurón. Si confío en ti es porque tengo suficientes indicios para hacerlo: he visto tu dossier. –A Hermione no se le escapó que la actitud de Malfoy se volvió defensiva al escuchar sus palabras. «Vaya, vaya, así que no eres tan indiferente como pretendes aparentar, huroncito»–. Sé que has trabajado en pociones para paliar los resultados de las imperdonables y que has logrado resultados… prometedores.

Ya no le cupo duda de que había tocado fibra sensible, porque la postura de Malfoy, que previamente había sido relajada, con cierto aire socarrón, se volvió mucho más rígida. Sus facciones se mostraron alerta, en guardia.

–¿Qué tiene eso que ver?

–Estoy segura de que, si has sido capaz de dar con una poción que disminuye en gran medida los dolores de la cruciatus, puedes conseguir algo para combatir la sensorem.

Aquello era cierto: una de las cosas que a Hermione más le habían llamado la atención del expediente de Malfoy era el hecho de que, con apenas veintiún años, hubiera sido capaz de elaborar una poción de aquellas características, capaz de mitigar el dolor y el sufrimiento que provocaba la maldición imperdonable; una proeza increíble. Pese al tiempo transcurrido, ella aún tenía pesadillas recurrentes en las que Bellatrix se deleitaba con sus gritos de dolor: disfrutaba más y más de verla retorcerse en el suelo de Malfoy Manor, al tiempo que imprimía mayor intensidad, mayor saña a la cruciatus con la que la torturaba. Malfoy también estaba allí, en sus sueños y en sus recuerdos, mirándola paralizado, con una expresión rara en su rostro: mezcla de terror e impotencia. Desde que leyó su dossier, a menudo se preguntaba cómo habría sido si hubiera tenido a su alcance aquella poción. ¿Hubiera sido mucho más sencillo soportar la tortura?

Malfoy no parecía especialmente contento de que ella hubiera tenido acceso a aquella información porque la miró malhumorado y se apresuró a cambiar de tema.

–Bien. Sobre los libros, he traído unos cuantos que podrían servirnos para hacer una criba preliminar de ingredientes. Cuando los tengamos, podemos trabajar en el laboratorio sobre esa base y hacer las modificaciones en cantidad y composición que creamos convenientes.

Finalmente, Hermione pudo acercarse la mesa y echar un vistazo a los títulos: Mandrágoras: efectos restaurativos, Plantas mágicas y su uso en antídotos, Mil hierbas mágicas y hongos. Hizo un inmenso esfuerzo para contener la exclamación de sorpresa al ver una primera edición de Moste Potente Potions: sólo había visto un ejemplar en la biblioteca del Ministerio y era necesaria una autorización especial para poder examinarlo. Se percató de que Malfoy, frente a ella, le dirigía una mirada burlona. Como si fuera capaz de leerle la mente, señaló:

–Tranquila Granger, cuando terminemos aquí, puedes subirlo a tu habitación para leerlo antes de dormir.

No le quedó muy claro si lo decía en serio o si tan solo pretendía burlarse de ella, así que decidió hacer caso omiso al comentario y centrarse en planificar su método de trabajo.

–¿Cómo lo hacemos entonces, Malfoy, repartimos los libros o…?

–Escogemos unos cuantos volúmenes cada uno y apuntamos lo que consideremos relevante; cuando hayamos terminado, intercambiamos notas y recopilamos toda la información que tengamos.

A regañadientes, Hermione tuvo que admitir que la idea tenía sentido y, aunque le molestaba seguir las indicaciones de Malfoy sin argumentar nada en su contra, pensó que no valía la pena discutir por algo que, en el fondo, sonaba tan lógico. Tomó unos cuantos libros del escritorio y se encaminó a la mesa de lectura –una inmensa tabla en el centro de la habitación, sobre la que había pequeñas lamparitas, así como plumas, tinteros y demás útiles de lectura y que recordaba vagamente a las mesas de la biblioteca de Hogwarts–. Malfoy tomó asiento frente a ella y, sin dirigirse la palabra, ambos se pusieron a trabajar.

