So it goes...

Te conocí en la oscuridad… Hago tus días grises más claros. Sé que lo sabes, podemos sentirlo, es inevitable.

Nos rompemos un poco, pero, cuando me tienes a solas, es tan sencillo…

Es inevitable.

Ambos creen haberlo perdido todo, ahora viven rodeados de la oscuridad del pasado. Una noche, el destino juega a su favor haciendo que se encuentren por lo que parece ser casualidad, y la atracción entre ellos es inevitable. Ahora, si quieren salir de la jaula en la que viven, deben aprender a perder el control... ¿Lo lograrán?

Crossover 50Shades & Twilight.

+18 Contiene Lemon


La historia se ubica 5 años después de Luna Nueva, y la semana en la que Anastasia abandona a Christian. (Final libro 1)

Es decir, está ubicado alrededor del año 2011, pero, honestamente ya me acostumbre a la tecnología de la actualidad y por más que quiera viajar al pasado, es muy probable que se me filtren algunas cosas que tenemos en este momento. Por lo que, para fines prácticos de la historia, fingiremos que viajamos en el tiempo al pasado con las historias, pero con las comodidades de ahorita.

De todas maneras, si tienen dudas, no duden en preguntarme, trataré de aclararlas.

Por cierto, esto contiene mucho LEMMON. También tiene temas relacionados al BDSM, por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

También debo aclarar que no tengo mucha experiencia en el tema BDSM, por lo que haré investigaciones, pero si algo está mal me pueden corregir si saben del tema.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío.

Está inspirado principalmente en la canción So it goes, de Taylor Swift, entre otras que me vayan ayudando a escribir la historia.


Isabella POV

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Son pocos los días en los que me permito pensar en cómo ha sido mi vida. Son días como este, cuando hay algo nuevo, que siento la necesidad de repasar lo que he vivido.

En la actualidad, en mi vida de ahora, solo una palabra aparece en mi mente; Orgullo.

En Seattle puedo darme el lujo de fingir ser alguien importante.

Me siento satisfecha con mi trabajo y lo que hago en él, estoy contenta con la reputación que me he creado en el mundo periodístico. Gracias a esa reputación es que puedo tener la vida que tengo ahora. Gracias a esa reputación nadie me ha cuestionado cuando he comprado acciones en la empresa. Gracias a mi reputación puedo tener la vida que tengo ahora.

Me siento orgullosa de las decisiones que he tomado desde que Angela y yo nos mudamos. Hoy podemos darnos el lujo de llevar una vida diferente a la que cualquiera en Forks pueda tener. Hoy podemos comprarnos las cosas que queramos sin preocuparnos en cómo tener dinero para comer el último día del mes o si tendremos para pagar la renta.

Me siento orgullosa cuando veo mi casa, ese lugar que ha sido mi refugio todo este tiempo. Además de que agradezco poder tener los recursos para pagar la costosa membresía del Lounge, ese lugar que muchas veces nos ha servido a ambas para sentirnos libres.

Me siento complacida cuando tengo momentos como estos.

Para algunas personas, este pequeño mundo que he creado, no significada nada. No importa. Lo es todo para mí.

Para una adolescente de un pueblo fantasma, mudarse a una ciudad, es un gran paso. Para una niña a la que le rompieron el corazón, derrumbaron su mundo y la dejaron tirada como una basura, crear una realidad nueva, significa demasiado.

Cierro mis ojos, permito que el resto de mis sentidos se activen. El viento fresco acaricia mi rostro, acaricia mi cuerpo sobre la fina tela de seda. Mis oídos captan cada sonido que se produce a varios metros de mí. Mi nariz se encarga de que una gran cantidad de aire entre a mis pulmones.

Mis parpados se mueven con lentitud, mis ojos se abren de a poco. Tengo miedo de que cuando mis ojos se abran por completo, todo lo que hay frente a mí, desaparezca.

Sé que por mi trabajo, tengo que ir de una ciudad a otra. Aunque ya no me dedico a hacer reportajes, es común que alguna persona o él señor Grayson me pidan que sea personalmente yo quien cubra alguna note en específico. Esos son mis momentos favoritos, porque me permiten conocer lugares que solo podía ver a través de alguna pantalla. Esos momentos son mis favoritos porque me hacen salir de la oficina donde paso la gran mayoría del día editando textos y notas.

Pero, esos momentos, nunca me habían permitido ver lo que mis ojos ven en este momento. No, quizás verlo sí, a través de las pantallas digitales que hay actualmente. Pero verlo y vivirlo en persona, es muy diferente.

Jamás imaginé que algún día se me presentaría la oportunidad de estar en el Pent-house de uno de los mejores hoteles de Nueva York.

Cuando tenemos que viajar para cubrir alguna nota, nos quedamos en hoteles que nos resulten cómodos y cerca del lugar al que iremos. Nunca en un cinco estrellas, nunca en la mejor habitación del hotel.

Pero ahora estoy aquí, en el balcón de la habitación del último piso, mirando con mis propios ojos una vista panorámica de la ciudad.

Puedo ver una parte del famoso Central Park, rodeado de grandes edificios, alumbrados por miles de luces. No importa el lugar donde mis ojos se enfoquen, hay edificios y luces cubriendo cada ángulo. Es un espectáculo sin duda. La oscuridad que rodea la ciudad es aterradora, pero es el óleo perfecto para que los edificios de distintos tamaños, cubiertos en su totalidad de luces de distintos colores, formen un paisaje que en ningún lugar se puede repetir.

Sé que es de madrugada, vi la hora cuando usé mi celular para tomar fotos, pero también sé que, ya ha pasado bastante tiempo de eso. Ahora estoy insegura sobre la cantidad de tiempo que he pasado contemplando los rascacielos y escuchando la vida nocturna de la llamada "la gran manzana".

Mis manos sostienen el borde de la estructura de metal y cristal que evita que mi cuerpo caiga varios pisos hacia la calle. Mi cuerpo se impulsa hacia adelante, mi cuello se estira buscando un mejor ángulo para ver lo que sucede en la calle que pasa frente al edificio.

De nuevo la envidia invade mi interior. Envidio la facilidad con la que las personas salen a divertirse, sin importar la hora, el día o los problemas que tengan. Envidio a todos aquellos que viven. Los envidio porque yo llevo años intentándolo y solo he conseguido una falsa libertad.

Me estremezco.

La constante caricia del viento hace que mi cuerpo se estremezca. La fina tela de mi pijama no cubre nada mi cuerpo, además que mis brazos y piernas han quedado descubiertas y vulnerables al frio.

