Casi un adiós
Dos años más tarde…
"Recibamos a una de las escritoras más prometedoras de los Estados Unidos. Con ustedes, Regina Mills"
Estaba acostumbrada a la pompa que siempre había tras un lanzamiento. Así había sido seis veces con las mismas palabras, y se preguntaba cómo es que a su edad aún decían que era prometedora. Pero, sin quejarse, Regina echó a andar por un pasillo iluminado de la librería más lujosa de Boston, recibiendo anticipadamente los aplausos de los fans lectores que esperaban por un autógrafo.
Regina se sentó en una larga mesa, donde casi la sobrepasaba una enorme pila hecha con sus libros. Estuvo toda la mañana firmando cada ejemplar de Íntimamente y recibiendo elogios de cada lector, pero no estaba cansada, como si algo bueno estuviera a punto de suceder manteniéndola con el puño firme y dedos ágiles. Ni la cara le dolía por tener que sonreír en agradecimiento. La fila ya estaba acabando, la pila de libros a su lado ya casi no existía y solo quedaba una persona por atender cuando miró de reojo.
‒ ¡Gracias!‒ dijo a la última persona de la fila, bajando la mirada para recoger el libro y abrirlo a la persona que llegaba retrasada, lo había notado ‒ ¿Cómo se llama?
‒ Ponga el nombre de Swan, Emma Swan
Mills alzó el rostro y los ojos. Allí, delante de ella, se encontraba una mujer de su altura, rubia, con gafas oscuras. Una mujer hermosa, el amor de su vida. La mujer por quien vivía, ya no era la muchacha de antes…Emma.
Finalmente ella había vuelto. Ahora le sonreía a Regina como nunca le había sonreído a alguien. Emma se quitó las gafas y le extendió la mano, los brazos, el cuerpo. Regina no pensó otra cosa que no fuera saltar por encima de la mesa y besar a Emma, tocarla, rozarla, apretarla contra ella. Agarró su rostro y miró los ojos claros de la rubia, antes morena, viendo un brillo y una alegría sin igual.
‒ Ah, qué bueno que volviste, querida…‒ suspiró de amor
‒ No aguantaba más, era necesario‒ dijo Emma, mirando rápidamente hacia los lados
‒ ¿Cómo están todos?
‒ Bien. Todos bien‒ Emma agarró las manos de Regina, las dos a la vez ‒ Tengo algunas cosas que contarte, solo que prefiero que no sea aquí.
‒ Lo sé, vamos al hotel.
Casi al caer la tarde, disminuyeron el ritmo, aunque no era lo que deseaban. Emma entrelazó los dedos con los de Regina y no dejó de chuparlos hasta que ella imploró lo contrario. Duró más tiempo que otras veces que se ponía debajo, pero le gustaba dominar a la mujer de más edad. Regina tenía un sabor dulce, la fruta madura que Emma esperó comer durante meses y que, curiosamente, siempre tenía el mismo sabor. Continuó cautelosa, encima, debajo, dentro de ella, colocando un dedo en su humedad. Combinación perfecta, dedos, lengua, clítoris y pasión. Regina se retorcía, jadeando y sonriendo, alzando el rostro de Emma cuando tiró de sus cabellos, exigiendo más fuerza.
Emma subió y descendió sobre su cuerpo, sacando los dedos para empujar aún más los muslos de Regina hacia los lados. Mills gemía alto y sin vergüenza, desprendida, libre, aunque capturada por la boca de Emma. Emma volvió a penetrarla con fuerza, usó la lengua, subió una mano hasta el pecho izquierdo sintiendo cómo la respiración de la morena estaba irregular. Hacían el amor, sexo con amor, y después de que todo se resolviera parecía un delirio maravilloso embarcarse en horas de placer en la cama. Aunque quería soportar más minutos en el vaivén de los dedos y la lengua osada de Emma, Regina no aguantó su orgasmo y dejó que su cuerpo fuera besado mientras vibraba exageradamente. Se agarró a la almohada de debajo de la cabeza, mordió la funda y gimió durante un largo medio minuto. Emma subió para besar su boca, tirar de sus gruesos labios y mirarla a los ojos. Se dejó caer sobre ella, metió la mano entre los muslos de Regina mientras se lamían, sintiendo algo pegajoso cubrir sus dedos. Cuando los retiró vio que estaba cubierta de gozo.
Continuó, entonces, algo más despacio al mismo tiempo que Regina se recuperaba de la sensación de torpor. Sonrieron juntas, se miraron, se amaron con ojos ávidos, hasta que la sra. Mills notó aquella cicatriz escondida en el rostro de la rubia. No era en el centro de la cara, sino donde los cabellos cubrían a un lado, casi en la sien. Regina se preguntaba si la mujer de su vida aún notaba dolor.
‒ Aún no ha desaparecido…‒ susurró, examinando la cicatriz con los dedos
‒ Nunca va a desaparecer. Fue un corte profundo‒ Emma agarró la muñeca de la amada y besó su mano ‒ ¿Sabes lo que tampoco va a desaparecer?
‒ No
‒ Esto…‒ Emma robó un nuevo beso como prueba de amor. Se detuvo despacito.
Regina sonrió avergonzada, intentó distraer su mente en el rostro de la joven, pero todo lo pasado vino a la superficie. De repente, suspiró con preocupación y Emma sabía lo que quería decir.
‒ ¿La viste?‒ preguntó Mills
Swan sacudió la cabeza.
‒ No‒ dijo bajito ‒ No es una obligación, no es un fardo que tenga que cargar, no significa nada en mi vida. ¿Por qué preguntas?
‒ Porque me preocupa lo que aún puedas sentir.
La rubia rodó por la cama y se levantó, echando a andar desnuda hasta las cortinas. Sus cabellos, aún más largos, se enroscaban en las puntas, golpeando la parte última de la espalda. Regina se giró para observar la rebeldía que Emma aún tenía de vez en cuando. Pensaba que ese era un encanto de la muchacha que aún vivía en ella y al mismo tiempo una forma de desprenderse de todo lo sucedido.
‒ Mi madre está muerta, Regina. Ella ya no tiene hija, no tiene familia, aunque sé que mi tío continúa visitándola. Él miente, dice que no tiene noticias, pero sé que sigue yendo a la residencia donde la dejamos. Mary me lo contó todo.
‒ ¿Y lo culpas por eso?
‒ De ninguna manera. Él no va a cambiar, y para ser sincera, admiro su bondad. Mi tío es capaz de tener más compasión que yo‒ Emma cruzó los brazos, mirando hacia fuera, hacia la ciudad que ya conocía muy bien. Hacía dos años que peregrinaba con Regina por Boston, admirando casas y apartamentos, pensando en comprar un sitio para empezar a vivir. Era un plan muy distinto al que tuvieron con anterioridad, pero aún así, un plan lejos de Mary Way Village.
‒ Tú también eres buena, Emma, tu tío comprende que ya no quieras ver a Ingrid‒ dijo la escritora, levantándose en dirección contraria.
Emma respiró hondo, se pasó la mano por el pelo, por la parte alta notando la textura de la pequeña cicatriz en la sien, entonces descendió los dedos por el rostro y alcanzó la gargantilla de plata en su cuello. Deslizó los dedos por la cadena y volvió a sentir todo, los momentos después del accidente en la carretera, el árbol, el dolor de cabeza, el mareo, el ruido después de tanto tiempo, voces y Regina.
Regina espiaba a Emma desde atrás y vio cuando la miró por encima del hombro. Se había puesto un mullido albornoz y había vuelto al cuarto y acercado a Emma en silencio. Fue hasta ella y la abrazó, alzando su rostro, besando su piel, pegando su cabeza a la de ella.
