La sentencia

Aunque hubiera llamado la atención de todos, las palabras de Emma no habían sido una gran novedad, lo que quizás había sorprendido había sido la frialdad de la muchacha. Era demasiado tarde para convencer a la joven de que cambiara su opinión sobre su madre, eran ideas maduradas, llenas de rencor y resentimientos, pero con un extremado sentido de justicia. Miraba ahora a su madre con una mezcla de osadía y recelo, mientras Ingrid devolvía pura aflicción. Si fuera otra persona la que estuviera mirando tendría dudas de si la acusada estaba de verdad arrepentida. Sus ojos brillaban como si estuviera a punto de echarse a llorar copiosamente, su boca insistía en temblar hacia abajo y las líneas de su rostro a Emma, aunque estaba lejos, le parecía que temblaban. ¿Qué había hecho por ella? Toda su vida tuvo manía de grandeza, que la había llevado por el peor camino, ¿por qué descontar su frustración en una pobre criatura? ¿Qué culpa tenía? ¿Para después verla ahí acusándola de haber matado a su padre? ¡Qué decadencia!, pensaba Swan.

‒ Orden, por favor‒ pidió Úrsula con su voz y mazo. Las conversaciones paralelas sobre la frialdad de Emma acabaron ‒ Sr. Walsh, ¿la acusación tiene más preguntas para la testigo?

‒ No, su señoría. No hay más preguntas. Gracias, Emma‒ dijo el fiscal dándole la espalda a la joven.

Emma vio cuando Isaac dijo algo a su madre y ella sospechaba lo que era. En realidad, Ingrid no estaba reaccionando bien, miraba a Emma de vez en cuando y se podía deducir que deseaba tener el pelo suelto para poder esconder su rostro y que nadie pudiera ver la decepción consigo misma. Después de que Heller escribiera algo en un papel sobre la mesa, se levantó y caminó hacia Emma, encarándola con una sonrisa malvada e impertinente.

‒ Señorita Emma Swan, ¿cómo está?‒ dijo

‒ Bien, gracias‒ respondió ella

‒ Le pido disculpas si le parece un poco petulante por mi parte, pero no puedo dejar de preguntarle sobre algo muy curioso que ha sido expuesto ante esta pequeña ciudad en las últimas semanas‒ él se calló, se pasó la lengua por los labios y pensó, alzando un dedo para confirmar la pregunta que iba a formular‒ ¿Hace cuánto tiempo exactamente que la señorita mantiene una relación afectiva con la ex esposa de Daniel Colter?

‒ Protesto, irrelevante‒ reclamó Walsh

‒ ¡Denegado!‒ dijo la juez y hasta aquel momento Emma no respondió, se quedó callada, frunció el ceño ligeramente incómoda ‒ Responda a la pregunta, por favor

Emma no tenía elección. Con su mirada buscó a Regina entre el público y la mujer le hizo la señal de que siguiera, sin necesidad de palabras.

‒ Desde hace ocho meses.

‒ ¡Ocho meses! ¿Y por casualidad, la víctima, su señor padre, tuvo conocimiento de esa relación?

‒ Sí

‒ Hm…Claro…Y la acusada, en este caso, su madre, ¿también lo sabía?

‒ Lo supo antes que mi padre.

‒ Emma, lo que quiero entender es cómo acabó en una relación con la mujer que se casó con su padre. Se debió sentir muy confusa cuando supo esa información, ¿cierto?

‒ Obvio que sí, pero no es difícil comprender cómo acabé con Regina Mills, solo sucedió lo que en cualquier otro tipo de relación.

‒ Vaya, entonces, ¿no hubo, cómo decirlo, por tratarse de una mujer muchos años mayor que usted, ninguna influencia en acusar a mi cliente de ese bárbaro acontecimiento?

‒ Regina Mills ni siquiera sabía quién era Ingrid hasta el día en que ella misma dijo quién era. Tanto ella como yo estábamos a oscuras‒ Emma sonó irritada.

‒ ¿Se acuerda usted de cómo reaccionó Regina Mills al conocer la muerte de su ex marido?

‒ Me acuerdo. Estaba aterrada, tanto como aquellos que vimos el cuerpo.

‒ ¿Puedo preguntarle por qué ha rechazado la fortuna dejada por su padre, que por derecho es suya y de la señora Mills?

‒ No necesitamos tanto dinero, es preferible donarlo para quien de verdad lo necesite.

‒ Debo admitir que tiene buen corazón, señorita. Pero esa idea fue compartida entre las dos, ¿correcto?

‒ Sí, señor‒ Emma ya estaba cansada de esa conversación.

‒ ¿Pero en ningún momento ha pensado usted que pudiera necesitar la herencia?

Mills apretó los dientes y movió la cabeza hacia los lados entre el público.

‒ En ningún momento‒ Emma replicó, aburrida

Isaac soltó una sonrisita idiota hacia ella y metió las manos en los bolsillos.

‒ Señorita Swan, tiene dieciocho años, es muy joven, aunque parezca muy adulta…

‒ Es que tengo sesenta años, ¿sabe? Pero me conservo muy bien…‒ ironizó ella

‒ Señorita, otra interrupción como esa y puede ir presa‒ avisó la juez

Isaac volvió a preguntar.

