N/A: Holaaaaa! Antes que nada, pedir disculpas por la tardanza: pretendía actualizar mucho antes, pero el trabajo ha sido un caos este mes y apenas he tenido tiempo para nada.
Como siempre, millones de gracias a las que seguís esta historia, gracias especiales a las que os habéis tomado vuestro tiempo para dejar un review (y mil perdones por no poder agradecerlo personalmente a todas, pero quería que tuvierais el capítulo nuevo este finde):
RbBlack, Carina, Belen, lizze213, Averil Lester, redeginori, SihayaGreen, Pao-SasuUchiha, Suhee, Guest, Asyri99, AriD, Krizia Jamit,NoraCg, angelikpotter15, CeciliaMdza, LuNaChocoO, Monzerrat Gomez, Vic Black, cherieblack7, Lilianne Ethel Nott, Karili Yagami, SamanthaBenitez, sofihikarichan, Ali TroubleMaker y AllySan.
¡Sois las mejores!
Sin más, ¡a leer!
Lo que esconde tu interior
XV
Draco permaneció mucho tiempo con la nariz enterrada en el cabello de Granger. Por su cabeza cruzó el fugaz pensamiento de que, si en aquel preciso instante cayera en meteorito sobre la mansión, no le importaría en absoluto morir así, con Granger entre sus brazos.
Ella se removió un poco pero, en lugar de alejarse de él, buscó una posición más cómoda en su regazo. Era prácticamente imposible que Granger no notara su erección rozándose insistentemente contra su muslo; sin embargo, lejos de apartarse asqueada, giró la cabeza y comenzó a repartir besos por la mandíbula y el cuello de Draco.
Joder.
Tras haberla besado en cuarto año –Draco había culpado de ello al whisky de fuego de contrabando que bebió aquella noche–, trató de reprimir cualquier tipo de pensamiento o reflexión acerca del "episodio Granger". Tras el incidente en cuestión, fingió que jamás había ocurrido, intentó erradicarlo por completo de su memoria. Sin embargo, hubo momentos –recibir la Marca, hospedar al Señor Oscuro en su casa, ser obligado a torturar a sus compañeros de clase– en los que Draco estuvo a punto del colapso, de dejar caer todas sus barreras mentales y sumergirse definitivamente en la locura más absoluta. En los peores días, cuando se iba a la cama atenazado por el pánico y el horror de las macabras escenas presenciadas, se permitía el lujo de permitir a su mente divagar entre recuerdos. Era entonces cuando acudía al beso con Granger, a sus manos enredadas en su pelo, al aroma que desprendía su piel. Mientras la veía retorcerse en el suelo de su casa, sometida a la tortura, Draco no estaba allí, su mirada perdida no veía a aquella Granger, sino a su versión de catorce años: con las mejillas sonrosadas y los labios hinchados después del beso. Más tarde, se odió a sí mismo aún más por ello: por permanecer inmóvil, impasible ante su sufrimiento, demasiado aterrorizado como para hacer nada por ayudarla y no obstante, incapaz de apartar el recuerdo de sus besos de su mente.
La misma Granger lo sacó de sus reflexiones y lo devolvió al presente cuando mordisqueó un punto especialmente sensible bajo su oreja; Draco dejó escapar una exclamación sorprendida y, colocando las manos a ambos lados de su cabeza, la retiró un poco para poder ver mejor su cara. Era muy probable que el rostro de Granger en aquellos momentos fuera lo más bonito que Draco hubiera presenciado jamás. De pronto, le vinieron a la cabeza las palabras que ella le había escupido apenas unas horas antes: «No soy tu prisionera, Malfoy».
¿Y qué si lo fuera?, ¿y si Draco la retuviera en la Mansión para siempre, impidiéndola apartarse de su lado? Podría ser suya, solamente suya: no tendría que compartirla con Potter, ni Weasley, ni con el jodido Ministerio. Las sonrisas de Granger serían sólo para él, lograría enfurecerla, hacerla chillar de rabia, para luego acallar sus protestas con besos. Cualquier impedimento que Granger pudiera oponer, Draco se encargaría de despejarlo: la tomaría una y otra y otra vez, en el suelo mismo de aquella biblioteca, contra la pared si hiciera falta, la haría gemir su nombre, retorcerse de placer, olvidarse de cualquier otra cosa que no fuera Draco. Draco, Draco, Draco pronunciado tras haberla conducido el éxtasis, tras haberla borrado de su mente todo lo que no fuera el orgasmo, con él dentro de ella.
