Ingo y Emmet son los príncipes gemelos de un próspero reino. Ambos siempre compartieron un vínculo especial entre ellos, uno que los llenaba de una fuerza y perseverancia que parecía infinita.
Tal vez fue ese lazo tan único que estuvo con ellos desde el día de su nacimiento el que atrajo la atención de algún espíritu maligno, capaz de condenar al menor de los hermanos a un destino tan cruel.
—Este niño no podría vivir sin su hermano y su gemelo tampoco podría. Ambos serán tan dependientes del otro que el corazón del mayor podría detenerse, cuando el más joven de ellos caiga repentinamente muerto al cumplir 24 años...
Esas fueron las palabras de la vidente que fue llamada para revelar el futuro de los príncipes recién nacidos a los reyes, quienes sintieron sus corazones caer a su estómago al oír tan horrible presagio. Los reyes buscaron por todo el reino a alguien con el poder suficiente para salvar al príncipe de tan amargo final.
No fue hasta la adolescencia de los gemelos que encontraron a una joven chica con bastos conocimientos de la magia. Una chica llamada Elesa de casi la misma edad que los príncipes, pero era todavía muy joven, pero era la única esperanza para la angustiada familia real.
—Lo lamento tanto sus majestades... Pero no creo ser capaz de evitar el destino que se le ha sido asignado. Sin embargo, puedo brindar al menos una pequeña esperanza de salvación.
La familia real estaba tan desesperada que aceptaron sin dudar la propuesta de la joven, aún sin saber bien de qué se trataba. —Muy bien. El joven príncipe no dormirá eternamente, su vida puede ser salvada, con un único beso de amor. Solo el amor de su persona destinada, aquella que amé más que a nadie, podrá hacer que sus ojos se abran una vez más.
Un beso de amor destinado. Era algo tan específico que todavía parecía imposible de cumplir, pero era mejor que el trágico final de morir tan joven.
Elesa fue invitada a quedarse a vivir en el palacio en caso de que su magia fuera necesaria nuevamente. A cambio se le proveerá de todos los lujos dignos de la realeza y su propia torre para seguir perfeccionando su habilidad con las artes mágicas. Ella aceptó gustosa y creció a partir de ese día como la amiga más cercana de los príncipes gemelos, tanto así que corrían rumores que ella podría ser la siguiente reina que se pasaría con el príncipe mayor.
Aunque eso era una completa ridiculez, no solo porque Ingo no veía a Elesa de tal forma, sino porque sus ojos siempre se desviaba a su hermano menor. Si tan solo alguien se enterará de sus repulsivos sentimientos seguramente sería echado a las afueras del reino, siendo despreciado por todos, incluyendo su amado hermano. El no podría resistir tal cosa, preferiría guardar tales sentimientos en lo profundo de su corazón bajo llave. Así al menos podría disfrutar de su tiempo con Emmet antes de que sucumbiera a su oscuro destino.
El día que más temían había llegado, era la celebración de su cumpleaños 24. Todos los felicitaron pero el ambiente era pesado y sus sonrisas falsas eran evidentes. Emmet era consciente de la situación obviamente, pero aun así se enfrentó a la situación con una sonrisa.
Ánimo a todos en el salón a bailar y disfrutar. Poco a poco la gente se fue animando con su alegría contagiosa y el lugar se llenó de risas y cantos. Ingo lo veía maravillado, incluso en un momento así su hermano mantenía su sonrisa en el rostro
Ingo se acercó a su hermano y extendió su mano. —¿Te parece si bailamos juntos esta pieza?
Emmet lo miró sorprendido, pero con gran felicidad aceptó su invitación. Los gemelos bailaron durante horas, riendo y charlando. Y aunque el ánimo estaba por las nubes ambos sabían que esta podría ser su última vez bailando así.
Repentinamente Emmet cayó inconsciente en brazos de Ingo. La gente a su alrededor gritó de sorpresa y otros tantos comenzaron a llorar. Su destino se había cumplido.
Todos cayeron en una tristeza absoluta, el joven príncipe fue dejado con el mismo traje que llevaba en su fiesta y se le recostó en su cama. Aún así las lágrimas de los súbditos, guardias y nobles, no eran nada comparado con el mar de lágrimas en el que se había convertido Ingo. Su corazón, dolía, su cuerpo dolía, su alma, su mente, absolutamente todo le dolía, estaba en una agonía que nunca antes se imaginó. Creyó haberse preparado para cuando este momento llegará, sabiendo que era algo inevitable, pero fue muy arrogante al creer que sería tan fuerte sin la presencia de Emmet a su lado.
Elesa era la única que pudo darle un apoyo firme en esos momentos, ella era su amiga y confidente, ella sabía cuánto necesitaba a Emmet en su vida aún si desconocía la profundidad de sus sentimientos por él. Ella lo dejó llorar todo lo que fuera necesario en su hombro.
