Entre padre e hija

Las lágrimas de Ingrid insistían en caer cuando cayó de rodillas y se lanzó hacia el regazo de Daniel. No recordaba haber llorado tanto alguna vez, haber sentido esa sensación de derrota y desamparo. Daniel era el único que podía ayudarla en aquel momento, aunque fuera con una simple mirada, que era para lo único que le quedaban fuerzas. El frío del arrepentimiento era doloroso y pesado, e Ingrid juraba que moriría por ello. Sollozaba, mojaba la tela de las ropas del pintor, esperando que su voz se escuchara y le cuestionara el porqué de ese secreto.

‒ Aquella…Aquella muchacha…‒ dijo él finalmente

‒ Tu hija. Nuestra hija. Siempre fue ella, la niña que abandoné a su propia suerte‒ su voz se agravó en un intentó de autocontrol, pero aún se mezclaba con los sollozos.

‒ ¿Por qué no me dijiste nada?

‒ Rabia. Odio. Rencor.

‒ ¿Fue cuando te envié el cuadro y la carta?

‒ Me enteré en esa semana de que estaba embarazada. Fue el fin del mundo para mí, Dani. Terminaste conmigo, tú y Regina.

‒ Si me lo hubieras contado…

‒ No. No te atrevas a contarme las actitudes que habrías tomado si te enterabas del embarazo. Jamás habrías estado conmigo por amor, habrías escogido a la criatura‒ Ingrid sollozó

Daniel estaba en shock, pero intentaba ponerse en la piel del joven pintor del pasado. También se echó a llorar. Dejó que algunas lágrimas resbalasen por su rostro, pues no era posible gritar, correr tras la hija o darle una bofetada a Ingrid.

‒ Mi hija…Tengo una hija. Me ocultaste una hija.

‒ Porque te odié en el momento en que leí aquella maldita carta‒ alzó el rostro hacia él. De repente, ya no pedía perdón arrodillada, quería enfrentarse a él.

‒ Fui honesto contigo, te dije la verdad. Y tú, sin el mínimo de decencia para entender mi posición, no quisiste aceptar que lo nuestro no saldría bien.

‒ Era a mí a quien debías amar. Habríamos sido tan felices, querido‒ sé golpeó su propio pecho

‒ Y por odiarme me ocultaste una hija‒ la miraba sin entender ‒ ¿Cómo pudiste ser tan cruel?

‒ Fui muy cruel con ella, sí, pero creía que pesaría mucho más en tu consciencia si te enterabas de mi muerte. Di, querido, ¿cómo te sentiste cuando leíste que estaba muerta?

‒ Triste, destrozado. Jamás deseé que dejaras de existir por mi culpa. Y por lo que veo, tú hiciste cosas peores. Lo que esa chica debe estar sintiendo no puede ser menos de lo que siento yo. Me privaste de tener una hija, de realizar uno de mis sueños, Ingrid. Por el amor que nos teníamos el uno al otro, debiste haberme tenido respeto y contarme sobre ella.

‒ ¿Y habrías vuelto conmigo? ¿Te habrías arrepentido de cambiarme por Regina?‒ Ingrid abrió sus enormes ojos azules, parecían echar fuego.

‒ No. Pero le habría dado mi apellido, la habría cuidado y habría sido un padre. ¿Qué historia le has contado a ella?

‒ Ya te he dicho que la abandoné a su suerte. Regresé a esta ciudad, la gente me preguntaba dónde estaba el padre de mi bebé y tuve que encontrar a alguien para hacerlo pasar por tal. Felizmente surgió alguien perfecto para ese papel, y Emma creyó durante toda su vida que su padre era un político que había abandonado la ciudad después del escándalo que monté al contárselo a todo el mundo. Jamás le diría que su padre era un pintor del que me había enamorado perdidamente y que me había traicionado‒ decía ella, volviendo a mostrar locura en su voz.

Daniel se sintió mal, mareado, abatido.