Debería volver a la cama e intentar dormir Mañana será un día importante y, si quiero lidiar correctamente con Lucas, debo asegurarme de ir al cien por ciento de mis capacidades. Pero, si vuelvo a la cama, no podré ver más tiempo la vista de la ciudad. Me siento celosa. El día de mañana, a esta misma hora, ya estaré de regreso en Seattle, en el balcón de mi habitación.

No tengo que debatir conmigo misma. Decido quedarme y aprovechar todo el tiempo que pueda.

Solo decido volver a la habitación cuando mi piel está lo bastante fría como para recordarme que necesito calor. Me despido de la vista y camino de regreso al silencio del interior de la habitación. Con cuidado cierro las puertas de cristal que dividen el exterior. Después del constante murmullo de la ciudad, el silencio que me recibe es abrumador.

Miro la cama de tamaño Kings size que está colocada al medio de la habitación, colocada estratégicamente para que, desde la cama, puedas tener una vista de la ciudad a través de la pared de cristal que está al frente. Desde mi posición en el balcón de al lado, tengo una vista perfecta de toda la habitación. Mis ojos se colocan en la puerta, debo cruzar todo el espació si quiero salir.

Sonrío, es inevitable el recuerdo de esa primera mañana después de que mi vida se cruzara con la de Christian Grey.

Mis pies descalzos se deslizan tocando el piso con el mayor sigilo posible. Mi cuerpo se detiene frente a la cama.

En el medio de las sábanas blancas está él, el causante de que yo esté aquí.

Christian Grey está descansando profundamente sobre las esponjosas almohadas, su rostro está inexpresivo, pero es notoria la tranquilidad que está sintiendo. Su pecho sube y baja mostrando su respiración acompasada. Las sábanas están a un lado de su cuerpo, permitiéndome una vista de su marcado pecho desnudo.

Muero mi labio.

Una picazón aparece en mis manos. Quiero acariciar su rostro, quiero que mis dedos se pierdan en los rizos de sus cabellos. Quiero acariciar su pecho y sus brazos, sentir sus suspiros contra mi piel. Quiero escuchar mi nombre de sus labios.

Sacudo mi cabeza. Alejo esos pensamientos de mi cabeza.

Mis pies se mueven nuevamente, alcanzo la manija de la puerta y salgo a través de ella. Hecho una mirada a la silueta en la cama antes de volver a cerrar la puerta. Sonrió cuando veo la soledad que me espera.

Me paseo por todo el lugar, gozando de las instalaciones y observando a detalle cada cosa. Hace horas, cuando llegamos, me sentía abrumada por todo lo que había en menos de 400 metros cuadrados y me perdí la oportunidad de explorar a mí alrededor. Ahora puedo apreciar con calma, cada detalle.

Me paseo siendo lo más silenciosa posible. Mis dedos acarician cada borde de cada cosa y mueble que hay. Mis ojos observan las paredes de colores similares al champagne, las decoraciones en color madera y dorado que resaltan sobre el resto de las cosas. Los muebles de estilo minimalista que están hechos por la mejor madera y forrados con la tela más costosa. Los candelabros de cristal que están esparcidos por las habitaciones son los detalles que gritan "lujo".

Finalmente alcanzo el living. Me recibe como el resto del lugar, en la oscuridad. Pero con la luz que se filtra por las paredes de cristal que están a cada lado del espacio. Mis ojos se abren maravillados por cada espacio que me rodea. Doy un par de vueltas sobre mis propios pies antes de permitir que mi cuerpo caiga sobre uno de los sofás. Mi cuerpo se acomoda, se extiende en toda la longitud del sofá. Mis ojos miran el techo.

Es increíble lo que el dinero puede darte.

Una risa brota de mis labios.

Mi mente me muestra el momento en el que caí en cuenta que Christian había organizado un viaje mientras almorzamos en el restaurante de su amigo.

Bastantes horas atrás, cuando llegamos al aeropuerto de Seattle, estaba bastante encabronada con Christian por lo que pasó en mi casa. Acepto que, la tentación de comprar un boleto en un vuelo diferente al suyo, casi dominaba mi cuerpo en ese momento. Además de que, ya iba hostigada por la idea de pasar por la tediosa e interminable fila para pasar por los filtros de seguridad.

Pero, aunque no lo demostré, toda esa molestia desapareció cuando Christian me condujo hacia una parte del aeropuerto que nunca había visto. Miré maravillada como con solo mencionar su nombre y mostrar algo en su celular, nos dejaron pasar a los tres sin necesidad de ninguna revisión.

Ni Taylor ni Christian dieron explicaciones, solo se encargaron de conducirme por el lugar.

La sorpresa se duplicó cuando noté que no era un avión comercial el que esperaba por nosotros, sino un Jet privado. La tripulación nos recibió con calidez y sin hacer ninguna pregunta respecto a mí presencia e hicieron todo lo necesario para nuestro vuelo. Cuando le pregunté a Christian sobre el tema, solo mencionó que era su avión personal y que, por casualidad o por culpa del destino, yo era la primera extraña en subir en él.

Eso en lugar de molestarme me hizo sentir agradecida y segura de que nadie mencionaría algo sobre su exnovia.

Durante el vuelo, Christian me permitió explorar todo el interior. Probé cada uno de los asientos, exploré cada rincón de la habitación que estaba en el fondo, conocí a cada uno del personal, una miembro de la tripulación me acompañó a la cabina del piloto quien me dio la bienvenida y me explico un poco el funcionamiento del avión. Toda la tripulación se encargó de que esas horas de viaje, la pasara bien.

Me sentí contenta de haber hecho una pataleta mientras hacia la maleta.

Después de la escena en mi casa, había decidido molestar a Christian y tardé cerca de una hora en volver a bajar al auto donde me esperaba junto a Taylor. Aproveché ese tiempo y me di una ducha, dejé mi ropa de la oficina de lado y había elegido ropa más cómoda para poder viajar. Eso me permitió explorar mejor el avión.

Incluso, puedo apostar a que en algún momento del vuelo llegué a notar una sonrisa en los labios de Christian. Al inicio me temí que se burlara de mí, sé que era como una niña pequeña que va de un lado a otro descubriendo un mundo completamente nuevo. Pero la manera en la que él me impulsaba a levantarme de nuevo de mi asiento, y la sonrisa que me brindaba cuando me señalaba los lugares que aún no veía, me indico que en realidad estaba disfrutando de mi actitud.

Cuando el piloto nos dio la bienvenida a la ciudad y nos avisó de nuestra llegada al aeropuerto, fue el momento en que caí en cuenta de cómo todo se había acomodado para nuestra llegada. A bajar del avión, en la pista de aterrizaje, nos esperaba una camioneta de lujo en la que Taylor nos condujo al hotel.

