So it goes...

Te conocí en la oscuridad… Hago tus días grises más claros. Sé que lo sabes, podemos sentirlo, es inevitable.

Nos rompemos un poco, pero, cuando me tienes a solas, es tan sencillo…

Es inevitable.

Ambos creen haberlo perdido todo, ahora viven rodeados de la oscuridad del pasado. Una noche, el destino juega a su favor haciendo que se encuentren por lo que parece ser casualidad, y la atracción entre ellos es inevitable. Ahora, si quieren salir de la jaula en la que viven, deben aprender a perder el control... ¿Lo lograrán?

Crossover 50Shades & Twilight.

+18 Contiene Lemon


La historia se ubica 5 años después de Luna Nueva, y la semana en la que Anastasia abandona a Christian. (Final libro 1)

Es decir, está ubicado alrededor del año 2011, pero, honestamente ya me acostumbre a la tecnología de la actualidad y por más que quiera viajar al pasado, es muy probable que se me filtren algunas cosas que tenemos en este momento. Por lo que, para fines prácticos de la historia, fingiremos que viajamos en el tiempo al pasado con las historias, pero con las comodidades de ahorita.

De todas maneras, si tienen dudas, no duden en preguntarme, trataré de aclararlas.

Por cierto, esto contiene mucho LEMMON. También tiene temas relacionados al BDSM, por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

También debo aclarar que no tengo mucha experiencia en el tema BDSM, por lo que haré investigaciones, pero si algo está mal me pueden corregir si saben del tema.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío.

Está inspirado en la canción So it goes, de Taylor Swift, entre otras.


Isabella POV

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Miro a los dos hombres de pie frente a mí. Uno está tenso, el otro está relajado. Uno me mira intensamente, el otro me mira con ¿alivio?

— Señorita Swan, es un honor conocerla.

Taylor, el hombre vestido en un traje clásico color negro, tiene una mano extendida en mi dirección. Sus ojos parecen aliviados, una sonrisa cálida baila en sus labios.

—Creí que no se presentaría la oportunidad, señorita. Es un alivio encontrarla.

—Taylor —Christian le reprende con voz severa. El otro hombre oculta su risa.

Me quedo en blanco, el tono en su voz no pasa desapercibido para mí. Pareciese como si hubiera cruzado una guerra solo para encontrarme. Mis ojos se posan sobre Christian en busca de alguna respuesta, él desvía su mirada.

—Encantada, Taylor —es lo que puedo responder.

Extiendo mi mano para tomar la suya, hacemos el saludo de etiqueta. El hombre está entusiasmado, parece convencido de haber encontrado un billete ganador de lotería, sus movimientos son efusivos y su rostro brilla con emoción. Hago mi mejor esfuerzo de parecer casual mientras mi mano se desliza de entre la suya. Taylor me suelta y se mueve hacia un lado, me muestra el auto que nos espera detrás de él.

—Por favor, señorita —abre la puerta, con un gesto me indica el interior del auto.

Dudo.

La voz en mi interior me dice que piense bien en mis decisiones a partir de ahora. Lo poco que sé de ellos, sobretodo de Christian, es que, si subo a este auto, mi vida dará un giro por completo. Me adentraré en una parte del mundo humano que nunca he conocido, un mundo del que quizás no pueda salir nunca sin importar cuanto lo intente.

Pero si no subo a este auto...

Si me doy la vuelta y vuelo por mi cuenta a mi casa, mi vida tampoco será la misma. Me perderé la oportunidad de acomodar mi vida, de volverla a poner en orden. Además, no podré conocer al verdadero Christian Grey. Si no subo, esta será la segunda vez que pierdo y no estoy dispuesta a que suceda de nuevo.

Una mano cálida se coloca en mi espalda, puedo sentir su calor incluso sobre la tela de mi blusa. La mano me empuja suave, pero firmemente en dirección al auto, mis piernas se mueven, obedezco su orden silenciosa. Me acomodo al interior del auto, Taylor cierra la puerta. Christian se coloca a mi lado.

El motor se enciende, el auto arranca. Taylor lo conduce hasta perderse entre el tráfico de las calles de Seattle.

Me permito observar el interior de la carrocería, esta vez, el auto es diferente al de la noche que nos conocimos. Es una versión que cuenta con los mismos lujos y comodidades del anterior, además son de la misma marca, la diferencia es que, este no forma parte de la línea deportiva. Sin temor a equivocarme, este es el auto que usa comúnmente para desplazarse en la ciudad, con ayuda de Taylor, claro.

Mi mente me muestra recuerdos de esa noche, cuando llegamos a su casa. El sótano lleno de autos de lujo de diferentes colores, marcas y más. Sé que todos son de él, lo descubrí cuando me subí al ascensor y noté la falta de los botones de los pisos en él. Ese ascensor es de uso particular, solo con tres niveles para detenerse, el estacionamiento, el lobby y la entrada a su casa.

Tomo una respiración profunda, mi mente comienza a trabajar analizando la situación al interior del auto. Por el retrovisor, veo el rostro de Taylor, sus ojos están fijos en la vía delante de él, parece que su atención no está para nada en la parte trasera, casi se lo creo, excepto cuando sus ojos se desvían casi imperceptiblemente a un ángulo donde, estoy segura, ve a su jefe.

Christian es una situación completamente diferente, su atención está completamente sobre mí. No lo veo, puedo sentirlo. Sé que ambos podemos sentirlo, el calor de nuestros cuerpos tan cerca y a la vez tan lejos.

Me vuelvo valiente y lo miro, él me regresa la mirada acompañada de una sonrisa que no puedo descifrar. Su posición cambia, se gira hacia mí.

—¿Cómo has estado? —pregunta.

—Enfrascada en el trabajo —respondo suavemente, —el periódico me había mantenido ocupada, o prisionera.

—¿No más idiotas, ni citas fallidas?

Aprieto mis labios, algo en mi interior se remueve por esa pregunta. Quiero ser honesta, pero no le gustará mi respuesta.

—No, no más citas fallidas —me encojo de hombros. —Decidí dejarlas por un tiempo.

—¿Y los idiotas? —levanta una ceja.

—Esos siempre aparecen, aun cuando no yo no los busque.

Veo su rostro contraerse en una mueca. Sus ojos llamean, pero no dice ninguna palabra más.

—¿Cómo lo llevas? —ahora es mi turno de preguntar. Christian me mira sin comprender.

—Ella —digo, sé que con eso me entenderá. Por la esquina de mi ojo, veo a Taylor dar una mirada fugaz por el retrovisor.

