Este es el primer one-shot de este libro en donde voy a ir compartiendo momentos al azar de la vida de Haymitch y Effie.
Respetaré el canon de los libros, aunque otras historias serán regidas bajo mi imaginación.
¡Disfrútenlo!
Los personajes pertenecen a las trilogía de Suzanne Collins.
My boy
Ella esperó pacientemente durante muchos días, intentando matar el tiempo en algo tan mundano y atípico como era tejer; un pasatiempo que había aprendido en su niñez como parte de su "formación" como dama de la sociedad, pero que ahora solo le sirvió para evitar entrar en un colapso nervioso y terminar como el chico que luchaba por volver a la vida por tercera o cuarta vez. Ya había perdido la cuenta.
Los médicos no la dejaron quedarse, fue una batalla descomunal en la que otros tuvieron que intervenir, entre ellos, Haymitch, quien había pensado que no volvería a ver; pero otra vez la diferencia entre querer y hacer había sido atroz, por lo que no pudo evitar lo inevitable. Sin embargo, pudo sacar algo bueno de aquellos momentos incómodos en esa misma sala con él; al final había logrado quedarse y ser la custodia de aquel chico a quien le había agarrado tanto cariño.
No, cariño no es.
Amor.
Amor puro y efímero que da miedo observar, pero que al mismo tiempo te llena de un calor que hasta al más destrozado de los corazones se llena de luz.
Aquel muchacho que había tomado como suyo desde el primer día, porque así había sido según lo que estipulaba el viejo gobierno; pero que ahora aquel sentido de pertenencia se había transformado en algo mucho más intenso, porque así la vida la había llevado. Sin pensar, ese niño rubio y roto era suyo; tan suyo como lo es un hijo para una madre. Tan suyo como lo era respirar.
Sí, Peeta era su hijo.
Las noticias no tardaron en volar, sobre todo en la unidad de quemados en la que se había negado a abandonar. «—¿Quién en su sano juicio abandona a un hijo en tales condiciones? — había gritado en el pasillo con tanta fuerza que hizo dudar a los médicos de su cordura — Me quedo. — puntualizó y ya nadie pudo hacer nada.»
La espera fue dolorosa, en especial al saber que en la otra ala se encontraba la niña, a quién juzgaban por haber matado a la pseudo presidenta. Era angustioso, pero sabía que no estaba sola, Haymitch se lo había hecho saber. Así que de esa forma se dividieron los papeles: él con la niña, ella con su niño. Todo bien.
Estaba segura que tarde o temprano saldría de allí, pero no sabía cuándo, mucho menos al ver que el pitido constante de esa ruidosa máquina seguía indicando que él no estaba consciente, pero por lo menos seguía vivo. Su pecho subía y bajaba en un ritmo que la arrullaba en momentos de estrés, los cuales se hacían más constantes. Su mano, que alguna vez fue tibia y sospechosamente suave, ahora es tan fría y áspera, que le aterra saber cómo se podrá recuperar de todos los horrores que vivió. En cierto punto, sus manos eran lo único que había sido salvado enteramente de sus torturas, y si estaban en ese estado, todo lo demás se encontraba aún peor.
Los minutos pasaban lentamente mientras ella seguía tejiendo una prenda que ni sabía cómo iba a terminar. Las puntadas eran irregulares y se alejaban de lo estéticamente apropiado y bello, pero a ella no le importaba, solo quería matar el tiempo y ocupar sus manos en algo, porque si no despertaba pronto, seguro tendría que soltar la poca cordura que le quedaba.
Se había rendido, había botado el aire retenido en sus mejillas en varias ocasiones, pensando que quizás nunca despertaría, que siempre lo vería conectado a esas horribles máquinas, que sus ojos azules, tan similares a los ella, no volverían a dirigirle la mirada. Estaba agotada, triste y frustrada, todo a la vez, sin saber qué hacer de ahora en adelante, en especial con ese estúpido nudo del que no había podido salir desde hace varios minutos.
Hasta que sucedió lo impensable.
