Lágrimas se agolparon en los ojos de Regina dificultando un poco su visión. Las palabras de David lograron llegar a su corazón. Lo cobijaron bajo el maravilloso sentimiento de sentirse querida y amada por el hombre con el que, por primera vez en su vida, hacía el amor.

Alzó la cabeza y alargó el cuello para besarlo. David la besó con tanta entrega y devoción que Regina sintió mariposas revoloteando en su estómago, en su vientre y en su intimidad que se apretó de nuevo alrededor del grosor del rubio.

David abandonó sus labios, dejando a Regina con ganas de más. Ambos se miraron a los ojos mientras jadeaban al unísono.

—Voy a moverme —anunció él. El cuerpo le temblaba por el esfuerzo casi inhumano que hacía por contenerse. Y es que Regina se sentía maravillosa alrededor de su pene y las palpitaciones del estrecho canal no ayudaban en nada.

—Despacio —pidió. El corazón le latió con rapidez otra vez a causa del repentino nerviosismo que la invadió. El acto de penetración siempre le resultaba doloroso y nada agradable.

—Lo haré tan despacio como tú lo quieras —aseguró luego de recuperarse de la momentánea ira que lo asaltó al oír la petición de la Reina. El solo imaginar vagamente al Rey lastimándola durante las relaciones lo hacía hervir en furia contra él.

Salió un par de centímetros, volviendo a entrar casi de inmediato. Lo hizo tan despacio como le fue posible. Vio a la Reina voltear a ver el punto donde se unían. Alzó la bella mirada, se relamió los rojizos labios y asintió.

David repitió la acción una y otra vez, imponiendo un ritmo suave, como una danza sutil de sus cuerpos que tenía a Regina impresionada por lo bien que se sentía. Tenía la piel erizada, los pezones duros y podía sentir la humedad que emanaba de su vagina haciendo que el movimiento fuera cada vez más fácil y placentero. Se sentía tan diferente de tener sexo con el Rey.

El sexo con David era único, especial e íntimo.

El rubio capturó sus labios de nuevo acariciando también una de sus mejillas con una mano, borrando con ello cualquier pensamiento racional de su mente. Regina se dejó llevar por esa invitación y, al poco rato, olvidó por completo que era la Reina del Reino Blanco y qué era lo que hacía ahí en realidad. Lo único que sabía es que hacía el amor con el hombre del que estaba enamorada, que estar con él era como tocar el cielo y no deseaba nada más que quedarse a su lado por siempre.

Se atrevió a acariciarle la espalda con ambas manos y, el gemido que David emitió, la hizo experimentar un extraño placer. Siguió acariciándolo buscando provocar esa reacción de nuevo. Él la besó con intensidad y pasión. Le metió la lengua tan profundo que Regina fue consciente de que su vientre estaba apretado y que, de alguna forma, David la guiaba con sutileza hacia el tan ansiado clímax.

David sabía que no le llevaría mucho tiempo llegar al orgasmo. Se sentía cerca. Así que metió una mano por entre medio de sus cuerpos, procurando acariciar cuanto pudo de la suave y exquisita piel de la Reina. Siguió hasta alcanzar el endurecido clítoris que estimuló sin demora.

—¡Diooos! —gimió con sorpresa al sentir una extraña sensación recorriendo cada fibra de su cuerpo al ser tocada ahí. Era como un rayo de tormenta surcando el cielo.

David sonrió al escucharla. Lo hizo divertido y satisfecho. Se esmeró en estimularla para que llegara ella primero al orgasmo. Lo más importante para él era que Regina disfrutara del acto. La Reina entreabrió la boca, frunció el ceño, alzó la mirada para verlo a los ojos y pegó las hermosas piernas a sus caderas. Le puso las delicadas manos contra el pecho mientras se arqueaba y estremecía sin control. David sonrió emocionado.

—David… Oh, David —gimió Regina.