‒ ¿Acaso sería un error decir que ha comenzado una relación con alguien mayor por sentir que ella le transmite seguridad?

Emma sabía a dónde quería llegar. Regina, entre la audiencia, estaba más roja que su ropa, pensó en levantarse, en marcharse, en ir a beber agua. Sentía que todos la miraban a su espalda y era muy desconcertante.

‒ No es un error, pero tampoco es tan verdad.

‒ No comprendo. ¿Puede explicar?

‒ No hay explicación para los sentimientos.

‒ Está bien, Emma, entiendo que no quiera entrar en la cuestión de cómo sucedió su encuentro con Regina Mills, pero ¿no pensó, cuando comenzó a verse con esa mujer que su marido, como era en su momento, podría sentirse herido al estar siendo traicionado?

‒ ¡Protesto!‒ Walsh levantó, disconforme

‒ Retiro la pregunta‒ dijo Heller‒ Bien, Emma, imagino que se siente enfadada debido a la ausencia de Ingrid durante su infancia, y presumo que por eso sintió esa necesidad de acercarse a la sra. Mills, por ser una mujer, por el afecto femenino que le faltó. Y lo que las acerca aún más a las dos es el hecho de haber estado ella casada con Daniel. Coincidencia o no, un suceso muy extraño. ¿Ya se ha detenido a pensar que, quizás, Ingrid haya ido a la mansión a conversar con su padre sobre usted y Regina?

‒ Sí, lo he pensado, pero no entiendo por qué llevaría un arma.

‒ Por lo que se sabe, usted ha dejado muy claro su convicción de que Ingrid la odia. ¿Qué me dice si fuera probado lo contrario, que su madre, en realidad, tuvo una reacción de rabia y culpa, que quiso arreglarlo todo y lo que pasó fue un gran engaño?

‒ Para mí ella me odia y no ha sido ningún engaño. Estuvo allí para matarlo y si no fue así, tenía malas intenciones. Eso solo me demuestra que es culpable‒ le dio la vuelta Emma

Isaac miró brevemente a la juez, al jurado y señaló a Emma con la mano abierta.

‒ Parece que el resentimiento de esta señorita hacia mi cliente ha quedado evidente con su respuesta. Sin más preguntas, señoría‒ y volvió a su lugar.

Emma temblaba, muriendo por dentro. Había estado a punto de saltarle al cuello a aquel hombre. Cerró los ojos con fuerza, respiró. Cuando los abrió de nuevo, vio a Regina, entre la audiencia, con sus ojos llenos de agua, vio a su tío y a Mary Margaret, vio a Zelena…Todo el mundo en quien podía confiar.

‒ Puede retirarse‒ dijo Úrsula, liberando a Emma ‒ Se dan por concluidos los testigos de la acusación. Señor Heller y señor Walsh, acérquense.

En aquel breve momento, Emma dejó la sala y por última vez en aquel tribunal observó a su madre, sola, en el banquillo de los acusados. Ingrid acompañó a la hija mientras salía, y cuanto más Emma se alejaba, más ambas se perdían. Swan tenía razón, había perdido a la hija en aquella mirada fría que ella no veía justa. Pero Ingrid, mientras Isaac y Walsh hablaban con la juez, pensaba en una solución drástica para sus problemas y si lo que esperaba de ese tribunal saliera bien, lo iba a conseguir. Emma finalmente dejó la sala y una nueva jornada de testimonios iba a comenzar.

‒ Que entre el primer testigo de la defensa‒ pidió la juez.

El silencio, común tras horas de cansancio, se hizo presente otra vez, la puerta de la derecha del jurado se abrió y todos escucharon los pasos de los brillantes zapatos de Gold.

El hombre se sentó en su lugar, hizo el breve juramento con la mano derecha levantada y parecía tenso como nunca. Movía mucho las manos y se las restregaba como si quisiera limpiarse el sudor que en ellas había. No miraba a nadie a los ojos, buscaba un punto cualquiera en la sala donde detener la mirada. Entre la asistencia, los más valientes susurraban sus sospechas, él sabía algo o era cómplice.

‒ ¿Ves cómo mira para cualquier sitio, menos para Isaac? Está nervioso‒ argumentó la srta. De Vil.

‒ Parece inquieto, poco confortable‒ añadió Anita Lucas.

‒ Exacto. No me huele a actuación, es una señal de que va a soltar algo para zafarse. Hay algo de él en esta historia‒ susurró la rubia

‒ ¡Solo nos queda por saber qué!‒ completó Anita.

Gold movió una de sus piernas con ansiedad mientras las preguntas comenzaban, pero eso era una manía antigua.

‒ ¿Podría decirnos qué estaba haciendo la noche del crimen?‒ comenzó Isaac

‒ Recuerdo que estaba en casa, solo‒ respondió con su característica voz suave

‒ ¿Por casualidad recuerda haber visto a Ingrid Swan aquel día?

‒ Sí. Ella fue a buscarme a mi tienda.

‒ Hm, muy bien…¿Y sabría decirnos por qué motivo fue a verle?

