N/A: Holaaa! Pues aquí os traigo un nuevo capítulo! Es más cortito que de costumbre, pero a cambio, introduzco una novedad que espero que os guste. La próxima semana estaré bastante atareada así que no sé si podré actualizar lel próximo viernes o dentro de dos.

Como siempre, infinitas gracias a todas las personas que me han dejado reviews, me encanta leer qué os parece el desarrollo de la historia y los personajes. Si algo no os gusta o creéis que debo mejorar, no dudéis en decírmelo. Hago una mención especial a Marsol162 que ha comentado sin cuenta de FF por lo que no puedo agradecérselo personalmente.

Y nada más, que espero que estéis bien. ¡A leer!


Lo que esconde tu interior


VI

Draco estaba furioso consigo mismo: llevaba poco más de una semana trabajando con Granger y era incapaz de contar las veces que ella le había hecho perder su autocontrol. Pero eso no era lo peor, por si la escena de la noche anterior en su gabinete no había sido suficiente, el extraño momento de complicidad en la comida había conseguido que derribara un poco más las barreras ante ella, que le mostrara una parte de él que deseaba mantener oculta a toda costa; revelar semejante vulnerabilidad le hacía sentirse molesto e incómodo, como si se encontrase desnudo frente a un gran auditorio.

Irritado, cerró la puerta de su habitación de un sonoro portazo y lanzó un encantamiento silencio a toda la estancia. Después de la última noche, no quería arriesgarse otra vez; resultaría tremendamente embarazoso que Granger volviera a oírle gritando, esta vez en su propio dormitorio. Por un breve instante, se le pasó por la mente la sospecha acerca de si ella le habría escuchado diciendo algo comprometido en sus pesadillas, pero desechó la idea de inmediato; después de todo, dado lo borracho que estaba, era bastante improbable que hubiera dicho nada mínimamente inteligible.

Abrió un cajón de su mesilla y, sacando un pequeño vial de cristal, se quedó mirando su contenido, pensativo. A menos que fuera absolutamente necesario, no deseaba recurrir a la poción para dormir sin sueños; odiaba sus efectos en el organismo: a la mañana siguiente de tomarla, sentía la cabeza embotada y el cuerpo pesado, como si una nube hubiera cubierto su mente. Así que, mientras tanto, se contentaría con silenciar la habitación a fin de que sus gritos quedaran amortiguados. No obstante, no sabía por cuánto tiempo bastaría con aquella solución: desde que Granger había regresado a su vida, tan insufrible y fastidiosa como siempre, las pesadillas se habían vuelto mucho más intensas y recurrentes que nunca.

Suspirando exasperado, se sirvió un vaso de whisky de fuego y lo bebió de un solo trago; al menos aquel ardiente líquido lograba hacerle caer en un rápido estado letárgico y casi había logrado acostumbrar su cuerpo a los efectos de la resaca. Después, sin molestarse en apartar la colcha, se dejó caer en la cama con sus largas extremidades extendidas como un peso muerto y se dedicó al que, recientemente, se había convertido en su pasatiempo preferido: pensar en Granger.

Granger. Hacía bastante tiempo que se había autoimpuesto la obligación de olvidar la morbosa fijación que tenía con ella: ocupar su mente en aquellas reflexiones generalmente no conducía a nada, le hacía perder el tiempo y le dejaba con una amarga sensación y un punzante dolor de cabeza.

En Hogwarts solía pasar horas meditando sobre el "Asunto Granger" como lo denominaba para sí mismo. Durante las tediosas lecciones de Historia de la Magia con el profesor Binns, Draco podía dedicar la clase entera a contemplarla, haciendo un inventario de todos sus defectos: la sabelotodo de Granger era la única persona en todo el aula que permanecía atenta a la asignatura, su mano se movía por el pergamino, tomando apuntes a toda velocidad; casi siempre tenía los dedos manchados de tinta y alguna uña rota. Componiendo una expresión aburrida e indiferente, sus ojos grises seguían recorriendo a Granger: su falda tenía la longitud exacta que marcaba el reglamento colegial, a menudo recogía su enmarañada melena en una especie de moño suelto que le daba aún más apariencia de espantoso nido de pájaros y, cuando estaba muy concentrada en la lección, mordía su labio inferior con tanta fuerza que, en ocasiones, surgían diminutas gotas de sangre. Más de una vez, Draco se sorprendió a sí mismo preguntándose si el sabor de su sangre sería igual que el de la suya propia: salada y con cierto matiz a hierro. Casi siempre acababa reprendiéndose mentalmente por permitirse aquellos pensamientos tan indignos de un heredero de los Sagrados Veintiocho.