—Creí que sería peor —admite. —Me he mantenido ocupado, no tengo mucho tiempo para pensar en eso, o en lo que sucedió.

Asiento lentamente con mi cabeza.

—Solo estaba cegado. Ella fue la primera en sacarme del cascarón al que estaba acostumbrado.

—Conozco la sensación —es mi respuesta.

Ninguno dice palabra alguna por unos minutos. Su mano derecha se estira, toma la mía y suelta un suspiro al sentir el contacto de nuestras pieles. Juguetea con mi mano entre sus dedos.

—Ahora sé que eres real —su voz suena maravillada.

—¿Por qué no lo sería? —le doy una mirada confusa.

—Mi terapeuta dice que eres un producto de mi imaginación —murmura. —Estaba comenzando a creerlo.

Me quedo inmóvil. No me sorprende que le hayan comentado eso, tampoco me asombra que vaya a un terapeuta, más bien me siento celosa. Maldición, yo también hubiera deseado tener ese tipo de ayuda en su debido momento, pero si yo le contaba a alguien, era muy probable que terminara en un psiquiátrico, con una camisa de fuerza y sin poder vivir sin medicamentos.

—Cuando nos conocimos —su voz me regresa a la realidad. Él aclara su garganta, da una mirada rápida a Taylor, quien no se inmuta. ¿Le resulta incómodo admitir sus errores frente a las personas? —Cuando desperté...

Deja las palabras al aire.

—No me encontraste —completo para él.

—Salí de la habitación, creyendo que podría encontrarte en algún otro lugar de la casa. Me equivoqué.

Cierro los ojos, me siento avergonzada. Hui como si hubiera hecho algo malo, como si fuera alguna empleada que hubiera terminado su jornada laboral. No hice nada malo esa noche, ambos lo queríamos, ambos estuvimos de acuerdo con venir a su casa y joder esa noche.

—Todos los recuerdos eran demasiado vividos y reales —sigue hablando. Abro los ojos, sus ojos me miran con atención, hay un brillo en ellos. —La cama deshecha, tú aroma en las sábanas, el labial en mi rostro y mi cuello.

Un suspiro se escapa de mis labios. Es inevitable recordar esa noche.

—Después de darme una ducha y ser obligado por mi ama de llaves a tomar un par de píldoras para la resaca y comer una sopa con ingredientes dudosos —sonríe, lo imito mientras mi cerebro imagina la escena. —Reuní a mi equipo y les ordené encontrarte.

Sus palabras hacen eco en mí. La seguridad con la que pronunció esa última frase, el poder que tiene sobre todo su personal para hacerlos trabajar un domingo en un caso personal, además de la sinceridad con la que me comparte esa información. Es sorprendente.

Se queda en silencio, no tiene que seguir hablando, su expresión me lo dice todo.

—No me encontraron —afirmo.

Hace una mueca, el disgusto es evidente. No le gusta que las cosas no salgan como él quiere, me lo dijo esa noche.

—Te buscaron día y noche. Tenía a gente de diferentes áreas, incluso expertos buscándote —chasquea la lengua, —pero no encontraron nada.

—Te conté donde trabajaba...

Las comisuras de sus labios se levantan, sus dientes quedan visibles por un segundo. Ese gesto me recuerda a ellos, cuando estaban molestos, gruñendo a la amenaza frente a ellos.

—3,792 empleados —dice, —hablando solo de los empleados activos que tiene el periódico.

No me muevo, no respondo.

—Me hiciste creer que te habían despedido, eso solo aumentó el maldito número de personas para buscar.

—Eso iban a hacer, a despedirnos a todos —murmuro como una excusa, aunque me siento como una idiota mientras digo esas palabras. —Eso fue den lo último que me enteré cuando salí del trabajo ese día.

Usualmente, no ando por ahí contándole, al primer extraño que se me cruza, cosas de mi vida. Las cosas del trabajo son una conversación entre Angela y yo por obvias razones, incluso Charlie pregunta de vez en cuando, pero solo le damos detalles vagos.

—Buscarte fue... —sacude su cabeza. —Todos en mi equipo están a nada de renunciar.

—Estábamos a nada de enviarlo a un manicomio, señor.

El comentario de Taylor desde la parte delantera hace que brote una carcajada de mí, hago un enorme esfuerzo por ocultarla con una tos muy falsa. Christian bufa molesto, pero en la comisura de sus labios baila una sonrisa.

—Debería agradecerle a la señorita Swan que estemos frente al restaurante que ordenó y no frente a la clínica.

Taylor se baja del auto con toda la dignidad que posee, como si no acabara de llamar loco a su jefe. Le doy una mirada divertida cuando abre la puerta de mi lado.

—Señorita — de nuevo, su mano está extendida hacia mí en espera de que acepte su gesto para salir del auto.

—Gracias Taylor —extiendo mi mano y dejo que tire de mi cuerpo para salir del auto. Christian hace lo suyo del otro lado del auto.

El aire de Seattle golpea mi rostro. Embozo una sonrisa por la sensación que me provoca el viento rozando mi piel, la sensación es maravillosa. Christian se acerca a mi lado y roba mi mano de entre las de Taylor, quien me deja ir con facilidad. Le da una mirada dura y fría al hombre, pero este no hace ningún gesto mientras pasamos a su lado.

Juntos, caminamos hasta las puertas de cristal de un restaurante.

—Sé que no es el Pink Door… —Christian se disculpa a mi lado. Lo miro con sorpresa, no me esperaba que recordara ese detalle. —De verdad espero que te guste.

—Signore Grey —un hombre de mediana edad aparece a través de la puerta de cristal, su sonrisa amable se detiene frente a nosotros. —Bienvenidos.

—Dan —le saluda. Un ligero apretón de manos y unas palmadas en el hombro.

—Ella es Isabella Swan.

—Signora —extiende su mano hacia mí. Le ofrezco una sonrisa, su acento italiano es amigable. —Es un honor que nos acompañen hoy.

Toma mi mano, la conduce hacia sus labios y deposita un beso en los nudillos de mis dedos. Alguien se aclara la garganta.

—Dan, suéltala —gruñe Christian. —Tenemos hambre.

El hombre obedece, suelta mi mano, pero su sonrisa se mantiene. Christian se asegura de tenerme sujeta a uno de sus costados, mientras que, con la palma de su otra mano, sacude el torso de mi mano donde su amigo había colocado sus labios.

—Claro que tienen hambre — el hombre dice feliz. — Los guiaré a su mesa — apunta al interior, —signora...