‒ Me buscó para pedirme dinero, parece que planeaba salir de la ciudad y no tenía un céntimo. Fui su última opción‒ carraspeó

‒ Bien, entonces la acusada planeaba salir de la ciudad‒ Heller se rascó el mentón, miró a Ingrid de reojo y volvió a Gold ‒ ¿Y le dio el dinero?

‒ No. Desafortunadamente lo que tenía en ese momento era poco para suplir sus necesidades. Lo que hice fue llevarla a mi residencia donde comprobamos lo que tenía, y después la llevé de nuevo a la costa ‒ Gold tragó en seco.

‒ Bien, entonces usted, se puede decir, fue la última persona con quien Ingrid tuvo contacto antes de lo sucedido en la mansión. Después de eso, ¿no se vieron más? ¿Cuándo fue la última vez que vio a la señora Swan?

‒ Precisamente el día en que fue detenida. Ella apareció en el despacho del Alcalde White, estuvieron un momento a solas y en seguida se la llevó el sheriff.

‒ Entonces, ¿usted afirma que no notó nada extraño en el comportamiento de la acusada el día del crimen?

‒ Absolutamente nada‒ dijo Gold, alzando sus casi invisibles cejas.

‒ Gracias, señor Gold. Sin más preguntas, su señoría.

En cuanto Isaac terminó, Walsh se puso en pie analizando el comportamiento solícito de Gold en responder tan rápidamente a las cuestiones del abogado de la defensa. Caminó hacia el concejal, se detuvo cerca del estrado y se tomó su tiempo para pensar en la pregunta.

‒ Señor R. R. Gold, según su testimonio anterior, Ingrid Swan le pidió dinero diciendo que tenía que viajar, pero sin embargo, según las pruebas que constan en el auto del proceso, y tal como todos han visto en fotos, había un arma en la escena del crimen, ciertamente llevada hasta allí por la acusada. Sabiendo que además de empresario, usted también es coleccionista de armas, ¿podría ser el arma usada por la Sra. Swan de su acervo personal?

‒ Protesto‒ reclamó Isaac.

‒ Denegado‒ afirmó la juez, moviendo la cabeza ‒ Responda, por favor‒ le pidió a Gold.

La sala no contuvo los murmullos y las conversaciones paralelas que casi interrumpieron el razonamiento de Gold. Se pasó la mano por el cuello de la camisa, tragó en seco antes de que Úrsula pidiera orden.

‒ No

‒ ¿Acaso usted no ha echado en falta una de sus armas durante el período en que Ingrid ha estado detenida?

‒ No, ninguna‒ dijo Gold, seco, intentando no abrir demasiado los ojos.

‒ Imagino, entonces, que a pesar de ser coleccionista no presta atención a su colección‒ Walsh instigó‒ Si se comprueba que una de sus armas ha sido la usada, ¿sabe que puede ser detenido por incentivar un crimen, señor?

‒ Eso es imposible, yo no he incentivado nada‒ Gold pareció irritarse.

El fiscal asintió hacia la juez.

‒ No hay más preguntas.

El tribunal volvió con susurros, toses ahogadas y expectativas. Estaba llegando el momento crucial de aquel juicio, pero antes una última persona tenía cosas que decir en un intento de salvar a Ingrid de sí misma. Úrsula mandó que el último testigo entrara, el Alcalde de Mary Way Village, Leopold White. El hombre calvo y alto era una mezcla de seriedad y tensión. Estaba acostumbrado a lidiar con el público juzgándolo con la mirada, era un manipulador natural y conquistador de corazones débiles. Ingrid era una vieja amiga, amante y a quien debía buenos momentos juntos. Si no fuera por él, ella jamás se habría ido de aquella ciudad y su fama habría acarreado consecuencias horribles, pero el tiempo había sido sabio con él, pero tan malvado con Ingrid como ella misma. Ahora él se sentaba como testigo a su favor en un tribunal lleno de controversias.

Había allí una combinación de personajes temibles de aquella pequeña ciudad: el Alcalde, a quien pocos conocían de verdad; Ingrid Swan, la zorra de la ciudad; Isaac Heller, el abogado interesado, de mal carácter. Además, claro estaba, de Gold, que había terminado de testificar, pero entre ellos, todos ya se conocían de una forma u otra.

Se mandó a callar a la gente. Regina Mills frunció el ceño hacia el alcalde, no le gustaba. Claro, tenía motivos para ello. Intentando olvidar su desagradable presencia y su voz siempre en busca de una presa, como parecía, pensó en Emma. ¿Cómo se sentiría después de haberse enfrentado al tribunal y a su madre? Ojalá todo acabara pronto para poder marcharse y recoger sus cosas, tener sus momentos a solas y abrazarse. Era todo lo que Regina quería.

‒ …Estuve con Ingrid Swan la víspera del día del crimen. Durmió conmigo‒ habló White sin ningún escrúpulo. La gente no se sorprendió ‒ No dejé que se marchara hasta bien entrada la noche, estábamos muy bebidos. No puedo negar que, tras unas copas, noté cómo ella perdía los sentidos y me pude aprovechar de la situación. Ingrid accedió a que durmieramos juntos y a la mañana siguiente le pagaría la debida cuantía, pero surgió algo y tuve que ausentarme para comparecer en el ayuntamiento. Cuando regresé, ella ya no estaba.