‒ Duele cuando a veces lo recuerdo, no me siento bien recordando aquel accidente‒ dijo la rubia con los ojos llorosos.
‒ Acabó, Emma. Ingrid ya no puede perturbarte, nunca más. Tú misma lo dijiste, es como si estuviera muerta.
‒ Para mí lo está, es que esto se convirtió en una pesadilla. ¿Cuántas veces no te desperté gritando? La misma pesadilla asustándome. Tengo miedo de morir, de perderte de la misma forma‒ sollozó Swan
Regina, amable, sonrió dulcemente, tenía razón al preocuparse con lo que Emma estaba sintiendo, pero trataría de calmar aquella cabecita aún incómoda con el pasado.
‒ Nada de eso va a suceder de nuevo, no me vas a perder. Escucha, mi amor, ya han pasado dos años desde aquel día. Yo estaba segura de que estabas viva, sabía que estabas viva y no iba a dejar de buscarte.
‒ Qué curioso cómo son las cosas. En aquel momento recé, rogué para que me encontraras, que de alguna manera supieras que estaba en aquel precipicio‒ dijo Emma secándose las lágrimas ‒ Qué noche más larga aquella, ¿no?
‒ Hasta encontrarte fue un tormento‒ recordó Regina.
Dos años antes…
La gargantilla de plata, la única prueba de que Emma no estaba demasiado lejos de allí. La escritora permanecía de pie, mirando el simbólico regalo de la amada, mientras el policía reclutaba a más gente para examinar la escena del accidente. Todo parecía mudo y gélido, como si el tiempo hubiera decidido dar una tregua y se hubiera congelado. Debían encontrar a Emma lo más deprisa posible. ¿Cuánta sangre estaría perdiendo o cuánta habría perdido ya? ¿Estaría herida o solo se habría desmayado cuando salió despedida del coche? Demasiadas preguntas para tan poco tiempo.
‒ Haz algo, Regina‒ se dijo a sí misma.
Dio un paso, partiendo las hojas muertas del suelo, centrando su mirada en la inmensidad negra detrás de los árboles. Emma estaba allí, estaba segura. Algunos pasos ansiosos más y se vio delante de un abismo gigante, casi no se creía lo que estaba viendo. Un momento después del susto de su ilusión, vio el escenario iluminarse un poco. Árboles, hojas y el viento sonando lúgubremente. Por poco el coche de Emma no había caído por el agujero del terreno, pero era un área muy grande y había miles de posibilidades para el final de un accidente.
¿Dónde estás, querida? ¿Dónde?, pensaba ella
Apretando los dedos en la cadena, Regina gritó
‒ ¡¿Emma?! Emma, sé que estás ahí.
Su eco devolvió la pregunta. El viento paró y cada vez hacía más frío como para seguir caminando, pero siguió descendiendo. Regina ya no veía los árboles, solo las hojas y la oscuridad. ¿Cómo aquel lugar se había transformado en un bosque de repente? Un infinito.
‒ ¡Regina!‒ gritó alguien. David desde arriba ‒ Ella no puede estar aquí
‒ Está aquí, David, siento que ella está aquí. Voy a encontrarla.
‒ ¿Qué pretendes hacer?‒ él miró hacia abajo y la visión era aterradora ‒ Es muy alto y ahí abajo solo hay árboles.
‒ No importa, ella ha venido a parar aquí. Tengo que sacarla.
Él la agarró por el hombro.
‒ Es peligroso, no puedes ir sola.
‒ Si yo no voy, ¿quién irá en mi lugar? ¡No podemos esperar!‒ decía desafiando al tío de Emma.
‒ Vamos juntos‒ asintió él.
El entumecimiento que mantenía a Emma tirada al final del precipicio tardó horas en desvanecerse. Su espalda soportaba un peso que, estando despierta, no aguantaría, pero Emma escuchaba a lo lejos la voz de Regina.
‒ ¡Emma!‒ resonó ‒ Voy a encontrarte.
‒ Regina, cuidado, ve despacio‒ David iba detrás.
Dos voces cada vez más cercanas, y Emma seguía viajando en un universo alternativo. En el sueño, Emma sentía labios cálidos uniéndose a los suyos y el rostro de Regina cuando abrió los ojos "Mi amor, gracias a Dios"
"No siento mi cuerpo, solo siento dolor y te veo mirándome. Dime que no estoy delirando"
"Voy a encontrarte, no puedes rendirte ahora, Emma. Vuelve conmigo, resiste"
"¿Dónde estoy? Está todo muy oscuro"
"Estás en un precipicio, pero vamos a encontrarte cueste lo que cueste"
De repente la imagen de Regina se desvaneció y gritó
"¡NO!"
A pesar del delirio, todo ahora parecía tener sentido. Regina la estaba buscando en aquel precipicio, descendiendo escalones de hojas y tierra, cada vez más abajo, podía escuchar los pasos. Oía la voz del tío, no tan presente como la de Regina Mills mientras oscilaba entre la consciencia y el sueño del dolor.
Y Regina seguía corriendo hacia abajo con angustiante determinación. Ya no veía nada, solo árboles y hojas por todas partes. Estaba empezando a desesperarse cuando detrás de ella vio que se encendían un montón de luces. El equipo de rescate había llegado.
‒ Colóquenme una cuerda, voy a bajar a buscarla. Ella está aquí‒ dijo, al girarse
‒ Usted no tiene preparación, es muy arriesgado‒ dijo un bombero.
‒ No se trata de preparación, tenemos que hacer algo, voy a bajar hasta encontrarla. ¿Dónde está la cuerda?‒ exigió Regina
‒ Si le sucede algo a usted o a la muchacha, sería su única responsabilidad‒ dijo el hombre mientras pedía a su compañero la equipación.
‒ Pues claro que yo me responsabilizo.
Regina entonces recibió la cuerda, el casco y los guantes. Fue amarrada, y comenzó a bajar entendiendo por qué estaba tan oscuro. Estaba anocheciendo deprisa. David agarró una de las linternas para guiar el camino de Regina. Estaba completamente oscuro cuando la mujer vio pedazos de ropa rasgada entre las hojas muertas.
‒ Suelte un poco más‒ gritó a los bomberos ‒ Otra linterna…¡Aquí!
La luz barrió los árboles más cercanos, el final del precipicio y ramas de árboles caídos.
‒ ¡Dios mío, Emma!‒ Emma estaba boca abajo, con la cabeza y el tronco virados hacia el suelo. Era ella, solo podía ser ella. Regina usó sus últimas fuerzas para llegar hasta la amada y tocarle el pelo, librando su rostro de él ‒ ¡Gracias a Dios!‒ dijo emocionada, inquieta y sin saber qué hacer para sacar a la muchacha de la torcida posición en el tronco del árbol ‒ Emma…¿Emma? ¿Me escuchas? Aguanta, mi amor…Te pondrás bien…Aguanta…¡Aquí! ¡La encontré! ¡Está aquí!‒ Regina gritaba, eufórica.
Los ojos de la muchacha se abrieron cual una flor con sus pétalos. Le pesaba la cabeza. Le dolía las partes que se había golpeado y sentía que había sido atropellada por un tractor. Miró alrededor, un cuarto de hospital y Regina.
‒ Re-Regina‒ no aguantó una sonrisa, pero hizo que su cabeza le doliera un poco más ‒ ¡Ay!, ¡Ay, mi cabeza!‒ intentó llevarse la mano a la cabeza.
Regina se levantó de la silla y se acercó a la cama. Se acercó a la joven con los ojos llorosos y con la mano apretada alrededor de la gargantilla de plata.
‒ ¡Gracias a Dios!‒ se acercó a abrazarla.