Dobla su brazo en forma de triángulo, en espera que acepte su brazo y me escolté al interior.

Christian rueda los ojos, empuja el cuerpo del hombre italiano y deja libre el camino para mí, sosteniendo la puerta abierta. Mientras sonrío, paso a su lado entrando al restaurante, Christian viene detrás de mí.

Dan se adelanta y se asegura que estemos siguiéndolo cuando comienza a caminar guiándonos a través de las mesas del lugar. Me permito abrazar la sensación de seguridad que me da la mano de Christian sobre la mía, miro distraída a mí alrededor. Mi torpeza es mínima o casi nula en la actualidad, pero, siempre soy precavida, ya no me permito caer delante de los demás, y sé con certeza que Christian no me dejará caer.

El lugar es elegante y moderno, los muebles tienen colores oscuros pero llamativos, los detalles son en cristal y metal. Las mesas están esparcidas y organizadas de varias maneras, las personas que están en ellas, no se molestan en mirarnos, es como si no existiéramos para ellos.

—Su mesa está en el área alta, señor Grey —nos informa Dan, —como usted lo pidió.

Nos presenta una mesa colocada cuidadosamente sobre un pequeño islote a un nivel superior, es un área alejada del resto.

Es inevitable el dejá vú que cruza mi mente. Un escalofrió recorre mi cuerpo, intento que no sea notorio, pero, el apretón que da Christian a mis dedos me indica que he fallado.

—En un momento una persona de servicio estará con ustedes —Dan nos indica.

El hombre regresa por el camino entre las mesas, nos deja solos.

—¿Qué te molestó? —pregunta. Le miro, insegura si debo contarle o solo guardar el sentimiento en lo profundo de mi ser. —Dímelo, puedo arreglarlo.

Me gusta la seguridad con la que habla, como si en verdad creyera que puede arreglarlo todo, como si fuera tan poderoso.

—¿Sabías que vendría? —decido expresar un poco de mi asombro. —Parece que lo tuvieras todo listo antes de que llegáramos, como si supieras que iba a aceptar venir contigo.

—No lo sabía —asegura. —Mientras hablabas con tu secretaria, yo llamé a Dan. Le pedí que tuviera todo listo para nuestra llegada.

—¿Así de sencillo?

—Sí —asiente despreocupado. —Yo ordeno que se haga algo, las personas lo hacen. Así de sencillo.

—¿Cuántas personas somos la excepción a eso? —pregunto inocente, sé que le costará responderme, pero necesito entender qué tipo de hombre es Christian Grey.

Me analiza antes de tomar una respiración.

—Actualmente, solo tu —dice vagamente. De nuevo la sensación conocida me embriaga, no necesito que me explique, sé que su novia era la excepción a su regla, por eso quedó cautivado por ella. Ya viví eso.

—¿Yo? —trato de lucir confundida. —Pero estoy aquí, me harás almorzar contigo, viajar contigo. Yo si te obedezco.

—Tienes razón —acepta orgulloso. —Aunque, tengo una duda sobre cuánto te tomará hacerme perder el control de nuevo.

—¿Te da miedo perder el control conmigo? —pregunto en un tono bajo.

—Miedo no —niega. —Lo estoy ansiando.

Maldición. Me pondría en este momento de rodillas solo para suplicarle que me folle de nuevo, aquí, ahora.

—¿Estas bien con esto? Podemos irnos, si quieres —me acaricia la mano, su otra mano se coloca en mi mejilla con delicadeza. —No te voy a obligar a hacer nada que no quieras.

Su gesto y su frase me toman desprevenida. Doy un respingo. Me siento mareada por su repentino cambio de humor y su preocupación por mí.

—¿Irnos? —levanto las cejas. —No señor, tengo hambre y me prometiste un almuerzo.

Christian suelta la respiración que había contenido mientras esperaba mi respuesta.

—Bien —parece satisfecho. Se encarga de mover mi silla para que pueda sentarme, cuando se asegura que luzco acomoda, rodea la mesa y se acomoda en la silla.

Una sonrisa se aparece en mis labios, toda la tensión que sentía se esfumó. Frente a mí, Christian luce diferente después de esas palabras, ahora luce relajado, fresco y joven.

—Pide lo que quieras —dice casual, sus manos toman la carpeta con el menú dentro.

Aun sonriendo, decido imitar sus movimientos. Tomo el menú en mis manos y lo analizo con cuidado. Comida italiana, claro.

Mi mente se pierde de nuevo. Me veo años en el pasado, en ese restaurante en Port Angeles, sentada descuidadamente en esa mesa alejada del resto, con un acompañante tan parecido, pero tan diferente al que tengo en estos momentos al frente. Mi cabeza me muestra esos meses como si fuera una película a gran velocidad.

Siento un toque cálido en mi mano. Mis ojos se posan en las gemas grises que me observan con atención.

—¿Estas bien? —pregunta.

—Sí, lo siento —me aclaro la garganta. —Estoy bien.

—¿Ya sabes que ordenar? —pregunta cambiando de tema.

Lo pienso un poco, puedo repetir la historia y pedir ravioles, pero la cosa es que… no quiero. No quiero que esa maldita historia se repita, no lo voy a permitir.

—Ya has comido aquí —digo, alejo la carpeta de mi rostro. No es una pregunta.

—Así es —su rostro muestra su confusión. —Siempre vengo solo, si eso es lo que te molesta.

Sacudo mi cabeza. —No, no es por eso.

—¿Entonces?

Cierro el menú, lo colocó a mi lado sobre la mesa. Me inclino en su dirección para responderle.

—Si ya has comido aquí, sabes a la perfección cual platillo es el mejor —hago un gesto con mi mano, apunto al menú. —Sorpréndeme.

Le miro retadoramente, el me regresa una mirada asombrada, en segundos su rostro se transforma, su mano acaricia con suavidad la barba que cubre su mandíbula, sus ojos me dicen que acepta el reto. Cree que puede hacerlo, sabe que puede sorprenderme.

—¿Segura? —pregunta para asegurarse.

—¿Qué pasa, señor Grey? —pregunto, levanto una ceja. —¿No puedes?

Me regocijo con su expresión. Este hombre que tengo frente a mí nos es muy diferente a cualquier hombre que hay afuera en el mundo, no tolera que alguien dañe su ego, mucho menos una mujer. No les gusta verse retados por una mujer.

—¿Eres alérgica a algo? —su vista regresa al menú, lo analiza en busca de la mejor opción.

Sacudo la cabeza. Sus ojos se detienen, se posan sobre mí. No tolera una respuesta silenciosa, quiere escucharme decirlo con mi propía voz, lo severo en su mirada lo deja muy claro.