‒ ¿Entonces, afirma haber dormido con Ingrid la noche anterior al crimen ocurrido en la mansión?‒ Isaac le cuestionó con actuada sorpresa.

‒ Sí, definitivamente sí

‒ ¿Y cuánto le dejó a la señora Swan?

‒ Unos 500 dólares si recuerdo bien, aunque lo dejó prácticamente todo cuando se marchó.

‒ ¿Eso significa que rechazó el dinero?

‒ Creo que Ingrid no estaba completamente cuerda cuando dejó mi casa. A lo mejor todavía estaba bebida, quizás se sentía mal y tomó decisiones nada correctas que la llevaron a visitar a Colter.

‒ ¿Cree usted que Ingrid pudo haber sido víctima de un ataque de nervios al estar en presencia de Daniel Colter?

‒ Ciertamente. Ingrid jamás dispararía contra nadie.

‒ Si estaba fuera de sí en el momento del crimen, ¿por qué no se disparó a sí misma? ¿Qué piensa de esa suposición, señor alcalde?

‒ Creo que es la más plausible. Ingrid no fue a la mansión de Daniel Colter con la intención de matarlo, ella pensaba en quitarse la vida delante de él.

‒ Le agradezco su colaboración, alcalde White. No hay más preguntas, señoría‒ Isaac volvió a su lugar.

Ingrid, de donde estaba, respiró hondo sintiendo algo de alivio, no quiso mirar a Leopold a pesar de haberla defendido.

Walsh comenzó su interrogatorio sentado.

‒ Señor alcalde, lo que he sacado en claro de su encuentro con Ingrid es que se produjo una violación. Perdóneme la palabra empleada, pero no lo veo de otra manera según cómo el señor trató a la acusada la noche anterior al crimen. Cuando se refiere a aprovecharse de la situación, se ha referido a un crimen llevado a cabo por usted mismo. Si Ingrid estaba borracha, ¿cómo pudo "aprovecharse de la situación"?

‒ Antes de servirle la bebida, sus intenciones eran muy claras, fiscal. Ingrid dejó claro que estaba dispuesta a irse a la cama conmigo si yo también quería.

‒ Aunque hubiera consentido antes, después estaba bebida…

‒ ¡Protesto! Irrelevante‒ Isaac intentó alzar la voz

‒ Denegado‒ Ùrsula se interesó por la conversación ‒ Continúe con su argumento, Walsh.

‒ Pues bien, usted llevó a cabo un acto de violencia contra la acusada. A pesar de que los hechos fueron anteriores a lo ocurrido en la mansión, eso no la libra de la culpa del asesinato de Daniel. Alcalde White, ¿qué me diría del comportamiento de Ingrid cuando lo fue a buscar?

‒ Me pareció triste. Me pidió desahogarse, conversamos y me pidió ayuda económica.

‒ De ahí el dinero.

‒ Sí, pero no se lo iba a dar antes de que habláramos y entendiera el problema.

‒ Y los dos hablaron sobre un problema, uno con un nombre que le era familiar, Daniel Colter, ¿cierto?

‒ Sí. Ingrid habló sobre él. Me dijo que quería que él supiera cuánto había estado enamorada de él.

‒ Ah, sí, ¿entonces demostró su deseo de ir a visitarlo?

‒ No, en ningún momento. Solo confesó estar enfada por haber sido rechazada. Estaba desesperadamente triste por eso.

‒ Alcalde, señor White‒ gesticuló el fiscal ‒ Y como buen amigo que sabemos que es, ¿aceptó ayudarla?

‒ Dentro de mis posibilidades. Si Ingrid tenía un plan trazado, yo no tenía idea.

‒ Vamos a cambiar el foco, señor alcalde. Como fiscal, tengo la obligación de investigar todos los puntos que traen a los testigos a esta sala. Además de ser amigo de Ingrid, y haber sido una de las últimas personas con quien ella estuvo antes del crimen, usted tuvo una desavenencia con la víctima, ¿correcto?

‒ No, nunca tuve desavenencias con Daniel Colter.

‒ ¿Cómo que no? El día 6 de julio marcó una reunión en el restaurante de lujo Sun & Sea, cerca del puerto, precisamente con Daniel Colter para tratar de negocios. Antes había promovido una exposición con obras del pintor en la galería de arte de la ciudad y demostró interés en su esposa, la señora Regina Mills. Parece que usted era un gran admirador de la célebre escritora, ex esposa de Colter y por eso no nutría simpatía por el pintor.

‒ Protesto, señoría. No hay lugar para especular en los intereses del testigo‒ Isaac casi se cayó de la silla.

‒ Aceptado‒ dijo la juez.

‒ Lo retiro‒ Walsh estaba sin salida, no tenía cómo acusar a White o a Gold. No estaba satisfecho, pero aún así dio por concluido el interrogatorio. Quizás cuando llegara el momento de Ingrid se salvaría ‒ No hay más preguntas, señoría

White dejó la sala, solo faltaba una persona para hablar y todo acabaría. Mientras Úrsula llamaba a los dos de nuevo para una breve conversación sobre el comportamiento, volvía a instalarse entre el público la tensión. Mary y David se miraron, él estaba pálido como una pared.

‒ Si el alcalde le hizo aquello, juro que voy a acabar con él.