Emma tuvo fuerzas para sentarse y abrazar a la mujer. Estaba viva, sana y salva, parecía un sueño.
‒ Por favor, dime que esto está pasando, que he sobrevivido‒ pidió ella, jadeante de pronto, en los brazos de Mills.
‒ Estás viva, Emma‒ Regina le acarició la espalda ‒ Más viva que nunca.
‒ ¿Qué pasó? ¿Me encontraste? ¿De verdad era un precipicio el sitio de donde me sacaron?
Se soltaron para mirarse, y Regina se sentó a su lado en la cama para explicarle.
‒ Sí, mi amor, una caída muy profunda, pero las ramas de los árboles te agarraron por la ropa. La policía cree que tu cuerpo fue expulsado del coche antes del choque.
Ahora tenía sentido para la muchacha, recordaba un poco de cómo había sucedido todo y a medida que Regina le contaba, su memoria se aclaró. Miró a Regina, deslizó la mano por encima de la de ella y apretó.
‒ Recuerdo…Poco, pero recuerdo‒ Emma entrecerró los ojos ‒ Fui yo. Me tiré del coche antes que chocara contra los árboles‒ por un momento, sacudió la cabeza ‒ Me tiré, porque hice que Ingrid perdiera el control del coche. Ese era mi plan.
‒ Fue lo que te salvó, mi amor. Si hubieras estado dentro del coche en el momento en que este chocó contra el árbol, no habrías sobrevivido.
‒ Un plan que casi no sale. Ingrid no se dio cuenta de que yo había despertado, casi consigue lo que quería, matarnos‒ entonces Emma se acordó de la madre y se calló preguntándose lo sucedido con Ingrid.
‒ Sé que quieres saber lo sucedido con tu madre‒ Regina la miró a los ojos. Esperó un momento y dijo con calma ‒ Pasó por una cirugía. Salió muy herida de entre los hierros del coche y los médicos dijeron que había sido un milagro que hubiera resistido.
Emma giró el rostro, dejando escapar una lágrima.
‒ No sé cómo sentirme después de saber esto.
‒ Descúbrelo en otro momento. Ciertamente estás mejor que ella y mejor que te pondrás.
‒ No le deseo el mal, y no quería que esto pasara‒ dijo Emma, triste.
‒ Sé que nadie quería que esto pasara. Ingrid, quizás, nunca vuelva a caminar, Emma. Tu madre será una inválida.
‒ Solo culpa de ella‒ declaró la muchacha inmediatamente
‒ Lo siento mucho.
La muchacha asintió, apretando la mano de Mills con fuerza.
‒ Yo también ― despacio volvió a mirar a Regina sentada a su lado ‒ Escuché tu voz llamándome. Te oí gritando mi nombre mientras estaba en aquel sitio.
‒ No me iba a rendir hasta encontrarte.
‒ La gargantilla…La dejé en el coche a propósito. Fue lo último que hice antes de tirarme.
Regina sonrió emocionadamente, y abrió la mano para mostrar lo que había en ella.
‒ Lo sabía
‒ Tuve que pensar rápido, es un milagro que esté viva, pero nunca deseé tanto sobrevivir‒ notó la herida en la cabeza cuando comenzó a picarle ‒ ¡Ay!‒ tocó y notó la venda que cubría toda su cabeza. Infelizmente cargaría un recuerdo triste del accidente además de una cicatriz en la sien, la locura de Ingrid extrapolando los límites. Era más fácil creer que su madre había muerto y en eso creería el resto de su vida ‒ Todavía duele mucho…¿Cuántos días llevo aquí?
‒ Uno y medio‒ respondió Regina
‒ He dormido mucho
‒ Y tienes que descansar un poco más, al menos hasta que te quiten esa venda de la cabeza‒ la sra. Mills se levantó, recolocó bien la almohada y la recostó. Acercó su rostro, rozando nariz con nariz ‒ No saldré de este cuarto mientras estés durmiendo.
‒ Me parece bien, así puedo dormir más segura‒ la joven sonrió, y Regina le dio un suave beso. Cerró los ojos y el sueño llegó deprisa.
Una hora más tarde, David y Mary le hicieron una visita, y él particularmente no estaba muy cómodo. Los tres charlaban en el pasillo al lado del cuarto, teniendo cuidado de no hablar muy alto. Muchas cosas habían sucedido en día y medio. David aún parecía asustado, aunque se hiciera el fuerte delante de Regina y de Mary. La verdad es que, tras pasar por la habitación donde habían dejado a Ingrid, no tenía esperanzas. Le daba gracias a Dios por Emma haber sobrevivido, su hermana no había tenido tanta suerte, y quizás, fuera el castigo por todos los problemas que había ocasionado.
‒ … no es verdad, David?‒ la voz de Mary interrumpió los lamentos del marido y él asintió para lo que sea que ella había dicho.
‒ Sí, querida‒ se rascó la cabeza.
‒ ¿Qué te ocurre?‒ Mary tiró de su brazo para que se sentara a su lado ‒ ¿Es Ingrid?
‒ No, solo estaba pensando‒ David miró a Regina ‒ Qué bien que Emma esté mejor. Me sentí muy feliz cuando la encontramos.
‒ David, siento mucho lo de tu hermana‒ se adelantó Mills, antes de perder el valor para hablar ‒ Ella causó todo esto, pero ni Emma quería que ella muriera.
‒ Y aunque así fuera, estaría en su derecho. Mi hermana va a pagar por todo el daño causado ‒ suspiró profundamente.
‒ Escuchamos a un médico decir que corre el riesgo de perder los movimientos‒ comentó Mary
‒ De todo el cuerpo‒ completó David, arrasado.
‒ ¡Dios mío! ¿Quién va a querer cuidarla?‒ cuestionó Mary
Regina vio que la pareja intercambiaba una mirada de preocupación, no supieron responder. De repente, se acordó de Daniel en sus últimas condiciones. Como mínimo, era irónico.
‒ Cuánta ironía, ¿no?
La conversación fue interrumpida cuando escucharon pasos al final del pasillo. El Alcalde White bajaba del piso de arriba acompañado del doctor Whale. Los dos se despidieron rápidamente y el Alcalde divisó a Regina y a la pareja. Se acercó con las manos en los bolsillos del traje y saludó con la cabeza al detenerse. Regina se limitó a mirarlo de arriba a abajo, mientras Mary y David lo saludaron en silencio.
‒ ¿Cómo va la joven Emma?‒ hizo la pregunta mirando a Regina. La atracción que sentía por ella se había vuelto ya una ilusión desde que supo de su aventura con la Swan más joven. De cualquier forma, Leopold aún se sentía extraño al acercarse a Regina.
‒ Está mucho mejor. Ya despertó, charló conmigo y ahora está descansando‒ dijo Mills de pronto
‒ Menos mal. Acabo de venir de la UCI e Ingrid…
‒ Ya lo sabemos, sr. Alcalde‒ interrumpió David – Mi hermana está mal y empiezo a pensar sinceramente que lo mejor para ella es la muerte.
‒ La situación es grave, mucho, sin embargo hay esperanza de que sobreviva‒ Leopold juntó las manos frente al cuerpo como todo buen político.
‒ ¿De qué serviría? Si ella aguanta, va a vivir como un vegetal, sin poder moverse y completamente dependiente‒ dijo David, especialmente enfadado.
Mary, con pena, pasó la mano por la espalda del marido, consolándolo.
