N/A: Siento la demora en publicar, la verdad es que el trabajo y la vida en general, me deja poco tiempo libre. Tengo la intención e terminar la historia y estoy aprovechando todo lo que puedo que en verano tendo más tiempo libre para avanzarla. Así que ahí os dejo el capi largo.
Lo que esconde tu interior
XIX
Más tarde, a solas en su habitación, Hermione reflexionó sobre las nuevas revelaciones de Draco «Él piensa que no es amado». Después del repentino arrebato de su compañero, la bruja había regresado a la Mansión y había decidido darle espacio: Draco era propenso a aquellos arrebatos de ira y, en aquellos momentos, lo mejor era dejarle tiempo para que se calmara y ordenase sus pensamientos.
La realidad era que, pese a lo enigmático y misterioso que se mostraba la mayor parte del tiempo, a Hermione cada vez le resultaba más sencillo comprenderlo y ponerse en su piel. Draco había hecho los mayores sacrificios para salvar y proteger a sus padres sin que ellos fueran ni siquiera conscientes; su propia madre, el ser al que más amaba en el mundo había acabado avergonzándose de él, su padre no había sido capaz de reconocer el valor de las acciones de Draco, a pesar de que habían sido ellos mismos los que lo habían colocado en una tesitura en la que ningún adolescente debía situarse jamás. Draco había terminado velando por las personas que tenían la obligación de cuidar de él y el esfuerzo había sido en balde: finalmente había terminado perdiendo a sus padres y ganándose el desprecio y el odio del resto del mundo y, para colmo, veía el recordatorio de su fracaso cada vez que contemplaba en el espejo sus propias cicatrices. De pronto, a Hermione su propia situación no le pareció tan horrible: al fin y al cabo, Draco y ella no eran tan diferentes, aunque a Hermione le había tocado algo más de suerte en la rueda de la fortuna.
Después de atiborrarse de pasteles de Millie –la elfina poseía un extraño talento para intuir cuando el estado de ánimo de Hermione necesitaba un pequeño incentivo–, la chica decidió que Malfoy ya había tenido suficiente dosis de autocompasión y, presintiendo donde podía encontrarlo, bajó derecha al laboratorio.
Draco estaba de espaldas frente a una de las mesas, trabajando en una de sus pociones experimentales. Hermione había descubierto que aquél era uno de los métodos que empleaba para relajarse: encontraba sosiego en el fluir de los líquidos, el borboteo de las decocciones, el lento humear de los calderos a su alrededor.
–Hola –susurró Hermione, deseando no interrumpirle en mitad de la medición de los ingredientes.
–Hey –respondió él en el mismo tono, sin girarse para mirarla.
Cuando se dio cuenta de que Draco no iba a hacer ningún otro gesto que reconociera su presencia, Hermione se acercó y se colocó junto a él en la mesa de trabajo.
–¿Necesitas mi ayuda?
Tardó un buen rato en contestar, tanto, que Hermione creyó que la ignoraría durante el resto de la tarde, pero finalmente señaló con la cabeza un manojo de raíces que reposaban en un recipiente cercano.
–Puedes pelarlas y trocearlas: las raíces de baobab siempre son un incordio para prepararlas.
Hermione se puso a la tarea; lo que había dicho Malfoy era cierto: las raíces eran duras y tenían muchas capas, por lo que su preparación era especialmente laboriosa. No obstante, sus propiedades curativas eran muy numerosas, por lo que no le extrañaba que fueran necesarias para muchos de los encargos que, como pocionista, Malfoy recibía de distintos hospitales mágicos. Después de más de una hora trabajando juntos, sin que mediase una sola palabra, Hermione notaba los dedos cansados, el cuchillo le había dejado marca en las yemas y su ritmo era cada vez más lento. Tal vez fue el deseo de acabar con el tedio el que, sin que hubiese ninguna razón concreta, la impulsó a hablar.
–Les borré sus recuerdos y los envié a Australia.
