N/A: Y llegamos al penúltimo capítulo, donde toda la intriga se resuelve. Me ha hecho mucha ilusión leer vuestras teorías y por dónde pensabais que irían los tiros...

Millones de gracias a todas las que seguís al pie del cañón con esta historia y a las que se han ido sumando a lo largo del camino, súper gracias a las que habéis dejado reviews en el último capítulo: Alejandra Díaz, pelusa778, Ashaya, Ali Troublemaker, Nora Cg, CeciliaMdza, Mickey, AMATISTE, Yuishi007 (bienvenida!) y Majo. Vuestras palabras son una inyección motivadora.


Lo que esconde tu interior

XXII

Por suerte a aquellas horas –era bastante avanzada la madrugada– los pasillos del Ministerio estaban bastante vacíos. En su camino sólo encontraron a algunos trabajadores de limpieza o mantenimiento pero, para asegurarse, Ron le lanzó a Draco un hechizo de camuflaje. Dado que no era su especialidad, cualquiera que se fijara bien, hubiera visto un destello platino recorriendo el pasillo, ahí donde debía situarse el cabello de Draco.

Finalmente, llegaron a un inmenso portalón reforzado con remaches de hierro. Un cartel a la derecha rezaba «Almacén de objetos prohibidos»

–Pues parece que hemos llegado –resopló Ron– ¿Qué sugieres que hagamos ahora, genio?

–Supongo que no nos resultará fácil entrar…

–Pues no –declaró Ron–. Según mi padre, sólo funcionarios del Ministerio de alta graduación tienen autorizado el acceso.

–Habrá que pensar en algo.

–¿Me estás diciendo que después de todo no tienes ningún plan, Malfoy?

–Pues no, Weasley, disculpa, tal vez a tu dura cabeza le resulte complicado entenderlo pero, no, dentro de los planes que tenía previstos para hoy, no entraba que me encerraran…

En el fragor de la discusión, ninguno de los dos fue consciente de que el hechizo de camuflaje de Malfoy comenzaba a perder su efecto, hasta que, una voz algo burlona los interpeló directamente.

–Vaya, vaya, vaya… ¿a quién tenemos aquí? Parece que nuestro ilustre prisionero ha volado del nido…

Plantado en mitad del pasillo, con las manos en los bolsillos y una expresión de enorme satisfacción, se encontraba Dennis Creevey, secretario del Ministro de Magia.

–¡Dennis! –exclamó Ron, sorprendido– ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas de baja laboral. Me dijeron que te había alcanzado la maldición, que no podías ver…

–La gente dice muchas cosas, Weasley, no deberías creerte todo lo que te cuentan… –sin abandonar por un instante su expresión afable, Dennis se acercó a Draco–. Y ahora, Malfoy, extiende las manos, te voy a devolver al agujero del que te has escapado.

Sin saber muy bien qué hacer, Ron se sintió forzado a intervenir:

–No es necesario, de verdad, Dennis, ya lo llevaba yo al Cuartel de Aurores…

–Weasley, Weasley, Weasley –canturreó el secretario– parece que hay algo que aún no comprendes bien: no pintas nada en este Ministerio ¿sabes? Puede que tú papá trabaje aquí y que el estirado de tu hermano se haya convertido en un pez gordo, pero tú no eres más que un simple tendero. Abandonaste la Academia, ¿recuerdas?

Ron se quedó parado en el sitio, estupefacto, no reconocía en aquella manera de dirigirse a él, grosera y maleducada, al Dennis Creevey que conocía desde que era un niño, siempre dulce y apocado. Mientras tanto, Draco observaba el intercambio extrañado, había algo que no encajaba.

–Dennis ¿te encuentras bien?

–Me encuentro perfectamente, Weasley, pero ha quedado bien claro que esto no va contigo –Dennis sacó su varita de la túnica negra y apuntó hacia Draco–. Ahora, Malfoy, extiende las manos, muy despacio…

Draco obedeció. Lentamente, extendió las manos, con las palmas hacia arriba, sin dejar de mirar a Dennis. Algo iba mal, terriblemente mal, pero no alcanzaba a deducir dónde estaba el… Entonces la vio: en la uña del pulgar con el que Dennis sostenía la varita, muy pequeña, pero demasiado característica.

