N/A: Y aquí estoy una semana más, se que ha pasado mucho tiempo, que el hiatus de esta historia duró demasiado y que much s dudabais si alguna vez la terminaría pero ¡aquí estoy! Infinitas gracias a las que no habéis perdido la esperanza y continuáis leyendo, menciones especiales para NoraCg (¿después de todo este tiempo?), HambrePresente, Mickky, Marie Salazar y Ali TroubleMaker por tomarse su tiempo para escribir un review!
Buenas noticias: el fin de semana pasado me atacó un súbito arrebato de inspiración y terminé por escribir los capítulos restantes de este fic, después de éste de hoy, sólo quedarían 3 más que publicaré cada viernes hasta el 4 de agosto (más un mini-epílogo).
Y creo que nada más, que me da un poco de vergüenza publicar este capítulo, pero al mismo tiempo, me lo he pasado muy bien escribiéndolo, así que espero que lo disfrutéis tanto como yo!
Lo que esconde tu interior
XX
Toppy recorría el comedor silbando una melodía ligera, mientras pasaba el plumero por toda superficie libre que encontraba a su alrededor. Apoyado en la repisa de la chimenea con gesto aparentemente indolente, Draco golpeaba rítmicamente el suelo con la puntera de su zapato, impecablemente lustrado. Ninguno de los dos estaba contribuyendo a calmar el nerviosismo de Hermione, que se mordisqueaba una uña y consultaba cada cinco segundos el avance de la aguja del reloj. Solo faltaba un minuto.
Kingsley Shacklebolt, Ministro de Magia de Gran Bretaña les había convocado aquella misma mañana, mediante una misiva enviada por lechuza urgente, a una reunión a través de la red flu. Hermione se temía lo peor: tal vez los efectos de la maldición fueran irreversibles o, Merlín no lo quisiera, el estado de Harry había empeorado aún más. Por fin, el reloj dio las cinco campanadas y, cuando aún vibraba en el aire el eco de la quinta, una llamarada púrpura estalló en la chimenea. Acto seguido, la cabeza de Kingsley apareció en el hueco rodeada por volutas de humo. Una vez se hubo despejado el humo, Malfoy no varió ni un ápice su expresión, como si tener a un ministro de visita en su chimenea fuera algo que le ocurriera todos los días. Por su parte, siempre el perfecto mayordomo, atento al más ínfimo detalle de etiqueta, Toppy se retiró discretamente.
–¡Ministro! –Hermione se arrodilló enseguida frente a las llamas, y Draco, refunfuñando algo parecido a «Encima tendré que rendir pleitesía a los cabrones del Ministerio en mi propia casa», se situó junto a ella–. ¿Por qué tanta urgencia? ¿Cuáles son las noticias que tiene que darnos?
–Buenas tardes a los dos –el Ministro miró a Hermione con una expresión bastante similar al afecto paternal, que se endureció considerablemente al posar los ojos en Malfoy. Emitió un ligero carraspeo antes de proseguir– La situación sigue siendo mala, pero tranquila, no vengo a comunicarte ninguna noticia que revista especial gravedad, Potter sigue estable –la bruja suspiró aliviada–. Sin embargo, si tengo que contaros algunos avances importantes en la investigación –Draco se irguió, repentinamente interesado–. Hasta ahora, habíamos estado trabajando bajo la premisa de que la maldición privaba de los sentidos de sus víctimas, como si fuera absorbiendo todas sus capacidades de percepción.
–Así es –intervino Draco por primera vez–, por eso hasta ahora, hemos añadido como potenciadores de la poción elementos estimulantes sensoriales.
–Pues estábamos equivocados –admitió Kingsley–. Los inefables se pusieron a trabajar con vuestra teoría de la magia primigenia y las maldiciones de castigo y después de una minuciosa investigación, han encontrado papiros arcaicos que describen una maldición sospechosamente similar en el antiguo Egipto.