—No, no soy alérgica a nada.

Asiente con la mandíbula apretada. Para mi suerte, aparece el camarero con una sonrisa.

—Buongiorno, signora, signore —ofrece para ambos una pequeña reverencia con la cabeza. —¿Están listos para ordenar?

—Queremos… —Grey me mira antes de continuar, muevo mi cabeza pidiéndole que continúe. Le da instrucciones precisas al mesero sobre qué y cómo lo quiere.

Cierra el menú en sus manos y se la da al camarero.

—Muy bien, signore.

—Pídele a Dan la mejor botella de vino que tenga, no me importa si es de su colección personal.

El camarero asiente con una sonrisa oculta, se aleja de nosotros.

—¿Piensas alimentar a toda la ciudad? —pregunto, abrumada por todo lo que ordenó.

—Leonard mencionó que no has comido bien esta semana —me acusa. Pongo los ojos en blanco. Su expresión se vuelve dura. —Eso va a cambiar.

Le miro, ¿le molesta que le pongan los ojos en blanco? O acaso ¿le molesta más que no haya comido lo suficiente?

—Fue una semana estresante, no tenía tiempo de comer, tampoco mucho apetito y eso hacía que se me olvidara —digo la excusa que se me ocurre.

El mantiene sus ojos en mí, interesado. Aprieto los labios, lo veo inclinarse hacia mí, sus brazos descansan en la mesa. Su aroma golpea de nuevo mis fosas nasales, penetra en lo profundo de mí ser. Huele aún mejor que esa noche.

—Debes comer bien —demanda. —Tendremos un vuelo de 5 horas y un dia ajetreado mañana. Quiero que lo resistas.

Entrecierro los ojos.

—¿Te da miedo que me vaya a desmayar a medio vuelo?

—Sí —responde soltando la respiración. Le doy una sonrisa burlona.

El camarero aparece con unas copas de vino, las coloca con cuidado delante de nosotros sobre la mesa, luego nos extiende una botella de vino que abre con cuidado.

—Yo me encargo, gracias —Christian le quita la botella de entre las manos.

El joven da un salto, pero asiente y se retira.

—Entonces, —trato de buscar un tema de conversación. —Christian Grey, el famoso Grey Bachelor de Seattle.

Resopla al escuchar su apodo.

—¿Quién eres? —lo analizo —¿Empresario? ¿Político? ¿Mafioso, quizás? ¿Millonario? ¿Playboy? ¿Filántropo?

Se ríe sueltamente. Sirve cuidadosamente el líquido de la botella en cada una de nuestras copas.

—No soy Tony Stark, ni un héroe o cosas similares —niega aun riéndose. Me dejo caer en el respaldo de mi asiento, pongo mi mejor cara de decepción.

—¿Mafioso? ¿Un capo?

—¿Luzco como un mafioso? —pregunta, sus manos se abren, mostrándome el torso de su cuerpo despreocupadamente. Oh sí, no voy a desaprovechar la oportunidad de darle un vistazo a su cuerpo. Mis ojos se pasean por él, de arriba hasta abajo.

—Bueno —digo concentrada aun en mi análisis, — en realidad nunca he conocido a uno, no sé cómo lucen —me regala un brillo divertido en sus ojos. —Aunque...

Dejo las palabras al aire, quiero que él les dé el significado que quiera.

—Si tengo negocios en Italia, lo admito, pero no son relacionados a mafia —se queda pensativo, —al menos eso dijeron la última vez.

Una risa brota de mí.

—No, no soy mafioso —se encoge de hombros.

— Vaya decepción. —suelto un profundo suspiro cargado de exceso de dramatismo.

Agacha la cabeza y la sacude, negando.

—Puedo darte todo lo que un mafioso puede, solo que de manera legal —ofrece, algo cruza su mente, lo pone tenso. —Solo drogas no. Eso es algo que jamás tolerare.

—No me gustan —le digo.

—Entonces estaremos bien —afirma.

Quiero creerle, deseo creer que estaremos bien, él y yo, nosotros. Quiero creer que habrá algo.

—Si sigues preguntándote a que me dedico —habla con voz calmada. —soy alguien muy importante, sobre todo en el mundo empresarial. tengo mi propia empresa en esta ciudad que labora de manera autosuficiente, tengo otras empresas en varios países y soy accionista en empresas internacionales. Además, tengo varias organizaciones para ayudar a las personas que lo necesitan.

—¿Seguro que no eres Iron Man? —pregunto con los ojos muy abiertos.

—No. Las balas si pueden hacerme daño.

Casi me suelto riendo por esas palabras. O llorando. Quizás un poco de ambas. Estoy más que segura que él es del tipo que puede morir por una bala en su cuerpo.

—Pero —continúa hablando despreocupado — tengo gente en mi nomina solo para que reciba las balas por mí

Lo miro con la boca abierta. Mierda. ¿Así es con él? ¿Tiene gente para todo?

El camarero se acerca de nuevo a nosotros, distribuye por la mesa los platillos que pedimos, se va con un asentimiento silencioso.

Christian parece no haber notado la expresión en mi rostro. Se limita tomar el plato blanco que tiene frente a él, sirve un poco de los tres platillos que ordenó. Intercambia ese plato lleno, por el mío, vació.

—Come —me ordena. Estoy muy impactada como para negarme, mis manos se mueven moviéndome obedientes.

No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que el tenedor llevó el primer bocado a mí boca. La comida es deliciosa, está perfectamente cocinada por alguien que sospecho es italiano. Después de la primera prueba, no puedo parar de comer.

Mientras mastico, mi cerebro hace una nueva comparación entre las dos ocasiones. Es inevitable.

La primera vez, fue una burla a comparación de esta ocasión.

Aquella vez, lo único italiano era el nombre del lugar y los platillos estándar que se manejaban, mi acompañante no comía y el personal se le insinuaba mientras a mí me ignoraban.

Esta vez es diferente. El restaurante es en su totalidad italiano, el personal me trata como una igual, aunque venga acompañada de uno de los millonarios de la ciudad. La comida está preparada de manera minuciosa y gracias a eso, es deliciosa. Lo más importante, mi acompañante está gustoso de ingerir comida humana.

Levanto la mirada, me encuentro con un par de ojos brillantes que me miran anhelantes. Además, hay una sonrisa bailando en sus labios.

—¿Qué tal esta?

—Delicioso —digo honesta.

—¿Mejor que el Pink Door? —bromea.

