Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hay alguien en tu casa" de Stephanie Perkins, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 21
Ben Cheney iba colocado. Solo había ido al homenaje porque era mejor que estar en casa, sin más compañía que el salido del novio de su madre.
Veía el odio en la expresión de Terry cada vez que Amber apartaba la mirada. ¿Qué clase de hombre tenía celos del hijo de su novia? ¿Qué clase de hombre se sentía amenazado por aquella relación? Ben rezaba para que Amber tuviera la sensatez de no casarse con Terry. Ya había tenido bastante con su primer padrastro, que ahora estaría moliendo a palos a otra familia.
Todos los postes telefónicos de Main Street estaban adornados con crespones negros, los cuales ondeaban con el viento frío y penetrante. La banda de música estaba calentando en el aparcamiento del supermercado.
Los metales zumbaban y los bombos tronaban. La policía estaba patrullando la calle de doble vía, que se había cerrado al tráfico. El extraño paseo se hallaba abarrotado de lugareños, que bullían de ira y sentimiento de injusticia, así como de todos los medios que habían acudido a Nebraska a toda prisa para cubrir el acontecimiento.
El homenaje debía ser un acto solemne en recuerdo de las víctimas, pero incluso Ben veía que no era eso exactamente lo que estaba ocurriendo.
Desde el escenario improvisado, un camión de plataforma aparcado delante del antiguo banco, el director Stanton lanzaba declaraciones a voz en grito ante las masas:
«¡Esta primavera la fuente del instituto se convertirá en un monumento dedicado a las víctimas!».
Vítores.
«¡Esta semana nuestro departamento de teatro celebrará un acto con el fin de recaudar fondos para las familias de las víctimas!».
Vítores.
«¡Y mañana por la noche nuestro equipo de fútbol saldrá al campo para disputar las eliminatorias!».
Vítores desaforados.
El director era un hombre medio calvo de constitución robusta que lucía su masculinidad como si fuera una medalla al honor. Ben no lo soportaba. Stanton era un capullo integral que le castigaba por todas las peleas habidas y por haber, incluso por aquellas que comenzaban otros estudiantes. En aquella ocasión se expresaba en un tono más desafiante que respetuoso, y la concurrencia parecía mostrar más agresividad que apoyo.
El pueblo entero hervía de indignación al tiempo que su miedo estaba a punto de estallar.
¿Qué afloraba primero: el miedo o la indignación?
A la señora Clearwater, su orientadora preferida, le gustaba darle koans zen para que tuviera la mente ocupada. Pero dichas historias siempre entrañaban una paradoja, lo que significaba que aquello en el fondo no era un buen ejemplo. Ben sabía por experiencia que lo primero que afloraba siempre era el miedo.
Se movió sin rumbo entre la muchedumbre agitada. Todas las conversaciones giraban en torno a David. Una mujer de mediana edad hablaba en voz alta con quienquiera que estuviera escuchándola.
—¿Has visto esa foto en la que salía con aquel ciervo muerto?
—Con esa sonrisa horripilante —dijo un tipo con una boca de adicto a la meta—. Me puso los pelos de punta.
—Su familia va a mi iglesia —comentó una voz masculina cargada de complicidad—. Su padre siempre ha tenido muy mala pinta. Y su madre es una mojigata. Nunca se la ve contenta.
Ben se detuvo cuando dejó atrás la multitud. Se sentía más cómodo fuera de cualquier masa de gente. Apoyado en la fachada de ladrillo de Dream's Bridai, la boutique anticuada que había frente a Greeley's Foods, miró los mensajes del celular para ver si sus amigos acudirían a presenciar el circo.
¡Maldita sea! Sam y su hermano se dirigían a un combate de lucha libre, y la madre de Heidi la había puesto en cuarentena hasta que David estuviera entre rejas.
