La muerte disfrazada
Días más tarde, faltando dos semanas para el juicio de Ingrid, Emma y Regina se reunieron con los tíos de la muchacha para comprender lo que sucedería en el tribunal en cuanto a las posibilidades de que Ingrid fuera declarada inocente. Temiendo que la hermana estuviera siendo sincera cuando habló con ella, David quiso escuchar la opinión de la sobrina, pero Emma no dejó atrás su certeza, aunque fuera una mínima parcela, su madre era culpable.
‒ ¿Y a quién estaría protegiendo? ¿A Archie? ¿Al Sr. Gold? Ninguno de ellos sería lo bastante idiota como para dispararle a Daniel‒ dijo la muchacha, mirando al tío desde la mesa donde estaba sentada al lado de Regina.
Mary Margaret estaba al lado de ellas, sirviendo un té a todos.
‒ ¿Un poco más, Regina?‒ le ofreció a la escritora, que enseguida alzó la taza. Después volvió a mirar a su sobrina y continuó ‒ Emma, ten en consideración que Ingrid no es una persona normal, perfectamente puede haber tenido un golpe de rabia y haber decidido disparar a Daniel. Sin embargo, es una cobarde, Ingrid ha tenido que convencer a alguien para que la ayude.
‒ Dadas las circunstancias, no dudo que haya sido eso lo sucedido ‒ dijo Regina ‒ Daniel decidió no casarse con ella después de descubrir el secreto, así que tras haber contado con eso, debe haberse vuelto una fiera.
‒ Puede ser, pero algo me dice que mi madre trabajó sola en el asesinato‒ Emma se acarició un brazo por encima de la blusa, miró a la tía, a Regina, y después a su tío al otro lado de la mesa.
‒ Me hubiera gustado ser una mosca para ver lo sucedido en la mansión aquella noche‒ dijo él rascándose la nuca.
Mary se puso una mano en el pecho y sacudió la cabeza.
‒ Ma da escalofríos solo de imaginarlo.
‒ Si hubieran visto lo que yo vi, se lo pensarían dos veces antes de querer recordar.
Regina tocó una de las manos de Emma sobre la mesa y le ofreció apoyo. La muchacha le sonrió tiernamente.
‒ No es bueno seguir pensando en eso, hija, tienes razón‒ dijo David, antes de beber su té ‒ Sinceramente, no sé qué pensar de tu madre, ha perdido completamente el juicio. Creo que siempre tuve esperanzas de que cambiaría, pero en verdad, Ingrid siempre fue así.
‒ Un día, Regina y yo echamos una ojeada a las fotos antiguas de la familia y creo que Ingrid en algún momento fue una buena persona, solo que se dejó llevar por la vanidad y la ambición. Ella siempre quiso ser lo que no estaba a su alcance‒ se lamentó Emma.
‒ De lo que yo me acuerdo es de lo pronto que se fue de casa, cuando comenzó a beber y a mezclarse con malas influencias. Nuestros padres sufrieron por ella. Yo, como hermano, siempre estaba sacándola de atolladeros, pero después de un tiempo se volvió imposible vigilar a Ingrid fuera donde fuera.
‒ Es que de verdad no tenía sentido que fuera tan diferente a ti.
‒ Fue bien criada, nunca le faltó nada mientras vivía con la familia, solo que éramos humildes, sin tanto lujo, e Ingrid a veces no aceptaba un no como respuesta.
‒ ¿A veces, dices? Siempre le daba rabietas cuando no conseguía lo que quería. Por eso se convirtió en una asesina.
Mary, atenta a la conversación, miraba al marido y pensaba en cómo sería el final de su cuñada. ¿En la cárcel, viviendo el resto de su vida, quizás condenada a muerte, o suelta como si nada de lo que estaban hablando hubiera sucedido?
‒ David, ¿crees que es posible que la declaren inocente?
Emma casi da un salto en la silla. David arqueó las cejas, frunciendo el ceño y pensó.
‒ Existe esa posibilidad, querida‒ respondió
‒ Ya, pero ella ha preguntado lo que tú crees, tío. ¿Qué sucedería si culpan a otra persona?‒ Emma fue más incisiva todavía
‒ Bueno, hija, si otra persona es condenada en su lugar es obvio que el juez diría que Ingrid es inocente, a no ser que se demuestre su participación en el crimen, junto con esa otra persona, lo que parece muy probable. Si Ingrid es dejada libre, volvería a su vida de antes‒ David habló, recordando el aviso que la hermana le había lanzado. No tenía el derecho de omitir a su esposa, a Regina y mucho menos a su sobrina ‒ Con la excepción de lo que me dijo la última vez que la visité ‒ Él, vacilante, decidió abrir las cartas ‒ Ella cree tanto en su inocencia que prometió hacerles la vida imposible a ti y a todos los que hayan dudado de ella, hija.
Emma murmuró algo, giró la cabeza, disconforme y la sacudió.
‒ ¡Palabras huecas! Que intente algo, y ya veremos.
‒ Pero es muy insolente…‒ dijo Mary
‒ Puede intentarlo, no conseguirá nada‒ comentó Regina, llamando la atención de David.
El tío de Emma vio a las dos intercambiando miradas, estaba seguro de que hoy la sobrina tenía una importante aliada. Todavía sentía curiosidad sobre el futuro, al igual que Emma, quería saber lo que pasaría si Ingrid finalmente se apartaba de su camino, y pudiera vivir en paz de la forma en que ella deseaba y merecía. Por un momento, David sintió que le había fallado a Emma y parecía arrepentido por no haber estado presente más veces en la vida de la muchacha, aunque sus intentos de llevársela a vivir con él y con Mary habían sido inútiles. No había podido vencer el espíritu rebelde de la sobrina, que en el fondo parecía necesitar aislarse y madurar antes de tiempo. Al menos, ahora, David estaba feliz por ella como nunca lo había estado y quizás esta fuera su recompensa por el tiempo en que había estado preocupado.
‒ ¿Y vosotras qué pretendéis hacer cuando el juicio de Ingrid termine?
Ambas lo miraron y Regina respondió por las dos.
‒ Ciertamente nos vamos a ir de esta ciudad. Creo que las dos hemos vivido todo lo que teníamos que vivir aquí y Emma necesita conocer el resto del mundo.
‒ ¿Vais a viajar por el mundo? ¡Qué romántico!‒ Mary juntó las manos y lo vio hermoso por parte de Regina. David, al otro lado de la mesa, sonrió.