Hermione se sentía emocionada: así que su pista había terminado siendo correcta; el origen de todo estaba en la magia primigenia de la que le había hablado el abuelo Abraxas, que se remontaba al Egipto de los faraones, ni más ni menos. Quizás allí también se encontrara la clave para romperla.
–¿Qué más datos tenéis de ella? –preguntó, interesada, muy a su pesar de que algo tan horrible le generara tal grado de fascinación.
Draco la miró sonriendo burlonamente, aquella mueca que, en otros tiempos estaba cargada de malicia, poseía ahora un poso de cariño que Hermione había aprendido a reconocer.
–Pues que hicimos el planteamiento al revés: no es una maldición de privación tal y como pensábamos, sino de acción: actúa como una especie de velo negro de vacío y oscuridad que va envolviendo poco a poco a la víctima hasta anularla completamente.
–Pero entonces, ¡llevamos meses trabajando en vano! –se lamentó la bruja.
–No tanto –meditó Malfoy, hablando más para sí mismo, mientras se tocaba la cicatriz pensativamente–. Hasta ahora, hemos trabajado con ingredientes que actúan principalmente con los sentidos, pero desde la hipótesis de que un agente externo los estaba inhibiendo. Ahora, sabemos que, sencillamente, están siendo enmascarados por una fuerza oscura. ¿Recuerdas cuál fue el remedio cuando te atacó el basilisco, Granger?
–Una decocción de raíz de mandrágora ¿por qué…? –entonces, el rostro de Hermione se iluminó al comprender la idea de Malfoy–. No tenemos que hacer grandes cambios en los ingredientes de la poción, ¡simplemente bastaría con sustituir los estimulantes sensoriales por la raíz de mandrágora!
–Exacto –Draco mostraba una expresión satisfecha al comprobar que ambos habían llegado a la misma conclusión.
Por su parte, el Ministro Kingsley había seguido todo el intercambio como si de un partido de tenis se tratase, mirando alternativamente de uno a otro.
–Y bien, veo que acaban de dar con la solución.
–Ministro, es importante que entienda una cosa –el rostro de Draco estaba muy serio, su voz sonaba con un aplomo y una seguridad que Hermione no pudo dejar de admirar–. Esta poción no deja de ser un remedio provisional, un parche que impedirá que los efectos de la maldición avancen, pero no es la solución definitiva. Deben encontrar al culpable y acabar con esa maldición antes de que el pánico se adueñe de Gran Bretaña.
No habían vuelto a mencionar el tema, pero Hermione se preguntó si, parte del interés de Draco por terminara con la maldición se debiera al estado de Zabini. Él le había dicho que ya no eran amigos, pero ella les recordaba de adolescentes, por los pasillos de Hogwarts, riéndose a carcajadas y planeando mil trastadas. Era imposible mantenerse indiferente ante el hecho de que a una persona con la que habías compartido tantos momentos, le sobreviniera aquella desgracia.
–Lo sé, señor Malfoy, y descuide, estamos haciendo todo lo que está en nuestro poder. Por su parte, confío en que sean conscientes de que esta información es estrictamente confidencial y que no debe salir de estas cuatro paredes –Shacklebolt había vuelto a adoptar el tono de implacable Ministro de Magia–. Comuníquennos tan pronto como la poción esté lista y enviaremos un traslador internacional. Dada su singular situación, señor Malfoy, sólo la señorita Granger está autorizada a volver a Gran Bretaña con la fórmula. Una vez que confirmemos su efectividad, expediremos su indulto en las condiciones que acordamos en su momento. Y ahora… si no tienen más que decir, el tiempo apremia.
–Gracias, señor ministro.
Las llamas ya comenzaban a envolver de nuevo a Shacklebolt, cuando éste volvió a hablar.
–Y… señorita Granger, cuídese mucho.
Pero no miraba a Hermione cuando lo dijo, sino a Draco.