Un pitido alto y distinto le alertó, haciendo que sus sentidos despertaran.
Allí lo vió, su pecho subiendo y bajando en un ritmo rápido y atropellado, muy poco sutil y ajeno al que se había acostumbrado.
En ese instante se dió cuenta que la espera había terminado.
Su lengua seca se despegó de su paladar superior como si fuera una cinta adhesiva vieja, lo que había impedido que su voz saliera disparada desde hace muchos segundos atrás. Los párpados de él revolotearon sin parar, sus pestañas rubias y pálidas se batieron bajo un acto reflejo. Sus manos, hasta hace poco extendidas a sus costados, ahora intentaban moverse, inspeccionando lo que tenía a su alrededor. Dedo a dedo iba probando; dedo a dedo iba volviendo a la vida.
Y ahí sucedió.
Él abrió sus ojos en un único movimiento.
Ella arrojó su fallido tejido al suelo.
—Peeta.— susurró con voz ronca, aquella que ni sabía que tenía, pero fue suficiente para llamar su atención. Aquellos ojos azules le volvían a mirar.
Pero toda calma se esfumó, lo que creía que sería un reencuentro ameno, rápidamente se estropeó cómo ese tonto nudo de lana en su tejido.
Peeta no sonrió, no habló, no hizo nada, solo la observó con tanta duda y nervios que su pecho se convulsionó.
Ella se levantó de su silla con el objetivo de llegar a él, pero en cambio fue incapaz de avanzar debido al pitido alto que advirtió a los médicos, quienes entraron como un vendaval a la habitación sin molestarse en tener cuidado con aquel niño que resucitaba por nueva cuenta.
—Debe salir, por favor. — le indicó una enfermera con tanta autoridad que a cualquiera le hubiera intimidado, pero no a ella.
—¡No! — respondió enseguida — No. — enfatizó con menos desesperación, pero ya era muy tarde.
—Señorita, debe salir ahora mismo. — intervino el médico a cargo y solo eso bastó para que se saliera de control.
De inmediato unas manos la sujetaban y un dolor en el pecho la aprisionó tanto que expulsó el poco aire que retenía en sus pulmones. A todo esto, solo pudo responder con más miedo y desesperación, mismos que fueron apaciguados al divisar cómo era arrastrada por los brazos, y cómo sus uñas se incrustaban en algo blando que ni le importó revelar.
«Mi chico. Mi hijo.»
Se lo estaban arrebatando.
La estaban alejando de nuevo de él.
—¡Peeta! — gritó por última vez antes de ser expulsada de la habitación, no sin antes ver que él la seguía con la mirada desde la cama, esta vez con los ojos inundados en lágrimas — ¡Peeta! — volvió a gritar, aunque esta vez fue en vano, porque su voz perdió fuerza y su cuerpo inestabilidad.
Ahora solo podía observar como la inconsciencia la arropaba y la oscuridad la alejaba de su niño y del tejido maltrecho que yacía pisoteado y abandonado en el suelo.
De nuevo había sido alejada y esta vez no sabía hasta cuándo sería.
-.-.-.-.-.-
El rumor llegó a oídos de los altos mandos y todos no pudieron hacer más que sucumbir a regañadientes a las quejas y pedidos de Haymitch.
Peeta estaba vivo y era atendido como un paciente milagro que nadie creyó que sobreviviera. Su historial lo dejaba como un chico que volvía a nacer, sobre todo después de la horrible exposición al fuego que tuvo en el City Circle, en donde intentó alejar a Katniss y a su hermana Prim de las llamas, pero sin mucho éxito.
Para Effie había sido demasiado, la espera la había dejado alterada y muy enojada. Plutarch no entendía mucho su actitud, pero Haymitch le aseguró que si no la dejaba entrar a verlo, posiblemente lo tendría en su contra para una próxima ocasión. Para ese momento el capitolino no había entendido su mensaje, pero no tardó mucho en verlo con sus propios ojos cuando Effie corrió hacia la habitación del niño con gruesas lágrimas rodando por su mejilla.