‒ Sí, pero solo es un plan. Quizás nos detengamos en un sitio y nos quedemos‒ Emma habló con una risita pequeña
‒ Sí, ya decidiremos‒ Regina acarició los cabellos oscuros de Emma, sonrió y suspiró.
Después de la reunión con los tíos, Emma le pidió a Regina dar un paseo por la playa, ya que eran libres y podrían caminar por cualquier sitio juntas como novias, amantes o dos mujeres enamoradas. Aunque algún que otro comentario apareciese a lo lejos de sus miradas, no les importaba nada, ni nadie. Así que, aprovechando la noche estrellada de Mary Way Village, con las olas bañando los pies descalzados de las dos en el agua helada, caminaron desde el muelle hasta la pared de piedra en la curva.
‒ Dije hace un tiempo que quería venir aquí contigo algún día. Creo que ya debes saber por qué‒ dijo Emma, agarrándose al brazo de Regina.
‒ ¿Por la poesía?‒ se arriesgó la mujer
‒ Casi. Me gustaba caminar hasta las piedras cuando era pequeña y dejé un trozo de papel que arranqué de uno de mis cuadernos. Me habías iniciado en la poesía y entonces recordé que una vez había escrito una composición en clase de inglés. Saqué un cero porque no pasaban de veinte líneas. Si el mar no se lo ha llevado, aún debe estar allí.
‒ Ah, entonces era por eso. Me encantaría ver lo que escribiste, mi amor.
Pero antes de alcanzar las piedras, Emma se detuvo de repente, cuando el agua vino y se fue de sus pies en la orilla, y se giró hacia Regina. Como un buen presagio, ella sonrió, jugó con los dedos en el rostro suave de la mujer morena y sintió que tenía algo importante que decirle.
‒ Debo ser una suertuda, de verdad, por tenerte. Te amo tanto‒ suspiró
En la templada brisa, Regina no contuvo una dulce sonrisa. En otros tiempos, ella no se dejaría llevar por la sensación de libertad, por la impresión de que no estaban siendo vistas y de que aún estaba casada. En otros tiempos, no estaría permitiéndose amar. En ese momento parecía muy fácil no preocuparse por el resto, por más trágico que hubiera sido el precio de su felicidad. Aún con los malos recuerdos, no muy bien resueltos en su interior, la escritora sentía nuevas oportunidades de respirar aliviada cada vez que Emma le decía palabras de afecto, señales del más bello amor que existía entre ellas.
‒ Sabes que yo también, hasta más de lo que pensé ser capaz‒ al ver el rostro de la muchacha hipnotizarse por su par de ojos castaños, por sus cabellos al viento, Regina tomó una importante decisión, a fin de cuentas, cuando el juicio de Ingrid acabara, sin importar el resultado, se marcharían de allí para siempre. Tarde o temprano, tendrían aquella conversación de ser la una de la otra por el resto de sus vidas, ¿qué costaba preguntar sobre el futuro?‒ Emma, ¿dejas que te pregunte una cosa?
‒ Hasta dos, tonta‒ Emma, agarrada a la ropa de Mills, suspiraba con cada cosa que decía.
‒ Cuando todo esto acabe, cuando pongamos los pies fuera de esta ciudad, ¿quieres casarte conmigo?
La muchacha cerró los ojos, bajó el rostro como si tuviera gran necesidad de ello. Para ser sinceros, era ella la que planeaba pedirle a Regina matrimonio y ponerle un anillo de brillantes en su dedo. Había sido tomada de sorpresa de la manera más formidable posible y casi no se lo creía. Pero, ya más madura, quizás tuviera una manera distinta de aceptar el pedido de la escritora.
‒ Era todo lo que más deseaba, algo que en la noche que huimos de Way Village te dije mientras dormías, que quería ser tuya para el resto de nuestras vidas, casadas. Hoy no sé si lo que pienso es lo mismo que tú piensas, amor.
Mills frunció el ceño, parpadeando muchas veces.
‒ ¿Tú no…?
‒ Calma, no es lo que estás pensando. Es obvio que quiero tener una vida a tu lado y será lo que sucederá, pero ¿debemos firmar un documento para decir que nos amamos? Ya estamos unidas y no hay nada en este mundo que cambie lo que siento por ti, Regina Mills. Quiero ser tu mujer de aquí en adelante, pero la pregunta que tienes que hacerme no es la que me has hecho.
El rostro de Regina cambió de la mañana a la noche.
‒ Eres graciosa, Emma‒ Mills bromeó
‒ No soy graciosa, estoy enamorada. Creo que ya llevamos casadas mucho tiempo, casadas en el alma como si siempre hubiésemos estado destinadas a estar juntas.
‒ Confieso que me gusta esa forma de pensar.
‒ Si es un intento de convertirme en rica y tener todos los derechos sobre tus libros, ya puedes ir olvidándolo, no quiero tener tanto dinero‒ Emma sonrió ‒ ¿Sabes? Bastaría con hacer algo simbólico. Un anillo, una gargantilla con la inicial de nuestros nombres…
La escritora se sonrojó.
‒ ¿Quieres decir que ya hemos estado casadas?‒ Entonces sonrió
‒ Hay muchas encarnaciones, tonta‒ dijo Emma, mirándola a los ojos, con sus puños agarrando su chaqueta, con sus labios entreabiertos implorando un beso.
Emma no soportó esperar y atrajo a Regina hacia ella, envolviendo sus labios con fuerza. Se abrazaron con todo aquel fervor de la ansiedad y el descontrol, tocándose los rostros, la piel, hasta que los besos se fueron repitiendo y repitiendo. El mar, tras ellas, iba y venía arrastrando gotas gélidas que amansaban los ánimos, pero en el fondo les decía que si querían, podían echarse allí en la arena y poseerse bajo su mirada.
Frente a frente, jadeantes, llenas de cosas por decir.
‒ Perdóname por no tener una alianza conmigo, mañana las consigo.
‒ No importa. Sé que quieres estar conmigo de la manera correcta, no necesitamos mucho para reafirmar eso‒ Emma hablaba con los ojos cerrados, emotiva y temblorosa ‒ ¡Oh, cielos, cómo te amo!‒ exclamó ardientemente ‒ Lo has estropeado todo, pero de una manera bonita.
‒ Hace algunos días tuve miedo de perderte, confieso‒ Regina la abrazó, pegando su cabeza entre sus pechos
‒ ¿Por qué?