La única muestra de que la había escuchado, fue que Malfoy dejó de remover la mezcla que estaba preparando y ladeó un poco la cabeza.
–Fue la única manera que yo encontré de protegerlos –prosiguió Hermione–. A mis padres, quiero decir, los desmemoricé, les borré todos sus recuerdos y les di una nueva identidad. Ahora son Monica y Wendell Wilkins, una pareja que trabaja como dentistas en Sidney y jamás ha tenido hijos. Después de la guerra, volví a buscarles y traté de devolverle sus recuerdos, pero no pude; el hechizo había sido muy potente y había pasado demasiado tiempo, si ponía más empeño en revertirlo me arriesgaba a hacerles perder la locura por completo –lo dijo de carrerilla intentando no llorar, no obstante, al final se le escapó una lágrima no deseada–. Jamás van a recordar que tienen una hija en la otra parte del mundo.
A aquellas alturas, Malfoy había abandonado por completo su trabajo y estaba totalmente girado hacia ella; alargó una mano para tomar la de Hermione, retiró el cuchillo de entre sus dedos, acariciando levemente la yema magullada y la atrajo hacia él. Hermione se dejó hacer hasta que, en el último momento, se arrojó en sus brazos, enterrando la cabeza en su hombro. Malfoy la rodeó con los brazos y apoyó el mentón en su coronilla, meciéndolos a ambos suavemente en el suelo inmaculado del laboratorio. Pasado el rato, Hermione alzó lentamente la cabeza y buscó con sus labios los de él; Draco respondió: fue un beso lento, largo, sin prisas. Lánguidamente, sus lenguas se encontraron y se paladearon, la chica le rodeó el cuello, instigándole a bajar aún más la cabeza y él le acarició la espalda de arriba abajo, estrechándola contra su cuerpo. Finalmente, las lejanas campanadas del reloj anunciando la hora de la cena les recordaron que debían respirar y, de mala gana, Hermione se separó de Malfoy. Sin embargo, mantuvo sus manos entrelazadas y, tironeando de él, lo condujo en dirección al comedor.
Ante su expresiva mirada, Malfoy correspondió con una de sus sonrisas torcidas.
El momento de crisis había pasado.
El tiempo no detuvo su transcurrir y finalmente, se plantaron en diciembre. Los avances en la poción antídoto eran significativos, pero no concluyentes. Kingsley presionaba para obtener resultados, pero al Ministerio no le iba mucho mejor: continuaban sin tener ninguna pista sobre quién podía ser el responsable de la maldición. Mientras tanto, el estado de Harry empeoraba progresivamente: había perdido por completo el sentido de la vista, y cada vez tenía menos audición. Por todo ello, no es de extrañar que el estado de ánimo de Hermione fuera decayendo con el paso de las semanas y a menudo se sorprendía a sí misma recorriendo la biblioteca con un aire apático, que los que la conocían hubieran creído imposible de creer tratándose de Hermione Granger en una sala repleta de libros.
Todo ello contrastaba con el ánimo de Malfoy: aunque distaba mucho de ser alegre y festivo, desde que finalmente se había abierto y confesado con Hermione, se encontraba más relajado y sereno; como si la ira y la rabia que permanecían latentes en su interior, finalmente se hubieran apaciguado como una fiera arrullada por la música.
Así las cosas, les sorprendió la mañana de Navidad. Para Hermione, no dejaba de ser un día más: desde que no podía celebrarlo con sus padres, trataba de eludir en la medida de lo posible las insistentes invitaciones de los Weasley para pasar las fiestas en la Madriguera: prefería quedarse en casa, acompañada de un buen libro y una taza de té y lamiéndose las heridas. Aquel año, ni siquiera la familia de pelirrojos tenía ganas de fiesta: el estado de Harry, las agotadoras jornadas laborales de Arthur en el Ministerio –dado que cada vez más empleados cayeran víctimas de la maldición había tenido que duplicar e incluso triplicaa turnos de trabajo– sumados a que la tienda de bromas había sufrido una drástica caída de ventas, ya que el ánimo de la población mágica británica distaba mucho de estar deseoso de diversiones, había provocado que Molly decidiera reducir la festividad a una comida con la familia, sin regalos ni manifestaciones ostentosas.