Pero Elesa no podía estar ahí por siempre, ella conocía a todos los hombres del reino y sabía que ninguno podía encajar con el amor del príncipe que conocía como a la palma de su mano, tendría que buscar en otra parte. Pero el viaje sería largo y podría durar muchos años y no podían darse el lujo de perder tanto tiempo. Sin más opciones ella puso todo su poder en un hechizo que ella había practicado durante todos estos años, uno que sabría que necesitaría cuando Emmet cayera en su sueño eterno.
Una niebla espesa cubrió todo el reino, la gente fue cayendo dormida uno tras otro, los hornos se apagaron, los animales también quedaron dormidos y los relojes se quedaron marcando la hora en la que la última persona cayó en los brazos del mundo onírico. Había hecho que todos cayeran en un estado parecido al de su príncipe, pero con la diferencia que ella podría despertarlos cuando fuera el momento, hasta entonces todos quedarían en un estado donde el tiempo quedaría pausado hasta donde llegaban los límites del reino.
Solo ella e Ingo quedaban despiertos, y eso únicamente porque Ingo le había rogado para que lo dejará despierto para hacer de guardia de su hermano.
—¿Estás seguro de esto? La soledad podría volverte loco, Ingo.
—Perdería antes la razón de solo pensar que Emmet se encuentra indefenso en el palacio, a merced de cualquier persona con malas intenciones...
Elesa suspiró, sabía que Ingo era terco como él solo y que no podría hacerlo cambiar de opinión. —Está bien, puedes quedarte si así lo deseas, pero cuando vuelva con algún posible elegido espero no recibir ninguna queja de tu parte.
—Te doy mi palabra de que así será, todo sea para salvar a Emmet.
Elesa solo asintió antes de retirarse, dejando solo a Ingo con su hermano todavía dormido en su cama. —Emmet, por favor resiste solo un poco, Elesa seguramente encontrará a esa persona que romperá el maléfico... Hasta entonces yo me quedaré a tu lado, yo seré tu guardia personal.
Ingo acarició la mejilla de su hermano, era cálida como siempre lo fue, pero un miedo empezó a acechar en lo profundo de su mente, preguntándole qué haría si ese calor se esfumara para siempre.
Ingo que siempre vigila la puerta de su habitación, cuidando que ningún intruso se atreva a acercarse a su hermanito. Solo se mueve para dejar pasar a los candidatos traídos por Elesa, hombres nobles de un corazón fuerte, que podrían ser dignos de ser bendecidos con el amor del príncipe si tan solo estuviera despierto. Pero todavía se queda vigilando en todo momento para evitar que se aprovechen de su estado vulnerable, no importa que Elesa haya visto "pureza en su corazón".
El aún así se quedará viendo, fingiendo que la envidia no burbujea en su interior, deseando ser él quien unió sus labios con los de Emmet.
Para la decepción de todos los besos nunca funcionan, no saben qué es lo que está fallando, que le falta a los pretendientes elegidos. Ingo y Elesa hablaron sobre eso muchas veces, pensando en cómo podría ser el amor perfecto para Emmet, pero sin importar que tan buenos o hermosos fueran los hombres que traían ninguno lograba despertarlo.
—Pensé que el que solo le gusten los hombres debería de haber hecho la búsqueda un poco más fácil pero creo que me equivoqué —dijo Elesa cansada después del último fracaso.
—A veces solía preguntarle a Emmet si había alguien que le gustara o que le gustaría en su pareja.
—¿Y qué te respondía?
Ingo frunció el ceño. —Él siempre evitaba mi pregunta. Si me hubiera respondido podríamos haberlo despertado hace mucho tiempo…
Los años pasan sin parar. Han pasado cientos de personas por su puerta, cargando con la esperanza de hacerlo despertar pero eso nunca sucede. Elesa empieza a perder la fé, no pueden tener a todo un reino dormido y atrapado en un tiempo pausado para siempre. Pero Ingo se niega a rendirse, él todavía quiere creer que Emmet va a despertar y el se repite eso constantemente.
Pero incluso él tiene sus dudas.
Una noche en un momento de debilidad ya no puede más, se acerca a la cama de Emmet y rompe a llorar.
—Hermano, lo siento tanto, intento ser fuerte por los dos, siempre me digo que solo es cuestión de tiempo para romper esta maldición, que pronto tu volveras a estar a mi lado, pero es difícil y siento que estoy a punto de romperme. —La vista de Ingo es borrosa, apenas puede ver el pacifico rostro dormido de su hermano mientras sus lágrimas caen. —Por favor, dame una señal, algo para saber que puedes volver a estar a mi lado, que me haga saber que todavía estás vivo...