‒ Cuando supiste lo de tu padre, tuve miedo de que enloquecieras y me dejaras. Tuve miedo de tus decisiones. Miedo de que tus miedos se metieran en tu cabeza y te rindieras. Pero eres tan fuerte, Emma. Tú no lo sabes, pero me has fortalecido.
‒ ¿Te acuerdas de aquel día que fui pronto al mirador? Realmente pensé que me iba a dar algo, entonces recordé tu dolor y todo lo que me habías contado, toda tu infelicidad…¿Te acuerdas cuando nos amamos por primera vez? Fue cuando te pedí ser la primera y la única mujer en tu vida, no iba a abandonar la felicidad que había escogido para nosotras‒ se miraron a los ojos ‒ Ya somos un único corazón, mi amor.
Regina asintió, sujetó los cabellos de Emma que el viento movía y asumió una expresión de cuidado.
‒ Quizás esté escondiendo que aún tengo miedo, pero no de perderte, es solo que lo sucedido con Daniel fue extraño y aterrador. Pero eso, Emma, no significa que esté esquivando nada.
‒ Entendí, entendí. Estate tranquila, entendí. Me tienes a mí, no va a suceder nada, nadie va a hacer nada. Es que este lugar asusta, como dices, ya hemos vivido todo lo que teníamos que vivir aquí.
‒ Es lo que yo también siento, tanto como tú.
‒ Nos marcharemos, cumplirás con tu promesa de llevarme de aquí‒ Emma miraba hacia el mar amparada por los brazos de su amada y por los latidos de su pecho. Estaba feliz, un éxtasis próximo a lo que Regina había llamado en una de sus novelas realización. Aquello que hace que todo sufrimiento compense y que todo el gozo se vuelva calma.
‒ Sí, señor Sheriff, estoy totalmente seguro. Ella estuvo cerca de mi hotel aquel día‒ dijo Archie al sheriff, sentado frente al hombre, en la comisaría.
‒ ¿Habló usted con ella?‒ preguntó el sheriff Jones, haciendo anotaciones en su bloc de notas.
‒ No. Intenté llamarla cuando la vi caminando por la orilla, pero no me escuchó‒ él sacudía la cabeza, se colocaba las gafas constantemente.
‒ ¿Solo tiene eso que añadir?‒ Jones no estaba satisfecho, como si la visita del dueño del Hotel Hopper fuera una gran pérdida de tiempo ‒ ¿Solo ha venido a decirme eso? ¿No encontró en la señora Swan un comportamiento diferente? ¿Algo sospechoso?
‒ Oh, sí, señor, eso seguro. Ingrid caminaba deprisa, estaba buscando un coche que la llevara a otro sitio, estoy seguro.
‒ Ahora está especulando, señor Hopper‒ resopló el sheriff
‒ Bueno, sheriff, si en algo puedo colaborar, creo que puedo dar mi opinión‒ Archie se recolocó de nuevo las gafas en el rostro.
Jones alzó la mirada del papel hacia Archie y le recuerda al pobre hombre algo que él tenía que saber.
‒ Quizás ya sepa que usted es sospechoso de ser cómplice de la señora Swan. No tengo que extenderme mucho sobre lo que sabe el fiscal de su relación con Ingrid.
‒ Soy sospechoso por ser su amigo. Mi coartada puede ser confirmada por los huéspedes y mis trabajadores.
‒ ¿Entonces usted no ayudó a Ingrid Swan a matar a Daniel Colter en la mansión? ¿Por casualidad ella no le habría pedido ayuda de manera indirecta y usted, muy bondadoso, no se negó a ayudarla?
‒ Hace cerca de un mes Ingrid encontró un cuarto de alquiler en la pensión de los Luccas, desde entonces ni de lejos la he visto, a no ser el día del crimen.
‒ Su suerte, Hopper, es que Ingrid no ha querido abrir la boca para defenderse, aunque jura y jura que no mató al pintor.
‒ Sinceramente, sheriff, creo en ella‒ convencido, Archie respondió levantándose de la silla ‒ ¿Por casualidad podría verla y hablar rápidamente con ella?
Jones cogió el boli con el que escribía y comenzó a girarlo en los dedos.
‒ Infelizmente las visitas están suspendidas hasta el juicio, señor Hopper.
‒ Mala suerte, qué pena‒ contestó Archie, aparentemente decepcionado.
Horas después de que Archie estuviera en la comisaría, Ingrid, aislada del mundo exterior en aquella pequeña celda, comenzaba a tener delirios tan reales como el frío que sentía en aquel momento. Era un principio de fiebre, un resfriado mal curado por dormir solo con una fina manta sobre los hombros. Se encogía en el colchón, temblando, el aliento caliente. Hacía tiempo que no sabía lo que era tener fiebre, mucho más lo que era delirar y por eso estaba abrumada, luchando por no quedarse dormida y recordarlo todo. Permaneció en posición fetal, agarrándose las piernas, con tanto miedo que ya había perdido la noción del tiempo.
Ingrid no escuchaba nada aparte de un zumbido bajo, perturbador y constante, hasta que, de repente, una voz firme habló cerca de ella.
"¿Qué hemos hecho, Colibrí?", dijo la voz "¿Qué le queda a nuestra pequeña ahora?"
‒ ¿Daniel? ¿Eres tú? ¡Estás vivo!‒ Ingrid, gimió, intentó abrir los ojos, pero pesaban una tonelada en ese momento.
-"Un día estuve enamorado de ti, Colibrí. Donde estoy hoy, sé que no era la elección correcta abandonar mis planes por tus necesidades. Lo nuestro nunca hubiera salido bien"
‒ ¡Para! ¿No te basta cuánto me has torturado?‒ pidió, impaciente ‒ ¿Por qué estás aquí? ¿Has venido a buscarme? ¿Estoy muerta?
"Casi. Es necesario que pagues por tus errores. ¿Recuerdas? ¿Puedes recordar todos los rostros antes de mi muerte? ¿Las personas a quienes pediste ayuda? ¿De verdad pensaste que ellos se mancharían las manos por ti? Finalmente pagaste el precio y hasta que pases para el otro lado, el de acá, te estaré mostrando lo sucedido con la intención de que comprendas tus pecados. Todavía no ha acabado, Colibrí"
‒ ¡Para con eso!‒ gritó Ingrid
"Aún no ha acabado, Colibrí"
Cuando, finalmente, Ingrid despertó, se encontraba en un sueño, o en lo que para ella era, un recuerdo. La mansión, la puerta inmensa de la casa de Daniel Colter en aquella mañana, en aquel día en que él y Emma lo habían descubierto todo. Estaba desesperada, tenía que contarle la verdad a su hija, implorar perdón. No esperó cuando Belle abrió y la miró con el mismo asombro de aquella vez que la había encontrado en la cama de Daniel.