Hermione despertó el 25 de diciembre echando de menos, por primera vez en su vida, el espantoso jersey con inicial de la señora Weasley; tampoco escuchó en su ventana el repiqueteo de ninguna lechuza anunciando la llegada de ningún paquete, de forma que fue directa a la ducha, se vistió con un atuendo informal y bajó a desayunar como una mañana cualquiera. Draco estaba ya en el comedor, con una camisa blanca impecable, leía un boletín de aviación mientras mordisqueaba distraído una rosquilla de Millie; pese a su aparente concentración, tan pronto como Hermione entró en la estancia, alzó la vista y sonrió –una de esas sonrisas deslumbrantes que, por lo infrecuentes e inesperadas, provocaban que el corazón de la bruja se saltara un par de latidos.
–Buenos días, Granger. Supongo que es de rigor el desearte una feliz navidad, aun cuando te toque celebrarla aquí conmigo.
Aquellas palabras arrancaron una sonrisa a la bruja.
–No te hacía el tipo de persona que se prodiga con las felicitaciones navideñas, Malfoy ¿El espíritu de Papá Noel te ha poseído?
–En este caso, mi felicitación está doblemente justificada –al ver la expresión interrogante de Hermione, aclaró–. Baile de cuarto año, ¿recuerdas? Hoy sería una especie de… aniversario.
Hermione se sonrojó al escuchar la alusión a aquel beso: por lo general solían evitarla en la medida de lo posible, como si el origen de su relación –o lo que quiera que fuera aquello que tenían– se remontara a la llegada de la bruja a la mansión francesa. Parecía que el visible azoramiento de ella había impulsado a Draco a dejar el tema pero, como todo lo que a él concernía, no iba a resultar tan sencillo porque, pasados un par de minutos en los que se empleó en untar mermelada a una tostada, él volvió a romper el silencio.
–Siempre me lo he preguntado, Granger ¿fui el primero?
–¿Eh? –Hermione trató de ganar tiempo porque realmente, no le apetecía en lo más mínimo responder a aquella pregunta.
–¿Fui tu primer beso?
–¿A ti qué te importa? –la chica frunció el ceño, al tiempo que una expresión de indignación se apropiaba de sus rasgos.
–Oh, vamos, Granger, sabes que la curiosidad es mi segunda naturaleza y hemos traspasado ya una línea significativa en lo que a confesarnos intimidades se refiere para que no me respondas a esto. Fui el primero, ¿verdad?
–Si tan seguro estás ¿para qué lo preguntas? –la chica compuso una mueca de fingida dignidad mientras extendía una servilleta en su regazo «Espero que no lo hiciera tan mal como para que se notara desde el principio que era una novata» se maldijo para sus adentros–. Además, ha pasado demasiado tiempo.
–Me lo tomaré como un sí –aseveró Malfoy, visiblemente complacido–. Lo que no hace más que corroborar mi opinión: en el colegio estábamos rodeados de idiotas, si nadie hasta entonces había intentado cortejarte. Si yo hubiera estado en Gryffindor, hubiera empleado todas mis energías en llevarte detrás de un tapiz.
El sonrojo de Hermione se intensificó hasta la raíz del cabello, pero se limitó a lanzarle una servilleta juguetonamente al tiempo que, entre carcajadas le dijo.
–¿Cortejarme? Qué vives Malfoy ¿en el siglo XVIII?
En uno de sus rápidos movimientos felinos, Draco se levantó de su silla y rodeó la mesa hasta arrodillarse frente a la de Hermione, apoyó un brazo en el respaldo al tiempo que, con la otra mano, la tomaba de la mandíbula y la besaba, arrebatándole el aire. Cuando se apartó, no sin antes morderla levemente en el labio inferior, arqueó la ceja en un gesto arrogante.