Su voz fue más aguda de lo normal. Apretó los ojos, se abrazó con fuerza a David y entonces sucedió. Estalló en millones de pedazos alrededor del apuesto rubio que se apoderó de sus labios acallando el grito que emergió desde lo más profundo de su ser. Fue apenas consciente de la tensión y el temblor que la invadía pues no sentía nada más que un inmenso placer que poco a poco fue cesando.

—Voy a venirme.

Las palabras de David trajeron a Regina de vuelta de su momento post orgásmico, haciéndola consciente de los estremecimientos que aún sacudían su cuerpo. Él seguía entrando y saliendo despacio con movimientos que ahora eran erráticos.

David emitió un par de gemidos graves, entró hasta lo más profundo que podía llegar dentro de ella y empezó a venirse. Lo primero que sintió fue que el pene se ponía más duro, grueso, se contraía y después vibraba expulsando la espesa semilla contra sus paredes internas. Era abundante, ardiente y la sensación la hacía vibrar con una emoción desconocida para ella hasta ese momento. Alzó la mirada para verlo mientras lo sentía, encontrándose con una imagen hermosa que la cautivó.

David besó a Regina cuando su orgasmo cesó. Lo hizo con amor, devoción y agradecimiento por darle la dicha de hacer el amor con ella. Se sentía pleno, lleno de una felicidad que jamás había sentido en su vida.

—¿Estás bien? —preguntó contra la hermosa boca que jadeaba con la agitación del acto. Ella le dedicó una bellísima sonrisa que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas por la emoción y el sentimiento.

—Sí. Fue hermoso —dijo, tomándolo del rostro con ambas manos y jalándolo hacia ella para besarlo de la misma forma en que él la había besado.

Terminaron el beso cuando el aire les hizo falta, David pegó su frente con la de Regina quien se abrazó a su cuello y le acarició la nuca con delicadeza mientras se apretaba de nuevo alrededor del rubio.

David le llenó el rostro con cariñosos besos que la hicieron suspirar. Se abrazaron y se quedaron así, compartiendo tiernos besos y caricias en un vago intento por prolongar el bello momento que acababan de compartir.

Regina abrió los ojos de golpe con el golpeteo del cuervo en la ventana. David se retiró de su interior con cuidado mientras ella tomaba su camisón para ponérselo. El rubio bajó de la cama e hizo lo mismo con sus pantalones. Una vez que bajó también de la cama, la Reina envolvió el albornoz alrededor de su cuerpo, ajustó las cintas y volvieron a fundirse en un beso lleno de ese amor que había logrado florecer entre ellos.

—Esto es lo más bello que he vivido en toda mi vida, David. —Lo besó una vez más—. Gracias.

—Regina. Regina yo… —Quiso decirle que la amaba, pero el golpeteo en la puerta lo hizo callar.

Majestad.

Era Rumpelstiltskin que esperaba por ella ahí afuera como lo prometió.

—Volveré mañana —aseguró Regina, esbozando una triste sonrisa. Se soltó de la mano de David que parecía no querer dejarla ir y se retiró de la habitación.


El día siguiente no fue muy agradable para Regina ya que, lamentablemente, fue obligada a pasar el día con Leopold.

Lo primero que el Rey hizo al verla por la mañana fue interrogarla sobre la noche anterior, quedando satisfecho al escuchar de la boca de su Reina que el acto fue consumado. Besó una mano de su joven esposa externando su profundo deseo por la concepción del heredero para la prosperidad de la Nueva Alianza y por ende, del reino Blanco. Algo que Regina ya odiaba escuchar.

Lo cierto fue que, a pesar de que se vio obligada a acompañar al Rey y fingir interés por lo que decía, lo único en lo que Regina podía pensar era en David y en las ganas que tenía por volver a hacer el amor con él. No dejaba de sentir esa sensación en el vientre que ahora identificaba como una manifestación de necesidad. Necesidad por David.