‒ Sal de delante‒ dijo, avanzando, empujando a la empleada. Ella oía la voz de Emma de fondo, no podía ser, de verdad había entrado en la mansión. ¿Y si Regina le había mentido? ¿Acaso ella le había contado todo a la muchacha y ahora padre e hija sabían lo que eran? ‒ ¡Emma!
Ingrid vio a la hija mirar por encima del hombro.
‒ ¿Qué estás haciendo tú aquí?‒ preguntó la muchacha
‒ ¿Qué estás haciendo tú aquí, muchacha?‒ puso a la hija tras ella y miró a Daniel.
‒ ¿Esta chica es tu hija?‒ decía él señalando a las dos.
El recuerdo se diluía, le provocaba una sensación horrible, ora incómoda, ora pesada. Ingrid estaba mareada.
‒ Y tuya también‒ dijo con voz triste ‒ Esta muchacha es nuestra hija, Dani
‒ ¿Qué es esto? ¿De qué estás hablando?‒ Emma colocó a su madre frente a ella.
‒ La verdad, Emma, mi amor, mi hijita…Daniel es tu padre. Es él.
Emma tembló, lloró, soltó a la madre y gritó cuantas veces pudo. "¡No!" Entonces se fue, pues no había explicación que aliviara el dolor provocado por el peso de las palabras que la madre había soltado sobre ella.
‒ No te creo‒ la muchacha le dio la espalda y desapareció tras la puerta dejando a su madre perdida y sin amparo para enfrentarse al padre.
‒ Aquella…Aquella chica…‒ el pintor estaba en apuros.
‒ Tu hija. Nuestra hija. Siempre fue ella, la niña que abandoné a su suerte‒ Ingrid lo encaró y el recuerdo dio un salto mudo en el tiempo ‒ Cúlpame ahora, insúltame, dime que he sido una madre desnaturalizada, pero no dudes de mi amor, porque es lo único que me ha quedado dentro tras todos estos años.
‒ Te va a costar mucho causarme pena, Ingrid‒ el hombre moribundo en la silla de ruedas le dio un ultimátum ‒ Ya no quiero casarme contigo. Ya no creo nada de lo que me dices y no creeré nada de lo que me digas de aquí en adelante. Márchate de esta casa y no te atrevas a poner los pies en ella, ¿entiendes? Todo está acabado entre nosotros.
Desilusionada y perdida, Ingrid cogió el periódico más cercano y comenzó a golpear la cara del pintor, repetidas veces.
‒ ¡Canalla! ¡Desgraciado! ¡Enfermo!‒ gritaba, lloraba, fuera de quicio.
‒ ¡Graham! Saca a esta mujer de aquí
Hasta el último momento, viéndolo sentado e inmaculado en la silla de ruedas, Ingrid lo agredió con el periódico. Dio patadas, gritó, insultó. A Graham le costó mucho esfuerzo sacarla del comedor y ponerla de patitas en la calle. El muchacho la soltó tras la puerta de la salida y se sacudió las manos como quien está soltando la bolsa de basura en una esquina. Él entró, sin embargo Belle, la otra empleada de Daniel, la miraba de reojo, por la abertura de la puerta.
‒ No vale la pena, Belle‒ dijo el muchacho, intentando impedir que la muchacha saliera a pedirle explicaciones a la madre de Emma.
‒ Merece sufrir…Por todo lo que ha hecho…‒ susurraba la empleada, ronca, siendo abrazada por su novio. Él intentaba girar el rostro de ella hacia él, pero Belle se había quedado especialmente conmovida por lo presenciado ‒ Aún es poco, Graham. Esa mujer merece ir a la cárcel. Mató a mi madre, destruyó la vida de mi padre e hirió a mi amiga. Tiene que pagar‒ los labios de la empleada pedían venganza. Ingrid escuchaba todo, tirada en el suelo, anestesiada por el abandono. Ni se acordaba de Belle, de quién era y no tenía idea de lo que estaba hablando. Quizás más adelante recordaría, pero ahora solo conseguía escuchar el eco de la voz de Daniel diciéndole que se marchara de allí.
¿Quién se pensaba Daniel que era ella? También era culpable en esa historia. Él había sido su verdugo, el hombre que le había prometido una vida y no lo había cumplido. ¿Qué pensaba que le estaba haciendo? Se arrepentiría, iba a arrepentirse.
Ella se levantó, miró alrededor, se limpió las lágrimas, se sacudió la falda del vestido y bajó el pequeño tramo de escaleras. No miró atrás, bajó los escalones de la entrada y siguió calle abajo, hundiéndose en un odio irremediable, de aquellos que dejan a la víctima a punto de la muerte, un suicidio o intento de suicido que la entronaría en la historia. Las manos no paraban quietas, estaban azules debido al frío, tensas mientras se decía mentalmente que se calmara, pensando en un susto que reparase el tremendo error que había cometido en expulsarla de aquello que él pensaba que era una vida.
Y caminando lentamente, Ingrid llegó al restaurante de Anita Luccas. Hubiera sido curioso si no estuviera dirigiéndose allí, buscando a la "amiga" para que le diera una opinión y quién sabe, una aliada en la loca idea que comenzaba a crearse en la cabeza rubia. Y tal y como había sido siempre en aquella pequeña ciudad donde los chismes ganaban más fuerza que las noticias, Ingrid llamó la atención de todos los clientes del restaurante cuando entró. Ruby alzó los ojos del Ipod y se quitó los auriculares, mientras rodeaba el mostrador para ir a hablar con la madre de Emma.
‒ Mira, si has venido a pedir un almuerzo fiado, ya puedes darte la vuelta.
Swan fue subiendo su mirada por todo el cuerpo de la muchacha, de los pies a la cabeza, y con aire soberano la ignoró. No dijo esta boca es mía a la hija de Anita, la niñita insolente que por lo visto seguiría trabajando para siempre como camarera en el establecimiento. El breve intercambio de miradas colocó a la camarera en su lugar y la rubia pretenciosa continuó hacia adentro, conocía el camino.
Llamó a la puerta del despacho de Anita una vez, después dos veces seguidas, pero tardó en ser atendida. De dentro provenía una voz femenina aparte de la de su amiga y ella pegó la oreja en la puerta intentando identificarla.
‒ Un día u otro esto ya no será un secreto para nadie, Anita. Eres viuda y yo soltera, no puede ser visto como un impedimento, todo lo contrario, es la prueba de que somos libres y dueñas de nuestras vidas.
