Guilliman veía los papeles frente a él. Informes de los mundos conquistados, misiones futuras, el estado de su planeta natal y demás información. En cualquier otra situación hubiera terminado con su trabajo en tiempo y forma pero ahora se sentía demasiado agobiado. Leía una y otra vez los textos en la hoja pero las palabras perdían su significado rápidamente antes de que pudiera procesarlo. Se reclinó hacia atrás en su asiento y masajeó su sien, sentía que pronto le daría un fuerte dolor de cabeza.

Tocaron a la puerta de su oficina y por un momento pensó en decirle a quien quiera que estuviera detrás de la puerta que volviera más tarde. Pero el aroma familiar a incienso lo hizo recapacitar rápidamente.

—Adelante —dijo a la vez que se enderezaba.

La puerta se abrió y Lorgar entró a la habitación. Su presencia pareció iluminar la habitación con una luz dorada que reconfortó al señor de Ultramar. Llevaba en sus manos una taza que olía delicioso.

—Te traje una taza de té —su voz era suave al hablar—. Creí que podrías necesitarla luego de estar casi todo el día aquí encerrado.

—Te lo agradezco mucho, Lorgar, eres tan considerado querido —aceptó la taza que su hermano le ofrecía y se deleitó con su aroma antes de darle el primer sorbo.

—Es lo mínimo que puedo hacer —pasó un mechón de su cabello castaño por detrás de su oreja—. Sé lo mucho que te esfuerzas a diario, pero aún así quería ayudarte a relajarte de algún modo.

—Y yo lo aprecio como no tienes idea querido.

Un dolor punzante en su cabeza lo hizo gemir de dolor. Parece que el dolor de cabeza ya había llegado. —¿Guilliman? —La voz de Lorgar sonaba preocupada.

—No es nada. Solo estoy algo agobiado, me sentiré mejor en un momento.

Lorgar no se veía convencido en absoluto. Se acercó a su escritorio y se paró justo detrás de él. —Entonces permíteme ayudarte —colocó sus dedos sobre sus sienes y comenzó a darle masajes circulares. Guilliman soltó un suspiro satisfactorio por la atención dada y Lorgar se veía complacido por eso—. ¿Se siente bien?

—Se siente de maravilla —Guilliman se permitió relajarse. No pensó en los papeles que aún estaban en el escritorio ni en los pendientes que lo mantenían estresado. Solo disfrutó del masaje que su pareja le daba.

—Sé que estás todavía muy ocupado, pero tal vez podríamos salir un rato juntos. Creo que haría bien estar un rato lejos de todo el papeleo y tomar un poco de aire fresco, ¿tú qué opinas?

—Hmmm, suena bien, ¿si salimos podrías prepararme más de este rico té?

Lorgar sonrió contento por su respuesta afirmativa y se inclinó para besar su mejilla. —Claro que sí, tengo incluso otros sabores que te podrían gustar.


Fulgrim estaba fascinado con el collar en su cuello. Era una fina pieza dorada decorada con hermosas joyas que brillaban como estrellas que colgaban de él. Se veía hermoso, era un trabajo perfecto.

—Se ve precioso en ti.

El primarca de cabello plateado vió detrás de él a su hermano, Ferrus Manus, sentado al borde de su cama detrás de él. Sus ojos plateados lo miraban atentamente analizando su reacción ante el regalo que le había dado.

Ferrus tenía una gran reputación. Fue él quien creó las armas más magníficas y letales, solo Vulkan le rivalizaba en la maestría en la forja. Pero aunque muchos no lo supieran él no solo creaba armas para la guerra, él podía moldear el metal con facilidad solo usando sus manos y así crear todo tipo de objetos, aunque estos no eran su mayor interés. Para él estas piedras no eran más que baratijas sin ningún valor y en cualquier otra circunstancia no hubiera dudado en cerrar su puño y arrojar sus pedazos rotos sobre su hombro.

Pero él aún así puso todo su esfuerzo en este collar, solo para traerlo como un obsequio luego de su regreso a Terra después de estar separados por tantos años. En momentos así Fulgrim realmente se arrepentía de haberlo llamado Gorgona hace tanto tiempo, su hermano estaba lejos de ser el horrible monstruo de las antiguas leyendas. El siempre lo trató con todo el amor y admiración del mundo, ¿cómo podría alguien capaz de hacerlo sentir tan querido ser una Gorgona?

—Es un trabajo magnífico Ferrus, creaste algo más que perfecto.

—Lo hice. Pero solo cuando tú lo llevas puede lucirse correctamente. Tú eres quien realmente le da su valor.

—Oh basta —Fulgrim se acercó a él y se inclinó para besarlo—. Cuando te lo propones puedes decir cosas agradables y no solo comentarios bruscos y groseros.

—Solo si se trata de ti.