—No, tanto no —me río. Christian me mira, no me cree, sabe que no es verdad. —Bueno lo admito, sí está mejor.

—Sí ese lugar fuera tuyo ¿Qué le cambiarias?

Su pregunta me toma desprevenida. No necesito pensarlo mucho tiempo.

—El personal —respondo. Él asiente, comprende a lo que me refiero. —No me gustaría que se repita mi historia en ese lugar con alguien más.

—Bien —su voz suena conforme.

—Además, cambiaria un poco la decoración —me rio. —Es un buen lugar, pero es deprimente por dentro.

—¿Alguna idea? —levanta una ceja. Me siento emocionada, quiero contarle todo.

Angela es la única que sabe de mi obsesión por ese lugar, aunque no comprende, siempre me escucha cuando hablo de él. Ella sabe cuánto me dolió que me echaran por culpa de ese imbécil.

Mientras disfrutamos de nuestra comida, me permito contarle a Christian todo lo que me he imaginado. Cada gesto que hace, cada palabra de aprobación que sale de sus labios me hace seguir contándole más.

—Incluso si un día está a la venta, haría hasta lo imposible por comprarlo —suspiro soñadoramente, el calor sube por mi rostro, seguro pensará que soy solo una niña soñando.

—Eso se grabó con fuego en mi mente —susurra. Mi mirada pregunta a lo que se refiere. —La manera en la que toda tu piel se calienta mientras te sonrojas.

El sonrojo en mis mejillas aumenta. Maldición. ¿Por qué no puedo controlarme con él?

—Quiero ser solo yo quien caliente tu piel —habla en voz baja. Parece no darse cuenta de que está diciendo sus pensamientos en voz alta.

Mi respiración se vuelve pesada, mi mente me recuerda las sensaciones que recorrían mi piel esa noche. Aprieto mis muslos con fuerza. Busco una excusa para cambiar de tema, pero él es más rápido.

—¿Por qué estabas en la reunión? —pregunta. — Leonard mencionó que era para los accionistas e inversionistas.

—Angela y yo somos accionistas minoritarias —le digo. —A través de los años hemos comprado acciones, pero aún son pocas.

—Me sorprendió verte ahí —murmura.

Entrecierro los ojos. ¿Qué demonios significa eso? ¿Acaso le parezco que no puedo ser alguien importante?

—Cuando Leonard me comentó sobre el problema y la reunión, sabía que sería mi oportunidad para investigar sobre ti. Tenía dos opciones, verte por casualidad o abordar a mi amigo hasta que me hablara sobre ti.

Su mirada se pierde unos segundos. —Cuando entraste a esa sala me sorprendió que el destino jugara a mi favor. Además, te veías aun más hermosa de lo que recordaba.

No le respondo su halago.

—Dijiste que habías revisado a los empleados...

—El periódico tiene una curiosa base de datos de sus empleados. Para buscar a alguien en ella, necesitas su nombre —explica.

—Y no sabías mi nombre.

—Exacto —asiente. —Mi idea era ir de oficina en oficina buscándote.

Embozo una sonrisa al imaginar la escena.

—Cuando te colocaste a mi lado, cuando toqué tu mano —su mano se estira para tomar la mía, —todo se volvió real.

Su pulgar acaricia con suavidad mis dedos.

—Cuando tus ojos me dijeron que me habías reconocido —suspira, —fue la mejor sensación que he experimentado en toda mi jodida vida.

Me siento conmovida por sus palabras y asustada. Recuerdo sus palabras la noche que lo conocí, diciendo cuando daño le había hecho esa mujer, como a ella le ofreció todo y ella solo se fue. ¿Cómo es posible que me diga eso tan solo unos días después?

Me hace una señal, quiere que siga comiendo.

No me había dado cuenta de que detuve mis movimientos mientras lo escuchaba. Mi plato sigue a medio comer y se está enfriando. Decido que obedecerlo es la mejor manera de que siga hablando, quiero escuchar su voz por más tiempo.

—Háblame, dime como fue para ti —pide, —¿En qué momento te fuiste? Ninguno de mis empleados te vio salir.

Me aclaro la garganta

—Estaba amaneciendo cuando desperté —respondo.

—Casi a la hora que llega Taylor y Gail —dice para sí mismo. Su mirada se coloca de nuevo en mí, —pero ninguno te vio.

—No, la casa estaba sola cuando salí de tu habitación—digo segura. Estiro mi mano para alcanzar mi copa de vino, necesito mojarme los labios para seguir hablando. —De hecho, me pasee por tu casa buscando todas mis cosas.

—No te las llevaste todas —ahora sonríe. —¿Eres una cenicienta moderna o algo por el estilo?

Sus palabras me toman desprevenida.

—Lo siento, ¿qué?

—Creí que lo usual es dejar un papel con tu nombre y tu número de teléfono —se burla, —o una zapatilla para que el príncipe te busque por todo el reino.

Ya sé a dónde quiere llegar. De nuevo mis mejillas pican, sé que me veo ligeramente sonrojada.

—¿Eres un príncipe que espera encontrar a su cenicienta? —pregunto para ganar tiempo. No quiero responder la pregunta que va a hacerme.

—No, definitivamente no lo soy —sacude la cabeza. —Pero si te busqué por toda la ciudad.

—Touché —susurro. Se ríe de nuevo.

—Lo que me dejaste... ¿Fue para recordarme qué tengo una deuda contigo?

—¿Por eso me buscaste? —me finjo sorprendida. —¿Para saldar tu deuda?

—¿Puedo ser honesto?

—Por favor —hago un gesto con mi mano. Su cuerpo se inclina hacia mí, sus ojos se pasean por lo poco que puede ver de mi cuerpo.

—Todo el tiempo que llevas frente a mí, he pensado en varias maneras de duplicar mi deuda.

Me inclino imitando sus acciones, pongo uno de mis brazos descansando en la mesa con el otro sobre él.

—Quizás pueda cobrarte los intereses.

Sus ojos se encienden de nuevo, su mirada pasa a ser felina. Pasa su lengua por sobre sus labios con una lentitud torturante.

—Ten cuidado con lo que deseas —me advierte. Mi respiración se acelera, cierro mis ojos para tratar de controlarme, este no es el momento ni el lugar para lanzarme sobre él.

—Me debe ropa nueva señor Grey — le digo concentrándome de nuevo en mi copa de vino. Guiña un ojo.

—¿Cómo llegaste a tu casa? —Christian pregunta curioso

—El personal de seguridad me ayudó —me encojo de hombros. Esa no es ninguna mentira, tampoco un delito. Creo.