‒ ¿Qué dirán los otros?
‒ Deja de preocuparte por los otros. Quiero que estés conmigo, que me asumas.
‒ Espera, ¿oyes? Hay alguien ahí…
Cuando Anita abrió la puerta segundos después, Ingrid sonreía, de pie en el lado de afuera. Saludó a la otra mujer dentro de la habitación y encaró a la amiga.
‒ Creo que no es un buen momento para conversar con mi mejor amiga.
La Srta. De Vil puso los ojos en blanco desde donde estaba. Anita, incómoda con la presencia de Ingrid, solo resopló.
‒ ¿En qué puedo ayudarte?
Swan se lo pensó, dudó, hubo un breve silencio entre las tres. Quizás no fuera con Anita que Ingrid debía conversar sobre los últimos acontecimientos. Anita era como Emma, desviada e insegura. No podía confiar en ella, y si no estaba equivocada, aquella mujer sentada dentro del despacho era una abogada. Sí, sencillamente, no podía hablar con Anita sobre Daniel.
‒ Nada, olvídalo, querida‒ Ingrid miró para la sra. Luccas con una ceja levantada más que la otra ‒ No tengo intención de meterme en tu conversación sobre salir del armario o no‒ dio media vuelta y salió, intercambiando una última mirada con De Vil.
La abogada no había entendido nada, mucho menos Anita.
La mujer impía, la vergüenza de la ciudad no recordaba cuánto tiempo estuvo andando por las calles, con cuántas personas se cruzó en el trayecto hasta la floristería, pero recordaba haber visto de lejos a Zelena, la empleada de su hermano, conversando con alguien, desde la ventanilla de un coche. La pelirroja se despidió del vehículo y volvió al interior de la tienda. Ingrid no tenía intención de saber con quién estaba hablando Zelena, pero veía en eso una oportunidad para conseguir subir al piso del hermano y sorprenderlo.
‒ ¿Pensé que sabía cuidar plantas, eh?‒ cuando Zelena se dio cuenta, Ingrid estaba metida en un muestrario de orquídeas ‒ Mire lo seca que está esta pobre.
‒ ¿Qué hace aquí?‒ la pelirroja se asustó
‒ Nada…He venido a ver cómo andan las cosas, me parece que mi hermano y su amigable esposa han salido, ¿no?
Zelena Miller nunca fue un libro abierto, pero tampoco era muy discreta. Lo que se conocía de ella era que vivía en un apartamento cerca de Anita's y que lo compartía con una amiga. Ingrid siempre creyó que era muy sosa y que acabaría como la vendedora ayudante en la tienda de los Swan, nada más que eso. Parecía que se cumplía la teoría de que Mary Way Village se había parado en el tiempo y también la gente en sus pacatas profesiones. Nadie, en aquella ciudad, avanzaba, pensaba la cínica Ingrid mientras provocaba a la pobre vendedora.
‒ Ah, sí, han ido a hacer una entrega en la ciudad vecina‒ Zel se retorcía las mano en el delantal que llevaba puesto con el logo de la floristería. Parecía muy nerviosa con la llegada de Ingrid y con razón, pues tenía órdenes de no dejarla subir al piso.
‒ Vaya, qué pena, no tengo suerte‒ comentó Ingrid. Espió un momento por la puerta, volvió a mirar a la pelirroja y fue derecha al asunto ‒ Mira, querida, sé que debes tener orden de no dejarme subir, pues bien, si me prestas la llave del apartamento, prometo que no le voy a decir a mi hermano que…
‒ ¿Beth?
Alguien la había llamado. Ingrid miró por encima del hombro.
‒ ¿De verdad eres tú?
‒ Hola, sr. Heller, ¿en qué puedo ayudarlo?‒ dijo Zelena en voz alta, mientras Ingrid renunciaba a chantajearla, caminando hacia el abogado.
‒ Está todo bien, Zelena, déjelo para otro momento‒ el hombre movió una de las manos, ni la miró, después cogió la mano de Ingrid y se la besó ‒ Cuánto tiempo
‒ Un poco, realmente. ¿Podemos hablar un momento?
‒ Siempre es un placer. Venga.
Él la llevó a su coche, avanzaron despacio por la orilla hasta un recodo donde pararon y conversaron. Heller sabía del noviazgo de ella y Daniel, sabía que ella era en realidad Ingrid Swan y que tenía mala fama en la región. Había ido a la floristería a comprar un ramo de flores para una mujer con quien estaba relacionándose, pero ese era un mero detalle que Ingrid enseguida ignoró. Mientras él miraba el rostro abatido de la mujer, ella miraba fijamente el mar, haciéndose la encantadora para conseguir de él lo que quería.
‒ …¿no sería un poco extraño que fueras a encontrarte conmigo después de cenar con esa con quien estás saliendo?
‒ Estamos comenzando, ella no me conoce muy bien‒ él abrió la guantera y le ofreció un cigarrillo ‒ ¿Aceptas uno?
‒Oh, no gracias, no me apetece‒ respondió ella tocando el muslo de él cerca de la palanca de cambio ‒ Pero si quisieras darme dinero podemos planear algo para después
‒ Pensé que estabas prometida. Sabe bien cómo corren los rumores en esta ciudad, y encima él es mi cliente ‒ él miró su mano encima de su muslo. Ella conocía sus puntos débiles.
‒ Hemos tenido una pequeña discusión, pero lo olvidará y volvemos. Mientras tanto, nada me impide verte‒ sonaba como una cobra ponzoñosa.
‒ ¿Cuánto quieres?
Ingri subió la mano soterradamente, encontrando lo que quería entre los muslos de Isaac.
‒ Quinientos dólares
‒ ¡Joder, quinientos dólares! ¿Para qué tal cantidad? ¿Pretendes matar a alguien con ese dinero?
‒ No, solo quiero dar un susto, pero no puedo ir como estoy ahora, tengo que arreglarme y sabes que no me gusta lo barato‒ ella apretó lo que encontró dentro de sus pantalones, sin piedad alguna.
Isaac se retorció en el asiento del coche, pero le gustaba cómo ella lo hacía.
‒ No tengo idea de lo que estás a punto de hacer. No tengo ese dinero conmigo. Si pudieras esperar hasta la próxima semana…
Frustrada, apretó con malicia arrancándole un grito de dolor.
‒ ¡Pues claro que no puedo esperar hasta la próxima semana! No me vas a enredar. Olvida, queridito.