David Thurston Ware había nacido dos días después de Ben. Como este había repetido curso con trece años, ahora aún iba a primero de bachillerato, pero habían pasado juntos el tiempo suficiente como para saber que David no era lo que aparentaba. Osborne estaba deseando proyectar percepciones agoreras sobre su reputación en un día como aquel, pero la noche anterior el pueblo no salía de su asombro. No puedo creerlo, decían. Si parecía un muchacho de lo más normal.
Años atrás Ben y David habían vivido en casas contiguas. Como la mayoría de los niños que son vecinos, también se hicieron amigos. Veían caricaturas, jugaban con Legos y practicaban motocross juntos.
Recordaba a David como un niño tranquilo propenso a los arrebatos repentinos. A diferencia de sí mismo, que gritaba, amenazaba y tenía atemorizados a los críos más pequeños del vecindario, David contenía la ira hasta que ya no podía más. Hasta que saltaba.
Obviamente, Ben no era ningún modelo de conducta, pero aun así no pensaba que aguantarse fuera sano. Nunca olvidaría el día en que cogió la bici nueva de David sin pedírsela, algo que había hecho infinidad de veces, y este salió corriendo a la calle y lo tiró al suelo de un empujón. Se rompió el brazo por la caída, pero eso no fue lo que lo asustó.
Fue la furia desenfrenada en el rostro de David.
En el momento Ben pasó página. Lo justo era justo. Pero en su fuero interno le desconcertaba que David hubiera aparecido de repente, como surgido de la nada. Seguro que estaba escondido entre los matorrales.
Al acecho.
Sin embargo, la geografía había podido más que su amistad. Cuando la madre de Ben volvió a casarse, su familia se mudó al parque de caravanas, y la relación con David llegó a su fin natural. De la última vez que recordaba haber hablado con él hacía ya casi dos años, cuando se habían encontrado en el pasillo de las golosinas del drugstore. Charlaron sobre los méritos de los bombones frente a las gominolas como si volvieran a ser niños.
El móvil le vibró al recibir un nuevo mensaje de texto: «TE HE PILLADO. ¡ERIKA TE HA VISTO EN EL HOMENAJE! ¡TIRA PARA CASA CAGANDO LECHES!».
No era Sam, ni Heidi.
Era Amber. Su madre. Erika trabajaba con ella en Curlz & Cutz. Era solo unos años mayor que él, y estaba buenísima. Una morenaza con un tatuaje sexi. ¿Por qué se habría chivado? Que le den. A la mierda las dos.
No pensaba volver a casa para pasar un buen rato con Terry. Amber escogía los peores momentos para preocuparse por él.
El director Stanton se retiró del escenario para dar paso al pastor Greeley de la Iglesia luterana, que presentó a su hijo, James. La familia Greeley dirigía Osborne. El hermano del pastor era el propietario del supermercado y de varios edificios del centro. El padre de ambos había fundado el súper y había sido alcalde durante una cifra récord de mandatos.
Representaban lo opuesto a la familia de Ben, y este les tenía celos por ello.
James estaba cursando el último año de bachillerato, igual que David.
Como le habría correspondido por edad a Ben. Tenía los ojos redondos, el rostro cuadrado y era más serio que los pantalones de soldado que llevaba puestos, pero mientras hablaba de sus compañeros de clase parecía que no los hubiera conocido de verdad. Se refería a Lauren, Mike y Demetri empleando citas que Ben reconocía de los medios.
Comenzó a exasperarse. Y luego a aburrirse. Paseó la mirada por el gentío hasta fijarla en una chica muy guapa… una chica muy guapa que venía directa hacia él.
James Greeley bajó del camión de un salto con toda la dignidad y el respeto por los muertos que le fue posible. Se acercó a la multitud, y luego, mientras su padre levantaba las manos para dirigirse a los allí reunidos, echó a correr por los callejones hasta el aparcamiento del supermercado.
James tocaba la primera trompeta. No quería perderse su segundo acto.