La miró a los ojos acaramelados: llenos de pasión de lujuria y de algo más que sólo pertenecía a Granger: rebeldía; una chispa de desafío que ni horas de tortura eran capaces de apagar.
¿Pero tú eres gilipollas o qué te pasa?
Por supuesto que sería incapaz de someter a Granger, de retenerla contra su voluntad; incluso aunque la doblegara bajo una Imperius de por vida, había algo de ella que Draco sería incapaz de obtener nunca. Granger era salvaje, decidida, valiente, con una voluntad férrea: toda una leona. Eran precisamente aquellas características, tan distintas de las lánguidas señoritas sangre pura, las que más le atraían de ella, como un mosquito hacia la luz. Draco jamás tendría el valor de arrebatarle algo que era únicamente suyo, que la hacía tan especial y extraordinaria.
Movió las manos de su rostro a su pelo, completamente desordenado por el arrebato pasional. Draco acarició sus rizos y ella cerró los ojos y se inclinó hacia su toque. Que no pudiera retener a Granger no quería decir que…
Ella estaba allí, en su casa, entre sus brazos y parecía más que dispuesta a aceptar sus caricias. Draco había tenido más que suficiente ración de mierda que arrastrar a lo largo de su vida: para una vez, para una jodida vez que podía disfrutar de algo bello, algo auténtico, no había razón alguna para rechazarlo ¿verdad? Durante los meses restantes para completar la poción Draco podía disfrutar de todo lo que Granger estuviera dispuesta a ofrecerle, él mismo podía entregarle todo lo que ella deseara –su cuerpo, su alma, su maldita fortuna si ella la quisiera– y una vez que todo acabase… Bueno, ella regresaría a su brillante vida como heroína de guerra en Londres y Draco permanecería allí, en aquella mansión rodeada de tinieblas, envuelto en el desprecio hacia sí mismo y la horrible imagen que le devolvía el espejo, ahogado en el alcohol y los recuerdos.
Era un buen plan, al fin y al cabo.
Lo distrajo un dedo aventurero de Granger, acariciando una de las cicatrices de su rostro, delineando un camino desde la ceja al mentón.
–¿Te duele? –la voz de ella sonó susurrante, como si se dirigiera a un animal salvaje y tuviera miedo de ahuyentarlo. Draco negó con la cabeza y Granger continuó con su exploración, tratando de memorizar cada uno de sus rasgos–. Eres hermoso… –hablaba en voz muy baja, más para sí misma que para que otro ser humano la escuchara.
Ante sus palabras, a Draco se le escapó una carcajada seca, amarga; mas no pudo evitar que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Ella la recogió con sus labios: repentinamente, el ambiente había cambiado de forma radical. La lujuria, la pasión desenfrenada había dejado paso a algo más, algo que provocaba que un nudo de pánico se instalara en la garganta de Draco. Granger se acurrucó en el sillón sobre sus piernas, apoyando la cabeza en su pecho y él no pudo evitar rodear su cintura con los brazos.
Se quedaron un buen rato así. Lo único que rompía el silencio eran sus respiraciones acompasadas y el latido del corazón de ambos, ralentizando su ritmo poco a podo.
De pronto, la mirada de Granger se detuvo en el libro que Draco había dejado sobre la mesilla.