Cuando crucé las puertas del hotel Four Seasons, utilicé todas mis fuerzas para reprimir el impulso de echarme a correr de nuevo a la calle. El agarre de Christian sobre mi mano fue lo que me mantuvo en mi lugar, como si hubiera leído mis pensamientos o adivinado mis intenciones

La mano de Christian se mantuvo alrededor de la mía durante todo el tiempo en el que hacia el trámite y firmaba los documentos necesarios. Mientras tanto, me permití analizar el elegante recibidor del hotel.

Había personas de todo tipo, algunas vestidas elegantes y con portafolios y bolsos de marcas prestigiosas donde parecía cargar documentos de oficina. Algunas otras personas vestían prendas más casuales e informales, pero, de todas maneras, notabas el lujo en ellas.

Me permití analizar y comparar mi apariencia. Mi cabello iba recogido en un moño suelto, mi maquillaje estaba intacto gracias a que había sido retocado antes de bajar del avión. El conjunto beige de tres piezas que había elegido para viajar constaba de un pantalón de corte recto, una camisa de algodón y un saco ligero de la misma tela del pantalón. Los tres arrugados por el viaje.

La realidad me golpeo con bastante fuerza. Yo no pertenecía ese lugar.

Pero la falta de atención en mí, o las pocas miradas que se posaron en mí sin ninguna señal de desagrado o asombro, solo curiosidad, además de la afirmación de Christian en mi oído diciendo que lucía perfectamente bien, me confirmaron que todos ellos me veían como igual.

Otra risa brota de nuevo de mí.

Es inevitable que en mi mente aparezca Julia Roberts y su personaje en la película "Mujer Bonita".

No soy tan diferente a ella.

Por azares del destino, una mujer que viene de un mundo inimaginable termina en un lujoso Pent-house, siendo dama de compañía de un hombre empresario, guapo, apuesto y millonario.

Supongo que debo agradecerle a Christian la experiencia.

Aunque, ahora que lo pienso, en la película le pagan al personaje de Julia Roberts por acostarse con el millonario. ¿Debería cobrarle a Christian?

Un suspiro brota desde lo más profundo de mi interior.

No puedo engañarme. Podría dejar que Christian me folle una y otra vez, todos los días, todas las veces que quiera y sin cobrarle ni un centavo.

Me siento en el sofá de golpe.

Maldición, ¿Ahora es en todo lo que puedo pensar? ¿Acaso alguien me culparía por elegirlo a él como el protagonista de mis sueños húmedos?

No lo creo.

Christian Grey es el sueño de cualquiera.

Una imagen pasa fugazmente por mi cabeza. Esa imagen que tengo prohibida. Es solo un vistazo, pero ahí está, la imagen de la persona que me tengo prohibido mencionar, esa persona que incluso me he prohibido pensar en la posibilidad de recordarla.

Me pongo de pie en un movimiento.

Obligo a mis pies a que se muevan a través del lugar. Ahora entro al espacio de la biblioteca, un espacio en el que hay un conjunto de sofás y repostes similares al resto del mobiliario, pero hay dos cosas que hacen que el lugar sea íntimo, elegante y perfecto. El primero es que, en las dos paredes en las que no hay cristal, los muros han sido convertidos en dos libreros enormes. Desde el suelo hasta el techo hay estanterías con libros.

Me acerco a uno, mis dedos pasan por el borde de los libros, por las letras que hay impresas en el lomo de ellos. Mis ojos leen los títulos que llaman mi atención.

Una sonrisa nostálgica aparece en mis labios.

Parece que fue era ayer cuando me permitía soñar con una vida totalmente diferente. Lo tenía todo pensado, saldría de la preparatoria y aceptaría un trato que cambiaría mi vida por completo, un trato que haría de mi existencia algo que ningún ser humano se puede imaginar. Tomaría todo el tiempo que sintiera necesario, aprendería a vivir mi nueva vida con calma. Más tarde podría volver a la universidad, estudiaría en una universidad prestigiosa para convertirme en escritora.

Pero no resultó. Esa vida que soñaba hace algunos años de quedó en eso, un sueño.

Mis dedos acarician el borde de madera del último estante de libros. Mis pies se detienen, me dejan congelada frente a ese pedestal que se encuentra dos escalones más arriba del nivel del resto del espacio de la biblioteca. Solo dos escalones me separan de mi tortura.

Mis ojos se quedan fijos en el objeto. Se ve solitario y triste. Está perfectamente quieto en el medio de la luz que se filtra por el ventanal detrás de él, está a la espera de ser utilizado por alguien.

Cierro los ojos.

Permito que todos esos sentimientos, que llevo años ocultando en mi interior, salgan al exterior. Permito que el abismo del que llevo años huyendo me arrastre a esa oscuridad que se siente tan familiar.

Me permito pensar en ese sueño que tuve hace unos años, me permito pensar en él. En mi mente aparece aquél al que yo consideraba mi sueño.

A mi cuerpo vuelve la sensación de que me habían practicado una gran abertura en el pecho a través de la cual me había extirpado los principales órganos vitales y me habían dejado allí, rajada, con los profundos cortes sin curar y sangrando y palpitando a pesar de todo el tiempo que ha transcurrido. El aturdimiento me abraza, todo el sufrimiento que he pasado por años, aquel vacío doloroso envía incontrolables flujos de angustia hacia la cabeza y cada extremidad de mi cuerpo.

Los pensamientos me doblan. Mi cabeza da vueltas, me abruma con todas esas imágenes que aparecen en mi mente. La superficie del suelo se coloca en mis rodillas, y luego en las palmas de mis manos.

Sé que, pensando racionalmente, mis pulmones están intactos, ya que jadeo en busca de la mayor cantidad posible de aire. Mi corazón también sigue latiendo, puedo sentir las palpitaciones en mi pecho y en mis oídos. Mi vida ha seguido su curso.

Mis ojos se abren, mis mejillas se sienten húmedas por las lágrimas que han traicionado mi control y se han deslizado por mi rostro.

Una sonrisa aparece en mis labios.

Las oleadas de dolor apenas se sienten como una caricia. Quizás el dolor se debilitó con el transcurso del tiempo, o quizás yo me había fortalecido lo suficiente para soportarlo. He vivido tanto tiempo con el dolor, soportándolo y luchando contra corriente, que ahora ya no es importante.

Me es inevitable sonreír por la sensación.

Esa historia que lleva años torturándome solo será una historia más de mi pasado. En esa historia, me caí del pedestal en el que me pusieron, caí directamente al agujero de oscuridad donde me recluí por años, me empujaron por un precipicio. Fueron meses de dolor en los que buscada desesperadamente algo para sostenerme y volver a subir hacia la luz.