‒ Piense bien, Swan, su hermana causó muchos problemas en esta ciudad. ¿Hay un castigo mayor que ese? ¿Vivir y al mismo tiempo no poder vivir?‒ los dos se miraron y David se vio obligado a estar de acuerdo ‒ Imagino que Emma no tiene intención alguna de ver a su madre cuando salga de este hospital, mucho menos pretende hacerse cargo de los gastos que Ingrid podrá causar en el futuro. Yo, como amigo personal y alguien que quiere el bien de Ingrid, si vosotros como familiares me lo permiten, me pongo a disposición para costear el tratamiento.
‒ Le agradecemos la intención, Alcalde White, pero es preciso que Emma decida primero. Su palabra es la que prevalece sobre el destino de su madre‒ se adelantó Regina
‒ Comprendo– White bajó la mirada ‒ Por favor, me gustaría conversar personalmente con Emma en cuanto sea posible. Dígale que esperaré que me contacte con respecto a Ingrid.
‒ ¿Está tan interesado en Ingrid como para querer hacerse cargo de los gastos? ¿Es culpa por todo lo que hicieron juntos?‒ Mary estiró el cuello, curiosa.
‒ No. Creo que mi único error con Ingrid fue lo sucedido la noche anterior al crimen de Colter. Siempre que atendí sus pedidos, la ayudé‒ dijo el Alcalde, casi ofendido.
‒ Lo sabemos, Alcalde, y agradecemos que tenga piedad de Ingrid. Ella debió ser encarcelada por la muerte de mi marido, pero parece que se hará otro tipo de justicia‒ Regina deshizo el nudo de los brazos y apartó la espalda de la pared.
Leopold White se puso serio. Se giró sin decir nada más y se alejó fingiendo control.
David sintió ganas de reír cuando vio al hombre marchándose por el pasillo, como si su preocupación no significara nada. Mary siguió acariciando la espalda del marido, para nada arrepentida de haber cuestionado las acciones de Ingrid y del Alcalde.
‒ Recuérdame que no le vote en las próxima elecciones‒ pidió David, girándose ligeramente hacia Mary
Ella sonrió y Regina lo encontró gracioso.
Ellos estaban allí cuando Emma regresó. Pudiendo ya caminar y sin aquella venda alrededor de su cabeza, la muchacha estaba de regreso a la casa de la esquina en la calle Santa Bárbara Bay, por última vez. Regina había pedido un taxi para ellas en el hospital y las había dejado en la entrada. Emma iba delante, miró rápidamente la fachada y su jardín antes de sentir ningún arrepentimiento debido a todo lo vivido allí.
Su tío y tía le abrieron la puerta, esperando para saber la decisión tomada por la joven con respecto a la casa y a Ingrid. Había dado una fecha, el momento en que estuviera con la mente fría para terminar de una vez con aquella historia, y el momento había llegado. Emma miró a los tíos y sonrió con un alivio sin tamaño. Pero no estaban solo sus tíos allí, esperándola a ella y a Regina. Cuando Emma entró en el hall, vio a su amiga Belle y a Graham, levantándose del sofá de la sala, también Zelena había ido a Blue Hill ya que era alguien de extrema confianza para los Swan y quería ayudar en lo que fuera necesario. Saludó a Emma con la cabeza y también se levantó.
‒ Hola, gente‒ saludó Emma, y todos vieron la pequeña tirita que aún tenía en la cabeza.
‒ Hola, Emma‒ Belle se soltó de la mano de Graham para abrazar a la amiga ‒ Menudo susto nos has dado. Perdona no haber ido al hospital a hacerte una visita, pero ya sabes cómo lo paso en ese sitio. Hasta siento náuseas cuando Graham llega a casa por la noche, el olor a medicina, ¿sabes?
Emma parecía impresionada con la confesión de Belle.
‒ Oh, ¿de verdad?‒ desorbitó los ojos, miró a los tíos cerca de ella y a Regina, que finalmente entraba, después volvió a mirar a la amiga ‒ ¿Hace cuánto tiempo que llevas sintiendo esas náuseas?
‒ Creo que hace unas dos semanas. Desde que Graham volvió a trabajar en Urgencias‒ respondió la muchacha.
La joven Swan sonrió, colocó una mano en su boca rápidamente y siguió mirando a Belle con curiosidad. Algo se le pasó por la cabeza.
‒ Creo que dentro de unos días tendréis una gran noticia.
‒ ¿Los dos?‒ preguntó Graham detrás de su novia.
‒ Sí, sobre todo vosotros dos‒ Emma se aguantó la risa y fue a abrazar a Zelena.
‒ Qué bien verte de vuelta, chica‒ comentó la pelirroja de cabellos ensortijados ‒ De verdad fue un susto para todos. La señora Lucas y Cristina De Vil preguntaron si necesitabas algo. También lamentaron no haber ido a visitarte al hospital, pero habían salido de viaje el día del accidente.
‒ Ah, ¿se han ido de viaje?
‒ Sí, ¿no te has enterado?
‒ No sé nada de lo sucedido en la ciudad desde hace una semana.
‒ Se han comprometido‒ contó Zelena con entusiasmo
‒ ¿Hablas en serio?‒ Emma se sorprendió felizmente
‒ Hablo muy en serio. No era novedad para nadie que estaban juntas, ¿no? Ruby me contó que Anita le pidió la mano a la srta. De Vil en frente de todo el restaurante a la hora del almuerzo del domingo. ¡Fue un espectáculo!
Todos rieron de la manera en que Zelena había dado la noticia. Tras eso, Emma observó cada canto de la sala y pensó en qué decir ahora. Todas las personas en que podía confiar estaban allí reunidos para escucharla y sabían exactamente lo que ella deseaba hacer. En el fondo, la pequeña reunión en la sala de su casa solo era una reunión de despedida, se marcharía en breve con Regina y no tenía fecha de regreso. Mary Way Village ya no era su casa, quizás nunca lo había sido, y no era difícil admitirlo.
Emma deslizó la punta de los dedos sobre el aparador y cogió una foto de la abuela. Miró el retrato y después alzó el rostro hacia los tíos, volviendo a soltar la fotografía.
Tras un largo suspiró, comenzó.
‒ Sabéis muy bien que nunca he sido feliz en esta ciudad. Las circunstancias son muchas, aunque haya superado todo lo sucedido. Pero, hoy, he tomado la decisión de seguir un nuevo rumbo al lado de la mujer que amo‒ Emma señaló con la mirada a Regina, y todos, respetuosamente callaron y siguieron escuchándola ‒ También os quiero a vosotros por haber seguido a mi lado en las horas complicadas, pero os quiero aún más por haber comprendido cómo me sentía con respecto a Regina. He pasado estos últimos días en el hospital pensando bastante en cómo decir adiós, o hasta luego, quién sabe, porque lo único bueno que me ha dado Mary Way Village sois vosotros. Comprendo que, tal vez, debí pasar por todos estos problemas para encontrar mi felicidad y no estoy triste, si es lo que pensáis, todo lo contrario, nunca he estado tan contenta. ¿Y sabéis? También estoy sorprendida por lo ocurrido con Ingrid, pero no consigo sentir pena por ella.
No estaba claro que Emma fuera a hablar de la madre, y por eso, el silencio, de repente, pareció de extrema necesidad para todos. Ante la falta de reacción de todos, Emma caminó por la sala, echó un rápido vistazo al jardín a través de la ventana, a los muebles de apariencia antigua, sin embargo, conservados. Aún quedaba algo por hacer en aquella casa y no podía ser en otro sitio, pues Emma necesitaba probarse algo a sí misma. Cuando todos se marcharan, cumpliría con la última misión, arrancarse la carga que había llevado toda la vida, y cuando esas mismas personas la mirasen por última vez, dirían que esa era la Emma que siempre querían haber visto.