La siguiente semana trabajaron prácticamente sin descanso: bajaban muy temprano al laboratorio y pidieron a Milllie que les llevara allí la comida para evitar perder más tiempo del estrictamente necesario subiendo y bajando al comedor. También suspendieron las tardes de estudio en la biblioteca, al fin y al cabo, su principal objetivo había sido recabar información sobre la magia primigenia y, con el descubrimiento de los inefables, esto se había convertido en una tarea innecesaria.
Después de jornadas laborales de más de catorce horas, ambos llegaban al dormitorio extenuados con fuerzas únicamente para darse una ducha y caer rendidos en la cama. Aquella nueva dinámica, hacía que Hermione echara de menos los besos de Draco: más allá del algún roce ocasional al pasarse algún instrumento o alguna caricia furtiva al despedirse en el pasillo, el trabajo les tenía tan embebidos que habían reducido el contacto físico al mínimo. Pero había noches en las que, pese al cansancio, cuando apoyaba la cabeza en la almohada y cerraba los ojos, Hermione no podía evitar conjurar en su imaginación a Draco, recordar el tacto de sus labios, la sensación de sus dedos explorando todos los rincones de su cuerpo y entonces, introducía una mano bajo su ropa interior e imaginaba que la mano era la de él y buscaba su placer hasta quedarse profundamente dormida.
Y por fin un día…
–¡La tenemos! –Draco dejó caer el cucharón con el que había estado revolviendo el pequeño caldero y contempló con satisfacción la muestra de la poción, que había adquirido un agradable tono dorado y una textura ligeramente viscosa.
Hermione resopló y se apartó un mechón rebelde de la frente.
–Bueno pues sí, parece que las horas de trabajo por fin dan su fruto.
Después de dejar la poción prácticamente lista la noche anterior, Hermione escribió a Kingsley solicitando el envío del traslador. Habían dedicado aquel día a calentarla a distintas temperaturas, hasta que lograron darle el punto de cocción perfecto.
–Ya sólo nos queda rellenar una docena de viales de muestras y, junto con la fórmula pasada a limpio, se los puedes llevar a tus amiguitos del Ministerio –Draco se dirigió al lavabo y se lavó las manos con la minuciosidad que ponía en todo lo que hacía, sin dirigir apenas una sola mirada a Hermione.
La chica estaba sorprendida; había imaginado aquel momento muchas veces, el instante en que sus esfuerzos llegaban a su culminación y conseguían elaborar la poción exitosamente. En su imaginación, el momento siempre terminaba igual: con Draco besándola apasionadamente e insinuándole maneras más… carnales de celebrar su triunfo. En ninguna de sus fantasías, Draco se comportaba con la frialdad con la que la trataba en ese momento.
–Bueno pues… supongo que ya podemos volver arriba. –«Brillante ejercicio de elocuencia, Hermione». Draco subió las escaleras sin decir nada y para cuando llegaron arriba, la situación había terminado de exasperarla.
–¡Bueno! ¿Pero se puede saber qué te pasa a ti ahora?
Cuando Draco se volvió para encararla, se la encontró con el ceño fruncido y las manos en las caderas, en una pose que hubiera hecho sentirse orgullosa a la señora Weasley.
–A mi no me pasa nada, ¿por qué habría de pasarme algo? –había vuelto a cubrirse con la máscara de impasibilidad que a Hermione tanto le había costado quitarle.
–No sé, dímelo tú, llevamos meses trabajando en un proyecto, dejándonos el alma y la piel y parando lo justo para comer y dormir. Ahora que por fin conseguimos lo que tanto tiempo llevábamos buscando, vas tú y te comportas como, como…
–¿Cómo qué?
La expresión de Draco se mantuvo imperturbable, lo que acabó sacando a Hermione de sus casillas.
–¡Como un idiota consumado!