Fulgrim sonrió con alegría. Ser consentido así por Ferrus es algo a lo que no podía negarse y mucho menos renunciar tan pronto. —¿Te quedarías esta noche conmigo? Ha pasado tanto tiempo y extraño dormir contigo a mi lado.

Ferrus lo miró con puro amor en sus ojos plateados y la electricidad recorrió la columna del primarca de la tercera legión. —No tienes que pedirlo, yo también deseo pasar todo el tiempo que nuestro padre nos dé antes de nuestra próxima misión contigo.

Fulgrim sonrió honestamente y volvió a besar a su hermano en los labios.


Konrad no sabe nada de las relaciones sanas, todo lo que aprendió sobre las uniones en Nostramo es que estas solían ser por conveniencia y que podían traer mucho dolor consigo. Abusos, denigración y la deshumanización de la pareja en general. Eso fue lo único que aprendió de observar a las parejas de Nostramo desde la oscuridad en la que siempre vivió.

Tan acostumbrado estaba a esto que ahora no sabe cómo reaccionar ante el suave amor que Vulkan le entrega. El primarca de la XVIII legión es un guerrero como todos sus hermanos, aunque él no lo quiera, pero así su tacto sobre Konrad siempre es tan gentil y suave. Hay tanta ternura en él que Konrad no puede manejarlo y se aleja, volviendo a ocultarse en las sombras.

Y aún así Vulkan no lo fuerza, no lo persigue para atraparlo y tomarlo por la fuerza. Es paciente, espera a que Konrad por voluntad venga a él y reciba el cariño que le ofrece. Konrad no sabe cómo debe tomar esto. Había aprendido que cualquier contacto físico solo traería dolor y ahora Vulkan le ofrece un amor cálido, caricias llenas de cariño y adoración.

Es demasiado para intentar recibirlo todo de golpe, incluso para un primarca, pero Vulkan todavía esperará a que él esté listo para aceptar esta nueva forma de vida. Siempre tan noble y comprensivo, incluso con alguien sin esperanzas como Konrad.

Lo mínimo que puede hacer ahora es poner algo de esfuerzo de su parte.

Konrad abrió la puerta de la sala en la que se encontraba su hermano, escogiendo a conciencia dejar que esta hiciera ruido para alertar de su presencia.

Vulkan volteó a verlo sorprendido desde el sillón en el que estaba descansando mientras leía, pero rápidamente su expresión se suavizó. —Hola Konrad, es inesperado recibir una visita tuya.

Él no respondió y en su lugar hizo una pregunta. —¿Estás ocupado?

—No realmente —respondió algo confundido Vulkan—. ¿Por qué, necesitas que te ayude en algo?

Konrad negó con la cabeza. —No, solo quiero... —se detuvo un momento para pensarlo antes de hablar, sin estar seguro de si debería decirlo o no—. Quiero quedarme contigo por hoy.

Vulkan pareció sorprendido por su petición por un momento aunque no tardó en volverse a animar y hacerle un gesto para que se sentara a su lado. Konrad tomó el lugar libre a su derecha, pero todavía se veía tenso por la cercanía.

—¿Estás cómodo? —Konrad asintió aunque Vulkan sabía que era mentira.

Vulkan volvió a su lectura y Konrad lo miraba de reojo. Su hermano era un gigante, incluso para la gran altura de los primarcas Vulkan era un gigante. Por otro lado Konrad se veía lamentable a su lado, no solo por ser uno de los más bajos entre sus hermanos, sino también por su cuerpo excesivamente delgado casi cadavérico, parecía un muerto reanimado. Mientras que su hermano era musculoso y lleno de vida, todo lo opuesto a él.

Tal vez por eso lo deseaba tanto.

Konrad se movió ahora más cerca de él y se recargó contra su hombro, suspirando al sentir la calidez de su piel. Vulkan sonrió ante el gesto —¿Mejor?

—Mucho mejor —ahora fue el turno de sonreír complacido.

Vulkan beso su cabeza contento de ver que su pareja había dado el paso por sí mismo para aceptar el cariño que siempre estaba dispuesto a darle. Nostramo realmente le enseñó todo mal al primarca, sobre todo en el aspecto de las relaciones y sentimientos, pero Vulkan confiaba en que juntos podrían cambiar eso.


El Emperador tiene muchos secretos.

Algunos son peores que otros. Pero hay uno en específico que lo hace sentir avergonzado de sí mismo. A veces deja que su cuerpo de carne, el se eleva en un vuelo espiritual, su forma inmaterial brilla como el sol y aún así permanece oculto de la vista de los humanos comunes, de sus hijos, los custodes e incluso de Malcador. Nadie puede verlo ascender y atravesar el plano en el que se encuentran para llegar a la dimensión que estaba encima de ellos. Sus viajes a la disformidad eran su más grande y vergonzoso secreto.

Sintió la mirada de los seres que ahí habitaban sobre él. Riendo y murmurando. Se burlaban de la ironía de que el hombre que decía que iba a liberar a la humanidad de las viejas creencias sobre las divinidades y demonios viniera a entregarse a una entidad tán antigua que había ascendido al puesto de dios.