‒ Tío David y tía Mary, os voy a dejar las llaves de la casa, a fin de cuentas siempre fue nuestra, de la familia ‒ dijo ella, desde el pie de la escalera, pero caminando despacio hacia ellos con las manos en los bolsillos. La pareja asintió en unísono ‒ Sé que cuidaréis bien de ella tanto como cuidáis de la tienda ‒ Rápidamente Emma miró a Belle y a Graham, les sonrió a los dos mientras miraba la barriga de Belle ‒ A vosotros no sé cómo devolveros toda la ayuda, pero si puedo, quiero ser la madrina de ese bebé.
Belle abrió la boca de sorpresa y miró a Graham.
‒ ¿Qué dijiste, Emma?
‒ Pues eso que has escuchado, estáis esperando un bebé y quiero ser la madrina.
Graham sacudió la cabeza, estupefacto.
‒ Pero…Pero…Belle…Embarazada…‒ tartamudeó
Emma soltó una carcajada.
‒ ¿Piensas que las náuseas de las últimas semanas no son nada? Estoy segura de que es un bebé‒ dijo Emma, dejando a los dos pasmados ante tanta convicción. Nunca habían imaginado algo así, aunque tenía sentido las náuseas y las extrañas sensaciones de Belle. Se llevó una mano a la barriga, la acarició y tuvo la certeza de que su amiga estaba en lo cierto. Estaba esperando un bebé de su novio y sentía unas ganas inmensas de echarse a llorar de alegría.
Swan se giró hacia Zelena y comentó.
‒ Me he enterado de que quieres convertirte en una gran florista, ¿verdad? Toma esto‒ sacó un sobre del bolsillo ‒ Es una parte de lo que conseguí ahorrar trabajando en el hotel. Da para pagar tu inscripción en un buen curso de botánica de la capital. Suerte, Zel.
La pelirroja casi da un salto. Cogió el sobre de la mano de Emma y lo abrió para comprobar lo que había dentro. Era dinero para pagar un curso que quería hacer desde hacía mucho tiempo, pero nunca había tenido coraje para pedirle a los jefes que la dejaran libre una semana para ir a la capital. Zelena sonrió llena de agradecimiento abrazó a Emma al momento y se emocionó.
‒ Joder, Emma. ¿Por qué haces esto por mí?
‒ Te conozco desde hace tantos años, sé que puedo confiar en ti. Y también sé que fuiste tú quien habló con Belle, quien le contó a Regina que yo estaba en el piso esperándola, aquella vez en que me sentí herida, ¿recuerdas? Si no fuera por ti, Regina y yo, quizás, nunca hubiéramos hecho las paces‒ Regina se enrojeció de nuevo acordándose de aquello, pero después se limitó a asentir con la cabeza.
La mujer estaba orgullosa de ver cuán generosa se estaba mostrando su amada. Nunca habría pensado en regalar nada a nadie a no ser ella misma. Regina sonreía por dentro y por fuera, ocultando el deseo de aplaudir ante las actitudes de Emma. Cuando estuvieran solas, la besaría, le diría que la amaba y que no merecía a alguien como ella, a lo que Emma respondería que si no fuera de esa manera no serían felices.
Zelena recordaba vagamente cuando Emma había llegado corriendo al piso de los tíos a causa de Regina, así que si era por eso que estaba consiguiendo la oportunidad de su vida, tenía mucha suerte por ser a veces una bocazas.
Acompañando la felicidad de los amigos, Emma se sentía bien, pero no se olvidaba de un detalle.
‒ Ahora, si me permitís, tengo otro asunto que resolver antes de dejar la casa‒ la muchacha agarró la mano de Regina y la llevó hacia las escaleras.
Arriba, en el dormitorio, Emma preparó lo que necesitaba para solucionar un único obstáculo. Estaba todo sobre el lavabo de mármol, todo hecho paso a paso, con calma y atención. Cuando terminó el primer paso, la joven pidió la brocha a Regina y se miró en el espejo.
‒ ¿Estás lista?‒ preguntó Regina detrás de ella
‒ Sí‒ respondió
Entonces, las pinceladas comenzaron de arriba a abajo, recorriendo la extensión de los cabellos oscuros. Emma se estaba tiñendo la cabellera como si pintara un cuadro, gran ironía, pues aquella era la única forma de acercarse al talento de su padre. Un momento después, se encerró en el baño, dejó a Regina esperando en el cuarto, hasta que salió, haciendo ruido con la puerta. La morena entró desde el balcón y la vio. Adiós a los cabellos oscurecidos por la vergüenza, ahora ella era Emma Swan, rubia, como siempre debió haber sido.
Se quedó parada delante de Regina, esperando su reacción, ¿se extrañaría, lo rechazaría, lo odiaría, quedaría muy sorprendida o sencillamente lo adoraría? La mujer se acercó, reconociendo a quien amaba, a su Emma, linda de una manera que, con frecuencia, imaginó, pero que aún no había conocido. De repente Emma se transformó como una mariposa, como si todo aquel tiempo llevando el pelo moreno fuera una fase de rebelión contra sí misma. Finalmente, superó su mayor recelo, ser comparada con Ingrid y la prueba eran aquellos cabellos dorados hasta los hombros.
Casi sin palabras, Regina se acercó a Emma y la miró bien de cerca. Agarró su rostro, acarició sus labios con los dedos y amenazó con besarla.
‒ ¡Estás increíble!‒ susurró
‒ ¿De verdad?‒ Emma quedó a la espera del beso
‒ De verdad. ¿Cómo te sientes?
‒ Mejor que nunca‒ la rubia se agarró al cuello de Regina y finalmente la besó
Se demoraron de más en el calor de aquel beso y no les importó hacer el amor en aquella cama por última vez. Todo con mucha sutileza, por el estado débil de Emma. Aunque no confesara que aún tenía dolores por todo el cuerpo, quizás la joven recordara el momento en que se había tirado del coche en movimiento.
Regina tenía cuidado con ella, conduciéndola sobre su regazo cuando se sentó en la cama. La mujer apartó las asillas de la camiseta, acarició con sus besos la piel de los hombros, descendió las uñas por la espalda de la rubia y le mordió el cuello. Emma, dulcemente, gimió, mientras movía la cabeza para apartar el pelo y poder abrir el sujetador. Cuando logró que la prenda resbalara, los pequeños pechos despuntaban hacia el frente, duros como piedras y erizados debido a la excitación. Emma ofreció su pecho a Regina, tirándose hacia ella para caer juntas en el colchón.
Al llegar al final, tras una larga hora, quedaron las caricias y roces por todo el cuerpo, aparte de algunas cosas que tenían que decirse y que Regina no quería dejar escapar. Se miraban, echadas de lado, una a la otra, sin necesidad de cubrirse en aquella posición medio enroscada. Estaban en medio de otro caluroso beso.
‒ No ha sido diferente, ni extraño. Ha sido mejor que las otras veces, lento, demorado, delicioso…Nunca te he sentido tan suelta en mis brazos, ni tan calmada‒ balbuceó Mills cerca de Emma.
‒ Porque la Emma con quien antes hacías el amor, muy en el fondo, era tímida. He aprendido mucho a tu lado, solo que ahora me siento más libre para aprender.
‒ Aunque estaba acostumbrada a verte con otro color de pelo, siento que la Emma de otrora ha crecido de una vez por todas. Has superado todo y nadie más puede juzgarte. ¡Cómo te amo!‒ susurró Regina
‒ No dejaré que nadie, nunca más, me juzgue. Yo también te amo‒ Emma respondió en el mismo tono y solo para ellas quedaron los quedos juramentos, labio con labio, cuerpo con cuerpo. Que aquello quedara entre ellas y que Emma nunca más sufriese.