Y antes de que tuviera la oportunidad de arrepentirse, Hermione pasó a la política de hechos consumados, se aferró a la tela de su camisa y estampó sus labios contra los suyos. Al principio, notó cierta resistencia por parte de Draco, pero poco a poco, fue depositando besitos a lo largo de su labio inferior, hasta que venció su obstinación y él se entregó por completo: emitió una especie de gruido y abrió la boca para ella, permitiéndola profundizar el beso, al tiempo que la aferraba de las caderas y las restregaba contra las suyas. Hermione hundió las manos en su pelo y lo atrajo contra ella, deseaba tenerlo contra su cuerpo, como si fuera una pegatina. El beso fue volviéndose más apasionado, más salvaje, prácticamente obsceno para cualquier observador externo. Por suerte, pensó Hermione, tenían la Mansión para ellos solos y dudaba que Millie o Toppie se atrevieran a interrumpir un momento así. Mientras, Draco siguió besándola en la mandíbula, el cuello, y luego se separó para tomar un poco de aire, manteniendo las manos a ambos lados del rostro de Hermione.
–No quiero que te vayas… –musitó entrecortadamente, pegando su frente a la de ella.
–¿Qué?
–No quiero que te marches a Londres y me dejes. Sin ti, esto volverá a ser… la muerte en vida.
Hermione inspiró hondo, impregnándose de su aroma.
–Vine para cumplir una misión y no puedo dejarla a medias… Hay muchas personas que dependen de nuestra ayuda.
–Soy un jodido egoísta miserable, ya lo sabes. Te quiero aquí. Conmigo.
–Volveré, Draco –le acarició con suavidad los cabellos de la nuca, tratando de consolarlo–. Cuando entregue la poción y me asegure de que se administra adecuadamente, volveré por ti, te lo prometo.
Se puso de puntillas y volvió a besarlo, con más dulzura esta vez, intentando aprenderse cada matiz de su sabor, cada depresión de su boca…
–Mientras tanto –susurró Hermione–. Tenemos algo que no nos puede arrebatar nadie –sintió que se derretía ante la intensidad de la mirada de él–. Tenemos esta noche.
Como un sonámbulo, Draco se dejó llevar a través del corredor hasta el dormitorio de Hermione. Luego, ella le guió dentro y cerró la puerta a sus espaldas. Draco se quedó muy quieto en el centro de la habitación, con los brazos caídos a ambos lados de su cuerpo, a la espera. La bruja se situó frente a él y, sin dejar de mirarlo a los ojos, se sacó la camiseta por encima de la cabeza, dejándola caer al suelo. Luego, desabrochó el botón de sus vaqueros y los bajó por sus muslos, hasta que hicieron compañía a la camiseta. Terminó por deshacerse de los zapatos, quedándose frente a Draco Malfoy, con únicamente dos prendas separándola de la desnudez absoluta.
Percibió que Draco tragaba saliva por el movimiento de la nuez en su garganta. Por fin, sin moverse de su sitio, él se atrevió a extender un brazo y tocó con el dedo índice su labio inferior. Seguidamente, con ese mismo dedo, describió un camino descendente, por su cuello, el valle entre sus pechos, su vientre, hasta que se detuvo en el borde mismo de sus bragas. Después, recorrió el mismo camino en sentido inverso, Hermione exhaló una bocanada de aire y él la aprovechó para colar el dedo en su boca; la bruja respondió succionándolo y Draco dio un paso más.
Fue entonces el turno de Hermione de extender el brazo hacia él: desprendió un botón de la camisa, otro, otro, hasta que estuvo totalmente abierta. El siguiente paso lo dieron los dos a la vez, hasta que sólo un palmo de distancia los separaba; Hermione se inclinó hacia delante y besó su pecho, cubierto de una telaraña de cicatrices blanquecinas, Recuerdo del sectumsempra de Harry en sexto año, supuso. Draco enredó una mano en su melena y la instó a alzar la cabeza, para poder besarla a placer.
–¿Qué quieres de mí, Granger? –murmuró entre dientes–. Me tienes en tu poder.
–Todo –respondió la chica sin dudar, al tiempo que empujaba la camisa sobre sus hombros hasta el suelo.