‒ David, ya no vale la pena. Ingrid no reclamó, ella seguro lo dejó hacer‒ decía Mary, intentando calmar al marido.

‒ ¿Cómo es que ella no reacciona? ¡Dios mío, ahora tienen sentido muchas cosas!

‒ No, David‒ Regina habló, mirando la espalda de Ingrid ‒ Tu hermana fue violada, pero llevó el arma hasta Daniel. Por más rota que estuviera, ¿por qué le dispararía a Daniel y no al alcalde?

‒ Tiene sentido‒ comentó Zelena ‒ Debería haber matado al cabrón‒ todos miraron a la pelirroja ‒ ¿No me digan que no saben que el alcalde y Gold son harina del mismo costal?

‒ Oh, sí. Lo sabemos‒ Regina se cruzó de brazos

Ingrid fue conducida al estrado de los testigos, acompañada por todas las miradas del tribunal. Ella era la última y la persona más importante de las que tenían que hablar. Solo sus palabras cambiarían el juego en la mente del jurado, y tal y como había sido instruida, tenía que ser muy convincente.

De repente, Regina sintió vértigo y náuseas. Un mal presentimiento, pensamiento ruin: Ingrid la miró cuando se sentó. No era el ángulo más privilegiado del tribunal, pero suficiente para ver todos los rostros que la juzgaban antes que el jurado.

David parecía constreñido. Le lanzó a la hermana un asentimiento, que ella no devolvió. Mary aprovechó para apretar su mano, para calentar la palma helada del marido.

Había que seguir un protocolo cuando un acusado subía a declarar en su propio favor. Ingrid se vio libre de las esposas por segunda vez y sintió que aquella sería la última vez que veía el objeto frío prendiendo sus manos. Se convencía a sí misma de que iba a ganar. Ella contra toda la ciudad, ella contra Daniel, ella contra su hija. Una mano sobre la Biblia, la otra alzada en el aire y los ojos fijos en Isaac.

‒ …nada más que la verdad y que Dios me ayude‒ terminó el juramento.

La escena incomodó a mitad de la audiencia. Ingrid se había atrevido a citar el nombre de Dios, no tenía el menor sentido. Muchas personas sacudieron sus cabezas de un lado a otro, repudiando a la acusada. De todas las personas del mundo, Ingrid era la menos indicada en jurar de esa manera, pensaban los demás.

Y allí iba Heller, indefectible, sonriendo de lado, creyendo en su victoria, listo para sacar su última carta. A nadie le estaba gustando aquello.

‒ Antes de nada, Ingrid, creo que le debo dar mis condolencias ante su pérdida irreparable. Lo siento mucho, querida, e imagino lo duro que debe ser para usted verse acusada de un crimen tan bárbaro como ha divulgado la policía ‒ buscaba interactuar con ella e Ingrid solo mantenía sus bellos ojos claros abiertos, fríos y libres de emoción ‒ Si se siente cómoda para ello, creo que al jurado le gustaría escuchar su versión de los hechos. ¿Qué ocurrió el día del crimen?

Ingrid respiró hondo, mantuvo la calma. De repente, sin embargo, su cabeza se llenó de imágenes de Daniel muerto en el suelo del taller.

‒ Señora Swan, responda a la pregunta‒ llamó su atención la juez, Ingrid despertó.

‒ El día que Daniel partió, me desperté en casa de Leopold White ya avanzada la mañana‒ finalmente abrió la boca ‒ Recuerdo cómo pasó todo. No me sentía bien cuando dejé la casa del Alcalde. Bebimos mucho y no pensaba de forma clara cuando decidí ir a hablar con Daniel. Pensaba en salir de la ciudad después de la vejación que fue contarle a mi hija sobre su padre, no tenía sentido continuar viviendo aquí. ¿Para qué? Ella me odiaba y Daniel también, por haberme mantenido callada tanto tiempo. No entendían que yo solo trataba de protegerlos‒ Ingrid movió la cabeza. Con su mirada confusa buscó al hermano, al jurado, a Anita, deteniendo la mirada después en el abogado ‒ Mi…Mi hija me odia‒ se llevó las manos al rostro y en seguida vino el llanto.

‒ Cálmese, Ingrid, estamos seguros de que su hija es una buena muchacha, tendrá compasión y la perdonará‒ comentó Isaac, con las manos en los bolsillos. Eso no había sido planeado entre ellos, pero al hombre le pareció gustar.

Ingrid alzó el rostro y sollozó, se limpió los ojos para proseguir.

‒ Ella cree que lo maté. Mi propia hija cree que maté a su padre, ¿sabe lo que eso significa? Yo no lo hice, no maté a Daniel. Estuve con él, fui hasta allí solo con una intención: asustarlo‒ confesó en un tono de enfado.

‒ Ingrid, le pido que se calme, tenemos que entender lo que sucedió de verdad aquella noche. ¿Qué quiere decir con asustarlo?

‒ Quería que se arrepintiera de las cosas que me dijo. Fui a echarle en cara las cosas horribles que me dijo cuando me apartó de su vida, pero nunca, jamás quise dispararle a Daniel‒ miró al jurado ‒ Nunca

La neutralidad de los miembros del jurado no intimidaba a nadie, ni a ella. Ingrid se lanzó a la verdad a cara descubierta.