Como el heredero legítimo nunca antes había suplicado ante nadie, pero ahora le ruega al cuerpo de su hermano con todas sus fuerzas que le de una señal, que le de una razón para no dudar y pensar que lleva muerto todos estos años.
Pero como siempre no hay respuesta alguna, Emmet permanece inerte como un cadáver y tal vez a estas alturas ya lo sea. Ingo decide que no pueden seguir así y se despide de Emmet con un beso en la mejilla, aún cuando su cuerpo le grita que le robe un único beso en los labios él se niega, incluso en sus últimos momentos juntos se niega a ensuciar a su hermano con sus deseos inmorales.
Y con eso se da medía vuelta saliendo de la habitación, recorriendo los pasillos abandonados del palacio y al cadáver de su hermano.
Ingo cruza por las calles llenas de gente inconsciente que parece tan muerta como su hermano y llega al centro del reino, donde se encuentra Elesa, esperándolo para romper el hechizo.
Sabe que si lo hace el tiempo volverá a avanzar normalmente para ellos, haciendo que envejezcan y que el cuerpo de Emmet se pudra, pero ese es el curso natural de la vida y no pueden detenerlo por más tiempo. Elesea se prepara para levantar el hechizo pero antes de que haga un solo movimiento con su mano alguien grita detrás de ellos.
—¡Ingo!
Ambos se giran sorprendido de escuchar otra voz a parte de las suyas y grande fue su sorpresa al ver a Emmet parado detrás de ellos, llorando y respirando agitadamente.
Ingo no duda en correr y abrazarlo, está confundido por como es que su hermano pudo despertar de su sueño, pero está demasiado feliz como para hacer preguntas al respecto.
—¡Emmet! ¡Hermano mío, estás despierto, estás vivo!
—¡Y tu eres un idiota por atreverte a darme por muerto!
Ambos hermanos sonríen mientras las lágrimas corren por sus mejillas, sus corazones latiendo al unísono mientras intenta no explotar de alegría.
El festejo luego de su regreso es enorme y lleno de alegría y llantos de felicidad, pero honestamente, después de años encerrado en una habitación Emmet no se siente cómodo entre tantas personas, así que el e Ingo se retiran a un lugar más apartado para hablar después de tantos años.
—Emmer, me siento tan feliz que parece que mi corazón busca atravesar mi pecho, las palabras no pueden expresar cuanta falta me hiciste.
—¡Yo también te extrañé enormemente! La angustia que sentía por poder tenerte tan cerca, sentir tu presencia aunque mis ojos no podían verte... Sentía que en cualquier momento podría haber muerto ahogado en mi desesperación.
Ingo lo miró perplejo. —¿Sentir mi presencia? Emmet acaso tú... ¿Estuviste consciente durante todo este tiempo?
La sonrisa de Emmet tembló al oír su pregunta. —Si... Lo estuve. Todos estos años fui prisionero, no solo del maleficio, sino de mi propio cuerpo... Tenía tanto miedo Ingo, no tenía escapatoria y por más que gritaba nadie podía oírme...
Emmet empezó a temblar, el solo pensar en el sentimiento de soledad y miedo que lo había consumido en los últimos años mientras su cuerpo inerte descansaba en su cama pero con su mente todavía muy consciente era demasiado, era casi como si lo reviviera otra vez.
Su hermano al ver el pánico inundarlo solo pudo abrazarlo. —¡Oh, Emmet! De haber sabido que tú todavía estabas consciente nos hubiéramos dado más prisa en romper la maldición.
Emmet se aferró fuertemente a Ingo mientras sollozaba —Todavía estoy asustado Ingo... Tengo miedo que esto sea un sueño, haber perdido la cabeza y que solo sea mi cerebro envolviendome en una ilusión mientras sigo prisionero en mi cuerpo aún dormido.
—No, no lo es, esto es real Emmet, yo soy real, y juro por mi vida que siempre estaré cerca de ti, para que puedas tomar mi mano y recordar que esto no es ningún sueño...
Emmet todavía temblaba entre los brazos de Ingo, empapando su hombro con sus lágrimas, pero aún así se las arregló para poder hablar.
—Por favor... No me abandones Ingo...
—Nunca podría dejarte, menos ahora que por fin te he recuperado...
Ambos se mantuvieron así hasta que Emmet pudo calmarse y las lágrimas dejaron de caer.
—¿Mejor? —Emmet asintió. —Me alegro, a ti te sienta más tener una sonrisa en tu rostro...
—Pues ahora que por fin puedo hablar contigo estoy seguro que podré sonreír más seguido.
El corazón de Ingo se animó al escucharlo, pero todavía había un pensamiento que lo molestaba. —Oye, Emmet, necesito saberlo ¿Cómo despertaste? ¿Pudiste usar tu conciencia para romper la maldición tu mismo?