–¿Crees que en el siglo XVIII me hubiera atrevido a hacer esto, Granger?
Hermione fingió una indignación que no sentía, pero a sí misma no pudo dejar de admitirse que el día de navidad no hacía más que mejorar.
El resto de la mañana, Draco y Hermione trabajaron juntos en la investigación de la poción, comieron y siguieron la misma rutina que un día ordinario pero, cuando se disponían a entrar en la biblioteca por la tarde, dispuestos a proseguir la jornada habitual de estudio, él la retuvo un momento, tomándola por la muñeca.
–Granger, espera…
Hermione se dio la vuelta, sorprendida.
–¿Qué…? –la frase se entrecortó cuando se dio cuenta que Malfoy sacaba una caja del bolsillo, plana y de tamaño algo mayor que una servilleta.
–Aún no te he dado mi regalo de navidad.
Draco extendió la caja ante ella y a Hermione le asaltó el recuerdo de aquella escena de Pretty Woman, película que había visto decenas de veces engullendo helado con su madre. Él abrió la caja, haciendo una exagerada floritura con la mano, y ante ella, se mostraba, deslumbrante, una de las joyas más hermosas que Hermione había visto en su vida. De una finísima cadena de oro, exquisitamente labrada, colgaba una esmeralda con forma de lágrima; sus facetas lanzaban destellos por toda la biblioteca. A la bruja se le escapó una exclamación de sorpresa.
–Malfoy, no puedo aceptarla, yo…
–Puedes y debes. La esmeralda es la piedra de la tranquilidad y la paz, se cree que ahuyenta la depresión y los pensamientos negativos –explicó mientras, cuidadosamente, desprendía la cadenita de su enganche acolchado en la caja–. Está hechizada. El otro día dijiste que ya no sabías si serías capaz de reconocer la felicidad, ¿recuerdas?, que no tenías ni idea de si podrías volver a ser feliz porque eras incapaz de reconocerla; pues bien, la esmeralda se ilumina con la felicidad de su poseedor: cuanto más puro, más real y sincero sea el sentimiento, mayor será su brillo.
Hermione se sentía incapaz de hablar, más allá del valor de la joya, estaba su significado más profundo: el hecho de que, después de tantas semanas, Draco recordara su conversación, sus miedos, que dedicara su tiempo a buscar aquel regalo que, más que un deseo o un capricho, era un símbolo de apoyo, de esperanza; la manera que tenía él de decirle «Estoy contigo y quiero ayudarte». La chica sintió un incómodo nudo en la garganta: se sentía incapaz de hablar –tampoco sabía muy bien que decir– y las lágrimas se agolpaban en las comisuras de sus ojos.
–Draco…
Él recogió la lágrima con un pulgar.
–¿Puedo? –preguntó alzando el colar ante ella.
Hermione asintió con una tímida sonrisa y luego se giró, recogiéndose el pelo hacia un lado y mostrándole la nuca despejada. Sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío del metal cuando los dedos de él, largos y pálidos, entraron en contacto con la piel de su cuello; las hábiles manos de Draco la colocaron el collar y cerraron el broche. La chica miró hacia abajo: la esmeralda descansaba en su escote, justo en el trozo de piel que el jersey dejaba al descubierto y emitía un tenue resplandor. Sintiendo la piel erizada de Hermione, Draco recorrió con los labios el camino de su mandíbula a su clavícula, buscando ofrecerle algo de calor: la acercó aún más a él hasta que la espalda de ella estuvo pegada a su pecho y prosiguió la línea que describía su boca hasta terminar mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Hermione echó la cabeza hacia atrás apoyándola en su hombro y emitió un quedo suspiro, abrumada por las sensaciones, sintió la sonrisa de Draco curvándose contra su oreja y, desconcertada, siguió la dirección de su mirada: el brillo de la esmeralda aumentaba en intensidad. Entonces le miró a los ojos y le sonrió de vuelta, sus miradas prendidas en un instante infinito hasta que, de repente, la bruja cayó en la cuenta.