–Es él, Weasley –afirmó Draco.

–¿De qué estás hablando? –como lo veía de perfil, Ronald no fue captar la expresión de alarma en los ojos de Dennis, pero a Draco no se le escapó.

–Es él –repitió–. Mira su uña, está teñida de azul índigo, seguro que se manchó al manipular el veneno. El acónito en polvo tiene ese color tan particular y es muy difícil de eliminar, se manchó al manipular la poción y ha sido incapaz de limpiarlo.

–Jajaja, Malfoy –Denis emitió una carcajada seca, impostada–. Hay que reconocer que aunque cobardes, los slytherin tenéis una imaginación pasmosa, sois capaces de inventar cualquier cosa con tal de salvar el pellejo…

–Weasley, él es el culpable y lo tenemos delante de nuestras narices, tienes que detenerlo.

La duda se leía en los ojos de Ron que, en medio de ambos, no sabía por quién decantarse. Por un lado, Malfoy era su enemigo de la infancia, una serpiente falsa y traicionera y, como bien decía Dennis, tenía una gran capacidad de manipulación con tal de lograr sus objetivos; no obstante, él había pronunciado un juramento inquebrantable, se jugaba la vida con tal de salvar la de Hermione y sus argumentos tenían cierta lógica. ¿Qué hacía Dennis allí, tan campante, cuando se suponía que llevaba meses de baja, afectado por la maldición sensorem? De hecho, durante algunas semanas, antes de marcharse a Francia, Hermione había tenido que hacerse cargo de sus tareas como asistente del Ministro. Por otro lado, de las pocas cosas que recordaba de las clases del profesor Snape estaba el llamativo color del acónito en polvo, justo el mismo color que la mancha en el dedo de Dennis.

–Weasley, ¿en serio me estás diciendo que vas a creer lo que te diga este engendro de mortífago?

Y como una repentina revelación, Ron supo lo que tenía que hacer; si era inocente, Dennis no podría negarse.

–Vayamos los tres a ver al Ministro –propuso con tono conciliador.

Fue instantáneo: los ojos de Dennis se abrieron como platos y, sin dirigir ni una sola palabra, les dio la espalda y echó a correr hacia el corredor. Draco y Ron ni siquiera tuvieron que ponerse de acuerdo, como accionados por un resorte, ambos salieron en pos de él, corriendo por el pasillo como si los persiguiera un dragón. No tuvieron que correr mucho ya que, al doblar la esquina, en sentido contrario al de Dennis y acompañado de varios consejeros, se aproximaba el Ministro Shacklebolt, que se tambaleó y estuvo a punto de caer al chocar con el muchacho.

–¡Deténganlo! –gritó Ron– ¡Es el responsable de los envenenamientos!

Haciendo gala de sus reflejos de ex auror, el Ministro no necesitó que se lo repitieran dos veces, aferró a Dennis de la cintura y, valiéndose de su varita y su corpulencia, lo redujo, apresándole con finas ataduras mágicas.

–Ahora, señor Weasley, estoy seguro que también sabrá explicarme, que hace el señor Malfoy corriendo por los pasillos en lugar de estar encerrado en la celda en que la que lo dejé hace un par de horas.


Draco volvía a estar encerrado. Por suerte, los recientes acontecimientos habían provocado que le fuera concedida una celda mucho más acogedora que la anterior: en un rincón había un catre de aspecto medianamente cómodo y sólo entonces fue consciente de que no recordaba cuando había dormido en condiciones por última vez –probablemente la noche que había pasado con Hermione–. Por no hablar de que llevaba días en los que lo único que había entrado en su estómago había sido whisky de malta de treinta años. Y seguía sin saber nada del estado de Granger, lo que hacía que tuviera en su pecho un agujero de tamaño considerable. Después de que los aurores se llevaran a Dennis, Draco había pedido al Ministro que les dijera a los responsables de San Mungo que probaran con bezóares; pero no tenía ni idea de si su idea había sido tenida en cuenta. Así las cosas, se tumbó en el catre mirando al techo, esperando que alguien fuera a buscarlo.