‒ Creo que voy a vomitar‒ respiró hondo, y más calmado intentó digerir todo lo que escuchaba de Ingrid.

‒ Sé que estás asqueado por todo lo que he hecho, por haber fingido mi muerte, por haber abandonado a la muchacha, por haberme dejado llevar por mis vicios…

‒ Cierra la boca, Ingrid, deja de intentar causar pena. Todo lo que tengo ganas de hacer ahora no lo puedo hacer por mi incapacidad, y encima me dices que abandonaste a la muchacha. ¿Dejaste a tu hija sola porque me odiabas? ¿Querías volcar en ella la frustración por haberme perdido?

Ingrid cerró los puños

‒ Sí‒ asintió ‒ Emma se convirtió en un peso en mi vida. Un peso que nunca fui capaz de soportar por mucho tiempo. Cada vez que miraba a aquella niña, sentía un odio inmenso hacía mí misma, pero aún peor, odiaba que ella se pareciera tanto a ti. Era a ti a quien veía cada vez que se despertaba de madrugada y lloraba. Era a ti a quien veía cada vez que venía corriendo hacia mis brazos cuando yo volvía a casa. Fueron ocho años alimentando un odio que, ahora sé era un gran amor por ti, pero aún así un sentimiento que necesitaba matar dentro de mí. Piensa en el infierno que sería si ella supiera que tenía un padre famoso y encima tan parecido a ella.

‒ ¿Fuiste tan codiciosa hasta ese punto? ¿Todo eso porque acabé con tus sueños de ser una mujer rica y famosa?

Ella desvió la mirada, se levantó de su regazo.

‒ Joven, bonita, atractiva, pensaba que merecía el mundo a mis pies, Daniel. Eras el único capaz de ofrecerme todo lo que yo quería, incluido el amor.

‒ Nunca estuviste enamorada de mí, estabas enamorada de la idea de ser rica y la mujer de un pintor reconocido.

Ella se pasó la mano por la nuca, por detrás de los cabellos. Recompuso su rostro húmedo y enrojecido por el esfuerzo de sacar afuera las emociones, y rió cobardemente.

‒ Las dos cosas, Dani. Cúlpame ahora, insúltame, dime que fui una madre desnaturalizada, pero no dudes de mi amor, porque es lo único que quedó dentro de mí después de todos estos años. Mira cómo he vivido tras idas y venidas a Mary Way Village. Hombres, empleos, arrepentimientos, bebidas, cigarros, mala fama.

‒ Te va a costar mucho darme pena, Ingrid‒ se estaba cansando de sus afirmaciones, siempre queriendo convencerlo ‒ Todo lo que acabas de decirme son las consecuencias de tus elecciones. Si hubieras elegido contarme lo de la niña, no habría dejado a Regina, pero sin embargo no habría ignorado que era padre. Emma tendría de todo, tú también habrías podido vivir cómodamente y la habrías cuidado como ella se merecía. Tu odio no justifica tu elección en la vida, solo refuerza cuán grande es tu ambición. Realmente hice una gran elección quedándome con Regina. Ella siempre fue mucho más mujer que tú en todos los aspectos‒ afirmaba, comenzando a fallarle la voz, tosía ‒ Ya no quiero casarme contigo. Ya no creo en nada de lo que me dices y no creeré en nada de lo que me digas de ahora en adelante. Vete de esta casa y no te atrevas a volver a poner un pie en ella, ¿lo entiendes? Todo está acabado entre nosotros.

Todo acabó entre ellos. No era eso lo que Ingrid quería escuchar. No, nada estaba bien, no podía ser así.

Ella lo miró horrorizada.

Entonces todos sus esfuerzos habían sido en vano. Parecía que sí. Maldita la hora en que fue atrás de Regina. ¿Dónde tenía la cabeza cuando la presionó para contarle la verdad a Emma? Todo arruinado: su boda, su amor, su sueño. Ya no existía nada entre Daniel y ella. Era como en el pasado cuando había decidido "morir" a sus ojos y ocultarle que tenía una hija, pero ahora dolía infinitamente más, su pecho le quemaba. Sentía un frío absurdo, el frío que congelaba todas sus esperanzas de felicidad. Iba a morir.