Draco emitió una maldición entrecortada y la guió hacia atrás, hasta que la parte posterior de las rodillas de Hermione chocó contra el borde de la cama. Ella se dejó caer, hasta quedar tendida boca arriba, con las piernas colgando por un lado. Draco se arrodilló frente a ella, atrapó uno de sus tobillos y recorrió con los labios el camino desde el empeine del pie hasta la parte superior del muslo. Hizo lo mismo con la otra pierna y después, se irguió un poco, hasta reanudar el camino de besos en el ombligo. La respiración de Hermione se iba volviendo cada vez más arrítmica y superficial y, cuando la boca de Draco llegó a sus costillas, se le escapó una exclamación entrecortada.
–¿Alguna petición especial, Granger?
Hermione se moría de la vergüenza, pero fueron ojos, en los que el deseo había hecho que la pupila engullera por completo el gris de su iris, los que la motivaron a responder.
–Qu…quítamelo.
Draco pareció comprenderlo a la primera, porque coló una mano por su espalda y, con un movimiento hábil, desprendió el cierre de sujetador. Hermione se desenredó rápido de los tirantes y pronto quedó ante él, expuesta y vulnerable. Draco se quedó unos segundos mirándola, luego pestañeó, como si deseara desprenderse de la sensación de que todo aquello era un sueño y en cualquier momento despertaría. Cuando finalmente pareció convencerse de que era real, se inclinó lentamente hacia ella, sin dejar de mirarla a los ojos. Acarició con su mejilla un pecho y a Hermione se le antojó una sensación rara: la barba que ya empezaba a insinuarse en su rostro después de todo el día se sentía rasposa contra su piel sensible. Luego, procedió a succionar tal y como ella había hecho momentos antes con su dedo y a Hermione se le olvidó todo. Tan perdida estaba en las sensaciones, que fue levemente consciente de que su mano serpenteaba por su tripa y se apoyaba en su pubis, por encima del algodón; dejando claras las intenciones pero sin atreverse a ir más allá. Hermione abrió un poco más las piernas y se dejó llevar al lugar que Draco quisiera mostrarle: él se tornó más audaz, colando la mano dentro de las bragas, lo que la chica aprovechó para aferrarse a su cuello y exigirle un beso. Estuvieron unos minutos así, suspendidos en un momento indefinido, besándose, con los dedos de Draco explorando su entrepierna. Una vez que Hermione sintió su hambre algo más saciada, separó sus labios de los de él y lo miró a los ojos.
–Draco, no vas a ser solamente el primero en besarme ¿sabes?
–¿Eh? –la sangre de Draco tenía dificultades para llegar a su cerebro, porque la mayor parte estaba acumulada en el sur, tal y como lo atestiguaba el bulto que insistentemente se presionaba contra el vientre de Hermione.
–Qué no he hecho esto nunca.
–¿Quieres que pare?
–¡NO! –respondió Hermione, tal vez con demasiado ímpetu–. Sólo… ten cuidado.
Draco volvió a besarla, con ternura esta vez y usó las dos manos para quitarle la última prenda que le quedaba. Ella lo acunó entre sus piernas y siguió besándolo, tanteando con los labios, una vez más, la textura de sus cicatrices, el tendón de su cuello, mientras sentía que sus caricias la iban humedeciendo cada vez más.
–Draco…
–¿Mmmhh?
–¿No llevas demasiada ropa?
Lo sintió sonreír contra sus labios y Hermione casi lamentó haber hablado cuando vio que él se separaba de ella y se levantaba de la cama. Lo contempló, con los ojos muy abiertos, desabrochar la hebilla de su cinturón, la cremallera de los pantalones y dejarlos caer al suelo; después se quitó los zapatos y se quedó frente a ella, únicamente con los calzoncillos puestos. Él le devolvió la mirada, arqueando una ceja, y Hermione asintió, tragando saliva. Acto seguido, Draco Malfoy se mostró ante ella, totalmente desnudo.