Tras el sermón, su padre guiaría a los asistentes en una oración, y después la banda encabezaría la marcha que llevaría a los congregados desde Main Street hasta el altar con flores y postales situado frente al instituto. Todo el mundo iría con una vela en la mano. Un programa de una cadena de noticias por cable las había donado, aunque James dudaba que el gesto fuera fruto de la buena voluntad. Era más probable que alguien con mucho dinero hubiera reconocido que quedaría mejor ver en la tele la imagen de un millar de personas desfilando entre lágrimas junto con mil velas encendidas.
James lo entendía, incluso pese a no acatarlo. Además, le podía su afán cumplidor. Era el dirigente juvenil de la Iglesia luterana desde los quince años y el responsable de la sección de trompetas de la banda de música del instituto de Osborne desde los dieciséis. Como alumno aventajado en todas las clases, había liderado con éxito una campaña para retirar la palabra «evolución» de los libros de texto que utilizaban, y ya tenía planes para desempeñar una labor misionera en Papúa Nueva Guinea tras graduarse.
Sería el primer Greeley en varias generaciones que abandonara Nebraska.
Sus pertenencias estaban en la zona de carga situada detrás del establecimiento, donde las había dejado. Se puso a toda prisa los pantalones de peto y la chaqueta —con aquel olor acre a uniforme imposible de eliminar pese a haber pasado por la tintorería— y se calzó los zapatos acolchados. Se enfundó los guantes blancos. Al coger el sombrero, se dio cuenta de que le faltaba la pluma limpiadora de la trompeta. Agarró su instrumento y fue corriendo a su sección.
—¡Tanya! ¿Has visto mi pluma?
—¿Quién va a querer ver tu pluma, James? Qué asco —replicó Tanya Denali, torciendo el gesto.
Se puso rojo de vergüenza. No soportaba aquel tipo de bromas. Lo incomodaban.
—¿Alguien ha visto mi pluma?
Los trompetistas que se molestaron en prestarle atención se encogieron de hombros.
—Gracias por la ayuda —masculló, y se alejó corriendo.
—Pregunta a los padres del grupo de apoyo —le sugirió Tanya en voz alta.
Pero ellos tampoco la habían visto. Una mujer con la típica melena de madre lo riñó.
—¿No estaba en la caja de tu sombrero? Que sepas que tendrás que pagar una nueva de tu bolsillo.
—Hace un rato estaba en su sitio. La habré dejado en la tienda.
Antes del homenaje había estado practicando su discurso dentro de la sala de descanso de los empleados.
—Será mejor que te des prisa —le dijo la mujer.
Mientras James intentaba torpemente meter la llave en la cerradura de la entrada trasera, Tanya se le acercó corriendo.
—Ya estamos poniéndonos en fila. No es más que una maldita pluma. No te preocupes por ella.
—Pero ¿tú has visto la cantidad de equipos de televisión que hay ahí fuera?
Tanya pareció sorprendida. Luego volvió a sentir asco.
—Claro, no quieres quedar mal en la tele —dedujo, y se fue indignada, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
—¡No lo he dicho por eso!
La llave hizo ruido dentro de la cerradura, pero no había manera de hacerla girar. ¡Maldita sea! A James no le importaba cómo se le viera a él en la tele, lo que no quería era que la banda en conjunto quedara mal. Sería espantoso dar una imagen descuidada, como si no les importaran las víctimas, porque era todo lo contrario. Sus compañeros de clase les importaban y mucho.
La llave cedió y entró de sopetón por la puerta.
Ben se quedó mirando la vela que tenía en la mano. Tenía un aro de papel alrededor para recoger la cera que goteaba, y parecía de las que sacaban en su iglesia cuando cantaban todos Noche de paz en Nochebuena.
Amber solo lo llevaba a misa en Nochebuena y Pascua. Él prefería el servicio navideño. El mundo parecía más en paz.