Debió de sucumbir algunos minutos al sueño, porque abrió los ojos al escuchar el murmullo de voces aproximándose a su celda. Era una pareja de aurores, diferentes de los que habían irrumpido en su casa, y que lo trataron con notable deferencia respecto a lo que Draco acostumbraba en sus, cada vez más numerosas, relaciones con las fuerzas del orden. Los aurores abrieron la puerta de la celda, y se dirigieron a él en tono neutro.

–Señor, Malfoy, por favor. Si tiene usted la bondad de acompañarnos.

Nada en el trato de los aurores presagiaba su entrada inminente en Azkaban, así que Draco se encogió de hombros y les siguió por los pasillos, que ya comenzaban a hacérsele familiares. Subieron a un ascensor y salieron a otro pasillo bastante más lujoso, que Draco recordaba haber recorrido con su padre cuando era niño. Por fin, se detuvieron ante un par de puertas dobles de madera labrada. El auror más joven tocó con suavidad y desde detrás de las puertas se escuchó un «Adelante». Los aurores se aseguraron que Draco obedecía y se quedaron fuera en el pasillo, cerrando tras él.

–¡Ah, señor Malfoy! Pase, pase y, por favor, siéntese –el Ministro estaba detrás de un inmenso escritorio de caoba e hizo un magnánimo gesto con la mano para que Draco se sentase en una de las mullidas sillas frente a él–. Seguro que se está haciendo unas cuantas preguntas ahora mismo.

«No dejo de hacerme preguntas desde que me arrancasteis de mi casa y me trajisteis a este tugurio, maldito cabrón pomposo».

Draco mantuvo una cuidadosa cara de póker: no quería darle al Ministro la satisfacción de mostrar ningún tipo de curiosidad, aunque ésta le estuviera royendo las entrañas.

–Debe saber –continuó Shacklebolt– que, después de… su incidente, pusimos a Dennis Creevey bajo una estricta custodia Ministerial –«Me mofo de la custodia ministerial» fue el pensamiento inmediato de Draco, pero siguió escuchando atentamente, deseando saber, de una vez por todas, adónde iba a parar todo aquello–. Pues bien, como medida de precaución adicional, se ordenó un riguroso registro en su casa y lo que encontramos fue ante todo… inesperado.

El Ministro se movió un poco a la derecha y de un cajoncito situado en el lateral de su escritorio sacó un objeto plano, envuelto cuidadosamente en seda blanca.

–Ni qué decir tiene, señor Malfoy, que esta conversación es estrictamente confidencial y que nada de lo que aquí se diga puede salir de las pareces de este ministerio…

Draco bufó pero asintió con la cabeza; entonces, el ministro le tendió el objeto envuelto. Lo tomó con cautela: pesaba más de lo que esperaba. Desenvolvió cuidadosamente la tela y descubrió una tablilla de arcilla, con extraños jeroglíficos por toda la superficie.

–¿Qué es? –preguntó Draco, profundamente interesado, muy a su pesar.

–Dele la vuelta.

Al girar la tablilla, Draco contempló horrorizado que, incrustada en la arcilla había una fotografía de Blaise Zabini: salía muy joven y sonriente, con una corbata verde. Lo más probable era que la foto hubiera sido extraída del anuario escolar de Hogwarts.

–¿Pero qué…? –la sospecha comenzaba a tomar forma en la mente de Draco ¿pudiera ser que Creevey, además de los envenenamientos fuera responsable de otros muchos crímenes?

–Hemos encontrado decenas, centenares, de estas tablillas en casa de Creevey –el Ministro tenía una expresión apesadumbrada, las líneas de su rostro denotaban cansancio y una lástima profunda–. Como se estará usted imaginando, todas las fotografías de las tablillas pertenecen a víctimas de la maldición.

–¿Cómo?

–Creevey estuvo el año pasado de vacaciones en Egipto; creemos que de ahí tomó la idea y que en ese viaje aprendió unas cuantas cosas. Siempre fue un muchacho interesado por lo esotérico, la superstición y los misterios insondables. En algunos pueblos remotos de Egipto, aún se practica la magia primigenia y los antiguos rituales.