Enfrascada como estaba en su lectura, tardó en percatarse de que llevaban más de dos horas trabajando. La luz del amanecer se colaba por el amplio ventanal, bañando el estudio en tonos rosas y dorados. Al alzar la cabeza, notó como pequeñas motas de polvo danzaban suspendidas en el ambiente. Se fijó en Malfoy; los rayos de sol incidían de lleno en su rostro y Hermione pudo observar por fin sus rasgos, hasta entonces ocultos en juegos de sombras. Verdaderamente, a la luz del día sus cicatrices no resultaban en modo alguno tan horripilantes; acostumbrada a las marcas que Fenrir Greyback había dejado en Bill Weasley y Lavender, mucho más brutales y escabrosas, las heridas de Malfoy sorprendían únicamente por el gran contraste que suponían respecto a la piel inmaculada del lado derecho de su cara. Notó que se había afeitado; la ferocidad de su expresión se había suavizado bastante respecto a la noche anterior: volvía a parecerse bastante al Malfoy de Hogwarts, aunque sus afiladas facciones mostraban un gesto bastante más duro y frío.

–Si quieres, te envío una fotografía firmada, Granger: así podrás seguir admirándome en la soledad de tu cuarto.

Hermione bajó la vista, avergonzada tras haber sido sorprendida observándole; se le ocurrió que podía disculparse, pero no tenía por qué hacerlo, la mirada era libre y Malfoy no había sido especialmente amable con ella, al menos no lo suficiente para que se sintiera culpable por mirarle fijamente. Regresó a su trabajo, lo cierto es que los libros habían resultado ser muy interesantes y su lectura era muy agradable. Si él no estuviera allí, frente a ella, asimismo inmerso en su propio libro con un gesto de profunda concentración, Hermione casi podría decir que estaba disfrutando la mañana de trabajo. Tal vez aquello también contribuía a aumentar su irritación, el hecho de que Malfoy fuera capaz de concentrase lo suficiente para leer sin levantar ni una sola vez la vista de la página, al tiempo que ella no podía evitar echarle un vistazo de reojo de vez en cuando, para comprobar que seguía sin variar su postura.

Por fin Malfoy pareció acusar algo de cansancio, porque alzó los brazos y los estiró sobre su cabeza, al tiempo que se balanceaba en la silla en un precario equilibrio. Antes de que dijera nada, se escuchó el plop que anunciaba la aparición de un elfo doméstico y Toppy se personó en el estudio acompañado por su carrito de desayunos. En aquella ocasión, el carrito portaba una buena cantidad de sándwiches y otros aperitivos salados, perfectos como almuerzo de media mañana. Distraído, Malfoy tomó un sándwich y se dispuso a volver a su investigación, pero Hermione no estaba dispuesta a permitírselo.

En el Ministerio, la hora del almuerzo era el momento perfecto para despejar la cabeza del trabajo y socializar con los compañeros. Aunque Hermione no tenía un especial deseo de socializar con Malfoy, iba a vivir las próximas semanas –tal vez incluso los próximos meses– en su casa, iba a pasar el día trabajando con él, por lo que, en aras de la buena convivencia y la eficiencia profesional, lo mejor que podían hacer era intentar mantener una relación cordial. Al fin y al cabo, sin desmerecer a Millie y Toppy, Malfoy era el único ser humano con el que podía mantener una conversación en Merlín sabía cuántos kilómetros a la redonda.

–Así que… pocionista, ¿eh?

Malfoy alzó la cabeza, desconcertado ante aquellas palabras. «De acuerdo, no han sido un especial derroche de ingenio por mi parte» pensó Hermione.

–Quiero decir que es curioso que te hayas decantado por esa carrera profesional, aunque no tanto, si tenemos en cuenta que en el colegio sacabas en Pociones tan buenas notas como yo –pese a que se daba perfectamente cuenta de que estaba divagando, Hermione persistió en su patético intento de conversación–: me parece que es un modo fantástico de ganarte la vida.

Malfoy arqueó la ceja; no era de extrañar que se cuestionara el rumbo de aquel monólogo, ella tampoco tenía ni idea de qué estaba diciendo.