Pensaba que ya no tendría más valor para suplicar cuando la mirada de él hizo que ella se arrodillara de nuevo ante el hombre en la silla de ruedas. Ingrid juntó sus manos e imploró como quien reza a un santo protector.

‒ ¡Perdón!

Daniel no respondió, se quedó inmóvil, impasible.

‒ Perdón, querido. Perdón por todo.

A ella le costaba parpadear, y él, exhausto, solo deseaba que ella se marchara.

Le gustaba, no como en el pasado, pero era innegable su atracción física por la belleza única de Ingrid. Era como un Colibrí, pájaro perfecto, misterioso y bonito en la forma más delicada, por eso había elegido llamarla así. Pero, hoy, Ingrid ya no era un pájaro hermoso, era un monstruo. ¿O siempre fue un monstruo disfrazado de un hermoso pájaro? La cuestión estaba rondando en su mente mientras la miraba. Después de tantos descubrimientos, Daniel no iba a permitir que Ingrid lo engañara otra vez. Estaba triste por Emma, por haber sido privado de su hija. Sabía que había actuado mal al haber tenido ese romance con Ingrid, podría haber escogido a Regina con anterioridad, pero nada se comparaba con el egoísmo de Ingrid. Si aún quedaba el mínimo de dignidad en su pecho, era mejor poner un final en la relación entre ambos.

Daniel usó las pocas fuerzas que le quedaban para tocar el rostro de la madre de su hija y le dijo

‒ Eres una mujer bellísima por la que sentí una gran pasión, y por más que lo intente, no puedo guardarte rencor. Siento pena, mucha pena por lo que te has convertido, Colibrí‒ dijo, ronco

En un acto de rabia, Ingrid cogió el periódico que había sobre la mesa y le golpeó la cara con él. Ella insistió en un lado más que en el otro, alzándose, perdiendo los nervios, volcando una fuerza inútil en el rollo de papel. Lloraba, gruñía, decía cosas en el auge de su emoción: ¡Canalla! ¡Desgraciado! ¡Enfermo! Lloraba en mitad de esa acción ridícula.

‒ ¡Graham! ¡Graham, saca a esta mujer de aquí!‒ gritó él, girando el rostro, notando cómo ella descargaba su odio con las hojas del periódico.

Graham apareció inmediatamente, la agarró y le impidió que siguiera agrediéndolo. Ella sacudió las piernas, luchó con el enfermero, pero ya estaba muy lejos del pintor.

Daniel no quiso mirar, ni escuchar los gritos de ella insultándolo de todas las maneras posibles, pero, al no poder salir de donde estaba, se quedó en el comedor escuchando cómo los gritos menguaban a medida que se alejaba. Notaba su rostro ardiéndole.

‒ Belle‒ llamó a la empleada sin mover la cara.

‒ S…Sí, señor‒ Belle llegó soterradamente hasta él. Asustada con todo lo que había escuchado, aún no sabía cómo comportarse delante de su patrón.

‒ Invite a Emma a una cena conmigo mañana.

‒ Pero, señor…¿Y si se niega…?

‒ Dígale que espero el tiempo que sea necesario para que se haga con la situación y que sería un gusto para mí conocerla.

Belle no se opuso al deseo del patrón después de eso. Afirmó con la cabeza y se retiró, aún perturbada.


Cuando regresaron a casa la tarde siguiente, Emma y Regina estuvieron una hora conversando con más calma sobre los padres de la muchacha. Hablar del tema había sido idea de Emma, cosa que había sorprendido a Regina, ya que mostraba madurez ante lo perturbador que había sido el día anterior. La escritora recordó algo que Ingrid había dejado escapar en uno de los momentos de la conversación que habían mantenido, el cuadro con la figura del pájaro que Daniel había pintado para ella y que había escondido en un rincón del garaje de aquella casa. Tenía sentido la historia contada por Belle al principio, cuando aún vivía en la mansión, sobre un cuadro idéntico en el taller del marido. Esa era la mayor prueba de la aventura entre el pintor y la madre de Emma, pero para Regina ya no tenía valor, porque Ingrid lo había confesado todo frente a la hija y Daniel.