–¿Por qué lees tantos libros sobre aviones? –el aliento de ella le acarició el cuello y Draco contuvo un estremecimiento. Pasó un buen rato antes de que contestara:
–Durante toda mi vida me enseñaron que los muggleseran seres inferiores: crecí pensando que eran incultos, zafios, bárbaros, incapaces de crear algo que implicara la menor cantidad de inteligencia e ingenio –Draco miraba a un punto fijo de la estancia–. ¿Sabías que, además del exilio, la sentencia del Wizengamot me retiró la licencia de vuelo? –Hermione negó contra su pecho. Pese a que había leído el dossier de Draco Malfoy proporcionado por el Ministerio, aquel detalle en particular le había pasado desapercibido. Él continuó hablando–: Rompieron la escoba ante mis ojos, era el regalo de mi padre por mi quince cumpleaños. A partir de entonces, se me prohibió volver a volar de nuevo, bajo pena de arresto.
»Entonces llegué a esta casa. No había estado desde pequeño y entonces, en vida de mis abuelos, fuertes barreras protegían la casa y la ocultaban de la vista de los muggles: por tierra y… aire. Aquellas barreras ya no estaban y me tocó a mí renovarlas. La primera vez que escuché el sonido de un avión me asusté muchísimo: pensé que se habían arrepentido, que habían revocado mi sentencia y venían a apresarme después de todo –en los labios de Draco se dibujó una sonrisa nostálgica– pero entonces Toppy y Millie me lo explicaron: se trataba de un artefacto muggle, una especie de pájaro metálico que podía transportar personas en su interior desde una punta a otra del planeta. Hasta entonces, las barreras mágicas instaladas por mis antepasados los habían ocultado a los sentidos; constituían una molesta infracción muggle en la apacible y tranquila atmósfera de los jardines Malfoy.
Granger, acurrucada entre los brazos de Draco, lo escuchaba atentamente; él nunca antes se había abierto así con ninguna otra persona.
–Fue como una inmensa hostia de realidad: una más, de hecho –compuso una mueca irónica–. Los muggles no eran aquellos seres estúpidos e ignorantes que había creído toda mi vida: poseían creatividad, ingenio, inventiva; habían logrado crear un aparato capaz de salvar distancias enormes en unas pocas horas. A mí me habían prohibido volver a volar; sin embargo, los muggles habían conseguido hacerlo sin necesidad de magia. Me obsesioné con ello: quería saberlo todo sobre la aviación: cómo se hacían aquellos cacharros, cómo eran capaces de volar, qué era necesario saber para pilotarlos... Toppy y Millie se las arreglaron para conseguir todos los libros sobre la materia que estuvieran a su alcance –en sus ojos apareció una chispa de entusiasmo– y poco a poco, la colección creció hasta ocupar una nueva sección de la biblioteca.
Granger alzó la cabeza y lo miró fijamente. Draco temió que ella se echara a reír, que se burlara de él o le dijera lo patético que sonaba todo; sin embargo, ella pareció dudar un solo momento, mordiéndose los labios, para luego abalanzarse sobre él como una fiera hambrienta.
Lo besó con ganas, con fuerzas renovadas, con ardor. A Draco le pareció que cada centímetro de su piel que entraba en contacto con la de Granger combustionaría, se prendería en llamas, consumiéndolos a ambos. Por fin, ella se refrenó un poco y se quedó quieta, jadeando sin aliento, con su rostro a escasos milímetros del de él.
Volvieron a quedarse en silencio, contemplándose mutuamente; ninguno deseaba ser el primero en hablar y quebrar la paz del momento. Por fin, Granger murmuró en voz muy baja:
–Llevo años recordando esto… cómo se sentía besarte.
Espera… ¿QUÉ?
–Tú, ¿lo recordabas? –Draco no salía de su estupor. Siempre había supuesto que Granger le había permitido besarla en un estado de confusa embriaguez y que a la mañana siguiente, sumida en una monumental resaca, ella no recordaba nada. Gracias a ello, al propio Draco le había resultado mucho más sencillo fingir que nada había ocurrido entre ellos–. Pero yo pensé que tú… ¡ibas muy borracha! –de pronto se sintió invadido por una oleada de indignación–: ¡Nunca dijiste nada!
Granger frunció el ceño pese a que era su culpa: todo iba tan bien y de repente, ella habría tenido que abrir su gran bocaza.
–¡Tú tampoco dijiste nada y también ibas muy borracho, idiota! ¡Fui yo la que pensé que el whisky te había hecho olvidarlo todo!
