Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hay alguien en tu casa" de Stephanie Perkins, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 17
Los hermanos encendieron las lámparas de estilo Victoriano de toda la casa para mantener la ilusión de seguridad. No hacía ni una semana que había estado allí, pero la soledad chirriante de la vieja construcción se había atenuado ya en la memoria de Bella. Y en aquel momento se agudizó bajo el negro manto de la noche. Las paredes de yeso desconchadas entrañaban un terror reptante. Cobraban vida con los demonios, tanto fantasmagóricos como humanos, que ocultaban.
Bella yacía despierta en la cama de Edward, bajo su fría ventana. La luna cubierta de nubes ocultaba los maizales desde lo alto. Los ramos de flores habían pasado del coche a la casa y estaban todos juntos dentro del mismo jarrón de cristal sobre el escritorio de Edward. Los girasoles amarillos, los crisantemos dorados, las gerberas rojas y las ramitas marrones de sacacorchos conformaban un alegre arreglo otoñal, pero las sombras que proyectaban eran negras y amenazadoras.
Su agresor —a Bella le resultaba intolerable en aquel momento pensar en su nombre— la había reducido a una niña temerosa de la oscuridad, que echaba de menos sus animales de peluche. Puede que estos hubieran podido mantenerla ligada a aquellos miedos más simples, a diferencia de su realidad actual.
No estaba en casa porque no podía ir allí.
Un asesino en serie quería verla muerta.
En teoría, los fármacos para el brazo también debían ayudarla a dormir.
En lugar de ello, estaba paranoica y grogui. En medio de la oscuridad Bella tomó conciencia de la herida. Le dolía. El vendaje que le habían puesto bien apretado era duro, y le hacía sentirse patosa. Edward le había dejado una camiseta y unos pantalones de pijama a cuadros. La ropa y las sábanas olían como su piel, una mezcla a limpio y almizcle que la excitaba.
Pero no podía dejar de recordar dónde estaba y por qué.
Emmett le había dado a su hermano la opción de dormir abajo en el sofá o arriba en el suelo de su habitación. Edward había elegido una tercera opción: arriba en el pasillo con un saco de dormir. El dormitorio principal permanecía vacío. Pertenecía a los espíritus.
Bella oyó el frufrú del saco de dormir al otro lado de la puerta mientras aguzaba el oído para captar sonidos de acciones atribuibles a un intruso, como abrir cajones y encajar piezas de un puzle. Intentó escuchar el tictac del reloj de pie, pero entonces aspiró el aroma de Edward y recordó, una vez más, que no estaba en casa. Y que el reloj había acabado roto.
Una figura encapuchada apareció tambaleante y la atacó.
Ella se acurrucó en posición fetal para protegerse del cuchillo. Todo daba vueltas. Gritó con la cabeza hundida en la almohada.
—Bella—dijo una voz.
Se refugió en un rincón, muerta de miedo.
—Tranquila —susurró la voz. A la luz de la luna, Edward apareció agachado junto a la cama—. Tenías una pesadilla.
Edward se subió al colchón para convencerla con paciencia de que se despegara de la pared, y estrechó entre sus brazos el cuerpo tembloroso de Bella.
Ella tenía la sensación de que se le iba a salir el corazón por la boca, pero al ver que Edward llevaba puestos unos calcetines gruesos, su confusión se tornó conciencia.
—¿Te duelen? —le preguntó.
—No —respondió él en voz baja, y ella supo que mentía—. ¿Qué tal el brazo?
—Bien —contestó.
Permanecieron en silencio un buen rato. Cuando Edward hizo amago de marcharse, los terrores nocturnos volvieron a cernerse sobre Bella como una tormenta eléctrica.
—No te vayas.
No lo hizo.
Se tumbó en la estrecha cama, con el cuerpo pegado a la pared. Edward ocupó el espacio que quedaba. Sacó el móvil, y su rostro quedó iluminado por un color azul turquesa. Bella estuvo a punto de protestar arguyendo que no quería ver las noticias, cuando se dio cuenta de que estaba poniendo una alarma.