—¿La seguridad del edificio te vio? —su rostro es sorprendido.

—El elevador me dejó en el living y una señora me notó—explico. —Resulta que era de seguridad, y supongo que mi presciencia la tomó desprevenida, o mi aspecto, no lo sé —me encojo de hombros. —Ella me ayudó.

—No has respondido mi pregunta —demanda. —¿Cómo llegaste a tu casa?

—La señora me ayudó a llamar a un taxi.

El movimiento de su cuerpo se congela. Sus manos se aprietan en puños sobre la mesa, sus nudillos se tornando de color blanco en señal de la fuerza que hace, su rostro se inclina hacia la derecha, su mandíbula se traba, sus dientes se aprietan, puedo escucharlos rechinar.

—¿Qué sucede? —pregunto con voz débil. Me lanza una mirada fulminante. Mi cuerpo se queda quieto, trago con fuerza el nudo de mi garganta.

—¿Subiste sola a un puto taxi, aun de madrugada, usando solo el maldito vestido?

—No.

Sus ojos me lanzan una mirada furiosa. No quiere que juegue con él, me está advirtiendo que quiere saber toda la verdad.

—La señora de seguridad fue amable y, de entre las cosas que dejan olvidadas los de tu edificio, me consiguió un abrigo para cubrirme.

—Maldita sea, Isabella —gruñe. Muerdo mi lengua para evitar que las palabras salgan de mí boca.

Cierra los ojos. Sus cejas están juntas, hay unas arrugas en el medio de ambas. Sus labios forman una línea apretada.

No está feliz. Ay que ser muy idiota para no darse cuenta.

Mantengo mis ojos en él, si me muevo, lo molestaré más. Pasan minutos, él no se ha movido, mis dedos mueven con pereza, empujo con el tenedor el resto de la comía en mi plato.

— No juegues con la comida —me reprende. Tomo una profunda respiración y me obligo a terminar de comer.

—No entiendo porque te molestas —murmuro entre bocados.

—Oh, ¿no lo entiendes? —su voz es filosa. —Estoy encabronado por tu comportamiento. Huiste como una cualquiera, huiste como una puta a la que contrataron por unas horas.

Mi cuerpo se encoge ante sus palabras.

—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué huiste? —su voz molesta me sobresalta. —¡Carajo! —golpea la mesa con su puño. —Subirte semidesnuda a un puto taxi. ¿Sabes lo que te pudo pasar?

—No pasó nada —respondo con los dientes apretados.

—¿Por qué mierda no esperaste un poco más? Taylor te hubiera llevado a casa, más cómoda, más segura.

Siento la furia subir por mis venas. No dejaré que un hombre me vuelva a tratar como si fuera una muñeca de cristal que se puede romper en cualquier instante. No lo soy.

—¿Qué esperabas que hiciera?

—¡Que te quedaras! —ruge. —No debiste hacer eso, no debiste subir al maldito auto.

Y así llega, el dolor que me evité al salir casi corriendo de ese departamento de lujo. No puedes escapar del destino ¿cierto? Era mi destino escuchar esas palabras. "No es suficiente" "No me convienes"

—No, no debí —acepto con la voz tensa. —Pero me subí a tu maldito auto porque quería que me follaras —ahora es mi turno de gruñir, —porque eras lo que necesitaba en ese momento.

—Yo no... —trata de hablar, pero lo detengo. Ahora es su turno de escucharme.

—¿Quieres saber porque hui? — levanto mi cabeza, desafiante. — No me quedé porque no estaba dispuesta a soportar tu decepción cuando me vieras, cuando vieras que yo no era ella, que yo no era tu novia.

Pongo las manos en el borde de la mesa, me impulso, recorro hacia atrás la silla para tener espacio libre. Me levanto, me giro lista para caminar lejos de él.

Sabía que, si algún día lo volvería a ver no sería como esa noche, pero tenía la esperanza que aún se mantuviera esa extraña conexión entre ambos. Ahora me siento una tonta.

Fue un error aceptar su compañía. ¿Cree que yo soy la única que comete errores? ¿Me está culpando por ser tan cobarde y no querer enfrentarme a una realidad con la que no puedo luchar? Yo sé lo que se siente amar a alguien, sé lo que es que te abandonen y sé cuánto duele seguir delante de esa manera, sintiendo que se han llevado todo de ti.

¿Por qué buscó? Quiere asegurarse que yo no diga ninguna palabra, quiere asegurarse que su nombre y su reputación queden intactos.

Mierda, ahora me siento furiosa con él. Quiero golpearlo por ser un idiota, y él dijo que no saliera con idiotas, quizás deba hacerle caso.

Mis piernas se mueven para irme de este maldito lugar. Apenas logro dar dos pasos, una mano me sostiene firme en uno de mis brazos, me impide seguir avanzando.

—No me refería a eso.

Aprieto los dientes. En mi interior ruego por paciencia.

—No te vayas —su voz ahora es un ruego, —por favor.

Me quedo inmóvil.

—No me arrepiento.

Mi cuerpo se gira al escuchar esas palabras. Lo miro con atención. Ahora está de pie a un lado de la mesa, a unos pasos de mí. Su mano extendida hacia mí mantiene mi brazo en el aire. Sus ojos son una súplica, no quiere que me mueva, no quiere que me vaya.

—No me arrepiento de lo que pasó esa noche —su respiración es agitada. —Por favor, escúchame.

Su cabeza señala la silla donde he estado sentada hace unos segundos. Suelto un profundo y ruidoso suspiro. Me muevo, me colocó de nuevo en la silla. Él parece volver a respirar cuando me ve ahí de nuevo. Se coloca frente a mí.

—No me arrepiento de esa noche. Te llevé a mi casa porque necesitaba hacerte mía — sus ojos brillan. — En ese momento necesitaba nada relacionado a ella, te necesitaba a ti. Yo también necesitaba sentirme libre.

Me giro a mirar a la ventana, veo a las personas ir de un lado a otro, algunas voltean curiosas, pero no se detienen a mirarnos más de lo necesario.

—Ya te encontré y no pienso permitir que huyas de nuevo.

Yo tampoco quiero seguir huyendo, he desperdiciado mi vida en eso. Ya es suficiente.

—¿Sabes lo arriesgado que fue subir así al taxi? —pregunta, de nuevo su voz de vuelve fría, distante. —¿Sabes lo que pudo pasarte?

Sí, estoy consciente de eso. Sé que él taxista se comportó muy bien, quizás fue mi apariencia hecha un desastre, o quizás pensó que ya había pasado algo antes de que me recogiera. Quizás por eso no me lastimó.