–¡Oh, mierda, Draco! No sabía… –se dio la vuelta para enfrentarlo y su expresión de apuro se acrecentó–. Yo no creía que tú… No pensé que fuéramos a celebrar la navidad… ¡No te tengo ningún regalo! Yo…
La piedra se fue apagando: Hermione se sentía fatal; en todas esas semanas, no se había parado a pensar, ni por un solo instante, en la llegada de la navidad, ni mucho menos había creído que hubiera intercambio de regalos. Pero Draco sí había pensado en ella, se había tomado su tiempo en buscarle un regalo precioso, con un significado especial y ella no tenía nada para darle de vuelta. Poco a poco, Hermione iba conociendo los demonios de Draco: sus deseos de sentirse amado y cuidado por alguien y cuando por fin tenía la oportunidad de demostrarle que él la importaba, fracasaba estrepitosamente.
–Shhh, está bien –Draco la abrazó por la cintura. Últimamente, estar allí, entre sus brazos se estaba convirtiendo en su lugar favorito del mundo–. Está bien… estamos bien, el simple hecho de que estés aquí es un regalo para mí.
Hermione lo miró: sus ojos grises brillaban como estrellas en el cielo y de pronto, la idea se abrió paso en su mente.
–Hay algo… que sí te puedo regalar. ¡Vamos!
Hermione le tomó de la mano y le arrastró por los pasillos de la Mansión hasta el inmenso portón de entrada. Draco la siguió, confuso; era complicado sustraerse a una fuerza de la naturaleza como Hermione Granger. Ella no se detuvo allí y salió a la explanada de hierba frente a la puerta.
–Ven, Draco.
Se detuvo en un punto central del espacio despejado y extendió ambas manos hacia él. Draco la tomó entre las suyas y la miró intensamente: no tenía ni idea de lo que Hermione se proponía pero en los últimos tiempos, se había abierto paso a través de sus defensas, de forma que ahora confiaba en ella con su vida.
–Prepárate para la aparición.
Sus ojos se abrieron como platos.
–¿¡Tú estás loca!? –alzó la voz–. ¡Estoy vigilado por el Ministerio, no puedo aparecerme así como así! ¿Quieres que termine de verdad en Azkaban?
–Relájate, no nos vamos a aparecer muy lejos: el Ministerio no tiene jurisdicción en Francia. Además, está demasiado ocupado buscando a un asesino en serie como para preocuparse sobre adónde va una pareja de veinteañeros la tarde de navidad.
Draco la miró con recelo, pero afianzó sus agarre en sus manos. Hermione le acarició el dorso con los pulgares.
–Está bien ¿de acuerdo? –le rozó la mejilla con los labios por encima de la cicatriz-. Si hay algún problema, asumiré toda la responsabilidad, diré que te secuestré contra tu voluntad.
Draco arqueé una ceja.
–Créeme, si alguno de los dos encaja con el perfil de delincuente secuestrador, no eres tú precisamente, Granger, pero ¡adelante!
Los dos cerraron los ojos con fuerza y a los pocos segundos, sintieron el familiar tirón de la desaparición. Cuando sus pies tocaron el suelo y Draco abrió los ojos, se encontró en una zona de campo abierto; el cielo estaba pintado con los tonos rosados del atardecer y, a lejos, se veían lucecitas de colores verdes, blancas y amarillas que titilaban alternativamente. Hermione se situó a su lado y él estaba a punto de preguntarle dónde diablos estaban cuando…
–¡Granger, al suelo! –la derribó a tierra y él se tendió a su lado, tratando de protegerla con su cuerpo. Sobre sus cabezas, un estruendo atronador hendió el silencio de la campiña francesa y el suelo tembló bajo ellos. Malhumorado, Draco observó como Hermione se retorcía por el suelo, ahogada por las carcajadas al ver su cara de susto. En cuanto se percató de su expresión enfurruñada, la bruja hizo un gesto con la barbilla hacia él y miró hacia el cielo.