‒ Pero, ¿qué mierda es esa…?
Irritada, salió del coche y cerró la puerta con violencia, dejando a Isaac dentro, viendo estrellas.
A medida que los recuerdos de Ingrid seguían, sus sentimientos se volvían cada vez más confusos y el odio hacia Daniel quedaba encerrado en un sitio muy delicado de su mente. Ella le daría un susto, haría que cambiara rápidamente de idea con su atrevido plan de venganza, a fin de cuentas, ya la habían pisoteado muchas veces para permitir que el único hombre que había amado hiciera lo mismo. Es más, Ingrid no iba a dejar al tanto a nadie de la situación. Tenía que ser calculadora como nunca y conseguir pronto lo que necesitaba para construir su trampa. Ya que no podía contar con Anita, ni su hermano ni Isaac, ¿a quién conocía con dinero o un arma escondida?
Ingrid se detuvo cerca del hotel, al otro lado de la calle. Dentro, Archie preparaba la ficha de una pareja, lo estaba viendo de lejos. No, definitivamente él no era el prototipo de americano patriota que guardaba armas en un falso fondo de un armario. Archie era demasiado ingenuo, demasiado bueno, demasiado preocupado. Si él supiera, haría de todo para impedírselo.
Felizmente para ella, había otros y de estos ella no recibiría rechazos.
Era de noche, estaba en aquel bar secreto del callejón que le gustaba frecuentar, esperando a un viejo amigo. Arreglada y limpia, con un vestido ajustado y oscuro ‒ el más caro que tenía‒ balanceaba la copa de Martini cuando él llegó. Leopold White apreciaba cómo los encuentros con Ingrid Swan parecían planificados por el destino. No había un alma a parte de ella y el barman en el momento en que puso los pies en el bar. El alcalde deslizó las manos por los hombros claros de la rubia, ganándose una sonrisa como premio.
‒ Manos heladas, corazón caliente. Gracias por haber atendido mi llamada‒ dijo ella, esperando que él se sentara a su lado.
‒ ¿Puedo saber qué hace una mujer como tú llamándome para citarme después de tanto tiempo?
Ingrid asintió
‒ Págame la copa y te explico.
‒ Está bien, es por mi cuenta…Usted, sírvame el especial de la casa. Gracias‒ el alcalde pide al barman y señaló hacia el rostro de la rubia, reconociendo en él las ojeras de alguien que había estado llorando ‒ ¿Quién te ha hecho eso? ‒ le acarició el mentón, ofreciéndole cariño.
‒ ¿Me ayudarías a hacer justicia si te contara lo que ha sucedido?
El hombre asintió y fue paciente.
‒ ¿Sabes de quién voy a hablar, verdad?‒ preguntó ella
‒ ¿Colter?‒ cuestionó él rascándose la barbilla.
‒ Sí. Sabes que lo amo y haría cualquier cosa para vivir con él.
‒ Sé lo que Gold me contó, Ingrid. ¿Te olvidas que hace mucho que no hablamos? A propósito, ¿sabes algo de su esposa?
‒ No hables de esa mujer. Olvídala, no le gustan los hombres‒ sonó vacía, seca.
A Leopold no le gustó.
‒ Creo que este no es el lugar más apropiado para conversar, Ingrid. Vamos a mi casa.
Concordando, Ingrid lo siguió fuera del bar, aunque, por alguna razón, no se había acordado de lo que había sucedido después. Su memoria dio otro saldo en el sueño y se vio echada en la cama del alcalde a la mañana siguiente, con una jaqueca tan fuerte que apenas conseguía abrir los ojos.
¿Qué había hablado con Leopold? ¿Sobre qué habían conversado después de haber dejado el bar? Ciertamente, habían bebido, ciertamente habían tenido sexo y no había sido bueno, porque se sentía invadida, herida. Pero no había tiempo para suposiciones, se levantó, notando la ausencia de Leopold en el cuarto. Se vistió, se puso los zapatos y se arregló el pelo. Cuando salió de la habitación, cruzó la gran casa y se encontró con una mesa de desayuno abarrotada con un verdadero banquete. Asombrada y sin entender, alguien dijo.
‒ El sr. White tuvo que marcharse a resolver un asunto urgente en el ayuntamiento. Pidió que la señorita se sirviera y que lo esperara si lo prefería‒ Ingrid observó al empleado, viendo a dos personas. Tenía los ojos pequeños y cada palabra que decía parecía que le hacía estallar la cabeza.
‒ Gracias por el señorita‒ ella se enderezó y se sentó para ser servida.
Ciertamente iba a esperar al alcalde y pasó más de la mitad del día echada en el sofá de la sala intentando recordar qué le había contado al amigo, pero todo lo que le vení a la mente eran lapsus de carcajadas y llantos, una copa de whisky, vino y coñac, mucho coñac. Recordó la hora en que cayó desmayada y él la llevó al cuarto, había llorado, dicho el nombre de Daniel innumerables veces hasta que todo quedó oscuro y se quedó dormida profundamente.
Ingrid se enderezó, miró hacia el bello espejo en la pared de la sala y se vio pésima. Se olió la piel -cigarro y alcohol- estaba inmunda, se sentía horrible y su odio solo creció cuando pensó en Daniel y la estúpida elección que él había hecho. Nadie jugaba con ella de esa manera, nadie podía hacer de ella lo que bien quisieran. Estaba perdiendo tiempo.
Antes de que su jaqueca se esfumara o de que Leopold volviera, Colibrí dejó la mansión del alcalde con un destino preciso en mente, pero antes sabía con quién contar e iba a conseguir lo que necesitaba…En la tienda de coches usados del sr. Gold, él no se sorprendería tanto si no estuviera enterado de los chismes.
‒ Estás horrible, querida.
‒ Voy a ser breve…¿Todavía tienes aquel arma?
Gold alzó la mirada de un documento y miró a la mujer de pie frente a él. La única empleada estaba atendiendo a alguien algo alejada, pero por las maneras de Ingrid no era una buena idea conversar dentro de la tienda. Al igual que Isaac, la llevó a una esquina de la costa, dentro del conservado viejo Mercedes.
‒ …¿y crees que voy a prestarte mi arma para darle un susto al pintor?– el edil giró el rostro hacia ella.
‒ Cuando seas traicionado, entenderás lo que planeo‒ sus ojos brillaron de rabia decidida.
Ella lo había convencido.
‒ Cierto. Puedes jugar con el revólver, pero llévalo sin munición‒ dijo Gold con su habitual tono manso de voz.