–Créeme, Granger, haría falta una destilería entera para hacerme olvidar aquel beso.
Sorprendentemente aquellas palabras parecieron ablandar a Granger, porque sus facciones se relajaron y volvió a apoyar sus manos en el pecho de Draco.
–Bueno, parece que llevamos años suponiendo cosas el uno acerca del otro que no se corresponden con la realidad.
Draco no pudo evitarlo, extendió la mano y apartó un rizo rebelde del rostro de Granger, al tiempo que acariciaba su mejilla y delineaba sus labios con el pulgar. Ella se inclinó hacia su toque y le dedicó una sonrisa resplandeciente, una que ni en mil años hubiera imaginado dirigida a él.
Estaba preciosa
Mierda.
Era un hijo de puta, lo sabía. Lo había intentado todo para desterrar a Granger de su cabeza; había tratado de destruir la imagen que tenía de ella, la había incluso forzado a humillarse ante él, obligándola a arrodillarse en su presencia, en un fútil intento de degradarla, de convencerse a sí mismo que Granger no valía nada, que no merecía ni uno solo de sus pensamientos. Pero había sido en vano. Una y otra vez ella le había demostrado lo equivocado que estaba, todas y cada una de las veces, Granger se había alzado victoriosa ante todos los obstáculos que encontraba a su paso: fuerte, valiente, sin miedo a nada, siempre superaba cualesquiera que fuera el impedimento que se interponía entre ella y su objetivo.
Draco había sido tan cobarde como para permanecer inmóvil ante su dolor, su sufrimiento, sin mover un solo dedo para ayudarla, pese a que en aquel momento lo que más había deseado era correr hacia ella y envolverla con sus brazos, susurrándole que todo iba a salir bien. Pero Granger no necesitaba de él; ni de Draco ni de nadie en realizad, ella sola era capaz de sobreponerse a cualquier adversidad, de enfrentarse a sus temores y vencerlos. Granger era todo lo que él no era ni sería jamás.
Y aún con ello, todo lo que Draco deseaba era permanecer abrazado a ella para siempre.
Un sonido lo sacó de sus cavilaciones. Granger bajó la vista, avergonzada.
–Lo siento, no he comido nada desde anoche y yo…
¡Joder! ¿por qué incluso cuando se disculpaba porque le sonaban las tripas, ella tenía que ser tan adorable?
Divertido a su pesar, Draco le dio un último beso en la sien y se levantó del sillón, poniéndolos a ambos en pie.
–Vamos a la cocina, apuesto a que Millie tiene material para llenarte el estómago durante los próximos cien años.
Sin pensar, la tomó de la mano, arrastrándola con él a la cocina. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, una corriente de pánico lo atravesó y se quedó parado, congelado en el umbral. Antes de volverse, compuso su mejor expresión impasible, preparándose para el rechazo que, estaba seguro, vendría por parte de ella. Una vez más, se había equivocado, porque Granger no se alejó, ni soltó su mano, ni mostró deseo alguno de apartarse de él. Simplemente le devolvió la mirada, con aquella sonrisa aún prendida en sus labios.
Draco sintió su corazón sangrar y esta vez, supo que no había forma de contener la hemorragia.
N/A: ¿Y bien? ¿qué os ha parecido? Confieso que a mí me a encantado escribir este capítulo. Sobre lo del permiso de volar en escoba, bueno ha sido una invención personal: nunca se nos dice nada al respecto en los libros, pero he pensado, que al iguar que con los vehículos muggles, es razonable pensar que existe algún permiso o licencia para volar en escoba (más allá de para el quidditch escolar). Perdonad si no os resulta creíble.
Avisos: espero poder aprovechar las vacaciones de navidad para escribir y poder actualizar pronto. Los adelantos o anuncios de actualizaciones los publicaré en mi página de Facebook (link en perfil).
Nueva recomendación: Nunca le hagas cosquillas a un dragón herido de la genial lizze213. Su Draco atormentado post- Azkaban es maravilloso.
Y nada más, me encantaría recibir vuestros reviews y saber qué pensáis.
¡Buen Domingo!