Emma, en cierto momento, miró a Mills y notó la incertidumbre en su mirada. Regina estaba de todo menos atenta a lo que la muchacha hablaba.

‒ Hey, ¿por qué estás así? ¿No tengo razón en querer hablar con Ingrid?

‒ No, mi amor, no estás equivocada. Estaba acordándome de cosas que tu madre me dijo

‒ ¿Te enfadaste? ¿Te ofendió?

‒ No, fue más fácil ofenderla yo a ella que al revés. Es algo que una vez comenté y tú no entendiste, pero ahora también tiene sentido para mí.

Emma frunció el ceño, pidiendo que ella continuara.

‒ ¿De qué se trata?

‒ Tu madre y Daniel tienen un cuadro en común…

El móvil de Emma vibró sobre la cómoda interrumpiendo la conversación. Se callaron y se miraron.

‒ Es un mensaje de Belle‒ dijo Emma tras levantarse y coger el móvil. De repente, se quedó callada, el semblante extrañamente pálido.

‒ ¿Qué ocurre, Emma?‒ preguntó Regina desde el sofá

‒ Daniel…Quiere verme hoy. Me invita a cenar con él esta noche‒ respondió la muchacha.

Regina fue hasta ella y rodeó su hombro con un brazo, y leyó el mensaje escrito en el móvil. Era algo difícil de creer, una invitación por parte de Daniel, pero parecía ser serio.

La sra. Mills giró a Emma hacia ella.

‒ Si no estás bien para hablar con él, no vayas‒ habló con cuidado

‒ No sé si estoy lista para hablar con él, pero tampoco sé si no quiero hablar con él. ¿Irías conmigo?

Mills no veía correcto entrometerse en una posible conversación entre padre e hija.

‒ No creo que deba.

Emma rozó los dedos por su gargantilla de plata, pensó, miró a Regina y asintió

‒ Ya, este es otro problema que tengo que afrontar sola.


La muchacha respondió al mensaje de Belle, y más tarde, por la noche, se dirigió a la mansión.

Al atravesar la calle, miró hacia su casa, en la esquina opuesta, y vio a Regina tras las rejas del portón observándola desde ahí. Se habían dado un beso antes de que la muchacha saliera, sin embargo Emma quería haberle dicho alguna otra cosa a la morena, pero se olvidó. Regina la miraba, vigilando para ver si entraba sana y salva a la mansión, transmitiéndole en pensamiento que estaba junto a ella. La muchacha asintió, suspiró y tocó el timbre. Belle abrió un minuto después.

‒ Hola, Emma‒ dijo, pero no añadió ninguna palabra de consuelo sobre el hecho de que la amiga fuera hija de su patrón. En realidad, Belle estaba tensa como si fuera su primer día de trabajo, incluso temblaba.

Emma entró, mirando a la empleada y amiga, y esperó a que ella cerrara la puerta para que la llevara hasta Daniel.

‒ Hola ― respondió Emma ‒ ¿Dónde está él?

‒ En el comedor, ven, te llevo. Te está esperando.

Emma estuvo de acuerdo en ir con la amiga, entendiendo su nerviosismo o shock. Quizás era demasiado darse cuenta de que lo que intuía sobre Ingrid se estaba concretizando. Ciertamente Belle estaba conmocionada por lo que había escuchado sin querer el día anterior. Emma, incluso, pensaría en decirle que podría trabajar como detective un día.

Devaneos aparte, Emma caminaba por el pasillo principal de la casa mirando los cuadros en la pared, la iluminación tamizada del ambiente, sospechando que la casa de Regina había quedado sombría desde que ella dejó a Daniel. Entonces, percibió que estaba entrando en aquella casa para conversar con el padre que hasta ese momento ni sabía que existía. No había pensado en qué querría él hablar con ella, solo pensó en cómo explicarle que tenía una relación con su ex mujer. Por primera vez saber quién era su padre nunca le pareció algo tan distante.