Hermione era una joven curiosa, le gustaba mantenerse informada, leía y había estado conviviendo en una tienda de campaña con dos chicos adolescentes durante casi un año, así que difícilmente el pene de Draco era el primero que veía en su vida –tampoco podía presumir de ser una experta en la materia–, pero verlo así, en completa erección, duro por ella, era desde luego… intimidante.
Él debió de presentir su inquietud porque se quedó quieto, estático en el sitio, sin atreverse a avanzar hasta que Hermione alargó la mano hacia él. Volvió a tumbarse, esta vez, de costado junto a ella y la rodeó la cintura con el brazo. Se besaron hasta que Draco sintió que, poco a poco, ella volvía a relajarse y entonces, reanudó las atenciones en su sexo. Se dedicó a extender la humedad e introdujo un dedo tentativamente en su canal apretado. Hermione emitió un gemido placentero, lo que lo animó a ir más allá y metió otro dedo, mientras con el pulgar describía círculos sobre el clítoris. Hermione se retorció contra él, escondió su rostro en el hueco entre su rostro y su cuello, al tiempo que le susurraba al oído «Más». Draco aceleró el ritmo, dejándose guiar por sus jadeos, cada vez más frecuentes, y por el movimiento de sus caderas, que se contoneaban contra sus dedos. Por fin, sintió que Hermione tensaba sus muslos y que sus músculos internos se contraían y entonces… se dejó ir. Se quedó quieta unos minutos, recuperando el aliento y él aprovechó para acariciarle el pelo. Luego, cuando el rostro de Hermione salió de su escondrijo en su cuello y vio que lucía una sonrisa serena y satisfecha, volvió a ofrecerle una salida.
–Escucha, Granger, podemos dejarlo aquí e, igualmente, me consideraré el tipo más afortunado del mundo. Yo…
Pero no le dejó terminar, porque, como la leona que era, lo empujó hasta que Draco quedó de espaldas, boca arriba en la cama y luego ella se subió encima, a horcajadas sobre sus caderas.
–Muéstrame que debo hacer.
Pese a que estaba en una situación muy precaria, con Hermione sentada justo encima de su polla, tan dura que la sentía a punto de explotar, Draco no pudo evitar reírse ante la situación. Hermione Granger: siempre la alumna aplicada, ansiosa por aprender cosas nuevas. Draco la aferró de las caderas y la guió con suavidad hasta que ella quedó justo encima de su miembro.
–Ahora, móntame, despacio…
Maravillado, observó cómo, lentamente, se dejaba caer sobre él. Deseó tener un pensadero a mano para poder guardar el recuerdo para siempre. Pasados unos segundos, notó su incomodidad en el gesto de que arrugar el ceño y se morderse los labios, y Draco detuvo su movimiento descendente.
–Shh… Tranquila, no hay prisa –llevó una mano de su cadera a su clítoris y volvió a acariciarla suavemente, al ritmo que había descubierto que le gustaba. Lentamente, percibió que sus músculos internos se aflojaban y la permitió seguir moviéndose–. Eso es, Granger, encuentra tu propio ritmo.
Ella siguió bajando, acompañándose de movimientos rotatorios y Draco tuvo que solicitar el auxilio de su imaginación y figurarse a McGonagall desnuda para no correrse en el minuto uno.
Joder.
Aquello dolía más de lo que ella inicialmente había previsto. En esos momentos Hermione agradeció la consideración de Malfoy, que la guiaba desde abajo, de forma que le cedía a ella el control absoluto. Poco a poco, fue encontrando un ritmo agradable: la sensación de sentirse llena de él, sumada a las caricias de sus dedos, provocaban que el dolor fuera transformándose en placer. Debajo de ella, Malfoy no dejaba de mirarla; sus ojos grises transmitían tal cúmulo de cosas que la entraban ganas de llorar; así que se movió hacia delante, buscando sus labios. Draco correspondió con ganas y luego dejó vagar sus labios por todos los lugares que encontraba a su alcance: sus mejillas, su cuello, sus pechos… Fue así, con él mordisqueando su pezón, cómo Hermione sintió aproximarse el segundo orgasmo de la noche.