—¿Para poder volver al pasillo antes de que amanezca? —le preguntó.
Edward esbozó una sonrisa mientras la luz se desvanecía.
Con un ruido sordo el móvil fue depositado en el suelo de madera noble. Tiraron de las mantas para arroparse. Entre sus cuerpos quedaba un hueco, lo bastante estrecho para una sombra o un susurro. Bella lo percibió primero por el oído, y luego lo notó. La respiración de Edward transmitía calor y vida.
Ella acortó distancias y se acurrucaron juntos ante la oscuridad.
Tardó horas en quedarse dormida. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía una figura encapuchada tambaleándose, una imagen angustiosa que se repetía en un bucle sin fin. Edward se movía, daba vueltas y retorcía las sábanas, pero ella agradecía su presencia. Agradecía no estar sola.
Cuando su mente por fin sucumbió, no pasó de un sueño agitado que la hizo sudar. Y luego sonó la alarma.
Bella ahogó un grito al tiempo que se incorporaba como movida por un resorte.
Edward apagó la alarma y se puso el móvil sobre el pecho, donde el corazón le latía acelerado. A través de los cristales de la ventana en forma de arco que parecía de iglesia, despuntaba un amanecer teñido de un naranja rosado sobre los campos. Los primeros pájaros de la mañana se saludaban con sus cantos.
Bella se fundió con las mantas mientras Edward sacaba las piernas por el borde de la cama. Alargando la mano de golpe, lo agarró por la parte superior del brazo, esa zona sensible donde la piel desnuda se juntaba con la manga de la camiseta. Edward estiró el cuello para mirarla. La mano de Bella subió poco a poco hasta coger la manga de algodón y tiró de él hacia atrás. Se besaron.
En silencio. Con avidez. Desesperados.
Edward fue el primero en apartarse, al cabo de unos minutos. Bella se lo quedó mirando, rogándole que no se fuera. Él negó con la cabeza.
—No puedo —dijo en silencio, moviendo los labios.
—Por favor —le pidió ella.
—Estaré al otro lado de la puerta —le susurró él—. No me moveré de ahí.
Menos de una hora más tarde desistieron de seguir fingiendo. El aire era frío y húmedo, y Edward le prestó su sudadera para que entrara en calor. A Bella le reconfortó continuar envuelta en su aroma. Cuando bajaron a la cocina arrastrando los pies, encontraron a Emmett haciendo café, ya vestido de uniforme. A ninguna de las partes le sorprendió ver a la otra despierta.
Emmett parecía tan intranquilo y neurótico como se sentía ella, que lanzó una rápida mirada a los armarios y cajones. Estaban cerrados.
¿Cuántas veces se habría colado David en su casa? Su mente aletargada intentó recordar cada invasión por separado. Normalmente sucedía mientras dormían. ¿Alguna vez habría entrado estando su abuela y ella despiertas?
¿Qué era peor?
Calamardo levantó la mirada del cuenco que estaba lamiendo. Las chapas que le colgaban del cuello entrechocaron mientras se acercaba a Edward y los seguía hasta la mesa del desayuno amarillo sol. Los cojines de los asientos estaban tapizados a juego con un vinilo del mismo color. Por suerte, Emmett no había dejado a la vista ninguna carpeta. No estaba preparada para ver su propia casa salpicada de sangre.
—Me he levantado a media noche a mear —dijo Emmett.
Bella y Edward se pusieron tensos.
Emmett plantó de golpe la taza vacía delante de este.
—Esta noche dormirás en mi habitación, hermanito. —Con más suavidad colocó una segunda taza enfrente de ella. Era de un amarillo vivo parecido al de la mesa, y contenía una cara con los dientes de conejo de Bob Esponja—. Me niego a encender la ira de tu abuela cuando salga del hospital.
Bella y Edward asintieron, con la mirada fija en la mesa.
Emmett abrió la boca para decir algo. Vaciló.
—Usan algún tipo de protección, ¿no?
Edward enterró los dedos en su cabello rosa.
—¡Hostia puta!