‒ La señorita Emma Swan está aquí, señor‒ la voz de Belle puso los pies de Emma de nuevo en el suelo y se vio casi a punto de entrar en el comedor de la mansión.

La empleada extendió el brazo para que Emma entrara en la estancia que ya había visitado el día anterior, pero hoy le parecía aún mayor con la mesa de comedor inmensa en el medio, paredes hermosas y altas y cortinas de un lado a otro. Emma vio a su padre sentado a la cabecera de la mesa. Graham se levantó a su lado y antes de que la muchacha se acercara, el pintor le transmitió al enfermero una señal de que podía irse.

Daniel alzó la mirada hacia Emma, sonrió inseguro, sin saber si debía o no, pero fue más fuerte que él. Era a la hija a la que estaba viendo, la criatura que nunca vio crecer, pero que tenía sus rasgos y los de su madre. Examinó bien a la joven antes de señalar un sitio que esperaba por ella en la mesa.

‒ Siéntate, Emma. Bienvenida.

Swan se acercó, se sentó a su lado en la mesa y percibió sus manos sudadas, el corazón acelerado. De repente no conseguía mirar para él.

‒ Deja que te mire‒ pidió el hombre

Ella acercó la silla más cerca de la mesa y giró su rostro en su dirección.

‒ Puedes mirarme, no tengas miedo‒añadió él.

Los ojos de Emma se encontraron con los suyos, medrosos y ansiosos. Daniel sonrió, pero se contuvo para no asustar a la joven.

‒ ¿Qué quiere de mí?‒ soltó Emma haciendo movimientos involuntarios con las cejas. Era un miedo infundado.

‒ Acabamos de descubrir una verdad en común, hija mía.

No le gustó cómo la había llamado.

‒ Si prefieres, puedo llamarte como tú quieras.

Emma giró el rostro y sacudió la cabeza.

‒ No, está bien. ¿Para qué seguir escondiendo por más tiempo lo que mi madre hizo? Solo que no espere que empiece a llamarle papá desde ya‒ dijo la muchacha sincera.

‒ Está bien, estoy de acuerdo‒ Daniel tosió. Estaba haciendo mucho esfuerzo, sin embargo hablaba bien y con la voz más firme. Pasados algunos segundos comenzó ‒ Quiero que sepas que siento un enorme dolor por haber estado ausente de tu vida. Pensar que me vi privado de convivir contigo es un dolor mayor del que me produce verme inmóvil en esta silla de ruedas.

Emma volvió a mirarla.

‒ La culpa es de Ingrid, fue ella quien nos privó de todo.

‒ Entiendo tu resentimiento hacia ella, sin embargo lo hecho no se puede cambiar. Nunca fui padre, ni siquiera de un bebé engendrado por mi ex mujer, Regina, ya me había hecho a la idea, así que mi sorpresa es tan grande como la tuya. A pesar de eso, estoy feliz de saber que tengo una hija y de que eres tú.

‒ No me conoce, nunca me prestó atención, pero sé lo que le hizo a Regina. Es un poco difícil digerir que soy hija de un hombre que engañó a su propia mujer y que le hizo tanto daño‒ Emma se dejó llevar por la ansiedad.

‒ Parece que Regina y tú sois allegadas.

‒ Mucho. Las dos somos como uña y carne hoy en día.

‒ Lamento ofenderte con mi pasado, el de tu madre y por la amistad con Regina. La escogí a ella para ser mi esposa, fuimos felices, creo que la hice feliz durante muchos años. Cuando decidimos mudarnos a esta ciudad, jamás me hubiera imaginado que aquí vivía mi hija y mi Colibrí‒ Daniel hizo una pausa para respirar ‒ Me enamoré de tu madre, vaya que sí, pero también me enamoré de Regina y no vi correcto que tuviera que vivir una doble vida.