Cuando la hora de estar con el rubio se acercaba, Leopold abordó una plática al respecto con Regina. Le informó que debería pasar otras tres noches con David y ella no pudo estar más feliz con la noticia. Desde luego que fingió estar afligida a fin de evitar levantar sospechas.

Se fue a su habitación tan pronto como el Rey indicó que podía retirarse. Como cada noche de esas, Johanna la asistió para vestirse y acomodar su cabello. Esta vez fue en un medio recogido sencillo, con largas ondas cayendo con gracia por su espalda. Lo más difícil para Regina era ocultar las ansias y el entusiasmo que la asaltaban cada vez que estaba por reunirse con David. Bajo ninguna circunstancia podía permitir que Johanna se diera cuenta de sus sentimientos.

La mujer mayor no perdió oportunidad de lanzarle un par de indirectas a la Reina respecto a su deber, pero ella optó por ignorarla esta vez. No iba a dejar que esa odiosa mujer arruinara lo que estaba pasando en su vida.

—Insolente —masculló con coraje mientras la veía caminar, alejándose por el largo pasillo.


David leía con interés un libro del reino Blanco. En él estaba plasmada la historia de la fundación del reino, el listado de sus gobernantes, sus herederos y las alianzas a lo largo de los años. Algunas de ellas aún existían y otras se habían roto dando lugar a una que otra enemistad entre reinos.

La puerta se abrió. Él de inmediato cerró el libro dejándolo sobre la mesita enseguida de la cama de donde se bajó de un brinco. Fijó su atención en el lugar por donde la hermosa figura de la Reina apareció, como cada noche que les permitían estar juntos.

Un suspiro involuntario abandonó su boca al verla. Parecía una Diosa con el albornoz plateado que portaba. Salió de su pequeño trance cuando Regina se arrojó a sus brazos y lo besó con pasión desmedida. David no dudó en envolverla entre sus brazos, correspondiendo al demandante besó que le encantó porque lo hizo ver estrellas.

—Te extrañé mucho —dijo Regina haciendo un adorable puchero que hizo sonreír a David.

—Yo también a ti. Te estuve pensando todo el día.

Volvieron a besarse mientras se acariciaban el uno al otro. El rubio se aventuró a pasar sus manos por el hermoso trasero de la Reina que se pegó más a él y lo besó con más intensidad con la caricia. Las manos delicadas viajaron hasta los pantalones que empujó hacia abajo.

—Recuerda que no disponemos de mucho tiempo —dijo mientras le sacaba la camisa. Tenía urgencia por sentirlo y no quería desaprovechar ni un solo momento a su lado.

David quedó desnudo frente a ella. Tenía ya una semi erección y Regina no dudó en tomar el pene en su mano para estimularlo.

—Regina… —gimió cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás, sintiendo además un par de tiernos besos en el pecho. Ese conjunto de atenciones hizo que su piel se erizara.

—Quiero que me lo hagas otra vez con tu boca, encantador —susurró su deseo contra la garganta del rubio.

Dio un gritito sorpresivo cuando él la tomó con rapidez por la cintura y la alzó para dejarla sentada sobre la cama. Se apoderó de su boca con los rosados labios, descendiendo por su garganta mientras las hábiles manos desataban la cinta de su albornoz y subían el fino camisón descubriendo sus piernas.

David, atendiendo la petición de Regina de no perder el tiempo, le pidió que se recostara y que alzara un poco las caderas para poder descubrir su intimidad. Agarró ambas piernas por los muslos, dejándoselas alzadas y abiertas.

Ahí se las sostuvo y la Reina contuvo el aliento al darse cuenta que el rubio observaba su vagina. Jamás en su vida se había sentido tan expuesta. Sintió sus mejillas arder y supo con seguridad que debía estar sonrojada.

Él inhaló profundo, relamió sus labios y tragó la saliva acumulada en su boca. La vulva de Regina le parecía preciosa, pero sobre todo apetecible. Acercó su rostro hasta que enterró su nariz en el vello negro que adornaba el punto que pronto probaría. Gimió porque el olor de la Reina era exquisito y excitante.