–¿Por qué lo hizo? –Draco se sentía confuso: aquel comportamiento, aquella descripción no encajaba para nada con su recuerdo del pequeño gryffindor, tímido y apocado, en Hogwarts.

–Eso es difícil de explicar con palabras. Robards acaba de terminar el primer interrogatorio y ha sido capaz de sonsacarle algunos recuerdos bastante reveladores –Shacklebolt extrajo del cajoncito un pequeño vial, relleno de un fluido viscoso y plateado–. Ni que decir tiene, Señor Malfoy, que tratar de esto con usted es ciertamente algo irregular, así que le ruego que lo trate…

–Con la máxima confidencialidad, ya lo sé, señor Ministro. Ahora, ¿puedo? –preguntó Draco, mirando directamente al vial.

El Ministro se lo tendió, señalando a un pensadero de piedra situado en un rincón del despacho. Draco tomó el vial, fue hasta el pensadero y vació el recuerdo en la pila de piedra, mirando fascinado como la sustancia se arremolinaba hasta formar una superficie lisa como un espejo. Cuando el líquido se estabilizó, Draco introdujo directamente la cabeza.


Hermione caminaba por el pasillo del Ministerio con el paso rápido y seguro que la caracterizaba. Sus pasos la condujeron directamente al Almacén de Sustancias peligrosas, se detuvo en la puerta, pasó su tarjeta identificativa por delante del picaporte y la puerta se abrió, franqueándola el paso. Se sorprendió encontrar a una persona en el lugar, cuyo acceso estaba fuertemente restringido. Quienquiera que fuese él o ella, estaba inclinado sobre los viales de poción experimental que había traído dos días antes de Francia, demasiado concentrado en su tarea como para percatarse de su presencia. Se acercó un poco más, tratando de descubrir su identidad y no pudo evitar lanzar una exclamación de sorpresa.

-¡¿Dennis?!

El muchacho dio un respingo sobresaltado y estuvo a punto de dejar caer al suelo el vial que tenía entre las manos en aquellos momentos.

¿Q-qué haces t-tú aquí?

Yo debería hacer la misma pregunta, Dennis ¿qué haces aquí? ¿No estabas en tu casa, enfermo?

Los ojos de Dennis se desviaron por un instante hacia su izquierda, Hermione se dio cuenta y siguió la dirección de su mirada. Entonces lo descubrió: un frasco de polvos color azul intenso. Acónito.

Dennis ¿qué vas a hacer con eso?

Hermione, créeme, lo mejor que puedes hacer ahora mismo es cruzar esa puerta y olvidar lo que has visto aquí.

¿Cómo quieres que me olvide, Dennis? –el tono de voz de Hermione se fue elevando progresivamente– ¡Esas pociones son para curar a personas enfermas!

¡Personas malvadas!

¿De qué estás hablando?

Ay Hermione, Hermione… –canturreó Dennis– Con lo lista que eres ¿no te has parado a pensar por qué la maldición ataca a las personas a las que ataca?

Claro que lo he pensado, y por más que lo hemos investigado, no hemos encontrado ningún patrón definitivo: menos a niños, ataca a personas de todas las edades, sexos y condiciones sociales.

Todos ellos amigos de quién no debían…

¿Qué?

La maldición sólo ataca a personas que se relacionan con quienes estuvieron en el bando equivocado en la guerra.

La comprensión se fue abriendo paso en el cerebro de Hermione, una gota de sudor frío descendió por su columna.

Dennis…

El bando que pretendía exterminar a la gente como tú y como yo, como mi hermano. El bando responsable de la muerte de Colin. Mira a tu alrededor, Hermione, parece que la gente ya lo ha olvidado, ha olvidado quién apoyaba qué; vuelven a hacer negocios con ellos, se cuentan entre sus amistades, tienen citas ¡cómo si no fueran responsables de todo el daño y el dolor que han causado!

Dennis fue alzando el tono de su discurso y sus ojos comenzaron a humedecerse. Hermione decidió ir con tiento.

Dennis, las personas responsables están muertas o en Azkaban.