—Sí, lo sé —respondo en voz baja. —Lo siento.

—No volverá a pasar —ordena. — Taylor puede llevarte a donde quieras, con él estarás segura. No está a discusión.

No le digo nada más. Lo toma como una aceptación, pero ya veremos quién de los dos es el ganador. Él no lo sabe, no me conoce, no creo que esté listo para lidiar conmigo. Christian es controlador, yo soy impulsiva.

—¿Lista para irnos? —me pregunta. Veo al mesero acercarse a nuestra mesa.

—Sí —trato de sonreír.

—Por favor, añade esto a mi cuenta —le indica.

—El signore Dan lamenta no poder despedirlo personalmente —hace una inclinación. Christian hace un gesto, le quita importancia al asunto.

Me toma de la mano y me conduce por el camino por donde entramos. Taylor está afuera, esperando por nosotros ¿Se habrá movido? Nos sube de nuevo al auto y se coloca al volante.

—Vamos a la casa de Isabella. —Christian le ordena. Ambos me miran, esperando que les indique el camino.

—Harlow Heights —indico —por favor, Taylor.

El hombre asiente y se pone en marcha.

—¿Cuánto llevas viviendo en ese lugar? —Christian pregunta. —¿Sabías que ese edificio es de Leonard?

—Sí, ya sabía que era de él, por eso es que Angela y yo vivimos ahí —me remuevo incomoda. Me mira, quiere una explicación más amplia.

—Cuando nos mudamos a la ciudad, tuvimos varios problemas, con la mudanza, con el otro departamento y con nuestro dinero —siento la garganta cerrada —Nos mudamos un par de semanas más tarde de lo planeado.

—¿Cómo conocieron a Leonard?

—Angela y yo nos hospedamos un par de semanas en un hotel, dábamos vueltas en la ciudad para conseguir una casa y un empleo. Yo me topé a la señora Grayson en un supermercado, — sonrío levemente. —Diez minutos después, mi amiga y yo íbamos en su auto rumbo a su casa.

—Ahí conocimos al señor Grayson —aclaro. —Les contamos nuestros planes, la universidad y esas cosas, el señor Grayson nos obligó a regresar a casa, empacar nuestras cosas y al día siguiente, el camión de la mudanza estaba frente a las puertas de nuestras casas.

Siento el auto detenerse demasiado pronto para mi gusto. Veo la entrada de mi edificio por la ventanilla del auto, me bajó sin esperar a que alguien me abra la puerta. Christian le da un par de instrucciones a Taylor antes de seguirme al interior del edificio.

De nuevo está vació el living, ahora me siento avergonzada. Yo no tengo un estacionamiento exclusivo, tampoco un ascensor exclusivo, aunque vivo en el último piso, hay más departamentos ahí.

Dentro del ascensor, mi boca suelta más palabras. Decido seguir con la conversación para olvidar que tengo el cuerpo de Christian Grey a unos centímetros del mío.

—La señora Grayson nos ofreció trabajar en la asociación —miré por la esquina de mis ojos al hombre a mí lado, hace un gesto, sabe de qué hablo. —Angela y yo aceptamos sin dudarlo. Trabajamos ahí durante nuestro primer año de la universidad, ahora solo somos voluntarias.

Las puertas de metal se abren mostrando el pasillo frente a nosotros. Christian me hace una señal para que lo dirija. Mis zapatos altos y los dé el resuenan en el ya tan conocido piso.

—¿Cómo entraron al periódico? —pregunta, sus ojos fijos en mí.

—Yo entré primero, fue cuando iba en segundo año —trato de recordar. —El señor Grayson me pedía que cubriera algunos reportajes mínimos, algunos artículos que había que revisar, uno que otro manuscrito —sonrío al recordar esos días. —Angela comenzó cuando le faltaban dos años.

—El resto lo hicieron solas —suena orgulloso.

—El Sr. y la Sra. Grayson nos ayudaron bastante. Nos rentaron un departamento a cada una —señalo la puerta de Angela mientras paso a su lado. —La señora Grayson viene cada cierto tiempo a cambiar la decoración de los dos departamentos.

Abro la puerta de mi casa, entro y me muevo por mi lugar seguro.

—Es lindo que alguien se preocupe por nosotras —comento. No recibo ninguna respuesta. Me giro, Christian está de pie en la puerta. —Ven, entra, iré a preparar mi maleta.

Extiendo mi mano en su dirección. Se acerca, la toma.

—¿Usualmente invitas a cualquiera a entrar? —pregunta, su voz seria.

—¿Cuántos hombres han entrado en mi departamento? —mis dedos tamborilean en mi barbilla, con suavidad. Christian aprieta la mandíbula.

—Ahora quiero saber esa respuesta —sisea.

—¿Incluyéndote? —pregunto inocente. Mis ojos presencian el momento exacto cuando sus ojos se encienden en dos llamas amenazantes.

—Isabella —gruñe mi nombre. Me deleito con ese sonido.

—Dos —respondo. Me adentro en mi habitación, debo darme prisa a preparar mi maleta. Una respiración pesada se escucha detrás de mí.

—¿El ex-novio? —pregunta. Oculto mi sonrisa.

—Mi padre —digo alegre. Christian piensa mis palabras por un segundo, baja la cabeza y niega.

—Tu padre, claro.

Sonrió orgullosa de mi travesura.

Yo no tengo mucho que hacer en Nueva York, solamente lidiar el día de mañana con Lucas y sus eternos coqueteos. Prefiero viajar cómoda y ligera. Me decido por la maleta pequeña que está en la parte alta del armario.

Estiro mis piernas, mi espalda y mi brazo para alcanzarla. Un cálido cuerpo se posa en mi espalda, una mano se coloca en mi cintura apretando con fuerza, pero sin hacerme daño. Otra mano se estira a la par de la mía, él si alcanza la maleta.

Con la maleta en mis manos, mi cuerpo se gira en el espacio que deja su cuerpo y el armario.

—Gracias —le digo. Trato de parecer tranquila mientras ignoro nuestra posición.

Su mano sigue fija en mi cintura, la otra está en mi espalda ahora. Su cuerpo está presionado contra mí, puedo sentir cada silueta, cada relieve. Su rostro está a pocos centímetros del mío, muy pocos, su aliento roza la piel de mi rostro.

Trago pesado. Su presencia, su aroma, su manera de tocarme me vuelve loca. Es inevitable que mis piernas tiemblen, es inevitable que mi respiración se acelere, es inevitable que mi piel arda anhelando su toque.