Desde ese momento hasta el día siguiente fue un corre corre. Emma decidió hablar con el Alcalde White sobre Ingrid, pues debía darle un destino a la mujer que aún respiraba en el hospital, víctima de las secuelas del accidente. La muchacha fue sola, dejando clara su independencia y su falta de recelo en cualquier asunto que envolviera a Ingrid. Estaba tan segura que asustaba, pero tenía la impresión de que todos la miraban por la calle a causa del cabello claro. En cuanto entró en el ayuntamiento, fue un furor. Nadie reconoció a Emma hasta que dijo su nombre en la recepción.
‒ Alcalde White, la señorita Emma Swan desea verlo. Dice que hay asuntos que deben tratar‒ dijo la secretaria desde la puerta del despacho.
Leopold alzó el rostro y escuchó, y al instante se puso en pie.
‒ Hágala pasar, por favor‒ la voz del hombre llegó hasta Emma.
La secretaria dio paso y la joven entró sin desconfianza. Caminó hasta la mesa de White.
‒ Buenas tardes, señor Alcalde.
‒ Buenas tardes, Emma‒ no mostró asombro con el cambio de color del cabello de la joven, todo lo contrario, puso una expresión de admiración, fingiendo comprender que Emma por fin había superado sus demonios. Se parecía a Ingrid de aquella manera, pero aún así, no era tan deslumbrante como la mujer a la edad de Emma. Sinceramente, el sr. Alcalde no era como el sr. Gold a quien le gustaban las mujeres más jóvenes ‒ ¿Cómo estás?‒ extendió la mano, pero Emma prefirió no devolver el gesto.
‒ Bien, señor Alcalde, estoy bien. ¿Me puede decir cuál es el asunto que tanto desea tratar conmigo?‒ Emma fue directa al grano.
‒ Claro‒ Leopold tragó en seco, le señaló la silla. Se sentó y carraspeó, esperando a que Emma hiciera lo mismo ‒ Lo que me gustaría tratar contigo es algo relacionado con tu madre, como puedes imaginar. Su situación es delicada, no hay previsión de mejora y de momento solo hay malas noticias.
Emma se puso aún más seria, respiró hondo antes de decir
‒ No voy a mentirle y decir que siento algo por ella en estos momentos. Un día, quizás, sienta pena de lo sucedido, pero no significa que la odie por lo que me hizo. Puede que la justicia no la haya condenado por la muerte de mi padre, pero la vida ha tratado de darle su sentencia.
‒ Entiendo que tengas dudas en cuanto a Ingrid, sin embargo yo, en calidad de amigo, me siento en el deber de ayudarla. Lo que quiero proponerte es internar a tu madre en una clínica especializada en el tratamiento de personas con secuelas post-traumáticas. He estudiado el sitio y me he reunido con el Dr. Whale para hablar sobre el tema, él recomienda el internamiento en su caso‒ Leopold esbozó una expresión disgustada.
‒ Perdóneme la falta de sensibilidad, estoy algo desconectada de lo sucedido con mi madre. Solo sé que su estado es grave y que no se puede hacer mucho‒ habló Emma fatigosamente.
‒ Tu madre ha pasado de estado grave a estable, sin embargo se llevó la peor parte del accidente que ambas tuvieron. Ya no volverá a caminar, ha sufrido diferentes traumatismos, entre ellos la pérdida del habla y la comprensión.
‒ ¿Eso significa que Ingrid nunca más volverá a hablar ni a razonar?
‒ No como antes, difícilmente conseguirá alimentarse sola.
Al final, de ahí en adelante, el sin sentido de la vida de Ingrid sería un terrible destino. Emma sintió un pinchazo en el pecho, quizás remordimiento por haber cambiado el rumbo del coche en el momento del accidente. Estuvo un tiempo pensando si tenía la culpa de que su madre se hubiera convertido en un cadáver en vida, después le dio la razón a sus propias palabras. Era el destino actuando y haciendo justicia por tantos actos de Ingrid Swan. Su duda acabó ahí, por eso Emma, que no estaba en desacuerdo sobre el internamiento de la madre, le dijo que sí al Alcalde.
‒ Creo que es lo correcto. Si necesita de mi permiso para llevarla a la clínica, tiene mi consentimiento.
Una cosa era cierta, Emma había cambiado desde la última vez que la había visto. Se veía de lejos que ya no era la muchachita asustada o enfadada, la hija de Ingrid que vivía siendo comparada con ella. Esa niña ha crecido, se ha convertido en una joven inteligente y muy segura, digna de elogio. ¿Qué le habrá enseñado Regina? Ella usaba palabras rebuscadas, hablaba bien, concluyó el Alcalde.
‒ Gracias. Y no te preocupes por los gastos, yo me encargo de todo. Tu madre será bien tratada, Emma. Me encargaré de que, al menos, viva cómodamente.
‒ Le agradezco su preocupación. Yo haría lo mismo a pesar de todo‒ la rubia bajó la mirada en un primer momento, enseguida volvió a encarar a Leopopld ‒ Bien, si es de su interés, pretendo dejar la ciudad dentro de dos días. Me siento bien para marcharme hoy, pero los médicos me pidieron que me quedara diez días tras el accidente. En caso de que necesite hablar conmigo sobre este problema, solo tiene que decirle a mi tío que se ponga en contacto conmigo.
‒ Perdón por entrometerme, pero, ¿puedo saber por qué pretendes dejar la ciudad?‒ White frunció el ceño
‒ Mary Way Village nunca fue mi hogar. Tras conocer a Regina he descubierto que ella tampoco se siente completa viviendo aquí, aún más tras la muerte de Daniel.
‒ ¿Y a dónde pretenden ir?
‒ Por ahí ― respondió Emma mientras se levantaba.
‒ Buena suerte, Emma. Dele saludos de mi parte a Regina y gracias por venir a aclarar lo de tu madre‒ terminó él mientras ella se giraba.
Emma asintió por encima del hombro. Caminó hacia la puerta, pero de repente se paró. Recordó una cosa que Ingrid le había dejado en su casa y quizás debiera devolvérselo.
‒ Hay algo en mi casa que es de Ingrid, si le pido que se lo entregue, ¿se lo llevaría a ella a la clínica?
‒ Por supuesto.
De regreso a Blue Hill, Emma tenía una misión no muy agradable para Regina, ya que ella no debía hacer gran esfuerzo. El cuadro estaba guardado en el polvoriento sótano de la casa junto a un montón de cosas demasiado viejas para ser recordadas por los Swan y que, ciertamente, eran propiedad de la abuela de Emma. Dejando de lado el hecho de que el sótano estaba hecho un desastre, Regina bajó, teniendo primero que usar la intuición para encontrar el cordón que llegaba hasta una bombilla.
‒ Emma, ¿dónde está la luz?‒ preguntó Mills, tosiendo
‒ A la mitad, arriba, debes encontrar una cuerda fina y tirar‒ gritó Emma desde arriba de las escaleras en el garaje, detrás de una puerta casi escondida.
Regina tosió de nuevo con más fuerza.
‒ La encontré‒ palpó el bajo techo, que la obligaba en algunos tramos a curvarse. Tiró de la cuerda y la oscuridad se transformó en un mar de cajas ‒ ¿Dónde lo habrá dejado? ¿No estará dentro de una de estas cajas, verdad?‒ gritó Regina de nuevo.
‒ Creo que no. Mira detrás de ellas. Hay muchas cajas con cosas de navidad, tienen puestos los nombres. Debe estar cerca de una que no tiene nada escrito ‒ se pronunció la joven desde arriba.
La escritora observó, rezando para encontrar el cuadro antes de tener otro acceso de tos. Miró las cajas, vio unas cinco que llevaban escrito "Artículos de Navidad" a bolígrafo y se adentró un poco más.