¡No, no lo están! ¡Siguen caminando entre nosotros! ¡Tan culpables son los que lo hicieron como los que se quedaron en silencio, cruzados de brazos, sin hacer nada por evitarlo!

¿Y qué pasa con Harry, Dennis? ¿El también merece estar maldito? ¿Acaso el no peleó por todos nosotros, por salvarnos?

Ah, Harry –Dennis suspiró dramáticamente–. Su caso es tan patético: ahora se hace fotitos con Blaise Zabini de la manita y aboga por la reconciliación y la comprensión. Ah ¡cobarde! ¿Plantea reconciliarse con los que celebraron el asesinato de sus padres, el de mi hermano Colin?

Es la única manera de seguir adelante, Dennis –dijo Hermione entre lágrimas–. La única manera de no dejarse consumir por el odio y el rencor…

¡Pues yo no quiero seguir adelante sin mi hermano mayor! ¡Mi madre tampoco quiso! ¿Sabes que se iba todas las noches a la cama atiborrada a pastillas para poder sobrellevar la muerte de su hijo, Hermione? Hasta que una noche tomó tantas que a la mañana siguiente no despertó ¿acaso crees que a ella podías haberla convencido para seguir adelante? Pero vosotros no, vosotros abogáis por hacer la vista gorda, olvidar y hacernos amiguitos de miserables como Zabini

»Y por si fuera poco, ahora tú y Malfoy. No me lo podía creer ¿sabes? Seguía teniendo acceso al correo del Ministro y cuando leí que habíais dado con la clave de la mandrágora y que solicitabas un traslador urgente para volver con la poción, pensé que era una broma. Hermione Granger y Draco Malfoy trabajando juntos. Recuerdo que tenía mucho éxito con las chicas en Hogwarts, ¿te ha seducido a ti también, Hermione? Dime, ¿te lo has estado follando todos estos meses y por eso estás dispuesta a perdonarle que sea un asqueroso mortífago?

Hermione pensó que ya había tenido demasiado, echó mano al bolsillo trasero de sus pantalones, dispuesta a sacar su varita para reducir a Dennis de una vez por todas, pero el adivinó su movimiento y se adelantó a ella.

¡Petrificus totalus!

Hermione se derrumbó sobre el suelo como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos. Dennis se arrodilló a su lado, le acarició el pelo con dulzura y le abrió la boca.

Lo siento, Hermione. Contigo me hubiera gustado que las cosas fueran de otra manera.

Y vertió el contenido del vial azul en su boca.


Draco sintió como un tirón brusco la vuelta a la realidad del despacho. Se hallaba sentado en el suelo, tratando de procesar lo que acababa de ver.

–Granger…

Fue la primera palabra que acudió a sus labios.

–Dennis se las apañó para llevarla de vuelta a su despacho sin que nadie los viera –explicó Kingsley–, la encontramos allí, inconsciente. La verdad es que Creevey se las ha apañado para jugar con todos nosotros sin que nos diéramos cuenta. Bajo el pretexto de que estaba en casa, enfermo, lleva meses aterrorizando y creando el caos en Gran Bretaña.

En aquellos momentos a Draco le importaba una mierda el caos de Gran Bretaña.

–Lléveme a verla…

-¿A la señorita Granger? –Shacklebolt fingió sorpresa–. Tal y como usted sugirió, actualmente a ella y al resto de intoxicados les están administrando un tratamiento a base de bezoar que está teniendo resultados muy positivos: parece que, poco a poco, sus órganos vuelven a funcionar con normalidad y van recuperando la conciencia, pero no estoy seguro de si está en condiciones de recibir visitas…

–Por favor…

El hilo de voz de Draco sonó tan similar a una súplica que Kingsley se apiadó de él y le dedicó una mirada paternal que, hasta entonces, tenía reservada para Hermione.

–De acuerdo, chico, pero si los medimagos te echan, diré que yo no he tenido nada que ver…


N/A: Y hasta aquí por hoy. ¿Sensaciones? ¿Qué os ha parecido el desenlace del misterio? Viernes que viene, ¡último episodio!

¡Buen finde!