‒ ¿Estuvo usted de verdad con Gold antes de ir a la mansión?

‒ Sí

‒ ¿Y cómo transcurrió la conversación entre usted y la víctima?

‒ No fue de las mejores. Dije cosas de las que me arrepiento, lo acusé de ser un traidor y de herirme durante todos estos años. Daniel ha sido el hombre que más he amado en toda mi vida. ¿Cómo me iba a sentir siendo rechazada por segunda vez?

‒ ¿Cuándo se produjo el disparo?‒ Isaac comenzaba a caminar de aquí para allá, dando vueltas sobre sí mismo.

‒ Amenacé con dispararme con el arma, y quiero dejar claro que fue Gold quien me alentó a llevarme la pistola conmigo‒ en ese momento la audiencia se agitó. Ingrid había jurado en falso, pero nadie lo sabía. Acusó a Gold de ofrecerle el revólver, en un juego sucio entre ella e Isaac, era una trampa para el concejal. Aunque daba igual, ellos habían que se salvaría de la acusación, era rico, pagaría la fianza y se marcharía al día siguiente. Solo se trataba de poner la balanza a su favor ‒ Me llevé el revólver conmigo, Gold me lo dio con todas las balas y yo estaba dispuesta a dispararme. Repito, jamás pensé en dispararle a Daniel‒ Insistió ella‒ Amenacé con matarme frente a Daniel, sabiendo que él no tendría fuerzas para impedírmelo. Lo máximo que me haría sería una herida en el pecho y con suerte, sobreviviría. Él, de alguna manera, consiguió ponerse en pie y me agarró, y la pistola se disparó accidentalmente.

‒ Para actuar de esa manera, ¿estará de acuerdo en que no estaba en su sano juicio, verdad?

‒ Solo tras ser detenida comprendí la gravedad de mis acciones. Me indujeron a ese mal comportamiento, no estaba en mi sano juicio. No era la misma persona, no me reconocía. Lo siento tanto. Fue una locura que jamás habría cometido si hubiera estado bien‒ completó Ingrid, al límite de las lágrimas de nuevo. Le era cada vez más fácil llorar, porque, en el fondo, era lo que quería y lo que sentía de verdad. Tristeza, pero no de arrepentimiento, sino de frustración.

‒ Entonces, señoras y señores, está más que claro que fue un accidente. ¡Esta mujer es la verdadera víctima! Una persona en su sano juicio nunca haría lo que Ingrid Swan hizo. Ingrid Swan no respondía por sí misma la noche del crimen‒ escenificó Isaac hacia el jurado.

Entre el público la indignación colectiva comenzaba a disiparse. Como toda buena manipuladora, Ingrid hacía nuevas víctimas con sus palabras y expresiones. Para algunos era digna de pena o duda. En Mary Way Village, Ingrid aún tenía algunos aliados, como también poseía eternos enemigos. Archie, uno de los aliados, sentado cerca de donde se situaba la defensa, sufría con todas las emociones de Ingrid, cual fiel escudero, aunque sabía que jamás ella correspondería a sus sentimientos. Si pudiera, se levantaría de allí y se llevaría a su amada sobre un caballo blanco, pero infelizmente ella jamás lo vería como su príncipe azul. El dueño del hotel tendría que conformarse con su posición de amigo. Cuando el juicio acabara, le llevaría flores toda la semana, le haría compañía, porque él era allí uno de los únicos que creía que ella sería condenada injustamente.

De pie, en su última oportunidad de conquistar la gloria, el fiscal Walsh encaró a la detenida con obstinado valor. Él había ensayado las preguntas que le haría, lo tenía todo en la punta de la lengua.

‒ Ingrid Swan, ¿es verdad que, en el momento en que fue detenida, estaba negociando con el Alcalde White una forma de salir de la ciudad?

Ingrid suspiró con cansancio y escogió responder

‒ Es verdad

‒ ¿Y por qué motivo tenía usted intención de abandonar la ciudad?

‒ Había abandonado la mansión de forma sospechosa la noche de autos, la policía pensaría en mí como sospechosa. Tuve miedo.

‒ ¿Está confesando que cometió el crimen, señora Swan?

‒ No. No he querido decir que cometiera el crimen, no hubo ningún crimen ‒ respondió Ingrid, infeliz

‒ ¿Pensó usted, en algún momento, en las consecuencias de sus actos? ¿En que podría haber muerto usted en lugar de dispararle a Daniel?

‒ Repito, no disparé contra Daniel. Fue un accidente‒ Ingrid dijo con frialdad.

‒ Si lo ocurrido fue un accidente, ¿por qué huyó de la mansión? ¿No cree que su actitud la incrimina?

‒ Es evidente que si me hubiera quedado en la mansión los policías habrían dicho que yo había disparado. A primera vista es lo que parece. Vuelva a revisar las pruebas, Daniel cayó de espaldas al suelo, estaba sobre mí en el momento del disparo y yo lo empujé, por eso había huellas mías en su ropa.

‒ ¿Qué la llevó a la mansión de Daniel, Ingrid?‒ Walsh dio una vuelta y volvió a mirarla a los ojos ‒ ¿Qué planeaba además de herirse gravemente con el arma de Gold?