‒ Pudo haber sido justo con Regina antes de casarse con ella‒ comentó Emma con vehemencia.

‒ Lo intenté‒ dijo Daniel, mirándola seriamente.

‒ No, escondió las cartas de Ingrid, ignoró el hecho de que Regina siempre ha estado a su lado y que le ha cuidado, podría haberle pedido perdón antes de que el matrimonio se convirtiera en un infierno para ella.

Daniel no comprendía la defensa de Emma. No estaban ahí para hablar de Regina.

‒ ¿Qué te ha dicho mi ex mujer?

‒ No importa, olvide eso, no lo va a entender‒ Emma y él se callaron un momento.

Daniel recordaba vagamente del momento en que ella entró en la mansión la mañana del día anterior. Había dicho cosas sobre Regina, el divorcio…Recordaba que había gritado con Ingrid al saber la verdad. "¿Todo esto porque tengo una relación con su mujer?" Entonces todas aquellas acusaciones debían tener un único fundamento. Emma era la persona con quien Regina estaba saliendo, al final se estaba enterando de la verdad.

‒ Tú y Regina…‒ Daniel tuvo que tragar en seco, frunció el ceño ‒ Ayer cuando estuviste aquí, querías defender a Regina, hoy sigues haciéndolo.

Emma ya no tenía necesidad de esconder nada de nadie, ni siquiera de él.

‒ Creo que ya puede suponer lo que hay entre nosotras dos. Sé que esto es extraño, que han sido muchas coincidencias, pero si nada de esto hubiera ocurrido, jamás la habría conocido.

Daniel se quedó callado, digiriendo la información que ponía patas arriba su mente. El clima entre él y su hija se enrareció. En los ojos de ella había triunfo, orgullo y astucia. Veía a una Emma dispuesta a enfrentarse a él para ganar el corazón de Regina. Sin embargo, Daniel no quería pelear con la hija recién descubierta, no iba a pelear con ella por la mujer que ya no lo amaba.

Ante el silencio que se produjo, el pintor llamó a la empleada y le pidió que sirviera la cena. Aún tenían apetito para la comida y nada hablaron durante la misma. Belle y Graham estaban en sus puestos, esperando cualquier orden cuando Daniel se llevó el último bocado a la boca con una fuerza milagrosa, que le llevaba a agarrar los cubiertos esta vez sin ayuda. Reunió fuerzas para meterse el último bocado de comida en la garganta, pero se distrajo contemplando la belleza de la hija, viendo en ella las semejanzas con Ingrid cuando joven. La única diferencia eran sus cabellos oscurecidos y tuvo ganas de preguntarle por qué se los teñía, pues estaba seguro de que se los teñía. Fue en ese instante en que la comida se le fue por el otro lado y se atragantó.

Emma se levantó rápidamente al verlo gesticular desesperado con la comida atorada.

‒ ¡Hey, calma! Suelte eso, vamos, tiene que toser.

Ella le dio unas palmadas en la espalda y tiró de la servilleta que tenía al cuello, forzándolo hacia delante. Daniel tosió dos veces con fuerza y el trozo de carne salió disparado de su boca.

‒ Estoy bien…No te preocupes‒ dijo en seguida, ronco, doliéndole la garganta.

Se miraron.

Graham se acercó, pero Daniel le hizo otra señal para que supiera que ya estaba bien.

‒ No te preocupes, Graham, estoy bien, mi hija me ha ayudado‒ al decir eso, vio que la hija servía agua de la jarra en un vaso.

‒ Tome, tiene que beber para que se le alivie. Creo que comió muy deprisa.

Daniel agarró el vaso solo y bebió toda el agua mirando a Emma.

‒ Gracias, Emma.

Ella le dirigió una media sonrisa y volvió a sentarse, satisfecha por haberlo ayudado. Se dio cuenta de que no podía evitar ser amable con el padre. No sentía rabia hacia él, ya no estaba triste, porque él tenía defectos, pero no era como Ingrid y parecía arrepentido de lo que había hecho en el pasado mucho más que ella.