—D-david.

La escuchó decir su nombre con voz entrecortada y llena de ese mismo deseo que le ardía a él en las entrañas. Sacó la lengua y lamió por entremedio de los preciosos pliegues que se abrieron ante él. Las piernas de Regina se estremecieron con ello por lo que repitió una y otra vez la acción obteniendo la misma reacción.

Regina no estaba segura de qué debía hacer. Estaba tumbada, jadeando y gimiendo bajito mientras que David le metía la lengua lo más profundo que podía. El vientre le temblaba, al igual que sus piernas que él se acomodó sobre los hombros para poderla sostener por la cintura. La Reina mordió su labio inferior cuando el rubio la folló con la lengua. Era tanto el placer, la tensión creciente en su vientre y la necesidad de llegar al orgasmo que buscó desesperada a qué aferrarse. Lo hizo a uno de los brazos de él y a la colcha bajo ella.

Y entonces sucedió algo que no esperaba. Era como si su cuerpo se mandara por sí mismo porque sus caderas empezaron a ondular, buscando pegarse más al rostro de David cada que la lengua entraba en ella. Vibró de puro placer cuando su clítoris fue frotado por la afilada nariz del rubio quien de pronto, buscó sus manos con las suyas entrelazando los dedos de ambos.

Regina arqueó la espalda mientras se empujaba más contra el rostro de David dejando caer sus piernas de los fuertes hombros, quedando así más abierta y cerca de él. Echó la cabeza hacia atrás, apretó los dientes conteniendo un fuerte gemido que se escuchó estrangulado.

—Sigue. Vamos —la alentó David al ver lo mucho que la Reina disfrutaba del sexo oral y lo deseosa que estaba por encontrar alivio.

Se veía hermosa con la espalda arqueada, el vientre temblando y los pezones tan duros que eran visibles a través de la blanca tela. Estaba a las puertas del orgasmo. La escuchó agarrar aire con desespero.

—V-voy… a… a…

David asintió, aunque fue algo que Regina seguramente no vio. De igual forma se esmeró en follarla con su lengua, en acariciar lo mejor que podía y en estimular el hinchado clítoris. Se quedó congelado cuando ella llegó. Sintió las contracciones en su lengua, pero lo que lo dejó perplejo fue el grito de éxtasis que la Reina lanzó al tiempo que se arqueaba casi imposiblemente sobre la cama y apretaba sus manos con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Cayó desfallecida sobre la cama cuando acabó, con su pecho subiendo y bajando con violencia mientras buscaba el aliento que perdió con ese increíble orgasmo. Su boca se vio asaltada por los demandantes labios del rubio que se inclinó sobre ella. Regina sonrió emocionada en medio del beso al sentir la dura erección contra su intimidad y se abrazó al cuello de David para intensificar el apasionado beso.

Él se subió a la cama y poco a poco se fueron moviendo hasta quedar en el centro de la misma. No dejaban de besarse ni acariciarse, ambos quemándose con el fuego del deseo prohibido entre los dos. Y es que se suponía que estaban juntos solo para tener sexo, no para enamorarse, desearse y tener ganas de hacerse el amor.

Regina emitió un precioso gemido cuando David la penetró con uno de sus dedos. Era tanta la excitación que sentía que ni siquiera se dio cuenta que el rubio no uso el aceite que siempre empleaba para ello. Le desató el delicado listón exponiendo sus senos, los rosados labios se prendieron de su pezón izquierdo sin demora, chupando con ímpetu, acariciando con la lengua mientras el dedo entraba y salía de ella.

Se le entreabrieron los labios cuando otro dedo se unió al primero, dejando escapar jadeos pesados al mismo ritmo de la pasión que ambos sentían. David besaba sus pechos sin dejar de penetrarla con sus dedos, con la otra mano acariciándole la cintura, el estómago y el vientre.