Angela Weber estaba ante él, hablando de… algo. Le había dado la vela para la procesión. Él intentó concentrarse, pero iba muy drogado, y ella era muy guapa. Angela era alta y elegante, y tenía una larga melena que brillaba y cambiaba de color con la luz. En aquel preciso instante, iluminada por los rayos del sol, se veía casi rubia. De un bonito color café dorado.
Angela era distinta al resto de los empollones. Todos aquellos capullos se comportaban como si él fuera invisible, motivo por el cual él los trataba como a una mierda. Ben hacía que la gente se fijara en él. En cambio, ella era amable con todo el mundo, y caía bien a todos. De ahí que hubiera llegado a ser presidenta del consejo estudiantil. Él había intentado ser borde con ella en una ocasión, y ella le había afeado su conducta. Ben respetaba eso.
—¡Oh, no! —exclamó Angela, soltando la caja de cartón en la que llevaba las velas.
Un hombre le había manchado el brazo con algo medio derretido de color azul.
Ben olfateó el aire para detectar el sabor del granizado que llevaba la firma del Sonic: Coco Azul o Frambuesa Azul. Indeterminable.
—¡Perdona! —se disculpó el hombre. Tendría unos veinticinco años y llevaba unas gafas de carey—. Ay, Dios. Cuánto lo siento.
Ella se sonrojó al tiempo que se quitaba el hielo de la blusa.
—No pasa nada.
El joven intentó ayudarla a limpiarse, pero su roce hizo que Angela se estremeciera y él enseguida retiró la mano, aún más disgustado.
Frambuesa. Aquel sabor no le cuadraba. Ben aspiró hondo y sacó pecho. Y eso que ya era grandullón.
—¡Me cago en la mar, gafotas! ¿Por qué no miras por dónde vas?
—Es que… es que estaba buscando a mi primo en la banda, y…
—En serio —insistió Angela—. No pasa nada.
—Debería pagarte la camisa —dijo Ben.
El hombre echó mano a su cartera, pero Angela lo detuvo.
—No hace falta. Estas cosas pasan. —Al ver que volvía a erguirse, la chica añadió—: Estoy bien, Benny.
Así era como lo llamaba su padre: Benny. Su padre de verdad. No permitía que nadie más lo llamara así, pero a Angela, con aquella melena castaña y aquellas piernas tan largas… sí.
Ben era alto, ancho y rollizo. Su expadrastro solía burlarse de él por su peso. El muy cabrón sabía lo que se hacía; era consciente de que aquellas bromas ofendían tanto a los chicos como a las chicas. Él había intentado sortearlas, pero los insidiosos comentarios habían acabado haciendo mella igualmente. Sabía perfectamente que sus ideas eran erróneas y estaban viciadas, pero con las chicas altas tenía la sensación de que sus proporciones no desentonaban. Con ellas no se sentía tan bicho raro.
El pecho se le desinfló. Dejó que el «Benny» de Angela se diluyera en el aire. El joven de las gafas se perdió entre la multitud.
—Debería irme —dijo Angela, lanzando un suspiro.
—Ya. Tienes que repartir las velas que te quedan.
Pero cuando echó un vistazo al interior de la caja de cartón, vio que estaba vacía.
Angela sonrió.
—Tú has sido el último. Es que tengo que ir a casa. Mi madre se va a trabajar, y he de vigilar a mi hermano y mi hermana.
—¿Quieres que te lleve en coche?
—Qué va —respondió Angela con naturalidad, pero estrechó la caja contra su pecho. La pregunta de Ben la había incomodado—. Vivo aquí cerca. He venido caminando.
—¿Cuántos años tienen tus hermanos? —le preguntó él, sintiendo la necesidad de prolongar la conversación, aunque solo fuera para demostrar que no era esa clase de tíos. Que no era una amenaza.
—Son gemelos. Tienen seis años. ¿Y tú, tienes hermanos?
—Qué va —contestó, repitiendo las palabras que ella había pronunciado hacía un instante.
Angela sonrió de nuevo, pero esta vez su gesto dejaba entrever algo más.
Tristeza, quizá. Al menos no era compasión.