Belle recogió los platos y cubiertos de la mesa con ayuda de Graham, dejando a padre e hija solos en el comedor un momento. Emma pensó que el tema entre ellos estaba zanjado, pero para Daniel aún tenían que arreglar un último detalle.

‒ Creo que debo marcharme‒ dijo ella

‒ Entiendo tu incomodidad y lamento una vez más ponerte en esta situación, pero antes, Emma, me gustaría ofrecerte un regalo‒ Daniel habló y esperó a que regresara el enfermero ‒ Ve al taller y trae el cuadro de la chica, el que está expuesto en un caballete‒ le pidió al joven.

Graham salió y en ese instante Emma desorbitó sus esmeraldas hacia el pintor. Entonces el joven volvió con el cuadro enmarcado en un marco dorado y se lo enseñó a Emma.

‒ Hice este cuadro hace casi quince años y hasta ayer no estaba seguro de quién se trataba la niña que había pintado en él. ¿Qué te parece?

La pintura era un hermoso paisaje de un bosque perdido, profundamente verde, de los más variados tonos y al fondo ella, la niña que se parecía a ella, solo que era rubia y menor, pequeñita, una simple criatura. Emma quiso tocar el cuadro, sentir la tinta, tocar el rostro de la niña dibujado a la perfección.

‒ ¿Soy yo?‒ preguntó, y rápidamente lo miró

‒ Parece que sí. Pinto sobre los más variados asuntos, casi siempre lo que sueño o lo que surge de repente en mi mente. Esa niña quizás fuera la hija que siempre deseé tener. Puedes quedarte con el cuadro, es mi regalo para ti, Emma.

Ella agarró el cuadro de la manos de Graham y lo miró de cerca. El gesto la emocionó, no se sentía con derecho a aceptar, pero tampoco de rechazarlo.

‒ Gracias, pero no puedo aceptarlo, aunque me encantaría.

‒ Por favor, acepta. Nunca podré ser el padre que necesitaste, aún así me gustaría que me recordaras cada vez que mirases ese cuadro.

‒ Está bien, entonces creo que me lo llevaré

‒ Haces bien.

La muchacha se levantó, colocó el cuadro debajo del brazo y se despidió.

‒ Tengo que irme, ya es tarde. Le agradezco la invitación a cenar y si está preocupado por si voy a perdonarlo, no lo esté. Regina me dijo que usted es tan inocente en esta historia como yo, los dos fuimos víctimas de las mentiras de Ingrid. Ella también piensa que si hubiera sabido de mí antes, yo nunca habría vivido desamparada, estoy de acuerdo con ella, especialmente ahora.

‒ Dile que le agradezco que piense así de mí, me conoce en ese sentido.

‒ Sí, sobre eso ella sabe mucho.

‒ Emma, me gustaría que volvieras más veces. No tienes que llamarme padre nunca, solo vuelve para conocer mis cuadros, pasa algunas horas conmigo y tráeme noticias de Regina. Aún la amo y la respeto.

‒ Está bien, lo pensaré.

‒ Otra cosa…Ya no pretendo casarme con tu madre, terminé todo lo que había entre nosotros después de lo de ayer. No correrás el riesgo de tropezar con ella aquí si vienes más veces.

‒ Hum…Es bueno saberlo‒ susurró Emma ‒ Bien, entonces, hasta cualquier día.

‒ Hasta cualquier día, hija mía‒ Daniel susurró y Emma se marchó a casa.


Regina estaba leyendo sus propios textos cuando Emma regresó con el cuadro bajo el brazo izquierdo. Vio entrar a Emma con el cuadro y la vio colgándolo en el lugar de una foto de la abuela en la pared.

‒ ¿Qué es eso?‒ preguntó Regina

‒ Un regalo de Daniel. Soy yo, es lo que él dice

La sra. Mills acarició a la muchacha por los hombros desde atrás, reconoció la pintura y dijo

‒ Es un cuadro antiguo de Daniel, recuerdo cuando lo pintó, pero nunca percibí que se parecía a ti si estuvieras de rubia.