Un silencio tenso se formó entre ambos, parecía que todo se había quedado el silencio pues ni siquiera podían oír los festejos del reino a la lejanía.
Emmet se separó abruptamente de su hermano y lo miró totalmente conmocionado. —¿Hablas en serio...? ¿No te das cuenta de lo que pasó?
—Uh... ¿Darme cuenta de qué?
Emmet lo miró como si le hubiera salido un tercer brazo. —Ingo... Tu rompiste la maldición...
—¿Eh? ¿Yo? Pero se supone que que solo podías despertar con un beso de tú... Amor verdadero... —Las mejillas de Ingo se tiñeron de un fuerte color carmesí ahora que él mismo había respondido su propia pregunta. —¿De verdad soy yo...?
—Realmente me sorprende que tu y Elesa pudieran pensar que podía ser alguien más, aunque no puedo culparlos, yo mismo no me dí cuenta hasta que fue demasiado tarde...
Ingo tenía muchas cosas pasando por su cabeza, mirándolo como si estuviera a bordo de un barco en medio de una tormenta.
Su malestar debió ser claro en su rostro pues Emmet se alejó de él poniendo una notable distancia entre ambos. —Está bien si te desagrada, no es de extrañar, debe ser asqueroso que tu hermano te ame así ¿no? No te culpo si ahora me desprecias...
—¡No! —Los gritos de Ingo siempre habían sido muy fuertes, pero ahora incluso él quedó sorprendido del volumen de su voz. —No, yo nunca podría despreciarte, al contrario, la alegría podría desbordarse ahora que sé que mi amor, aún si está mal, es correspondido. Emmet, durante todos estos años he permanecido a tu lado, viendo pasar a distintos candidatos pasar a unir sus labios con los tuyos y enviandolos tanto por eso, deseando estar en su lugar... Por qué yo también te amo, Emmet, incluso antes de que nuestras vidas fueran torcidas de esta manera, mi corazón latía únicamente por ti.
Emmet quedó paralizado por un momento, mientras todas las palabras de Ingo caían haciendo que sus latidos se aceleraran. Ingo lo amaba, su hermano también lo amaba.
—Ingo, jura que estás diciendo la verdad, si solo estas diciendo esto para que me sienta menos miserable jamás te lo perdonaré...
—Cada palabra que sale de mi boca va muy en serio, Emmet, así como lo son mis sentimientos por ti.
El príncipe intentó contener sin éxito sus nuevas lágrimas de alegría. —Ingo... No sabes la felicidad que traes a mi vida... —Con su manga secó sus propias lágrimas, antes de mirar a Ingo con una sonrisa brillante. —Ahora, crees poder hacer algo por mí.
—Cualquier cosa que desees. —Respondió Ingo sin dudarlo.
—Quiero que me beses, y esta vez no en la mejilla.
Ingo sonrió ante su petición y no titubeó antes de unir sus labios en un beso. Por un instante el recuerdo de todos los hombres que pasaron a la recámara de su hermano cruzó su mente. Pero eso ya no importaba, ellos ahora eran cuerpos sin un rostro definido y se encargaría de borrar cualquier rastro de ellos reclamando a Emmet únicamente para él.
Ingo tomó a Ingo por la cintura y Emmet enredó sus brazos detrás de su cuello. Querían estar tan cerca como sus cuerpos lo permitieran, ambos estaban tan necesitados del otro luego de tanto tiempo.
—Ingo... Te amo...
Fue lo único que Emmet pudo atinar a decir entre los momentos que tomaban para recuperar el aire
—Yo también te amo Emmet, por los dioses, no se como pude estar tanto tiempo conteniendo este deseo que tengo por ti.
—Realmente tienes una voluntad inquebrantable nii san... ¿Pero ahora que haremos al respecto? No creo que los demás se tomen bien nuestros sentimientos y con la necesidad de generar un heredero...
El mayor se quedó en silencio un momento, pensando en lo ciertas que eran las palabras de su hermanito.
Pero una idea brilló en su mente. —Bueno... Elesa todavía está por aquí... Seguro que ella podrá volver. Ayudarnos una vez más.
—¿Estás sugiriendo que nos aprovechemos de su magia...?
—¡Claro que no! Solo digo que... ¿Podríamos pedirle un último favor...?
—Para que quieras arreglar nuestra situación con magia es porque realmente deseas estar conmigo nii san.
—Ha pasado mucho tiempo, Emmet, es normal que lo último que quiere es que algo vuelva a interferir entre nosotros.
Emmet soltó una linda risita antes de besar la mejilla de Ingo. —Yo también anhelo estar contigo para siempre, Ingo…