Dejo la razón de lado. Mis manos sueltan la maleta que cae al lado de nosotros, me lanzo contra él. Mis labios chocan contra los suyos. Sus manos me aseguran contra su cuerpo. Nuestras bocas se mueven una sobre la otra, lento, torturante, delicado, provocador. Ambos gemimos

Mis manos lo atraen más a mí. Siento su cuerpo, ni su mejor traje puede esconder la erección que siente, la erección que le provoco. Su sabor en mis labios provoca que mis bragas se humedezcan, como si estuviera haciendo más que acariciarme la espalda.

Mi mano acaricia su cabello, se pierden entre los rizos de su cabeza, arruino su peinado. La piel de su rostro es cálida, suave. Su barba, limpia y cuidada esta vez, me regala la misma picazón cuando mi mano recorre su borde. Mi otra mano va de su hombro a su pecho, aun con la fina tela sobre su cuerpo puedo sentir sus músculos marcados.

Christian se separa de mí, sus ojos me hacen una pregunta silenciosa: "¿Confías en mí?"

Mi respuesta es lanzarme a sus labios de nuevo.

Esta vez, nuestras bocas no son gentiles, el hambre y el deseo están presentes en ambos. Su lengua baila por mis labios y mi boca, me reclama, hago lo mismo. Nuestros cuerpos se mueven, me conduce por mi habitación hasta que mis piernas se detienen en la cama. Christian se aleja de mis labios, sus manos viajan hasta el broche de mi falda, se escucha el sonido de la cremallera deslizándose hacia abajo. Sus manos empujan la tela por mis piernas, acaricia la piel a su paso.

Me sostiene firme de una de mis manos. Golpea un par de veces el tobillo de una de mis piernas, sé lo que quiere, las levanto con cuidado, dejándome fura del círculo de tela. Christian se levanta de nuevo, sus labios se posan sobre los míos, sus manos ahora están en mi blusa. Mete sus dedos por debajo de la seda, acaricia mi estómago con lentitud, sus dedos empujan la tela por mi torso hacia mi cabeza. Mis manos se levantan para ayudarle.

Da unos pasos hacia atrás, como si contemplara una obra de arte. Sus ojos viajan sobre mi cuerpo cubierto únicamente por el conjunto de mi ropa interior de encaje.

—Eres hermosa —murmura.

—Lo sé —respondo, él sonríe. Se acerca a mí, sus manos se colocan a cada lado de mi cadera, un ágil movimiento y mi cuerpo queda sentado sobre el colchón.

Mi mirada se mantiene atenta a sus acciones. Christian se arrodilla frente a mí.

—Recuéstate sobre tus codos —ordena, lo hago. —Ahora sube las piernas.

En cuanto hago lo que me pide, sus manos tiran de mis piernas hasta dejarme lo más cerca que se pueda. Me tiene frente a él, en ropa interior pero expuesta a él, a lo que quiera hacerme.

Su mano se estira, con sus dedos baja la tela de mi sostén lo que le da acceso completo a mis pechos. Se inclina, besa, jala y tironea cada uno de mis pezones expuestos y vulnerables a sus labios. Mi espalda se arquea. Christian sigue jugando con su lengua, sus dientes y mis pezones, rápidamente me tiene jadeando y gimiendo.

Su lengua se desliza por mi abdomen, baja hasta mi ombligo, sigue bajando hasta el borde de mis bragas. Sus ojos me buscan, puedo sentir su respiración sobre la fina tela que cubre mi coño.

Aun con su mirada sobre mí, uno de sus dedos hace la tela a un lado. Una caricia recorre mi sexo. Jadeo.

—¿Me deseas, Isabella? —pregunta, hay algo en su voz que suena diferente, pero, no puedo concentrarme en nada que no sea la sensación de sus dedos acariciando mi entrada.

Mi respiración es agitada, me cuesta respirar. Deseo más, deseo tenerlo todo de él. Sus labios se van a mis muslos, deposita besos húmedos en mi piel.

—No te muevas —ordena, su mirada me advierte que lo obedezca.

Sus dedos se colocan en mi clítoris, hace círculos alrededor con pereza, de vez en cuando lo pellizca, me provoca un grito de placer. Su pulgar juega con mi entrada, se desliza cada cierto tiempo en mi interior. Una de mis manos se mueve a mis pechos apretándolos suavemente, les doy un pellizco a mis pezones que reclaman atención.

—No te toques —habla, sus dedos se detienen. —No te muevas.

Su voz es dura, es una advertencia para que no lo desafíe. Bajo mi mano y la acomodo de nuevo bajo mi cuerpo.

Sus manos siguen haciendo su magia, esta vez, dos de sus dedos se deslizan con facilidad dentro de mi coño. Mis labios sueltan un gemido. Christian parece aceptar los sonidos que salen de mi boca, los toma como una señal de que está haciendo bien su trabajo.

De repente siento algo húmedo y cálido en mi sexo. Su lengua se pasea por mis pliegues. Mi cabeza se va hacia atrás, mis gemidos son más altos, mi pecho sube y baja por mi jadeante respiración. Su boca succiona, su lengua se pasea por mi clítoris, sus dedos aún siguen entrando y saliendo frenéticamente de mi interior.

—Oh, por favor —balbuceo. Mi cuerpo comienza a sacudirse, mis caderas se proyectan a su rostro en busca de más de lo que me está dando. Me siento tan cerca. Quiero correrme, quiero tener un orgasmo como el de esa noche.

Sus dedos salen de mi interior haciendo un sonido por la humedad que ha comenzado escurrir de mí. Su boca se separa de mi cuerpo. Mis ojos se abren, lo busco con desesperación.

—¿Por qué paras? —pregunto desesperada.

—Debemos tomar un vuelo —anuncia. Se pone de pie, se acerca a mí, sus labios se colocan sobre los míos, aun puedo sentir mi sabor en ellos. —Te espero abajo.

Se separa, se aleja de mí. Escucho sus pisadas alejándose en dirección a la puerta de mi casa. Me quedo en blanco, aún me siento al borde.

—¡Maldición! —grito. —¡Es un maldito cabrón!


Hola, hola. ¿Qué tal están? Me tarde ¿verdad? jajaja Debo admitir que es difícil escribir los caps de esta historia, meterme en el personaje de ambos, en lo que quiero que sean en separado y juntos, uff, me deja exhausta, además, la manera en la que estoy tratando de escribirlo no es como estoy acostumbrada.

En fin.. ¿Qué tal el capitulo? ¿Qué opinan? jijijji ¿Pista del siguiente? El siguiente es en New York