—Responde a mi pregunta y no volveremos a hablar del asunto. — Emmett hizo una pausa—. A menos que necesites que te compre…
—Que sí.
Emmett levantó las manos.
—Está bien. No se hable más.
Bella se puso colorada. Pensaba ya en la conversación similar que se vería obligada a tener con su abuela, aunque dudaba que ella diera el tema por zanjado tan pronto.
Una vez que el café estuvo hecho, Edward lo sirvió en las tazas. Nadie dijo nada de comer, porque ninguno de los tres tenía hambre. Se quedaron mirando el humo que salía del líquido.
—Así que sigue ahí fuera —dedujo Bella.
Pues, de lo contrario, Emmett les habría dicho algo. La mesa solo contaba con dos sillas, así que él se dejó caer sobre la encimera.
—Anoche los perros policía siguieron su pista hasta los campos que rodean el instituto, pero perdieron su rastro al llegar al río. Quizá si estuviéramos en un pueblo más grande, y si no hubiéramos tenido que llamar a la unidad de Lincoln, lo habríamos encontrado antes de que llegara al agua. —La cabeza le colgó como si le pesara mucho sobre los hombros —. Pero el equipo sigue buscándolo. Están intentando recuperar su rastro en algún punto a lo largo de las orillas.
Bella imaginó al depredador recorriendo sigilosamente los campos con su ropa de camuflaje del color de los tallos de maíz. Como un león al acecho.
La voz de Emmett cobró firmeza.
—No tardaremos en agarrarlo. No puede permanecer escondido mucho más tiempo.
Al otro lado de las ventanas los campos se extendían silenciosos y tranquilos.
—Sé que anoche respondiste al sinfín de preguntas que te hicimos — dijo Emmett—, y me consta que casi no conoces al chaval en cuestión, pero ¿qué pensabas de él, antes de todo esto? ¿Qué impresión general tenías?
A Bella le sorprendió que no se le ocurriera qué contestar.
—Lo que sea —añadió Emmett—. Cualquier cosa podría resultar de utilidad.
—Pues… nada, diría yo. Es que era como si no existiera. Me parecía un paleto. Un enclenque. Nunca le he visto un rasgo distintivo o que lo definiera. —Bella intentó imaginar a David en el instituto, no la versión que recordaba de él dentro de su casa—. Es como si fuera… de un solo color. El pelo rubio arena, la piel tirando a morena. Todo en él se funde. No recuerdo sus ojos. ¿Tenía la barbilla hundida?
—Vale. Pero, aparte de su apariencia, ¿qué tipo de persona era?
—¿Callado? —Bella se encogió de hombros y luego miró a Edward riendo—. Aunque no tanto como él.
Él le sonrió levemente, pero con un gesto de complicidad.
Su hermano también esbozó una sonrisa.
—¿Y qué más?
—Nos sentamos cerca en unas cuantas clases. Nunca me he fijado mucho en él, pero parecía bastante inteligente.
—¿Puedes explicarme por qué te daba esa impresión?
Otra pregunta difícil.
—Supongo que es porque siempre tenía una respuesta rápida… para los chistes o lo que fuera. Y era de los que escuchaban y observaban. Prestaba atención. Tenía un grupo de amistades grande, y yo pensaba que Demetri era su mejor amigo, pero puede que solo fuera porque los dos se sentaban cerca de mí en Física y yo escuchaba sus conversaciones.
—¿Y de qué hablaban?
—Rollos tecnológicos. Un peñazo. No me enteraba de nada. —Bella cruzó los brazos sobre el estómago—. Aún no puedo creer que matara a su propio amigo. ¿Están seguros de que actúa solo?
—Encontramos la huella de una bota en casa de los Lestrange —contestó Emmett, y ella asintió como si Edward no le hubiera contado nada de nada—. Coincide con el número de pie de David, y sus padres nos han confirmado que lleva esa marca. En su armario no están. Si juntamos ese dato con todo lo demás que sabemos, no parece probable que esté compinchado con nadie más.
Edward recorrió con el dedo el asa de la taza que tenía en la mano.