—Ten cuidado, ¿vale? Busca alguien con quien estar por aquí.
Mientras la veía alejarse, Ben cambió de idea. Sí que había sido compasión.
—Que te den —dijo, alzando la voz más de la cuenta.
Angela se detuvo. Volvió la cabeza y lo miró a los ojos.
—No creo que lo digas en serio.
Y, dicho esto, desapareció entre la gente.
Puede que se hubiera equivocado con ella.
O tal vez él fuera un capullo.
Se metió la vela en el bolsillo. Se apoyó en la fachada de la boutique y cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas. Comenzó a sonar un tambor, lo que le hizo abrir los ojos de golpe, con la paranoia de estar a punto de ver a David —o de que este se dispusiera a atacar a Angela—, y fue entonces cuando notó un destello de camuflaje en una ventana situada al otro lado de la calle.
—Oh, mierda. ¡Mierda!
Miró a su alrededor con los ojos desorbitados, pero Angela había desaparecido. Sabía que ya no estaba allí. Se notaba colocadísimo. Al fin y al cabo, había robado a Terry la mierda buena. Cerró los ojos de nuevo, y los abrió para clavarlos en las ventanas oscuras del supermercado.
Nada. Allí no había nada.
James volvió sobre sus pasos hasta la sala de descanso polvorienta, pero la pluma no estaba allí. El maldito limpiador no aparecía por ninguna parte.
¿Lo habría perdido afuera, presa del pánico? Dondequiera que se le hubiera caído, poco importaba ya. El tambor había comenzado a marcar la cadencia.
El golpeteo seco de la caja clara retumbaba en las finas paredes del establecimiento vacío. La banda estaba en marcha.
Mientras entraba corriendo en la trastienda, notó en la cara el rubor prematuro de la humillación. Llego tarde y encima no voy bien vestido, pensó. Las imágenes darán la vuelta al país entero, captando mi incompetencia para que todos la vean.
Basta, se ordenó. No se trata de ti.
Pasó a toda prisa junto a las cajas de cartón y llegó a la salida.
Y entonces, de repente, todo pasó a tratarse precisamente de él.
—¡Ben! ¡Ben! ¡Ben!
La gente gritaba su nombre y un instante después —antes de que pudiera averiguar quién, dónde o por qué— tres figuras se le echaron encima, revoloteando a su alrededor con una energía contenida. Abrió los ojos de forma desorbitada antes de entrecerrarlos de nuevo con languidez.
Y con recelo. Bella Swan, Edward Cullen y… Alec. Acababa de pasar junto a este, ahora lo recordaba. Los notó impacientes, como si esperaran algo de él.
—¿Qué? —preguntó, en un tono nada educado.
—No deberías estar aquí. —Bella tenía la cara medio oculta por la capucha de la sudadera—. No deberías estar solo.
No recordaba que la chica nueva le hubiera dirigido nunca la palabra. A su llegada allí el año anterior, le había parecido huraña y resentida, y recorría los pasillos moviendo las caderas con una energía desdeñosa que lo tenía intrigado. Pensó que tal vez intentara hacerse un hueco en su grupo de amigos, pero en lugar de ello había formado un trío con Alec y Tanya.
Ben se sacó el paquete de tabaco y se puso un cigarrillo entre los labios.
—¿No has hablado con mi hermano? —le preguntó Edward.
—¿Con tu hermano el poli?
—Es el único hermano que tengo.
Ben se encendió el pitillo y le dio una larga calada.
—No.
Los tres amigos cruzaron una mirada de preocupación.
—Emmett me ha dicho que ha hablado contigo —le explicó Edward—. Según él, ha llamado a tu casa.
—Puede ser, pero ya te digo yo que conmigo no ha hablado. Habrá sido con Terry.
—¿Quién es Terry? —inquirió Edward con el ceño fruncido.
—El novio de mi madre. —Su voz daba a entender lo jodida que era aquella persona—. ¿Qué te has hecho en el pelo?