‒ No, querido, voy a llevarlo con las seis balas en el cañón…
Gold la miró sin comprender.
‒ ¿Si le vas a dar un susto al pintor por qué necesitas balas? Es un inválido, no se va a dar cuenta de que el revólver está vacío.
‒ Sé lo que hago, ángel mío, no te preocupes. Yo compro las balas que voy a gastar.
‒ ¿Puedo saber lo que vas a hacer?
‒ No, pero puedo decirte que, probablemente, mañana nos encontremos en el hospital
‒ ¿No estás pensando en…?
‒ Así es, querido, voy a herirme, pero solo un poquito‒ habló ronca, cerrando los puños
‒ Estás loca‒ dijo Gold, e Ingrid le sonrió ‒ ¿Dónde estuviste ayer? ¿Pasaste la noche bebiendo? ¡Apestas a alcohol!
Swan no dijo nada, solo giró el rostro y esperó.
Continuaron hacia la fastuosa casa del vendedor de coches, como si todo formara parte de una broma de pésimo gusto. Gold hizo que Ingrid esperara dentro del coche, le entregó el revólver envuelto en un pañuelo aterciopelado, sin embargo, antes necesitaba saber.
‒ ¿Qué gano a cambio, Ingrid?
Ella sabía que Gold haría aquella pregunta, y pasado un momento, respondió
‒ Cualquier cosa.
Con la cabeza a punto de estallar debido a la jaqueca, puso los ojos en blanco unos segundos. Una película invadió su mente y todo lo que vio fue a Daniel, su bonito rostro aterrado cuando viera hasta qué punto ella había llegado. Estaba oscureciendo cuando Gold la dejó en la pensión. Ya tenía lo que necesitaba. El revólver. Le quedaba escoger la ropa para el crimen, tomar un baño decente y tragarse dos aspirinas antes de dejar el cuarto.
Había llegado la hora.
Ingrid pidió un taxi, subió Blue Hill y esperó el momento de entrar en la mansión de Daniel. La empleada y el enfermero salieron juntos, de manos dadas, descendiendo la calle. Ya era muy tarde. Ingrid miró hacia el final de la calle, divisando la casa donde había vivido y donde su hija vivía con Regina hoy en día. ¡Cuánto disgusto! Pero no era momento para descargar su rabia en la parejita de la esquina, tenía que entrar.
En lentos segundos, Swan subió los escalones de la entrada, tocó al timbre y esperó. Dos veces más apretó el timbre, sabiendo que sería una tortura para Daniel bajar las escaleras por sí solo.
‒ Es…Esperen…‒ escuchó la voz del moribundo desde dentro
Tardó mucho más de lo que imaginaba, una eternidad hasta que él apareció para abrir la puerta y caer en la silla de ruedas.
‒ ¿Belle? ¿Olvidó algo?‒ preguntó antes de llegar, pero ya acercándose ‒ Per…Perdóneme…
Daniel abrió finalmente la puerta.
‒ Buenas noches. ¿Me invitas a entrar?
‒ ¿Tú?‒ dijo Daniel sorprendido.
Él palpó la puerta intentando cerrarla, pero el pie de Ingrid fue más rápido.
‒ Tenemos que hablar, Daniel, y creo que será mejor que lo hagamos dentro.
Empujándolo hacia atrás con puerta y todo, Ingrid se abrió paso a la fuerza. Se encerró con él y lo miró, los ojos azules grisáceos abiertos de par en par por el miedo, sin entender nada de lo que estaba pasando ni de lo que iba a suceder, su palidez en la penumbra, los huesos sobresaliendo en las mejillas por la excesiva delgadez. Daniel vestía el pijama. Su silla de ruedas era el único refugio a parte de la poca fuerza que le quedaba en sus brazos y piernas, pero él no podía con ella, él sentía que no podía con nada.
‒ Te pedí que no volvieras nunca más…
‒ …Tú no puedes impedirme nada, lo que siento es más fuerte que yo, Dani‒ replicó Ingrid, acercándose ‒ No me dejes, por favor, no hagas esa elección.
‒ ¡Márchate!‒ su voz salió alta como hace tiempo que no lo hacía.
‒ Por favor, escúchame…
‒ No hay nada que conversar, Ingrid‒ la llamó por su nombre, y empujó la silla de ruedas hacia atrás.
Ingrid intentaba llegar cerca de él.
‒ Por favor, déjame explicar…
Daniel huía con la silla de ruedas, chocando con la puerta entreabierta de la primera estancia que encontró. Quizás sabía que algo oscuro iba a suceder y que Ingrid mentía descaradamente.
‒ No hay nada que debas explicar‒ dijo nervioso, comenzando a sudar.
Ella lo siguió hacia el interior del taller. Una luz intensa proveniente de la calle atravesaba la ventana, y vio el cuerpo de la mujer acercarse cada vez más.
‒ ¿Sabes de lo que soy capaz, querido? ¿Verdad?
‒ Jamás olvidaré lo que le has hecho a mi hija‒ Daniel se detuvo y miró a Ingrid, ella también se paró, sus ojos llenos de rabia.
‒ ¿Sabes de lo que soy capaz? Responde
‒ ¿De qué estás hablando?
‒ De nosotros. De lo que soy capaz de hacer por nosotros dos, Daniel. De cuánto te amé y de cuánto te amo aún con todo mi corazón. Soy capaz de muchas cosas, pero hoy me he dado cuenta de que estoy al límite y no queda otra opción a no ser esta que tengo conmigo. Puedo morir por ti, querido, soy capaz de morir y por eso he engañado a todos, porque no había razón alguna para vivir, desgraciado.
Daniel jadeó
‒ ¿De qué estás hablando? No entiendo
‒ No te hagas el tonto, mi amor, entiendes, claro que entiendes‒ respondió Ingrid, dejando que falsas lágrimas resbalasen por sus mejillas y tomando la decisión de enseñarle lo que tenía escondido bajo la ropa ‒ ¡Mira! ¡Mira esto, querido!
La mujer desenvolvió el arma, cogiéndola con extraña calma y cuidado de un profesional.
‒ ¡No!‒ Daniel quedó pasmado con lo visto
‒ ¿Lo ves? Es esto lo que voy a hacer para que entiendas mis sentimientos.
‒ ¡Suelta eso ya, Ingrid!‒ señaló él el arma y jadeó, estaba haciendo más esfuerzo del que conseguía.