—¿Cómo reaccionaron los padres de Demetri cuando se enteraron de que era David?
—Bev les dio la noticia anoche. —Emmett negó con la cabeza—. Me dijo que se quedaron realmente sorprendidos. Le contaron que David siempre se había mostrado educado y respetuoso, más que otros amigos de Demetri, y que parecía un muchacho normal. Madre mía, si lo conocen desde la escuela infantil Montessori.
—¿Y los padres de David? —quiso saber Bella.
—El jefe los interrogó durante toda la noche, y los hombres del sheriff están ayudándonos a registrar su propiedad, a las afueras de la ciudad. Pero parecen buena gente. Son trabajadores, van a la iglesia. Sus familias por ambas partes están arraigadas desde hace tiempo en el condado de Sloane, y todos los abuelos, tíos y primos viven aquí. El padre tenía una acusación de desorden público, pero de eso hace ya casi veinte años. Y, por lo visto, llevaba a David a cazar ciervos todos los años en noviembre, lo que explica algunas cosas. Pero no es algo fuera de lo común.
No es algo fuera de lo común aquí, pensó Bella.
—Por lo que tengo entendido —prosiguió Emmett—, David los tenía engañados.
Edward frunció el ceño con un gesto de duda. Seguía toqueteando la taza.
—Seguro que les cuesta creerlo —dijo Emmett, con un tono de ironía muy propio de él—, pero los padres no siempre saben lo que sus hijos se traen entre manos.
—Pues entonces deberían preguntarles —sugirió Edward.
—Deberían. Pero a veces los hijos mienten.
El dedo índice de Edward se paró en seco.
—Pero… tienes razón.
Emmett apartó la mirada. Era un intento de rebajar la tensión que había ido acumulando en su papel de padre suplente. Bella no había oído más que insinuaciones sobre las peleas que habían tenido desde que Emmett había vuelto a casa, pero le constaba que les había costado unos años adaptarse a las circunstancias.
—A veces los padres son una putada.
—Si esconden algo —dijo Edward, levantando la cabeza para brindar su propia oferta de paz—, lo averiguarás.
Los días duros exigían una planificación escrupulosa. Emmett anunció que los acompañaría a casa de Bella para que ella pudiera coger algo de ropa y los artículos de aseo que necesitara. Después él se iría a trabajar y Edward la llevaría en coche al hospital. Por la tarde él acudiría al supermercado y ella se quedaría con su abuela. Y cuando Edward terminara su turno, la recogería y coincidirían todos de nuevo en casa de los Cullen.
Los hermanos le ofrecieron que se duchara la primera. Bella se había pasado un agua en el lavabo por la noche, así que declinó la invitación con un estremecimiento secreto. Era imposible que aquellos chicos blancos tuvieran los productos adecuados para su cabello. Podría esperar una hora más hasta estar en casa.
Mientras Edward se duchaba Bella se enfrentó a la realidad de su celular.
Además de una pila de nuevos mensajes de Alec y Nya, había recibido otros inesperados de la presidenta del consejo estudiantil y de la mejor amiga de Lauren. Angela había tenido acceso a su número por su cargo presidencial y Leah lo había conseguido a través de Alec. Le habían enviado mensajes de apoyo cargados de amabilidad, pero Bella no estaba con ánimos para intentar elaborar una respuesta de cortesía en aquel instante.
En lugar de ello, escuchó el buzón de voz. Su padre le decía que se había enterado de lo ocurrido por su madre, y que lo llamara en algún momento. No había urgencia en su petición.
Tampoco tenía llamadas perdidas de su madre.
El director Stanton le había dejado un mensaje de voz, que sonaba torpe, y había otro de Tamara Schuyler del Omaha World-Herald, que resultaba inquietante. A pesar de lo que asegurara, Bella sabía que a una periodista capaz de acosar a una menor en fase postraumática no le interesaba el bienestar de dicha menor.
Solo le interesaba la obscenidad de la historia.