En resumen, esos meses llenos de dolor y sufrimiento solo fueron un mal tiempo al que sobreviví. En pocas palabras, fue un mal momento y fue el hombre incorrecto.

Con energías renovadas, me pondo de pie.

Me acerco los pasos necesarios, subo los dos escalones que me separan del piano negro. Aun temblorosa, una de mis manos se estira hasta tocarlo. Mis dedos se deslizan por la superficie, acarician el barniz de la madera. La sensación es familiar, pero muy diferente. Este piano es más pequeño, es práctico para una habitación de un hotel. Por la textura de la superficie que estoy tocando, me siento valiente para decir que está nuevo, al menos fue hecho en este siglo. El color negro brillante te dice lo elegante que es, los detalles en color dorado están colocados en su lugar con precisión.

Es perfecto.

Es inevitable que haga la comparación con el otro piano que he visto, ese que es más perfecto que este, o que ninguno que alguien pueda llegar a tener en esta vida. Aquel piano era de color negro menos brillante que este frente a mis ojos, aunque sé por buena fuente que el barniz y la pintura eran los originales, los detalles también eran en color dorado. Pero lo que lo hacía excepcional era la forma que tenía en su silueta, esas curvas características de los muebles del siglo pasado.

Suelto la respiración bruscamente.

Mis dedos siguen recorriendo la superficie, mis piernas siguen moviéndome a su alrededor, hago un reconocimiento de campo de todo el instrumento. Finalmente, mi cuerpo cae obre el banco de madera que está frente al área de las teclas del piano. La tela que recubre el banco me da la bienvenida con suavidad, me genera una sensación de comodidad.

Una sonrisa aparece en mis labios. Mis manos frotan mi rostro para eliminar cualquier rastro de las lágrimas que se han deslizado por mis mejillas. Finalmente, mis dedos vuelven a deslizarse por la madera del piano, esta vez, con un nuevo pensamiento.

Ahora los recuerdos serán solo eso, recuerdos. Mi mente ya no se quedará atascada en esas pequeñas cosas que me torturan. Ya no.

Antes estaba dispuesta a tener una vida de fantasía en un mundo sobrenatural que nadie podría imaginar. Ya no. Ya no la quiero.

Ahora voy a tener esa vida humana que todos imaginan. Ahora mis sueños son diferentes.

—Ahí estas —una voz llega a mis oídos. Mi cuerpo se sobresalta.

Me levanto del banco con un movimiento, mi cuerpo se mueve un par de pasos aun junto al borde del piano. Mis ojos buscan al dueño de la voz en el medio de la oscuridad. Mis ojos se colocan sobre la silueta que está del otro lado de la habitación.

Ahí está, ese hombre de ensueño que ha entrado a mi vida como un cometa. Ese hombre que ha abierto un mundo completamente nuevo para mí, un mundo en el que me siento cómoda como si fuese mi hogar. Y no voy a dejarlo ir. Me volveré la princesa de una historia que yo misma escribiré.

Si el zapato te queda, solo acéptalo y camina con él a todos lados.

—¿Qué estás haciendo aquí? —a mis oídos llega de nuevo el sonido de su voz ronca por las horas que lleva dormido. Su silueta está recostada contra el muro al otro lado de la biblioteca. Sus brazos cruzados sobre su pecho desnudo, su rostro somnoliento y su cabello despeinado de forma salvaje.

Luce jodidamente sexy.

—No podía dormir —digo en voz baja, pero clara.

—¿Está todo en orden? —pregunta. Sus ojos grises brillan bajo la leve luz.

—Podría preguntarte lo mismo —respondo. Una risa leve brota de sus labios.

—Desperté y no estabas —acusa. —Creí que habías huido de nuevo, estaba dispuesto a despertar a toda la seguridad del hotel.

Es mi turno de reír.

—No, ya no voy a huir.

—Eso espero —murmura, baja su cabeza en dirección a sus pies. Por unos segundos luce vulnerable, derrotado. Pero, así como llega ese sentimiento, es remplazado de nuevo por la seguridad que lo caracteriza.

—¿Tocas? —levanta la cabeza y señala con un movimiento el piano.

—¡No! —respondo instantáneamente. Las cejas de mi acompañante se levantan, sorprendido por el tono en mi voz. Hago un esfuerzo por controlarme —No, no sé tocar.

Christian me analiza con la mirada, asiente a mi respuesta. Su espalda se separa del muro, sus piernas se mueven dando pasos lentos en mi dirección.

Mi cuerpo se congela.

—¿Tienes algún problema con los pianos? —pregunta cuando llega frente a mí. Sube los escalones, su mano se estira a un lado de mi cintura, sus dedos acarician también la madera del piano.

—¿Por qué la pregunta? —giro mi rostro en la dirección opuesta al suyo.

—En mi casa —murmura. Un escalofrió recorre mi espalda, sé a dónde va la conversación. —Esa mañana, recorriste mi casa, bajaste la escalera, estabas tranquila y curiosa, pero, tus ojos miraron el piano y corriste.

Trago el nudo de mi garganta. No puedo responder.

—Ibas muy asustada, aterrada —me mira con preocupación. —Parecía que habías visto un fantasma o un cadáver.

—¿Cómo sabes eso? —miro en su dirección.

Toma una respiración, acomoda su postura, ahora tiene las dos manos descansando sobre la madera del piano. Hay un brazo suyo a cada lado de mi cintura. Me tiene prisionera con su cuerpo.

—Revisé las cámaras de seguridad —responde sin problemas.

Claro, pero que idiota soy. Por supuesto que tiene cámaras de vigilancia en su casa. Es un millonario, tiene seguridad por todos lados. Incluso yo tengo cámaras en mi casa, cualquiera las tiene.

—Quiero saber porque reaccionaste así —su voz es tranquila, pero, sus ojos me miran. —Dímelo —en su mirada está la orden silenciosa de decirle la verdad. Y yo no me puedo negar.

—No les tengo miedo —carraspeo, —tampoco tengo problemas con el instrumento, de echo me gusta la melodía —lo miro, insegura, él me mira esperando a que continúe. —Los pianos me traen recuerdos que quiero olvidar.

—Adivino —levanta sus cejas, me pide permiso. Asiento con mi cabeza —Él.

No necesita decir más. Ambos sabemos a quién se refiere.

—Él tocaba el piano —afirmo.

Christian mueve su cabeza arriba y abajo un par de veces. Sus ojos grises se mantienen en mis ojos, busca algo en ellos. Una sensación me abraza, me siento abrumada por la intensidad de su mirada, siento que sus ojos me desnudan emocionalmente.