—Me lo he teñido —respondió él con un rostro impasible.
A Edward se le daba bien eso… lo de mostrarse inexpresivo. Ben era incapaz de ocultar sus emociones, aunque le fuera la vida en ello.
—Eso ya lo sé. Pero ¿por qué?
—La verdad es que nada podría importar menos en estos momentos —intervino Bella.
Los labios de Edward se movieron inesperadamente para esbozar una sonrisa. Por algo que ella había dicho.
—Ustedes dos —dijo Ben, haciendo señas entre ambos— están follando.
Bella hizo una mueca. A Edward se le heló la sonrisa.
Punto para ti, Ben. Eso es lo que te llevas por perturbar mi soledad.
—¿Sabes qué? —dijo Alec—. Si no corrieras el riesgo de que estuvieran a punto de matarte, nos largaríamos ahora mismo.
—Cuánta agresividad —replicó él, arqueando las cejas.
A unos metros de distancia había una familia numerosa con varios niños. El padre se volvió y fulminó a Ben con la mirada. No se habían dado cuenta de que la multitud había dejado de hablar para contemplar a la banda desfilar por la calle. Pero entonces ocurrió algo extraño. El padre reparó en Bella y tuvo que mirarla dos veces para dar crédito a lo que veía. Avisó con el codo a su mujer y le susurró algo al oído.
Ben le hizo una peineta.
El padre se apartó enseguida, pero luego volvió a mirarlos, y él tuvo la sensación del todo descabellada de que un murmullo se propagaba entre la muchedumbre.
Bella se le acercó. Estaba tan concentrada en Ben que su mirada parecía evitar a los demás. ¿A aquel padre en concreto?
—Mira —le dijo en voz baja—, tenemos razones para creer que tú podrías ser la próxima víctima de David.
—No lo veo probable —repuso Ben—. David y yo nos conocemos desde hace siglos.
Bella se quedó sorprendida. Hasta que detectó el asomo de duda que él era incapaz de disimular, y entonces sus amigos volvieron a la carga, explicando entre dientes la teoría disparatada de que David estaba asesinando a todo aquel que había sido un abusón.
Ben tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó para que se apartaran.
—Bueno, si eso es verdad, no tardará mucho en suicidarse. El problema se solucionará por sí solo.
Bella hizo una mueca… y entonces él se acordó. Eso explicaba que toda aquella gente estuviera mirándolos. Y que el murmullo comenzara a provocar un pequeño revuelo.
—Oh, mierda —exclamó Ben, y finalmente bajó la voz—. Fue a ti a quien atacó anoche.
Bella abrió los ojos como platos de la irritación que sintió.
—A ver… un momento. Si vuestra teoría es cierta, eso te convierte a ti también en una gilipollas. —Ben hizo una pausa para dedicarle una sonrisa diabólica—. ¿Tú qué has hecho, Swan?
—No importa —respondió ella, y se subió la manga izquierda. Llevaba el brazo vendado, por lo menos hasta donde veía él—. Lo único que tienes que saber es que me gané esto.
Sus amigos intentaron protestar, pero ella los interrumpió.
—Nos preocupa tu seguridad. Ese tal Terry no parece un gran tipo, pero ¿puedes confiar en él? Cuando acabe esto, ¿puedes ir a casa y quedarte con él?
—No —contestó a la primera pregunta. Y con la mirada fija en el antebrazo de Bella, que ella ya se había tapado de nuevo, añadió—: Pero sí. Puedo quedarme con él.
—Bien —dijo ella.
A Ben no le gustó el espasmo de miedo que notó en el pecho. Lanzó a Edward una mirada suspicaz. Sus compañeros de clase siempre andaban comparándolos, metiéndolos en el mismo saco.
—¿Y tú qué? Porque tú también has hecho lo tuyo.
—Ya —admitió Edward—. Pero la única persona a la que he hecho sufrir en mi vida es a mí mismo.
—Y a tu hermano.