«¡Mi niño está bien! — gritaba de emoción por todo el pasillo, seguida por los dos hombres que la miraban asombrados»
Cuando ella entró a la habitación y lo vió allí en la cama con tan solo una vía en su antebrazo, solo pudo ahogar un sollozo que al final logró que Peeta apartara la mirada de una tela que tenía en su regazo.
En el momento en que ambos pares de ojos azules se reencontraron, miles de emociones flotaron en el aire, inyectando en los presentes un alivio que hasta ese instante no habían experimentado.
—¿Effie? — dijo el niño con voz quebrada y su labio inferior tembló con tanta fuerza que a ella se le ablandó el corazón aún más.
—Sí… soy yo — respondió después de batallar con el llanto contenido —. ¿Cómo te sientes? — preguntó con cautela, aunque sus pasos se dirigían hacia su cama con más rapidez.
El niño frunció su ceño y arrugó la tela que ella pudo detallar mejor estando cerca. El color, la textura, el nudo… ella lo supo de inmediato, eso era suyo.
—Solo. — susurró.
Con ojos inundados de lágrimas le devolvió la mirada a ella y se encogió de hombros, tratando de mostrarse fuerte, pero Effie sabía que no era así, había aprendido a conocerle.
Ante tal afirmación y al verlo sufrir, no pudo soportar más y lo abrazó, siendo este gesto el primero que había dado desde su recuperación.
Peeta sollozó con fuerza y eso fue el detonante para que ambos se rindieran ante el llanto. Ella lo abrazaba como si una fuerza mayor se lo quisiera arrancar de las manos; mientras que él se dejaba mecer como bebé entre los cálidos brazos de Effie, quien a última instancia comenzó a tararear una melodía suave que recordaba de su infancia; aquella que estuvo nublada por esplendor e inocencia.
Pronto los dos se conectaron y ya nadie los podía alejar de esa ola de serenidad que sus cuerpos se ofrecían el uno al otro. Ella lo amaba como el hijo que nunca pudo tener, mientras él gozaba por primera vez del amor maternal que en toda su corta vida había estado ausente.
—Te amo, mi niño. Siempre voy a estar para ti. — le susurró cerca del oído y él se encogió entre su regazo como muchas veces lo hizo cuando su padre le consolaba.
Había perdido a su familia, pero se había ganado a una madre.
No se habían dado cuenta que los habían dejado a solas, por lo que ella agradeció enormemente aquel gesto cuando se sentó en su cama sin dejar de abrazarlo.
Peeta volvió a ser un pequeño niño y se dejó consentir hasta que se quedó dormido entre sus brazos. Ella le acariciaba con ternura sus rizos rubios que ya deberían ser cortados, pero ante ese pensamiento se alegró al saber que podría convertir ese momento en algo tan doméstico y especial.
Siguió tarareando y cuando la luz del ocaso se fue filtrando por la ventana, se permitió respirar con tranquilidad por primera vez en mucho tiempo. Ambos estaban a salvo y nadie les podría hacer daño.
Miró hacia las manos de Peeta y vió aquel tejido que había olvidado en el suelo, pero que por obra del destino terminó en posesión de su único dueño.
Sonrió y se aseguró de anotar luego en un papel las cosas que tenía por hacer, colocando en primer lugar ir a conseguir más lana y agujas de tejer para terminar esa bufanda que a él le hacía falta. Porque ese iba a ser el primer regalo que le daría a su hijo una vez que fuera dado de alta.
Su hijo… la vida la había premiado con uno cuando pensaba que estaba condenada por haber escogido a tantos niños hacia su inminente muerte.
Ella pensó que no los merecía, pero ahora estaba acostada abrazando al único que la aceptó sin importar su pasado, por lo que no podía estar más satisfecha y feliz.
Con una última nota desafinada de su canción de cuna, y un beso en su frente, Effie se acomodó en la cama para ver cómo los últimos rayos del sol iluminaban los edificios del Capitolio; todo bajo el ritmo constante y hermoso del latido del corazón de ese niño que ahora era suyo.
Su niño.