—Ven —dice. Una de sus manos se desliza por mi brazo, su mano se entrelaza con la mía.

Mi cuerpo se mueve detrás de él. Nos coloca frente al banco, pero detrás del piano. Con su mano libre rodea mi cuerpo, sus dedos se colocan sobre mi abdomen, aprieta mi cuerpo contra el suyo. Puedo sentir su respiración contra la parte trasera de mi cuello.

Suspiro disfrutando de la sensación.

Su mano suelta la mía, el calor de contacto se posa en un lado de mi cadera, su pulgar sube y baja acariciando el hueso que hay en ese lugar. Aun con la tela del pijama, puedo sentir a la perfección el calor que me regala su cuerpo.

De la nada, su cuerpo desaparece. La soledad se apodera de mi cuerpo.

—Siéntate —ordena, sus manos me toman de la cintura y tiran de mí con suavidad. Mi cuerpo cae obedeciendo su orden.

Quedo sentada en el banco de madera, en un hueco que hay entre sus piernas. Hay una de sus piernas está a cada lado de las mías, de nuevo su pecho está contra mi espalda, sus brazos acarician mis brazos desnudos. Sus labios depositan un beso en la base de mi cuello.

Cierro los ojos disfrutando de la sensación.

—No es justo lo que hicieron con nosotros —murmura. Sus labios descansan contra mi hombro.

—No, no lo es —digo, de acuerdo con él.

—¿Por qué debemos ser nosotros los que sufran? —pregunta, su voz es rota. Quiero girarme a mirarlo, pero no quiero que vuelva a subir esas paredes que lo mantienen en control. —¿Por qué debemos ser nosotros los que detengan su vida?

No respondo, no sé qué responder. Me he hecho muchas veces esa pregunta.

—Cuando la vi caminar en dirección la puerta de mi casa, cuando dijo que no podía más y decidió irse, sentí que perdía el control —su voz es un susurro.

Sé cómo se siente. Sé lo que es ver la espalda de la persona que amas mientras se aleja de ti.

—Pero la noche en la que me sentía más perdido, apareció un ángel —rio sintiéndome encantada por su selección de palabras. Puedo sentir su sonrisa contra mi hombro. — Alguien igual de roto que yo, que me demostró que perder el control no es malo.

Una de sus manos sube a mi rostro, me obliga a doblar mi cuello para mirarlo.

—Ellos tomaron su decisión —exhala con fuerza.

—¿Cuál fue la frase que usaste la noche en que nos conocimos? —pregunto haciendo memoria, una sonrisa aparece en mis labios cuando la recuerdo. —Ha, si, "Que se vayan a la mierda"

—Que se vayan a la mierda —repite sonriendo de nuevo.

Sus manos toman las mías, hace que mis brazos se estiren. En el medio de caricias, extiende mis dedos obligándome a tocar una superficie. No sé en qué momento abrió la cubierta de las teclas, pero mis dedos ahora están sobre las teclas del piano. Sus manos se deslizan sobre las mías, sus dedos se colocan sobre los míos.

Busco con mis ojos los suyos, nuestras miradas se enlazan, sus labios permanecen sellados. Su rostro se mantiene tranquilo. Sus dedos comienzan a presionar mis manos. Entre ambos apretamos las teclas de color blanco, luego las teclas de color negro. Christian se encarga de que las teclas suenen en una secuencia que él ha decidido.

Mis ojos se posan sobre nuestras manos.

Es como si encajáramos ahí, enlazados de alguna manera, en ese momento.

La melodía nos rodea, es sencilla y solo se necesitan un par de teclas presionadas para que la melodía suene armoniosa. Ambos estamos disfrutando de ese momento y la sencillez que hay en él. Duramos minutos haciendo eso.

Cuando se detiene, sus manos se alejan de las teclas, bajan a mi cuerpo, rodeando mis caderas, descansando en mi abdomen.

—No quiero que vuelvas a pensar en él —ordena después de un silencio.

Inclino mi cuerpo hacia un lado, giro mi cuello buscando un ángulo donde pueda verlo. Mis ojos analizan los suyos, quiero saber que sentimiento esconde detrás del tono autoritario en su voz.

—No me gusta que pienses en él —dice, esta vez más suave, —no cuando yo no puedo parar de pensar en ti.

—¿Piensas en mí? —pregunto sintiendo que mi ego aumenta.

Me da una sonrisa, su rostro se inclina al mío, sus labios se colocan sobre mis labios, besándome lenta y tortuosamente. Sus manos hacen un esfuerzo por colocarme más cerca, aprieta y acaricia mi abdomen sobre la tela de mi pijama. El calor proveniente de su cuerpo se intensifica.

No quiero perder nunca esa sensación.

—Desde esa noche —habla contra mis labios, —eres todo lo que abarca mi mente —corta sus palabras para besarme de nuevo. —No puedo dejar de pensar en ti, en tu voz, tus ojos, tu cuerpo, en todas las maneras en las que te puedo hacer mía.

Joder. Esa frase acaba de echar a volar mi imaginación.

—Pero necesitar ir a la cama —dice serio. Él y yo en una cama, eso sería interesante. Le ofrezco mi mejor mirada coqueta. —A dormir.

Mi mirada se transforma en una de molestia. No me gustó su aclaración. ¿Acaso disfruta de torturarme de esa manera?

Me pongo de pie, alejándome de sus manos. Escucho que suelta el aire en sus pulmones. El espacio que hay libre entre él y el borde del piano es reducido, solo me permite girarme sobre mis propios talones para enfrentarlo.

—No quiero —le digo con voz segura. No quiero dormir, no voy a poder hacerlo, al menos no después de que con una frase ha colocado imágenes en mi cabeza de nosotros sobre una cama.

—¿No? —levanta una ceja. Niego con mi cabeza. —¿Qué es lo que quieres?

Recuesto mi cuerpo contra la superficie del piano, mis manos bajan la tapa de las teclas, apoyándose en el ángulo que se forma. Mis ojos suben por todo el contorno de su cuerpo. Incluso ahí sentado, medio desnudo en el medio de la leve luz, se ve glorioso.

—A ti —respondo sin dudar. Sus ojos me analizan. —Quiero que me folles. Quiero que me hagas tuya, una y otra vez hasta que se me olvide mi propio nombre.

Mis palabras activan algo en su interior. Un brillo perverso y lujurioso aparece en sus ojos.

—Ten cuidado con lo que deseas —me advierte. Su lengua pasa por sus labios con una lentitud que me hace soltar un jadeo. —Quizás te tome la palabra.

Muerdo mi labio. Lucho contra el impulso de lanzarme encima de él.