Más tarde llegó el horror. Draco fue marcado: el símbolo que se suponía le otorgaría estatus y reconocimiento no representó más que un lastre, una carga que únicamente le hacía sentirse sucio e inmundo, sometido, como una res señalada antes de ir al matadero. En aquella época, Granger fue enterrada en el lugar más recóndito de su cerebro; todos los pensamientos sobre ella quedaron encerrados tras sus barreras oclumánticas, a salvo de su tía, del Señor Tenebroso, de cualquiera que pudiera descubrirlos y encontrar un motivo más para torturarlo, para ser tratado como si fuera poco más que un animal. Todo cambió aquella noche, el origen de la peor de las pesadillas de Draco: en su mente permanecía indeleble el recuerdo de ella retorciéndose de dolor en el suelo de su casa, de los chillidos histéricos de su tía, disfrutando de su sufrimiento, ensañándose en su tortura. Cuando la sangre de Granger manchó la alfombra de su salón, ya no le cupo duda: era igual que la suya. Quería hacer algo y no podía, liberarla de su tormento, consolarla, susurrarle que todo iría bien, que el suplicio pronto terminaría. Pero no; él era Draco Malfoy: no era valiente, ni honesto, ni noble; era un simple cobarde, una marioneta impulsada por los hilos que otros movían. Así que se quedó ahí, inmóvil, contemplándola sin decir nada, sin que un solo pensamiento se dejara traslucir de sus ojos impávidos.

Fue en su juicio cuando Draco tuvo la certeza de que Granger era todo lo que él no sería jamás. De haber estado él en su lugar, lo hubiera declarado alto y claro: que era un maldito bastardo, que les había hecho la vida imposible a ella y sus amigos, que no había movido un solo dedo para ayudarles y que, si de él hubiera dependido, el final de la guerra hubiera sido muy diferente; el miedo lo habría paralizado y no habría sido capaz de hacer nada para lograr lo que –ahora lo sabía– era correcto. Pero una vez más, al hablar a su favor, Granger demostró que era distinta; con voz calmada, aunque firme y segura, expuso ante los miembros del Wizengamot que todos los delitos que Draco había cometido habían sido bajo coacción, para mantener a salvo a su familia, que él no había tenido elección realmente y que, en la medida de lo posible, los había ayudado al no reconocer abiertamente su identidad cuando Potter, Weasley y ella estuvieron prisioneros en Malfoy Manor –tonterías en su opinión: si de verdad les hubiera ayudado, se las habría apañado para aturdir a su tía y a Greyback y se hubiera asegurado que Granger no sufría daño alguno–. Finalmente, fue aquel testimonio el que inclinó la balanza a favor de Draco, que terminó obteniendo recibió una condena mucho más benévola de la que merecía. En el breve instante en el que sus miradas se cruzaron al salir de la Sala del Tribunal, estuvo seguro: Hermione Granger era mejor de lo que él jamás llegaría a ser.

Aquella fue la última vez que Draco pensó en Granger en mucho tiempo; los acontecimientos posteriores –su exilio, el estado de su padre, la muerte de su madre, las heridas que habían desfigurado parte de su rostro–, pasaron a ocupar el monopolio de su mente, sumida en la apatía y el desprecio hacia sí mismo, hacia lo que se había convertido. Pese a que las pociones resultaban una pequeña distracción, para él no eran más que un modo de retrasar lo inevitable: Draco estaba seguro de que algún día, se emborracharía hasta la muerte y nunca más despertaría.

Y entonces llegó ella.

Apenas prestó atención a la cháchara de Granger cuando ésta comenzó a explicarle la apurada situación del Ministerio de Magia y la necesidad de encontrar una solución. De la nada, un plan brillante empezó a formarse en su mente: ya que, por algún extraño y caprichoso giro de la fortuna, Granger parecía necesitar su ayuda, Draco bien podría sacar algún beneficio –si él vivía revolcándose en su propia miseria, ella debía compartirla con él–. Al fin y al cabo, buena parte de la culpa de su situación actual le correspondía a Granger: si ella jamás hubiera abierto su inmensa bocaza de sabelotodo, el destino de Draco hubiera sido bien diferente: el Wizengamot lo hubiera sentenciado a pudrirse en una celda de Azkaban o a quedar reducido a un estado similar al de su padre: un vegetal muerto en vida que ni sentía ni padecía. Bien, si Draco debía soportar seguir viviendo, Granger lo haría con él.