—David —lo llamó.

—¿Sí? —preguntó, arrastrando los labios por la ardiente piel de la Reina.

—Te quiero dentro.

Sacó sus dedos del interior de Regina. Apoyó ambas manos a cada lado de la cabeza de ella y se agachó para besarla sin prisa, encantando de sentirla alzar las caderas buscando hacer algo de fricción con su pene.

—Es tu turno, Majestad —mordió su labio inferior fascinado por la confusión reflejada en el bello rostro.

Apoyó sus rodillas sobre la cama, la tomó por la estrecha cintura y se tumbó llevándola con él, haciendo que quedara encima suyo. Regina se acomodó sobre su vientre. Lo miró indecisa y aclaró la garganta para hablar.

—No entiendo —dijo, acomodando un mechón rebelde de cabello tras su oreja derecha.

David cerró los ojos y sonrió enternecido al ver el adorable sonrojo en las mejillas de la Reina. Los abrió, encontrándose con que ella le miraba con el ceño fruncido, tal vez molesta al creer que se burlaba de su inexperiencia. La agarró por las caderas con firmeza y la hizo un poco hacia atrás, hasta que el húmedo sexo quedó sobre su pene. Regina abrió la boca sorprendida y volteó a verle a los ojos.

—De esta forma tú puedes controlar todo. Tan profundo o despacio como lo desees.

—No —rio con nerviosismo, negando con la cabeza. Soltó el aire de golpe por la nariz antes de hacer su confesión—. Es que no sé cómo.

—Sí sabes —la contradijo, acariciándole las caderas con los pulgares—. Tal cual lo acabas de hacer. Ondulando tus caderas. Es como si estuvieras montando a caballo. Al ritmo que tú quieras.

Regina, por primera vez en su vida sintió que tenía el poder de la situación durante el sexo y eso la alentó. Asintió, David lo hizo también mientras sonreía y se alzaba para sacarle el camisón por encima de la cabeza. Regina alzó los brazos permitiéndole el movimiento.

—¿Sabes que no se supone que deberías verme desnuda? —preguntó con la cabeza ladeada acariciando la mejilla izquierda de David que la miró con intensidad mientras acercaba la boca a su pezón derecho. Lo empezó a succionar y Regina sonrió echando la cabeza hacia atrás—. No debería quitarme el camisón frente a ti —murmuró sin aliento al sentir las manos apoderándose de sus nalgas incitándola a mover las caderas de nuevo, frotando su mojado sexo en el pene erecto de David.

—No me niegues verte así —pidió, porque sabía que era solo un simple pastor y que la Reina le estaba permitiendo verla desnuda cuando era algo que no debía suceder. Muy seguramente el precio por ello era su cabeza. Subió sus manos por la espalda de Regina, procurando que su caricia fuera delicada.

—No planeo hacerlo —respondió, perdida en el mar de sensaciones placenteras que David provocaba en ella con tan solo tocar su piel. Esos dedos hacían magia en su cuerpo y deseaba nunca dejar de sentirlos.

—¿Estás lista? —preguntó. No sabía de qué tanto tiempo disponían aún, pero esperaba que fuera el suficiente para que ella lo montara. Regina asintió. Él buscó bajo la almohada, sacó el aceite y vertió un poco en su mano—. Álzate un poco —solicitó y ella lo hizo.

David acarició con la palma de su mano toda la vulva de la Reina quien mordió su labio inferior con la estimulación, después baño su pene con la resbalosa esencia, acomodó el glande contra la entrada a la vagina de Regina, colocó sus manos sobre los muslos de ella y la Reina apoyó las delicadas manos en su estómago.

—Cuando tú quieras —le dijo.

Regina asintió y, sabiendo que no era conveniente demorar demasiado, se armó de valor para presionar hacia abajo. Contuvo el aliento cuando la cabeza del pene entró en ella. Tragó pesado y volvió a ejercer presión, inhalando de nueva cuenta al sentirlo entrar, ensanchándola alrededor del grueso pene que la estimulaba a su paso. Bajó más y tuvo que detenerse.