‒ Cosas para la cocina…Cuarto de David…Cuarto de baño…Fotos de familia…Sala…‒ fue diciendo a medida que las veía. Se arrodilló detrás de una caja y tiró de ella, y vio el cuadro pegado a la pared ‒ Ay, Dios mío, lo encontré.
‒ ¿Regina? ¿Qué ocurre? ¿Lo has encontrado?‒ la voz de Emma resonó allí abajo
‒ Lo he encontrado, lo tengo. Voy a subirlo‒ Regina lo cogió en las manos, lo pegó a su cuerpo y le quitó la capa de polvo con los dedos. Estaba muy estropeado, lleno de arañazos y suciedad del tiempo que había estado guardado ‒ Un colibrí, lo único que le quedó a Ingrid‒ susurró mientras observaba la figura del pájaro.
En otro momento habría considerado al cuadro del Colibrí un enemigo mortal, pero solo era un cuadro pintado por Daniel. Bonito, es verdad, cuando estuviera limpio sería hermoso, a pesar de lo que representaba.
Emma y Regina limpiaron la moldura, la tela y la imagen con cautela para no dañarlo. La idea era entregárselo al Alcalde para que se lo llevara a Ingrid en su nueva habitación de la residencia.
‒ Pasado mañana se lo mando, es lo único que le puedo ofrecer , a fin de cuentas, es de ella‒ dijo Emma sin dudar.
‒ De cualquier manera es un acto muy solidario. Le estás ofreciendo a tu madre una manera de estar cerca de Daniel.
‒ Por un momento, mirando este colibrí, pensé en él. Si alguna vez sintió algo por mi madre, quizás fue cuando pintó este cuadro.
‒ Estoy de acuerdo‒ dijo Regina ‒ Daniel demostraba sus sentimientos en los cuadros que pintaba, era un gran artista. Para que dibujara un símbolo para Ingrid, eso es que en algún momento la amo.
Emma enrolló el cuadro en una manta y lo guardó en una esquina del hall para no olvidarse de llevárselo al Alcalde. Estaba segura de que jamás volvería a ver a Ingrid y su último recuerdo de ella era el grito que escuchó cuando se tiró del coche dejándola a ella en el interior. Sentía un escalofrío, nada bueno, cuando recordaba el accidente y la sensación de rodar sobre las hojas hasta caer por el desfiladero. Infelizmente, el nombre de Ingrid siempre la remitirá a lo causado por su madre.
Distraída, Emma tropezó, y cayó hacia delante, teniendo que apoyarse en la pared.
‒ Querida, ¿qué pasó?‒ Regina se acercó a ella, notando el malestar cuando la agarró.
‒ Nada‒ sacudió la cabeza‒ Yo…Solo me dio un mareo. Debe ser por el golpe en la cabeza.
‒ Será mejor descansar‒ Regina condujo a la rubia, obligándola a sentarse y reposar su cabeza sobre su regazo ‒ Tenemos dos días más aquí y quiero que estés bien para viajar.
‒ También quiero estar bien, solo fue un mal recuerdo lo que me dejó mareada. Lo voy a superar, sé que lo voy a hacer‒ dijo Emma bajito, cerrando los ojos.
‒ Lo has conseguido, Emma. Ya lo has superado‒ Regina sonó segura mientras acariciaba los cabellos de Swan. Intentaba ser cuidadosa para no tropezar en la herida, aunque era muy difícil, tenía ganas de quitarle ese apósito adhesivo para que el hueco fuera cubierto rápidamente por los cabellos dorados.
Y descansando como fuera prometido, entre largas horas y planes para ver dónde irían primero, Emma y Regina esperaban que pasaran esos dos días. Se habían despedido de muchas personas en los dos días de reposo de la muchacha y no había necesidad para una despedida melancólica más de la casa de Blue Hill ni de la mansión Colter. Se despertaron temprano y fueron a la floristería. David le dio un beso a la sobrina en el rostro, arregló el cuello de su chaqueta roja ― un regalo que se hizo a sí misma cuando la vio en el escaparate de una tienda en la calle principal ― esperando un abrazo de la muchacha. Se abrazaron brevemente y se miraron con ojos llorosos.
‒ Mira que tontería, llorando como si nunca más fuera a verte‒ dijo ella, mientras se enjugaba una lágrima que caía de su ojo izquierdo.
‒ Peor soy yo, a mi edad y llorando por estas cosas‒ replicó David haciendo lo mismo.
‒ Como si nunca hubieras llorado por nada…Eres mantequilla derretida, desde siempre, debe ser de familia‒ Mary Margaret dio un pequeño empujón al marido por la espalda y abrió los brazos hacia la sobrina ‒ Te voy a echar de menos, mi lindo ángel. Nuestra casa siempre estará abierta para ti y para Regina, ¿ok?
‒ Gracias, tía. Sé que sí‒ contestó Emma y Mary se acercó a abrazar a Regina
‒ Antes que os vayáis, quiero pedirte que cuides muy bien de nuestra Emma. Te hemos aceptado en nuestra familia, así que haz honor a nuestro cariño‒ Mary usó un tono guasón que en ningún momento ofendió a Mils.
‒ ¿Cómo no voy a cuidar de vuestra sobrina? La amo, no puedo hacerle nada malo‒ Regina sonrió hermosamente. Le dio un abrazo a David también y entrelazó sus manos con las de Emma.
‒ Bien, tío, nos hablamos a través de las postales, hasta que consiga un móvil nuevo, aunque me he acostumbrado a vivir sin uno ‒ recordó Emma ‒ Y sobre el cuadro de mi madre, entrégaselo al Alcalde y él se lo llevará.
‒ Claro, hija‒ asintió David.
Regina reparó en la ausencia de Zelena y Belle, y preguntó
‒ ¿Dónde están Belle y Zelena? Pensé que estarían aquí para despedirse de nosotras.
‒ Oh, sí, Zelena se marchó ayer a la capital para hacer la inscripción del curso de botánica. Está muy animada y agradecida por lo que has hecho, Emma. Dijo que te diera las gracias y que le mandaras a ella también algunas postales en cuanto pudieras ‒ respondía David ‒ En cuanto a Belle, fue al médico a realizarse el test de embarazo. Teníais que ver a Graham, cuando la realidad se le mostró en plena cara y le contó al hospital entero que iba a ser padre ‒ de hecho era muy gracios, sin embargo muy bonito saber que Graham estaba tan feliz por el embarazo de su novia. Emma y Regina se echaron a reír imaginándose la situación ‒ Así que, Belle dijo que no vendría a despedirse, sobre todo porque odia las despedidas y cree que vas a tener que volver para su boda con Graham. Ha recalcado que quiere que las dos estéis presentes.
‒ Vaya, que lista, no le gustan las despedidas y exige que venga para su boda‒ dijo Emma, pensativa.
‒ Por una buena causa comos esa, volvemos, no nos estamos yendo para siempre, son algunos dias, meses, sin residencia fija, porque tenemos muchas cosas que ver y pensar ‒ resolvió Regina
‒ Entendemos, por eso mismo cada vez que volváis, os hospedaréis con nosotros, en nuestro piso‒ Mary señaló mientras la acompañaba al coche.
‒ Si no hubieseis alquilado un coche, os habría llevado yo al aeropuerto vecino‒ comentó David
‒ Ah, tío, pero tú no me ibas a dejar conducir‒ Emma se rascó la nuca
‒ ¿Qué? ¿En la autopista? ¡De ninguna manera!‒ él negó con la cabeza ‒ Vete con cuidado, hija. Creo que aún es algo pronto para que vuelvas a conducir.