–Lo que quiero decir es que, esto… –«Por el amor de Merlín, ¿por qué demonios tenía que ponerse a balbucear como una tímida colegiala?»– es genial que, aunque el Ministerio te haya quitado tu dinero, estés trabajando tan duro para forjar un nuevo patrimonio y conseguir todo esto…

–Corta el rollo, Granger. ¿Acaso te crees que son las pociones las que pagan todo esto? –repuso Malfoy, sonriéndole con suficiencia. Hermione se quedó callada, sin saber qué responder–. Puede que mi padre fuera un cabronazo, pero era un cabronazo astuto. ¿De verdad pensabas que manteníamos todas nuestras propiedades en Gran Bretaña?, ¿qué íbamos a confiar exclusivamente en Gringotts para custodiar el patrimonio amasado por generaciones de Malfoys?

–Yo pensé…

–Ese es tu problema, Granger: te crees asombrosamente lista, pero hay cosas de las que no sabes ni la mitad.

Mientras hablaba, Malfoy fue inclinándose hacia ella sobre la mesa. Era curioso: desde que se conocían, siempre hubiera jurado que él tenía los ojos azules; ahora se daba cuenta de que estaba equivocada; cuando al fin pudo examinarlos de cerca, constató que eran grises, del mismo tono que el cielo antes de la tormenta, con pequeñas motitas más oscuras adornando el iris.

–Como las opciones de ganar la guerra no estaban absolutamente claras, mi padre me ordenó que sacara de Inglaterra la mayor parte del oro y lo llevara a Suiza. En cuanto a las participaciones en empresas inglesas, la mayoría las canjeé por dinero en efectivo.

–Pero el Ministerio confiscó…

–El Ministerio confiscó lo que nosotros permitimos que se confiscara, Granger, ni más ni menos. Conservamos el grueso de la fortuna de los Malfoy y a ellos no les quedaron más que migajas. –Por fin se echó hacia atrás, reclinándose en el respaldo, sin poder disimular el gesto satisfecho y pagado de sí mismo–. Esta casa, el resto de propiedades inmobiliarias, el contenido de las cámaras en bancos extranjeros, no pueden tocarlo, son bienes situados en territorio extranjero, donde el Ministerio de Gran Bretaña carece de jurisdicción. El apellido Malfoy continúa siendo temido y respetado en gran parte de Europa y no van a arriesgarse a causar un conflicto diplomático. Mucho menos ahora, que les conviene llevarse bien conmigo –otra vez aquella carcajada seca, desprovista de cualquier tipo de humor–, aunque confieso que eso sí que no entraba en mis planes.

«Bueno, al menos ahí tienes tu respuesta» reflexionó Hermione. Se había pasado gran parte de la tarde anterior preguntándose cómo demonios Malfoy podía permitirse aquel elevado nivel de vida y ahora por fin lo sabía; no era el pobre niño rico despojado de sus riquezas y obligado a trabajar, tal y como ella había supuesto. Seguía siendo asquerosamente rico –lo cual justificaba que conservara su arrogancia y sus aires de grandeza– y no tenía por qué mover un dedo el resto de su vida. No obstante aquello planteaba una nueva duda: ¿por qué entonces se dedicaba a las pociones?, ¿eran acaso un hobby, un pasatiempo para él o verdaderamente se lo tomaba en serio, como si de un trabajo real se tratara? Todo apuntaba a lo segundo, a juzgar por la calidad de sus hallazgos y la importancia de sus clientes.

Pensar en Malfoy se estaba convirtiendo en una costumbre bastante molesta: nunca sacaba nada en claro y cuánto más sabía, más incógnitas sobre él se planteaban. Resopló exasperada y retornó toda su atención al libro; ahí sí que podía encontrar certezas, verdades absolutas, refrendadas por la lógica y la experiencia. Él también pareció preferir dejar así las cosas, porque volvió a sumergirse en su propio volumen sin dirigirle de nuevo la palabra.

De algún lugar distante se escucharon las campanadas de un reloj que anunciaba las doce y Millie apareció en la puerta del estudio anunciando que, cuando los señoritos desearan, la comida estaba lista en el comedor pequeño. Malfoy se levantó y salió del estudio; Hermione lo imitó, siguiéndole por el pasillo hasta que él se detuvo frente a unas puertas dobles que se abrían al comedor.