–Mira para arriba, anda.
Perplejo, Draco siguió la dirección de su mirada y lo que vio le dejó sin aliento. Hasta entonces, la relación de Draco con los aviones se había limitado a los libros de aeronáutica y a aquellos puntitos diminutos que sobrevolaban los terrenos de la Mansión. En su imaginación, un avión de cerca debía de asemejarse a una especie de autobús sin alas. Estaba equivocado. En la vida real, un avión era lo más parecido a un dragón metálico, sus motores bramando en el momento del despegue, el olor a queroseno inundando sus fosas nasales, la sombra de las inmensas alas proyectándose en la tierra. Se quedó sin habla un buen rato, observando la aeronave remontar el vuelo, hasta convertirse en un destello diminuto remontando las nubes.
–¿Qué es este lugar, Granger? –musitó al fin, aún sentado sobre la hierba.
–Estamos en el aeropuerto internacional de Dijon: probablemente, la mayor parte de aviones que sobrevuelan la mansión despegan o aterrizan desde aquí.
–Es… impresionante.
–Sí que lo es ¿verdad? Estamos en el área restringida a empleados, pero no te preocupes he lanzado un hechizo de camuflaje, así que no pueden vernos. Normalmente pocas personas pueden estar tan cerca –Hermione lo abrazó desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro–. Siento no haberte comprado ningún regalo, espero que la experiencia lo compense de algún modo.
–Bueno, yo tampoco te compré nada… Estrictamente hablando, el collar proviene de la colección de joyas que los Malfoy salvaguardaron en Francia, así que, en realidad, no me ha costado nada.
Hermione tragó saliva. La hermosa esmeralda que en aquellos momentos reposaba sobre su esternón era una de las legendarias joyas de los Malfoy. Y Draco se la había regalado. A ella. Él seguía mirando al frente, hipnotizado. Por la pista de despegue, guiado por pequeñas luces verdes se aproximaba otro avión, tomando velocidad hasta que las ruedas dejaron de tocar el suelo. Por fin, se reclinaron sobre la hierba, Hermione apoyada en el pecho de Malfoy, los dos mirando al cielo, pero los pensamientos de cada uno volaban en una dirección.
–¿Sabes? –dijo ella en un momento de calma, cuando el trasiego aéreo se había reducido considerablemente–. Cuando todo esto acabe y el Ministerio te conceda el salvoconducto, podrías ir en avión a cualquier sitio que desees.
–Tal vez –murmuró él, que jugueteaba enredando el dedo con uno de sus rizos.
–¿No te gustaría? –inquirió ella, sorprendida por su falta de entusiasmo.
–¿Vendrías conmigo? –Draco se incorporó un poco y se inclinó hacia ella para poder mirarla a la cara.
–Sí, si tú quisieras –«Te acompañaría al fin del mundo».
–Entonces iremos, Granger, iremos donde tú quieras.
Y se inclinó para besarla, colándose en el hueco entre sus piernas. Y no dejaron de besarse durante un buen rato. Y allí, sobre la hierba, junto a las pistas del aeropuerto internacional de Dijon, la esmeralda emitió un brillo cegador, y muchos pilotos se inquietaron por la potente luz que vieron desde sus cabinas.
N/A: Y hasta aquí por hoy, ¿comentarios, dudas sugerencias? Trataré de ir actualizando a lo largo de julio y agosto.
Espacio para publi reportaje: el finde pasado escribí un Oneshot algo "calentito", por si os queréis pasar. Mañana será otro día está en mi perfil, los demás anuncios y actualizaciones en la página de FB.
¡Buen finde!