Bella se estremeció. Su rostro no era tan de piedra, a fin de cuentas.
Bella lo miró como intentando descifrar el comentario.
Dos puntos, Ben.
—En el cine siempre acaban matando a los chavales que follan y se drogan, ¿no? —Zachary se esforzó por esgrimir otra sonrisa—. Supongo que eso significa que vamos a morir los dos.
—No deberías estar aquí.
Fue el primer pensamiento coherente que James fue capaz de formular.
La figura encapuchada bloqueaba la salida. En una mano sostenía una pluma; en la otra, un cuchillo.
—¿Y dónde debería estar? —le preguntó David.
Su hablar monótono hacía juego con su apariencia anodina. Su falta de humanidad sacudió a James hasta la médula.
—En los maizales —respondió, dando un paso atrás tembloroso—. O en el granero de alguien.
—Pues no es así —dijo David, avanzando un paso acompasado.
—¿Có… cómo has entrado aquí?
—¿Por qué habría de contestar a eso? —Soltó la pluma—. ¿Y si te diera por escapar?
La banda comenzó a tocar, pero había algo extraño y desagradable en la música que se oía. Dejaron de discutir.
—¿Qué es eso? —preguntó Ben con el ceño fruncido—. ¿De qué me suena esa canción?
Alec se quedó estupefacto.
—Es el himno de graduación. Pompa y circunstancia.
—Qué —exclamó Bella al tiempo que Edward añadía—: fuerte.
—Supongo que no tenían una marcha fúnebre a mano en su repertorio—dijo Alec.
Ben prestó atención al fastuoso crescendo. Con cada compás la melodía se volvía más perturbadora.
—Pues mira, esta será la única vez que la toquen para ellos.
—Qué metedura de pata —sentenció Alec.
—Qué eterno se va a hacer esto —aventuró Edward.
—Puede que sea peor que si no hubieran tocado nada —dijo Bella.
La multitud avanzó. Daba la sensación de que todo el mundo estaba pendiente de ellos, esperando a ver si Bella se unía a la procesión. Ella parecía resignada ante su desesperación. Como si no le quedara más remedio. Aunque todavía faltaba una hora para que anocheciera, la gente encendió las velas. Ben no sabía por qué no aguardarían a llegar al altar dedicado a las víctimas. Con la luz de la tarde las llamas se veían tenues y ridículas.
Bella, Edward y Alec echaron mano de la vela que cada uno tenía guardada en el bolsillo.
—¿Vienes? —preguntó Alec.
Ben sacó el mechero y la vela.
—Qué coño —dijo, alisando el aro de papel endeble alrededor de la vela.
Acto seguido, encendió la mecha antes de acercarla a la de Bella.
James salió escopetado de la trastienda y entró en el supermercado, donde tiró al suelo tarros de cristal, torres de conservas y estantes de ropa barata con las palabras LION PRIDE.
David sorteó el caos cada vez mayor con una facilidad inquietante.
James pasó a toda prisa junto a las frutas y verduras, derribando de golpe una pirámide de calabazas construida con sumo cuidado, pero aun así David lo alcanzó justo antes de llegar a la entrada. Lo apuñaló por la espalda, que le rajó de arriba abajo con el cuchillo.
James gritó, pero con el sonido de la banda nadie lo oyó. Se quedó tumbado en el suelo frío. La línea de tambores estaba colocada delante de las puertas; era la última de la fila, y la última en marchar. James aporreó el cristal, estampándolo con la huella de sus puños ensangrentados.
David lo arrastró para que nadie pudiera verlo.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó James entre lágrimas. A Lauren, la garganta. A Mike, el cerebro. A Demetri, las orejas—. ¿Qué vas a hacerme?
David se sentó a horcajadas sobre el cuerpo de James y se lo quedó mirando.
No sonrió. No puso mala cara. Se limitó a terminar su trabajo mientras el pueblo de Osborne se dirigía hacia el instituto en procesión.