Ella miró el revólver brillando en medio de la oscuridad, acarició el cañón con la punta de los dedos, ahogó el lloro, dejando que el odio volviera a dominarla. Ingrid miró a Daniel a la cara, después al revólver, y a Daniel de nuevo y al revólver…Aquel vaivén entre uno y otro. Entonces se detuvo en Daniel y colocó el dedo en la diana, destrabó el seguro haciendo un pequeño ruido
"¡Tic!"
Ingrid levantó el arma hasta la sien, pegando el frío cañón en sus cabellos, sin apartar los ojos del pintor. Daniel parecía tan aterrado que ni se movía, estaba blanco como una hoja de papel. Al otro lado, Ingrid lo torturaba con la escena, el arma apuntada hacia sí misma, trémula, sin darse cuenta de que también tenía miedo de su propia osadía.
‒ ¿Ves hasta qué punto he llegado por tu culpa, querido? Si me maté una vez, no me cuesta morir de verdad ahora que ya no me quieres más. Yo te amo, Daniel. ¡Es una pena que no percibas que todo lo que hice fue por ti!‒ susurraba, aunque estuviera pasando de los límites consigo misma.
Daniel apretaba los dientes, se ceñía a los brazos de la silla de ruedas, era una crueldad lo que Ingrid estaba intentando hacer.
‒ No vas a hacer eso, no vas…
‒ Es la única manera de hacerte comprender, querido. Puedo concertar mis pecados así, ¿no crees? Acabando conmigo. Tú destruiste mi vida…Tú acabaste conmigo…Yo acabé con nuestra hija…Yo voy a acabar con todo‒ No decía nada con sentido. Apretaba el cañón del arma contra su cabeza con fuerza, amenazando con lo peor. Ingrid comenzó a temblar de manera febril, estaba aturdida, como si no fuera a controlarse. Miraba a Daniel con tanto rencor que ya no era para darle un susto que estaba dispuesta a matarse.
‒ ¡Colibrí…No!‒ protestó Daniel, intentando con mucho esfuerzo levantarse de la silla.
‒ No soporto más, Dani, voy a acabar con todo‒ replicó ella ‒ Pronto dejaré de ser tu fardo o el de Emma.
Entonces, con todo el esfuerzo del mundo, en una fracción de segundo que Ingrid cerró los ojos, él se lanzó sobre ella. Agarró el arma, el cuerpo de ella. Ingrid abrió los ojos de par en par, sin entender de dónde había sacado aquella fuerza para levantarse. Ella no soltó el arma, ni a él. Estaban luchando como dos animales.
‒ Tu muerte nunca será una solución‒ dijo él, luchando para quitarle el arma
‒ ¿No? ¿Y cómo te sentiste cuando te mandé aquella carta y el cuadro? ¿No sentiste remordimiento? ‒ preguntó Ingrid con locura, agarrando el revólver.
‒ No, Colibrí, ¿quieres saber de verdad lo que sentí?‒ gruñía él ‒ Alivio. Nunca te amé‒ añadió él
Ingrid frunció el ceño, indignada, sin perder la fuerza, luchando contra las fuerzas de él.
‒ ¡Mentiroso!‒ gritó en su cara, intentando arrancarle el arma de cualquier manera
Daniel no iba a aguantar mucho tiempo, eran sus últimas fuerzas, pero quería coger el arma, iba a cogerla.
‒ Alivio por no tener que volver a ver tu cara de cínica. Lo único que hicimos bien fue Emma…Ella es nuestro único vínculo y tú, el objeto que yo usé para hacerla…
‒ ¡Cierra la boca!
‒ Un objeto, Ingrid…Nunca dejaste de ser un objeto…
Su sudor salpicó la ropa de ella.
‒ Entonces, ¿por qué no me dejas acabar ya con esto?
‒ Tu castigo es vivir, enfrentarte a lo que nos has hecho a todos…Ahora vas a aguantar…Ese es el precio…
Ingrid se detuvo. Eso no se lo esperaba. Él era como Emma, condenándola al fracaso, a ser por siempre un objeto para los demás. La culpa era suya, no había escapatoria. Daniel gruñó encima de ella, la miró a los ojos, giró el puño, y le robó el arma. Ingrid, con las manos sudadas, lo agarró por la muñeca y la atrajo hacia ella. El arma estaba entre los dos, retorcida. Ella, intentando girarla hacia su cuerpo, él, intentando apartarla.
Y, bruscamente, cuando él perdió fuerza, cayeron los dos al suelo y ella notó el retroceso…
El estampido resonó por todo el cuarto y Daniel cayó sobre ella con los ojos fuera de sus órbitas. Daniel fue perdiendo el color, desfalleciendo lentamente sobre ella.
De repente, el silencio resonó en todo el recinto, e Ingrid notó algo caliente mojando su pecho. Lo miró aterrada, él moría sin decir una palabra y, poco a poco, aquellos hermosos ojos perdían la gracia y la vida. Ella gritó. Se quitó su cuerpo de encima y se levantó. El arma ya no estaba en sus manos, la tenía él, en su mano izquierda.
Swan vio cómo la sangre salía de su pecho y se extendía por el suelo. Daniel estaba muerto.
‒ No…No…Dani…Esto no tenía que haber pasado
Ingrid cerró los ojos, volvió a abrirlos. ciertamente, no había planeado matar a Daniel, y no lo había hecho. Había sido un accidente, él disparó.
‒ Un accidente…Ha sido un accidente…Dani…Un accidente…‒ repitió y se quedó mirando el cuerpo tirado en el suelo. Su blusa, empapada con la sangre del pintor, comenzaba a oler fuerte, recordándole que quizás no fuera una buena idea quedarse allí más tiempo. Alguien podría haber escuchado el ruido. Se arrodilló junto a él. No conseguía llorar, solo conseguía mirarlo, boquiabierta.
Por un momento, pensó en llevarse el arma de Gold. Llegó a deslizar la mano por el brazo estirado de Daniel y cogerla, pero el revólver aún estaba caliente por el disparo, y lo soltó al quemarle la mano.
Ingrid volvió a erguirse y mirar el cuerpo de aquel que había sido el hombre de su vida. No había ninguna posibilidad. Estaba muerto y ella, perdida.
Fue cuando el sueño acabó y ella volvió, dando un salto en la cama. Sudaba mucho, miraba alrededor, con los cabellos pegados a la frente y el sonido de la pesada respiración invadiendo el espacio. Había sucedido de aquella manera. Se acordaba perfectamente, y mientras viviera, ese sueño iba a perseguirla, así como la duda de si tenía o no culpa en la muerte de Daniel.