—Hazlo —le digo segura. —Hazme tuya, quiero ser tuya.

Lo necesito. Aun siento en mi interior esa necesidad que había generado cuando me tocó en mi departamento. Llevo todo el maldito día deseando que vuelva a tocarme.

—¿Segura? —pregunta. Mi cabeza responde afirmativamente. —Háblame, necesito que me respondas con palabras.

—Si —le digo de sin titubeos. —Estoy muy segura.

Se pone de pie con un movimiento. Me provoca un sobresalto por lo repentino de su acción. Antes de que pueda decir alguna palabra, sus manos sostienen mi cadera con firmeza.

Eso me atrae de Christian, la seguridad y firmeza con la que hace las cosas. Desde que lo conocí demostró que está acostumbrada que las cosas se hagan a su manera, por más mínimas que sean. Todo en él grita "control". Su persona, sus empelados, su trato con las personas, incluso yo, todo tiene bajo control.

Sus ojos me miran, se aseguran de que quiera continuar. Y aunque, no digo palabra alguna, parece satisfecho con mi respuesta. De lo siguiente que me doy cuenta, es que sus labios están sobre los míos, demandando un beso al que respondo encantada. Sus labios acarician los míos, los succiona. Sus dientes muerden mi labio inferior. Su lengua se introduce en mi boca provocándome un gemido.

Sus manos acarician mi espalda mientras me besa. Una de sus manos se pierde debajo de la tela de mi pijama, las yemas de sus dedos rozan mi piel, erizándola.

Joder, él sabe cómo provocarme.

Sus labios se desvían por mi mandíbula en dirección a mi cuello. Reparte besos húmedos y mordidos suaves por mi cuello y uno de mis hombros. Pequeños gemidos de placer se escapan de mis labios. Mi cuerpo reacciona a sus caricias con rapidez. Pronto, mi sexo se humedece, deseoso y anhelante de atención.

Las manos de Christian buscan el borde de la blusa de tirantes que llevo puesta. Agradezco el momento en que decidí traerla conmigo.

—Levanta los brazos —indica, yo obedezco. Sus manos tiran de la blusa para subirla por mi cuerpo, gracias a la tela holgada y delgada de la que está hecha, le resulta una tarea fácil sacarla por sobre mi cabeza. Ahora ambos tenemos la misma cantidad de ropa.

Por supuesto que no se detiene ahí. Sus dedos busca el borde de mis pantalones del pijama, su pulgar aun acaricia mi piel lanzando un cosquilleo de anhelo a centro. Empuja la tela hacia abajo, la gravedad hace el resto del trabajo por él. La tela se desliza por mis piernas hasta el suelo, saco uno de mis pies, luego el otro, y con un movimiento empujo la tela lejos.

Un dejá vú me recorre.

Como la noche que lo conocí, me tiene delante de él, casi desnuda, usando solo mis bragas y expectante porque me toque.

Muerdo mi labio. Sé que voy a tener de nuevo el mejor sexo de mi vida.

—No te muevas —ordena. Su cuerpo se acerca al mío y yo quiero soltar un jadeo por su cercanía.

Su presencia es imponente, oscura, deseosa. Es un demonio que te incita a pecar.

Se inclina hacia un costado, como si yo solo fuera algo que le molesta llegar a su objetivo real. Su brazo se estira, pasa por un lado de mi cuerpo, veo las venas en su brazo brincar por los movimientos que hace. Escucho el sonido de la madera chocando en el piano detrás de mí, un par de sonidos más y su cuerpo se acomoda en su lugar, frente a mí.

Sus manos acarician mis hombros, bajan por pechos, mi abdomen, mi cintura, se mueven a mi espalda baja, luego a mis nalgas. Sus manos masajean mi piel, la estrujan con fuerza y me da una nalgada. De nuevo me sobresalto, pero no me muevo.

Se inclina ligeramente hacia mí, uno de sus brazos rodea mi trasero con firmeza, me levanta en el aire sosteniéndome por la espalda con su otro brazo. Me manipula en el aire hasta depositarme sobre la superficie del piano.

Ahora entiendo que el sonido era la madera del piano bajando para crear una superficie plana. La tapa del piano y la de las teclas han sido bajadas.

Las manos de Christian regresan a mis piernas, da unas palmadas en mis muslos y los empuja para abrir mis piernas. Su cuerpo se acomoda entre mis piernas que han quedado colgadas. Un gemido escapa de mis labios cuando siento su creciente bulto chocar con la fina tela de mis bragas. Sé que él también lo siente, sé que siente la humedad y calidez hay en mi sexo.

Lo sé porque su respiración se vuelve pesada.

De nuevo se precipita a mis labios. Esta vez ambos tenemos un mejor acceso al otro. Él toma mi espalda y me presiona contra él, yo tomo sus hombros y lo atraigo a mí. Pequeños gemidos de placer se escapan de mis labios por las sensaciones que me causa. Sus labios se desvían por mi cuello, da besos húmedos y mordidas suaves que solo hacen que mis gemidos aumenten.

Mis manos tiran de sus hombros buscando acercarlo más a mí.

Una de sus manos sube a mi pecho, elije uno de mis bultos para ponerle atención, su mano masajea un par de veces con pereza, sin prisas. Sus dedos hacen el siguiente movimiento, aprisionan mi pezón, lo acarician, aprietan, jalan, masajea mi pecho y mi pezón sin piedad. Millones de sensaciones atacan mi cuerpo.

La mano que tiene libre sube a mi mandíbula, tomando mi rostro con firmeza. Ese movimiento acerca mi rostro al suyo, sus labios toman los míos de nuevo, esta vez, ahogando mis gemidos en su boca.

Joder. Es inevitable que me encienda más.

—Recuéstate —dice separándose de mí. —colócate sobre tus codos.

Su mano empuja mi torso hacia atrás. Me acomodo en la posición que él dice. Mi cuerpo se extiende sobre la superficie del piano, mis brazos sostienen mi torso de manera que siga mirándolo.

Con sus labios ataca mi cuerpo de nuevo. Esta vez, se colocan sobre uno de mis pezones. Un grito se escapa de mi cuando siento sus dientes morder la piel sensible. Su lengua y sus dientes juegan con uno de mis pechos, mientras su mano le pone atención al otro. Cada cierto tiempo cambia de posiciones, su boca alterna de uno a otro, asegurándose que ninguno se pierda de la atención. De su parte hay besos húmedos, mordidas, tirones, caricias. De mi parte hay muchos gemidos y jadeos.

Mi cabeza cae hacia atrás, disfrutando de la corriente eléctrica que se forma en mi sexo y se dispara a todo mi cuerpo. Pero necesito más. Lo necesito a él.