‒ Uhum, me dijo que debe hacer unos quince años que lo pintó‒ Emma se giró hacia la mujer y suspiró ‒ Pensé que iba a ser más complicado lidiar con él. Creo que está arrepentido.

‒ Después de todo, ¿quién no lo estaría? ¿Qué quería al final?‒ Regina recolocó los cabellos de Emma detrás de sus orejas.

‒ Conversar, decirme que lamentaba su ausencia en mi vida, pero acabé revelando que las dos estamos juntas y no reaccionó, no lo condenó, no dijo nada.

‒ ¿Pensaste que iba a decir algo?‒ Regina se preocupó por un instante

‒ Sí. Menos mal que no dijo nada. Me pidió que volviera, que pasara tiempo con él de vez en cuando y que quería noticias tuyas, así que entendí por qué no había dicho nada. Aún te ama.

‒ Estate tranquila, mi amor, Daniel no puede hacer nada contra nosotras‒ alertó la escritora

‒ Sé que no va a hacer nada, estoy segura.

‒ Lo peor ha pasado.

Emma le dio la mano a la morena y la fue conduciendo hacia las escaleras.

‒ ¿Sabes una cosa? Siento pena por él, del estado en que está, ¿entiendes? Se equivocó contigo y con mi madre, pero aún así, no parece que merezca estar enfermo.

‒ No sabemos realmente por lo que Daniel está pagando‒ concluyó Regina

Apagaron las luces de la planta baja y subieron.


De buena mañana Emma salió hacia el trabajo en el coche, y se encontró con una agitación extraña en la esquina de la calle. Dos coches de policía estaban estacionados frente a la mansión de Daniel, un cordón aislaba la entrada, y algunos agentes tomaban declaración a Belle, que estaba llorando copiosamente sujetada por Graham, cerca de la puerta abierta de par en par de la mansión. Emma sintió un escalofrío extraño en su pecho y bajó del coche sin pensar en nada. Una sensación de pérdida la invadió, sabía que algo grave acababa de suceder.

Corrió hacia la amiga, pasando por la barrera, los policías y los escalones de la entrada.

‒ ¿Qué ha pasado?

Los agentes, Belle y Graham la miraron. Algo siniestro se apoderó de la mirada de la empleada cuando miró a la joven.

‒ La señorita no puede entrar, es la escena de un crimen‒ dijo un agente, agarrando a Emma de un brazo.

‒ ¿De qué está hablando? ¿Cómo que la escena de un crimen? Belle, ¿qué ha pasado aquí?‒ decía intentando librarse del agente.

Belle se llevó las manos a la boca y giró el rostro, desolada, lo que asustó aún más a Emma.

Llevada por un instinto, decidió entrar en la mansión. Se soltó del agente y entró hall adentro. Su corazón se aceleró de tal forma que se quedó sin aire. La sensación de pérdida aumentaba, jadeaba. Entonces lo vio y su corazón se encogió en su pecho. Daniel en el taller, estirado en el suelo, en medio de un charco rojo.

Emma se quedó estática, en shock, se detuvo con dolor en el pecho. Solo podía ser una pesadilla. Se mareó, tuvo que apoyarse en la puerta de la estancia, al final no era un sueño. Su estómago se revolvió, el olor a sangre invadió sus fosas nasales hasta el punto de hacerla tener náuseas. Su respiración se fue debilitando. Con la mente a mil por minuto, en pánico, Emma se dio cuenta de lo sucedido. Se acercó al padre, estirado en el suelo, no escuchaba sus pasos sino el corazón latiendo sin parar. Lo vio. Era él. Era Daniel, tirado en el frío suelo del taller en un charco de su propia sangre. Los ojos azules, casi grises, sin vida y sus labios entreabiertos hicieron que la muchacha soltara un grito.

Daniel estaba muerto.