—¿Estás bien? —preguntó David, preocupado al verla apretar los ojos y hacer una mueca.

—Sí. Solo… Necesito un momento —respondió. Lo sentía profundo en ella y había una extraña sensación que no lograba descifrar como dolor o placer—. ¿Falta mucho? —preguntó abriendo los ojos para mirarlo.

—Hazlo así. Vuelve a subir y luego baja. Poco a poco tu excitación irá aumentando. Te vas a mojar más y será más fácil que me tomes dentro.

La Reina inhaló profundamente e inició el movimiento indicado. Se alzaba y bajaba despacio con movimientos rectos. Cada que se empujaba hacia él procuraba llegar más abajo. Si sentía incomodidad regresaba un poco y lo intentaba de nuevo. Lo impresionante era el delicioso placer que sentía con la penetración en esa posición, con ser ella quien tuviera el control de la situación. Siguió, hasta que por fin logró tomarlo todo en su interior. Su cuerpo sufrió un espasmo placentero y se apretó con fuerza alrededor del grueso pene. Llegaba muy profundo en ella, podía sentirlo, grande y palpitante en su interior. Sonrió al escuchar el pequeño gemido del rubio bajo ella.

Sin perder tiempo, Regina se alzó de nuevo y bajó hasta ese punto volviendo a sufrir el placentero estremecimiento. Así inició un ritmo cadencioso que encantó a David. Lo escuchó gemir profundo ahora y en su azul mirada se reflejaba el más puro deseo por ella.

Regina inhaló profundamente y, sintiéndose más viva que nunca, empezó a ondular sus caderas, como lo hizo cuando David la follaba con la lengua.

—¡Aaah! —gimió con sorpresa porque ese cambió hizo que el pene estimulara algo dentro de ella que le causó mucho placer.

Insistió en el movimiento, echando la cabeza hacia atrás mientras que él la sostenía por la cintura. Su largo cabello cosquilleando en sus nalgas. La piel se le erizó, sus pezones se pusieron muy duros y había oleada tras oleada de placer cada vez que el pene la estimulaba ahí. Le parecía increíble lo bien que se sentía.

Las manos de David pronto se apoderaron de sus nalgas que masajeó y apretó ligeramente provocando que Regina se moviera con más ímpetu, aumentando el ritmo de las penetraciones que ya no eran tan lentas. El rubio podía ver su pene mojado cada que la Reina subía y no podía hacer nada más que gemir gustoso, entregándose al placer, deleitándose con la inigualable imagen de la mujer más hermosa de todos los reinos sobre él, montando su pene, gozando del sexo, con los hermosos senos rebotando libres y una mueca de absoluto placer en el bello rostro.

De pronto, el canal vaginal de Regina empezó a sufrir contracciones que se iban intensificando con cada penetración. Sabía que le faltaba poco para llegar, era algo que podía distinguir con facilidad, y David lo supo pues de inmediato llevó una mano hasta el lugar donde se unían para estimular su clítoris.

Un gemido poco digno de la reina que era fue lo que salió de la boca de Regina. Su cuerpo se estremeció con fuerza, se tensó dando paso al intenso e incontrolable temblor acompañado por el placer. Había llegado, abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella, fue un momento en que perdió la lucidez mientras su cuerpo era azotado sin piedad por el orgasmo.

David se impresionó con lo fuerte que el interior de la Reina apretó su pene. Fue tanta la presión que explotó sin previo aviso. Se alzó, para envolverla entre sus brazos. Amó sentirla temblar sin control, gemir y lloriquear mientras disfrutaba del orgasmo y él se descargaba en lo más profundo posible dentro de ella. Ahí donde se suponía que por un trato debía hacerlo, pero que en realidad hacía porque amaba a Regina con todo su ser.