‒ Lo sé, solo estaba bromeando. Regina es quien conducirá, yo tampoco quiero coger el volante tan pronto. Bueno, ¿vamos?‒ Emma miró a Regina y esta asintió.
‒ Vamos‒ las dos saludaron con un movimiento de cabeza, entraron en el coche, cerraron las puertas y Regina arrancó.
David y Mary las saludaron a su vez, juntos y abrazados. El coche se fue alejando por la costa.
Finalmente el día tan esperado por las dos, una liberación y el inició de la paz. Emma pensaba en eso mientras dejaban la pequeña ciudad. Tuvo oportunidad de mirar cada tienda de la calle principal, cada persona que caminaba por las calles, rostros familiares, otros no tanto. Vio cuando Ruby Lucas salía de una heladería con un tipo que no tenía idea de quién era; cuando el señor Gold apretaba la mano de un hombre, cerca de un coche clásico en una de las esquinas; cuando Graham salía de una joyería y miraba con alegría un par de alianzas (pues Emma juraba haber visto el brillo de estas aunque de lejos); cuando el sheriff Jones hablaba con su ayudante dentro de coche policía; cuando vio el muro de piedra del mirador allá en lo alto detrás de los árboles; y claro, cuando se miró en el retrovisor y ya no vio el cabello moreno. Su corazón latió de una forma diferente, acelerado, sin embargo con una enorme satisfacción, como si hubiera acabado de realizar un deseo inalcanzable. Era alivio, y uno tan grande que Emma sintió sueño, el sueño de los justos.
Pero antes de quedarse dormida y de llegar una hora después a la ciudad vecina, miró a Regina a su lado, que también la miró de reojo.
‒ Gracias‒ dijo Emma, con gratitud
‒ ¿Gracias por qué, mi amor?
‒ Por hacerme la mujer más feliz del mundo. Hoy tengo la certeza de que lo soy, soy la mujer más feliz del mundo.
‒ No, Emma, no eres la mujer más feliz del mundo, pero puedes ser la segunda. Porque yo soy la primera‒ la provocó Regina
‒ Boba…Boba…Bobita. ¿Por qué no podemos ser solo una? Juntas, las más felices, no importa el orden.
‒ Sí, me gusta. Juntas, las más felices‒ Regina dejó una mano en el volante y la otra la dejó en el regazo de Emma. Volvió a mirar hacia delante e hicieron todo el trayecto con una sonrisa en los labios, la misma, porque eran una sola.
A finales de aquel mes, Ingrid recibió el alta del hospital, y deprisa, fue enviada por orden del Dr. Whale y del Alcalde White a la clínica para personas con deficiencias físicas de la región. Tenía un cuarto solo para ella en el ala de los casos más graves, cuarto que sería su hogar a partir de ese momento. Sin noción del tiempo y dependiente completamente de la ayuda de las enfermeras, daba igual si su habitación tenía vistas privilegiadas a los jardínes de la clínica o si todos los días el sol, que ella tanto adoraba, daba desde las nueve de la mañana. Todo era indiferente en el nuevo universo de Ingrid, nada marcaba la diferencia. Causante de su desgraciado y triste futuro, ya no sabía el sentido de seguir viva. No se expresaba, no sonreía, no lloraba, ni siquiera reconocía su voz interior. Desaprendió a caminar, a hablar, perdió su belleza, reemplazada por el silencio y la apatía. Nunca más sería la atractiva mujer, astuta y taimada. Jamás vería los colores de la vida de la misma forma y jamás tendría la oportunidad de entender lo que ella misma había causado.
Tras el baño de sol, el desayuno y un paseo por los enormes pasillos de la clínica, Ingrid era llevada de vuelta a su cuarto, empujada en su silla de ruedas. Siempre con el rostro colgando hacia un lado como si hubiera adquirido una nueva manía, balbuceaba algunas palabras indescifrables que la enfermera intentaba entender mostrándose muy amable cuando conversaba con ella. Pero aquella conversación nunca sería devuelta, y en el fondo, si Ingrid tuviera el mínimo de conciencia para responder a la mujer, ya habría mandado a la enfermera al infierno.
Había una sorpresa para Ingrid en el cuarto, una de las dos personas que aparecían frecuentemente para visitarla. Traía flores, estaba de espaldas a la puerta, pero ella vio el ramo en su mano.
‒ Tenemos visita, querida, miran quién ha venido‒ dijo la enfermera, colocándola cerca de la ventana. Él se giró y sonrió tiernamente al verla.
‒ Hermanita‒ David se arrodilló para quedar a su altura y la miró a los ojos, despidiendo a la enfermera ‒ Puede irse, cuando termine, la llamo.
La mujer asintió y se retiró, dejando a los hermanos a solas. Cuando ella finalmente cerró la puerta, David le dio las flores a Ingrid.
‒ Recogidas hoy mismo, son tus favoritas, ¿verdad?‒ se levantó y fue a colocar las flores en un jarrón puesto a disposición para tal fin. Regresó y se sentó frente a la hermana, arrastrando la silla más cerca. Cogió las manos de ella, miró las marcas del accidente en su piel e intentó no recordar lo peor ‒ ¿Te están tratando bien por aquí? Me he enterado de que haces muchas actividades a lo largo del día. Los enfermeros parecen ser muy atentos y serviciales, me quedo más tranquilo al saber que estás siendo bien cuidada.
Ingrid miraba a David con un gran vacío en sus ojos. No tenía fuerza para decir nada, pero sentía sus manos calentando las suyas. Quería preguntarle por Leopold, por Emma y al no poder hacerlo, se enfadaba. Movía la cabeza de un lado a otro, gemía incómodamente y paraba cuando sabía que no iba a conseguir sino la pena del hermano. David conocía las limitaciones de Ingrid y solo agarraba su rostro para calmarla. Agarraba sus mejillas y los labios de la mujer temblaban casi en un llanto.
‒ ¿Quieres saber de Emma? ¿Es eso?‒ David preguntó, afligido.
Ingrid no consiguió asentir, pero giró el rostro lentamente en dirección a la pared al lado de la cama, donde el cuadro estaba colgado. Al entrar, David reparó en el colibrí en la pared, a fin de cuentas llamaba la atención. Cuando Ingrid miraba el cuadro, él entendía que la respuesta era sí para la pregunta.
‒ Ella está bien. Está muy bien. Está viajando por el país con Regina, vivo recibiendo postales ‒ Ingrid lo intentaba hasta cansarse, gemía por dentro, con la lengua flácida y el rostro sonrojado por el esfuerzo.
David notó que estaba cansando a la hermana y la hizo calmarse de nuevo con una caricia en su rostro pálido. Ingrid lo miraba con sus ojos azules que comenzaban a perder la vida a medida que él regresaba a verla. Cada vez que él la veía, sus ojos perdían la intensidad del azul y las ojeras se acentuaban cada vez más profundas.
‒ He venido a dejarte esas flores, pero prometo volver esta semana para verte de nuevo. Hay mucho trabajo en la floristería ahora que Zelena está haciendo el curso en la capital. Emma le pagó la inscripción‒ la información hizo que Ingrid desorbitara los ojos de sorpresa ‒ Sé lo que piensas. Tu hija es buena, Ingrid, y siempre que tenga noticias de ella, vendré a dártelas. Estarás bien sin mí, ¿verdad? ¿Vas a tratar bien a las enfermeras? ¿Te vas a alimentar correctamente, no? Espero que sí, hermana‒ él se levantó y le dio un beso en la cabeza ‒ Te quiero
Y David se iba acercando a la puerta mientras Ingrid lo observaba con los ojos ardiendo, demasiado abiertos, suplicando para que él se quedara, cosa que él no hizo.