«Wow, si este es el comedor pequeño, ¿cómo será el grande?» Cuando Malfoy tomó asiento en la cabecera de la gigantesca mesa, Hermione vaciló, sin saber muy bien dónde debía situarse. Gracias a Merlín, Millie la sacó de dudas haciendo aparecer de la nada un cubierto que levitó hasta el lugar a la derecha de Malfoy; en cuanto ocupó su lugar, los platos comenzaron a llenarse de manjares de apariencia deliciosa. Mientras comía, observó de reojo cómo él cortaba su filete con exquisitos modales; sus dedos, largos y delgados manejaban el cuchillo con movimientos estudiados y precisos, como si de un experto cirujano de tratara. Temerosa de que volviera a sorprenderla mirándole, Hermione se concentró en su propio plato, pero la pesadez del silencio que inundaba la habitación, sólo interrumpido por el entrechocar de los cubiertos, le resultaba verdaderamente insoportable. Comenzó a darle vueltas a la cabeza, buscando algún inofensivo tema de conversación que sirviera para romper el hielo entre ambos.

–El libro, ¿cómo es que lo tienes? –Malfoy la miró sin tener ni idea de a qué se estaba refiriendo– Moste Potente Potions, quiero decir, hay poquísimos ejemplares de la primera edición.

Le miró interrogante, tal vez a Malfoy no le apeteciera hablar; probablemente pensaba que no merecía la pena conversar con ella, dado que la consideraba un ser inferior, indigna de discutir cualquier asunto que afectara al mundo mágico. Para su sorpresa, él pareció estudiar su gesto y bebió un trago de su copa antes de responderle.

–No es que te importe, pero normalmente todas las familias sangrepura suelen tener en sus bibliotecas los libros que han sido más relevantes para la evolución de la comunidad mágica.

–Ah –aunque había dejado claro que era un asunto reservado a los miembros de los linajes mágicos más antiguos y a ella en nada le concernía, al menos se había molestado en darle una explicación.

–En la biblioteca hay muchas más primeras ediciones y algún manuscrito, puedes pedirle a Millie que te lleve cuando terminemos en el estudio.

–¿De verdad? –«¡Serás idiota!, acabas de sonar como una niña a la que le prometen una rana de chocolate»

–Sí, comelibros. Esos tochos llevan ahí siglos cogiendo polvo; así al menos alguien les dará uso –mientras se levantaba de la silla, añadió–: Y ahora volvamos al trabajo, aún podemos aprovechar un par de horas antes de dar por terminada la jornada.

Aquellas palabras encendieron una alarma en el cerebro de Hermione.

–Un par de horas ¿y luego qué? Dijiste que sería un trabajo intensivo, ¡no nos podemos permitir horas de descanso!

–¿De verdad vas a venir a mi casa, a mi estudio a imponer de qué manera debo hacer MI trabajo, Granger? –se volvió hacia ella– Mira, te guste o no, mi jornada laboral es de diez horas; una vez acaba, puedo emplear mi tiempo como mejor me apetezca, sin que una maldita sabelotodo tenga que venir a explicarme cómo debo hacer las cosas. Así que está en tu mano, Granger: o te adaptas o te buscas a otro, seguro que ahí fuera hay una cola de pocionistas ansiosos por trabajar contigo.

Hermione frunció el ceño, tratando en vano de encontrar una réplica lo suficientemente sarcástica e irónica; se contentó con lanzarle una mirada furibunda, en la que concentró toda la rabia que le inspiraba.

–Bien, pues si no tienes nada que decir, vamos; así podrás sacar el máximo partido posible a tu sed de conocimientos.

Trabajaron en silencio el resto de la tarde –tampoco es que tuvieran nada que decirse–; el sol se estaba poniendo cuando Malfoy emitió un bostezo al tiempo que estiraba los músculos, como un gato que acaba de despertarse.

–Vamos, Granger.

Arrastrando los pies, enfurruñada, Hermione le siguió fuera del estudio. Malfoy no pronunció palabra alguna para despedirse de ella, simplemente echó a andar por el corredor en sentido opuesto al que ella había tomado y la dejó allí plantada, sola, sin saber muy bien qué hacer.

De repente la idea de recurrir a Millie para que le mostrara la legendaria biblioteca le resultaba extremadamente tentadora.


N/A: Bueno pues ya tenemos más interacción de este par. ¿Qué os ha parecido? Una cosa que me obsesiona especialmente es que los personajes se mantengan apegados al canon y no estoy muy convencida de haberlo logrado, así que me encantaría leer vuestras opiniones y críticas al respecto y saber qué pensáis sobre los personajes y el formato de la historia.

¡Muy buen finde a tod s!