‒ ¿De verdad quiere saberlo?‒ preguntó ella, intentando ser irónica. Miró al jurado ‒ ¿Quieren saberlo? Yo lo amaba, pero él a mí no. Quería entender por qué, quería entender cómo nuestro amor había acabado. Tenía que escucharlo de sus labios y quería que se arrepintiese. No quería ver al hombre de mi vida muerto, pero si era necesario, iba a dar mi vida para que él se arrepintiera de la elección que había hecho.

Una vez más el público se inflamó. Ingrid confesaba su enfermizo amor por Daniel, pero no confesaba el crimen. La duda del jurado era la misma de toda la ciudad. ¿Era culpable o no?

Úrsula pidió orden frenéticamente antes de que el juicio se le fuera de las manos. Walsh estaba entregado, no esperaba esa respuesta contundente de Ingrid y quizás estaba tan confundido como los demás.

David se pasó la mano por los cabellos, negó con la cabeza y dejó de mirar a la hermana con pena. A Archie, sentado enfrente, ya no le quedaban uñas que morderse. Regina, a su vez, se tapó la boca con una mano. El fin había llegado y todos sabían que la sentencia no agradaría a nadie.


En la sala de espera, Emma abrazaba a Belle, sin noción alguna de lo que sucedía al otro lado de la puerta. Lo supo cuando acabó. Walsh apareció un minuto después para avisar.

‒ El jurado está reunido, en algunos minutos sabremos la sentencia

Las dos muchachas lo miraron y se miraron brevemente. Belle corrió a abrazar a su novio. Emma sentía sus piernas temblorosas, estaría bien rezar algo. Pensó en Regina, pensó en sus tíos que sabrían antes que ella, aunque por pocos minutos. Su madre iba a ser encarcelada, no estaba orgullosa, no sabía ni qué era lo que sentía trabado en su pecho. ¿Qué le diría cuando pasara por la sala y pudiera verla por última vez? ¿Qué haría?


Entre conversaciones paralelas y la ansiedad de todos, la juez golpeó con el martillo mientras Ingrid se colocaba al lado de Isaac de nuevo, ahora en pie.

‒ Orden en la sala‒ pidió la mujer y el silencio se hizo, tenso ‒ Terminadas las alegaciones del fiscal y del abogado, y los testimonios de la acusación y de la defensa, ¿cómo declara el jurado a la acusada Ingrid Swan?

Un hombre algo y delgado, agarrando un papel, se puso en pie. Parecía que en ese momento, el mundo se detenía.

‒ En la acusación de homicidio…Este tribunal declara a Ingrid Swan: Inocente

Fue como si la platea entera entonase un "¡Oh!" mudo de repente. Manos al pecho, bocas abiertas de sorpresa, rostros encarándose con gran duda. Una reacción inmediata. Regina sintió cómo el café tomado le subía a la garganta. Mary abrazó al marido inmediatamente, no se lo podía creer, ni él. Disconforme, la escritora no quiso ver a Ingrid saliendo victoriosa de la sala. Se levantó para ir a buscar a Emma dentro del edificio.

Las puertas se abrieron. Ingrid miró sus muñecas y sonrió emocionada por no tener que llevar nunca más las esposas. Isaac corrió a pasarle un brazo por encima del hombro y le susurró algo al oído, como un "Lo consiguió"

Walsh recibió los cumplidos de su colega, desolado, abatido, sin creerse que había dejado escapar esa oportunidad de oro. Su primera gran derrota en su carrera.

Emma esperó para entender qué había sucedido. No sabía qué quería decir aquella confusión de personas pasando a su lado, el murmullo proveniente de la sala. Esperó y esperó, un escalofrío corrió por su espalda, entonces su madre estaba libre. Escuchó de lejos la palabra "inocente", pues era eso. Finalmente, la sentencia de Ingrid fue la inocencia. Emma se quedó congelada donde estaba, no podía creérselo. Su madre estaba libre, incluso de aquel evidente asesinato su madre se había librado.

Pero a pesar de haber sido declarada inocente, Ingrid no se mostraba tan contenta como debería estar. Con un tono respetuoso, le dio las gracias a Isaac, buscó al hermano entre el público y sacudió la cabeza en señal de que estaba bien. Aceptó el abrazo de Archie y él le ofreció rápidamente un cuarto en el hotel en caso de que no tuviera dónde pasar la noche, Ingrid acabó aceptando.

En silencio, Ingrid esperó el momento de buscar a Emma, pero la muchacha y todos los testigos se habían marchado, menos el Alcalde. Leopold White permaneció hasta el final y cuando la mujer lo encontró, él no quiso dejar nada mal resuelto.

‒ Ingrid, si lo que hice aquella noche te hirió de alguna manera, lo siento mucho.

‒ Olvídalo, Leo‒ dijo ella, rozando su brazo ‒ No va a suceder de nuevo.

‒ ¿Cómo te sientes?‒ se preocupó él

‒ Aliviada, renacida

‒ ¿Puedo hacer algo por ti?

‒ Quiero ver a mi hija, necesito hablar con ella.

‒ Ingrid, va a ser muy difícil conversar con Emma en este momento‒ avisó Leopold ‒ Ya se marchó, no quiso quedarse.