Emmett encendió las luces de su coche patrulla para que los vehículos en los que viajaban pudieran maniobrar a través de la multitud. Los medios se habían instalado en el jardín de la abuela Swan. La unidad móvil local, las de Omaha y otras de varias cadenas de noticias por cable estaban aparcadas al lado de las de Dateline y 48 Hours. Había tenido lugar un tiroteo en una universidad de Florida con once muertos y seis heridos. Se había producido un atentado suicida en un centro comercial de Estambul con trece fallecidos y veintisiete heridos. Los titulares del día anterior eran aterradores, pero plasmaban un horror tan trillado que el país entero había dirigido su mirada hacia Osborne.
Bella tenía los tendones de los hombros hechos un nudo. Le resultaba extraño ver todas las luces encendidas en las ventanas sin que su abuela ni ella estuvieran en casa. ¿Cuántos desconocidos se habrían paseado dentro en las horas que habían transcurrido desde el ataque?
¿Cuántas horas habría estado él paseándose por allí?
Bella se preguntó si habría un elemento de perversión sexual en los allanamientos de morada perpetrados por David. ¿La habría espiado, a través de los listones de la puerta de su armario o escondido bajo su cama, mientras ella se cambiaba? ¿Se habría corrido?
Aparcaron en el abarrotado camino de entrada detrás de otros tres vehículos de policía. Daba la sensación de que los seguía un foco mientras salían y se abrían paso a empujones entre la multitud y sus gritos. Bella aún iba con la sudadera de Edward, envuelta en su capucha negra. Pensar en esta le hizo recordar de nuevo a David.
¿Dónde estaría escondido en aquel momento?
Bella miró su casa, y de repente las piernas se le agarrotaron.
Los dedos de Edward apretaron los suyos. Era la primera vez que iban tomados de la mano en público. Sujeta a él se sentía segura. Corrieron juntos.
Dentro de la casa la situación era tranquila y desalentadora. Manchas de sangre espantosas ensuciaban la moqueta del salón y huellas de manos rojas cubrían la ventana frontal y la puerta de entrada. Reinaba un vacío escalofriante sin el tictac del reloj de pie. El corazón de la casa estaba muerto.
Bella prestó atención mientras el sargento Beemer, un hombre robusto con una nariz protuberante, informaba a Emmett de las últimas novedades. En el jardín se habían descubierto astillas de madera pintada que se habían desprendido al abrir David con palanqueta la ventana del baño de abajo. Este se hallaba justo debajo del dormitorio de Bella, y el viburno crecido, que tapaba la vista de la ventana, mostraba signos de haber sido pisoteado.
—El arbusto está al lado mismo del grifo de agua. Lo más probable es que a David se le enredara el pie con la manguera del jardín en una de sus salidas. —El sargento hizo ruido con su nariz rubicunda—. Eso explicaría lo de las ramas partidas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Bella. Sabía exactamente cuándo se había enganchado el pie David. Fue el día siguiente al asesinato de Lauren, mientras ella esperaba que Edward la llamara. Entonces había pensado que sería el gato del vecino.
Imaginó una figura encapuchada entrando por el baño de su abuela.
Oculta en su ducha. Husmeando entre sus efectos personales.
Y le fue imposible no seguir imaginándoselo mientras cerraba la puerta de su baño y se metía en la ducha. Detrás de la cortina de vinilo transparente se convirtió en Janet Leigh en Psicosis. Los ojos le picaban por el champú, ya que tenía demasiado miedo para cerrarlos. Incluso teniéndolos bien abiertos, seguía viendo la silueta de un joven con un cuchillo.
Edward está ahí mismo, pensó. Al otro lado de la puerta.
Pero también estaba cerca cuando David la había atacado.
Hay un escuadrón entero de polis abajo.
Pero el piso de abajo quedaba muy lejos, lejísimos.
NOTA:
Perdon por haber desaparecido esta semana, un miembro de mi familia fue operado y tuve que ir a ayudar para su recuperación, no tuve tiempo de actualizar.
Hoy solo les traigo esta capitulo porque estoy muy cansada, no podre actualizar mañana y pasado porque me voy a un lugar sin internet, nos vemos la otra semana.