Sus labios bajan por el área entre mis pechos, su lengua se pasea por mi abdomen hasta el borde de mis bragas. Esta noche no estoy usando la lencería sensual de la primera vez, pero me alegro haber elegido unas bragas de encaje color verde que hacen que mi piel resalte. Su rostro se aleja de mi piel, sus ojos se pasean por mi cuerpo y sonríe satisfecho por la imagen que tiene frente a él.

Sus manos acarician el interior de mis muslos, se pasean por mis piernas, hasta que encuentran mis tobillos que cuelgan del piano. De un movimiento sube mis piernas a la superficie sobre la que me encuentro, acomoda mis pies sobre la madera que cubre las teclas del piano. Ahora tengo las piernas elevadas y abiertas para él.

—No te muevas, Isabella —me advierte. El tono de su voz me dice que habla enserio. —Si te mueves te voy a dejar aquí y me iré a dormir. ¿Entendiste?

—Si —le digo. Sé que necesita escucharlo con palabras.

Juguetea de nuevo con mis piernas. Eriza mi piel por donde deja caricias. Sus dedos alcanzan el borde de mis bragas. Con su mirada sobre la mía, tira del elástico, lo suelta dejando que choque con mi piel.

Hay una expresión en su rostro, como un niño que planea su próxima travesura. Le ofrezco una mueca confundida. No dice nada. Su rostro baja hacia mi sexo, deposita un beso sobre la tela que cubre mi monte de venus.

—Hueles delicioso —su aliento y su respiración me producen un escalofrío. —Espero que no le tengas mucho cariño.

Siento la sonrisa en sus labios mientras pronuncia esas palabras. Sus dedos se cuelan por debajo de la tela de mis bragas. El silencio que nos rodea es interrumpido por el sonido de la tela desgarrándose.

¡Cabrón! Rompió de nuevo mis bragas.

Si sigue así me quedaré sin una sola pieza de ropa interior para usar.

Uso mis codos para levantar mi torso, sé que mi boca está abierta por la sorpresa además de que estoy dispuesta a señalarle que ahora su deuda conmigo ha aumentado.

—No te muevas, Isabella. —me gruñe. Cierro la boca de golpe. Vuelvo a mi posición.

Sus dedos mueven los retazos de tela que han quedado colgando de mi cuerpo. Uno de sus dedos se pasea por toda la extensión de mi sexo. Sube y baja creando una necesidad en mí. Mi respiración es entrecortada y mis piernas tiemblan de anticipación. Con ayuda del resto de sus dedos, separa mis labios y busca la entrada de mi coño. Su dedo se pasea por mi entrada, se mueve alrededor, la yema de su dedo ejerce un poco de fuerza cuando se presiona como si tuviera la intención de entrar en mí, pero luego se desvía para volver a acariciarme.

Maldita sea, me está torturando.

—Estas tan mojada. —murmura. Su pulgar se presiona contra mi clítoris.

—Mmm-hmm —digo mordiéndome el labio. Estoy haciendo un enorme esfuerzo por no moverme, tal y como él me lo ordenó.

Lo siguiente que siento es su dedo deslizándose en mi interior. Un gemido audible se escapa de mi garganta. Bombea un par de veces mi coño, antes de deslizar un segundo dedo en mí. Su mano marca un movimiento de meter y saca con sus dedos su pulgar sigue haciendo movimientos en mi clítoris, estimulándome sin piedad.

Mi respiración es entrecortada, mi boca está abierta buscando tomar más aire. Mi garganta suelta jadeos y gemidos con cada movimiento que hace.

Lo siguiente que siento es que su boca ayuda a sus dedos. La humedad de su lengua produce que las oleadas de placer aumenten. Pasa un rato usando su boca, chupando mi clítoris, su lengua y sus dedos penetrando mi coño. Yo me retuerzo sobre la superficie.

—No te corras —la voz de Christian me trae de regreso a la realidad. Se ha alejado de mí.

Mi cabeza da vueltas mientras lo veo bajar sus pantalones y lanzarlos lejos. Después sigue con sus bóxers, liberando la enorme erección que tiene. Una de sus manos toma su miembro bombeándolo un par de veces. Sus brazos se posan por debajo de mis piernas y tira de mi cuerpo para acercarlo más al borde.

Suelto un grito ahogado cuando siento su cuerpo chocar contra el mío. Nuestros labios se unen, hambrientos por el deseo que sentimos el uno por el otro. Nuestra cercanía produce que el calor de mi sexo roza su miembro produciéndome un gemido de satisfacción. Sus dedos de nuevo se pasean por mi coño, asegurándose que esté lista para él.

Se separa de mis labios, él también está jadeando.

Sus ojos grises se posan en los míos. Me mira intensamente, hace la pregunta en silencio, pero yo no necesito palabras, con mi mirada le ruego que entre en mí. Acomoda de nuevo mis piernas para dejarme totalmente abierta.

Con ayuda de su mano conduce su polla a mi entrada, presiona mi entrada un par de veces, hasta que finalmente se desliza en mi interior. Mi boca suelta un profundo gemido. Mi cabeza cae hacia atrás disfrutando de la sensación.

—Joder —jadea. —Oh cariño, te sientes tan bien.

Se desliza fuera de mi cuerpo con lentitud. Sus manos presionan mi abdomen con fuerza, manteniéndome en mi lugar. De nuevo entra en mí, esta vez más profundo.

—¡Oh si! —gimoteo perdida de placer.

Esta vez Christian se mantiene dentro de mí, pero su cadera comienza a taladrar contra mi cuerpo. Su polla se mueve en el interior de mi coño, entra y sale de mí, con un ritmo marcado. Con cada estocada siento que llega más profundo.

Dejo que mi cuerpo se pierda en las sensaciones que me está ofreciendo. Puedo sentir mis pechos rebotar al ritmo de su cuerpo, eso solo hace que mi placer aumente. Debajo de mi espalda, mis manos se aprietan en un puño. Aun no me puedo mover, quiero sostenerme de algo, pero mis brazos dejarían de sostener mi torso.

No quiero molestarlo, no quiero que se detenga.

Sus caderas chocando con las mías y los jadeos de ambos son todo lo que se escucha en el lugar. Christian marca un ritmo, es rápido, duro, desesperado. La única palabra coherente que puedo pronunciar es su nombre, la digo una y otra vez acompañada de gemidos y sonidos ahogados por el placer que me envuelve.

—Levanta la cabeza —su voz es ahogada, pero aún está el matiz de autoridad en sus palabras. —Abre los ojos, quiero mostrarte algo.