‒ Tiene razón en odiarme‒ se lamentó ‒ Fui una pésima madre. Hay cosas que el tiempo nunca va a curar. Creo que voy a necesitar algo más que el arrepentimiento para convencer a mi hija.

‒ ¿De verdad estás arrepentida de todo lo que has hecho, Ingrid?‒ Leopold sabía con quién había lidiado toda su vida, seguro que no se refería a un arrepentimiento verdadero.

‒ No, querido, no me arrepiento, solo creo que nadie va a entender mis motivos. A quien amo está muerto y la única persona que me queda no cree en mí.

‒ ¿Qué estás planeando?‒ susurró el Alcalde

‒ Ya verás…Ya verás‒ E Ingrid le dio la espalda al hombre, dejando aquella sala y caminando hacia la libertad.


Emma estuvo callada durante horas, desde que había sabido la sentencia. La gente la miraba, algunas personas con pena, otras con asombro. Regina pasó con ella, evitó a la multitud, y salieron por la parte de atrás llevándosela lo más lejos posible. Ni David, ni Mary Margaret consiguieron darle una palabra de consuelo a Emma. Algo desconcertada, confusa, la muchacha no quería otra compañía a no ser la de la mujer que hoy vivía a su lado.

Los ojos de la muchacha, ligeramente entrecerrados, estaban fijos en el paisaje que se abría frente al mirador, hacia allí es que la había llevado Regina tras el largo día que habían tenido.

‒ Lo siento mucho, Emma‒ dijo Regina

‒ Lo sé‒ suspiró la muchacha‒ Cuando estaba cerca del fin, sentí que ella iba a ganar de nuevo. Es impresionante cómo logra acabar con mi paz.

‒ ¿Acaso ahora no es el momento para que ella de una tregua? ¿Acaso estará siempre en tu camino?‒ preguntó Regina, a su lado, cruzada de brazos.

‒ No lo sé‒ Emma miró a Regina, evitaba echarse a llorar.

‒ Siento que es el momento de marcharnos, Emma‒ dijo Regina mientras el viento batía contra su rostro pálido y los cabellos oscuros.

‒ También lo siento así‒ Emma sonrió como pudo a la escritora.


Dos días más tarde, los habitantes de Mary Way Village aún estaban bajo los efectos del juicio de Ingrid. Las repercusiones iban de boca en boca y casi nadie creía en la victoria de Swan. Como si la inocencia de Ingrid fuera solo un episodio ruin en la historia de la ciudad, las personas volvían a vivir sus vidas pueblerinas pensando que aquello no sucedería de nuevo. La gente hablaba de Ingrid, hablaba de Emma y Regina, hablaban de David, del Alcalde, del sr. Gold‐ que, por cierto, había sido encarcelado tras el juicio‐ y de todos los envueltos en el crimen de la mansión Colter. Tarde o temprano, el asunto moriría a la misma velocidad en que se esparcía en esa burbuja de los mediocres. Mientras tanto, la decisión de Emma y Mills estaba tomada, sin más dilaciones, querían marcharse para siempre de aquel lugar.

‒ Dile a tus tíos que nos vamos ya, pero que les mandaremos una carta‒ Regina terminó de cerrar una maleta, bajó con ella las escaleras, con Emma tras sus pasos.

‒ Está bien, yo se lo explico. Comprueba si no falta nada, les voy a dejar una llave a ellos‒ Emma cogió un abrigo que estaba sobre el sofá y se lo puso ‒ No creo que tarde, les doy un beso y vuelvo a buscarte.

Emma miró por encima del hombro y recibió un beso de la morena, que la abrazó. Salió rápidamente, cogió el escarabajo para dirigirse a la floristería de sus tíos. Tardó diez minutos en descender Blue Hill y pasar por el centro de la ciudad. Mary Way Village volvía, poco a poco, a ser ella misma, pero Emma no quería sentir nostalgias anticipadas. Aparcó frente al piso de los tíos, la tienda tenía la placa de ABIERTO a la vista, seguro estaban trabajando.

La muchacha pensó en qué iba a decirles, si sencillamente les diría que se marchaba con Regina ese día o que iba a hacer un pequeño viaje, pero que volvería en breve, pero ninguna de las dos versiones le agradaba, así que no se sentía muy a gusto en darles la noticia a su casi padres. Aún así, entró dispuesta a decirles alguna de las dos cosas y ellos entenderían.

Cuando llegó vio el mostrador y la tienda aparentemente desierta, miró insegura a todos lados, no había nadie. Algo iba mal. Zelena debería estar trabajando en uno de los pasillos de las plantas y sus tíos tomando café arriba. Emma pensó en subir las escaleras, pero en cuanto giró los pies, escuchó un crujido. Algo frío se pegó en la parte de atrás de su cabeza, y sintió un escalofrío terrible.

‒ Callada. No digas ni pío. Vienes conmigo‒ susurró una voz, pero no una voz cualquiera, era aquella voz que le gustaba engañar a los más expertos.

Emma vio su reflejo en el cristal de la puerta. Su madre la apuntaba con un arma a sus espaldas y fruncía el entrecejo, nada feliz por tener que hacer aquello.