El Emperador vió una silueta frente a él. La figura de una mujer, más hermosa que ninguna mortal que hubiera conocido antes. Pero todavía había algo terrible en ella, ninguna mujer tendría manos que terminan en garras, orejas puntiagudas como los eldars o cuernos saliendo de su cabeza en los que se enredaba su cabello. Pero aún así, era hermosa.

El cuerpo de esta entidad, al igual que el suyo, era más bien energía que adopta una forma humanoide por comodidad. O más bien, para la comodidad del regente de Terra.

Slaanesh. La deidad del caos del exceso y el placer. Lo que la convertía en una amenaza para la humanidad. Una enemiga del Emperador. El la odiaba y deseaba su desaparición. Y aún así él...

—Todavía sigues deseándome. Volviendo a mí ahogado en tu propia vergüenza.

Y ella lo sabía, claro que lo sabía. Conocía todos los deseos del hombre y él no era la excepción.

Slaanesh extendió sus brazos con una sonrisa maliciosa. Y el Emperador, aún con todo el poder que tenía, no se resistió al toque de su amante y se entregó voluntariamente a su abrazo.

—Esta será la última vez... —dijo débilmente el Emperador mientras aquellas manos con garras acariciaban su forma espiritual.

—Querido, de todas las mentiras que has dicho, esa es la más grande de todas.


—Ya no estoy tan seguro de esto...

—No seas quejumbroso Horus, estarás bien confía en mí.

Horus tragó seco. Había aceptado que Sanguinius lo elevará por encima del suelo para enseñarle cómo se sentía él al volar. Aunque honestamente él aceptó más porque no podía negarse a la ilusión que le hacía la idea a su bello ángel. Pero ahora que estaba a punto de hacerlo lo golpeó un profundo arrepentimiento.

—¿Estás seguro de poder cargar con mi peso al volar?

Sanguinius se cruzó de brazos casi indignado por su pregunta. —Horus, querido, te amo y te admiro como nadie, pero ya deberías de saber que no soy ningún debilucho comparado contigo, así que si, estoy bastante seguro de poder cargarte sin problemas.

Horus agachó la cabeza avergonzado. —Lo siento, se que si quisieras podrías tirarme al suelo en un combate cuerpo a cuerpo. No era mi intención faltarte al respeto así...

—Lo sé, pero podrías tener un poco más de confianza en mí —Sanguinius acarició su mejilla—. Pero si de verdad no quieres hacer esto está bien, tampoco voy a obligarte.

Horus tomó su mano y besó su palma. Amaba tanto a su ángel. —No, lo haré, solo no vayamos muy alto por favor.

El rostro de Sanguinius se animó ante su respuesta y se colocó tras él para abrazarlo por la espalda. —Ese es el espíritu ahora solo relájate yo te sostendré.

Horus intentó hacerle caso pero en el momento en el que Sanguinius extendió sus alas y dio los primeros aleteos para elevarse sobre el suelo sintió sus corazones latir rápidamente por la ansiedad. Eso no detuvo al ángel que siguió elevándose más y más hasta que Horus apenas y podía ver lo que había en la superficie.

—Sanguinius, oye creo que ya nos elevamos lo suficiente, creo que ya es hora de bajar.

—¿Qué? ¡Pero si recién acabamos de elevarnos! —Le reprochó Sanguinius decepcionado.

—Si, lo sé, pero creo que esta es suficiente altura por hoy, comienzo a extrañar la sensación del suelo bajo mis pies.

Sanguinius estaba bastante desilusionado con lo rápido que su hermano quiso volver a tierra firme, pero una idea cruzó por su mente haciendo que sonriera con una falsa ternura.

Horus sintió un escalofrío recorrer su columna al ver la sonrisa de su ángel. —¿Sanguinius?

—Bueno, si tanto quieres volver a la superficie entonces permíteme ayudarte con eso.

Sin darle la oportunidad de responder Sanguinius soltó a Horus.

El grito del primarca seguro se escuchó por toda la superficie del planeta mientras caía. Cerró los ojos con fuerza esperando el golpe contra el suelo y que su cuerpo pudiera resistirlo. Pero en cambio escuchó un fuerte aleteo junto a él y luego sintió unos fuertes brazos sujetándolo.

Horus abrió los ojos y efectivamente estaba otra vez en la superficie, con Sanguinius cargándose entre sus brazos. —¿Ves? Así tardaste menos en volver a tierra de lo que tardamos en elevarnos.

—No puedo creer que con esa apariencia angelical puedas ser peor que un demonio —Horus se bajó de sus brazos e intentó caminar por su cuenta, pero sus piernas todavía le temblaban y acabó estampándose contra el suelo.

Sanguinius solo se rió de él. —¿Tan mal te dejó esa pequeña caída?

—Jodete...