Su última petición fue la guinda del pastel. En realidad, aquello ni siquiera lo había pensado, fue una idea espontánea que asaltó su cabeza y se apoderó de su voluntad: ver a Granger a sus pies, arrodillada frente a él, lograría convencerlo definitivamente de que estaba equivocado, de que, en realidad, ella sí que era inferior a él. Sin embargo, aquello tampoco funcionó, porque cuando la vio allí, postrada ante él, únicamente se sintió más miserable que nunca: Granger era capaz de humillarse de semejante manera para lograr un bien mayor, de sacrificarse para salvar a otros, algo para lo que Draco jamás tendría el valor. Él nunca sería tan valiente, tan noble; no importaba lo que hiciera, siempre sería él quien estaría por debajo de ella. Cuando finalmente la despidió de su gabinete, no sintió ningún tipo de alivio o satisfacción; pasó la noche bebiendo, pensando en Granger. Por algún extraño motivo, una vez que admitió su propia mezquindad, se sintió más tranquilo, en paz consigo mismo, como si hubiese descubierto una fórmula matemática que llevara años eludiéndole. Entonces, otros pensamientos muy distintos se abrieron paso en su cabeza: la imagen de ella arrodillada a sus pies evocó ideas largo tiempo olvidadas, logrando que su entrepierna se endureciera involuntariamente y que por una vez, la idea de estar por debajo de ella no le resultara del todo desagradable.

Desde aquella noche, se las había ingeniado para sobrellevar a Granger razonablemente bien; además, pasar una semana entera ignorándola había servido para calmar un poco sus torturados pensamientos y que su ritmo de trabajo fuera más que productivo. No obstante, finalmente ella había conseguido que, una vez más, todo saltara por los aires.

Cuando Draco cayó inconsciente a causa del alcohol en su gabinete –algo que sucedía con relativa frecuencia: el whisky se había convertido en el medio más eficaz para enfrentarse a sus pesadillas–, lo último que se había imaginado era que Granger lo escuchara y se atreviera a invadir su privacidad. Bien pensado, no debía de haberle extrañado, tanto Granger como sus amiguitos tenían, desde niños, la odiosa costumbre de inmiscuirse en asuntos ajenos. Aún así, a regañadientes, Draco no podía evitar sentirse secretamente agradecido: aquella pesadilla en cuestión había resultado inquietantemente real; más que un sueño, casi había sido como revivir el recuerdo de Granger ensangrentada, temblando en el suelo de la mansión. Se alegraba de que ella le hubiera despertado, pero al mismo tiempo, se sentía abochornado: le había visto en un momento de debilidad, Granger había vislumbrado su parte más vulnerable, aquella que deseaba ocultar al mundo a toda costa.

Y para empeorarlo todo, aquel día se había permitido a sí mismo bajar la guardia un poco más. Al principio únicamente se había propuesto ser un poco más amable: una vez que terminaran la fase de estudio, necesitarían colaborar mucho más estrechamente para elaborar la poción, por lo que lo más sensato sería que, al menos, fueran capaces de intercambiar un par de palabras sin lanzarse al cuello del otro. Pero sin saber muy bien cómo, el propósito de cordialidad de Draco se había transformado en algo distinto. Por alguna extraña razón, había terminado hablándole a Granger sobre el abuelo Abraxas y sus libros de vuelo. También había tratado por todos los medios de disuadirla en sus planes de visitar el pueblo.

Draco había ido allí solamente una vez. Por aquel entonces, llevaba algo más de un año viviendo en la mansión y, por muy amigables que fueran, la compañía de Toppy y Millie de pronto se le antojó insuficiente: necesitaba algún tipo de interacción humana, alguien con quien charlar de algún tema más allá del buen funcionamiento de la casa. Draco no era ningún idiota –en el pasado siempre se había considerado un hombre atractivo, las chicas lo encontraban guapo y él se sentía muy orgulloso de su aspecto–, era consciente de que sus buenos tiempos habían quedado atrás: al mirarse al espejo se daba perfectamente cuenta de lo repulsivo que podía resultar su nuevo rostro desfigurado, con el lado izquierdo surcado de cortes y cicatrices. Sin embargo, por alguna estúpida e ingenua razón pensó que, quizás, aquello no importaría. Pronto quedó bien claro que se equivocaba. Nada más poner un pie en la calle principal del pueblo, sintió cómo las miradas se clavaban en él: unas recelosas, otras disgustadas; los aldeanos rehuían su presencia y fingían estar repentinamente ocupados en múltiple tareas. Los niños no fueron tan sutiles: entre risillas y cuchicheos lo señalaron; pudo escucharles nítidamente murmurar entre ellos frases como «¡Qué miedo! ¡Es caracortada!», «¡Mirad, dos-caras ha bajado hasta aquí!» o «¡No os acerquéis!, mi madre ha dicho que es un loco que se lleva a los niños… la verdad es que da mucho miedo» A Draco le pareció jodidamente irónico que aquellos niños se refirieran a él por el apodo mediante el cual, él mismo había atormentado a Potter durante toda su adolescencia. Irónico y una especie de cruel justicia poética. Después de aquella excursión, Draco no volvió a salir de la mansión.