Mi cuerpo obedece. Mis ojos luchan por mantenerse abiertos, mi cabeza se inclina sobre mi pecho.

—Observa —señala con su mirada hacia donde nuestros cuerpos se unen. —Mira lo bien que me pierdo en ti, mira lo bien que nuestros cuerpos encajan.

Mis ojos siguen su mirada. Veo nuestros cuerpos chocar uno con otro. Su polla sigue entrando y saliendo de mí, produciendo que la humedad se comienzo a desbordar de mi coño.

Es inevitable que me pierda en las sensaciones. El sonido me atrapa, la vista me hipnotiza.

Sigue entrando y saliendo de mí. La humedad ya se está desbordando de mi sexo. En mis entrañas se está formando un nudo de placer que amenaza con estallar.

—Mira lo bien que nos vemos follando sobre un piano —sus embestidas aumentan, su ritmo aumenta llevándome al borde antes de detenerse.

Sale de mi interior. Lloriqueo cuando la presión de su miembro desaparece de mí.

Sus manos toman mi cuerpo de nuevo, me arrastra para que me baje del instrumento. Me rodea de las caderas, ayuda a mis piernas temblorosas a sostenerme frente a él.

—La próxima vez que veas un piano, no quiero que pienses en él —su rostro se inclina en dirección al mío, sus labios rozan los míos. Mi cuerpo se sacude, expectante. —Cuando veas un piano, quiero que pienses en mí.

Su cuerpo cae sobre el banco del piano. Sus manos arrastran mis caderas cerca de él obligando a mis piernas a moverse un par de pasos. Da una palmada a mis nalgas antes de subir sus ojos a los míos para decirme que es lo que quiere.

Mis piernas se acomodan a sus costados, uso sus hombros como un soporte para ayudar a mi cuerpo a colocarse a horcajadas en su regazo. Me impulso para subir al banco, mis rodillas se acomodan una a cada lado de su cuerpo. Conduzco mis caderas hacia abajo, él con su mano me ayuda a sostener su miembro en posición para mí. Suelto un grito de placer cuando lo siento de nuevo en mi interior.

Estoy de horcajadas en su regazo, con su polla en mi interior. Esta vez soy yo quien marca el ritmo, muevo mi cadera buscando abarcar la mayor cantidad de él. Soy yo quien marca el ritmo con el que se pierde en mi interior. Subo, bajo, giro, voy hacia adelante y hacia atrás desesperada por sentirlo.

Mierda. Daría lo que fuera por tenerlo así por siempre. Daria cualquier cosa porque fuera mío.

Mis uñas se presionan sobre la piel de sus hombros, me sujeto con fuerza para ayudarme a moverme sobre él.

—Quiero que solo pienses en mí —gime contra mi oído. —Quiero ser yo quien te domine, quiero ser el amo de tu cuerpo y de tu mente.

Joder sí, yo también quiero eso.

Mi boca trata de responder, pero solo salen palabras incoherentes, gemidos y gritos desenfrenados.

Sus manos se colocan de golpe en mi trasero. Ahora es él quien tiene el control. Mueve mi cuerpo de arriba abajo montándome sobre su verga con fuerza. Dejo que haga conmigo lo que quiera, pierdo el control de mi cuerpo, lo único que puedo hacer es sostenerme de sus hombros.

—Por favor... —suplico, —voy a... —murmuro. —Christian...

Siento la ola de placer rodear mi cuerpo. Dejo que la corriente me lleve. Mi cabeza cae hacia atrás, mi espalda se arquea y chillo del placer que me empuja cerca del borde. Mi cuerpo se comienza a sacudir, pero Christian sigue moviéndome sobre él, fallándome con desesperación. Ambos nos perdemos en un mar de gemidos, gritos y gruñidos.

—Córrete cariño—me dice en mi oído. —Córrete conmigo.

Su orden, el sonido grave de su voz, sus movimientos, todo me empuja a un orgasmo. Siento mis paredes rodearle, ordeñándolo, provocando que gruña mi nombre.

—Eres mía —dice jadeando por aire. —¿Entendiste?

—Si —digo sin dudarlo.

Nos toma algunos minutos recuperar las fuerzas y controlar nuestras respiraciones.

—Vamos a limpiarte —Christian se levanta tomándome entre sus brazos, envuelvo mis piernas alrededor de su cintura para sostenerme mejor.

Me conduce hasta el baño, se asegura de limpiarme el líquido que escurre por mis piernas, él también hace lo suyo con su cuerpo. Podría ser más rápido con una ducha, pero estoy usando lo que resta de mi energía para mantenerme despierta, él lo nota y prefiere solo limpiar mi cuerpo y dejarme descansar.

—A la cama —ordena de nuevo.

Me empuja hasta la habitación, mi cuerpo se deja mover por él, mis piernas se sienten de gelatina, pero las obligo a que se muevan. Sus manos me conducen hasta la enorme cama, mueve las sabanas, acomoda nuestros cuerpos sobre el colchón, asegurándose de cubrir nuestros cuerpos desnudos con la suave tela.

Giro mi cuerpo buscando un mejor ángulo que me permita observarlo. Está ligeramente más arriba, con su espalda contra las almohadas y su cabeza recostada sobre su brazo que descansa en la cabecera. Sus ojos están fijos en la visa de la ciudad que ofrece la pared de cristal. Su rostro se ve tranquilo, su respiración está de la misma manera.

Un arranque de valentía me recorre.

—¿Quién te hizo las cicatrices? —le pregunto. Su tranquilidad se esfuma antes de que pueda terminar de hacer la pregunta.

Desde la primera noche noté las cicatrices que sobresalen de la piel de su pecho y una que otra que está en sus brazos. No son grandes, en realidad son como pequeños círculos, pero es entendible que le sea incomodo, son bastante las marcas que decoran su torso. También noté que el tema es un terreno peligroso para él.

Incluso tocar esa área de su cuerpo hace que su seguridad se vaya a la mierda.

—A dormir, Isabella —su voz es brusca y cortante.

Acomodo mi cuerpo en posición fetal, acurruco mi cuerpo para generarme calor.

—Yo también tengo muchas cicatrices —murmuro antes de cerrar los ojos.


Buenaaaaaas tardes, noches, días, no sé a que hora lo lean.

Pues sí, con la novedad de que ya les traigo un nuevo capitulo, jijiji. Perdón por tardar tanto, pero es que de verdad, me resulta complicado escribir esto jajajaja no es excusa, lo sé, pero pues, es un reto para mí y lo quiero lograr, solo ténganme paciencia. Por favor.

En fin, díganme que opinan y que creen que pase después jajaja.

Nos leemos en el siguiente (espero no tardar mucho)