CAPÍTULO 13.

Las carcajadas resonaban en la habitación cuando la puerta se cerró tras ellos, sumiéndonos de nuevo en la más absoluta oscuridad.

Apenas tuve tiempo a parpadear que sentí una ráfaga de viento rozarme, y de pronto me encontré sola en la oscuridad.

—Kagome— su voz, repentinamente grave, se escuchó desde el otro lado de la habitación— Ahora es el momento de recordar tu promesa.

—¿InuYasha?

—Da dos pasos hacia atrás— siguió diciendo como si yo no hubiera hablado; la urgencia era parpable en su voz—, siéntate en el catre que está justo de detrás de ti con la espalda apoyada en la pared y por lo que más jodidamente quieras, No. Te. Muevas.

Mis músculos actuaron como si tuvieran autonomía propia, y aunque mi cabeza era un hervidero de pensamientos contradictorios, hice lo ordenado y me senté en el camastro de espalda a la pared.

—InuYasha, por favor, dime qué está pasando— pregunté con voz temblorosa.

Silencio.

—InuYasha...

—Kagome, si pasa cualquier cosa... no dudes en echar mano de todo lo que tengas para evitar que me acerque a ti.

Sus palabras crearon un agujero en mi estómago que amenazó con succionarme por completo.

—¿Por qué tendría que hacerlo?— insistí.

Y una vez más... silencio.

—¡InuYasha, dímelo!— grité, echándome hacia delante inconscientemente.

Lo escuché inspirar, seguido de un gemido de molestia.

Kagome— gruñó con su voz dos octavas más baja.

Me congelé y rápidamente volví a mi posición, esta vez abrazándome las rodillas con los brazos.

—Perdón— gemí.

Suspiró profundamente.

—Si en cualquier momento atisbas el más mínimo peligro, Kagome, lucha por ti, por tu vida. No dudes.

—Pero...

—No quiero hacerte daño.

No vas a hacerme daño— exclamé, asustada (por él), confundida e irritada a partes iguales— ¿Por qué querrías hacerlo? ¿Qué te han echo esos hombres?— me quedé muda— ¿Qué había en ese odre?

El silencio se extendió lo suficiente entre nosotros como para llegar a creer que, nuevamente, no me contestaría.

—Le han echado... algo en el agua que me hace... me hace perder la conciencia. Pierdo la razón. No soy dueño de mi cuerpo.

Mi corazón se agarrotó en el pecho, sangró por él

—¿Por qué lo hacen? ¿Qué ganan ellos?

Soltó una carcajada provista de sentimiento alguno, un sonido que se clavó con saña en mi estómago.

—Qué mierda sé yo.

No dije nada más. No supe qué decir, me encontraba física y mentalmente paralizada.

El tiempo pasó, lenta, inexorablemente, y conforme los minutos se sucedían, iba sintiendo a InuYasha más y más intranquilo. Quería hablarle, preguntarle en voz alta si estaba bien, pero tenía miedo de que volviera a enfadarse conmigo, así que me limité a ser uno con la pared. Y podría haberme sentido segura en la oscuridad por primera vez desde que me secuestraron, pero sabía que era un efímero sentimientos, ya que él me había demostrado varias veces que podía verme perfectamente.

En algún momento, InuYasha gruñó por lo bajo y lo escuché removerse en el sitio, como si algo le molestase... o le doliera. Su respiración era dificultosa, y si mi oído no me fallaba, juraría que todo el oxígeno que recogía era a través de su boca. No dejaba de jadear.

¿Qué le estaba pasando?

«No te muevas», recordé sus anteriores palabras. No lo estaba haciendo. ¿Qué más podía hacer?

De repente, un nuevo recuerdo emergió en mi cabeza; uno de hace un par de noches, cuando InuYasha también se había sentido mal pero ambos estábamos en celdas diferentes:

«Solo estoy seguro de algo: si te mueves, tu aroma se desprende... y... y... el dolor aumenta»

Era... ¿estaba así por mi olor? ¿Por mi culpa? ¿Qué le habían echado al odre para que yo le causara tanto dolor?

Y, maldita sea, no podía hacer nada para ayudarle.

Respira.

Hasta que no escuché la voz, no me di cuenta de que, efectivamente, había dejado de hacerlo de forma inconsciente. Esa palabra, sumado al levísimo tono de humor con el que las impregnó, me sonó muy familiar, y por un ínfimo segundo tuve el deseo de sonreír.

—Menos mal— susurré en broma.

Lo conseguí: no fue una risa, pero al menos resopló divertido; y mientras lo escuchaba sentí como se aflojaba un poco el nudo que tenía asentado en el estómago.

—¿Estás bien?— seguí diciendo, aprovechando la oportunidad.

—Sí— habló entre dientes; su voz no decía lo mismo que la palabras, pero decidí hacerme la tonta.

—Si necesitas...

—Solo necesito que hagas lo que te he pedido— me cortó, y siseó por lo bajo. Volvió a removerse en el sitio.

—Mierda, lo sé— afirmé.

Pensaba hacerlo, no necesitaba que me lo estuviera recordando constantemente.

—¿Soy yo?— dije, aunque sonó más como una afirmación que una pregunta.

—Kagome...

—Solo dime sí o no. ¿Esto que te pasa es por mi?

No sabía por qué, pero necesitaba conocer esa información.

—No, joder, es por mi.

—Pero ¿por qué entonces no puedo moverte? ¿Qué te ocurre con mi olor?

—Nada.

—¡Sí es por él! ¡Me lo dijiste la última vez!

—Kagome, carajo, todo esta bi-

—¡InuYasha!— exclamé, golpeando el camastro a mi lado, furiosa porque estuviera decidido a dejarme de lado aunque esto me involucraba a mí también.

Tarde me di cuenta de lo que había hecho.

Me quedé paralizada en la postura cuando, de pronto, lo escuché inspirar fuertemente por sus fosas nasales y un gruñido escapó de sus labios. Un ronroneo, grave y bajo, que reverberó en la habitación. Sentí el aire moviéndose en la habitación, a mi alrededor.

Unas manos sujetaron mi rostro, tirando de mi...

Y entonces unos labios cubrieron los míos.

·

·

Palabras: 965


Upsy... Mejor me voy...