Mientras meditaba en su cama, trató de convencerse a sí mismo de que sus esfuerzos para convencer a Granger de que en el pueblo no encontraría nada lo suficientemente interesante como para llamar su atención eran porque realmente lo creía así. No obstante, siendo sincero consigo mismo, empezaba a sospechar que a su lado más egoísta no le convenía que Granger encontrara algún tipo de entretenimiento fuera de la mansión. Tal vez ella encontrara un incentivo para pasar su tiempo libre en el pueblo, lejos de él; tal vez ella se diera cuenta de que cualquier alternativa era mejor que la de estar a su lado, ¿quién sabe? tal vez incluso descubriera que existía un hostal o algún tipo de alojamiento que le permitiera vivir lo suficientemente cerca de la mansión como para acudir a trabajar todos los días sin tener que compartir techo con él.

Frustrado y enfadado consigo mismo por el rumbo que tomaban sus pensamientos, Draco tomó una resolución: se comportaría con Granger con la mayor frialdad e indiferencia, pondría todo de su parte para que su relación, sus conversaciones y su trato fuera lo más profesional posible; debía lograr que Granger no lo viera sino como un instrumento, un medio para lograr su maldita poción. Aquello haría las cosas infinitamente más fáciles: ella no volvería a atravesar su coraza, no tendría poder alguno para herirle y así, cuando terminara su misión, cuando se marchara y dejara a Draco sumido de nuevo en su tediosa existencia, en su vida fría y gris, él no lamentaría su ausencia en lo más mínimo; sería simplemente como si nada hubiera pasado, como si Granger fuera únicamente un borroso recuerdo del pasado.

Una vez hubo tomado aquella determinación, se sintió mucho más apaciguado: respiró hondo y dejó que la bruma alcohólica se apoderara de él y adormeciera su agotado cerebro.

oooOOOooo

El día siguiente amaneció encapotado: gruesas nubes grises se cernían sobre el horizonte; el cielo parecía a punto de caerse a pedazos. Draco se estiró como un gato en su cama, bostezó, algo adormilado aún y se dirigió al cuarto de baño para ducharse y afeitarse. Algo más tarde, mientras contemplaba su rostro cubierto de espuma en el espejo, pensó que, siendo domingo, resultaría infinitamente más sencillo seguir adelante con su plan de ignorar a Granger. Al ser su día libre, bien podría evitarla tanto como fuera posible y si por algún casual sus caminos se encontraban, para ahuyentarla bastaría con comportarse con ella de manera aún más desagradable y mezquina de lo acostumbrado.

Satisfecho consigo mismo, Draco salió de su cuarto y se encaminó a su laboratorio. Como solía ser habitual, su suerte fue adversa puesto que, al girar en un recodo del corredor, tuvo que retroceder un paso para evitar chocarse de bruces con Granger.

–¡Malfoy! – aunque su voz sonó sorprendida, por más que lo buscó, Draco no encontró rastro alguno del rechazo o disgusto que esperaba encontrar en ella.

–Granger –arrastró las palabras, adoptando un tono frío y desapasionado–, te hacía dando vueltas por el pueblo.

–No, está lloviendo a cántaros y he decidido dejarlo para otra ocasión –calló de repente, parecía estar meditando si debía seguir hablando–. He decidido pasar el día en la biblioteca –«¿Por qué cojones ahora tenía que dirigirse a él sonriéndole?»–. No sé cuáles eran tus planes pero eh… si pensabas ir tú también, no me importa que…

Draco esbozó una sonrisa maliciosa, imprimiéndole cierto tinte cruel.

–Por favor, Granger, tu presencia ya me parece bastante insufrible a diario, como para tener que soportarla también en mi día libre –obligándose a sí mismo a ignorar la fugaz expresión de dolor que apareció en los ojos castaños, añadió–: y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer que quedarme hablando contigo en un pasillo.

Granger lo miró un momento, con la misma mueca de indignación que en los tiempos de Hogwarts y, sin decir una sola palabra, se marchó por donde había venido, con la cabeza bien alta y la nariz apuntando al techo.

Draco se quedó plantado en mitad del pasillo. No quería ni pararse a pensar en ello, pero algo que se parecía demasiado a los remordimientos comenzaba a oprimirle la garganta.


N/A: Y bien? ¿Qué os ha parecido leer el punto de vista de Draco? Me encantaría leer vuestros reviews y saber vuestra opinión.

¡Pasad muy buen fin de semana!