–Draco, voy a…
–Déjate ir, Granger, quiero ver cómo te corres con mi polla dentro de ti.
Esas palabras, sumadas a una caricia en un punto especialmente sensible, fueron las que la empujaron por el precipicio.
Vio un resplandor blanco y luego… nada.
Cayó desplomada sobre su pecho, laxa y sin fuerzas. Hermione sintió que él alzaba las caderas al encuentro de las suyas, después de varias estocadas erráticas, se derramaba en su interior. El orgasmo de Draco provocó deliciosas réplicas en su cuerpo, aún tembloroso, y clavó los dedos es sus bíceps, intentando impregnarse de los últimos coletazos de placer.
Ninguno de los dos dijo nada después. Se quedaron quietos, en la misma postura en la que habían terminado, sintiendo el contacto de sus pieles pegajosas por el sudor. Progresivamente, sus respiraciones se ralentizaron y el ritmo de sus latidos se volvió regular, Draco hundió la nariz en su pelo y la estrechó contra su cuerpo con fuerza, pero no dijo nada. Cuando ya creyó que él se había quedado dormido, Hermione murmuró al silencio de la habitación.
–Volveré por ti, Draco, te lo prometo.
Hermione despertó cuando aún no había amanecido. Los brazos de Draco rodeaban su cintura, en un agarre fuerte como unas tenazas. Por si el ritmo pausado de su respiración no era suficiente, echó un vistazo a su rostro y comprobó que aún dormía. Parecía mucho más joven cuando estaba dormido: en su rostro no quedaba signo alguno de las preocupaciones y la tristeza que le inundaban a la luz del día. Cuidadosamente, evitando despertarle, Hermione se desasió de su abrazo y corrió a la ducha; lanzó un hechizo silenciador –quería que su marcha fuera lo más discreta posible– y, con algo de pesar, eliminó de su cuerpo todo rastro de sus actividades de la noche anterior. Le hubiera gustado conservar en su piel el olor de Draco para recordarle cuando estuviera en Londres. Luego se vistió rápidamente y tomó una bolsita que había guardado celosamente en el armario del baño: dentro se encontraba el traslador remitido por Kingsley que la llevaría directa de vuelta a Gran Bretaña.
Por un momento, volvió a reconsiderar su decisión: podía salir, despertar a Draco y tener una despedida cálida y apasionada. No obstante, Hermione odiaba las despedidas y ésta sería dolorosa para ambos. Cuando desmemorizó a sus padres tuvo la misma tentación: abrazarlos una última vez, decirles que habían sido los mejores padres del mundo y que los amaba con locura, pero sospechó que, si hacía eso, sería incapaz de despedirse. Ahora se hallaba en la misma tesitura: deseaba con todas sus fuerzas despertar a Draco, hacer de nuevo el amor con él y decirle adiós; querría acurrucarse contra su cuerpo y quedarse allí los dos, en aquella mansión aislada del resto del mundo, para siempre.
Se miró el espejo, inspiró hondo y, con un poco más de resolución, oprimió la bolsita entre sus dedos. Tiró del cordoncito que la cerraba y extrajo su contenido: un lapicero de madera rematado con una gomita de borrar. Sin pararse a pensarlo dos veces, Hermione apoyó la yema del dedo en la gomita y sintió el desagradable tirón en el estómago de la desaparición por traslador.
N/A: Y hasta aquí por hoy ¿qué os ha parecido? Me sigue haciendo infinita ilusión recibir reviews. 3
El viernes que viene capítulo XXI, nos alejamos del tema romántico y, poco a poco, se irán desentrañando todos los misterios. A lo largo de la semana trataré de publicar algún adelanto en FB. (Se avecina dra-ma).
Buen Fin de Semana
